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6 Sentidos plurales del dinero estatal

Nominaciones técnicas, tensiones
y disputas en la gestión cotidiana de las transferencias monetarias

Martín Hornes

En el transcurso del mes de agosto del año 2008, exactamente un año antes de obtener el título de licenciado en trabajo social, logré insertarme laboralmente en un programa de transferencia monetaria (TM) municipal denominado Envión[1], perteneciente al Municipio de Avellaneda[2]. El mismo estaba dirigido a adolescentes de entre 12 y 18 años que se encontraran en situación de vulnerabilidad social con el objetivo de ayudarlos a concluir sus estudios secundarios y de ofrecerles -a contraturno de la escuela- talleres de apoyo escolar, capacitación y oficios. La asistencia escolar y las actividades complementarias se constituían como las condiciones necesarias para que los adolescentes beneficiarios recibirían un estipendio mensual en forma de beca que ascendía a la suma de $150 (para la época, un valor aproximado a unos 49 dólares estadounidenses).

A pocos días de mi inserción profesional comencé un arduo trabajo técnico de identificación de posibles titulares del programa Envión. Por varios días visité los hogares de numerosas familias de Villa Asunción que formaban parte de la lista de espera del programa de TM. Durante dichos encuentros comencé a experimentar una extraña situación al momento de lidiar con la presencia del dinero imbricado en el Envión. Tiempo más tarde, y acudiendo a aportes de la sociología y la antropología económica, comenzaría a develar algunas de esas inquietudes presentes en padres, madres, adolescentes y agentes locales estatales para referirse a las múltiples formas que adquiere el dinero estatal (Hornes, 2020a).

El objetivo de este capítulo es vislumbrar los múltiples significados sociales y morales que atraviesan y dan forma al dinero transferido desde las TM, observando las intervenciones de los actores sociales involucrados en la gestión territorial de los programas sociales: los agentes locales estatales pertenecientes al programa Envión, por un lado, y los adolescentes y hogares titulares de TM, por otro. Nos interesa explorar las definiciones programáticas y técnicas sobre las entregas de dinero establecidas por el Envión, pero, a su vez, constatar tales cualidades con las percepciones y apreciaciones resultado de las interacciones entre los actores locales estatales comprometidos en las políticas de TM y los hogares titulares de las mismas.

El capítulo se organizará de la siguiente manera. En un primer apartado, describiremos al programa Envión destacando sus características y esquemas programáticos, y señalando las similitudes que guarda con otros programas de TM. En un segundo apartado, nos detendremos en la descripción de un evento significativo –Entrevista de admisión– vinculado a la implementación del programa en Villa Asunción[3]. Dicha instancia resultará propicia para poder analizar las interacciones cara a cara entre los actores locales estatales y los adolescentes y grupos familiares implicados. En un tercer y último apartado, reflexionaremos en torno a las tensiones que se producen entre los aspectos programáticos del Envión y las evaluaciones sociales y morales que realizan los agentes estatales.

Cuestiones programáticas y nominaciones estatales

El programa Envión empezó a implementarse durante el mes de abril del año 2005 por iniciativa de quien en ese momento ocupaba el cargo de Intendente Municipal, Baldomero Álvarez De Olivera –más conocido como “Cacho Álvarez”-. La propuesta de impulsar el programa Envión en el municipio corría en paralelo a los avances de los programas de urbanización y mejoramiento de viviendas que se llevaban a cabo en las zonas más pobres del distrito.

Inicialmente, el programa estaba dirigido a adolescentes de entre 12 y 18 años que se encontraran en situación de vulnerabilidad social, con el objetivo de que finalizaran sus estudios secundarios y participaran -a contra turno de la escuela- en talleres de apoyo escolar, capacitación y oficios[4] A condición de cumplir con estos requisitos previamente especificados, los adolescentes beneficiarios recibirían un estipendio mensual en forma de beca que ascendía a la suma de $150. El cobro de ese dinero se haría efectivo por intermedio de la tesorería del municipio y a través de la denominación de un responsable autorizado que debía guardar una relación de parentesco directo con el beneficiario. Dicho rol debía ser representado específicamente por la madre o mujer responsable del adolescente en cuestión.

La primera sede del Programa Envión se ubicaba en la denominada Villa Tranquila, lindante con la localidad de Dock Sud. Las instalaciones en que funcionaba el programa formaban parte de la vieja y ya desafectada fábrica productora de alimentos Unilever. Hacia fines del año 2006, y tras su primer año de ejecución, se redactó un informe institucional en el cual quedaban establecidos los lineamientos de la política del programa Envión.

La propuesta elaborada por el Instituto Municipal de Inclusión Social y Calidad de Vida establecía que en cada uno de los barrios donde se implementará el programa habría una sede específica para las distintas actividades. La misma se consideraría como una unidad ejecutora dependiente del instituto municipal, dirigida por la figura de un coordinador general y conformada por distintas áreas de trabajo consecuentes con los objetivos del programa (Educativa y formación en oficios, Recreativa y Social).

En el marco de la estrategia municipal de brindar “mayor contención para los adolescentes en riesgo social” (Documento institucional: “El programa Envión. Instituto de Inclusión Social y Calidad de Vida”. Pág. 1.), la estructura programática establecía que en cada barrio debía contar con un “Padrón de aspirantes”. En dicho padrón se volcarían los resultados de los censos realizados durante el desarrollo de los programas de urbanización y mejoramiento de viviendas llevados a cabo en cada villa o asentamiento precario. Una vez confeccionado el padrón de aspirantes, se establecerían “criterios de prioridad” para las incorporaciones, considerando la aplicación del “Índice de Vulnerabilidad” confeccionado por las autoridades del instituto:

ÍNDICE DE VULNERABILIDAD


Tipo 1 – Vulnerabilidad Baja
Hogares pobres.
Hogares con clima educativo bajo.
Hogares con niños y/o jóvenes que (estando en edad de asistir) no asisten a ningún establecimiento educativo.


Tipo 2 – Vulnerabilidad Media
Hogares pobres cuyo jefe de hogar presenta problemas de inserción en el mercado de trabajo (son desocupados/ hacen changas o cartonean/ tienen un plan de empleo).
Hogares con niños y/o jóvenes que (estando en edad de asistir) no asisten a ningún establecimiento educativo.
Hogares con núcleo completo, con 4 menores o no/ Núcleo incompleto, jefatura femenina y 1 a 2 menores de 14 años/ Núcleo incompleto, jefatura masculina y 1 a 3 menores de 14 años.

Tipo 3 – Vulnerabilidad Alta
Hogares pobres cuyo jefe de hogar presenta problemas de inserción en el mercado de trabajo (son desocupados/ hacen changas o cartonean/ o tienen un plan de empleo) y con niños y/o jóvenes que (estando en edad de asistir) no asisten a ningún establecimiento educativo.

Fuente: documento institucional: “El programa Envión. Instituto de Inclusión Social y Calidad de Vida”, pág. 4.

Los trabajadores sociales que nos desempeñábamos en el Envión éramos los encargados de realizar las altas al programa. Teniendo como insumo el “Padrón de Aspirantes”, los técnicos realizábamos las visitas domiciliarias a los hogares de los candidatos para confeccionar los denominados Informes Sociales. A partir de la elaboración de dichos informes se estimaba el “Índice de Vulnerabilidad” de cada hogar y se evaluaba la pertinencia de incorporar a los adolescentes candidatos al programa.

La estructura de financiamiento del programa estaba compuesta por aportes del Estado nacional (infraestructura), de la secretaría municipal (contratación del personal), y por el aporte de los distintos establecimientos industriales radicados en las localidades en que se ejecutaba el programa. Esto último resultaría ser una de las particularidades centrales del Envión, ya que se buscaba establecer una relación de proximidad con las industrias radicadas en el partido con un doble objetivo: en primer lugar, que esas industrias participaran en el financiamiento de las becas de los adolescentes beneficiarios; en segundo lugar, que los mismos establecimientos industriales fueran potenciales empleadores de los adolescentes que transitaban por el programa.

La estrategia de relación con las industrias se convirtió en la piedra angular para financiar aquello que en el diseño original del programa había sido denominado como “sistema de incentivos”. Como se intentará reflejar en la escena etnográfica seleccionada, en la cotidianeidad de la implementación del programa, el “sistema de incentivos” será identificado por los distintos actores con el nombre de “beca”:

este incentivo tiene como propósito, tal como su término lo indica, incentivar a los jóvenes y a sus familias a participar del programa, recompensando a aquellos jóvenes que asumieron la responsabilidad de realizar el esfuerzo que se exige programáticamente y logrando al mismo tiempo mayor atracción y buena predisposición por parte de los jóvenes y sus familias. (Documento institucional: “El programa Envión. Instituto de Inclusión Social y Calidad de Vida”. Pág. 6.)

A partir del año 2008, el programa inició un proceso de expansión local a la vez que entró en una etapa de profesionalización[5]. El viejo Instituto Municipal tomó carácter de Subsecretaría de Inclusión Social y, bajo la dirección de una especialista en políticas sociales y licenciada en Sociología, se produjo la apertura de dos nuevas sedes: el Programa Envión Isla Maciel, en el mes de marzo, y el Programa Envión Villa Asunción, en el cual me desempeñaría profesionalmente, en el mes de agosto.

En mis primeros días de trabajo tuve la oportunidad de conocer las distintas sedes del programa como instancias de inserción y capacitación necesarias para desempeñarme en mi cargo. Dicho período de instrucción implicaba, a sí mismo, la lectura de un boceto de presentación del programa titulado “Criterios de admisión y procedimiento. Programa Envión”. El mismo reforzaba los aspectos programáticos establecidos en el informe institucional precedente a los fines de “ampliar las estrategias de búsqueda de los potenciales beneficiarios” y elaborar un “listado de beneficiarios que priorizará a los de mayor vulnerabilidad social”. (Documento institucional: “Criterios de admisión y procedimiento. Programa Envión”, Pág. 2). Uno de los objetivos de esta instancia de instrucción era que cada uno de los técnicos se informara acerca de las características generales del programa, sus objetivos y formas de intervención, el perfil del beneficiario, las etapas de selección e ingreso, las condicionalidades que los adolescentes debían cumplir, los montos que recibirían y las formas/ medios en que se realizaban las transferencias en dinero.

Las cualidades programáticas hasta aquí desarrolladas permiten observar que el programa Envión reúne las características medulares de los denominados programas de TM, esto es, ser una política social centrada en una transferencia directa de dinero en efectivo dirigida a los hogares pobres con menores a cargo, a condición de que dichos menores cumplan con ciertos requisitos previamente especificados en materia de salud y educación.

Sin embargo, como sugiere Agudo Sanchíz (2009) a partir de una amplia discusión sobre su experiencia como antropólogo consultor en el Programa Oportunidades de México, la descripción etnográfica y la interpretación de las políticas públicas debe ser de utilidad para, por un lado, desarticular los modelos racionalizadores que acompañan la programación de las políticas sociales, y por otro lado, para observar que se trata de técnicas y tecnologías de gobierno que no están exentas de negociaciones, complicidades, tensiones, conformidades fingidas y conflictos entre los diversos actores sociales que se encuentran involucrados[6].

Siguiendo los argumentos de Agudo Sanchíz, en las páginas que siguen se reflexionará sobre una escena etnográfica central vinculada a la implementación del programa de TM Envión. A partir de la escena Entrevista de admisión describiremos un evento significativo en la aplicación de la política, la cual retrata las cualidades que adquieren ciertos espacios de interacción entre los actores locales estatales encargados de la ejecución del programa municipal y los adolescentes y hogares titulares de la TM. Esta escena nos permitirá mostrar el ejercicio de performatividad experta sobre el dinero que deben encarnar los agentes locales estatales en los barrios populares al mismo tiempo que lidian con los cuestionamientos y las negociaciones que los adolescentes y los hogares titulares realizan sobre los significados de las TM.

Entrevista de admisión

A menudo mantenía conversaciones con Beto, parados sobre la salida de la calle Pergamino que marcaba el inicio del pasillo en el cual se encontraba su casa. Beto siempre vestía igual: unos jeans azul oscuro gastados, zapatos de trabajo, y camisa o campera según la ocasión. “¿Cuándo van a dar más planes? ¿Te acordas de mi pibe…Lucas?”, así se refería al Programa Envión y a la visita domiciliaria que él y su familia habían recibido de mi parte, tras inscribirse en la lista de espera del programa.

A Beto lo conocí una tarde de enero de 2009, recorriendo el barrio y realizando entrevistas de admisión a potenciales beneficiarios del programa. Desde el momento en que se acercó a hablarme -tímidamente y con su bicicleta en mano- no hizo más que hacer referencia al “plan de las becas para los chicos”. En aquel entonces, Beto trabajaba armando plantas acuáticas en su casa junto a su mujer, Elsa. Por mucho tiempo había sido operario en una de las más grandes curtiembres que se encontraba en el barrio que, luego de la crisis económica del año 2001, había sido vendida a un grupo inversor que la convirtió en un frigorífico dejando a una enorme cantidad de vecinos del barrio sin trabajo.

Desde aquel primer encuentro no pasaron muchos días para que Lucas se presentara en las instalaciones del programa a inscribirse en la lista de espera. Tenía 16 años, de gran altura y un cuerpo robusto, digno de desempeñarse como pívot en la cuarta categoría del básquet amateur del Racing Club de Avellaneda. Lucas estaba cursando segundo año por segunda vez en el colegio privado Don Bosco, donde se encontraba becado por la colaboración que su mamá prestaba en la capilla que la institución tenía en el barrio. También estudiaba ingles dos veces por semana a contra turno del colegio en un instituto privado que se encontraba en el centro de Avellaneda.

Como al resto de los adolescentes que se inscribían en la lista de espera del Envión, le transmití a Lucas la información respecto de la modalidad de otorgamiento de las becas. Las mismas se otorgaban desde la Subsecretaría de Inclusión Social del municipio, una vez que se había realizado la selección de los beneficiarios, en base a las entrevistas domiciliarias que los trabajadores sociales del programa realizábamos a aquellos que se inscribían en la lista de espera. Sin embargo, los técnicos visitábamos los hogares estableciendo parámetros de prioridad según el nivel de criticidad en que se encontrara el adolescente y su grupo familiar. Considerando las cualidades del perfil de Lucas (escolarizado y contando con la posibilidad de acceder a actividades extra programáticas) pasaría un tiempo hasta que un técnico realice dicha visita.

Transcurrieron unos meses hasta que volví a tomar contacto con Lucas y su familia. Nuestro encuentro no fue programado, simplemente cedí ante las innumerables cantidades de veces que Beto me interceptaba por el barrio y me interrogaba acerca de la posibilidad que Lucas acceda al Envión. En cada uno de aquellos encuentros se presentaba mencionando: “soy el padre de Lucas Rejidor, ¿te acordás?”, y luego me preguntaba sobre el estado de las becas. Más de una vez me llamaba la atención respecto del ingreso de otros adolescentes al programa, los cuales “se inscribieron después que Lucas”, y “encima están todo el día vagueando en una esquina”.

No recuerdo con exactitud la fecha precisa en que me deje empujar por las presiones de Beto. Era una tarde fría de invierno teñida de una fina garúa. Guardo un registro detallado en mis notas de campo:

Cuando me quise dar cuenta, Beto ya me había sumado en el recorrido hasta su casa, comentándome lo difícil que resultaba conseguir los materiales para la confección de las plantas acuáticas: ‘compraba los materiales en (Florencio) Varela, pero al tipo lo agarro la AFIP (Administración Federal de Ingresos Públicos), parece que no tenía nada en regla’. Ya estábamos llegando a la puerta de su casa, cuando nos cruzamos con su hermano. Después de saludarlo y hablar sobre unas personas que yo no conocía Beto lo despidió afectivamente.
Llegamos hasta la puerta de su casa. La vivienda luce bastante desmejorada: al frente la puerta es un pal de los que se utiliza para la carga y descarga de mercadería, con una reja roja totalmente desvencijada y recortada de forma imperfecta. Si bien las paredes de la casa son de ladrillo macizo, el techo está compuesto de chapas acanaladas agujereadas que dejan filtrar agua por varios lugares.
Mientras entramos a la casa y tras el anuncio de Beto, se produce todo un movimiento en el hogar: ‘Elsa, Lucas… estoy con el chico del Envión´. En el barrio me reconocían como ‘Tincho’ o ‘el chico del Envión’, por lo cual esta denominación me resultó indiferente. Casi como enloquecida se presentó Elsa, movilizando a su paso las latas de pintura que contenían el agua que caía irrefrenablemente del techo. Parecía alborotada, no esperaba mi presencia y se preocupaba por asegurar un espacio en el cual pudiera sentarme: ‘Disculpa el desorden’ no paraba de decirme, mientras a gritos le pedía a su hija que bajara la televisión, ordenara cosas tiradas y se fuera a su cuarto.
Luego de revolver toda la casa Elsa encontró un lugar donde sentarme. Nos ubicamos en el living- comedor, a metros de una pequeña cocina emplazada sobre la pared lindante con la pieza de Beto y su mujer. Elsa me ofreció algo para tomar y le dije que con mate estaba bien. Entonces volvió a llamar a vehementemente a su hijo: ‘¡Lucas! Te dijo tu padre que está el chico del Envión’. Igualmente, Lucas tardó unos minutos en hacerse presente y pareció no importarle demasiado la demora.
Casi como en todas las oportunidades que converse con Lucas, luce como si estuviera cansado, de un andar pesado a la vez que sereno. Sorprende el metro ochenta de altura para sus 16 años como, así también, la seriedad con la cual habla. Nos saludamos tímidamente mientras Elsa revoloteaba por sobre nosotros, inquieta y expectante, paseando el termo de aquí para allá. Al notar esta situación, les mencione que la idea de la visita era conversar informalmente para conocernos un poco más. Mientras que Elsa no parecía tranquilizarse, Beto deambulaba por la casa como restándole importancia a mi ansiada presencia o delegando en su mujer esta instancia.
Lucas me contó cómo era un día de si vida, las actividades que realizaba, cuáles eran sus gustos. Por la mañana asistía al colegio Don Bosco, dónde también cursaba un taller de oficio por la tarde, y solía acercarse ‘algún que otro sábado a la murga del colegio’. Lunes, miércoles y viernes tenía entrenamiento de básquet en Racing donde jugaba como titular en la posición de pivot. Los días martes y jueves, cursaba ingles en un instituto privado en el centro de avellaneda.
Lucas conversaba pausado pero sostenido y, entre pausa y pausa, Elsa interrumpía con afirmaciones: ‘yo quiero que vaya al Envión para que lo ayuden en el colegio, para que salga un poco’. Elsa estaba en lo cierto con esta última afirmación, ya que no solía cruzarme con Lucas en la calle o ligarlo con algún grupo de adolescentes del barrio. Lucas no tardaría en afirmar: ‘la mayoría de mis compañeros de la escuela son de Sarandí o (Villa) Domínico, por eso no salgo mucho por acá’. Si bien para Elsa resultaba una preocupación la escasa socialización de Lucas en el barrio, también implicaba un alivio: ‘los chicos de acá están todo el día en la calle, yo no quiero que él ande en la calle. Están todo el día en la esquina, a la noche, fumando o tomando vaya a saber qué cosa. Yo no entiendo dónde están los padres de esos chicos’.
Le conté a Lucas sobre las características del Envión, las obligaciones con las cuales había que cumplir y las actividades que se realizaban. Indirectamente le propuse reflexionar en torno a una posible participación, considerando la cantidad de actividades que tenía a lo largo de la semana. Elsa comprendió el motivo de mi intervención y arrojó: ‘El si tiene que ir al Envión va a dejar de entrenar’. Afirmación que no resultó nada agradable para Lucas, quien no dudo en mencionar: ‘yo no voy a dejar de entrenar’. Por unos segundos reinaron en la mesa unas miradas que oscilaban entre cómplices y amenazantes. Elsa recurrió a una frase sentenciadora: ‘llegado el momento, lo hablaremos con tu padre’.
Retomo la conversación con Lucas como para poder ir finalizando la entrevista. Decido preguntarle porque quiere participar del Envión, a lo cual Lucas responde: ‘y todos quieren estar en el Envión… por los talleres, por las chicas y, por la plata, obvio’. Si bien se sonrojo completamente por lo que dijo, era la primera vez que notaba en Lucas una expresión fuerte en su rostro, levantando las cejas y poniendo énfasis en sus palabras. Lucas dispara de la silla cuando le agradezco por el tiempo y le comentó que voy a seguir conversando con su mamá.
Antes de que pueda dar el puntapié inicial de la conversación, Elsa arremete sin vacilar: ‘ojalá que haya algún lugarcito’. Por supuesto que se refiere al otorgamiento de la beca y a una futura incorporación de Lucas al programa: ‘sabes que yo estoy preocupada, porque Lucas no sale mucho, no tiene amigos en el barrio. El sale nomás que va de acá a enfrente de lo de su primo, me gustaría que conozca más chicos del barrio. Y así también lo pueden ayudar con la escuela, es el segundo año que me repite’.
Aprovecho dicha afirmación para mencionarle a Elsa las condicionalidades que implica participar del programa, entre las cuales se destaca la terminalidad educativa. Elsa asegura que: ‘esta bueno, así ellos de alguna manera se van preparando a lo que va a ser la vida de más grandes: tener obligaciones, cumplir un horario… es como un trabajito, ellos cobran su platita también’. Elsa no demora en mencionar que, en los ingresos económicos del hogar, la beca no sería un detalle menor: ‘lo de las plantas no sabemos hasta cuándo va a durar, y con lo que gano yo pagamos algunas cositas. Viste como son los adolescentes, te pide y te piden, él podría usarlo para comprar sus zapatillitas, para sus cositas’.
Como para ir finalizando, le vuelvo a comentar a Elsa las características del proceso de selección de los beneficiarios. Ella escucha atentamente y espera a que finalice de desplegar mi discurso técnico sobre las instancias del proceso para mencionar: ‘Mira, yo no quiero ser atrevida… pero te voy a decir la verdad: muchos de los chicos que están en el Envión, son los mismos que los ves todo el día en la esquina, que algunos dicen que andan robando y es verdad, y que los padres no saben ni lo que hacen sus hijos’. Toma un respiro hondo y prosigue: ‘vos podés ir una vez a la casa, y te van a pintar todo color de rosas, o incluso algunos se deben hacer los pobrecitos. Después le sacan la plata que cobran los chicos y la gastan en vaya a saber qué’.
La verdad es que no esperaba este cambio repentino en el tono de la conversación por parte de Elsa, a la vez que me resulta interesante escuchar su opinión. Intento responder a sus inquietudes argumentando que el programa está dirigido a adolescentes con propiedades similares a los que ella describió. Vehementemente me responde: ‘Entonces, chicos como Lucas no van a quedar nunca, que tiene que hacer… estar todo el día vagueando’. Elsa hace una pausa, baja repentinamente las manos y tiende a encoger su cuerpo, parece como abruptamente angustiada: ‘perdóname, es la impotencia, porque cuando acá armaron el programa a los chicos los pusieron a todos a dedo: porque eran del comedor o de la capilla. A nosotros nunca nos toca nada’. Intento tranquilizarla mencionando que uno de los principales objetivos de la visita domiciliaria es conocer en profundidad la situación socioeconómica de cada familia en particular. También le aseguró que consideramos a este proceso de selección como el más transparente y como la mejor opción para que los adolescentes que formen parte del programa sean los que más lo necesiten. Elsa me mira fijo y a los ojos para decirme: ‘bueno, esperemos que tengamos suerte y haya un lugarcito para Lucas’.
Me despido de Elsa y es ahí recién cuando reaparece Beto, parado en el patio y junto al portal de la puerta. ‘¿Ya está?’ me pregunta, mientras me abre la puerta y comienza escoltarme por el pasillo en dirección a la calle Pergamino. Mientras caminamos, busco excusas para evadir el tema de la entrevista bromeando con un vecino del barrio que llevaba puesta la remera del club de fútbol Arsenal de Sarandí. Sin embargo, cuando llegamos a la calle no duda en preguntar: ‘¿Para cuándo vamos a saber si quedo o no quedo?’. Un tanto agotado, introduzco nuevamente las características referidas al proceso de selección de los beneficiarios. Beto me escucha con una atención trascendental, aunque creo que simplemente quiere escuchar un sí o un no.
Lejos de convencerlo con mis palabras, me despido estrechándole la mano y aguantando un potente apretujón.

Resulta pertinente reconstruir este evento significativo porque expone las similitudes que guardaban las visitas domiciliarias. La visita de admisión era el último eslabón de una serie de interacciones con ciertos rituales: las charlas en el barrio, la inscripción en la lista de espera y la visita domiciliaria, ponían en movimiento encuentros donde se iban conformando las condicionalidades referidas al programa Envión. Se trataban de espacios sucesivos donde los agentes estatales nos convertíamos en engranajes claves de las políticas de TM, y de las definiciones y condiciones expertas que se intentaban propagar.

El encuentro en el hogar con el objetivo de concretar una de las etapas de ingreso al programa Envión, marcaba un punto de inflexión y se configuraba como una “escena social” (Weber, 2002) particular. Por unos minutos se modificaba la cotidianeidad del hogar y todo el grupo familiar mostraba una atenta disposición para con el visitante, a la vez que su casa se convertía en un espacio de exposición de la intimidad del mismo[7].

Como pudimos observar en la escena etnográfica que reconstruye el encuentro con Lucas y su familia, los técnicos vinculados al programa movilizábamos cierto repertorio para definir el marco adecuado en que debía darse el intercambio, utilizando la dimensión performativa de la palabra y otros dispositivos materiales (Dubois, 2014 y en ésta publicación). Constantemente hacíamos hincapié en la noción de “beca” para hablar del dinero, asociábamos dichas transferencias a responsabilidades y condiciones sobre los jóvenes y las familias, y evocábamos ciertos instrumentos técnicos –informe social- para otorgar transparencia a un proceso de selección siempre sospechado por la asociación entre dinero y prácticas “punteriles” o “clientelares”.

Pero la escena etnográfica permite a su vez observar la otra cara de la moneda: los jóvenes y sus familias también movilizaban ciertos repertorios morales (Tebet Marinis, 2014). La regular exposición que las familias realizaban consistía en una descripción de las deficitarias condiciones materiales y simbólicas de vida, las dificultades económicas que atravesaban y la multiplicidad de problemáticas que atribuían a sus hijos para ser considerados como potenciales beneficiarios del Envión. Las conversaciones versaban sobre problemáticas familiares de profunda intimidad tales como; episodios de violencia doméstica, infidelidades, abusos, y severas enfermedades o muertes trágicas[8]. De esta forma no sólo intentaban dar cuenta de su legítima condición de precariedad sino, también, buscaban clasificarse dentro del universo de potenciales beneficiarios portadores de un capital moral distintivo de aquellos “vagos” que no merecían formar parte del programa (Hornes y Salerno, 2019).

La reconstrucción etnográfica del espacio de admisión evidencia que aquello que anudaba los repertorios de agentes estatales y hogares receptores eran los múltiples significados sociales y morales que posee el dinero. Pese a que los técnicos utilizábamos formulas hechas en cada uno de los encuentros pautados (los intentos por abrir y cerrar las interacciones de la misma manera o la intencionalidad de inscribir la categoría de “beca”), los intercambios desembocaban en una ambigüedad propia de la imposibilidad de otorgarle una definición unívoca al dinero transferido. La batería de saberes y prácticas de expertise resultaban frustradas frente a las racionalidades prácticas a través de las cuales los actores interpretaban los sentidos plurales del dinero en el mundo social de Villa Asunción.

Saberes y significados plurales sobre el dinero

“El plan de los 150 (pesos)” no paraban de repetir padres, madres o adolescentes mientras los técnicos buscábamos desarticular el binomio plan-dinero. “Los chicos que están en el Envión son los mismos que los ves todo el día en la esquina, que algunos dicen que andan robando”, repetía Elsa ante la posibilidad de que Lucas no fuera considerado para ser incluido en el programa. Lo incomodo o tedioso que me resultaban todas aquellas situaciones, tenía que ver con la imposibilidad de observar la trama de actores y sentidos que se conectaban en torno al dinero proveniente de las políticas sociales.

En trabajos anteriores estudiamos a los saberes expertos en programas de TM considerando que se trataban de un conjunto de conocimientos que se ensamblaban bajo diferentes formas de intervención social donde convergen: saberes especializados, procesos técnicos, dispositivos diferenciados y narrativas sobre el mundo social para dotar de significado al dinero transferido a partir de las políticas sociales. Nuestra hipótesis de trabajo nos permitió comprobar que las concepciones de los expertos en TM sobre el dinero refieren no sólo, a una forma de conocimiento que se moviliza para representar un estado de elementos en torno a las políticas sociales sino, como un conjunto de instrumentos y prácticas que contribuyen a la configuración y al diseño de un dinero específico. Se trata de definiciones diseñadas por economistas que, arrastran y llevan consigo las premisas que porta el dinero en el campo económico, utilizando tales cualidades generales del dinero para lograr un efecto performativo en el diseño de una moneda específica de las políticas sociales (Hornes, 2019).

Explorando la escena etnográfica referida a la entrevista de admisión podemos afirmar que, a pesar de los saberes expertos o diseños programáticos establecidos en los documentos institucionales, y de las interacciones cotidianas concretas entre los agentes estatales y las personas asistidas, el efecto performativo que pretende una definición unívoca sobre el dinero transferido resulta inconcluso. Que exista una multiplicidad de sentidos respecto del dinero transferido indica que las condicionalidades prescriptas no clausuran la significación social del dinero.

Pese a las sucesivas instancias en las cuales los técnicos señalábamos los atributos del programa Envión (el marco institucional, la población objetivo, las formas de acceso y condiciones) persistían los sentidos plurales sobre el dinero transferido. Ante la mirada atenta sobre la producción de condiciones que puedan otorgarle una definición unívoca al dinero, los actores movilizaban un conjunto de racionalidades o sentidos prácticos que mostraban cómo los significados plurales sobre el dinero introducen negociaciones sobre la definición de condiciones legítimas.

La reconstrucción de la entrevista de admisión nos permite identificar cómo la producción de condiciones y significados sobre el dinero excede los ámbitos de encuentro entre agentes estatales y beneficiarios. Los repertorios morales que se desplegaban en los hogares oscilaban entre dos polos diferenciados que buscaban trazar condiciones legítimas e ilegítimas. Por un lado, trataban de otorgarle al dinero un significado asociado a la inclusión social, destacando la preeminencia de la inserción de sus hijos y las mejoras en aspectos educativos. Por otro, sancionaban las transferencias de dinero efectuadas a aquellos que clasificaban como inmorales de recibir el beneficio, sea por no cumplir con las condicionalidades o por la vida que desarrollaban en el barrio.

Los sentidos plurales que adquiere el dinero transferido para los distintos hogares y actores sociales atraviesan los límites establecidos desde las dimensiones programáticas y las estrategias enunciadas por distintos agentes institucionales. Las condicionalidades a las cuales se refieren los miembros de los hogares se encuentran alejadas de los esquemas planteados en el diseño y ejecución de las TM y mucho más próximas a un significado del dinero que se discute, se negocia, se disputa, movilizando un conjunto de sentidos ordinarios en contextos sociales y culturales específicos (Hornes, 2021).

El dinero de las políticas sociales de TM contiene una matriz diseñada por los saberes expertos, pero también posee una vida social que desborda tal diseño. En este capítulo nos aproximarnos a los conflictos que deben afrontar los actores locales estatales a la hora de encarnar los significados expertos sobre el dinero. Según el caso, dichos actores se debaten entre reproducir tales significados o incorporar sus propias definiciones, e incluso puede que utilicen los significados asociados a esos dineros para clasificar y evaluar a los titulares y a los hogares receptores de TM.

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Weber, Florence (2000) Transactions, marchandes, échanges rituels, relations personnelles. Une ethnographie économique après le grand partage. Genèses, 41:85-107

Wilkis, Ariel (2008) Os usos sociais do dinheiro em circuitos filantrópicos. O caso das publicações de rua. Revista Mana, núm.14 (1), pp. 205-233.

Zapata, L. (2005) La mano que acaricia la pobreza: etnografía del voluntariado católico. Serie etnográfica IDES. Buenos Aires: Antropofagia.

Fuentes documentales

Instituto Municipal de Inclusión Social y Calidad de Vida – Municipio de Avellaneda: “El programa Envión”. Diciembre 2006.

Instituto Municipal de Inclusión Social y Calidad de Vida – Municipio de Avellaneda: “Criterios de admisión y procedimiento. Programa Envión”. Diciembre 2006.


  1. Con vistas a conservar la identidad y la confidencialidad de las personas que me otorgaron su confianza y se brindaron hacia la investigación, reemplazaré las identidades personales y las referencias sobre el territorio donde se desarrolló el trabajo etnográfico a partir del uso de nombres ficticios. Para el caso de las referencias institucionales al programa Envión mantendré las denominaciones reales, pues entiendo que nos ayudarán a contextualizar y comprender a la intervención estatal en cuestión con mayor especificidad.
  2. El municipio de Avellaneda es la primera localidad lindante con la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
  3. Seguimos las sugerencias de Diana Milstein (2009; 47-49) para observar eventos significativos, considerándolos como interacciones específicas donde los actores sociales experimentas situaciones complejas, las cuales no dejan de estar inscriptas en la cotidianeidad de sus prácticas.
  4. En los primeros días de agosto de 2009, “Cacho” Álvarez asume como Ministro de Desarrollo Social de la Provincia de Buenos Aires y anuncia el lanzamiento del programa a nivel provincial. La propuesta tendría como destinatarios a los adolescentes y jóvenes de 12 a 21 años en situación de vulnerabilidad social de la Provincia de Buenos Aires, los cuales recibirían un estipendio mensual correspondiente a $350 (para la época, un valor aproximado a unos 90 dólares estadounidenses) en calidad de beca y una tarjeta magnética que habilitaría el cobro por cajeros automáticos. En ese contexto, y en analogía con los hallazgos de Sabina Frederic y Laura Masson (2006), el programa Envión se convertiría en un emblema de la personalidad política de “Cacho” y de cierta forma de hacer política.
  5. Tomo prestado el término profesionalización de Sabina Frederic (2004) para denotar y ejemplificar la presencia de esquemas de reestructuración política en el escenario local. Dichos esquemas estuvieron vinculados a la emergencia de una directriz política que buscaba borrar todo rasgo denominado como “clientelar” o “punteril” de las lógicas de asistencia y promoción que perseguía el programa Envión. Bajo esta premisa, ante lo que era visto como un problema moral de la política, la dirección del programa desplazó a mediadores de la política local/ barrial, reubicó distintas sedes del programa, y promovió la proliferación de técnicos de distintas disciplinas sociales en sus equipos de trabajo.
  6. En la misma línea argumentativa, Franzé Mudanó (2013) señala que el ejercicio reflexivo sobre las políticas públicas debería dotarnos de herramientas que nos permitan trascender el modelo burocrático y estatocéntrico que las define “‘como entidades objetivas’, resultado de decisiones racionales adoptadas por alguna ‘autoridad’ competente, -gobiernos, cuadros técnicos, expertos, instituciones delegadas…- que organizan acciones sobre la base de un conocimiento igualmente racional y experto con el objetivo de resolver problemas o situaciones específicas ‘existentes’, a fin de producir resultados –esperablemente- ajustados al diagnóstico que les precede” (Mudanó, 2013: 11).
  7. En dichos encuentros las familias se sometían a una “minuciosa y delicada tarea de exposición y cuidado de sí” (Wilkis, 2008). Laura Zapata (2005) explora cómo a través de visitas domiciliarias y otras instancias de interacción las voluntarias de Cáritas construyen formas de reconocer y clasificar un universo de pobres que “merecen” asistencia. Véase: Zapata, L. (2005) La mano que acaricia la pobreza: etnografía del voluntariado católico. Serie etnográfica IDES. Buenos Aires: Antropofagia.
  8. Siguiendo a Goffman (1970) podríamos considerar que aquellas escenas se convertían en uno de los componentes del ritual del intercambio; espacios en los cuales se comunica la moralidad de los actuantes a través de “actos donde por medio de su componente simbólico el actor demuestra cuán digno es de respeto o cuan dignos son los otros de respeto” (Goffman, 1970: 25).


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