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Tercera escena[1]

Si no hubiera sido Alemann S. A.,
a la imprenta la habrían quemado

Habían pasado muchos años y Emilio Mignone no olvidaba el trajinar por las redacciones de los diarios buscando la publicación de solicitadas en las que se nombraba a las víctimas. Cuando comenzó, el pago del espacio o la empatía de algún periodista amigo abrían las puertas. Para 1979, ya no fue posible porque los medios respondían al gobierno o sus dueños tenían miedo de las consecuencias. Los organismos de derechos humanos decidieron entonces publicar un folleto, “ahí ya había cuatro mil”, recordaría Mignone.

El Buenos Aires Herald era uno de los pocos que informaban sobre los hechos diariamente. El compromiso de Robert Cox, su director, era incuestionable, y el Herald tenía imprenta. Así que fue el primer lugar al que acudieron para publicar el folleto. “El dueño de la empresa no se atrevió, nadie se atrevía”, rememoró Mignone en tono comprensivo. Y allí le sugirieron acudir a la imprenta Alemann en la que se imprimía el diario Argentinisches Tageblatt.

—Nos mandan del Buenos Aires Herald para imprimir esto —dijo abriendo la conversación.

El gerente suizo-alemán dio por bienvenida la propuesta. Mignone recordaba la charla como si hubiera pasado pocas horas antes:

Hicimos la cuenta, pagamos, todos contentos. Lo imprimen, teníamos que retirarlo me acuerdo un miércoles; el sábado recibimos unos llamados angustiosos de este señor, la policía había allanado la imprenta, había secuestrado el folleto que todavía no estaba distribuido, había secuestrado todo. A los periodistas, casi todos alemanes, los había demorado la policía, no los dejaba escribir, casi no sale el diario, un desastre. Al día siguiente, voy a hablar con el gerente y me dice: ‘¡pero que me ha hecho! Vino la policía y me llamó el doctor Alemann, diciéndome que cómo yo había impreso eso, que eso no se podía imprimir’. Le contesté que el gobierno decía que no había censura. El gerente reaccionó tarde: ‘Yo debí haberme dado cuenta, porque si el Buenos Aires Herald que tiene una imprenta, no lo hace y me lo manda a mí, yo debí haber sospechado que era por algo, porque ellos perdían el negocio de imprimirlo.’ Eso tuvo una enorme importancia: a partir de allí, por causa de esa lista, el gobierno no pudo decir que no había desaparecidos. Videla primero decía en la Argentina no es cierto que haya desaparecidos, y después decía son unos pocos, pero había cuatro mil denuncias.


  1. Basado en la Entrevista a Emilio Mignone realizada por Michael Shifter, 1985.


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