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Small is Difficult

Algunas propuestas para una agenda para las aglomeraciones medianas y pequeñas en las ciencias sociales contemporáneas

Gabriel D. Noel

Introducción. Genealogía y consecuencias de la contraposición entre lo rural y lo urbano

En la vida de los emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud desmesurada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos.

   

Ítalo Calvino Las ciudades invisibles

Como se ha señalado con frecuencia en las reconstrucciones de la historia de las ciencias sociales, la oposición entre Gemeinschaft y Gesellschaft (Tönnies, 2009; Delgado, 2005) se constituyó como uno de los tropos privilegiados a partir de los cuales se configuró el campo de nuestras disciplinas a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Esta contraposición, forjada al calor de la convulsión política y económica representada por la Revolución Francesa y la Revolución Industrial respectivamente, habrá de atravesar el siguiente siglo y medio, dando testimonio de una doble atracción encarnada en la génesis simultánea y la respectiva división del trabajo entre las competencias y agendas complementarias de la sociología y la antropología. Así, surgen y se despliegan en simultáneo una fascinación de sabor inequívocamente moderno por la metrópolis —tal como aparece en Simmel (1987, 2013), Park (1999) y los sociólogos de Chicago (Wirth, 2005; Hannerz, 1986a, p. 29-72) o Maurice Halbwachs (2008)— y una seducción nostálgica por los edenes perdidos insulares o continentales —las Trobriand, de Malinowski; los Zuñi, de Cushing, Benedict y Bunzel; y la Samoa, de Margaret Mead— o las arcadias rurales —como la Tepoztlán, de Robert Redfield (Stocking, 1989). Mas lo cierto es que más allá de su potencia como organizadora de la matriz disciplinar o como inspiradora de epopeyas modernas y alegorías bucólicas, esta oposición encontrará una inscripción tan rápida como duradera en numerosos dispositivos de tipificación y representación de lo social no solo dentro de la producción estrictamente académica, sino también en los nacientes procedimientos estatales de registro poblacional (Scott, 1998; Anderson, 2007).

Así, y solo para citar el caso más evidente, por más que los censos nacionales de población procuren implementar una serie de recursos técnicos destinados a definir operativamente los límites de ciertas categorías —como la que, en el caso argentino, coloca el límite entre lo urbano y lo rural en los 2.000 habitantes (Otero, 2004; Quintero, 2004)—, muchas de sus reelaboraciones en sede académica seguirán siendo desbordadas por un conjunto de resonancias que remiten a encarnaciones más antiguas y menos formales de esa categorización, y que permanecen por detrás de ellas, indiferentes a los intentos por exorcizarlas. Más allá, por tanto, de este límite demográfico cuya arbitrariedad será en lo sucesivo permanentemente cuestionada[1], los debates en torno de “lo rural” y “lo urbano” continuarán remitiendo con frecuencia a representaciones de lo urbano construidas en torno de su polo superior y canónico —esto es, la ciudad o, más precisamente, la metrópoli moderna, impersonal y anónima— y a imágenes de lo rural que evocan a su contrario, el campo —y, asociado a él, una comunidad tradicional caracterizada por relaciones cara a cara y fuertemente cohesionada.

A su vez, este primer palimpsesto será complejizado con frecuencia por la superposición de dimensiones adicionales que, a veces, interfieren con ellas y, otras veces, las refuerzan. Una de ellas es la que liga cada una de estas esferas a un cierto tipo de actividad económica o perfil productivo (Concha et al., 2013) y en virtud de las cuales lo rural deviene sinónimo de actividades primarias (en particular, agrícolas o agropecuarias) y lo urbano, de secundarias (industriales) y crecientemente terciarias (servicios). Otras, por último, adjudican sobre la base de esta contraposición putativas posiciones morales ancladas en las teleologías de la modernidad[2],que oscilan entre lo que podríamos llamar versiones modernistas—donde lo urbano se constituye como el polo del progreso, del avance, del desarrollo, de la ciudadanía, mientras que lo rural deviene el lugar del conservadurismo, del atraso, del atavismo— y sus impugnaciones románticas—donde lo urbano es sinónimo de impersonalidad, de deterioro moral, de contaminación y de indigencia, y lo rural, reservorio de virtudes, de personalidad, de mutuo interés y de pobreza “digna”[3].

A lo largo del siglo XX, y a medida que se consolidan las agendas de las ciencias sociales y se estabilizan los dispositivos estatales de registro, estas sedimentaciones alcanzarán un relativo estatuto de naturalización, que persiste pese a los numerosos intentos por mantenerlas separadas a través de distinciones explícitas y definiciones taxativas. Quizás aquí radique una de las razones por las que los primeros en poner en duda la pertinencia de la distinción entre lo urbano y lo rural hayan sido con frecuencia los mismos que propusieron proyectos y agendas de investigación basados en ella, como es el caso del propio Wirth (2005). Más allá de los escrúpulos teórico-metodológicos, de la duda reflexiva, de los caveats y las advertencias de rigor acerca de la necesidad de no pensar ambas dimensiones de la división como compartimientos estancos o la división como demasiado tajante o sus términos, lo cierto es que lo que terminará por imponerse en la práctica es una cesura que confina en lados opuestos de una frontera institucional y disciplinaria a los investigadores de temas urbanos—que se ocuparán casi siempre de escenarios metropolitanos o de gran escala asociados a la ciudad, a la industria, a los servicios, al desarrollo, a la modernización— y a sus contrapartes “rurales”—dedicados al estudio de la población dispersa en campo abierto, o residiendo en aglomerados de tamaño reducido o minúsculo, concentrada en actividades primarias y en un modo de vida tradicional y comunitario. La persistencia institucional de esta distinción registra una sobrevida que cabría calificar de sorprendente si no conociéramos el rol que los colectivos de pensamiento tienen en la regulación de las formas sistemáticas de la memoria y el olvido (Douglas, 1986). De esta manera, incluso cuando las fronteras de disciplinas otrora separadas —como la sociología o la antropología— comiencen a cruzarse con mayor frecuencia, o las dificultades para establecer límites entre los dominios gemelos de lo rural y lo urbano a la luz de las transformaciones del capitalismo agroindustrial en la modernidad avanzada sean abiertamente reconocidas a ambos lados de la distinción, una y otra agendas seguirán permaneciendo separadas en las taxonomías disciplinares, en los departamentos universitarios, en equipos y proyectos de investigación, en comisiones de evaluación, congresos, mesas y grupos de trabajo.

Más aún, en el caso particular de las ciencias sociales latinoamericanas, el carácter apodíctico de esta escisión se ha visto reforzado durante mucho tiempo por una inadvertida polarización radical en la selección de objetos empíricos, que los concentra en torno de los dos tipos ideales que caracterizan los extremos de la distinción: por un lado aglomeraciones traducibles al modelo de la metrópoli moderna familiarizado por Simmel o por Park, por el otro el campo abierto o, en el mejor de los casos, poblaciones más cercanas al polo de la aldea putativamente aislada consagrada por la tradición de los Community Studies en entornos campesinos (Hannerz, 1986a; Redfield, 1944, 2012; Foster, 1974)[4].

Las razones de esta polarización son múltiples y pueden remitirse, al menos en parte, a una serie de factores estructurales que caracterizan a buena parte de la región que nos ocupa. En primer lugar, los de orden demográfico, que tienen que ver con las particularidades de la concentración poblacional de los países de la región, y específicamente la primacía y la macrocefalia que la caracterizaron —y, hasta cierto punto, lo siguen haciendo— al menos hasta bien entrado el último tercio del siglo XX (Vapñarsky, 1995). En segundo, los que tienen que ver con cuestiones metodológicas: al tiempo que las aglomeraciones en esta escala intermedia suelen ser demasiado grandes para reconstruirlas etnográficamente —aunque, como veremos, no faltan quienes lo hayan intentado—, son, al mismo tiempo, demasiado pequeñas como para merecer la atención de sistemas estadísticos nacionales o provinciales que suelen generar poca información sobre ellas y que, cuando lo hacen, la procesan a niveles de agregación demasiado altos como para permitir análisis detallados o mínimamente significativos (Vapñarsky; Gorojovsky, 1990).

Aún así, como veremos en breve, la constatación de la existencia y el volumen de una serie de transformaciones demográficas y sociales experimentadas por los espacios urbanos no metropolitanos acompañada de una creciente presencia de las aglomeraciones de escala intermedia en las agendas de los organismos internacionales y de las academias metropolitanas[5]han terminado por dar como resultado su progresiva incorporación a la agenda de las ciencias sociales de la región. Si bien su presencia sigue siendo mayor en disciplinas acostumbradas a pensar a escalas amplias, como la geografía o el urbanismo, que en aquellas más propensas a un anclaje “local” como la sociología o la antropología, donde estos enfoques (aunque no carezcan de antecedentes) han quedado, con frecuencia, relegados a un plano secundario o confinados en agendas marginales o truncas.

Aun cuando la incorporación progresiva de este rango intermedio a la agenda de investigación ha tenido lugar desde el campo de los estudios urbanos, lo cierto es que, en muchos casos, su abordaje ha invitado a repensar también las relaciones con sus hinterlands “rurales” (Sili, 1999) y con aglomeraciones de menor tamaño, a la vez que a reconstruir las habituales categorías con que las ciudades han sido conceptualizadas, a intentar deshilvanar las diversas dimensiones superpuestas en la conceptualización de ambos extremos (Concha et al., 2013) y a replantear explícitamente las modalidades de construcción de las unidades de análisis. Como consecuencia de este proceso, las limitaciones de los enfoques dualistas (Hannerz, 1986a, p. 76-88) han alcanzado un grado de evidencia difícil de disimular, y las propuestas que buscan superarlos han comenzado lentamente a desplazarse desde los márgenes hacia el centro de las correspondientes agendas disciplinarias. Justamente en virtud de este desplazamiento, aparecen nuevas condiciones de recepción que vuelven posible recuperar muchas contribuciones sustantivas y originales —algunas de ellas de larga data— que hubieron de quedar olvidadas por la marginación que les impusieron las propias lógicas de reproducción de las disciplinas y sus objetos o que permanecieron estériles en virtud de su dificultad para atravesar fronteras académicas, y que deberían permitirnos reconceptualizar nuestros objetos analíticos a la luz de una complejización de los escenarios empíricos que vuelven irrelevantes —o incluso perjudiciales— muchas de nuestras categorías y herramientas más usuales.

La urgencia de esta reconceptualización se vuelve dolorosamente evidente para aquellos de nosotros que trabajamos en escenarios que, por diversas razones, encajan mal en la matriz dual que hemos estado reconstruyendo: ciudades pequeñas, o incluso muy pequeñas, que se sitúan cerca del borde con el que la vulgata estadística ha dividido lo urbano de lo rural; a las que no pueden adjudicársele claramente un perfil productivo —localidades en las que conviven dimensiones industriales, agropecuarias, turísticas, de servicios institucional-administrativas, militares, tecnológicas, todas ellas de pequeña escala— y cuya localización en el límite de un hinterland metropolitano las sitúa en un borde difuso que, por un lado, las mantiene fuera de los procesos de incorporación —la conurbanización o la periurbanización—, pero que, por otro, les permite, o aún más, les exige una relación más o menos fluida con sus metrópolis. Con poblaciones que oscilan entre los cientos de habitantes y unos pocos miles, estas pequeñas aglomeraciones no son las comunidades aisladas que el atavismo de muchos investigadores querría proyectar en ellas —su propio tamaño impide considerar esto con un mínimo de seriedad—, pero tampoco son ciudades dormitorio, enclaves especializados o meros satélites parasitarios de las grandes urbes.

A lo largo del presente capítulo, por tanto, y recogiendo en gran medida las principales intuiciones y aciertos de los esfuerzos de reconstrucción conceptual arriba mencionados, procuraremos presentar y discutir una serie de operaciones teórico-metodológicas a las que hemos arribado en el proceso de conceptualización de estas aglomeraciones “anómalas”, y que consideramos imprescindibles para abordar escenarios de esta naturaleza[6]. Sin embargo, creemos que su utilidad y su fecundidad heurística no se agotan ni se limitan a estas circunstancias específicas: estamos convencidos, por el contrario, de que tienden a constituir una necesidad teórica y metodológica —cuando no epistemológica— a la luz de los desafíos complejos que muchos escenarios contemporáneos plantean a las ciencias sociales y que las limitaciones atávicas del binarismo urbano/rural —siempre desmentido de iure al mismo tiempo que preservado de facto— nos han impedido analizar de manera fecunda.

Primera operación. La multiplicación de las escalas

Es extraña esta ciudad/O yo estoy fuera de escala.

  

Soda Stereo – Paseando por Roma

Como ya hemos adelantado, el interés de las ciencias sociales por la ciudad y por lo urbano abrevan una fascinación con la metrópoli moderna, que, sumada a las condiciones peculiares en que la población se ha concentrado en las grandes capitales de América Latina, ha llevado a las agendas de la sociología y la antropología urbanas de la región a concentrarse en las aglomeraciones de mayor tamaño en detrimento de los núcleos poblacionales medianos y pequeños (Concha et al., 2013; Blanc, 2015). Los efectos de este sesgo, como hemos ya sugerido, no se limitan a la relativa invisibilización que las aglomeraciones menores sufren a expensas de la metrópoli, sino que producen como parte de sus principales consecuencias epistemológicas una generalización indebida construida sobre la base de lo que no es sino un caso peculiar y anómalo. Puesto de manera más simple: si se toma como parámetro de lo urbano a esas ciudades excepcionales de varios millones de habitantes, y, sobre esa base, se define por default una condición urbana abstracta y generalizada que luego procede a extrapolarse a cualquier otra aglomeración urbana, sin importar su tamaño, queda claro que la mayor parte de los conglomerados menores y sus propiedades serán leídas en clave de insuficiencia, fracaso, estancamiento, atraso o anomalía —cuando no sencillamente ignorados o exorcizados de la consideración de la agenda de los estudios urbanos, o desterrados a enclaves (sub)disciplinarios tan específicos como marginales.

Lo paradójico de esta asimilación de lo urbano a lo metropolitano es que, cuando se lo piensa con más detenimiento, son la Chicago, de Park; la Berlín, de Simmel; la París, de Halbwachs; o el eje New York/Londres, de Sassen las que constituyen anomalías notorias. La mayor parte de los habitantes urbanos del planeta, como se ha señalado con frecuencia, no viven en las grandes megalópolis[7], sino más bien en aglomeraciones de tamaño mediano a pequeño, que difícilmente puedan ser comprendidas a partir de la extensión acrítica de los resultados de las investigaciones en las grandes metrópolis. Ciertamente, es el caso —al menos en nuestra región— que la mayor parte de los científicos sociales sí residen en ellas, y que, por tanto, alentados por el refuerzo que ofrecen ciertos imaginarios metropolitanos que tienden a pensar las relaciones de estas ciudades con sus países respectivos en clave de sinécdoque —y Argentina ciertamente constituye en este sentido un caso extremo (Gorelik, 1999)—, las naturalicen al momento de construir sus objetos analíticos.

Afortunadamente, sin embargo, la situación ha comenzado a cambiar en las últimas décadas. Como consecuencia de un proceso dinámico de transformación a nivel regional —cuyas principales características incluyen la disminución de la tradicional primacía urbana, el crecimiento relativamente rápido de centros secundarios y la emergencia de un sistema urbano más complejo (Vapñarsky y Gorojovsky, 1990; Sassone, 1992; Vapñarsky, 1995; Portes y Roberts, 2005, p. 66; Canales Cerón y Canales Cerón, 2012; Greene, 2014, 2015)—, la atención de numerosos investigadores en su mayoría provenientes del campo de “lo urbano”[8] se ha ido deslizando en dirección a aglomeraciones de menor tamaño y, en muchos casos, relativamente alejadas de las correspondientes metrópolis.

Así, y para mencionar tan solo algunos ejemplos prominentes del Cono Sur, en Argentina, los trabajos del equipo de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Gravano, 2005, 2006; Boggi y Silva, 2007, 2011; Boggi y Galván, 2008; Endere y Prado, 2009; Silva, 2009, 2011, 2012, 2013) se han concentrado en el estudio de un grupo de cuatro ciudades intermedias de la región central de la mencionada provincia[9].A la vez, otros autores y equipos se han ocupado, por su parte, de ciudades medianas o pequeñas de la región pampeana o patagónica (Gaggiotti, 2000; Gorenstein et al., 2012; Linares, 2012;Bachiller, 2015; Kaminker, 2016). Al mismo tiempo, en Chile, Ricardo Greene y sus colaboradores de la Universidad Católica del Maule han acuñado el sugestivo concepto de lo urbano no metropolitano (Greene, 2014, 2015) a los efectos de dar impulso a una agenda de investigación que se aboque a los fenómenos urbanos de estas características. Asimismo, a partir de una red internacional de larga data que vincula a investigadores de Argentina y Brasil —y de la cual el presente volumen es, a la vez, resultado y testimonio—, ha comenzado a consolidarse una red transnacional de investigación sobre esta clase de aglomeraciones no solo sobre lo que se ha dado en denominar “ciudades intermedias”[10], que hasta hace poco ocuparon el lugar central de la agenda, sino también sobre localidades de menor tamaño (Blanc 2015; Cloquell, 2013; Greene, 2014, 2015; Koury y Barbosa, 2017; Noel, 2011a, 2011b, 2012, 2013a, 2013b, 2014a, 2014b; Noel y de Abrantes, 2014; Prado, 1988; Ratier, 2009).

Lo que esta enumeración parcial e incompleta procura mostrar es la constatación, en el campo de las ciencias sociales latinoamericanas, de una necesidad de multiplicar las escalas de análisis, en particular, las referidas a todo aquello comprendido entre los polos habituales de la oposición urbano/rural, es decir, la gran metrópoli y la población rural dispersa. A su vez, esto conlleva un desafío ulterior, que excede la mera incorporación de las ciudades medianas y pequeñas a la agenda de las ciencias sociales y que implica el introducir, en nuestros debates, la cuestión de la escala, que, aunque abundantemente debatida por los geógrafos (Gutiérrez Puebla, 2001; Reboratti, 2000, 2001; Leveau, 2009), rara vez ha sido recuperada por nuestras disciplinas. Multiplicar las escalas de análisis —la primera operación a nuestro juicio indispensable para abordar los fenómenos de los que aquí nos ocupamos— implica necesariamente tomar en serio y discutir reflexivamente esta dimensión central para la construcción de nuestros objetos.

Segunda operación. La particularización de las categorías conceptuales

No tratar de encontrar demasiado deprisa una definición de la ciudad: es un asunto demasiado vasto, y hay muchas posibilidades de equivocarse.

   

Georges Perec – Especies de espacios

Una de las principales contribuciones epistemológicas de la estrategia etnográfica ha sido sin duda la invitación a cuestionar el pretendido y prematuro universalismo de muchas de nuestras categorías conceptuales. Como el trabajo pionero de Malinowski no dejó de señalar, tomar en serio la complejidad y la diversidad de las formas en que los seres humanos se organizan y dan sentido al mundo para integrarlas en un esfuerzo genuino de teorización comparativa implica una construcción inductiva de las categorías, en diálogo con los fenómenos de los cuales las mismas pretenden dar cuenta. La alternativa, como es sabido, no es más que el etnocentrismo epistemológico, es decir, la generalización indebida del alcance de categorías conceptuales construidas sobre la base de una experiencia particular y singular —la del investigador— que deviene baremo de evaluación y de comparación, y sobre la base de las cuales las formas alternativas son leídas bajo la lente de la anomalía.

Aun cuando a casi un siglo de su formulación originaria todo esto es o debería ser parte del sentido común de las ciencias sociales, el contraste con el modo tan entusiasta como acrítico con que muchos investigadores importan categorías para el análisis de los fenómenos ligados a lo urbano y a lo rural es tan inquietante como incomprensible. Máxime cuando, como hemos señalado, los modos en que se articulan y distribuyen las aglomeraciones y sus mutuas relaciones en diversas regiones están lejos de ser inmediatamente traducibles las unas a las otras. Aun a riesgo de repetirnos: las ciudades intermedias –que han registrado en las últimas décadas esa multiplicación y ese desarrollo acelerado que ha comenzado a atraer la atención de los analistas y que, como señalamos, representan una relativa innovación respecto de los patrones de primacía y macrocefalia habituales en el subcontinente– han sido desde hace mucho tiempo la regla en el Viejo Mundo. A su vez, las ciudades pequeñas en las que varios de nosotros hacemos trabajo de campo —y que cuentan con una población de entre unos pocos miles a unas pocas decenas de miles— poco tienen que ver con las small cities de la literatura estadounidense (Bell y Jayne, 2006), que cuentan con poblaciones que van desde varias decenas de miles a unos cuantos cientos de miles. Las ciudades intermedias de la región patagónica o pampeana de la República Argentina (Gaggiotti, 2000; Gravano, 2005, 2006; Gorenstein et al., 2012; Linares, 2012) y que cumplen funciones de intermediación en relación con aglomeraciones más pequeñas y con sus respectivos hinterlands poco o nada tienen en común con las ciudades medias de los investigadores europeos (Cebrián Abellán y Panadero Moya, 2013), que son sobre todo ciudades dormitorio, satélites o frentes de periurbanización de las grandes metrópolis. Lo mismo puede aplicarse, mutatis mutandis, a ciertas categorías dudosas diseñadas para el estudio de las transformaciones del mundo rural o agropecuario, como las de nueva ruralidad o rururbano (Pasciaroni, Olea y Schroeder, 2010; Concha et al., 2013).

Ahora bien: aun cuando apenas debería ser necesario a esta altura insistir en la futilidad de recoger acríticamente categorías importadas para tratar de inscribir modos regionales y locales de asentamiento, la testaruda persistencia de las utilizaciones entusiastas de los mismos suele ser más la regla que la excepción. Las razones por las cuales esto ha sido posible tienen que ver, al menos en parte, con el hecho de que las aglomeraciones en cuestión han sido abordadas prescindiendo de sus relaciones con otros nodos de las redes en las que se encuentran insertas y con sus intersticios, como si se tratara de totalidades relativamente circunscriptas, obviando los aspectos relacionales que las definen como tales y que acabamos de enumerar. Todo lo cual nos lleva a nuestra siguiente operación.

Tercera operación. La deslocalización del campo, la reconceptualización de los objetos y la redefinición de las unidades de análisis

Cuando se cambia la escala de las cosas, Mario, las cosas, inevitablemente, también cambian.

    

Daniel Escolar – Toda la Vida

Uno de los principales obstáculos a los que se han enfrentado las aproximaciones cualitativas en ciencias sociales a la hora de abordar los fenómenos urbanos —y entre ellas de modo eminente las que provienen de la antropología— ha tenido que ver con cierta tendencia a insularizar sus objetos empíricos o sus unidades de análisis, esto es, a intentar circunscribirlos a imagen y semejanza de los atolones del Pacífico, las aldeas campesinas o las reservaciones indígenas que constituyeran los escenarios privilegiados de despliegue de la disciplina durante las etapas formativas de su existencia moderna (Noel, 2009). La noción antropológica de campo y el lugar central que la misma ocupa en su principal estrategia metodológica —la etnografía— contribuyeron, por su parte, a reforzar esta suerte de reflejo atávico que impulsa con frecuencia a los investigadores que recurren a ese procedimiento a instalar su carpa literal o metafórica en un sitio e investigar sin moverse de allí, o moviéndose muy poco (Clifford 1999).

Cuando el trabajo de campo etnográfico tomaba como objeto aglomeraciones de tamaño reducido, casi siempre cedía a la tendencia a tratarlas como si fueran unidades cerradas y autocontenidas, como lo hiciera en gran medida la tradición ya mencionada de los Community Studies[11], soslayando el hecho de que la gran mayoría de estas comunidades mantenían lazos constantes y sustanciales con su “afuera”. Cuando, por el contrario, los investigadores se desplazaban hacia aglomeraciones mayores, la operación implicaba o bien pensarlas como una suerte de aldea writ large (Lynd y Lynd, 1957 y 1965; Warner 1963) o, con mayor frecuencia, fragmentarlas en unidades menores (barrios, vecindades, urbanizaciones) para trabajarlas como piezas de un mosaico de cuya suma aritmética, se supone, obtendríamos una imagen de la totalidad[12], a la manera en que la Sociología de Chicago, por ejemplo, concibió y abordó la metrópoli (Park, 1999; Park y Burgess, 1925; Hannerz, 1986a, p. 29-72).

Las limitaciones de esta clase de operaciones deberían resultar evidentes: si en el estado actual de la sociedad capitalista no tiene sentido considerar a las comunidades, sin importar su tamaño o su localización, como si fueran islas a la mitad del océano (Vidich y Bensman, 2000; Leeds, 1968, 1973, 1976, 1984; Sanjek, 1994; Sili, 1999 y 2007), mucho menos parece sensato considerar a la ciudad como una suma de poblados yuxtapuestos o como una suerte de aldea con delirios de grandeza (Geertz, 1987). Así las cosas, superar lo que autores como Magnani (1996) han llamado “la tentación de la aldea” debería erigirse como uno de los primeros imperativos metodológicos del investigador de las aglomeraciones contemporáneas, pequeñas, medianas o grandes.

Una vez más, los movimientos en esta dirección registran antecedentes considerablemente antiguos. Aun dentro de la propia agenda de la antropología, ha habido intentos relativamente tempranos de superar estas limitaciones, entre las que se destaca de manera notoria el proyecto colectivo de la Escuela de Manchester —que propuso un enfoque regional y relacional sobre el que volveremos oportunamente (Evens y Handelman, 2006)— o, de este lado del Atlántico, las propuestas análogas provenientes de la tradición de la economía política (Ortner, 1984; Leeds, 1994). Más cerca de nosotros, cronológicamente hablando, Michéle de la Pradelle (2000) señalaba, a principios del presente siglo, la necesidad para la antropología urbana de revisar el doble supuesto “clásico” de que el antropólogo debe estudiar un campo bien establecido y delimitado, y de que su objetivo sería reconstruir totalidades, crítica que ha sido recogida y desarrollada posteriormente por varios investigadores a nivel local, como es el caso de Mónica Lacarrieu (2007) o Ramiro Segura (2015).

La mayor parte de estas críticas, tempranas o tardías, parten de una constatación que, retrospectivamente, resulta obvia: los actores sociales, incluso aquellos que viven en comunidades putativamente circunscriptas, como los tepoztecos, de Redfield (2012), o los alcaleños, de Pitt-Rivers (1971) —para citar solo dos de los ejemplos más conocidos—, se mueven con cierta frecuencia, salen y entran de sus comunidades y entablan relaciones con habitantes de lugares relativamente alejados (y muy distintos) de ellas. Ciertamente, se podría objetar que tanto Redfield como Pitt-Rivers son conscientes de este hecho, incluso al punto de otorgarle un lugar central en su argumento —tanto los “correctos” del primero como los “señoritos” del segundo se definen precisamente por este movimiento y por los contactos que éste propicia con los entornos urbanos y sus consecuencias. Mas, aun así, Tepoztlán y Alcalá de la Sierra reciben un tratamiento etnográfico circunscripto y localizado donde los actores salen del radar ni bien cruzan las fronteras de la localidad donde el antropólogo ha instalado su base de operaciones.

Ciertamente sabemos hace tiempo que no existen los lugares completamente aislados, y aunque Redfield o Pitt-Rivers pudieran ceder en el Morelos de los 20’ o la Andalucía de los 50’ a una tentación del “como si” proyectada sobre economías campesinas de (auto)subsistencia, hace tiempo que la interconexión creciente suscitada por la modernidad avanzada y el capitalismo transnacionalizado ha enhebrado con fuerza a las localidades marginales o periféricas en redes de diverso tipo (Leeds, 1973, 1976, 1984; Sili, 1999, 2007). La situación parece ser hoy de hecho la contraria: en una economía intensiva en servicios y en un mercado de consumo mediado por los medios electrónicos de comunicación masiva y las tecnologías de la información, cuanto más pequeña una localidad, más razonable parece esperar que sus habitantes se muevan en busca de aquello que sus propias “comunidades” no pueden proveerles[13]. Como ha señalado el ya mencionado Anthony Leeds, existe muy poca gente en las sociedades urbanas contemporáneas que permanezca completamente inmóvil, y cuando ello ocurre, podemos estar seguros de que esto se debe a que ha sido inmovilizada por alguna agencia interna o, más frecuentemente, externa (Leeds, 1984). Varios practicantes metropolitanos de la antropología parecen haber registrado este hecho hace ya varias décadas, como lo muestran diversas discusiones acerca de la conveniencia de redefinir el concepto y el alcance del campo y que, por lo general, han desembocado en alegatos acerca de la necesidad de deslocalizarlo o más bien de (re)localizarlo de distintas maneras (Clifford, 1999; Marcus y Fischer, 1986; Hannerz, 1986b, 1998, 2000).

Ahora bien: si tomamos en serio la afirmación precedente de que, al menos en las sociedades contemporáneas, los actores rara vez pueden desarrollar todas las actividades de su vida en un mismo sitio —y, como adelantamos en los párrafos precedentes, esto parece ser tanto más cierto cuanto más pequeña es la escala—, lo más razonable parece ser seguirlos en sus trayectorias, en lugar de aposentarse en el lugar donde pernoctan para registrar cómo aparecen y desaparecen cuando cruzan las fronteras de su aldea literal o metafórica, como si se tratara de electrones en una cámara de humo. A su vez, esto implica prestar atención a las diversas clases de ritmos de la vida colectiva (Léfèbvre, 2004): los cotidianos en primer lugar (en gran medida pendulares), pero también los que implican periodos más largos, como las migraciones, permanentes o no, como las que tienen que ver con las transiciones biográficas ligadas a necesidades de mediana o larga duración cuya oferta está circunscripta a unos pocos lugares, como la prosecución de estudios superiores (Blanc, 2015).

A la luz de esta doble constatación: la de las limitaciones de los enfoques “clásicos” y la que tiene que ver con las reconfiguraciones de las modalidades de inmovilidad y movilidad a distintas escalas en las sociedades contemporáneas, lo que necesitamos, como varios de los autores ya mencionados señalaron en su momento, es un nuevo lenguaje que nos permita asociar actores, trayecto(ria)s y escenarios de maneras más flexibles, múltiples y sensibles a las complejidades empíricas, tanto al interior de los espacios metropolitanos como entre las aglomeraciones de diversas escalas, sus intersticios y sus mutuas relaciones en el marco de entramados complejos y variables. Y aun cuando hasta ahora hemos hablado de actores sociales a los efectos de simplificar la discusión, quisiéramos dejar en claro que estamos lejos de afirmar que el individualismo metodológico sea una necesidad a priori de este tipo de análisis: en el mejor de los casos, podrá ser un emergente de una manera determinada de construir el objeto analítico o la unidad de análisis. Coincidimos en este sentido con Latour (2008) cuando afirma que discutir acerca de la preeminencia ontológica a priori de una u otra clase de actantes en sentido abstracto no tiene mayor sentido. Como afirmara de la Pradelle (2000) siguiendo una intuición mucho más antigua de los investigadores de la Escuela de Manchester (Mitchell, 1956; Gluckman, 1958, 1959; Van Velsen, 1967; Vincent, 1977, 1990; Evens y Handelman, 2006), de lo que se trata es de dejar de pensar que estudiamos lugares para pasar a estudiar situaciones. Estas situaciones, lejos de preexistir a su proceso de reconstrucción etnográfica construyen lo “local” a través de una serie de procesos metodológicos, estratégicos y selectivos de localización, sustituyendo las hipóstasis que suponen la (pre)existencia de putativas entidades “sociales” por la reconstrucción empírica de los procesos que las engendran y las vinculan a determinados “lugares” o “trayectorias” (Vincent, 1977; Hannerz, 1977 y 2000; Latour, 2008; Fernández en Greene, 2015)[14].

Lo que necesitamos, por tanto, es contar con la posibilidad de montar unidades de geometría variable que permitan articulaciones a múltiples niveles: individuos, colectivos de distinta clase, redes que unan unos a otros, a ambos, o que se unan entre sí, mapas multidimensionales y que comprendan diversas escalas. Una vez más, no se trata aquí tanto de innovar como de recoger, recuperar y volver a someter a prueba instrumentos teórico-metodológicos existentes, algunos de ellos con una larga tradición en ciencias sociales, como los análisis de redes propuestos por investigadores de la Escuela de Manchester (Mayer, 1966; Barnes, 1969; Boissevain, 1974; Hannerz, 1986b) o sus contemporáneos “transaccionalistas” (Barth, 1959, 1966, 1972; Kuper, 1992), así como desarrollos más recientes, como los que proponen ciertas versiones actualizadas y refinadas inspiradas en la teoría de los lugares centrales (Sassone, 1992, 2000; Sili, 1999, 2007) o la teoría del actor-red (Latour, 2008).

Cuarta operación. El reemplazo de las tipologías por el análisis de los procesos

Nada, por ejemplo, nos impide concebir cosas que no serían ni las ciudades ni los campos (ni las afueras).

   

Georges Perec – Especies de espacios

Como ya tuvimos ocasión de adelantar en nuestra Introducción, la ciudad y lo urbano, pensados desde la metrópoli, recortan, en el mismo movimiento y por vía de oposición, a su contrario: lo rural concebido como lo comunitario— y frecuentemente también como lo campesino o lo agropecuario. Y una vez establecida, consolidada e, incluso, naturalizada esta oposición polar, los investigadores de las ciencias sociales hubieron de enfrentarse de continuo a pseudo-problemas análogos al que el dualismo cartesiano legara a la ciencia moderna a partir de la oposición entre cuerpo y mente, y que implicaron desarrollar formas verosímiles de unir lo que en primer lugar no debió haber sido separado. Así, la relación entre estos dos polos se vislumbra acríticamente como un problema que debe ser resuelto en lugar de tomar distancia para poner en duda la pertinencia del propio planteo y la conveniencia de reconocerlo y desmantelarlo en tanto obstáculo epistemológico.

A lo largo de su historia, las ciencias sociales se han embarcado con frecuencia en intentos por “solucionar” este “problema”, legado por planteos como el de Wirth (2005) y Redfield (2012), y prolongado en debates como el que opusiera a Redfield y Lewis en torno de lo que se denominó el continuum folk-urbano (Redfield, 1944; Gorelik, 2008). Tal propuesta conceptual es constantemente revivida en numerosos intentos de “reconstrucción” de las relaciones entre lo rural y lo urbano, algunos de los cuales reinscriben la teleología redfieldiana tantas veces criticada sin demasiada reflexión, o la reencarnan en una serie de híbridos de dudosa factura conceptual consagrados en neologismos como lo “rururbano” o la “nueva ruralidad” (Matteucci et al., 2006; Pasciaroni, Olea y Schroeder, 2010)[15].

Como quiera que sea, existen varios indicios de que, en las últimas décadas, la trinchera conceptual, disciplinaria e institucional excavada sobre la base de esta oposición entre lo rural y lo urbano viene siendo percibida como crecientemente problemática. A estas alturas parece razonablemente claro que la solución que durante mucho tiempo se consideró como la más cómoda —esto es, partir de una realpolitik sensata que diera por sentada la existencia y la inscripción institucional de esta oposición e intentar un abordaje reformista que permitiera atravesarla mediante diversas clases de puentes— no ha dado muchos resultados… y no precisamente por falta de intentos. La multiplicación de las tipologías y la proliferación de las categorías dan abundante testimonio de ello. Así las cosas, todo parece indicar que ha llegado la hora de cortar este tozudo nudo gordiano y asumir de una vez por todas que, aunque en su momento quizás no careciera de cierta fecundidad heurística, la distinción ha perdido filo y enfrenta crecientes problemas para acomodar las crecientes anomalías —que ya son más la regla que la excepción— a la que la enfrentan las transformaciones de la sociedad capitalista contemporánea.

Cabe señalar por enésima vez que no reclamamos originalidad en este planteo: también en relación a esta dimensión del análisis son varios los autores y trabajos que han replanteado la necesidad de pensar por fuera, por encima o por detrás de la oposición habitual entre los dos polos de este putativo continuo. Quizás el primero y el más notorio de ellos es el ya mencionado Anthony Leeds (1984), quien, partiendo de una crítica al concepto de comunidad de inspiración redfieldiana y a partir de un enfoque de economía política, reclamó hace ya varias décadas la necesidad de conceptualizar la sociedad contemporánea como eminentemente urbana, más allá de que, en su operación concreta, requiera que ciertas funciones o tareas sean localizadas por fuera de los característicos núcleos metropolitanos. El desafío, por tanto, implica pensar, a partir de una consideración a escala amplia, los modos en que se vinculan las ciudades y sus hinterlands en las redes contemporáneas de producción, circulación y consumo. Esta intuición originaria e intempestiva —y a la que en su momento no se le prestó demasiada atención en los mainstreams antropológicos metropolitanos— ha resurgido en las últimas décadas en una serie de trabajos que hacen hincapié en la necesidad de desmantelar la oposición entre rural y urbano para analizar las aglomeraciones en relación con las actividades productivas que se articulan con ellas y gracias a ellas (Concha et al., 2013; Sili, 1999). La distinción relevante dejaría de ser, en este caso, la que opone y divide ciudad de campo para pasar a ser, por ejemplo, la que opone las metrópolis a las agrópolis y sus respectivas áreas de influencia (Canales Cerón y Canales Cerón, 2012).

Aun así, creemos que sortear las minas epistemológicas, teóricas y metodológicas sembradas durante más de un siglo por esta oposición requiere de una estrategia incluso más audaz, que prescinda por completo de la distinción entre lo rural y lo urbano a los efectos de eliminar de raíz esas múltiples sedimentaciones que la oposición y sus términos han ido acumulando (y a las que nos hemos referido en nuestra Introducción), para conceptualizar de cero las unidades de análisis a partir de la reconstrucción de los procesos, sin prestar atención a los modos heredados en que sus diversos “componentes” han sido divididos. Sin duda alguna, este movimiento es solidario e indisoluble del recogido en la sección precedente: si las unidades de análisis se construyen sobre la base de los procesos, de las asociaciones y de los movimientos de diversas clases de actantes que atraviesan una serie de fronteras que, invisibles para ellos, solo los científicos sociales parecen ser capaces de ver, no tiene mayor sentido construir nuestros mapas conceptuales y analíticos en relación con ellas. La fecundidad de esta clase de enfoques ha sido elocuentemente mostrada por los trabajos de Marcela Crovetto en el valle inferior del río Chubut (Crovetto, 2009, 2011a, 2013, 2015) o los que parten de la delimitación de “cuencas laborales” (Fernández en Greene, 2015, p. 36-37) y que consiguen reconstruir procesos complejos a lo largo de áreas extendidas justamente en virtud de que prescinden de una delimitación conceptual que ya ha sido hace décadas superadas por la complejidad de las relaciones laborales en torno a ciertas actividades productivas o ciertas formas de consumo.

Reflexiones finales

—Tus ciudades no existen. Quizás no han existido nunca. Con seguridad no existirán más. ¿Por qué te solazas en fábulas consoladoras?

   

Ítalo Calvino – Las ciudades invisibles

No tengo mucho que decir a propósito del campo: el campo no existe, es una ilusión.

   

Georges Perec – Especies de espacios

Como señalamos al comienzo del presente texto —y como de hecho recoge su título— las consideraciones precedentes no surgen de una confrontación conceptual y crítica suscitada por la lectura ponderada de las fuentes citadas sino de las limitaciones con las que nos encontramos prácticamente de inmediato en nuestros intentos por conceptualizar nuestro actual “campo” de investigación etnográfica. Como ya tuvimos ocasión de mencionar, nuestro presente proyecto de investigación tiene como escenario una serie de localidades de la costa meridional del Río de la Plata pertenecientes a los partidos de Magdalena y Punta Indio (provincia de Buenos Aires, Argentina), en una región que se ubica a unos 100 km del borde meridional de la Región Metropolitana de Buenos Aires y a unos 150 km de la Capital Federal.

La región objeto de nuestro análisis abarca, en principio, cinco localidades de la zona geomorfológica conocida como pampa “deprimida”, con poblaciones que van desde unos pocos cientos de habitantes a una decena de miles. A modo de enumeración sinóptica, esta región incluye como aglomeraciones más destacadas: la ciudad de Magdalena (una población que se remonta al siglo XVIII, con algo más de 11.000 habitantes y que concentra un polo industrial, un penal, una base militar y la porción septentrional de una reserva de biósfera de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) (Athor, 2009), y su satélite Atalaya, una localidad a la vera del río con 775 habitantes y un pequeño balneario. A estas localidades adyacentes se agregan la ciudad de Verónica (cabecera del partido de Punta Indio), con 6.500 habitantes y en la que conviven la producción agropecuaria y una base aeronaval; la localidad de Pipinas, con poco menos de 1000 habitantes, un antiguo polo calero y cementero reconvertido al turismo rural e industrial y sede actual del Polo Aeroespacial de la República Argentina (García Germanier y González, 2015) y Punta del Indio, una antigua localidad turística ubicada a la vera del río, de unos 500 habitantes, que conociera un efímero esplendor en la Belle Époque y que recientemente parece haber sido redescubierta por los sectores medios metropolitanos interesados en la vida verde, atraídos por su posición en la porción meridional de la mencionada reserva de biósfera (Athor, 2009). Todas ellas guardan complejas relaciones entre sí y con su metrópoli más cercana, la ciudad de La Plata —capital de la provincia de Buenos Aires, con unos 740.000 habitantes, lo que la hace la cuarta ciudad más poblada del país, y la más poblada de la provincia— a una distancia de entre 60 y 110 kilómetros de las localidades respectivas.

Ahora bien: ¿qué sentido teórico-metodológico tendría intentar clasificar estas poblaciones sobre la base de las categorías, las dicotomías y las taxonomías heredadas? ¿Deberíamos pensarlas como rurales? Ciertamente tendría sentido en varios de los casos sobre la base de la población —Punta del Indio, Atalaya y Pipinas caen ampliamente por debajo del límite de los 2.000 habitantes— y en el resto en virtud del perfil agropecuario de las localidades del partido, y de hecho no falta quien lo haya intentado (Matteucci et al., 2006; Ratier, 2009). Pero más allá de que resulta difícil pensarlas en el mismo plano que las localidades medianas o pequeñas de la “pampa gringa” que constituyen el objeto habitual de los estudios rurales en la provincia, la presencia de actividades industriales, militares, aeroespaciales y de alta tecnología, así como turísticas y ecológicas —muchas de ellas con un impacto considerable o incluso comparable al de la actividad agropecuaria— sugieren precaución. Sus relaciones con la metrópolis también son complejas y singulares: localizadas, como enunciara con precisión uno de nuestros informantes, “demasiado lejos para cerca, y demasiado cerca para lejos”, no han sido ni previsiblemente serán en el futuro objeto de procesos de conurbación y ni siquiera de periurbanización. Al mismo tiempo, su tamaño reducido tiene como consecuencia que su dependencia de la metrópoli sea considerable, sin que esto implique movimientos pendulares cotidianos masivos —aunque de hecho el imperativo de moverse al menos una vez por semana afecte a buena parte de la población, o a quienes les prestan servicios. Asimismo, lejos de haber crecido como consecuencia de las transformaciones recientes en la estructura productiva de la región, se trata de localidades antiguas —o incluso muy antiguas— que han recibido y expulsado población de modo variable y a veces sin tendencia pronunciada o siquiera reconocible. Reconstruir analíticamente la complejidad y la variabilidad de este escenario, por tanto, nos obligó a enfrentarnos a la necesidad de deshacernos de algo del lastre conceptual acumulado por casi un siglo de discusión en ciencias sociales, y correlativamente a recoger y retomar algunos de los más promisorios e interesantes avances en las últimas décadas. Como decíamos al principio de este texto: si la insatisfacción con el legado de la oposición primigenia y fundadora entre Gemeinschaft y Gesellschaftes casi tan antigua como la oposición misma, quizás haya llegado el momento para tomar esta insatisfacción en serio y actuar en consecuencia.

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  1. Una versión sistemática y sinóptica del argumento puede encontrarse en Vapñarsky y Gorojovsky (1990), y una crítica igualmente sistemática, en Otero (2004).
  2. Cabe señalar que estas teleologías con frecuencia recogen y reactivan oposiciones mucho más antiguas, como lo ha mostrado, entre otros, Raymond Williams (2001).
  3. Aunque no podamos explayarnos aquí al respecto, en el caso de la Argentina, esta polaridad aparece atravesada por una dimensión adicional: la que opone Capital—esto es Buenos Aires— a Interior (Gorelik, 1999), figuración similar a la que opone costa a sertão, en el caso brasileño, y que encuentra análogos en casi todos los países sudamericanos.
  4. La polarización señalada —en particular en lo que hace al extremo urbano de la distinción— contrasta con la abundancia de estudios de aglomeraciones medianas y pequeñas que aparecen en otras tradiciones de investigación, como la de los Community Studies en sede urbana, y en la cual se destacan trabajos emblemáticos como los estudios gemelos de los Lynd, en Middletown (Lynd y Lynd, 1957, 1965), o el de Warner (1963), en Yankee City, para citar solo los más notorios. Para una revisión relativamente exhaustiva de esta tradición, véase Bell y Newby (1971). Para un ejemplo algo tardío en la academia argentina, puede consultarse Reina (1973).
  5. Véase al respecto Bell y Jayne (2006), Bellet Sanfelliú (2000), Bellet Sanfelliú y Llop Torné (2004), Brunet (2000), Cantor Apolinar (2014), Capel (2009), Cebrián Abellán y Panadero Moya (2013), Jordan y Simioni (1998), Penalva Santos (2010), UNESCO-UIA (1999) y Usach y Garrido Yserte (2008).
  6. Como se verá a lo largo de su desarrollo, la distinción entre estas cuatro operaciones es eminentemente analítica, en la medida en que varias de ellas son solidarias y se superponen en virtud del hecho ya señalado de haber surgido de esa misma tensión ya señalada entre Gemeinschaft y Gesellschaft.
  7. Los cálculos estiman que solo un cuarto de la población mundial vive en ciudades de más de 500.000 habitantes (Greene, 2014, 2015, p. 4).
  8. Aunque no faltan ejemplos de sus contrapartes “rurales” (Matteucci et al., 2006; Canales Cerón y Canales Cerón, 2012; Cloquell, 2013; Crovetto, 2009, 2011a, 2011b, 2013, 2015).
  9. Lo que denominan el TOAR, por las iniciales de las localidades respectivas: Tandil, Olavarría, Azul y Rauch.
  10. La variación en los rangos de población para las definiciones cuantitativas de las ciudades intermedias es considerable: así, para el caso europeo, por ejemplo, se caracterizan como ciudades intermedias aquellas que poseen entre 20.000 y 500.000 habitantes; mientras que, en Latinoamérica —debido a la magnitud de la primacía y la habitual macrocefalia—, el rango suele situarse entre 50.000 y 1.000.000 de habitantes. La bibliografía de otras latitudes muestra rangos igualmente variables —como en el caso de Asia, donde la bibliografía consigna como ciudades intermedias aquellas con una población entre los 25.000 y los 100.000 habitantes (cf. Brunet, 2000). A partir de esta dificultad para caracterizar cuantitativamente a las ciudades intermedias —la cual ha sido señalada con frecuencia como uno de los principales obstáculos para su tematización como objeto de conocimiento (UNESCO-UIA, 1999)—, los trabajos más recientes optan por una definición funcional (Bellet Sanfeliú y Llop Torné, 2002; Michelini y Davies, 2009). La caracterización de “urbano no metropolitano” sugerida por Greene (2015) y mencionada en los párrafos precedentes se propone como un intento de salir de esta discusión.
  11. qv. Nota 3, supra. Para una excepción parcial a esta operación de encapsulamiento, véase Vidich y Bensman (2000).
  12. La imagen del mosaico y la totalización por yuxtaposición no han sido privativas de los enfoques ‘urbanos’ de nuestra disciplina. La reelaboración de la tradición ‘rural’ de los Community Studies, llevada adelante entre otros por Julian Steward en el marco de los Area Studies (Steward, 1950; UNESCO, 1952) y cuyo ejemplo eminente es el estudio colectivo de Puerto Rico (Steward, 1956), constituye un ejemplo notorio de este procedimiento en sede ‘campesina’.
  13. La formulación de Ramiro Segura (2015), “relaciones hacia dentro, recursos hacia afuera”, recoge bien esta dualidad entre “salir” y “permanecer”. Como los geógrafos sin duda reconocerán sin mayores dificultades, esta es una de las intuiciones que está detrás de la teoría de los lugares centrales (Christaller, 1966; qqv. Sassone, 2000).
  14. Un ejemplo muy ilustrativo de este tipo de enfoque puede encontrarse en la propuesta de Magnani, que busca superar la insularización propia de los estudios urbanos en las metrópolis a través de maneras novedosas de articular actores y asociaciones en unidades de escala variables que denominan “pedazos, manchas, trayectos, pórticos y circuitos” y que recogen diversas dimensiones de asociación empíricamente observadas en las grandes aglomeraciones urbanas (Magnani, 1996).
  15. Una tipología de las formas más habituales de “resolver” esta dualidad puede encontrarse en Concha et al. (2013).


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