Voy a referirme brevemente a algunas ideas antiguas sobre la belleza en general, digamos, en sentido metafísico (pulchrum).
Platón piensa que la belleza es otro rostro del bien. De hecho, pensaba que en último término son lo mismo. Acuñó una palabra que en castellano sonaría mal: kalokagathía; en griego es la flexión de dos adjetivos: kalós y agathós, lo bello y lo bueno. Belleza y bien se sitúan, para el filósofo ateniense, en la cumbre del mundo de las ideas (kosmos noetós). La filosofía es según él dialéctica, el arte de trascender del mundo sensible (kosmos aisthetós) a las ideas, digamos, de las sombras que vemos en la caverna hasta la auténtica realidad que vimos antes de ser precipitados, desterrados a la cueva. Lo que vemos en este mundo sensible es más aparente que real. Y la filosofía nos ayuda a librarnos progresivamente de la oscuridad de las sombras. Dialéctica es el arte de remontarse de la imagen a la idea, de cerrar los ojos, poco a poco, a las imágenes de este mundo, que son engañosas y nos despistan de lo real.
El gran tema de Platón, que este filósofo recoge de una discusión anterior entre Parménides y Heráclito, no es otro que la cuestión: ¿Las cosas son lo que parecen, o nos engañan las apariencias? Es uno de los grandes argumentos que han nutrido la discusión filosófica desde entonces hasta nuestros días. A día de hoy esto se sigue discutiendo. Y probablemente la cosa dé para otros veinticinco siglos de discusión.
La postura de Platón es que las apariencias nos alejan de la realidad. Para llegar a ella hemos de abandonar la caverna. La dialéctica es la forma en la que el logos, la razón, se purifica poco a poco de lo sensible para llegar a lo inteligible, la auténtica realidad, que tiene una estructura piramidal. En ese ascenso dialéctico las primeras ideas a las que llegamos, al comenzar a desprendernos de lo sensible, son las que están en la base de la pirámide, las más próximas a lo material, es decir, las que poseen un correlato inmediato con lo que vemos. Una vez ahí podemos remontar un nivel más, el de las ideas matemáticas, que se sitúan en la zona intermedia de la pirámide.
Las nociones matemáticas son más abstractas, por ejemplo, que la idea de hombre, o de mesa. Para entender «catorce», o «radio de una circunferencia», hace falta cerrar más los ojos que para entender lo que significa «hombre», aunque para esto haga falta haber empezado a cerrarlos un poco. Para entender la «perrez» no basta solo con abrir los ojos y ver casos de eso (perros). Ningún caso, ninguna imagen o foto de un ser humano nos da la índole humana: hay que abstraer. Ahora bien, los conceptos matemáticos exigen cerrar los ojos aún más; son más abstractos que el resto de ideas que poseen un correlato inmediato con alguna imagen sensible… Ya encaramados al nivel del discurso matemático, que es muy abstracto, aún queda la última fase de la ascensión dialéctica hasta llegar a la idea del Uno.
En resumidas cuentas, es la dialéctica un proceso largo y difícil, pues consiste en recordar lo que ya no vemos. Las ideas, que están en ese otro mundo que no vemos –al que pertenecíamos originariamente, pero del cual fuimos desterrados–, están estructuradas de manera que en la cumbre de la pirámide se sitúa la idea del Uno, otro de cuyos nombres es lo bello-bueno (kalós kai agathós), que en último término se identifica con Dios.
Desde su perspectiva, Platón tiene una opinión muy peyorativa del arte que produce el hombre. Su óptica, que coincide con el común sentir de la antigüedad, es que si el arte es principalmente artesanía, buena técnica, y esta se logra imitando –lo que hace el aprendiz con el maestro–, entonces el buen arte estriba en imitar bien[1]. En consecuencia, piensa Platón, lo que hacen los artistas son copias de copias, imitaciones de las cosas que vemos, que a su vez son imitaciones de las ideas. De este modo el arte compite con la dialéctica, hace más complejo y largo –menos expedito– el acceso a la verdadera realidad, y sobre todo a la idea de Belleza-Bien. El arte nos despista, nos distrae de lo esencial.
Platón excluye a los poetas de su república ideal. Tal vez tienen buena intención, pero hacen algo perverso. Sobre todo deplora la tragedia, uno de los arquetipos de la poesía griega. Las grandes tragedias griegas son de la época inmediatamente anterior a Platón: siglos V-IV a C. Presentan situaciones terribles, a menudo personajes malvados, otras veces quizá gente buena pero a quienes les ocurren cosas «trágicas». Ahora bien, si el autor es buen artista, en cierto modo embellece todo lo que pinta, transfigura lo que toca. Los grandes creadores de tragedias presentan con caracteres estéticos, atractivos, incluso dignos de admiración e imitación a personajes indignos y situaciones tremendas. Esta es una segunda razón, más fuerte incluso que la primera, que respaldaría expulsar de la polis a los poetas.
- De acuerdo con la concepción antigua, que llega también al cristianismo, el arte es mimético, imitación de la naturaleza. En algunos casos puede que la corrija un poco, que la embellezca en el sentido de que la «fermosee», i.e complemente la forma de algo que en la naturaleza Dios ha dejado incompleto. No repugna a la idea de la creación el hecho de que Dios haya querido que también el hombre perfeccione, culmine, mejore un poco lo que Dios ha hecho para él, para que tome posesión del jardín, lo cultive, viva en él y de él. El arte puede perfeccionar, incluso corregir, pero ante todo ha de reproducir, imitar bien lo que Dios hizo al crear.↵






