Luciano Mascaró
El problema de las capacidades, potencialidades, ofrecimientos o fuerza de los artefactos constituye una cuestión ampliamente analizada dentro del área temática de la filosofía de la tecnología. En este capítulo, me concentraré en una de las posibles interpretaciones de la noción de agencia dentro del ámbito de los objetos técnicos, a saber, su capacidad comunicativa.
Este capítulo toma como marco teórico para su discusión un artículo escrito por Dipert en 1995, titulado “Some Issues in the Theory of Artifacts: Defining ‘Artifact’ and Related Notions”. Si bien por razones de extensión no me dedicaré a una exposición o crítica minuciosa de este artículo, este se encontrará en el trasfondo de este escrito como un permanente interlocutor. En lo que a las afirmaciones de Dipert acerca de los artefactos refiere, realizaré a continuación solo algunas indicaciones básicas de sus conceptos para volverlos funcionales al objetivo de este capítulo.
Dipert realiza una distinción entre instrumentos, herramientas y artefactos. Dicho sintéticamente, los instrumentos son objetos en los cuales se detecta una beneficiosidad para un fin. La instrumentalidad funciona como un principio de activación, y depende de la capacidad de descubrimiento del agente[1]. Las herramientas son objetos cuyas propiedades beneficiosas no solo han sido detectadas, sino modificadas o intervenidas para volverlas más eficientes; es en este punto que hace su aparición la artificialidad[2]. Por último, los artefactos son objetos en los cuales no solo se encuentra presente una serie de propiedades operacionales, sino una segunda serie de propiedades, destinada a comunicar la presencia de las primeras. El segundo conjunto de propiedades, llamadas “propiedades comunicativas”, son capaces de generar estados de creencia en el usuario u observador. En otras palabras, un artefacto es un objeto autocomunicante. La comunicatividad es su nota distintiva.
Estratificación de la comunicatividad técnica
En el planteo de Dipert, la comunicatividad de los objetos puede adquirir muy diversas configuraciones, referentes y contenidos; por ejemplo, el objeto puede comunicar que él posee propiedades de herramienta (Dipert, 1995, p.129); otras veces, “que esta propiedad es comunicativa” (Dipert, 1995, p. 128); otras, “que alguien ha modificado el objeto” (Dipert, 1995, p. 123); otras, “que alguien (con autoridad) ha colocado una propiedad comunicativa” (Dipert, 1995, p. 127). El esquema se complica aún más si tenemos en cuenta que para Dipert las propiedades de herramienta y las comunicativas pueden coincidir (Dipert, 1995, p. 128). De esta manera, todas estas fases aparecen entremezcladas, solapadas o, en ocasiones, de manera redundante. Se hace visible que en Dipert está ausente una estratificación más minuciosa de las fases de comunicatividad de los objetos; esa es la tarea a la que dedicaré las páginas siguientes, a saber, procuraré presentar a continuación una posible organización y amplificación de los conceptos del autor americano en un intento por poner de manifiesto la complejidad de la fase comunicativa de los objetos técnicos. Para realizar la estratificación, tomaré una determinada posición filosófica: me aproximaré a la tarea desde un punto de vista fenomenológico (o más precisamente postfenomenológico).
Niveles de comunicatividad
La primera tarea será la de diferenciar diversos sentidos de comunicatividad que aparecen entremezclados en Dipert, y en general, en la discusión acerca de esa fase agencial de los objetos técnicos. En este punto, cabe realizar una serie de aclaraciones:
1) En primer lugar, siempre que mencione las propiedades, ofrecimientos, funciones u operaciones de un objeto, estaré haciendo referencia a su estabilidad dominante, es decir, a su función más difundida, aquella por la cual el objeto ha sido reproducido con características similares a lo largo de los años.
2) En segundo lugar, la lógica de la estratificación que propongo es tal que aunque un objeto posea características de más de un nivel, será el nivel superior al que pertenezca el que lo defina de manera más precisa. Un nivel superior suele presuponer las características del inferior.
3) En tercer lugar, la lógica de estratificación se relaciona con lo que podría denominarse una creciente circunscripción de las posibilidades interpretativas del objeto, es decir, los niveles iniciales de comunicatividad realizan indicaciones muy amplias y generales acerca del objeto y su operación a medida que se avanza hacia los niveles superiores, y luego, hacia los subniveles, se restringe cada vez más lo que el objeto pueda ser o hacer, o dicho en términos postfenomenológicos, la estabilidad dominante se solidifica cada vez más a medida que se añaden fases comunicativas. En un nivel básico, un objeto puede anunciar una de sus posibilidades físicas. En una posterior circunscripción, puede indicar que una posibilidad ha sido modificada en vistas a un fin, y en una siguiente circunscripción, las posibilidades pueden reducirse aún más, de modo tal que el objeto llega a comunicar, por ejemplo, en qué dirección se realiza el corte, por dónde se agarra, quién es el dueño o el fabricante, si se trata de un objeto de lujo, si alguna parte puede lastimar al usuario, y múltiples indicaciones adicionales. Cuantas más fases comunicativas operen sobre un objeto, menores son las posibilidades de interpretarlo en una trayectoria que no sea la dominante.
4) Por último, todas las afirmaciones que realice a continuación ocurren dentro de un gradiente o continuum de objetos técnicos donde una clasificación definitiva e inamovible nunca podrá ser alcanzada. Aun así, considero que la búsqueda de delimitaciones más precisas de las fases de comunicatividad de los objetos constituye una tarea relevante.
1. Nivel básico de comunicatividad: comunicatividad indiferenciada (Ci)
Existe una cierta comunicatividad básica inherente a todo objeto material, ya sea artificial o natural. Se trata de una comunicatividad indiferenciada y anterior a toda clasificación. Esta comunicatividad en sentido amplísimo involucra un “hacer ver” o “hacer saber” de cualquier tipo. En este sentido, podríamos decir que el musgo en el costado del tronco de un árbol “comunica” la dirección del sur, o que una piedra en el suelo “comunica” su capacidad de golpear una superficie con fuerza. Es decir, un objeto es capaz de indicar la presencia de sus affordances, potencialidades u ofrecimientos técnicos. Este tipo de affordances (“propiedades”, según Dipert) se captan por percepción directa, informada por habitualidad y experiencia. Este nivel básico de comunicatividad estaría tematizado por los “instrumentos” en Dipert[3]. Ahora bien, en otros sentidos, también amplios, se podría decir que un objeto comunica el hecho de que ha sido modificado por un agente (artificialidad), su “durabilidad” (Dipert, 1995, p.128), su función, su modo de operación, su condición de símbolo de estatus o autoridad, su valor religioso, estético (Dipert, 1995, p. 124), o también podría decirse que un objeto comunica si su batería se está agotando, qué temperatura hace en el exterior, cuántos kilómetros faltan para llegar a una ciudad o que alguien ha ingresado por la puerta, etc. A esta comunicatividad básica, de primer orden, común a todos los objetos, que simplemente “hace ver algo”, o “ponen en común un estado de cosas”, la llamaré comunicatividad básica o indiferenciada (Ci). En ella, todos los objetos coinciden. Se trata de un modo de comunicatividad tan amplio que propiamente no clasifica ningún grupo, sino que más bien opera como el material para posteriores clasificaciones. Los instrumentos de Dipert solo pertenecerían a este nivel básico de comunicatividad.
2. Comunicatividad de la artificialidad, C1
Existe otro nivel de comunicatividad, más específica, que es el que en Dipert queda abarcado por las herramientas (aunque propiamente él reserva la comunicatividad para los artefactos). En este nivel, la comunicación consiste en la indicación de que el objeto ha sido modificado para perfeccionar sus affordances. El carácter modificado (o “artificialidad”) se hace accesible a la experiencia por medio de la percepción directa, informada por habitualidad, y un cierto “estilo empírico del mundo” (Husserl, 2008, p. 73). Esto significa que caracteres como la regularidad de las formas, la simetría de la figura, la uniformidad o variedad de los materiales, y, sin dudas, el contexto de aparición y su posición en el espacio pueden ser capaces de comunicarnos que el objeto ha sido intervenido por un agente. Desde luego, la captación de la artificialidad de algo tiene carácter de conjetura, y por lo tanto puede fallar; en estos casos de falla de la conjetura, percibimos un objeto no modificado como artificial, o viceversa. Este tipo de comunicatividad no es común a todos los objetos materiales (como sí lo era el primero), sino solo a los que se captan como hipotéticamente intervenidos y modificados. Llamaré C1 a esta comunicatividad que informa de manera fundamental la artificialidad del objeto. Las herramientas de Dipert se encontrarían en este nivel.
3. Comunicatividad explícita, C2
Ahora bien, existe un nivel de comunicatividad más explícito que los anteriores. En este nivel, los objetos no comunican cualquier dato, de cualquier tipo en general (Ci), ni tampoco comunican únicamente el dato más particular de que han sido modificados (C1), sino algo incluso más específico: un dato adicional a su artificialidad que puede tener contenidos muy diversos y múltiples subfases. Por ejemplo, un objeto puede indicarle al usuario por dónde debe ser sostenido, o en qué dirección debe colocarse el filo, o informar hacia dónde queda el sur, o la prohibición de tomar fotos. Cada una de estas subfases de comunicatividad ameritan ser diferenciadas en clasificaciones. En el nivel de comunicatividad C2, el dato indicado se explicita aún más que en el nivel C1: dicho dato se desambigua, y adicionalmente, lo que se detecta es algo más que las posibilidades causales y físicas del objeto, como ocurría en el caso de un martillo sin colores ni marcas particulares. En C1 se captaba, por ejemplo, la artificialidad, la solidez, la regularidad, y existía una conjetura acerca de la operatividad y los procesos físicos que el objeto puede facilitar o desencadenar, pero no había aún una aclaración específica y circunscripta que buscara reducir la ambigüedad de la interpretación perceptual-causal. En este segundo nivel de comunicatividad (C2), a la fase C1 se le ha añadido, de diversas maneras, lo que denominaré circunscripciones de las posibilidades interpretativas, las cuales pueden referirse a numerosos aspectos, pero todos ellos exceden en cierto sentido lo que la percepción y detección de estabilidades causales nos pudo informar en el nivel C1. Ahora bien, dado que el nuevo nivel al que aquí me refiero puede realizar indicaciones acerca de procedimientos o estados de cosas de muy diversa índole, es importante realizar una subdivisión dentro de este. Este nivel quedará subdividido dependiendo de tres categorías: referente de lo comunicado, el contenido comunicado y el origen de lo comunicado.
3.1. El referente
Llamo referente a aquello acerca de lo cual algo realiza una indicación, o bien aquello sobre lo cual es dirigida la atención del agente en última instancia. Veremos que el acerca de lo cual puede variar ampliamente, por lo que las diversas experiencias merecen atención por separado. Los referentes de los objetos comunicativos pueden dividirse en dos grandes grupos: aquellos que apuntan a algo diferente de ellos mismos o aquellos que apuntan a su propia estructura. A su vez, aquellos que apuntan a algo diferente de ellos mismos pueden referirse a un nexo de encadenamientos causales, al mundo de la praxis o al mundo del texto.
3.1.1. El objeto mismo como referente
En el caso de la comunicatividad más básica e indiferenciada (Ci), el instrumento que aparece ante nuestra percepción puede poseerse a sí mismo como aquello acerca de lo cual se realiza la indicación, a saber, que él mismo posee ciertos ofrecimientos técnicos que son beneficiosos para un fin. Este es el caso de la roca, que, por percepción directa y habitualidad del observador, anuncia que ella es capaz de golpear con fuerza.
En un nivel de complejidad mayor, C1, el objeto puede tenerse a sí mismo como referente, al indicar que ha sido modificado para perfeccionar alguna de sus propiedades. Desde luego, es posible equivocarse en lo que respecta al carácter artificial de algo.
Avanzando hacia un nivel de complejidad[4] mayor, C2, un objeto puede comunicar acerca de sí mismo aspectos de muy variada índole, por ejemplo, que debe ser sostenido u operado de cierta manera, que su batería se está agotando, que constituye un objeto lujoso o que su dueño se llama “Juan”. Lo que se comunica en cada caso acerca de cada referente constituye una categoría fundamental y muy variable, tanto que será analizada y diferenciada en la siguiente categoría, llamada “contenido”.
3.1.2. Lo diferente del objeto como referente
Es posible que un objeto o estado de cosas indique algo distinto de sí mismo, es decir, no llame la atención sobre una de sus propiedades o características, sino sobre algún aspecto diferente. En el nivel indiferenciado y básico de comunicatividad Ci, por ejemplo, el musgo en el costado de un árbol indicaba la dirección del sur. En este caso, el referente sería algo distinto del objeto, la indicación consistiría simplemente en la detección por parte de un observador del nexo causal entre un fenómeno y el otro; lo único “artificial” sería la mirada descubridora que ubica algo dentro del marco del interés práctico, algo que Heidegger llamaría “circunspección” (Heidegger, 2006, p. 97). En un nivel de mayor complejidad, un objeto puede tener algo diferente de sí mismo como su “acerca de qué”, por ejemplo, una brújula que indica la dirección del polo sur, un reloj que indica la hora, un cartel que indica la distancia a la que se encuentra una ciudad, o bien detalles vistosos de un objeto que indican que su dueño se encuentra en una posición de autoridad. Ahora bien, debido a su enorme variedad, cabe realizar una subclasificación dentro de esta serie de referentes “exteriores”. En todos los casos, se podría afirmar que el referente exterior por excelencia es “el mundo”. Pero debemos determinar al menos tres sentidos de mundo.
3.1.2.1. El referente como nexo de encadenamientos causales
Este nivel nombra el referente exterior teórico-causal. Los objetos que tienen como referente algo diferente de ellos mismos son, por antonomasia, los instrumentos de medición: brújulas, termómetros, detectores de metales, veletas, sismógrafos, radares, telescopios, etc. Ellos ofrecen información acerca del mundo, y frecuentemente lo hacen a través de la mediación de una serie de inscripciones (surgidas de un saber teórico) realizadas sobre ellos –por ejemplo, las líneas y números de un termómetro–.
También podría decirse, aunque nuevamente en un nivel extremadamente básico de comunicatividad, que el musgo indica algo diferente de sí mismo, y que lo hace por quedar inscripto en un encadenamiento causal (el lado sur de los árboles recibe, en el hemisferio sur, más sol que el lado norte). Sin embargo, una vez más, el grado de artificialidad resulta tan bajo que fácilmente se desliza hacia el nivel básico e indiferenciado Ci. Por ello, no considero en profundidad casos de este segundo tipo.
3.1.2.2. El referente como mundo de la praxis
También podría hablarse aquí del mundo de la vida (Lebenswelt) como referente. Los objetos cuyo referente es el mundo de la praxis no buscan hacer visibles fenómenos o nexos de tipo causal físico sino entramados de comportamiento y de agencia ensamblada entre humanos y no humanos. No es difícil detectar que existe una diferencia entre un termómetro de vidrio y un cartel que indica “haga su pedido aquí”. Sin embargo, sí resulta complejo determinar en dónde radica específicamente la diferencia. El termómetro, que indica la temperatura, depende al menos de tres factores para su uso y funcionamiento: a) la presencia de una materia capaz de reaccionar de manera estable, previsible y reproductible ante un estímulo (algo que más adelante llamaremos espécimen); b) un espacio abierto en su propia estructura dispuesto para la introducción de modificaciones; y c) un armazón teórico más o menos implícito que posibilita la comprensión del resultado de su operación y lo vuelve observable para el usuario (algo que más adelante llamaremos interfaz). El cartel de “haga su pedido aquí”, en cambio, no posee ninguna de estas características. La información ofrecida no ha sido obtenida por el análisis de un espécimen, o dicho de otra forma, la información no posee una base causal[5]. Objetos como este cartel indican de manera más o menos explícita cómo interactuar con otros agentes y objetos que no son él mismo. De este modo, un aparato con una inscripción que indica “presione aquí” nos instruye sobre cómo debemos comportarnos, pero aquello hacia lo cual se vuelca nuestro comportamiento es un aspecto del objeto mismo, por ejemplo, un botón. En cambio, los objetos que refieren al mundo de la praxis ordenan, sugieren, indican, qué debemos hacer o dejar de hacer, en relación con algo diferente de ellos mismos, y muy frecuentemente, con independencia de un conocimiento teórico de las causalidades del mundo. El mundo referido en este caso es un mundo interconectado de entes, actividades, actitudes y procedimientos humanos que, la mayor parte de las veces, no se ha configurado de manera objetivante o tematizante, sino por la simple habitualidad del ser-en-el-mundo (Heidegger, 2006, pp. 79 y ss.). Es esa misma habitualidad mundovital la que ha dado origen, por acción de un agente humano, al cartel que sugiere u ordena un comportamiento. Los objetos cuyo referente es el mundo en este sentido ayudan a orientarse pragmáticamente en el mundo compartido.
Ahora bien, en un sentido diferente pero fundamental, un objeto de esta clasificación puede hacer visible otra serie de aspectos que tienen sus raíces en el entramado pragmático del mundo y la comprensión primaria asociada a él (Heidegger, 2004, p. 119). Por ejemplo, la corona de un rey, que indica que el portador se ubica en un lugar de autoridad, o la figura y material de un costoso reloj que indica (además de la hora) que el dueño tiene dinero, o un pórtico adornado con ciertas imágenes que nos indica que ingresamos a un lugar de adoración religiosa. Todos estos objetos hacen referencia a algo diferente de ellos mismos, y llaman a un determinado posicionamiento pragmático de los usuarios. Estos objetos suelen ser más públicos y visibles, y están dispuestos para ser empleados por muchos agentes constantemente. Desde luego, en el caso de estos objetos, la noción misma de “usar” o “utilizar” adquiere una connotación particular. “Usar” no significa ya operar las partes del aparato, tomarlo entre manos y accionar sus piezas, sino saber orientarse pragmáticamente en un mundo público común (Heidegger, 2006, p. 105) por el hecho de haberse colocado dentro de la órbita de influencia e indicatividad del objeto. La mayor parte de las veces, este tipo de objeto no requiere un contacto físico directo con sus partes o superficie, sino que modela nuestra conducta “a distancia”. Usarlo no es operar sus piezas, sino organizar la conducta en función de su presencia en el contexto pragmático.
En este punto, cabe realizar dos aclaraciones: en primer lugar, es fácil notar que, en cierto sentido, todos los objetos técnicos llaman a realizar algún tipo de modificación en la praxis de los agentes, incluso aquellos que ofrecen información altamente teórica acerca del universo causal. De hecho, se podría afirmar, junto con Heidegger, que toda teoría constituye al mismo tiempo una modalidad de la praxis (Heidegger, 2006, p. 97). Sin embargo, los objetos del tipo que aquí presento poseen esta organización de los posicionamientos prácticos como su estabilidad dominante. En cambio, si bien un termómetro que indica la temperatura puede desencadenar la conducta de buscar un abrigo, su estabilidad principal, y el motivo de su reproductibilidad a través del tiempo, no es el de ordenar los comportamientos asociados a la vestimenta de los usuarios, sino el de informar un dato mesurable acerca de un aspecto del mundo (el cual puede, en un segundo momento, desencadenar comportamientos que suponen un entramado relacional de un grado de teoricidad bajo). Esta situación nos muestra que, como habíamos indicado al comienzo, nos movemos en un gradiente, donde las distinciones nunca llegarán a ser definitivas, pero que, sin embargo, pueden realizarse diferenciaciones relevantes entre niveles de comunicatividad.
3.1.2.3. El referente como mundo del texto/de la obra
Por último, un objeto puede hacer referencia a algo distinto de sí mismo que no es un fenómeno causal del mundo físico ni un comportamiento o praxis dentro de una red pragmática humana concreta, sino más bien hacer referencia a un nexo significativo interior al entramado semántico que el propio objeto conforma. Me refiero especialmente al caso de libros, textos u obras en general que proponen un universo de significados, y luego realizan indicaciones asociadas a ese mismo universo por ellos fundados. Por supuesto que este tipo de objetos puede referirse a algo distinto de ellos mismos en tanto contexto pragmático o mundo de la praxis, pero ese mundo tiene el carácter de un ámbito de significación constituido por el objeto mismo. Estos objetos no suelen estar instalados en medio del contexto pragmático al que hacen referencia ni tampoco suelen sugerir una modificación de los comportamientos dentro de ese contexto inmediato. La plenificación de las expresiones que se realizan en estos objetos no ocurre por vía de intuición directa, y si ocurre que ellos sugieren o indican una modificación en la conducta, esta no se refiere a una actividad inmediata por ser ejercitada en las inmediaciones del objeto.
No profundizaré la cuestión del referente de los textos como objetos comunicativos, puesto que dicha tarea me llevaría a interminables discusiones acerca de la significación, los objetos, las expresiones, la verdad y los tipos de enunciación, así como innumerables cuestiones asociadas a la gramática y la sintaxis, e incluso teorías acerca del arte. Solo quería destacar que los textos escritos también deben ser considerados objetos técnicos, teniendo en cuenta su ineludible base material.
3.2. El contenido
Considero que el reemplazo de la idea de creencia por la de contenido de la comunicación será capaz de disipar algunos problemas de las afirmaciones de Dipert. Mientras que la noción de referente indicaba el “acerca de qué” de la comunicatividad, la noción de contenido indica el “qué se dice” acerca del referente. Cabe destacar que todos los modos de ofrecimiento del contenido pueden o no darse por medio de la presencia de inscripciones o textos escritos sobre la superficie del objeto; la cuestión de las inscripciones quedará como temática de una futura investigación.
En todos los casos de captación de contenidos, la posición del objeto en el espacio puede desempeñar un papel muy relevante; por ejemplo, si un objeto se nos presenta en la cercanía de un gran cuerpo de agua, habría motivos para conjeturar que este cumple con una función asociada a la pesca, la navegación, la recolección o la supervivencia; o bien, si un objeto se presenta dentro de un cuarto o un lugar elevado o muy visible, podría inferirse que su función se asocia a llamar la atención de los usuarios, o a destacar la jerarquía de quien lo emplea. Los contenidos pueden ser de diversos tipos y un mismo objeto puede ofrecer muchos tipos de contenidos al mismo tiempo.
3.2.1. La propiedad como contenido
Este contenido de la comunicatividad constituye el nivel más básico posible, y coincide con la característica principal de los instrumentos de Dipert, a saber, la presencia de una propiedad que puede resultar beneficiosa para una tarea. De este modo, una piedra puede indicar acerca de sí misma (en tanto referente) que ella posee la propiedad de realizar golpes sobre una superficie.
3.2.2. La artificialidad como contenido
Se trata del contenido que indica que algo ha sido modificado para perfeccionar sus propiedades en vistas a un fin. Este contenido se presupone en todo lo artificial, al punto que destacar la presencia de este contenido al analizar la comunicatividad de un objeto técnico puede resultar redundante. Sin embargo, es importante destacar la existencia de este contenido. El problema de cómo se capta la artificialidad de un objeto ya ha sido mencionado con anterioridad, y ya indiqué que la detección de la artificialidad no es una actividad infalible.
3.2.3. La función como contenido
Me refiero a la tarea que realiza el objeto, al menos, en su estabilidad dominante[6]. Es posible captar la artificialidad de algo (C1) sin captar la funcionalidad, por ejemplo, en el caso de objetos antiguos claramente fabricados o modificados por un agente, pero cuya función resulta difícil o imposible de recomponer. La función del objeto puede estar anunciada en su estructura, su figura, sus materiales, pero en otras oportunidades la captación de la función del objeto debe ser reforzada y acompañada por otros indicadores, inscripciones, señales, etiquetas, etc. Sin dudas, la captación de la función puede darse por diversas vías. Nadie que se expone por primera vez a un termómetro comprende de inmediato su función, pero algo distinto podría decirse de quien se expone a la captación de un cuchillo. Cuanto más cercana se encuentre esta captación a la percepción simple de las propiedades físicas, más cerca nos encontraremos de objetos pertenecientes al nivel de comunicatividad C1. Cabe destacar que el reconocimiento de la función depende de la habitualidad, y tiene carácter de conjetura, por lo que el error es siempre posible.
3.2.4. La operación como contenido
La función y el modo de operación o funcionamiento no son equivalentes. La función indica la referencia a fines, es decir, el “para qué”; en cambio, el modo de operación hace referencia al procedimiento necesario para poner en acción el objeto, o sea, se refiere a la praxis involucrada. Una misma función puede realizarse por medio de diversas operaciones (por ejemplo, perforar golpeando o perforar torciendo). Desde luego, la indicación del modo de operación también puede aparecer con diverso grado de explicitud y también opera por la vía de la conjetura. La operación puede estar anunciada en la figura, forma y materiales del objeto; por ejemplo, en una tijera de estilista, la presencia de dos huecos para introducir el índice y el dedo mayor en un lado, y un hueco para el pulgar en el otro, o bien manijas fabricadas de un material plástico antideslizante. La operación también puede comunicarse de forma más explícita, por ejemplo, por medio de una inscripción, como una flecha. Diversos modos de indicación (comunicación) de la operación pueden coexistir. Por ejemplo, una flecha y una inscripción de “presione aquí” realizada sobre unas manijas de plástico antideslizante de un color llamativo. En este punto cabe realizar una importante aclaración: el modo de operación no necesariamente debe referirse a una operación que se realiza sobre el objeto mismo, sino a cómo debe proceder el usuario sin afectarlo físicamente, por ejemplo, en el caso del cartel que indica “haga la fila aquí”. El uso correcto del cartel es orientar la conducta en el mundo de la praxis en conformidad con la indicación que él presenta. En otras palabras, en cuanto al referente, el cartel se orienta a algo distinto de sí mismo, y en cuanto al contenido, este indica un modo de operación (comportamiento) del usuario que se coloca dentro de su órbita. Este ejemplo confirma que pueden existir superposiciones y solapamientos entre todas las fases de contenidos, referentes, propiedades, funciones, operaciones, etc. Los niveles de comunicatividad constituyen un gradiente, y no una serie de compartimentos fijos.
3.2.5. La dimensión simbólica como contenido
La detección de estos contenidos es posibilitada por la experiencia mundovital y cultural de los observadores, y aun así, pueden permanecer indetectados, sutiles o subliminales. No es un conocimiento teórico y tematizante acerca de las vinculaciones causales y físicas del mundo lo que nos permite reconocer, por ejemplo, la indicación jerárquica presente en un objeto, sino la sedimentación de nuestro ser-en-el-mundo histórico, público y compartido. Tampoco es suficiente la percepción directa. Es necesaria la vivencia de un complejo sistema valorativo que organiza las relaciones dentro de una cultura. Como ocurre con todos los estratos que observamos, el contenido simbólico o valorativo puede tener al mismo tiempo al objeto mismo como referente, o al portador, o al espacio de aparición, etc. Por ejemplo, una comunicatividad de un contenido simbólico ocurre en aquella fase en la que el objeto indica su propio valor comercial, ya sea por la delicadeza de sus detalles, materiales o terminaciones, o por la inscripción de una marca o logo en su superficie, o bien por extensión, que indica el poder adquisitivo del portador. Esta fase de contenido también puede indicar la posición del objeto o portador dentro de un sistema jerárquico, por ejemplo, la corona de un rey, o las amplias dimensiones de la silla del CEO de una empresa. La posición que un objeto ocupa en el espacio, que, como argumentamos, puede ser considerada una propiedad comunicativa, también es capaz de ofrecer indicaciones del tipo que aquí presento; por ejemplo, la colocación de una silla en un extremo de una habitación, enfrentada a numerosas sillas orientadas en la dirección contraria, puede indicar un puesto de jerarquía, ya sea para la silla o para su usuario. Considero que este es el nivel de contenido donde podrían ubicarse aquellas “propiedades estéticas” de Dipert. También ubicaríamos dentro de este tipo de contenidos aquellos objetos que comunican su propia vinculación con un contexto religioso de adoración o contemplación.
3.2.6. La procedencia o estado como contenido
En este caso, el referente y el contenido se aproximan notoriamente, es decir, aquello sobre lo cual (referente) se hace la indicación es la propia estructura del objeto, y aquello que se indica (contenido) es algún detalle acerca del estado en que se encuentran sus partes, componentes o variables. Con todo, a pesar de su cercanía, es posible diferenciar estas dos dimensiones. Por ejemplo, la ranura en la carcasa de un dispensador de toallas de mano opera como una propiedad comunicativa que indica al usuario la cantidad de toallas disponibles. En este caso, el referente de la comunicación es el propio dispensador, pero el contenido es la cantidad de papel disponible. En un sentido similar, un objeto puede indicar “que le queda poca batería”, “que pertenece a Juan” o “que ha sido fabricado por la empresa Acme”. Algunas de estas indicaciones pueden ofrecerse por medio de inscripciones textuales sobre la superficie del objeto y otras por otros medios, como dibujos, signos o coloraciones particulares. Hay una diferencia entre un contenido que se dirige “hacia adentro” del objeto y uno que se proyecta “hacia fuera”. Los que se proyectan hacia “fuera” no pertenecen al tipo de contenido que aquí presento, sino al que veremos a continuación, que indica algún dato acerca de un aspecto o estado del mundo. La diferencia podría hacerse visible en la comparación de una inscripción que dice “Córdoba” sobre la superficie de un souvenir, o la inscripción “Córdoba” en un cartel verde en el ingreso de dicha ciudad. En el primer caso, “Córdoba” es una indicación que visibiliza un dato o carácter propio del mismo objeto, a saber, su procedencia; en el segundo caso, “Córdoba” hace notorio el ingreso a la ciudad, pero no indica nada acerca del propio cartel, sino acerca de la frontera entre provincias. Sin dudas, muchas combinaciones posibles de objetos pueden aparecer si se vinculan tipos de referente con tipos de contenido.
3.2.7. El comportamiento como contenido
En el caso de aquellos objetos que tengan al mundo de la praxis como referente, puede realizarse la distinción de cuál es la conducta sugerida o solicitada en cada caso. Por ejemplo, un cartel que indica “haga su pedido aquí” posee al mundo circundante de, digamos, una cafetería como referente, pero el contenido de lo comunicado no es que nos encontramos en una cafetería, sino dónde debemos realizar el pedido.
3.2.8. El mundo causal o estado de cosas como contenido
En este nivel, lo que el objeto comunica no es un detalle de su propia composición, ni de su procedencia, ni un comportamiento que deba ser observado, ni la jerarquía del portador, sino un dato, frecuentemente con un nivel elevado de tematización y objetivación, acerca del mundo en tanto complejo de nexos causales. Los contenidos de este nivel son frecuentemente resultado de mediciones realizadas sobre muestras del mundo, para cuya recepción el objeto está preparado y dispuesto. En términos de contenido, puede tratarse de información de muy diverso tipo; estos tipos pueden diferenciarse según el grado de comprensión teórica requerida para interpretar el dato. Así, encontramos niveles básicos, como la campana que anuncia que alguien ha ingresado a un negocio, la veleta que indica la dirección de viento, la pava silbadora que anuncia el hervor del agua, la brújula que indica la dirección del sur, el termómetro que indica la temperatura exterior o un electrocardiógrafo que comunica la frecuencia cardíaca. Cada uno de estos ejemplos implica algún tipo de percepción especializada, es decir, una experiencia de lectura; sin embargo, el nivel de especialización necesario para dichas lecturas puede requerir, en algunos casos, altos grados de entrenamiento en conceptos teóricos y principios que rigen los armazones científicos que han dado origen a estos objetos. En otras ocasiones, es suficiente con la sedimentación de la experiencia mundovital cotidiana. En cualquier caso, estos objetos ofrecen por diversas vías información acerca del mundo que los rodea, pero no en un sentido estético o valorativo, sino más bien causal e inmediato.
Los objetos cuyo contenido es un estado de cosas del mundo suelen poseer algún tipo de inscripción, marca, símbolo o texto sobre su superficie o display.
3.3. El origen del contenido
Este punto distingue de dónde se obtiene la información que el objeto comunica, ya sea una comunicación acerca del propio objeto o acerca de algo diferente de él, y ya sea un entramado simbólico cultural o un tejido causal tematizado. La procedencia de la información es un dato relevante para refinar la estratificación de fases de la comunicatividad, ya que manifiestamente las experiencias de uso de un cartel de “alto” y el de un detector de metales son diferentes. Los puntos de originación de la información pueden ser muy diversos, por ello los reúno teniendo en cuenta un carácter fundamental: si hay o no una vinculación causal entre lo comunicado y el contexto o mundo del que ha surgido. No me refiero aquí al nexo causal de la fabricación o la autoría por parte de un agente. Me refiero a un nivel más explícito y circunscripto. La clave para diferenciar orígenes de contenido radica en determinar si la información ha sido obtenida activamente del mundo como un espécimen (origen causal del contenido) o si ha sido obtenida en un acto fundacional o “bautismal”, que no se ve afectado por las variaciones del mundo (origen no causal del contenido).
3.3.1. Origen causal del contenido
La información que el objeto ofrece ha sido obtenida a través de una operación realizada sobre un elemento externo que ha sido incorporado a su estructura. Este elemento que provoca variaciones en la información ofrecida por el objeto puede ser considerado un espécimen o muestra (Baird, 2004, p. 68). En este tipo de objetos que ofrecen información obtenida del medio, al menos una de las variables involucradas en la operación del aparato es externa, o mejor dicho, el objeto presenta en su estructura un elemento o espacio propicio para recibir un aspecto del mundo o input en diversas formas; por ejemplo, una balanza que posee una pieza plana dispuesta a recibir un objeto pesado que, por diversas vías (resortes, celdas de carga, etc.), indica el grado de deformación o tensión producida en el artefacto, lo cual se traduce, por medio de una interfaz con números y marcas, en el peso del objeto suministrado. En los objetos que ofrecen información por vía causal, una o varias piezas están permanentemente abiertas a la incorporación de muestras variables. Los objetos de este tipo pueden mostrar muy diversos niveles de complejidad: veletas, brújulas, diales de sol, termómetros, radares, etcétera.
3.3.2. Origen no causal del contenido
Existe otro tipo de artefactos en los que, si bien la información ofrecida se refiere a algo distinto de ellos mismos, ella no ha sido obtenida causalmente del mundo por medio de la introducción de un elemento variable en la estructura predispuesta del artefacto, sino por medio de un cierto acto bautismal, donde la referencia a algo distinto de ellos ha quedado grabada de manera estable, de manera tal que los cambios en el referente no provocan modificación en la información ofrecida, puesto que estos objetos no poseen una fase abierta a la introducción de especímenes o variables. Casos paradigmáticos de este tipo de objetos son los carteles, etiquetas, marcas, señales y signos. Un cartel con la inscripción “Bienvenidos a Córdoba” no ha obtenido la información que ofrece de una pieza de su estructura que mide constantemente la posición de la frontera. El cartel seguiría dándonos la bienvenida aunque la ciudad hubiese desaparecido por un cataclismo; por el contario, una balanza a la que se le niega cualquier tipo de espécimen para pesar no nos ofrecerá ninguna información valiosa hasta que su mecanismo se ponga en funcionamiento por acción externa. Los objetos que aquí indicamos, o más propiamente, sus fases comunicativas no causales, pueden poseer muy diversos referentes y contenidos, por ejemplo, una etiqueta que indica “este lado hacia arriba” pegada sobre la superficie de una memoria USB tiene como referente al objeto del que forma parte, y tiene como contenido su propio modo de operación; un cartel que indica “Haga su pedido aquí” tiene como referente algo distinto de sí mismo (el mundo de la praxis) y como contenido el modo de operación (en este caso, el modo de comportamiento del usuario).
Conclusiones
Hasta este punto intenté presentar una primera estratificación de las fases de comunicatividad que pueden encontrarse en los objetos técnicos en un intento por clarificar una serie de cuestiones que aparecen entremezcladas en la filosofía de Dipert y en las concepciones tradicionales acerca de los artefactos en general, a saber, la noción de que todos ellos comunican en uno u otro sentido, pero sin ahondar en cuáles pueden ser esos sentidos. La estratificación que propongo no pretende ser exhaustiva en modo alguno. Mi propuesta es consciente de que todos estos niveles y categorías existen en un continuum o gradiente donde ninguna clasificación resulta definitiva. Con todo, considero una tarea relevante y necesaria la de aportar mayor claridad y distinciones más rigurosas a un área temática que puede presentarse de manera desorganizada.
Este capítulo ha dejado sin tematizar una serie de cuestiones que deberán ser analizadas en investigaciones venideras, tales como el problema de la relevancia estructural de las inscripciones y la posibilidad de proponer un nivel altamente paradigmático de objetos comunicativos, que podría denominarse “C3”. Dentro de este nivel prototípico, sería necesario analizar cuestiones como el isomorfismo de la información ofrecida, la presencia y papel de las interfaces, la presencia o ausencia de transducciones, la equivalencia o incompatibilidad entre la fase de obtención y la fase de ofrecimiento de la información, etcétera.
Por medio de este análisis, intenté realizar un aporte al problema general de la agencia de los objetos técnicos, destacando que la comunicatividad constituye un modo fundamental de la posibilidad que los objetos tienen de hacer o introducir cambios en el mundo y en las creencias y comportamientos humanos.
Bibliografía
Baird, D. (2004). Thing Knowledge. A Philosophy of Scientific Instruments. University of California Press.
Dipert. R. (1995). “Some Issues in the Theory of Artifacts: Defining ‘Artifact’ and Related Notions. The Monist, 78(2), 119-135.
Heidegger, M. (2004). Lógica: la pregunta por la verdad. Madrid: Alianza. Versión española de J. Alberto Ciria.
Heidegger, M. (2006). Ser y tiempo. Madrid: Trotta. Traducción y notas de Jorge Eduardo Rivera.
Husserl, E. (2008). La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Buenos Aires: Prometeo.
Ihde, D. (2009). Postphenomenology and technoscience: the Peking University lectures. Nueva York: SUNY Press.
Ihde, D. (1990). Technology and the Lifeworld: From Garden to Earth. Indiana: Indiana University Press.
Parente, D. y Mascaró, L. (2024). “Hermeneutic relations and interfaces: linking agents, artifacts and environment”. En Techné, Research in Philosophy and Technology (en prensa).
- Un ejemplo de instrumento sería una piedra en el suelo, en la cual se detecta la capacidad de golpear con fuerza.↵
- Un ejemplo de herramienta sería un martillo, que puede concebirse como una serie de modificaciones y añadiduras realizadas sobre la capacidad percutiva de un elemento sólido y pesado.↵
- Aunque él reserva la comunicatividad únicamente para los artefactos, y no menciona nada parecido a una comunicatividad indiferenciada.↵
- Cuando hablo de “complejidad”, me refiero a la creciente circunscripción de las posibilidades interpretativas acerca de la estabilidad dominante del objeto.↵
- Analizaré esta categoría en el punto 3.3.↵
- La categoría de la función como contenido podría amplificarse incluso para referirse a la captación de la función no precisamente de un objeto, sino de una propiedad o elemento del objeto; por ejemplo, puede detectarse la función del martillo, pero también puede detectarse, en una operación de análisis más reducido, la función del color brillante de su mango.↵






