Estela Chardon
La comunicación familiar
La comunicación sobre el origen es una parte de la comunicación familiar. Tapia (2008) plantea que, si bien todos/as creemos saber de qué se trata (Koerner y Fitzpatrick, 2002), al mismo tiempo tenemos una idea diferente sobre su definición. Para algunos/as autores/as (Segrin y Flora, 2005), la comunicación implica cualquier tipo de creación de códigos, de tal modo que otras personas puedan comprender y darle un significado y un sentido, por lo que la definen como un proceso en el que los sujetos crean, comparten y regulan significados (Tapia, 2008).
Segrin (2006) realizó una investigación sobre la relación entre el bienestar de los/as individuos y la comunicación familiar. Estableció la dirección de causalidad en dos sentidos: en uno podemos ver que la calidad de las relaciones familiares afecta y mantiene la salud mental; y, a la inversa, los problemas de salud mental tienen un enorme impacto en la interacción entre los/as miembros de la familia. Cuando los vínculos familiares son disfuncionales, frecuentemente se transforman en fuentes de trastornos mentales. Para las personas, el sentido de bienestar está vinculado con la naturaleza y calidad de sus relaciones personales, cuya base la constituye la confianza.
Los secretos familiares
Un secreto de familia se ha definido como la ocultación intencional de información por parte de uno/a o más miembros de la familia sobre los/as otros/as miembros (Berger y Paul, 2008). Al tratar con secretos familiares, según Imber-Black (1993), las preguntas de quién sabe el secreto y quién no lo sabe son centrales. Varios autores han enfatizado que, en los secretos familiares, la información retenida suele ser de importancia para aquel a quien se le oculta la información porque podría tener impacto en su vida (Berger y Paul, 2008; Bok, 1982).
Imber-Black (1998) sugiere que el secreto no es saludable, plantea que puede ser tóxico o peligroso y altera seriamente las relaciones familiares (Imber-Black, 1998), que crea barreras o alianzas y afecta la comunicación familiar. Los/as miembros de la familia pueden experimentar tensión, ansiedad, soledad y síntomas relacionados con el estrés, como insomnio, dolores de cabeza o musculares, cambios en la alimentación, entre otros (Imber-Black, 1998).
En nuestra cultura se promueve la comunicación abierta, y la apertura se considera un signo de una relación saludable (Merrill y Afifi, 2015). Incluso, algunos/as autores/as plantean que existe una ideología de la apertura (Afifi et al., 2016).
La investigación sobre los secretos familiares no es una tarea fácil, y la obtención de datos plantea un desafío debido a la naturaleza de los secretos y el miedo de los/as miembros de la familia a las reacciones negativas frente a la revelación (Deslypere y Rober, 2020). Esto puede tenerse en cuenta al evaluar la posibilidad de mantener secretos; la tensión, el miedo a ser descubierto/a, la sensación de engaño, la desconfianza aparecen generalmente ligados a ellos.
La investigación, por lo tanto, se basa muchas veces en casos clínicos, donde se ve la lucha interna que se genera en los/as pacientes que plantean la dicotomía entre la revelación o el ocultamiento. Los estudios de caso de Imber-Black la llevaron a concluir que un enfoque único para todos no se aplica al secreto, ya que no hay dos familias que elaboren de igual modo la existencia de secretos.
La pregunta en este caso que nos compete es: ¿por qué la donación se transforma en un secreto familiar?
La comunicación sobre el origen
En el ámbito de las TRHA, se entiende por comunicación sobre el origen a la información sobre la forma de concepción. En un interesante trabajo, Jociles Rubio y Lores Masip (2018) plantean que el concepto de los orígenes cuando hay participación de terceros quedaría en los márgenes del núcleo normativo del parentesco y la pertenencia familiar, lo que contradeciría la filiación por adopción, donde el vínculo no genético es aceptado social y culturalmente.
Las estrictas afirmaciones del movimiento en contra del anonimato (McGee et al., 2001) se fueron ampliando para incluir posiciones más complejas, donde, en cada núcleo familiar, la representación del origen se construirá como un significado individual que será amplio y diverso para los/as distintos/as integrantes. Siguiendo a White y Epson (1993), las historias que crean las personas sobre sus vidas determinan a la vez la atribución de significado a sus vivencias y un recorte de los aspectos de la experiencia que van a expresarse. Esta construcción de una narrativa personal de la propia vida son relatos que moldearán y regularán su conducta.
Si bien se ha llegado a un cierto consenso sobre la importancia de comunicar la forma de concepción, en el campo académico hay muchas diferencias en relación con el tipo, la cantidad y la calidad de la información a la que se puede acceder según el tipo de legislación que rige en cada país. Los investigadores continúan debatiendo y planteando serias controversias, como ocurrió en la revista Human Reproduction (Pennings, 2017 y la respuesta de Crawshaw et al., 2017).
Una revisión de doce estudios (Visser et al., 2012) indicó que, si bien en todos los casos se ofreció asesoramiento a los/as receptores/as, no reflejaron un consenso acerca de cuándo y cómo se debe ofrecer orientación o psicoeducación sobre el problema de la divulgación o el secreto. Alrededor del 50 % de los padres y las madres expresaron la necesidad de orientación y apoyo de un/a consejero/a luego del nacimiento. Se destacan como preocupaciones especiales el momento y modo de revelación y la posibilidad de contacto futuro con el o la donante. Visser y otros (2012) concluyen que falta conocimiento empírico sobre el asesoramiento a los padres y las madres.
La demanda de las personas nacidas
Uno de los casos más destacados ha sido el de David Gollancz (Chardon, 2018), quien, en el año 2002, relató a la prensa su historia de este modo:
Una tarde de 1965, cuando tenía 12 años, mi padre dijo que tenía algo que contarme. Entramos en mi cuarto. Explicó que, después de algunos años de intentar tener un bebé, un médico les informó que mi padre tenía un conteo de espermatozoides excepcionalmente bajo. Les habían dicho que podían considerar la inseminación artificial por donante (IAD): el esperma de otro hombre podría usarse para inseminar a mi madre. Después de varios intentos fallidos, mi hermana mayor fue concebida. Cinco años y medio después, fui concebido, también por inseminación de donante (IAD).
Mis padres no sabían casi nada sobre los donantes; solo que (como mi padre) eran judíos, casados y tenían sus propios hijos. Había sido una condición del tratamiento que mis padres aceptaran el anonimato. También acordaron que nunca nos dirían que fuimos concebidos por IAD, pero ahora pensaron que era mejor que lo supiéramos. Más de 30 años después, sigo tratando de comprender lo que me dijeron mis padres. Durante los últimos ocho años, he argumentado públicamente que los padres de niños nacidos por inseminación de donantes deben decirles la verdad sobre su concepción, y que no se debe permitir que los donantes sean anónimos (Gollancz, 2002 citado en Chardon, 2018)[1].
Como resultado del trabajo realizado por Gollancz y otros/as nacidos/as, se supo que un científico británico que dirigió una clínica de fertilidad en Londres desde mediados de la década de 1940 hasta mediados de la década de 1960 usó su propio esperma para inseminar a sus pacientes y pudo haber engendrado a cientos de niños/as. La clínica Barton, dirigida por el Dr. Bertold Wiesner y su esposa, la Dra. Mary Barton, ayudó a concebir alrededor de 1 500 niños/as. Las pruebas genéticas realizadas en 18 de estas personas en 2007 mostraron que dos tercios estaban relacionados genéticamente con el Dr. Wiesner. Ahora, dos de las personas concebidas en la clínica, David Gollancz, abogado de Londres, y Barry Stevens, cineasta de Canadá, han extrapolado esta cifra para sugerir que podría haber engendrado hasta 600 más.
Pero no fue el único caso que llegó al público en general. En el año 2012, se estrenó un documental sobre jóvenes y adultos/as concebidos/as por donantes, Anonymous Father’s Day (McDonagh, 2012). Este documental, realizado por Jennifer Lahl del Centro de Bioética y Cultura, discute la forma en que se implementan las TRHA con participación de terceros/as, reclamando por el bienestar y los derechos de los/as niños/as así concebidos/as. Cuestionan fuertemente a la industria de la fertilidad en los Estados Unidos, donde la donación anónima de esperma sigue siendo una práctica común.
En los últimos años, un número creciente de países ha legislado la donación de identidad abierta (Skoog Svanberg et al., 2019), por la cual las personas concebidas con gametos de terceros tienen acceso a la identidad de la o el donante una vez que ha alcanzado la madurez. A pesar de las controversias mencionadas, cuando se elimina el anonimato en un país o en una clínica, se lo hace sosteniendo el acceso a la información como un derecho humano y planteando que el anonimato de los/as donantes crea problemas de identidad para las personas nacidas. Destacan que, teniendo en cuenta las consecuencias significativas de decidir este tipo de tratamiento, las familias receptoras y los/as donantes podrían beneficiarse del apoyo y el asesoramiento para aumentar su confianza en la gestión de la vida familiar, asumiendo que la gestión implica tanto la comunicación como el establecimiento de vínculos saludables.
Algunos/as autores/as (Ravelingien, Provoost y Pennings, 2014) sostienen que el estudio de los efectos sociales y psicológicos de la donación de identidad abierta todavía está en desarrollo, pero lo que no se ha cuestionado es si (y en qué medida) ofrecer acceso al nombre y la dirección de la o el donante es una respuesta adecuada a tales efectos. Pennings y sus colaboradores se proponen, en el trabajo citado, dos objetivos: primero, proporcionar una revisión sistemática de las razones por las cuales los/as descendientes concebidos/as por donante (DC) quieren conocer la identidad de su donante de esperma; y, en segundo lugar, examinar en qué medida proveer información que identifique a los donantes puede satisfacer las razones mencionadas. Concluyen que las motivaciones más importantes parecen ser:
- evitar riesgos médicos y relaciones consanguíneas;
- satisfacer la curiosidad;
- conocer más sobre el sí mismo/a o completar su identidad;
- saber más sobre qué tipo de persona es el donante (información biográfica, por qué donó, etc.);
- intentar establecer una relación con el donante y/o su familia; y
- conocer sobre la ascendencia/genealogía de ellos/as.
Si consideran todas estas razones, el acceso a la identificación del donante no es suficiente. Plantean que lo que realmente necesitan quienes demandan información es un contacto (extendido) con el donante, en lugar de la mera provisión de su nombre.
Más allá de las posiciones personales de aquellos/as nacidos/as que se han destacado públicamente, paulatinamente se van acumulando investigaciones de distinto tipo sobre la experiencia de haber sido concebido por donante. Un estudio realizado con adolescentes (Zadeh, Ilioi, Jadva y Golombok, 2018) solicitó sus opiniones, pensamientos y sentimientos a través de clínicas de fertilidad y la Oficina de Estadísticas Nacionales del Reino Unido, a partir de lo cual descubrieron que las emociones más frecuentes eran indiferentes y las positivas o ambivalentes, mucho menores. Entre los/as adolescentes que no estaban en contacto con su donante, la mayoría estaban interesados en contactarlo. Y, de aquellos/as que habían establecido el contacto, todos/as manifestaron sentimientos positivos, excepto uno que se mostró ambivalente y otro que describió la experiencia como negativa. Los hallazgos contradicen la suposición de que los/as niños/as concebidos/as mediante donación reproductiva tendrían una visión negativa sobre sus orígenes al alcanzar la adolescencia. Sugieren que puede ser útil establecer una distinción entre los sentimientos de los/as adolescentes sobre su concepción en general y sus sentimientos sobre el donante en particular.
En otro estudio reciente (Daniels, 2020), personas adultas concebidas por donante, nacidas en Nueva Zelanda, fueron entrevistadas para indagar sobre sus puntos de vista y las representaciones acerca de ellos/as mismos/as, sus familias y el donante. Dos tercios de los/as entrevistados/as consideraron que la forma en que fueron concebidos/as era una parte importante de su identidad y que la habían integrado de manera positiva, remarcando que este proceso implicaba un desarrollo continuo, y afirmaban que las actitudes y valores de los padres y las madres fueron muy influyentes. Aproximadamente la mitad había conocido la historia de la construcción familiar “desde siempre”; la otra mitad había experimentado revelaciones “posteriores” y se informó que esto era inútil y perjudicial. Todos/as hablaron amorosamente de sus familias; sin embargo, se consideró que los genes eran importantes y, nuevamente, la mitad buscó contacto con su donante y cerca del 40 % también querían, o hubieran querido, conocer a sus medio hermanos/as.
El impacto de no informar
Los/as pioneros/as en el trabajo con familias formadas por donante, como Daniels o Golombok, disentían inicialmente sobre los efectos de la apertura o el secreto. Daniels ponía énfasis en la necesidad de la apertura porque entendía –de su trabajo clínico y sus primeras investigaciones– que la no divulgación creaba tensión familiar y que el secreto siempre estaba presente en la mente de los padres, lo que generaba una carga problemática, con el consiguiente impacto perjudicial en el niño (Daniels et al., 2009). Daniels y Golombok (2004, 2005), a lo largo de sus investigaciones longitudinales, habían encontrado que el ajuste familiar era adecuado, incluso en aquellas familias que no habían informado a sus hijos/as sobre la concepción por donante.
El aumento de la cantidad de casos estudiados (Golombok et al., 2013 y 2017) permitió mayor discriminación cuando se compara el grado y momento de información, considerando el tipo de donación y el formato familiar (Beeson, Jennings y Kramer, 2011).
Actualmente, Crawshaw y Daniels (2019) señalan que la reproducción con gametos de terceros es una parte cada vez más importante de la construcción familiar que desafía la comprensión social de las relaciones familiares y de “parentesco”, que las considera principalmente heteronormativas y basadas en la conexión genética. Al mismo tiempo, la comprensión de las implicaciones psicosociales a largo plazo de la donación de gametos cambia a medida que crece el conocimiento, la investigación y las experiencias profesionales y personales. Se deben considerar una variedad de significados con respecto a las relaciones, la identidad y los aspectos relacionados a la salud, que se plantean a partir de la visibilización de estos diversos tipos de vínculos.
El fenómeno más interesante que podemos destacar en los últimos años es el impacto de los test de ADN caseros, que han generado un inesperado resultado en relación con el conocimiento sobre la concepción por donante. Según Harper, Kennett y Reisel (2016), las pruebas genéticas personales son un campo en rápida expansión: más de 3 millones de personas las han utilizado para encontrar información sobre su ascendencia, y muchas están participando en bases de datos internacionales de genealogía genética que los relacionarán. Esto podría causar que los/as adultos/as que no han sido informados descubran que fueron concebidos por donantes; los padres y las madres deberán saber que el ADN de sus hijos/as revelará la falta de vinculación genética con ellos/as y los donantes sabrán que, incluso cuando las leyes establezcan el anonimato, podrán ser identificados/as por esta vía.
Evidencia empírica sobre el momento más favorable para la apertura
Tal como lo venimos planteando en otros apartados, si bien la investigación va en aumento, todavía no se dispone de estudios concluyentes. Muchos de ellos han tendido a centrarse en los/as niños/as criados/as por mujeres sin pareja (Zadeh et al., 2017a, 2017b) o por parejas igualitarias femeninas (Malmquist et al., 2014; Van Parys et al., 2016; Raes et al., 2015).
El estudio más importante que ha buscado las perspectivas de los/as niños/as concebidos/as por donantes criados en familias heterosexuales de dos padres es el Estudio Longitudinal de Familias de Reproducción Asistida del Reino Unido (Blake et al., 2014; Jadva et al., 2012). Blake y col. (2010, 2014) encontraron que, a los 7 años, los/as niños/as saben, pero entienden poco de lo que se les explicó; a los 10 años, la mayoría demuestra al menos una comprensión rudimentaria de la concepción por donante y expresa sentimientos neutrales o positivos al respecto.
Las parejas heterosexuales, generalmente, les cuentan a sus hijos/as sobre la concepción de los donantes en una etapa posterior que las mujeres sin pareja y las parejas igualitarias (Jadva et al., 2009). Se ha demostrado que dicha divulgación posterior y/o accidental se relaciona con sentimientos negativos sobre la concepción del donante (Blyth, 2012). En un estudio longitudinal, se descubrió que las familias en las cuales los padres y madres revelaron la concepción del donante a sus hijos/as antes de los 7 años mostraron relaciones madre-hijo/a más positivas y mayores niveles de bienestar a los 14 años, según la calificación independiente de madres y adolescentes (Ilioi et al., 2017).
Resumiendo, a partir de los resultados de las investigaciones y lo relatado por los/as propios/as protagonistas, se podría asumir que la revelación temprana es beneficiosa y no implica una amenaza para la comunicación familiar y los vínculos que se establecen entre sus miembros.
Cuándo informar y el desarrollo del lenguaje
Para reflexionar sobre la adquisición del lenguaje, debemos recurrir a las teorías de Bruner (1984), Vigotsky (1978), Piaget (1977) y Bandura (1987). Todos sus aportes confluyen en la coordinación de diferentes mecanismos y sistemas que se van organizando desde edades muy tempranas y permiten el desarrollo del lenguaje, desde una comunicación prelingüística a una comunicación lingüística.
Desde sus respectivas teorías, se requiere de los Sistemas de Apoyo a la Adquisición del Lenguaje (LASS: Language Acquisition Support System) de Bruner, la zona de desarrollo próximo de Vigotsky, el aprendizaje social de Bandura y los estadios evolutivos de Piaget para que el infante sea capaz de establecer una comunicación lingüística. Es decir, todos/as los/as autores/as mencionados hacen referencia a los procesos anteriores como fundantes del lenguaje.
La respuesta a la pregunta habitual de los padres y madres receptores de gametos sobre el momento más oportuno para informar ha recibido diversas respuestas desde la psicología; la más frecuente y errónea es: “Cuando pregunte”.
¿Qué se espera que pregunte el niño o la niña? ¿Por qué esperar la pregunta? ¿Qué beneficio se supone obtener reteniendo información? La mayor dificultad es que esa respuesta es la que más satisface, sobre todo a las parejas heterosexuales, quienes son las que más demoran en informar o las que directamente se plantean no hacerlo nunca.
Es por esto por lo que el rol del/la psicólogo/a especializado en TRHA es central. Como hemos visto, en las investigaciones que reportan mayor bienestar en los/as nacidos/as consultados sobre el modo de haber sido informados, la expresión “desde siempre” hace referencia al momento en que los padres o madres les hablaron de la donación. La sugerencia de que la edad afecta la forma en que se recibe esta información está empíricamente bien respaldada: varios estudios han encontrado una asociación positiva entre la divulgación temprana y los sentimientos sobre el modo de concepción (Zadeh, 2016).
Entonces, ¿cuál es ese momento? El preverbal.
Aun estando en un período concreto, la mayoría de los padres o madres que han buscado un hijo/a mediante TRHA suelen hablarles del amor y el cariño que sienten; estos son constructos abstractos que el infante incorpora asociados a los comportamientos y expresiones de afecto (abrazos, caricias, besos). De igual modo, se incorporan otros conceptos abstractos que pueden tener efectos concretos, como la electricidad o la palabra “cuidado” para hacer referencia al peligro, real o inminente. Es decir, es posible ir incorporando palabras abstractas como “células”, “ayuda”, “donante” en momentos anteriores al desarrollo del lenguaje expresivo. De este modo, cuando, efectivamente, el/la hijo/a plantee las preguntas frecuentes sobre el origen, como “¿Por qué no tengo un hermano/a?”, “¿Cómo nacen los bebés?”, “¿Qué tiene esa señora en la panza?”, ya existirá un conjunto de palabras que dejaron una huella en la mente del infante y serán empleadas en un contexto de interacción que surge del interés por un tema específico, a diferencia de los intercambios anteriores, que eran unidireccionales.
Un estudio sobre 141 parejas heterosexuales que decidieron informar (Mac Dougall et al., 2007) concluyó que los padres y madres que eligieron la divulgación temprana se sintieron más cómodos/as con el proceso, mientras que aquellos/as que optaron por la divulgación posterior informaron una mayor incertidumbre sobre cómo y cuándo hacerlo. Todos coincidían en que requerían más apoyo y orientación de pares o profesionales para ayudarlos, no solo inicialmente, cuando se concentraba habitualmente la psicoeducación, sino a lo largo de diferentes etapas. Entre las familias encontraron estrategias diferentes para identificar cuál es el momento más adecuado:
- el 25 % lo hicieron siguiendo la estrategia seed-planting (desde siempre),
- el 50 % utilizaron la estrategia right time (en un momento adecuado), y
- el 25 % utilizaron una combinación de ambas.
Isaksson y cols. (2011) también encontraron que en un 50% de los casos eligieron la estrategia right-time. El concepto de “momento adecuado” es sumamente idiosincrático, ya que puede variar significativamente entre lo que consideran los/las receptores y lo que esperan las personas nacidas (Gil y Guerra, 2015).
Investigaciones realizadas sobre personas nacidas de más edad (Nelson, Hertz y Kramer, 2013) aportan más información sobre la experiencia de ser informado/a, las emociones, la construcción de la narrativa personal en relación con la figura del donante, los/as medio hermanos/as, la forma de nombrar a estos vínculos.
Establecida la diferencia entre la información y el acceso a los datos, el concepto de “apertura” es más amplio que el de “revelación” para referirse a ello, ya que lo último implica un primer momento de no saber que puede tener una atribución negativa, tanto para el que no informa, como para la persona que recibe la información a destiempo; es decir, la diferencia entre ser informado y enterarse (Zadeh, 2016).
¿De qué modo informar?
Esta pregunta aparece generalmente planteada en dos momentos diferentes durante la consulta. Un primer tiempo en el que la idea de la información, el momento y el cómo forman parte del proceso de elaboración y aceptación del tratamiento con donación. Podría decirse que recibir orientación sobre la forma de hablar con los/as hijos/as es una de las preocupaciones frecuentes y un motivo de consulta antes de tomar la decisión. El otro momento es, probablemente, el que alcance más eficacia, y es cuando ya se logró el embarazo o nacimiento; allí los/as receptores/as ven de un modo más real la posibilidad de la comunicación.
Podemos fácilmente ubicar los distintos estadios del cambio desde el modelo de Prochaska (Prochaska y Norcross, 2001) en cada situación de consulta y, en función de esto, elegir la línea de intervención. La revisión sistemática de investigaciones en relación con el modo de informar (Visser et al., 2012) ha demostrado que, para al menos el 50 % de los padres y madres, la simple psicoeducación no es suficiente para atravesar el proceso de apertura con suficiente seguridad, probablemente porque se suministra en el estadio contemplativo, donde todavía hay mucha ambivalencia.
Una vez tomada la decisión de comunicar el origen, es decir, en el estadio de preparación, los/as consultantes suelen dirigir la pregunta al terapeuta, esperando una posible fórmula o pauta establecida del modo en que deberían informar. Suelen hacer referencia a la literatura infantil y su uso como recurso.
Ante este tipo de demanda, es importante conocer los aspectos teóricos asociados a la comunicación para establecer una alianza terapéutica que permita conocer y comprender las características de cada familia individual y, en lo posible, el estilo de las familias de origen de los padres y madres. La manera de informar será, por lo dicho, un proceso que seguirá el desarrollo de cada niño/a. Retomando a Bruner (1984), los tres tipos de sistemas de representación son el enactivo, el icónico y el simbólico. Cada sujeto empleará los tres, pero en la infancia puede haber predominio de uno sobre los otros según el momento del desarrollo. Cada familia deberá adaptarse a las características no solo de la edad, sino del nivel de desarrollo y las características de su hijo/a.
Esto no implica que no sea posible establecer pautas generales, pero no es recomendable dar indicaciones a los padres y madres; el objetivo de la intervención en orientación familiar será el desarrollo de una narrativa familiar verídica y adaptada al estilo de comunicación familiar, de la madre o padre y del/la hijo/a. Citando nuevamente a Zadeh (2016), el dilema entre revelación oportuna y el descubrimiento accidental parece encontrar un alto consenso. Sin embargo, simplemente alentar a los padres y madres a informar sin ofrecer orientación podría llevar a un aumento de la ansiedad y a que la información que brinden resulte inadecuada.
Informar en diferentes etapas
Si comprendemos la revelación de los orígenes como un proceso en el cual se inicia un diálogo que no se termina (Urdapilleta, 2012), la construcción de una narrativa recorrerá ciertas etapas consistentes con el desarrollo infantil (Chardon, 2015).
Desde la concepción hasta el inicio de la expresión oral del/la hijo/a: como destacamos en el apartado anterior, es posible ir introduciendo el relato e ir construyendo una narrativa, de modo que el padre o la madre pueda experimentar y comprobar qué palabras usar y de qué modo hacerlo. Los momentos de intercambio serenos entre progenitores/as e hijo/a serán oportunidades de explorar tanto la organización del relato como las palabras y la entonación. Son ejercicios que, la mayoría de las veces, no coinciden con la experiencia de la situación futura de intercambio. Son la forma de afianzar la decisión, de conocerse a sí mismos/as ejerciendo su rol paterno o materno. Las palabras quedarán registradas en esos intercambios de un modo simbólico, serán como cimientos del diálogo que en el futuro se concretará. Para el terapeuta es central no introducir significados propios, sino dejar el espacio para que el o la consultante pueda lograr un relato fluido, espontáneo, que podrá ir anotando como registro si lo desea. Ese registro podrá tener finalidad terapéutica o, eventualmente, se transformará en el primer boceto de un libro familiar.
En los primeros años de vida, entre los 2 y 5 años: este período presenta una gran diversidad, ya que la adquisición y el desarrollo del lenguaje varía en función de los intereses del/la niño/a, los estímulos recibidos y la presencia o no de hermanos/as u otros/as niños/as integrantes de la familia cercana que operen como reforzadores de la comunicación.
Por las características del desarrollo cognitivo concreto, es importante que el diálogo cuente con un sustrato objetivo, en lo posible, de la realidad cotidiana del/la niño/a. Es por ello por lo que se recomienda que la conversación surja de una pregunta del/la niño/a o de una situación vinculada al nacimiento, la reproducción o la familia en general. Esta sería la situación más cercana al constructo de “momento oportuno”, dado que se espera obtener cierto interés o curiosidad por parte del/la hijo/a. Es un período donde las preguntas abundan; por lo tanto, cuando en una familia hay una persona nacida por donación de más de 5 años y los/as receptores/as refieren que nunca surgió el tema, se deberá iniciar un trabajo para detectar posibles estrategias de evitación o negación, resultado probable de aspectos del duelo genético no elaborados por los/as receptores/as. Nuevamente, se trata de una hipótesis; es recomendable indagar sobre la interacción con el/la niño/a, los temas sobre los que demuestra –o los padres y madres creen que demuestra– interés, por qué motivo no registraron ninguna situación relacionada con la reproducción que pudiera operar como gatillo. Destaco esto porque es infrecuente que no haya existido; lo más probable es que no haya sido registrada por el/la adulto/a.
En esta etapa, los padres y madres suelen solicitar la recomendación de los libros infantiles, de los cuales podemos dar algunos como ejemplo: Martínez Jover (2005, 2007, 2014), Fernández (2013a, 2013b), Maestro (2012), Casanova (2016a, 2016b), Kramer (2018). Nuevamente, la recomendación para el terapeuta es dejar que la familia explore y busque. La demanda suele ser directa: “¿Cuál es el libro más adecuado para hablar con mi hijo/a?”. La respuesta es que no hay libro perfecto; cada uno tendrá segmentos, dibujos, tamaño, textura o formato que pueda generar preferencias, tanto para quien relata como para el/la niño/a.
Si bien el objetivo de los libros es ofrecer un sustrato material para iniciar o sostener la comunicación sobre el origen, su uso debe darse en el contexto adecuado. Si la lectura no es un hábito familiar, la introducción de literatura podría identificarse como un elemento disruptivo o destacado, lo opuesto a la introducción paulatina y espontánea que se sugiere. Cuando no se lee en la familia, se puede recurrir a historias inventadas, materiales creados por ellos/as mismos/as, videos, obras de títeres, canciones, o cualquier elemento concreto acorde al momento evolutivo del/la hijo/a. Dentro de estos materiales de construcción casera y familiar, se puede incorporar fragmentos de los registros realizados en el período anterior.
La creación de álbumes familiares con fotos digitales, que puedan mostrarse en dispositivos celulares, sería una alternativa; si bien su uso es desaconsejado, la realidad es que los padres y madres los utilizan y dejan que sus hijos/as los vean. Se trata simplemente del tiempo de uso y, en este caso, la aplicación oportuna del uso del dispositivo.
Cerca del final de este período, entre los 4 y 5 años, puede aparecer el tema de los parecidos físicos como una inquietud expresada por el/la niño/a. Esta será una nueva oportunidad para profundizar sobre el tema, no centrándose exclusivamente en los aspectos físicos, sino incorporando también otros parecidos: los gustos, habilidades, gestos, etc. El contexto lúdico ayudará a establecer una vía más fluida y espontánea.
Previamente, es necesario trabajar con los padres y madres su propia implicación al respecto: cómo viven las diferencias, de qué manera experimentaron el nacimiento, cómo ven los cambios ocurridos a lo largo del tiempo, y particularmente qué sienten en relación con la apariencia física de su hijo/a, dado que este tema podrá tener apariciones en distintos momentos de la vida, cada vez con un significado diferente.
En la etapa escolar: con la introducción al estudio sistemático y el sistema educativo formal, la comunicación sobre reproducción se ampliará y se hará más rica cuando los padres y madres se muestren abiertos y predispuestos a hablar con libertad de distintos temas; o, por el contrario, el hijo/a detectará que hay temas vedados o directamente eliminados de la conversación. Esto último no implicará que no aparezcan en su mente, sino que los excluirá de los intercambios con su padre y madre.
Los terapeutas familiares podrán ayudar a conocer las características del trabajo con los niños/as de 6 a 9 años, que será distinto al de la pubertad. Con el inicio de la escolarización, las exigencias vienen acompañadas de un aprendizaje más complejo de las interacciones con pares. El mundo del infante se va ampliando y su capacidad de percepción se va descentrando para empezar el desarrollo de la empatía. Esta nueva perspectiva lo hará más receptivo a explicaciones como el proceso de decisión y elección de la familia, distinto a la pregunta sobre su origen de la etapa anterior.
Se puede reforzar en los padres y madres la capacidad de confirmar a sus hijos/as sus intereses e inquietudes, ya que es el momento de desarrollo del self donde el reconocimiento es la estructura de significado en construcción (Fernández Álvarez, 2008) y la validación externa incluye a docentes y compañeros/as, además de a la familia. Además, se puede acentuar la importancia de estar atentos/as a los mensajes que reciba del nuevo entorno, y la posibilidad de su consistencia o no con los valores o principios transmitidos por la familia. El trabajo sobre diversidad, aceptación y respeto serán ejes alrededor de los cuales se transmitirán las creencias familiares, y dentro de estos temas es posible elaborar nuevos aspectos de la donación.
Inicio de la pubertad: hay un enorme impacto, intenso para todos. Las hormonas generan cambios físicos que, a la vez, activan una nueva mirada de los padres y madres sobre sus hijos/as. Ya no son más niños/as; su comportamiento puede volverse esquivo, introvertido, y se puede volver complejo comprender los motivos. Para los/as terapeutas es importante identificar los canales de comunicación de la familia, los significados atribuidos a las nuevas conductas, la flexibilización de reglas infantiles que permitan un inicio seguro del desarrollo de la autonomía. Puede aparecer la donación como explicación a la ajenidad de ese/a hijo/a púber en quien aparecen rasgos desconocidos; nuevamente, como si fueran oleadas, se retomará el tema y se reorganizará la narrativa familiar, incorporando ahora la perspectiva del/la incipiente joven en desarrollo. Puede usarse este momento evolutivo para ofrecer explicaciones acordes, hablar de sexualidad, de la reproducción en general, de la donación y el/la donante. Dar lugar a la existencia de otras personas posiblemente nacidas del mismo donante, dejar que el/la hijo/a construya las representaciones sobre ellos y el lugar que sienten que tienen en sus vidas. Estos significados se irán modificando desde la adolescencia hasta la vida adulta, cuando ellos mismos piensen en el futuro y la reproducción.
En la adolescencia: la transición de la infancia a la adolescencia ha sido descrita como un momento crucial para la formación de la identidad y el desarrollo de la autonomía personal (Erikson, 1968). Dado que este es también un momento de mayor comprensión de la biología y lo que implica la relación genética (Williams y Smith, 2010), la adolescencia representa una etapa de desarrollo única que puede presentar desafíos particulares para aquellos/as concebidos/as a través de la donación reproductiva. Una revisión sistemática del ajuste psicológico de los/as adolescentes engendrados mediante reproducción asistida no encontró diferencias entre aquellos/as cuya concepción requirió la donación de óvulos o espermatozoides y aquellos/as que fueron concebidos/as de forma natural (Ilioi y Golombok, 2015). Sin embargo, en la mayoría de los estudios incluidos en esta revisión, menos del 10 % de los/as niños/as de parejas heterosexuales conocían su forma de concepción. Este bajo porcentaje se replica en otras investigaciones (Fernández, 2012; Daniels, 2009; Isaksson et al., 2012). En la mayoría de los casos, los/as receptores/as habían recibido asesoramiento al momento de realizar el tratamiento en relación con la importancia de informar a los/as hijos/as.
La situación es muy diferente cuando se trata de madres sin pareja (MSPE) o parejas igualitarias, donde la comunicación surge en relación con la diversidad y a partir de allí se va organizando la narrativa. Es frecuente, en la clínica, encontrar MSPE que planifican y estructuran distintos aspectos, incluida la comunicación con sus hijos/as y la pregunta sobre la existencia o no de un padre.
Resumiendo
Es importante diferenciar los dos momentos: la introducción al tema o la habilitación inicial, en el período prelingüístico, y el momento del diálogo.
Para el primero, hemos señalado la importancia de la verbalización asociada a momentos placenteros o donde se produzcan manifestaciones de afecto y cuidado. De este modo, además del ejercicio verbal que realizan los padres y madres, en los/as infantes se van asociando las palabras a sensaciones, expresiones concretas de cariño, gestos, tonos de voz.
Para el segundo momento, siguiendo a Del Río y García (1996), podemos destacar que el lenguaje que los/as niños/as escuchan en situaciones de interacción durante sus primeros años es claro, sencillo, correcto, inteligible fonéticamente y adaptado a sus capacidades de comprensión. Si bien algunas familias adoptan un estilo constructivo infantilizado, este se remite a situaciones específicas, no se mantiene de forma constante. Es posible que los intercambios verbales presenten un nivel ligeramente superior al de la capacidad de producción infantil en cada momento dado. El empleo por parte del/la adulto/a de un lenguaje con esta característica podría considerarse como un auténtico andamio en que el/la adulto/a estaría actuando justamente en la zona de desarrollo próximo.
Para ello, se sugiere:
- Un mínimo de comprensión o capacidad lingüística para establecer la interacción.
- Interés mutuo en conversar.
- Utilizar palabras simples pero específicas, como “células”, “ayuda”, “problema”. Incluso los términos “óvulos” o “espermatozoide” pueden introducirse aunque no haya comprensión completa del significado.
- Usar “hombre” o “mujer” para referirse a los que aportan los gametos; no “papá” o “mamá”, ya que estas son funciones o roles sociales.
- Ajustar el tiempo a la capacidad de atención del/la niño/a (debe ser breve cuando es muy pequeño/a o cuando es adolescente).
- Escuchar.
- Dar lugar a la expresión de emociones, aunque sean negativas, sin intentar modificarlas automáticamente.
- Dar tiempo para procesar lo que se le diga.
- Estar disponible para responder, incluso cuando la respuesta sea “No lo sé”.
- Promover la conversación, sin presionar, en otro momento o en otros contextos.
- Diferenciar las familias por su forma; recordar que a una familia monoparental no le falta un/a integrante, es la forma de familia que eligió el/la progenitor/a.
- Reflexionar sobre el estilo personal de comunicación en otros ámbitos, teniendo en cuenta que hay patrones que no son fáciles de modificar.
Cuando los/as hijos/as crecen, las/os receptores/as pueden prepararse y reflexionar sobre algunos aspectos de la relación parental-filial:
- Comprender que la relación es asimétrica y que es responsabilidad del/la adulto/a comprender los desafíos de la nueva generación.
- Se educa desde una posición que, inevitablemente, será desafiada.
- A medida que crecemos, se hace más difícil adaptarse a las propuestas de las nuevas generaciones.
- Probablemente haya cosas que no quieran escuchar y viceversa: cosas que los/as hijos/as no querrán escuchar ni entender.
- Las personas nacidas por donación definen y eligen el modo de nombrar a la familia, su donante y las otras personas vinculadas genéticamente.
- Se debe aprender en el camino la diferencia entre educar con respeto, poner límites y dar libertad para el desarrollo individual, algo que aparentemente es sencillo, pero resulta complejo de llevar a la práctica. Los/as hijos/as siempre necesitan límites, incluso cuando los están desafiando. Si apelan a la donación como excusa para evadir límites, estos deberán ser mantenidos.
A modo de cierre, proponemos recordar una investigación realizada por Verlee Provoost, quien la presentó en una charla TED con la pregunta: ¿los/as chicos/as nacidos/as por donación ven al donante como parte de la familia?[2] En ella los/as mismos/as niños/as ubicaban a la figura del donante en un nivel intermedio, ni dentro de la familia nuclear, ni tan alejada como para no tener ningún significado para ellos/as. La respuesta a esa pregunta será tan diversa como nacidos/as y familias haya; aquellos/as que demuestran interés en contactarse con donantes u otras personas nacidas lo hacen mediante las redes sociales, los test de ancestría, los bancos de gametos, tengan o no tengan programas de identidad abierta. Y, cuando no logran lo que necesitan, a veces, se transforman en activistas por la lucha del reconocimiento de sus derechos.
Todavía en Argentina no hemos escuchado las voces de los/as nacidos/as.
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