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Narraciones en contextos de fronteras

Relatos, experiencias y vida cotidiana en la semiosfera misionera

Froilán Fernández[1]

Introducción

En el umbral de este artículo resuenan las palabras que Michel de Certeau escribió en un ensayo cardinal sobre las narrativas de la vida cotidiana. A partir de un ejercicio de etnografía urbana ejemplar, el antropólogo francés deslinda una serie de postulados que diagraman articulaciones entre el lenguaje primario del espacio y un género discursivo nodal para múltiples universos culturales como la narración. Mediante giros metafóricos (la referencia a las metaphorai griegas abre el texto) que se combinan con rigurosas referencias eruditas, de Certeau (2000) destaca el papel del relato en la configuración de los espacios que habitamos cada día, enfatizando su condición de dispositivo semiótico en el entramado de la vida social. Desde esta perspectiva, toda narración se define como una práctica del espacio, en tanto las narrativas que habitan nuestra vida cotidiana producen geografías de acciones y organizan los andares diarios. Tanto de Certeau (2000) como otros autores de referencia para nuestras investigaciones (Brunner, 2013; Benjamin, 2010; Augé, 1999; Steimberg, 2018; Ricoeur, 2006, entre otros) describen una constelación plural y heterogénea de formas narrativas para la vida cotidiana, entre las que podemos destacar géneros primarios (vinculados con oralidad) como la anécdota, el chisme o el refrán, y géneros secundarios, como las narrativas mediáticas e institucionales. En todo caso, entendemos que las configuraciones narrativas de la vida cotidiana suponen interacciones entre diferentes formas del relato, en un complejo entramado que articula experiencias individuales con horizontes de pertenencias colectivas (familia, política, estado, religión, etc.).

Si bien esta asociación entre geografías de acciones y andares diarios no es original y remite a una serie de reflexiones que abarcan vastos campos disciplinares, la potencia cartográfica de la narrativa destaca su relevancia en las investigaciones sobre las dinámicas semióticas de la vida en la frontera. Así, “el relato privilegia, mediante sus historias de interacción, una lógica de la ambigüedad que convierte la frontera en travesía, y el río en puente. Relata en efecto inversiones y desplazamiento” (de Certeau, 2000, p. 140), exhibiendo un proceso complejo de relaciones sociales e históricas que implican conflictos geográficos y políticos.

Estas premisas generales articulan los recorridos que proponemos en este capítulo, en el que deslindamos una serie de indagaciones y reflexiones sobre las narrativas de la vida cotidiana en la frontera, espacio que se destaca como materia de nuestras pesquisas y, simultáneamente, como locus ubi de nuestras prácticas y discursos. A partir de nuestra inscripción en el campo disciplinar de la Semiótica, proponemos un recorrido conceptual y analítico que describe las singularidades del espacio fronterizo que habitamos como un territorio de mixturas e hibridaciones culturales y lingüísticas que ponen en crisis las identidades predefinidas por los estados nacionales, y complejizan el propio concepto de frontera. El objetivo de nuestro recorrido es desplegar una serie de postulados teórico-metodológicos para analizar las cartografías y los flujos narrativos en la frontera, tomando como punto de anclaje las prestaciones narrativas que ejecutan estudiantes y docentes en los umbrales escolares de la alfabetización. En este sentido, proponemos un análisis semiótico discursivo de relatos orales y narraciones escritas (alojadas en manuales escolares y cuadernos de clase) para postular reflexiones acerca de los procesos culturales de la frontera.

En una primera instancia, deslindamos una serie de apreciaciones teóricas propias que, retomando los planteos del semiótico Lotman (1996) y los estudios de Camblong (2012, 2015), proponen la categoría de semiosfera fronteriza para caracterizar las dinámicas culturales del espacio habitado en la provincia de Misiones.

Luego de este primer trayecto, recorreremos el análisis de una serie de narraciones para comprender el papel que juegan en la diagramación cotidiana del espacio fronterizo. En este sentido, nos interesa describir las tensiones ideológicas que se presentan entre los relatos de la vida cotidiana que enuncian los propios habitantes transfronterizos –donde detectamos indicios de mezclas e hibridaciones culturales y lingüísticas que organizan los hábitos y experiencias cotidianas– y las narrativas hegemónicas que configuran el imaginario de los estados nacionales (materializadas en textos históricos, mediáticos, literarios y educativos). La propuesta que desarrollamos en el presente capítulo sintetiza los recorridos de investigación realizados a lo largo de una década para la elaboración de la tesis doctoral Narrar la frontera. Relatos, experiencias y vida cotidiana en los umbrales de la alfabetización semiótica, presentada y aprobada en el Doctorado en Semiótica de la Universidad Nacional de Córdoba. En ese marco, realizamos trabajo de campo con la Red de Escuelas Rurales “Armando Redes para Crecer”, ubicada en el Departamento de San Javier, Misiones, limítrofe con Brasil. El corpus de análisis de dicha tesis estuvo conformado por relatos orales registrados en las aulas de clase de las escuelas primarias que forman la red, fragmentos de cuadernos de los estudiantes y libros de lectura de uso en las escuelas. Parte de ese corpus será citado a lo largo del capítulo.

Desde esta perspectiva, nuestro recorrido recupera la dimensión semiótica de la experiencia, en relación directa con las prácticas de la narratividad que atraviesan la vida cotidiana en la frontera. El derecho y el deseo de narrar se modelan en los intercambios experienciales de la vida ordinaria, un complejo proceso continuo por el que se configura semiótica e históricamente la subjetividad.

Dinámicas semióticas de la fronteridad

El punto de arranque de este recorrido despliega una serie de consideraciones teóricas que tienen una raigambre territorial. En los procesos de investigación que llevamos adelante junto al equipo del Laboratorio de Semiótica (hasta 2002 bajo la denominación de Programa de Semiótica) de la Universidad Nacional de Misiones, la frontera emerge, al mismo tiempo, como un nodo conceptual y una problemática territorial, asociada con los procesos comunicativos y los discursos que atraviesan tanto la historia como el presente de la provincia de Misiones y la región (compuesta por nuestra provincia y sus áreas circundantes: provincias del noreste argentino, sur de Brasil y Paraguay). En este polifónico espacio de trabajo, nuestra línea indaga las dinámicas narrativas de la vida cotidiana en la frontera, poniendo especial énfasis en los procesos de alfabetización inicial, que se constituyen en las instancias de umbralidad en las que los niños aprenden la lengua oficial del estado argentino. Una larga tradición de pesquisas, iniciada en la década de 1970, sostiene estas indagaciones, inscripta en una perspectiva disciplinar específica como la Semiótica, pero en diálogo permanente con investigaciones provenientes de otros campos de estudios (como la antropología, la lingüística, las ciencias de la educación y la historia, entre otros). En este aspecto, desde una perspectiva pragmática y experiencial, entendemos que los sentidos culturales se configuran en dinámicas móviles, procesos que de modo potente modifican la realidad existente y forman parte de ella (Brandt, 1992).

Habitar la frontera implica transitar un entramado de prácticas sociales, culturales y lingüísticas que ponen en fricción los deslindes geopolíticos definidos por la cartografía de los estados nacionales. La historia de las fronteras nacionales que se configuran alrededor de la provincia de Misiones posee un complejo devenir de tensiones ideológicas y políticas. Desde la colonización española y la instalación de la orden jesuita hasta la actual etapa de integración regional, pasando por las guerras de la independencia y los conflictos relacionados con constitución del estado-nación, la llegada, desde fines del siglo XIX, de contingentes inmigratorios de diversa procedencia, y la Doctrina de la Seguridad Nacional (impulsada desde la década de 1960 y exacerbada por las dictaduras militares de Argentina, Paraguay y Brasil en los años setenta), la frontera geopolítica del territorio provincial ha sido un espacio de intervenciones permanentes. De este modo, la frontera se ha constituido como un tópico continuo en los relatos oficiales sustentados por distintas instituciones: la narración sobre la frontera se desplegó en diversos campos del saber que interrelacionados privilegiaron, con variaciones a lo largo de la historia, un plurivalente relato oficial sobre las intervenciones territoriales. La escuela, la academia y los medios de comunicación dispusieron un relato de héroes y épicas donde el conflicto de las mixturas quedaba, la mayoría de las veces, solapado por una ética de la armonía y el crisol de razas o melting pot.

El proceso histórico de configuración de la frontera dispone un relato sobre su construcción y su necesidad como también una genealogía del territorio cartografiado; al mismo tiempo despliega otro tipo de relato, más sutil, que inserta la necesidad del límite en los imaginarios cotidianos de los sujetos que habitan la frontera. Sin embargo, “mientras en relación a los Estados es posible hablar de políticas de identidad nacional que intentan fijar la tradición en ciertos objetos y prácticas, entre las personas normales y corrientes se encontrarán visiones heterogéneas y más difíciles de reconstruir” (Grimson, 1999, p. 11).

La experiencia del borde despliega estas visiones heterogéneas a partir de relatos de la cotidianeidad donde la historia oficial y la narración mediática se articulan en tramas más complejas. La experiencia geopolítica y semiótica de la frontera rezuma en estas reflexiones como una condición ineludible desde la cual pensamos la narrativa cotidiana. Tal como explica Daviña, “en tanto jurisdicción interior predominantemente rural y fronteriza, las experiencias con los múltiples funcionamientos lingüísticos y políticos merecen una consideración detenida” (2018, p. 10). Dando cuenta de la complejidad lingüística del territorio, esta autora afirma:

Los paisajes lingüísticos misioneros incluyen, junto a diversos usos del español local y al menos tres formas del complejo lingüístico guaraní en posiciones jerárquicas de estatus y productividades discursivas diferenciales, y la presencia del portugués-brasileño con los usos populares del portuñol o dialecto híbrido o fronterizo. Junto a ellos, se registran algunos usos familiares sostenidos y otros vestigiales de las lenguas de grupos inmigrantes europeos: germanos (alemanes y suizos), eslavos (polacos, ucranianos y rusos primordialmente) y nórdicos (suecos, noruegos y finlandeses), inscriptos de modo desigual en las memorias de sus descendientes de 4ta. generación, entre otros que no se registran en este corpus (p.e. japoneses, coreanos, libaneses entre otros) (Daviña 2010, p. 10-11).

Estas dinámicas semióticas, continuas y complejas, trasvasan los dispositivos narrativos de nuestra vida cotidiana. La experiencia de la frontera emerge en los relatos cotidianos, no solo como un tópico, sino como una red semiótica que entrecruza lenguas, costumbres, hábitos y creencias. La narración articula ese universo fronterizo de conexiones múltiples, donde nada está definido de antemano, como explica el relato oficial, y donde el proyecto político e ideológico del estado-nación se reformula y dinamiza: el narrar fronterizo es un contar entre lenguas, heteroglósico y polifónico, una escenificación de la vida cotidiana –porque ese entre lenguas significa entre mundos: hábitos, creencias, rituales, etc.–, que articula los sentidos y revitaliza un dialecto de la supervivencia.

La complejidad de los procesos socio-culturales que traman esta territorialidad fronteriza y se diagraman en dispositivos narrativos de diversa índole, puede analizarse desde una perspectiva semiótica, en un abordaje teórico-metodológico que amplía las posibilidades conceptuales de un pensamiento sobre y desde la frontera. En este sentido, la presencia de fronteras semióticas adquiere relevancia no solo porque el límite oficie como hito que distingue dos espacios diferentes y complementarios, sino también porque el límite deslinda un espacio intersticial de pasaje, traducción y contacto, “donde las aporías proliferan y las regulaciones centrales comienzan a horadarse” (Camblong, 2012, p. 34).

La frontera divide –escribe Lotman (1996) con rigurosidad matemática– el espacio de la cultura en continua que encierran un conjunto de puntos cuyas correspondencias es necesario establecer para interpretar semánticamente el modelo general de la cultura. Las realidades fronterizas geopolíticas –como la que habitamos en el territorio misionero–, genéricas, etarias, económicas y sociales instalan la posibilidad de interrogarnos sobre una configuración teórica que intente explicar los mecanismos de traducción que allí se producen. ¿Podemos imaginar la existencia teórica y material de semiosferas fronterizas, o al menos de procesos semióticos que entrañen rasgos peculiares de fronteridad? ¿Cuáles serían las condiciones de posibilidad de estos universos semióticos? ¿Qué rasgos distintivos caracterizarían a estos espacios paradójicos que revierten el esquema binario de la vida cultural establecida por los mojones geográficos que deslindan las cartografías oficiales de los Estados nacionales?

La organización de la semiosfera no está ceñida a una concepción monádica, homogénea y autónoma; hacia el interior del espacio semiótico encontramos una configuración heterogénea, irregular y cambiante que oscila entre rangos de mayor estabilidad y turbulentos encuentros con espacios vecinos. La toponimia centro-periferia sugerida por Lotman para definir este espacio, exhibe esta disposición dinámica y en perpetuo movimiento, además de demostrar las complejas tensiones y luchas de fuerzas que atraviesan un mundo cultural, diluyendo normas, propiciando mestizajes y transformando la vida sígnica de ese universo. El mayor o menor grado de porosidad de la frontera incide en la labilidad de las pautas del espacio organizado, en un proceso constante y en ocasiones silencioso.

Ahora bien, en el marco de la organización de la semiosfera, la interacción entre sus componentes sucede en el interior del espacio semiótico, mientras que los límites, en tanto principios constitutivos, balizan las pertenencias y promueven las traducciones. No obstante, podemos imaginar semiosferas donde el espacio periférico y fronterizo concentre en su propia dinámica matrices y principios activos que regulan una semiosis particular; en este caso, la frontera excede la condición de hito, de lugar de pasaje y trasvasamiento, “constituyéndose como un espacio habitado por individuos semióticos que no solo la atraviesan sino que también son atravesados por ella, en un gesto que modeliza pertenencias e idiosincrasias singulares” (Camblong, 2012:8). Hablamos de la dinámica que nos incumbe, la de la vida en la semiosfera fronteriza misionera, una configuración geopolítica que cristaliza en la vida práctica de los sujetos y las textualidades que la habitan y conforman, pero también extendemos nuestra reflexión conjetural a las múltiples instancias que pueden pensarse como “semiosferas fronterizas”, espacios limítrofes que forman un modus vivendi particular y excéntrico, en relación con universos regidos por mayores grados de estabilidad, como, por ejemplo, la semiosfera del Estado-Nación. Dando cuenta de esta paradójica dinámica, el filólogo alemán Karl Schlögel escribe:

La incertidumbre que aflora en el trato con fronteras resulta de una riqueza y multivocidad de significados y referencias: la frontera que incluye, excluye; lo que une, separa; lo que toca es a la vez distancia. No podemos sustraernos de esa paradoja (Schlögel 2003, p. 144).

Observemos cómo funciona esta configuración en pasajes de una clase de 2º y 3º grados acoplados, a cargo de una sola docente, llevada adelante en la Escuela Nº 55 de Paraje “El Guerrero”, a la vera de la ruta provincial 2, en el Departamento de San Javier, ubicado en la región del Alto Uruguay, provincia de Misiones, lindante con Brasil. Allí, enfatizando la dinámica conversacional, la maestra desarrolla temas relacionados con la historia nacional e intenta establecer comparaciones con la vida cotidiana de los alumnos, recurriendo a sus conocimientos de distintos lugares de la provincia en cuestión.

Maestra: Diferencia que decíamos nosotros con la ciudad en la que vivió L. por ejemplo. ¿Cómo era dónde viviste vos?

Alumna/o: En Posadas [Ruido. Inaudible]

M: Bueno, vamos por Posadas, que es más grande, ¿no? Ahí vamos a encontrar muchas cosas. Dijimos que en Posadas… Las veredas…. Así nos encontramos con [Ruido. No se entiende] ¿Sí?

A: ¡Sí!

M: ¡Muy bien! ¿Y cómo se venden las cosas en Posadas?

A: Allá se venden de camión o si no caminando… si no de camión se venden así: “¡Vendo chipá, chipá, chipá!”

M: ¡Muy bien! Y entonces los vendedores en Posadas, que usan los vendedores en Posadas, como dijo él… ¿Gritan?

A: ¡No! Hablan por los parlantes… Micrófonos, parlantes…

M: Hablan por los parlantes…

A: Microfone

M: ¡Claro! Con un microfone, micrófono… Muy bien… y ustedes creen que allá por 1810, pobres nuestros vendedores ambulantes, ¿usaban micrófono?

A: ¡No! ¡Sí!

M: ¿Sí o no?

A: ¡Sí!

M: ¿Allá en 1810?

A: ¡No! ¡Sí!

M: ¿Sí o no?

A: ¡Sí!

M: ¿Sí o no?

A: ¡No! ¡Sí!

M: No, no usaban micrófono. ¿Qué usaban? ¿Qué usaban?

A: La garganta.

M: La garganta. Lo que tenían… Tenían que usar…

A: La voz

M: La voz, muy bien, la voz… ¿y cómo será que decían? ¿Cómo dicen ahora? ¿Cómo dicen los vendedores? A ver…. ¿Cómo dicen los vendedores en la calle? Por ejemplo…

A: Vendo fruta

M: Pero solo vendo fruta… no le compro pero ni ahí…

A: Vendo… vendo ropa por 10 pesos.

M: ¡Ahí! ¡Ahí me gusta más! Porque por lo menos me dice cuánto voy a gastar. ¿Qué más dirán? ¿Qué más dicen?

A: Vendo empanada´…

M: ¿Solo vendo empanada? Y si no me gusta la empanada, directamente ya ni le escucho. ¿Cómo hace la gente para vender? ¿Qué dice?

A: Dice chiste… dice un chiste….

M: Un chiste dice, a ver… Sacá la mano de la boca…

A: ¡Chipa!

M: ¿Pero solo chipa?

A: ¡Vendo chipa! ¡Ocho pesos!… [Hablan todos juntos. Uno de los niños cuenta]: “Acá el papá de B., un día cuando vino el camión de la fruta le llamó, y se iba ¿no?… En la calle por la bajada corriendo con la bicicleta, y casi cayó en la bajada…”

M: Pero… ¿y por qué el papá iba corriendo atrás?

A: Y para compra´….

M: ¿Y por qué quería comprar?

A: Y porque estaba muy barato…

M: ¡Ah! Está muy bien…. Entonces, ¿cómo sabía tu papá que estaba barata la fruta?

A: No, el papá de B.…

M: Y bueno el papá de B., el papá de S.… ¿Cómo sabía él que estaba barato?

A: Porque el hombre hablaba…

M: ¡Hablaba! ¡Claro! Porque los que vendían tanto allá en 1810…

A: Habla por un parlante y dice cuánto e que sale…

M: ¡Claro! ¿Y nos convencen, no cierto? Tratan de decir cosas para convencernos de comprar, ya sea fruta, ya sea ropa, ya sea qué más… perdón… ¿Qué más?

A: Vendían chort

M: Short, dentro de ropa… ¿Qué más?

A: Capri… Pantalón

M: Todo lo que es ropa. Y también lo que decía Lucas hoy: tachos, mangueras… todo lo que es de utilidad… Bien, volvemos a la ciudad, ¿sí? Volvemos a la ciudad y vamos a otra parte de la historia…

La configuración narrativa de la dinámica semiótica de la frontera emerge sostenida en el dispositivo de la conversación que indaga y reconstruye experiencias de la vida cotidiana. En este caso, el tópico que organiza tanto el diálogo como las intervenciones narrativas de los alumnos y la docente se inscribe en una comparación histórica entre las modalidades del comercio ambulante en el siglo XIX y en el XXI. En este sentido, cabe destacar la relevancia que este tipo de intercambio tiene en la vida cotidiana de nuestro universo semiótico fronterizo y rural, marcado por la informalidad económica y las asimetrías comerciales que las fluctuantes economías de los estados nacionales argentino-brasileños tiene entre sí. El intercambio informal y ambulante, la práctica del “hormigueo” o el “chivear”, son hábitos que atraviesan las configuraciones socioculturales de la vida en la semiosfera fronteriza misionera.

Cabe aclarar que estos dos términos -hormigueo y chivar- son comunes para designar la actividad del contrabando a pequeña escala. Recordemos que uno de los nombres que designan a las paseras –las trabajadoras mujeres que comercian en la frontera argentino-paraguaya– es el de hormigueras. Esta metáfora, que “animaliza” el trabajo de estas mujeres, ilustra los hábitos microscópicos de pasaje y las sutiles estrategias de acumulación e intercambio. Obreras y exploradoras del borde, estas mujeres trasladan una pesada carga material y simbólica que da cuenta de las contradicciones cotidianas y políticas de la fronteridad. El término chivo define un pequeño contrabando y, por traslación, la actividad de contrabandear a pequeña escala se denomina chivear. Chiveado designa tanto un producto de segunda mano –“trucho”– como un objeto o bien traído del país vecino –en nuestro caso Brasil– de manera “ilegal”. Es pertinente destacar que tanto el hormigueo como el chiveo anclan el sentido en la animalización de prácticas humanas, resaltando tanto el carácter marginal de las mismas como la inscripción de lo humano en la naturaleza, un rasgo típico de los mundos rurales.

En este caso, la maestra propicia la conversación y las intervenciones narrativas componen las dinámicas semióticas de la fronteridad, enfatizando los hábitos de la vida cotidiana y los mestizajes lingüísticos transversales a estos hábitos e intercambios. A partir de una fecha emblemática de la semiosfera del estado-nación, la conversación deriva en una serie de deslindes que nos permiten discernir las particularidades de los desplazamientos en el universo fronterizo misionero, marcando su heterogeneidad en relación con los espacios urbanos de la capital provincial y los territorios rurales que habitan los niños. La idea de un entre-medio con su propio devenir paradójico y mestizo, donde incluso la legalidad de la norma se encuentra en plena construcción, vinculada con la experiencia mundana de los habitantes del borde, habilita la posibilidad de pensar en una construcción teórica como la semiosfera fronteriza. La frontera ya no puede pensarse como un punto fijo, sino como un campo de recorridos, pasajes y traducciones.

Inicialmente, podemos destacar que una semiosfera fronteriza se imagina como un espacio intermedio caracterizado por un grado constante de ductilidad en el contacto de textos que, hacia el interior de otra semiosfera, pueden pensarse incompatibles y hasta inconmensurables. La propensión a los mestizajes lingüísticos, étnicos y semióticos en general –la mixtura de hábitos, costumbres y prácticas cuya pertenencia “natural” reside en otra semiosfera–, define un rasgo basamental de este tipo de universo semiótico.

La experiencia de “habitar la frontera” supone una sutil percepción de las diferencias constitutivas de la vida cotidiana, la apertura y el contacto permanente con una alteridad que, paradójicamente, se torna familiar, habilitando una conjunción en la que convergen la pertenencia a un grupo específico y la disposición permanente a la mixtura, constitutiva de la memoria semiótica de ese espacio: “en el cotidiano de la “semiosfera fronteriza” los mestizajes, las hibridaciones y fusiones operan con una movilidad abierta a las infinitas alternativas, al tiempo que se reconocen regularidades afianzadas que le confieren particularidades reconocibles” (Camblong, 2012, p. 9).

Si consideramos con Lotman (1999) que la dinámica de la cultura se constituye a partir de la tensión recíproca entre los procesos inmanentes de un espacio semiótico y las influencias externas producto del contacto cultural, podemos caracterizar a la semiosfera fronteriza como ese lugar de intersección que exacerba las tensiones entre estructuras internas y externas –como también entre procesos de gradualidad y explosión– hasta confundirlas en una habitualidad paradójica.

En el espacio fronterizo, la alteridad externa adquiere una familiaridad que desnaturaliza su condición, inaugurando un proceso de mestizaje donde el afuera y el adentro adquieren una valoración múltiple y contingente. Recordemos que la presencia de la frontera como condición de la semiosfera resalta su paradójica constitución: el límite surge como una discontinuidad del continuum semiótico, espacio fuera del cual no pueda producirse semiosis alguna. La dinámica dislocada de la semiosfera fronteriza vuelve a revertir esta relación de quiebre y continuidad, destacando que la fronteridad se instala como un proceso continuo de imposición y levantamiento de límites, tramado por una serie de rasgos particulares.

En primer lugar, destacamos, siguiendo a Camblong (2009, 2012), el reconocimiento de la otredad, la percepción de las diferencias y su instalación en un horizonte de mestizajes semióticos que evaden la simple síntesis, como un proceso continuo que organiza la comunicación y la significación en una semiosfera fronteriza. El continuum semiótico que destaca este universo, horada las dicotomías y los binarismos, mediante desplazamientos que demuestran la transitoriedad de las pertenencias efectivas, disponiendo el cruce lingüístico y cultural.

El entre-medio fronterizo atraviesa las distinciones entre un afuera y un adentro, una interioridad y una exterioridad, habilitando un espacio que tampoco privilegia la síntesis o el sincretismo, sino el tránsito y con-vergencia de textos y lenguajes aparentemente antagónicos. La oscilación paradójica entre estar adentro y afuera, entre afirmar las pertenencias tangibles a un grupo social y, simultáneamente, instalarse con familiaridad en la otredad, configuran un rasgo seminal de la semiosfera fronteriza.

Esta continuidad entre una apertura paradójica a la disposición de la mixtura con la alteridad y la afirmación de una pertenencia efectiva a un grupo particular, característica del habitante de frontera y modelizante de la semiosfera fronteriza, remite a una segunda característica de este tipo de espacio: el constante proceso de traducciones e intercambios semióticos. Para Lotman, en el proceso histórico de cambio se presentan al menos dos sistemas culturales que, basados en principios constitutivos diversos, se oponen y complementan; la presencia de una diversidad de sistemas se encuentra regulada por una lógica de traducción e intraducibilidad, según grados de extrañeza y semejanza: “la dinámica de la cultura es el fruto de la coexistencia, al interior de un mismo espacio cultural, de diversas lenguas, relacionadas por diversos grados de afinidad y traducibilidad o, a la inversa, de extrañeza e intraducibilidad” (Lotman, 1996, p. 149).

El poliglotismo cultural, fundamento de la dinámica compleja del espacio semiótico, ingresa en un intenso proceso de aceleración en la semiosfera fronteriza. Si la dinámica de la cultura está regida por la lógica de la traducción y la extrañeza, en el campo de un espacio semiótico liminar esa lógica se encuentra acelerada. De este modo, el mecanismo fundamental de la dinámica cultural, consistente en el intercambio constante de posiciones entre lo propio y lo ajeno, asume una complejidad que teje los procesos semióticos de la vida cotidiana en la frontera.

La densidad de la semiosfera fronteriza exhibe su profunda complejidad en el desarrollo del proceso semiótico. No obstante, la dinámica vertiginosa de los mecanismos de traducción que operan en la semiosfera fronteriza podrían ampliar los horizontes conceptuales de la traducción semiótica usual, al postular hábitos que desplazan las interpretaciones bilingües hacia un campo de mestizajes más complejos. Mientras en la frontera del espacio semiótico descripto por Lotman (1996) se alojan los traductores filtros-bilingües, en la configuración dinámica de una semiosfera liminar el bilingüismo es reemplazado por la mixtura de lenguas, por el pasaje traductor que instala hábitos disímiles en un campo compartido. El ejemplo más acabado de esta dinámica puede observarse en la consolidación del portuñol, lengua franca de la semiosfera fronteriza misionera, dispositivo semiótico mestizo que arraiga en la vida cotidiana más allá de las disquisiciones gramaticales y sintácticas que puedan realizarse.

La conversación citada anteriormente se inscribe en la semiosfera del aula como un espacio fluctuante y multiforme que permite, por un lado, la emergencia de las anécdotas autobiográficas y testimoniales, esos relatos-niños que ponen en escena la relevancia de pensar la experiencia singular inscripta en el horizonte de los hábitos semióticos que configuran la fronteridad. Por otro lado, dicha emergencia se nutre del humor, mecanismo semiótico que permite el surgimiento de los afectos y las pasiones, y a partir de la cual la docente despliega breves traducciones de la experiencia ajena. El aula constituye en sí misma una semiosfera fronteriza que pone en escena los desplazamientos de la semiosfera fronteriza misionera proponiendo una cartografía –Posadas, San Javier, Garupá, Paraje “El guerrero”, Concepción de la Sierra– que mixtura lo urbano y lo rural, lo público y lo privado, lo permanente y lo mutable.

De este modo, en la compleja dinámica de la semiosfera fronteriza, los procesos de traducción se aceleran, en una constante que instala la posibilidad del mestizaje, entendido no como una clausura sintética en una identidad definida de elementos opuestos, sino como una continuidad –rasgo de base para definir cualquier espacio semiótico– de conexiones polivalentes cuyas dinámicas modifican y transforman correlatos semióticos en proceso. La cronotopía de la semiosfera fronteriza, espacio dinámico donde la contingencia adquiere un valor fundacional, se complementa con los intensos rituales de pasaje y división que configuran una totalidad compleja con ritmos semióticos particulares tramados por constelaciones de hábitos y discursos mestizos.

Frontera y relato: operaciones prácticas y recorridos del espacio

El esbozo preliminar de aquello que denominamos semiosfera fronteriza no pretende agotar las posibilidades teóricas de una construcción que consideramos parcial. La nuestra es una conjetura, una categoría de la imaginación teórica que se es(ins)cribe en una situación singular, el espacio donde desenvolvemos nuestro trabajo de investigación: la semiosfera fronteriza misionera. Esta marca territorial y enunciativa entraña pertenencias culturales y preocupaciones teóricas que intentan interpretar la dinámica de la semiosfera que habitamos.

La condición del espacio como un lenguaje constitutivo de la actividad cultural, habilita un campo de deslindes teóricos acerca de la narrativa y la espacialidad en relación tanto con la frontera –o la fronteridad como proceso semiótico– como con la idea de territorio. En este sentido, pretendemos esbozar una serie de reflexiones que profundicen la configuración propuesta alrededor del concepto semiosfera fronteriza, destacando la potencia semiótica de la narratividad en la disposición de espacialidades, y relacionando esa condición con rasgos distintivos de la frontera. Rememorando la importancia que Lotman (2000) le atribuye, tanto en términos teóricos como prácticos, al espacio, proponemos una articulación entre esta concepción y la capacidad que posee el relato, siguiendo a Michel de Certeau, para establecer itinerarios que invisten de sentido, en la vida cotidiana, las múltiples esferas de la praxis social.

Uno de los gestos inaugurales de la experiencia humana se configura en la organización primaria del espacio: a partir de nuestra condición de animales territoriales amueblamos el mundo de signos que, análogamente, traducen la espacialidad de nuestro pensamiento al lenguaje. Las metáforas espaciales instaladas en el lenguaje ordinario describen e interpretan la experiencia cotidiana mediante cartografías múltiples.

El mapa nos convoca y la mensura nos (in)viste: los mapeos y las cartografías suponen una dinámica que involucra prácticas políticas con repercusiones en la vida cotidiana: como los diagramas o las hojas de ruta, los mapas dibujan el territorio con sus habitantes, lenguajes y discursos; simultáneamente, esas prácticas cotidianas que reiteran y traman hábitos resquebrajan las determinaciones habilitando posibles contingencias y sutiles cambios. Ahondando estas operaciones semióticas, podemos arriesgar que las cartografías no solo se dibujan sino también se escriben y hablan.

Esta dimensión cartográfica del lenguaje da cuenta de la importancia del espacio en la organización primaria de la cultura: la marca territorial se presenta como eje sintético y explosivo de la todo posibilidad perceptiva y el nomos lingüístico. Por un lado, resulta imposible librarse de ese gesto ancestral de apropiación y límite, por otra parte, parece pertinente recurrir una vez más a la cartografía como metáfora explicativa de las experiencias cotidianas en articulación con la narratividad. El hallarse-mismo –utilizando una expresión dialectal local que sintetiza la potencia semiótica de la espacialidad en el lenguaje cotidiano– nos conmina y nos conmueve como ley (hábito) de/ los sentidos(s): sentirse en casa, sentirse como en casa, sentirse como sapo de otro pozo, estar fuera de lugar, son algunas de las frases que indican, en nuestro dialecto, la soterrada hegemonía del lenguaje espacial.

Las expresiones “hallarse”, “me hallo” o “no me hallo” en sus distintas variantes se utilizan en Misiones y la región como un modo de resaltar formas de pertenencia o extrañamiento en distintos espacios sociales o prácticas culturales. En este aspecto, tal como explica Camblong (2014), el verbo “hallar” preserva vestigios de usos arcaicos y castizos que exhiben las capas geológicas de nuestro lenguaje coloquial: “En efecto, hallar, del latín afflare, “soplar hacia fuera o rozar con el aliento”, acepción que luego se desplaza al “husmeo del perro en busca de la pista”; luego, hacia el s. X se disemina en las lenguas romances con los significados más modernos. Cuando decimos no me hallo, en su significación centellea el afincamiento espacial y afectivo, ese recorrido primario que husmea el territorio en busca del olor familiar, en arraigo simbólico que alude a las costumbres más entrañables” (Camblong, 2014, p. 105).

Las analogías espaciales pueblan el lenguaje, dando cuenta de una operación que no es exclusiva del discurso de la teoría sino también inherente a las prácticas de la vida cotidiana. Ese ejercicio, que podríamos relevar en nuestras conversaciones diarias, esa reminiscencia que constituye un acervo dialectal variado, acuña pertinencias y tradiciones ligadas a un dispositivo semiótico primigenio: así como el mundo se duplica en la palabra, el hombre se duplica en el espacio. Hablamos del espacio como un lenguaje, pero también como una metáfora inscripta en la palabra, como un desplazamiento que en los discursos habilita la heterogeneidad del sentido y que en la vida cotidiana, infinitesimalmente metafórica, fija y desplaza la significación.

Uno de los correlatos propiciados por este desplazamiento metafórico asocia lo cartográfico con lo narrativo: si bien el relato exhibe una extensa tradición relacionada con la materialización verbal de los discursos, la analogía con el mapa, como operación de recorte y selección del espacio con sus respectivos acontecimientos, se vuelve posible: como el cartógrafo, el narrador dispone un recorrido, un itinerario de peripecias infinitas.

La articulación entre relato y mapa opera sobre los territorios: la dimensión geopolítica del espacio se encuentra determinada, por un lado, por el gesto cartográfico que diagrama y dibuja, mensura y exhibe; por otra parte, el mapeo narrativo involucra una dimensión discursiva a esas disposiciones cartográficas; donde el mapa exhibe, el relato despliega una miríada heterogénea de posibilidades semióticas, pero también se constituye como una arena de luchas o un teatro de operaciones donde las redes tentaculares del poder propician fijaciones y demarcaciones que determinen pertenencias históricas. Donde el mapa, al menos en su versión moderna, promueve una representación abstracta que fija posiciones concretas, los relatos celebran la movilidad y el desplazamiento, narran recorridos y hacen el espacio: todo relato, escribe de Certeau (2000), es un relato de viaje, una práctica del espacio.

Así, narración y espacio, constituyen dimensiones antropológicas heteróclitas que celebran las pertenencias culturales, poniendo en relieve todas las fricciones, los conflictos y las proximidades contractuales que las atraviesan. Tanto en el espacio que se cartografía como en el relato, lo propio abandona el nicho del yo y se refugia en la pluralidad del nosotros, configuración de una compleja experiencia compartida donde el animal territorial y el homo narrans se fusionan. De este modo, los relatos significan experiencias donde brillan los saberes, los valores y los hábitos comunitarios, donde resuenan horizontes epistémicos y axiológicos que resaltan su importancia interpretante como dispositivo semiótico de la cultura.

Reforzando las analogías cartográficas, dos son las operaciones de deslinde que Michel de Certeau le atribuye al ejercicio cotidiano del relato como instancia móvil y de magisterio en materia de delimitación. Por un lado, el relato crea un teatro de operaciones, funda un campo de legitimidad para acciones efectivas, propicia un ejido que autoriza prácticas sociales arriesgadas y contingentes. Promover un territorio donde las acciones puedan desarrollarse, legitimar un espacio de operaciones estratégicas relacionadas con imaginarios colectivos de data ancestral, hacen de la narrativa una praxis fundadora que marcha delante de las prácticas sociales para abrirles campo.

De este modo, el universo de las creencias y de los hábitos aparece desplegado por la operación narrativa que inviste de sentido e interpreta, simultáneamente, el devenir de la vida cotidiana: “una actividad narrativa, aun si es multiforme y ya no unitaria, continúa desarrollándose ahí donde se presenta una cuestión de fronteras y de relaciones con el extranjero. Fragmentada y diseminada, no deja de llevar a cabo operaciones de deslinde” (de Certeau, 1996, p. 138). Esta tensa y contradictoria relación que se establece entre los límites deslindados por la narración y su exterioridad, constituye la segunda operación intrínseca del relato: levantar fronteras y tender puentes para evadirlas.

Ambas disposiciones operativas son transversales a los distintos tipos de modalidades de la narratividad que cada día constituyen las múltiples esferas de la condición humana. En los umbrales escolares de la alfabetización –pero también en la totalidad del campo de la educación formal que abarca los ciclos primario y secundario– los textos escolares instalan horizontes de sentido que, simultáneamente, remiten a configuraciones narrativas del imaginario social y la memoria semiótica comunitaria, en una relación de intercambios que configura modos de concebir, habitar y vivir el espacio.

En este sentido, destacamos fragmentos de uno de los libros de lectura para observar las modalidades de deslinde que los relatos despliegan sobre el espacio. El fragmento corresponde al libro de texto –siguiendo los datos de catalogación correspondientes al propio colofón de la obra– Nuevo Papelito 1, distribuido gratuitamente por el Ministerio de Educación de la Nación en todo el territorio nacional durante el año 2008. La recepción de este tipo de materiales inscribe el proceso pedagógico en articulación con políticas editoriales estatales de selección de textos destinados a procesos de enseñanza específicos que, sin embargo, tienden a no atender las particularidades de los contextos en los que estos se desarrollan. En el caso de este libro, cada una de las secciones desarrolla contenidos vinculados con la enseñanza de la lengua, los procesos de lectoescritura, matemáticas, ciencias sociales y ciencias naturales, abriendo el despliegue de contenidos y propuestas didácticas con un breve relato alusivo que combina palabras e imágenes.

En su totalidad Nuevo Papelito 1 utiliza el relato como un principio de organización del material didáctico, ya que la estructura del libro despliega en cada sección la historia del niño que le da nombre al texto y que se plantea como una reescritura libre del célebre relato infantil Las aventuras de Pinocho (Le avventure di Pinocchio, 1883) del escritor italiano Carlo Collodi.

En este sentido, la explícita referencia intertextual arraiga en un horizonte simbólico que remite a un texto reconocido en el campo literario y la cultura popular. En el comienzo de la sección titulada El barrio leemos:

Papelito tiene muchos amigos en el barrio.

Los domingos pasan pocos autos y los chicos corren carreras en la vereda.

Cuando quieren jugar a la bolita, van al jardín de Ana.

La mejor cancha está junto al pino.

A dos cuadras está la plaza. Hay hamacas y una calesita.

Pepelito lleva a los chicos a jugar.

Yaya corre tras el triciclo de Papelito, pero no lo puede alcanzar.

Ramiro le presta la bicicleta a Papelito. Ana le da el monopatín a Carlos y usa el triciclo de Papelito.

Todos avanzan, pero ninguno sabe manejar bien.

-¡Aaaaah!- gritan a coro y ruedan barranca abajo.

-¡Mejor vamos a tomar la leche!- dice Papelito, y todos ríen.

Como observamos, la operación de deslinde inaugural se despliega en el propio título del capítulo: El barrio abre un campo de posibilidades que funda la legitimidad de las experiencias narradas apelando a un imaginario vinculado con un espacio mítico para la infancia en un territorio urbano. El barrio asume la forma de una configuración espacial, un teatro de operaciones sostenido en los modos comunes de la vida urbana, la amistad y el juego. En primer lugar, ese territorio se conforma a partir de las relaciones amistosas que el protagonista de nuestro relato tiene. En una segunda instancia, esas relaciones suponen una cronotopía relacionada con el fin de semana, tiempo propicio para el juego y el vagabundeo que explora los lugares configurando los desplazamientos que permiten la existencia del espacio barrial. La condición lúdica de la vecindad barrial se refuerza a partir de la siguiente serie de operaciones de deslinde sobre el espacio. Por un lado, el relato establece fronteras al señalar los microterritorios que constituyen la globalidad vecinal: la vereda, el jardín y la plaza –lugares que refuerzan el imaginario urbano en el que abreva la narración. Un segundo paso tiende puentes entre estos lugares, marcando recorridos que enlazan interacciones lúdicas y amigables, eminentemente civiles. El relato del libro de texto plantea la cotidianidad de la infancia como un espacio carente de drama y conflicto donde el barrio se constituye como un territorio atravesado por los hábitos semióticos y los tiempos de una “civilizada” urbanidad.

La frontera y el puente constituyen figuras que resumen operaciones narrativas transversales. No hay espacialidad que no organice la determinación de fronteras: el muro, el surco, el hito, marcan los límites de los universos semióticos; sobre la continuidad, siguiendo a Lotman (2000), fundan la discontinuidad del mundo, exponiendo las diferencias constitutivas entre lo propio y lo ajeno. En tanto configuración de un espacio donde las acciones suceden y se legitiman, el relato dispone límites que exhiben su carácter discreto.

De esta manera, el relato insiste en levantar fronteras y multiplicar límites. Paradójicamente, esa insistencia no ciñe la narración a un horizonte de fijaciones definitivas: las fronteras se levantan en términos de interacción entre personajes que se reparten o asignan lugares, predicados y movimientos. El trazo limítrofe se emplaza en la encrucijada de las apropiaciones y los desplazamientos que los actantes de una narración van desarrollando (Greimas, 1992). En el encuentro, emerge, como estancia, la distinción que indica pertenencias:

Paradoja de la frontera: creados por los contactos, los puntos de diferenciación entre dos cuerpos son también puntos en común. La unión y la desunión son indisociables. De los cuerpos en contacto, ¿cuál de ellos posee la frontera que los distingue? Ni uno ni otro. Es decir: ¿nadie? (de Certeau, 1996, p. 139).

La paradoja nos pone, una vez más, en la encrucijada: ¿La frontera se tiene o se comparte? Allí, en el límite, donde el sentido como propiedad se desvanece, ¿se levanta la experiencia comunitaria? ¿Existe una continuidad del borde, del límite, de aquello que se constituye en la comunidad de la experiencia, transitoria y dinámica, de la frontera? Problema teórico, pero también práctico, eminentemente cotidiano para nosotros, enunciadores fronterizos, la pertenencia del borde se escurre entre los dedos de la política divisoria.

En este aspecto y en contraste con las disposiciones narrativas del libro de texto citado, podemos observar una serie de narraciones escritas por alumnos del primer ciclo de la Escuela N° 197, producidas a partir de un proyecto curricular cuyo eje temático estaba centrado en la vida cotidiana en el barrio. Para facilitar la lectura de los textos, presentaremos las transcripciones de cada fragmento. Hemos segmentado algunos bloques y entre corchetes se consignan las letras o palabras ausentes en el original, y las correcciones ortográficas correspondientes. Estas últimas dos operaciones se realizarán solamente cuando consideremos que el texto, tal como aparece escrito, presenta problemas para su comprensión.

Sin Nombre – 2° Grado Esc. N° 197 (Transcripción) “SI QUERES / CONOCER MI BARRIO / TE VOY A CONTAR / MI BARRIO ES DONNDE / ESTA MI CASA Y / CON MIS AMIGOS / AL MOLINO VAMOS A / JUGAR / YO PIDO NARANJA ALA SIL VIA/ ERRAES [Ella es] BIEN BUENITA / ESCOBA PARA BARRER EL PATIO”

M. – 3º Grado Esc. N° 197 (Transcripción) “MI BARRIO. LOS DOMINGOS YO JUEGO CON MIS AMIGAS / MANCHA / DAINA MICEA Y BRIAN Y DAMRIS / EN LACASA DE MACARENA / SE SCONDIENDO [escondiendo] MIENTRA EL OTO [otro]/ LEBUSCA

Fragmento Cuaderno – S. – 2º grado Esc. Nº 197 (Transcripción): CONVERSAMOS SOBE LOS VECINO. VOI A LA VECINA DOÑA LOLI Y PIDO NARANJA / VOI CON YOU PEDIMOS / PELICULAS / NOSOTROS LLAMOS AJULIO [llamamos a Julio]/ DE SAPO / AQUEL DIAJUGUE A LA PELOTA / CON JULIO / CON MIMAMA VOY A LA CASA DE MIERMANA BUSCAR MANDIOCA

El poder distributivo y la potencia performativa del relato como mecanismo de configuración espacial se conjugan en estas tres sintéticas intervenciones narrativas. En el primer texto, señalamos la fuerza performativa que inaugura el relato: para desplegar el conocimiento sobre el barrio se explicita la necesidad de narrar, mediante un ejercicio enunciativo de modelización que implica al auditorio –si querés conocer… te voy a contar. De este modo, el mundo posible del relato queda inaugurado por operaciones que destacan dos dimensiones semióticas del dispositivo narrativo: su condición de medio de conocimiento y su constitución como práctica social.

Esta apertura se consolida mediante la distribución de posiciones y el balizamiento de lugares –mi casa, mis amigos, el molino– que se imbrican con acciones específicas como modalidades de configuración espacial –jugar, barrer, pedir naranja. Al igual que en el relato de Papelito, el juego y la amistad emergen como instancias constitutivas del espacio barrial, pero en este caso el espectro de prácticas se amplía con referencias puntuales a relaciones de vecindad –la vecina tiene nombre propio y cualidades singulares– y a lugares característicos de un universo fronterizo, donde lo urbano y lo rural no se encuentran definidos nítidamente.

En el relato de M., la amistad y el juego se encuentran asociados a una constelación de nombres propios que definen al barrio como un territorio de relaciones intersubjetivas, asociadas a actividades eminentemente lúdicas que son descriptas en el texto. En este caso, la experiencia del juego en el barrio ancla en un tiempo específico y en un lugar particular, coordenadas que determinan las acciones de un universo singularmente infantil ya que, a diferencia de los otros relatos, los adultos se encuentran ausentes. El dibujo articula una función de relevo que complementa los sentidos y resalta la importancia del hogar como un territorio de descubrimiento y disfrute.

Una concepción del barrio como práctica de la vecindad configura el espacio en el texto de S., donde los desplazamientos y los recorridos radican en los nombres propios de los vecinos y amigos para derivar, finalmente, en la emergencia del nosotros. El intercambio y la interacción social vuelven a surgir como principios constitutivos del espacio comunitario, en articulación con prácticas que, al igual que en los dos relatos anteriores, difuminan las fronteras entre lo urbano y lo rural, señalando al barrio como una configuración mestiza, una semiosfera fronteriza distinta del espacio que narra-describe el libro de texto escolar. Este mestizaje tiene su correlato en las operaciones discursivas y lingüísticas que organizan la enunciación, asociadas con rasgos de la oralidad –continuidad entre los enunciados, ilación, ausencia de puntuación, repeticiones, diminutivos– y características dialectales del español mestizo-criollo local –leísmo.

En la provincia de Misiones y la región el predominio del leísmo es sustancial. Tanto en el ámbito urbano como en ambientes rurales se emplea le/les (con preferencia por el singular) en función de objeto directo –le vimos jugando; ¿Dónde le compraste? Aparentemente, esta es la única región del país donde se observa este rasgo. El leísmo misionero es transversal a todas las capas sociales, constituyéndose como un rasgo sociolingüístico cuyos orígenes pueden rastrearse en la Edad Media y cuya operatividad da cuenta del carácter mestizo-criollo del español local. Esta modalidad sorprende a los extranjeros y advenedizos, y plantea disrupciones con respecto al español estándar, la lengua oficial implicada en los procesos de alfabetización inicial (Amable, 2012, p. 24-25 y p. 165-183).

La articulación de dos opuestos que se complementan y la condición paradójica del límite como dispositivo semiótico que incentiva la maquinaria dialógica de la cultura, ponen en evidencia a través del relato, esa condición histórica y por lo tanto contingente de la frontera. Configuración plural, contradictoria y aporética, la frontera, en el relato-experiencia, señala un límite y, al mismo tiempo, convida al pasaje y la transgresión. Así, el relato, en la voz de los personajes o como espacio de los acontecimientos, crea, simultáneamente, la separación y la comunicación, articula el paso, intercede, tiende puentes, constituyéndose como un entre-medio fluctuante.

Cuando el relato está en la frontera, cuando se emplaza como una instancia de pasaje y de contacto, cuando traduce con el esfuerzo y con el aplomo resistente que sacude las sustancias y las formas, demostrando que las identidades no pueden fijarse eternamente, el relato se sale de la norma y transgrede las leyes de lo políticamente correcto. Ese es el puente sobre el límite, sobre el río, el salto del muro: la fuerza performativa de la narración que levanta la empalizada y construye el espacio de los intervalos y los intercambios tensos, friccionados y conflictivos de la conversación paradójica? Si la política dispone y la geografía ejecuta, el relato, creemos, tergiversa, enfatizando aquella frase derridiana: después de todo, de una frontera políticamente impuesta, se hace, por definición, poco caso.

Reflexiones finales

El correlato entre frontera y narración señala la pluralidad discursiva que los confines limítrofes configuran. Si algo manifiesta la dinámica de la vida en la frontera, tal como intentamos argumentar en nuestros deslindes acerca de la semiosfera, es esa condición heterogénea y multifacética de los discursos que la narran.

El flexible arte de estar en los bordes, el ejercicio biopolítico de la resistencia limítrofe con sus pasajes, comercios y contrabandos, la contradictoria y ambigua experiencia de asentir ante la ley –del lenguaje oficial, de la política central, de la economía globalizada, etc.– y, simultáneamente, señalar sus incongruencias e imaginar una trampa intersticial que mine sus fundamentos metafísicos y empíricos, nos señala que la supervivencia semiótica toma las formas más variadas. Si el relato oficial del Estado Nación propició, con sutilezas o groserías, una identidad homogénea y apriorística, las plurales y movedizas arenas de las narrativas que ponen en escena la cotidianidad de la frontera habitan las paradojas de pertenencias incompletas e infinitas: como las fronteras nos atraviesan, sus vicisitudes taladran las certezas homogéneas que los relatos del poder cuentan.

Esta dinámica paradojal toma forma, por ejemplo, en la narrativa de la experiencia de los habitantes fronterizos planteando una variación excéntrica de las temáticas establecidas por el currículum escolar y las narrativas oficiales, tal como observamos anteriormente. Este relato, sostenido en la experiencia personal y en los hábitos diarios, resalta al mismo tiempo los límites y las conexiones entre las convenciones de la cultura y las condiciones de la naturaleza enunciando una miríada de saberes prácticos sostenidos en la ética de la supervivencia cotidiana. Así, los recorridos narrativos implican una cartografía donde el hogar familiar, el monte y la ruta entrañan una continuidad permanente. La palabra emblemática de nuestros habitantes fronterizos pone en escena las vicisitudes cotidianas: el testimonio rememora una profundidad experiencial que conjuga hábitos y reflexiones, en una descripción de las microscópicas tácticas de la supervivencia en los bordes.

Destacamos la pluralidad como un modo de instalar narraciones divergentes y contradictorias, universos de sentidos opuestos y complementarios, en un mestizaje que marca continuidades y rupturas con la memoria del proyecto moderno y el presente de la mundialización. Si la frontera y sus relatos actúan la paradoja, lo hacen a partir de mecanismos que jaquean la esencia de la mismidad para resaltar configuraciones comunitarias eminentemente aporéticas. El hábitat semiótico de la frontera, su dinámica cotidiana, considera una serie heterogénea de aspectos que emergen en las constelaciones narrativas.

El espectro narrativo de la vida cotidiana, que articula la experiencia individual con la vida comunitaria, inviste de sentidos los avatares de ese intenso y a la vez relajado estar en los bordes. Los hábitos, las creencias, los valores semióticos que articulan la palabra en el relato son también el producto móvil de ese infinitesimal dispositivo semiótico. Contra la concepción de una narrativa que, en los libros de la Historia, en el unitario diseño educativo de la centralidad y en los remanidos lugares comunes de la discursividad mediática, construyen una identidad finita, los rumores de la vida diaria y sus modelizaciones en otras esferas de la praxis instalan pertenencias móviles, asimétricas y contradictorias. La propia movilidad, el intercambio y los desplazamientos inherentes a la maquinaria narrativa como praxis cultural, experiencia individual y materia discursiva, configuran e integran la compleja espacialidad del borde con sus representaciones del espacio y el tiempo, una usanza narrativa que presenta la cotidianidad en la frontera a partir de particulares rituales inscriptos en una tradición, a la vez continua y cambiante. Los discursos narran un modo de habitar la frontera que recurre al dinamismo del sentido común para exhibir una semiosis que evidencia los hábitos lingüísticos y culturales de la compleja estancia fronteriza, “esos atolladeros contradictorios que son el pan nuestro de cada día” (Camblong, 2009, p. 131).

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  1. Universidad Nacional de Misiones.


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