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Misiones en la región de frontera

Familias, territorialidades y redes sociales en el contexto inmigratorio de la primera mitad del siglo XX

Norma Oviedo[1]

Introducción

El hecho de migrar y afincarse es la porción de la realidad social que nos convoca en el análisis, en otras palabras, es la movilidad de personas de otros continentes respecto del movimiento de las personas ya establecidas, conjuntos de inmigrantes, grupos de indios, de negros y criollos que se re-establecen en el Territorio Nacional de Misiones (TNM); poniendo énfasis en las motivaciones y los condicionantes que estas familias tienen para lograr el establecimiento definitivo. El Territorio Nacional de Misiones se crea en 1881 como nueva unidad político-administrativa dentro del Estado argentino y se corresponde con el territorio que actualmente ocupa la provincia de Misiones. En relación a la discusión sobre este objeto de estudio, es importante destacar que con la creación de la Universidad Nacional de Misiones (1973), emergieron algunos debates sobre la construcción de la región, así como nuevos enfoques y campos problemáticos para la investigación desde y sobre Misiones. Estos provinieron, fundamentalmente, de historiadores y antropólogos, quienes enfatizaron los estudios sobre la colonización y la inmigración, enfocando la problemática desde una perspectiva holística.

En esa línea, se destacan trabajos de autores emblemáticos que explicaron el proceso de poblamiento, la ocupación territorial y la emergencia de las instituciones culturales. En la década de 1980, Angela Perie de Schiavoni (1982 y 1985) inscribe y sustenta una mirada de la historia misionera en perspectiva regional, argumentando la existencia de una región histórica surgida en el marco de la experiencia jesuítica. Esta historiadora se ocupó del relevamiento de fuentes y la formación de recursos humanos y, a su vez fundó el Centro de Estudios Históricos, la Biblioteca ¨Kaul Grunwald¨y la Revista de Estudios Regionales (FHyCS-UNaM). Esta tarea se basó en la búsqueda e integración de las fuentes documentales para la elaboración de la historia de Misiones. El trabajo de Schiavoni y Zouvi (1985) se concretó con una fase inicial de la propuesta, presentando el contexto internacional del proceso inmigratorio, mientras que la segunda fase trataría sobre el impacto de la colonización en Misiones y la región, quedando pendiente esta parte del estudio.

Otros analizaron las capacidades adaptativas de los inmigrantes, tipologizando y asociando la unidad productiva familiar al sistema farmers (Bartolomé, 1972) y la conformación de la sociedad multiétnica respecto de la construcción identitaria de las comunidades que conformaron la sociedad misionera (Abínzano, 1985). En simultáneo, proliferaron las historias elaboradas por inmigrantes o sus descendientes, representantes de las familias de pioneros y fundadores de los pueblos, dando testimonio sobre las experiencias y vivencias de los diferentes grupos en sus trayectorias particulares (Ziman, 1976; Diaz, 1979; Bluthgen, 1988; Wickstrom, 1989; Weyrreuter; 1992, Culmey, 1998; Wabeke, 1988). Tal enfoque volverá a resurgir dos décadas después, revisando la distribución de inmigrantes en relación a las jurisdicciones oficiales y la fecha fundacional de los pueblos (Belastegui, 2003 y 2005) y las migraciones y el poblamiento mediante una cartografía etnográfica (Gallero y Krautsfofl, 2008). Mientras que, achicando el foco, otros observaron las prácticas políticas, los sectores socio-económicos y sujetos sociales específicos (Schiavoni y Urquiza, 1996; Urquiza, 1997, 2003, 2005, 2008).

Actualmente se retomaron temáticas históricas, ajustando los análisis hacia el interior del TNM sobre la producción yerbatera, las historias de los pueblos, la población vista desde los censos, las comunidades de inmigrantes, las empresas de colonización y la distribución de la tierra (Pyke, 2014; Rodríguez, 2014; Schiavoni y Gallero, 2017; Zang, 2019). Emergieron las historias de mujeres, subrayando la perspectiva de género y la problemática de la familia -sea en Misiones o la región- entre las que se destacan contribuciones muy recientes (Cabrera et al. 2015; Oviedo y Cossi, 2018; Rojas, 2019; Medina, 2020 y 2021; Oviedo, 2021; Zorrilla, 2020). En nuestro caso, la perspectiva reeditó un enfoque holístico en el que nos situamos en la región de frontera, recomponiendo el proceso colonizador a partir del derrotero de las familias, los grupos y comunidades en diversas redes sociales; recuperando las voces de los sujetos que los conformaban y visibilizando el protagonismo del sector femenino.

En ese contexto, respecto del hecho de migrar y los vínculos gestados dentro de la sociedad regional, una de las ideas fundamentales apuntadas en la tesis Fronteras, Territorialidades y Familias. Colonización y redes sociales entre establecidos y foráneos en el Territorio Nacional de Misiones (Oviedo, 2021) ha sido problematizar la idea de región. Es decir, se buscó sopesar las prácticas de los sujetos en la conformación de la misma, analizando las trayectorias, las configuraciones familiares y las articulaciones interfamiliares en el contexto migratorio e interpretando las prácticas de las familias como marcas en el proceso de poblamiento ya que se considera que la familia es el grupo donde los sujetos nacen, crecen y se socializan. Por lo tanto, la familia se constituye en una entidad compleja que confiere una materialidad propia a las relaciones sociales. Estas relaciones se inscriben y configuran en redes sociales que describen y se traducen en territorios y territorialidades, en tanto intersección y “(…) sucesión de tiempos (pero) también (como) sucesión de espacios (…)” (Souza Santos, 1991, p. 18-19) recorridos por los grupos y los sujetos sociales (familias, mujeres, etc.) como componentes de las sociedades; en tanto experiencias y acontecimientos sociales de los biografiados.

En suma, nuestra investigación analiza las prácticas cotidianas de las familias de pobladores, de establecidos y de foráneos, pertenecientes a diferentes grupos étnicos y diversas comunidades nacionales; durante el proceso de colonización y poblamiento en el Territorio Nacional de Misiones. En esta problemática general están implicadas algunas cuestiones específicas, como el hecho inmigratorio, la migración y la movilidad permanente, las redes sociales y las estrategias de sobrevivencia y el rol de los hombres y las mujeres en la acción colonizadora, como ejes fundamentales para capturar los atributos distintivos de la sociedad regional en la Región de Frontera. El propósito de la misma es ofrecer un cartografiado social sobre la sociedad en su conjunto, entendiendo que es heterogénea y plural y que la incorporación de inmigrantes la complejiza y la reconfigura; en ese sentido es importante destacar los espacios de interacción y las situaciones de contacto dentro y entre las familias y los grupos, sean sujetos migrantes nativos, inmigrantes o sus descendientes.

Esta comunicación está constituida por cuatro apartados: a- Rediscutiendo sobre la construcción de la región y la frontera, b- Los modelos de colonización y la configuración de las territorialidades, c- Tejiendo Redes entre las familias de foráneos y establecidos y d- Las mujeres, de colonizadas a colonizadoras; a fin de dar cuenta y abordar, más minuciosamente, las cuestiones específicas que hacen a la problemática en general, considerando diversas dimensiones de análisis y discutiendo algunas conceptualizaciones.

Rediscutiendo sobre la construcción de la región y la frontera

Entendemos que la región es una realidad abierta y compleja, observable a varias escalas y dimensiones, que se manifiesta como una polaridad polivalente, entre la homogeneidad y la heterogeneidad (Bandieri, 2005; Fernández, 2008; Carbonari, 2009; Mata de López, 2003; Leoni, 2014; Bohoslavsky, 2018). Es así que, la representación de una región excede la delimitación de un espacio geográfico o jurídicamente definido, debido a que de la relación entre los sujetos sociales devienen prácticas y fundamentaciones discursivas y simbólicas que dan paso a configuraciones e interpretaciones que retoman significaciones ancladas, tanto en lo político como en lo identitario. Por ende, las regiones son espacios de encuentros e intercambios entre pueblos que superan constantemente los límites de los Estados porque comparten un pasado (Arellano y Oviedo, 2017; Abínzano, 2019, Oviedo, 2020).

Los Territorios Nacionales se instituyeron como unidades político-administrativas menores y como espacios conflictivos dentro del estado argentino, pues eran tierras fiscales o nacionales por las que las antiguas provincias y el poder nacional se disputaban. Ambas fuerzas pretendían acumular poder, ampliar la jurisdicción territorial y convertir a tales espacios, considerados “vacíos”, en productivos. Misiones se localizaba en un área fronteriza, lejana y desconocida, calificada como el confín territorial y poblada por grupos de aborígenes, conjuntos de negros y criollos dispersos; sujetos expuestos al desarraigo y forzados al disciplinamiento (Oviedo, 2020). El análisis del proceso de poblamiento y las prácticas de las familias y los sujetos en el TNM exige la contextualización de las mismas en lo que denominamos región de frontera (actualmente compuesta por provincias, estados y departamentos de Argentina, Brasil y Paraguay respectivamente) pues las trayectorias de vida de tales pobladores describieron rutas de relaciones y de circulación social que transgredieron la territorialidad normatizada desde los Estados Nacionales. A pesar de los conflictos, sus habitantes se mantuvieron vinculados a través de redes de parentesco, de amistad y de paisanaje que atravesaron, cruzaron y definieron variadas formas y configuraciones espaciales; de este modo, fueron evidenciándose territorialidades diversas que en uno u otro momento concuerdan y/o contradicen las políticas definidas e implementadas en los estados, departamentos, provincias y municipios de pertenencia.

En el contexto migratorio, el TNM se reconstituye como núcleo de la región de frontera, aglutinando a algunas poblaciones paraguayas y brasileras -situadas a uno y otro lado de los ríos Paraná y Uruguay- integradas grupos étnicos de población preexistente (migrantes nativos y descendientes de inmigrantes) como a los conjuntos de inmigrantes europeos (diferenciados en diversas comunidades nacionales); vinculados mediante redes en las que las familias -sean de establecidos o de foráneos- articulaban sus prácticas, entrelazadas por vínculos formales e informales.

Así, el concepto de familia cobra nuevas dimensiones y es entendida, en cuanto grupo social, como una red virtual en la que se entretejen vínculos no solo basados en el parentesco y la consanguinidad, sino también en la amistad, el interés, el paisanaje (Quiñones, 2009:2 y 3).

Ello significa pensar a Misiones dentro de una región de frontera, a la que históricamente observamos constituyendo indistintas y variadas configuraciones territoriales, atendiendo a las dinámicas de las organizaciones sociales de las que formara parte: dentro del estado español, entre las posesiones español-portuguesa (S. XV-XVIII), dentro del estado nacional argentino y entre los estados nacionales fronterizos (S. XIX a la actualidad). Es decir que, a partir de la región y en ella misma se originan y convergen fenómenos sociales representativos de naturaleza local, nacional, internacional y global, como, por ejemplo para el momento histórico estudiado, fueron la deslocalización de las comunidades indígenas y de afrodescendientes, la relocalización de los grupos y familias de criollos, la sobreexplotación de la mano de obra en los obrajes, la extinción de los recursos naturales silvestres; y en consecuencia, la movilidad migratoria permanente, como fenómenos que ponen en juego las distintas formas de afrontar y permanecer en la frontera.

Esta región de frontera en la que divisamos al actual territorio de Misiones se corresponde como una de las territorialidades transfronterizas que se constituyen en territorialidades caleidoscópicas, entendidas como territorio/campo de fuerzas que sostiene una red de relaciones sociales complejas que habilita oportunidades, al mismo tiempo que define una alteridad introduciendo interdicciones, a partir de la línea de frontera que tiene inserta. Desde ese punto de vista son territorialidades vividas, necesariamente plurales y diacrónicas en las que los ciudadanos de frontera construyen y recrean, a partir de sus vivencias cotidianas, densas relaciones sociales, económicas y culturales bajo sistemas normativos aleatorios, versátiles y pragmáticos. Sus contradicciones, vacíos o sinsentidos son cubiertos y recreados por la agencia de sujetos sociales territorianos[2] flexibles, que viven en y de los recursos materiales y simbólicos disponibles en dicho territorio, cuya conjugación permite describir cada período histórico en función de los intercambios transfronterizos (Arellano, 2020; Oviedo y Arellano, 2020).

Es en este contexto donde emerge y subsiste un prototipo de sujeto histórico: fronterizo, dinámico y adaptable que continuamente subvierte e invierte las reglas de acuerdo con sus necesidades e intereses, sacando partido de circunstancias promisorias, volátiles y/o regularmente duraderas, que en ambos lados del límite fronterizo están presentes. Del mismo modo, se benefician de las diferencias impositivas, las posibilidades de acumulación de tierras y las alternativas de inserción laboral. Es allí que surge una problemática particular y compleja en la región de frontera, y más aún en esta etapa territoriana cuando los estados implicados generaron e implementaron acciones planificadas de reordenamiento socio-territorial de integración de sus territorios y unificación del mercado nacional, de urbanización y creación de nuevos poblados, de colonización de tierras para la producción agrícola, de inclusión de un flujo diverso y variado de inmigrantes capacitados para el trabajo, en un proceso de movilidad acelerada y desconcertante, no siempre pasible de ser controlada, debido a la diversidad de sujetos y grupos que se integran.

Los modelos de colonización y la configuración de las territorialidades

De manera que, a pesar que entendemos a la frontera como un locus que se caracteriza por la constante y gran movilidad social, examinar en dicha etapa histórica las trayectorias grupales e individuales, conlleva observarlas desde la centralidad de las relaciones y la complejidad de las articulaciones sociales, considerando en ella(s) las perspectivas estatales desde las que se proyectan y los sentidos polivalentes que impactan e influencian las prácticas de los sujetos conformando las poblaciones fronterizas. No obstante, situamos a los sujetos como centro de la investigación para decodificar sus experiencias y descubrirlas por territorialidades vividas (Arellano y Oviedo, 2017); y ello requirió poner en relación los niveles y dimensiones micro, hombres y mujeres como integrantes de las familias, y macro, Misiones en la región de frontera. Cabe aclarar que la reducción de la escala de observación habilitó el análisis de múltiples aspectos de la experiencia de los sujetos, al triangular los datos biográficos -resultantes de otros registros- pudimos confirmar y/o desestimar algunas ideas generalizadoras sobre el proceso migratorio, los modelos de colonización y su implementación, las localizaciones de los grupos étnicos, las comunidades nacionales y el protagonismo de las mujeres.

La lectura sobre la producción de las fuentes está ligada de manera directa a las relaciones de fuerza que existen al interior de una sociedad determinada, es decir que los órganos de poder producen a las fuentes legitimando y acotando territorialidades de poder en beneficio de los sectores dominantes: silenciando, censurando y/o distorsionando las voces, las estrategias y los problemas de los otros involucrados en la construcción de la realidad. Creemos que cuando las fuentes enmudecen estamos frente a un hecho mucho más significativo que miles de documentos repetidos (Ginzburg, 2004). A razón de ello, abordamos las biografías como instrumento y excusa para recomponer el paisaje social, conjugándolas, contraponiéndolas, desbrozándolas, para descubrir los trazos y tramas de vínculos por las que circulaban las familias y sus integrantes. Observamos ese proceso histórico en sus diversas escalas territoriales desde las trayectorias biográficas particulares y de conjunto -variando la escala de observación-, enfatizando la observación focalizada, el seguimiento de personas con nombre y apellido por registros, aplicando un enfoque microhistórico y relacional; efectivizando así la correspondiente triangulación entre las fuentes, puntualizando el análisis del proceso inmigratorio sobre el microcosmos de relaciones y vinculaciones entre los sujetos involucrados en flujos procedentes:

  • desde las provincias y otros Territorios Nacionales de Argentina;
  • en y entre los pueblos y colonias emergentes misioneras;
  • sobre y desde las poblaciones fronterizas de Argentina, Brasil y Paraguay

Situamos a los sujetos en la región de frontera, entendiendo a la región como fenómeno histórico unificador de acontecimientos, variable y dispar, que dispara momentos de disgregación e impacto migratorio desde, dentro y entre los países involucrados. Un texto publicado por Tschumi (1948), presuponemos, constituye uno de los informes destinados a los gobernantes bonaerenses ya que, al igual que otras obras de época que tenían esa finalidad, brinda un paneo descriptivo de la situación socio-económica y cultural de Misiones (pueblos, instituciones, producción, empresas, etc.) acompañado de fotografías, planos y cartografía; para referenciar el afincamiento de las comunidades de inmigrantes europeos, asiáticos y latinoamericanos. Las biografías componen el capítulo titulado Forjadores de Misiones, el que contiene una breve presentación y luego siguen las reseñas, como si constituyera un anexo con páginas no numeradas. Este último capítulo guarda relación con el anterior, constituido por un registro biográfico de breves referencias sobre la gestión de los gobernadores territorianos.

Respecto del perfil y la cantidad de pobladores representados, el autor manifiesta haber hecho la selección:

al azar (…) sin tener en cuenta la nacionalidad, los años de permanencia en el Territorio, la situación económica, ni otros factores diferenciales [y, si bien, la familia está situada en el centro de cada biografía] el hombre, con todas las virtudes y todos los defectos de ser hombre simplemente, transformando la selva y levantando ciudades (…) hombres en acción, hombres luchando para sí, para sus hijos, para la patria (…) de todos los países, rubios y morenos (Tschumi, 1948: presentación).

Son pobladores radicados en Misiones que resumen la composición social de ese momento, representando –a excepción de los afrodescendientes y criollos peones de los obrajes- las comunidades de establecidos, de criollos correntinos y descendientes de inmigrantes provenientes de otras provincias del país y de los países fronterizos, y de foráneos, europeos y asiáticos, entre fines del S. XIX y mitad del S. XX (Figura 1 y 2).

Figura 1. Biografiados de Familias de Establecidos en Misiones S/%

Referencia: Cantidad de familias por procedencia (valores absolutos): a- provincias argentinas: 19 (Buenos Aires), 1 (Córdoba), 7 (Corrientes), 1 (Mendoza), 15 (Misiones), 1 (Santa Cruz) y 2 (Santa Fe), b- estados brasileños (22), c- departamentos paraguayos (3) y d- Cuba (1). Fuente: Elaboración propia en base a Tschumi (1948).

Figura 2. Biografiados de Familias de Foráneos en Misiones S/%

Referencia: Cantidad de familias por procedencia: a- Alemania (53), Suiza (29), España (22), Polonia (8), Portugal (6), Austria (7), Italia (7), Suecia (6), Dinamarca (6), Francia (4), Prusia (3), Hungría (3), Japón (3), Rusia (2), Ucrania (2), Noruega (2), Escocia (1), Inglaterra (2), Yugoslavia (1), Finlandia (2) y Neozelandia (1). Fuente: Elaboración propia en base a Tschumi (1948).

Divisamos a los migrantes, establecidos y foráneos, a través de sus vinculaciones en interacciones personales e interfamiliares, integrándose a países de tierras desconocidas, referenciadas en sus propios relatos. Descubrimos, como una de las características de dicho proceso que, aún, habiéndose afincado, rearmaron y afianzaron los lazos parentales e interpersonales, reforzándolos y ampliándolos según el tipo o modelo de familias que lograron constituir. Del análisis se desprende que los itinerarios familiares y las trayectorias de los sujetos describen relaciones y situaciones que transgreden y/o rompen con las determinaciones estatales, que en ese momento fortalecían las circunscripciones y soberanías jurídico administrativas hacia dentro de cada país, pues la movilidad social dirigida por el fluir constante de migrantes y de inmigrantes (Oviedo, 2020) fue y es un dato característico de la región de frontera. En ese contexto, Misiones se incluye definitivamente a la Nación, integrando a los inmigrantes y migrantes a la sociedad preexistente -compuesta por conjuntos de criollos, negros y aborígenes.

Tejiendo redes entre las familias de foráneos y establecidos

En el contexto inmigratorio, entendemos que los diversos grupos redoblaban esfuerzos y reactualizaban estrategias para agenciarse, como integrantes de grupos familiares u otras organizaciones, posibilitando el ascenso social, mediante la acumulación de riquezas, económica y/o simbólica, utilizando el capital social adquirido en las redes sociales por las que circulaban. Sin embargo, la desigualdad de condiciones los colocaba en situaciones de partida diferenciada, pues sopesaban la cosmovisión y las normativas que regían las organizaciones sociales de las que formaban parte; las políticas estatales eran selectivas y privilegiaban la incorporación de los foráneos en detrimento de los establecidos. De igual manera, hacia dentro de cada uno de los grupos, las situaciones eran asimétricas y, muchas veces, las circunstancias azarosas, la osadía personal, la apertura del espíritu fronterizo, las habilidades y capacidades oportunistas resituaban y reposicionaban inmejorablemente a algunos sujetos y familias en la escala social regional; sean establecidos o foráneos. Por ende, es posible sostener que, en la red de relaciones familiares e interfamiliares, el poder no se concentraba solo en los sectores de élite, sector de familias tradicionales preexistentes, aprovisionados de riqueza y prestigio, porque se encontraba, también, en los subgrupos o sub élites vinculados a dichos sectores, con las familias incorporadas, que crecieron y acumularon riqueza concentrándose en el esfuerzo sostenido y las posibilidades presentadas.

Poner el centro de atención en las familias para abordar la colonización y la inmigración en Misiones, en tanto territorialidad fronteriza, implicó reconocer la historicidad de los significados, la multiplicidad de sentidos y las formas que éstas se expresaban en las prácticas de los sujetos, considerando su conformación y residencia, los lazos que las agrupan y las relaciones de poder que las sustentan. Las familias eran las principales protagonistas en el proceso de ocupación y definición del poblamiento pero, también, en la explotación de los recursos económicos; diferenciadas en conjuntos de migrantes criollos, aborígenes y negros que participaban, más bien, de la economía extractiva mientras que los grupos de inmigrantes se insertaron en las actividades agrícolas, impulsando la diversificación económica y reorientando el proceso de urbanización. El análisis de cada una de las biografías y, a su vez, el diálogo entre ellas:

revela la variedad de geografías, carreras y negocios en que se mueven; los cambios que experimentan en sus trayectorias [durante ese medio siglo], y los contenidos de las relaciones que establecen entre ellos y con individuos de otros segmentos sociales y de muy diversos territorios (Imízcoz Beunza y Oliveri, 2010 en Imizcoz Beunza, 2011, p. 106).

La familia agrupada y sostenida como telón de fondo de los relatos es entendida como experiencia plural. Ello permite cartografiar las configuraciones de los vínculos que desde ella se establecen, concentrándolas al núcleo de parentesco, expandiéndolas hacia otras relaciones interpersonales y/o abriendo el juego totalmente e incorporando múltiples posibilidades de relaciones cubiertas desde los ámbitos de sociabilidad socio cultural. De este modo, quedan encuadradas y fluyendo dentro y entre los modelos de colonización, definiendo territorialidades que conjugan múltiples derroteros y trayectorias familiares –no siempre permanentes ni duraderos, pero tampoco coincidentes ni definidos–. Las relaciones entre los individuos están sostenidas por vínculos de distinta naturaleza, redes sociales en principio -aquellos que los integran en los núcleos de las familias-, por lo que las redes sociales conforman un conjunto de vínculos interpersonales en los que están conectados los migrantes, sean nativos o inmigrantes, a través de lazos de parentesco, amistad y paisanaje. Luego, se sostienen en diversos agrupamientos que los reúne en diferentes ámbitos de socialización, comunitarios, laborales, de esparcimiento. Son circunstancias en las que mediante el vínculo o la serie de vínculos, los sujetos establecen relaciones de proximidad o distanciamiento, según las condiciones o situaciones particulares que los afectan.

Las comunidades de indios y negros fueron totalmente marginadas y excluidas en ese proceso de integracion, por gobernantes e informantes, aunque parte de ellos se insertaron laboralmente a determinadas actividades economicas. Los anularon en sus registros ya que formaban parte de un grupo social imposibilitado para acumular riquezas e impedidos para construir poder. Los criollos, sean descendientes de las poblaciones preexistentes o de los primeros grupos de inmigrantes, situados en los márgenes de la frontera misionera correntina como en los bordes de las fronteras brasileno-paraguaya y aquellos que se movilizaban desde otras provincias argentinas o dentro del mismo TNM, tenían ciertas posibilidades. Tanto los establecidos (criollos y descendientes de inmigrantes de la primera generación) como los foráneos (nuevos inmigrantes) fueron los mejores posicionados en la sociedad fronteriza, en tanto se vieron favorecidos por los distintos modelos de colonización estatales y privadas e, incluso, en la marea del poblamiento espontáneo.

Poblamiento, ocupación o colonización espontánea es un término utilizado por algunos historiadores misioneros, integrantes de la Junta de Estudios Históricos de Misiones (Cambas, 1977; Schiavoni, 1985 y 2002) y se refiere a la ocupación en la que no interviene la planificación formal o institucional; idea que es retomada por Gallero (2008). Ciertos antropólogos recuperan la idea general de colonización (Abinzano, 2017), distinguiendo una variación interna en la larga duración respecto de las entidades estatales y la procedencia de los inmigrantes.

Es preciso replantear los modelos colonizadores, diferenciando la variedad de sujetos implicados en la gestión, formal e informal, la diversidad interna y la intencionalidad que motorizaban estas acciones. La colonización, como acto de administrar y ocupar la tierra, si bien se trata de un ejercicio planificado que direcciona el asentamiento poblacional y la ocupación territorial, no se manifestó como un proceso uniforme ni unidireccional –precisando sus ejecutores, las temporalidades de concreción y el impacto territorial–. Diversos fueron los gestores que la implementaron, el estado y los empresarios, pero también algunos pobladores que oficiaban de agentes cuentapropistas; cumpliendo propósitos que fluctuaban entre legitimar y administrar la propiedad fundiaria y obtener beneficio con la explotación de los recursos económicos.

Esta multiplicidad de actores dinamizó el proceso colonizador materializado en varias etapas. Por ejemplo, Alfredo Bolsi propone una periodización del poblamiento de Misiones que incluye la colonización en dos etapas: a. 1870-1920, periodo caracterizado por la movilización espontánea de remanentes poblacionales en torno a una economía extractiva y b. 1920 en adelante, momento en parte superpuesto con el anterior, caracterizado por el arribo de inmigrantes europeos y limítrofes; y por el traspaso hacia una economía productiva (Gallero y Kraustofl, 2008). Entre siglos y entre guerras, con ciclos de acciones regulares en correspondencia al objetivo fundamental que, simultáneamente, era interferido y redireccionado por situaciones no contempladas; entonces las estrategias se ajustaban y reorientaban atendiendo intereses emergentes y nuevas necesidades de los pobladores.

La colonización oficial fue promovida y reglamentada estatalmente desde fines del siglo XIX, atrayendo el asentamiento de pobladores fronterizos como de ultramar; ya que la política nacional centraba su propósito en legitimar derechos sobre las tierras integradas a su soberanía y sentar presencia. La acción colonizadora bajo esta modalidad apunta a distribuir y facilitar el acceso a la tierra a pequeños productores, en lotes de 25 a 100 has. La ruta de expansión de este proceso se desplazó de sur a norte y de este a oeste, lo que no significa que la orientación se invierta o que, en ciertos momentos, deslice rumbos de ida y vuelta. En esta dinámica de movimiento migratorio planificado, se traspolaban ocupaciones previas y situaciones irregulares respecto de la tenencia de la tierra, en esas circunstancias era habitual que las mensuras se retrasaran como, también, los otorgamientos de títulos; en tanto las colonias reciben nuevos flujos de poblaciones fronterizas, por ende, el control y el ordenamiento demográfico escapaban, en parte, a los registros censales.

Los primeros ensayos colonizadores provinieron del gobierno correntino, excepcional por su propósito de disputar sus derechos sobre la propiedad territorial, destinando terrenos para la fundación de colonias agrícolas en los antiguos pueblos jesuíticos; reservados para ese fin en la zona sur (Ley correntina de 1877), Concepción, San Javier, Apóstoles, Mártires, Candelaria, San Ignacio, Corpus y San José, de los cuales fueron delineados los dos primeros (Fernández Ramos, 1934).

El estado argentino ejercía poder jurídico sobre las tierras fiscales, aunque en la práctica la mayor parte de las mismas era propiedad de agentes privados, no obstante, la avanzada colonizadora se concentró en la zona sur, refundando los pueblos que habían sido misiones jesuíticas (Corpus, San Ignacio, Loreto, Santa Ana, Mártires, Candelaria, San José, Apóstoles y Concepción de la Sierra). Esta colonización certificó los asentamientos espontáneos en tierras públicas y las dos primeras colonias oficiales que surgieron para regularizar la situación de pobladores preexistentes fueron Candelaria y Santa Ana (1883) y, desde entonces, la colonización retomó un ritmo organizado, de ensanchamiento de las colonias nacionales (1893, 1896 y 1897) e incorporación de inmigrantes europeos. Esto provocó una intensificación del proceso de poblamiento que superó a la oferta de tierras mensuradas. Bajo ese impulso y a propuesta del director de Inmigración, la gestión del Gdor. Lanusse (1896-1905) refundó Apóstoles (1897) con un conjunto de familias polacas que luego atrajeron a otras que se radicaron en la colonia Azara (1901) y, cuando las tierras se agotaron en ambos lugares, algunos pobladores adquirieron lotes en San José, Corpus y Cerro Corá.

Tanto el gobierno nacional como el territoriano, no tenían certeza sobre la extensión de las tierras fiscales disponibles, según la aseveración de los historiadores que en el transcurso de 1930 y 1940 realizaron estudios sobre Misiones. Ello indica que el proceso de apropiación de las tierras nacionales transitó por un camino lento, paulatino y permanente de legalización, orientado e impulsado por la necesidad de conceder derechos a los ocupantes establecidos. Tschumi (1948) destaca a un conjunto de siete familias correntinas que adquirieron tierras en Apóstoles, San José y Posadas, que se movilizaban entre Corrientes y el TNM. La geografía de las actividades económicas de estas familias puntualizó el rubro ganadero y sus derivados, hacia donde se agrupan las flechas, que articulaba vértices fronterizos, Alto Paraná-Puerto Iguazú y la frontera misionera-correntina con Posadas, conectando pueblos dentro de Misiones.

Entrado el Siglo XX, la colonización oficial y privada marcharon paralelamente, expandiendo los asentamientos en la zona central hacia el norte del territorio misionero; una, orillando el río Paraná y, la otra, bordeando el río Uruguay, en las denominadas regiones del Alto Paraná y del Alto Uruguay. Ambas se orientaron, especialmente, a efectivizar el poblamiento con inmigrantes europeos, en tierras previamente mensuradas –planificadas urbanísticamente– bajo el sistema de damero o el modelo waldhufendorf; proyectando el asentamiento desde una nueva política de recuperación de tierras y de promoción de la colonización. Se realizó mediante parcelas de tierra en cuadrícula, siguiendo el modo de distribución y organización poblacional del sistema español; en torno a las instituciones político-administrativas y aldea o caserío con lotes cultivables en el monte y siguiendo el curso fluvial. Expresa Abinzano (2017) que la diferencia fundamental entre ambas es que en las colonias organizadas según el sistema damero las chacras con las viviendas de los pobladores estaban localizadas en una parte y en otra se situaba el centro urbano. Así, surgieron nuevos pueblos y colonias agrícolas y yerbatera. Los primeros ensayos de colonización privada tuvieron lugar con la delineación y mensura de la Colonia Davila -San José, conocida como Sierriña de San José (1891)-, y la experiencia de Teodoro Hubard en campo Santa Maria (Depto. de Concepcion) de la Colonia Liebig S. A.; donde se establecieron numerosos pobladores, pero no tuvieron gran éxito (Cambas, 1977).

La colonización privada trascendió desde 1910 con el impulso de varias empresas: la Compañía Introductora de Buenos Aires, la Compañía Colonizadora Alto Paraná, La Misionera S.A. Industrial, Comercial y Financiera, Sociedad Victoria de Colonización, Compañía Arriazu, Moure y Garrazino (Schiavoni y Gallero, 2017). Esta expansión se desarrolló mayormente en las costas del Paraná y minoritariamente en las del Uruguay; con obrajes de extracción maderera-yerbatera. Este desplazamiento se puede observar siguiendo el desarrollo temporal del accionar de algunos empresarios, las dos primeras empresas operaron sobre la costa del Paraná, mientras que las dos últimas lo hicieron en la costa del Paraná como en la costa del Uruguay:

Edmundo R. Giralt comenzó su empresa a fines de 1910, comerciando maderas en bruto y aserradas, habiendo explotado otros obrajes en Puerto Rico, Puerto Leoni, Puerto Tabay, etc. El obraje, de 25.000 ha., localizado en la zona de Caraguatay era conocido como “Planchada Giralt”; enviaba barcos y jangadas de maderas a Buenos Aires, Corrientes, Santa Fe, Rosario, San Nicolás y al exterior; en un fluido comercio con la República Oriental del Uruguay (Tschumi, 1948, p. 153).

  

Puerto Istueta, desde 1937, desarrolló una importante explotación maderera del Alto Paraná; en 1948 contaba con 500 ha. de monte; 100.000 ha. arrendadas en costa argentina y 350.000 ha. en Paraguay. Tenía otros obrajes en Gdor. Lanusse y Puerto Wanda (Tschumi, 1948, p. 161).

  

La maderera del Norte S. A. fundada en 1943 era una fábrica de terciados de los Sres. Jacobo y Gerónimo Lenussa -brasileros-, que explotaba montes fiscales arrendados en la zona de San Antonio y vendía la producción al mercado porteño (Tschumi, 1948, p. 161).

   

Arriazu, Moure y Garrasino S. R. Ltda. se orientó a la explotación forestal del Alto Uruguay, Puerto Pepirí y Alba Posse y conducía maderas en bruto hasta Santo Tomé (Corrientes). Tenía un núcleo de obrajes en el Alto Paraná (Depto. Iguazú) y en 1945 la sociedad adquirió una fracción de bosques de 110.000 has. en el Depto. Cainguás; entre las importantes colonias de Puerto Rico, Montecarlo y Paranay –a mitad de camino entre Posadas y las Cataratas del Iguazú- (Tschumi, 1948, p. 149).

Uno de los factores que indujo a complementar, subrayar y/o modificar los rubros de producción, fue la disminución o desaparición de esos recursos naturales. Desde la década de 1920, entre los grandes empresarios, el liderazgo más destacado es el de Adolfo Schwelm, secundado por Carlos Culmey. Fueron socios, pero se separaron. Compraron grandes extensiones de tierra que fueron parceladas y vendidas a los inmigrantes. Estos empresarios venían expandiendo sus negocios empresariales, afincados primero en algunas poblaciones brasileñas y acentuando su objetivo colonizador en base a dos criterios. El primero era el origen étnico, ya que incorporan exclusivamente inmigrantes alemanes y alemán brasileño y algunos suizos, nórdicos y anglosajones seleccionados por Schwelm y de origen alemán brasileño escogidos por Culmey. El segundo era el criterio territorial: operaron en Eldorado, Puerto Rico y Montecarlo. Luego fueron surgiendo Puerto Victoria, Caraguatay, Oro Verde, Puerto Mineral, Jardin America, Oasis, Garuhape, El Alcazar, alba Posse, etc. (Gallero, 2008; Cebolla Badie y Gallero, 2016).

Tales modelos colonizadores fueron atravesados por oleadas de poblamiento espontáneo, incluyendo a pobladores de establecidos y de foráneos fronterizos que se ubicaban en tierras no mensuradas a lo largo de las picadas. A ellas accedían por rutas trazadas por la administración oficial o por picadas abiertas por el trajinar de indios, cazadores o contrabandistas (Schiavoni, 2002). Ese proceso involucro la movilización de población entre los pueblos, con un flujo de habitantes nacidos en Misiones sumados a los remanentes de indios y negros que migraban constantemente; los primeros compraban las tierras mientras que los últimos se constituían en ocupantes ilegales.

La colonización privada, según Tschumi (1948), incorporaba iniciativas de particulares que no eran estrictamente empresarios. Por lo general, eran inmigrantes que vieron la posibilidad de obtener un rédito secundario imitando la estrategia colonizadora con los recién llegados, usufructuando de los aprendizajes y experiencias de gestión y obtención de títulos -en la gobernación territoriana y en las oficinas bonaerenses-. Los siguientes son algunos ejemplos:

  1. Leiva y Lagier (1924), quienes fundaron Santo Pipó con suizos, promoviendo fuentes de producción y activando la radicación (Tschumi, 1948; Cambas, 1977).
  2. Scherer y Ernst, ingresaron por Puerto Istueta, se asociaron con otros y fomentaron fuentes de trabajo -donde solo imperaba la selva-, en Delicia, Puerto Esperanza, María Magdalena y Mado (Tschumi, 1948; Cambas, 1977).
  3. Felipe Gunther ocupó tierras fiscales en la zona del Yabebiry y luego gestionó su propiedad y la de sus vecinos compatriotas (Tschumi, 1948).

Las investigaciones precedentes (Bartolomé, 2000; Abinzano, 1985; Schiavoni, 2002; Gallero y Krauststofl, 2009) refieren sobre estos sujetos como activadores del proceso colonizador. No obstante, sus acciones no se inscriben dentro de compañías-con firma o razón social- y, aunque sus estrategias son las propias del empresario -con menos o nada de capital- ellos promueven y efectivizan el poblamiento; bajo la modalidad empresarial privada. La fuente en análisis nos permite discutir las denominaciones clásicas y sostener la categoría de colonización cuentapropista para estos, aludiendo a la escala, la iniciativa y con el propósito de problematizar la adjetivación espontánea. Dado que, aún a escala micro, se trataron de iniciativas planificadas por los propios sujetos; desde la lógica económica, basadas en el rédito económico dinerario o en especie –capital económico- o el reconocimiento social que, eventualmente, se convertía en capital político (Meichsner, 2007).

Las redes económicas en las que estaban implicadas las familias de establecidos y foráneos entrecruzan pueblos de distintos tipos de colonización y diseñan una geografía de vínculos fortalecida por las asociaciones. En ellas descubrimos las interacciones y las actividades en las que estaban implicados los diversos grupos, los desafíos que asumen para enfrentar la inestabilidad laboral y los caminos de aprendizajes que sorteaban los sujetos para posicionarse. La acumulación de conocimiento fructificaba con el reconocimiento y permitían la acumulación de riquezas familiares como el crecimiento y la autonomía personales. Así, emergieron trayectorias enlazadas por ligaduras parentales (padres e hijos o entre hermanos), por lazos de amistad (conocidos) y étnicas (compatriotas); conjugando inversiones y asociaciones de capitales que garantizaban la supervivencia y el sostenimiento familiar.

Los lazos interfamiliares demuestran su fortaleza, señalando la intensidad y densidad de las interacciones entre sujetos (hnos. Lagier y Roulet), desbordándose en unos y aminorándose en otros, en redes perdurables o provisorias que configuraban territorialidades de acciones conjuntas e individuales. Asimismo, reforzaban la estabilidad en las ocupaciones (capataz, ganadero, acopiador), la permanencia de las relaciones y escalafones en los empleos (administrador, mayordomo) y el logro o no de la transformación en nuevos posicionamientos (propietarios, empresarios, comerciantes).

El proceso de colonización -oficial, privada o cuentapropista-, se constituye en presencia de los establecidos, que eran de extracción indígena, negra y criollos (muchos de los cuales trabajaban como mensualeros[3] en los obrajes), invisibilizados como ocupantes preexistentes de las tierras. Según algunos trabajos historiográficos, a los indios no les interesaba formalizar la propiedad de la tierra. Entre ellos, algunos avanzan en la idea de un comunismo primitivista (Schiavoni, 2002; Cebolla Badie y Gallero, 2016) e, inclusive, de ausencia del concepto de propiedad (Sahlins, 1983; Clastres, 1978). Tales comunidades, como los afrodescendientes, se atrasaban en asimilar las cuestiones jurídicas vinculadas a la propiedad de la tierra; al tiempo que, por su condición económica, no podían asumir los costos de las mejoras, alambramiento e instalaciones, impuestas desde la normativa (Schiavoni, 2002).

Las mujeres, de colonizadas a colonizadoras

Del análisis de los datos biográficos, complementados con las informaciones aportadas por las guías en los listados de pobladores y las publicidades contenidas en ellas, pudimos inferir y establecer, en líneas generales, las funciones específicas asignadas a las mujeres según su pertenencia étnica:

  • las indias, posiblemente, acompañando a sus parejas trabajando en las chacras de los colonos, según relatos de algunos inmigrantes y, también, comerciando artesanías en las ciudades, infiriendo a partir de las publicidades de las guías–;
  • las criollas, son esposas y trabajadoras en sus chacras, establecimientos y negocios comerciales, junto al marido, o viudas que administraban establecimientos ganaderos-yerbateros heredados y;
  • las inmigrantes y sus descendientes, esposas y trabajadoras en la construcción de sus viviendas y chacras, empresas de transporte, negocios comerciales y pequeños emprendimientos industriales, a la par de sus cónyuges, algunas son escritoras; las viudas administraban los bienes heredados e, incluso los de hijos y yernos.

En ese degradé de lugares, étnico y de clase, en el que reconocemos a las familias, encontramos a las mujeres inmigrantes (Tschumi, 1948: página a página):

  • acompañando al marido, empresario transportista (María Carolina Méndez Huergo) en un hermoso chalet de Caraguatay.[4]
  • ayudando “mientras el esposo se dedica a la mecánica” (Zulema Charlotte), “talando el monte” (María Barabar Kalkee) y “levantando la casa y el secadero”, (Rosalina Estévez);
  • administrando “las chacras y el secadero” (Otilia Petterson);
  • ocupándose “de las plantaciones de yerba” (Cristina Vda. de Byling), “del cultivo de yerba y tabaco” (Catalina Parein Vda. de Marcovics) y “de la producción de tung, yerba y citrus” (María Vda. de Ortwed);
  • dirigiendo “variados establecimientos, chacra, agencia de combustible y hotel” (Cresy Theler de Krumkamp) “y estancias ganaderas” (Fortunata Ibarra, Vda. de Vedoya);
  • manejando “todos los resortes en las empresas de transporte del marido”, (Elsa Teloken) y “en comercios de ramos generales, farmacias y tiendas”, etc.;
  • escribiendo “artículos para revistas suecas y dinamarquesas” e impulsando “las actividades artísticas y culturales del territorio” (Erna Willer Breitenfeld) y;
  • muchas otras que en expresiones de los esposos “trabajan la tierra que compraron al llegar”.

Las esposas de agricultores y productores, empresarios y trabajadores, componen un grupo étnico y socioeconómico heterogéneo, de familias más o menos pudientes, que sobresalieron por dedicarse al trabajo en el espacio familiar. Se trata de mujeres que se hallaban insertas en familias rurales de clase media, instaladas en los pueblos o integrando familias urbanas y/o rurales de clase media alta o de la élite, localizadas en las ciudades centrales principales o, bien, en localidades ganaderas. De allí en más, subrayamos el protagonismo de las mujeres y su conversión de colonizadas a colonizadoras, expandiendo sus acciones y actividades hacia los espacios públicos, la escuela, el comercio, la política, etc. según sus capacidades personales y posibilidades de profesionalización que les fueran permitiendo integrarse a esa variedad de lugares.

Conclusión

En términos generales, la secuencia de los itinerarios grupales y las trayectorias individuales fueron dibujando territorialidades que conectaban prácticas locales/ transnacionales de migrantes en tránsito, de aquellos que se establecieron transitoriamente en la Región de Frontera y la de los que se afincaron definitivamente en Misiones; formando parte “de grupos organizados o redes de individuos (interactuando) a través de las fronteras nacionales” (Benencia, 2004 en De Marchi, 2007, p. 13). Las territorialidades descritas por las familias, los grupos y los sujetos produjeron múltiples gráficos o configuraciones territoriales, diferenciándose de las otras formas de graficar mediante censos y mapas, delimitadas según los intereses, necesidades, condicionamientos y posibilidades particularizadas que, a la vez, bosquejar las aspiraciones colectivas; siendo partes actuantes, productores y productos, en la construcción de una realidad caleidoscópica (Oviedo y Arellano, 2020).

La territorialización de las actividades y las relaciones en redes puso en evidencia la emergencia de un entramado social con visos y matices muy complejos, ya que se reconfiguraba constantemente al incorporar nuevos grupos y familias que se reacomodaron, afianzando y robusteciendo la red al interior de sus propias comunidades, pero, a la vez, extendiendo e impulsando la ocupación territorial. En ese contexto las modalidades de colonización, oficial y privada, fomentaron y direccionaron el proceso de ocupación y poblamiento, legitimando ocupaciones previas y distribuyendo las restantes, sin embargo, en los intersticios de los modelos, del Estado y las Empresas de particulares, surge un empresario “intermediario” –cuentapropista ad hoc–, foráneo o establecido –inmigrante o descendiente– con o sin recursos dinerarios ocupado en la venta de tierras. Esta acción particular, ingeniosa y redituable en capitales económicos y simbólicos, se entrecruza a las formas y sentidos de la ocupación planificadas institucionalmente; reorientando y multiplicando las rutas que definían la expansión colonizadora. La pluralidad de acciones, un tanto dirigidas y otras descontroladas, describieron territorialidades compartidas.

En términos específicos, a partir de reconocer a las familias como el punto de partida del proyecto y la acción migratoria y, también, como constructora de los vínculos entre los sujetos dio evidencia sobre la capacidad de agenciamiento de los grupos en el contexto migratorio, sobre el que las fuentes documentales valorizaron la acción del inmigrante, siempre blanco y en versión masculina, como promotor de los logros de la colonización. Sin embargo, el repertorio biográfico deja entrever que las mujeres siempre acompañaron y sostuvieron el proyecto migratorio y, por ende, fueron participantes activas e indiscutidas, en el proceso colonizador.

Es imposible ofrecer una caracterización sobre los grupos familiares de aborígenes, ya que son pocas y acotadas las alusiones sobre ellos y no reportan sobre cómo estaban organizados. Existe un gran vacío respecto de las familias de los mensúes o trabajadores de los obrajes del Alto Paraná –descendientes de paraguayos, brasileños y correntinos–, pero es de reconocer que a esos lugares llegaban hombres solos y el resto del grupo familiar quedaba habitando los diversos pueblos del sur misionero, cercanos a la zona portuaria.

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  1. Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales (UNaM).
  2. Denominación de época que refiere a los pobladores de los Territorios Nacionales.
  3. Deviene de mensual, al percibir un salario por mes como pago por el trabajo realizado.
  4. Biografía de Camilo Aguiar, nacido en Buenos Aires, localiza al matrimonio en el establecimiento “Santa Rita”, donde “Don Camilo disfruta de la pesca y practicar su hobby predilecto (…) entre las muchas obras realizadas, vale mencionar la hermosa capilla que levantó y entregó al pueblo” (Tschumi, 1948).


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