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11 Belleza y Ser

La reflexión sobre lo sublime que hay en la primera parte de la Crítica del juicio se cuenta entre lo mejor que he leído de Kant[1]. Hace una finísima descripción –yo diría, una rigurosa fenomenología– de esa vivencia peculiar en la que el sujeto se siente sobrecogido frente a lo grandioso, «transportado» o «elevado» (erhöht) ante lo sublime (das Erhabene).

A primera vista, la experiencia de lo sublime encaja bien con la idea de lo que no puede verbalizarse. A muchos artistas geniales les pasa algo semejante a lo que les ocurre a los místicos, que tienen la sensación de lo inefable: ―No puedo decirte lo que he visto; cualquier forma de expresarlo lo degradaría, lo malversaría. ―Se dice que Picasso replicó en una ocasión a un crítico algo parecido a esto: ―No juzgue usted lo que he hecho; vea lo que yo he visto. ―Santa Teresa de Jesús escribió el libro de su Vida porque su director espiritual se empeñó y la obligó. Ella no quería escribir nada, pero, gracias a Dios, le hizo caso. Las palabras, en efecto, siempre se quedan cortas, y más aquí.

Decía John Ruskin que lo más grande que puede hacer un alma es ver algo y contar lo que ve de un modo llano: «De cada cien personas que saben hablar hay una que sabe pensar; pero de cada mil que saben pensar hay una que realmente sabe ver. Ver con claridad es poesía, profecía y religión todo en uno» (apud Deresiewicz, 2019, p. 181).

El lenguaje es una abreviatura de la realidad. El lenguaje científico, más aún (sobre todo el matemático). Pero el arte, por el contrario, la amplifica, es capaz de profundizarla y de ampliarla, puede llegar a la fibra más profunda de las cosas y de las personas, a verlas desde una perspectiva que escapa a la mirada trivial[2].

Pero, por otro lado, algo de lo que dice Kant acerca de lo sublime parece un cierto desmentido de la idea del arte puro, de la pura presencia objetual de la obra de arte como una finalidad sin fines, sin que tenga que referirse o representar nada.

A una persona aficionada al montañismo no se le puede decir: ―Te subo en helicóptero a la cumbre, o en teleférico, y ves lo mismo. ―Materialmente es el mismo espectáculo el que tiene ante sí quien ha bregado con la montaña subiéndola con su esfuerzo, y quien ha sido transportado hasta la cumbre sin apenas sacrificio; ven lo mismo, pero «no es lo mismo». Más aún, nada tiene que ver el espectáculo que contemplan uno y otro. Lo que ven es lo mismo, pero el verlo es totalmente distinto.

Esto por una parte: la auténtica belleza es difícil[3]. Por otra, la experiencia estremecedora de lo sublime –y en esto creo que tiene razón Kant–, es la de una presencia de suyo, que no evoca, que no remite a nada distinto. Ahora bien, la experiencia intensa del artista genial, o la del contemplador estremecido –la vivencia del sursum corda ante la maravilla–, no se produce con cualquier contenido. No es resultado exclusivo de un dominio técnico de la forma, no procede solo de haber conseguido decir bien: es algo que me parece también necesita de unos contenidos y no de otros.

He puesto antes un ejemplo de belleza natural –el panorama que se divisa desde una alta cumbre–, pero la belleza artística puede ser más intensa aún, puede ser más «sursumcórdica» y elevarle a uno muy por encima de lo que un maravilloso paisaje puede embriagar el espíritu. La representación de lo malo, o de lo feo, que la naturaleza no ofrece de suyo, puede ser una bella representación artística, puede constituir una presencia simbólica plenamente lograda y tal vez puede, incluso, por efecto de la catarsis, provocar alguna emoción estética que purifique nuestra sensibilidad. Pero nunca produce la emoción de lo sublime.

Lo sublime es Dios, o lo divino. ―¿Tiene esto que ver con el dominio técnico? ―Sin duda, pero tiene más que ver con lo que se está contando. Si el tema del que se habla son las alcantarillas quizá puede salir algo hiperrealista, super-expresionista,… pero nunca saldrá algo sublime.

El genio artístico de san Agustín lo ha explicado de forma insuperable, y sublime. Así suena el célebre pasaje (sero te amavi…) en el que, a la vez contrito y agradecido, canta a Dios –la Belleza misma, sin aditivos– al final de las Confesiones:

«¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz»[4].

A modo de comentario, el teólogo F. J. Sheed propone nítidamente la distinción entre el verdadero amor a la Belleza (el tema central de El banquete de Platón) y otros amoríos sucedáneos: cosas que nos gustan más o menos, y Belleza que nos arrebata. Vale la pena traer unas palabras suyas que sirven de glosa al sero te amavi, pues ponen claramente de relieve lo que resumió santa Teresa de Jesús en los célebres versos de uno de sus poemas: «Nada te turbe, // Nada te espante, // Todo se pasa, // Dios no se muda, // La paciencia // Todo lo alcanza; // Quien a Dios tiene // Nada le falta. // Solo Dios basta»[5]. He aquí las palabras de Sheed:

«No debemos permitir a la imaginación que nos engañe. Todas las cosas de las que aquí tanto nos gozamos han sido hechas por Dios de la nada. Cualquiera que sea la realidad que hay en ellas se debe exclusivamente a Dios. Pero Dios no les concedió lo que él no poseyera ya. Toda realidad que por obra suya tienen las cosas, debe tenerla ya Él mismo. Estará en Él de acuerdo con su infinitud, pero no será por eso menor, sino mayor. Las cosas que nosotros hemos gozado mezcladas con su parte de no ser, las poseeremos en Dios en toda su plenitud, sin mezcla alguna. El hombre que ha vivido toda su vida junto a una corriente turbia y jamás ha tenido otra cosa para saciar su sed que el agua turbia, quizá retrocedería la primera vez que viera una fuente de agua clara. ¡Le parecería algo tan sutil e incorpóreo! Pero permitámosle beber. Por primera vez conoce entonces el agradable sabor del agua, y en ese mismo momento se da cuenta de lo que el barro es. La realidad reflejada en la nada ha proporcionado a todos los hombres momentos exquisitos, la realidad enturbiada por la nada. Lo que la realidad no reflejada, sin enturbiar, tiene que darles no será menos» (Sheed, 1972, p. 309).

Digo que estas palabras de Sheed me parecen un buen comentario al sero te amavi de Agustín, también porque cuando este aún no había encontrado el «tesoro escondido» (Mt 33,44), ya barruntaba lo que podría haber expresado así: «Te amo, pero no lo suficiente». Esta intuición converge con la de que solo podemos amar plenamente la Belleza en plenitud, no cualquier baratija. De nuevo en palabras del obispo de Hipona: «Estamos hechos, Señor, para Ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti»[6]. Ahí está el nivel de la belleza sublime, no más abajo.

De alguna manera todos los artistas geniales han tenido esta intuición[7]. Sublime es Dios y lo divino, i.e lo que se refiere a Dios.


  1. Cfr. KUK, I, 1, 2, §24. Antes, en 1764, ya apareció publicada en forma más ensayística –menos sistemática– en el opúsculo titulado «Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime» (Beobachtungen über das Gefühl des Schönen und Erhabenen). El primero que escribió sobre el asunto de lo sublime fue el irlandés Edmund Burke (1987). Vid. su «Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y lo bello», publicado en 1757 (título original: A Philosophical Enquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful).
  2. Cuando estudiaba la carrera tuve como profesor en la asignatura de Psicología a José Luis Pinillos, que sabía mucho de eso. Una vez me dijo, fuera de clase, que cualquiera que haya leído los dramas de Dostoyevski sabe más de psicología que si hubiera leído todo lo que se ha escrito sobre esa materia.
  3. Y lo es tanto por parte del artista como por parte del contemplador. También a este la belleza le exige un cierto esfuerzo. Cuanto mayor es el empeño por conocer mejor determinado dominio artístico, y cuanta más empatía tiene el espectador con el autor y su obra, mayor es el disfrute estético.
  4. Confesiones, XXVII, 38.
  5. O, como alguien también ha dicho, Dios mas todos los bienes del mundo unidos no son una magnitud mayor que «solo Dios». Por tanto, cuando el amor de Dios compite con cachivaches o amoríos se degrada. «No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Lc 16,13). Si la inclinación a la belleza-bien de las criaturas no conduce catárticamente a Dios, entonces se malversa.
  6. Confesiones, I, 1. El denominado argumento eudemonológico de la existencia de Dios –fundado en el universal deseo de felicidad (eudaimonía)–, que el obispo de Hipona formula expresamente aquí, y de otras muchas maneras en sus escritos, arranca de la esencial «disonancia» de un mundo sin Dios. La representación de que no resulte posible aquietar el anhelo humano de una plenitud de bien (y de belleza) es algo que nos perturba en lo más hondo. Ciertamente no entraña contradicción alguna el pensamiento de que todo es absurdo, que el mundo carece de sentido, o que el ser humano es una pasión inútil, como diría Jean-Paul Sartre. Es lo que viene a proponer el nihilismo, defendido por algunos pensadores inteligentes. De ahí que, pese a su gran fuerza persuasiva, el argumento eudemonológico no resuelva del todo los requisitos necesarios para producir una inferencia silogística suficientemente limpia, desde el punto de vista lógico. Ahora bien, como apunta C. S. Lewis (1995), si los seres humanos anhelaran algo que nada en este mundo pudiera satisfacer, esto nos induciría a pensar que hemos sido creados para otro mundo. Personalmente encuentro esa misma fuerza persuasiva en el «argumento» que de manera tan lacónica como contundente proponen Kreeft y Tacelli (1994, p. 81): «Existe la música de Johann Sebastian Bach. Por lo tanto, debe existir un Dios». No hay modo alguno de encontrar, por muchas vueltas que se le dé, el más lejano asomo de eficacia inferencial a semejante argumento,… pero a mí me convence. Joseph Ratzinger, a quien nadie en su sano juicio puede acusar de poca limpieza argumental, comentó alguna vez algo parecido, tras escuchar la interpretación de alguna pieza de Bach: Quien ha escuchado esta música sabe que Dios existe.
  7. Bach pensaba que si la música no sirve para alabar a Dios no es más que puro ruido, «tachín, tachín».


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