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Prólogo

Gabriel Cabrejas

Cuando empezamos a estudiar filosofía todos lo hicimos por el final, ya que Karl Jaspers llegaba a ella como nosotros, después de quince siglos. Y lo que él decía en el check in de su libro, para poder entrar desde el país extraño de la curiosidad sin respuesta, no dejó de sonar en nuestros oídos: de la filosofía se esperan cosas extraordinarias o, al revés, es un saber sin objeto (sin sentido) alguno; es el importante quehacer de unos hombres insólitos o el superfluo cavilar de unos soñadores. Al final del camino de haberla estudiado, siempre se llega al mismo aeropuerto: las dos ideas sobre ella, y las dos sobre sus cultores, las cuatro, son la pura verdad. La filosofía es imprescindible y también inútil, cosa de genios y de solitarios empecinados. Se parece al tema que nos reúne ahora: el arte. Siendo una de las disciplinas más antiguas de la razón humana, la filosofía es la única que no avanzó, solo se ha complejizado sin resolver sus problemas, porque están antes que los problemas particulares de las ciencias, que pocas veces se preguntaron por sí mismas –mientras que casi no hay filósofo que no haya escrito algún texto cuyo título se llamase qué es la filosofía, varios de ellos en formato de pregunta–. Y aquí estamos, después de las contiendas más devastadoras y sangrientas de la historia, del Holocausto, del ecocidio generalizado, de Hiroshima, las dictaduras feroces en el Tercer Mundo y una pandemia vírica inesperada, preguntándonos lo mismo que en las guerras del Peloponeso: ¿qué es la filosofía? ¿Cuál es su sentido en este universo? Y a ellas se adjuntan, a renglón pegado, las que se formularon los primeros en el orden cronológico: ¿qué es el arte y para qué lo queremos?

Este prólogo es igual que la filosofía en sí: obvio e inevitable. Como es obvia la segunda actividad inherente al filósofo: hablar de los otros que lo precedieron. Si toda la filosofía es una glosa, comentario, ampliación o reinterpretación de Platón y Aristóteles, buena parte del trabajo consiste en explicar a los filósofos que construyeron su propio pensamiento, más lejos o más cerca de los dos fundadores helénicos. Y como ellos, muchos se dedicaron a una de las asignaturas más populares del turismo a través del ser: la estética, teoría y crítica del arte. La mayoría, añadamos, escribieron sobre la naturaleza del arte después de pensar acerca de otros temas, no se sabe si se debió a que aquellos eran más importantes o, al revés, la realización artística, como representación de la realidad (sin entrar en detalles) merecía una maduración intelectual mayor, de modo tal de redondear el pensamiento, verificarlo, flexibilizarlo o sensibilizarlo, a través de la estética.

El presente libro compilatorio reflexiona sobre quienes han reflexionado sobre estética, pero adviene, por así decirlo, al final del tiempo. No porque se termine la historia, que, ya se demostró, sigue su curso dialéctico, ni porque termine el arte, que continuará como actividad –y actitud– humana en tanto exista el modus operandi de la humanidad, sino porque todo es arte, todes somos artistas, no se distingue low de high brow (o arte vulgar y arte elevado), el mundo mismo se estetizó sin llegar a ser más bello y los criterios de valoración, juicio, cualificación y hasta definición carecen de certezas, confiabilidad y duración. Libro ambicioso, no se dedica solo al endogámico examen de unos filósofos por otros. Su propósito más extremo es el primero que nos proponemos al cruzar al interior del país llamado pensamiento: comprender es enseñar. Y los autores intentan, y logran, el proceso de destilación de contenidos para el lector, muchos de ellos intransitables, o, a punto de entrar, inabordables. Y allí el lenguaje explicativo se lanza a una aventura sorpresiva: tornarse fascinante, volver fascinantes a Menke, Seel o Dewey, quienes pasan de ser densos a ser intensos, una deriva de flujos de sensaciones intelectuales dispuestas a ser interpretadas, en sus propias dimensiones de cuestionamiento e interpelación. Pensar no es una ciencia, es un arte: por eso no avanza, crece. Los autores de Alcances extraestéticos saben pensar el arte.

Inexcusable para el check in de este nuevo aeropuerto es la Escuela de Frankfurt, la que más incursionó en la reflexión estética como grupo de filósofos interventores, por eso los trabajos sobre Adorno, Marcuse y Benjamin, y los más tardíos Menke y Seel. Necesariamente se propone, y a veces se impone, la propuesta de los franceses, y se intercalan Deleuze, Rancière, Baudrillard y Lipovetzky. El americano John Dewey y el ruso Boris Groys participan de la discusión y nuestra antología cobra integración y amplitud de lecturas. Los ensayistas tienen un criterio común de introducir a sus autores mediante la biografía que los instala en la comunidad universitaria, en el tiempo social que les tocó vivir y en la corriente de ideas con la cual se asocian o discrepan. Naturalmente no figuran solo los filósofos sino, asimismo, la interconsulta de los influyentes –Agamben, Raymond Williams, Arendt o Jameson–. La presencia de lo político entre las funciones indelegables del arte en la urgencia de un mundo atravesado por la desigualdad, la injusticia, la colonización física (y mental) y el mercantilismo, todas formas de la alienación cultural, describen un arco desde Marcuse a Rancière, uno protagonista del 68 y otro autodeclarado su heredero crítico, cuando no han menguado las contradicciones aunque haya descendido el grado de virulencia aparente. La filosofía tiene mucho que decir sobre una vocación ahora libre de censuras, prejuicios, oscurantismo y propaganda doctrinal pero, en virtud de esa misma liberación, más que nunca sospechada de inutilidad, de resignarse con entusiasmo a ese estándar lúdico ahora llamado interactivo, histérica de compradores snobs en la aceptación de un mercado omnipresente del cual será siempre, y apenas, un furgón de cola. La mirada sociológica se estiliza en los estudiosos de los fetichismos del presente; nos glocalizamos gracias a la postulación del simulacro sistemático (y militante) de la realidad que desdibuja los límites de lo artístico y consolida el grado de control de los media (Baudrillard), la praxis del autodiseño y la conversión del artista mismo en imagen (Groys) y la entronización del consumo, la lógica de la desdiferenciación –el arte ya no constituye una esfera separada de lo cotidiano– y la “inflación estética” o superproducción de arte ad usum de las velocidades de la moda (Lipovetzky).

No abundaremos en los argumentos de cada capítulo-artículo: esa síntesis la realiza la introducción. Sí subrayaremos las dos palabras mágicas que materializan la actualidad, la actualización encarnada en estas meditaciones. Lo extraestético, o cómo la estética disciplinar tiende puentes interminables hacia la política y la teoría del conocimiento, se combina con lo transestético: nuestra vida se halla inundada de la metarrealidad del arte fuera del museo y las pantallas mismas al devenir de las instituciones y el propio transitar como sujetos de la civilización, se vuelve parte de la economía del capitalismo hedonista y experiencial, el absoluto de la mercancía dejando atrás la creación artesanal, la vieja belleza aurática y su sueño cumplido, y superado, de ser única.

Del orgullo de haber sido profesores, alguna vez, de los firmantes, tampoco podemos hablar en esta sucinta circunstancia. Baste invitarte, a vos, abriendo este libro, a ser la parte receptora de otra experiencia, la de una escritura, una facilitación de sentido, en fin, transportadora a la región del ser inagotable sobre la que tan insistentemente viajó la repetitiva, indefinida filosofía. El arte de pensar sobre el pensamiento del arte.



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