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La Escuadra del Pacífico y la guerra hispanoamericana en los imaginarios geopolíticos de Chile (1863-1867)[1]

Pablo A. Guerrero Oñate[2]

Introducción

El 10 de agosto de 1862, zarpaba desde el puerto de Cádiz la “Escuadra del Pacífico”, como sería conocida la escuadrilla naval que envió S. M. C. Isabel II en visita de buena voluntad a esas costas americanas. Esta misión respondía a un nutrido conjunto de objetivos geoestratégicos, diplomáticos, comerciales y militares.[3] Su comandante general, el brigadier de la Armada Luis Hernández Pinzón, recibió de parte del Ministerio de Estado claras y precisas instrucciones; en lo político, uno de los objetivos fundamentales de la expedición era incrementar y estrechar las relaciones y los lazos con las jóvenes repúblicas hispanoamericanas, además de operar como embajadas flotantes que permitiesen el establecimiento cordial de relaciones diplomáticas con las repúblicas hermanas, de modo de atender las reclamaciones de sus connacionales en caso de existir, estando autorizado para intentar solucionarlas. Este último elemento era de vital importancia para el gobierno español, ya que la Escuadra visitaría puertos de países cuya independencia ya había sido reconocida por España, como el caso de Chile, pero también de otros que el reconocimiento aún era tema pendiente, como Argentina y Perú. De este modo, España podría abrir nuevos mercados, restablecer viejas rutas comerciales y sentar las bases de un estrecho vínculo económico para los productos de la península en las aguas del Pacífico y costa americana. Desde el punto de vista geoestratégico, se indicó al brigadier Pinzón que debía proteger la vida y los bienes de los súbditos españoles que vivieran en estas repúblicas, advirtiendo:

Si por desgracia ocurriese algún acontecimiento grave que no diera lugar a consulta, porque afectare profunda y directamente los intereses de España, sus representantes debieran encontrar en el jefe de las fuerzas navales toda la cooperación enérgica que pudiera prestarles para una inmediata reparación.[4]

Como dictaban los principios de la diplomacia de las cañoneras, empleada por otras potencias europeas como Francia y el Reino Unido y, posteriormente, por los Estados Unidos de América, España, a través del despliegue de las modernas fragatas medias de hélice Resolución y Nuestra Señora del Triunfo, acompañadas por la goleta Virgen de la Covadonga, apostada en ese entonces en la Estación Naval del Río de la Plata, establecida en Montevideo, operaría como medio disuasorio frente a los potenciales enemigos del país, de modo que estos comprendieran las consecuencias que tendría iniciar acciones que significaran un perjuicio para España o sus súbditos residentes en otras latitudes.[5] Por último, desde el punto de vista militar, la Escuadra buscaría posibles bases en el antiguo Pacífico español, similar a la ya mencionada en Montevideo, de modo que el país contara con bases estratégicas que le permitieran el aprovisionamiento de sus buques de guerra y mercantes en caso de un conflicto en la isla de Cuba o en el archipiélago de Filipinas.

Fue así como la singladura transatlántica llevó a la Escuadra a visitar las costas de Brasil, Uruguay, Argentina y Chile. Una vez llegados a la rada de Valparaíso, entre el 5 y el 9 de mayo de 1863, según consta en los periódicos locales El Mercurio de Valparaíso y El Ferrocarril, las tripulaciones españolas fueron objeto de un trato cordial y amigable por parte de todos los estamentos públicos y privados, civiles y militares. A su llegada, los residentes y las autoridades se mostraron entusiastas, saludaron los colores de España y celebraron con obsequios diversos la llegada de los peninsulares. La comunidad española residente, representada por su presidente, el editor de diarios, revistas y libros José Santos Tornero, manifestó el entusiasmo y la alegría que les provocaba ver “tremolar en estos mares nuestro glorioso pabellón”, sentimientos que se fundan en un puro patriotismo al ver que “nuestra España se rejenera y se alza de su postración, acaso para no descender jamás”.[6] Por su parte, las autoridades locales recibieron cordialmente a las naves españolas, expresando que ambos pueblos y países constituyen “repúblicas de una misma familia y una sola nación”.[7] Según constan en la comunicación reservada enviada por el comandante de la Escuadra a su Ministerio de Marina, los miembros de la Comisión Científica embarcada, así como los miembros de las tripulaciones de las naves españolas, recibieron un trato cordial en su estadía en Valparaíso, demostrando el grado de civilización que había alcanzado el país andino.[8]

En el banquete oficial, al que asistieron autoridades de la Escuadra y del país, así como la comunidad española residente, el entonces ministro de Estado y quien sería presidente de Chile años después, Domingo Santa María, realizó un brindis señalando, en honor a la historia que hizo que españoles y chilenos fueran hermanos: “… la guerra que en otro momento nos dividió, fue una contienda doméstica que no dejó odios en nuestros corazones […] el afecto que nos liga, será tan duradero como la lengua que hablamos”.[9] La Escuadra se mantuvo anclada en la rada de Valparaíso por dos meses, tiempo en que la prensa evidenciaba que públicamente la presencia de esta no se percibía como una amenaza para los intereses del país, pero de manera reservada comenzaban a gestarse algunas susceptibilidades y a elevarse ciertas inquietudes con las intenciones de España en las aguas del Pacífico sur. Fue así como la percepción política en Perú y Chile comenzaba a considerar la llegada de la escuadra española como una extensión de la política exterior agresiva que estaba practicando la antigua metrópoli y que se veía materializada en su actuación en los acontecimientos de República Dominicana y México. Carlos Grez diría al respecto de estos eventos: “… por desgracia, sucesos extraños a la voluntad del gabinete de Madrid despertaron las sospechas de los países hispanoamericanos, predisponiéndolos contra la madre patria”. Con ello daba pie al inicio indirecto de una actitud hostil hacia la Escuadra.[10]

A sabiendas de la potencial enemistad que la presencia de los buques españoles pudiera desatar en aguas de sus excolonias por los hechos acontecidos en los países antes mencionados, entre las instrucciones dadas a Pinzón, se especificaba que debía zarpar antes de las fiestas locales de independencia, con la intención de evitar actos que pudiesen romper la quietud y las buenas relaciones que se profesaba en torno a la presencia de España en el Pacífico.[11] El intelectual liberal chileno José Victorino Lastarria escribiría al ministro de Exteriores del Perú que su gobierno esperaba que la Escuadra no amenazara la soberanía e independencia de los países hispanoamericanos, pero que, en caso contrario, estaba dispuesto a prestar toda la ayuda necesaria para proteger y asegurar la libertad del Perú como la de los demás países de la región.[12]

Tendría que pasar un año para que ocurriera finalmente el incidente que terminó por desatar las desavenencias entre España y Perú. En 1864, en la algodonera hacienda Talambo, se produjo un conflicto entre el patrón peruano y los colonos vascos que allí se encontraban por la inconformidad con las condiciones inicialmente pactadas para trabajar, que se saldó con un muerto, varios heridos y un detenido.[13] Al parecer, para las autoridades españolas, la Justicia peruana no fue del todo diligente, lo que, sumado a la retórica incendiaria del comisario especial español enviado al Perú, ante la ausencia de una representación diplomática, Eusebio de Salazar y Mazarredo, gatilló la toma de las islas Chinchas el 14 de abril, de las cuales el comisario especial esperaba aprovechar el guano presente en ellas para obtener el dinero suficiente para recuperar Gibraltar, que se encontraba en manos inglesas.[14] Fue así como estalló una guerra que revivió viejas preocupaciones sobre la amenaza que implicaba para la libertad de las repúblicas hispanoamericanas la presencia de una potencia europea en la región.

Los hechos anteriores generaron un impacto profundo en los imaginarios geopolíticos de las elites políticas, económicas, intelectuales y militares hispanoamericanas, pero principalmente chilenas. Importantes intelectuales chilenos como José Victorino Lastarria, Domingo Santa María, Benjamín Vicuña Mackenna, Manuel Antonio Matta, Isidoro Errázuriz, Pedro Félix Vicuña, Manuel Carrasco Albano, Francisco Bilbao y Miguel Luis Amunátegui fueron algunos de los más fervientes impulsores de una reacción gubernamental ante la toma de las islas, incluso más airada que en el propio Perú. El ideal americanista, literario, ideológico y político, incentivado fuertemente durante el siglo por las elites chilenas, se convirtió en una fuerza ciega y descontrolada que buscaba favorecer la integración, estrechar los vínculos y fortalecer una identidad y nacionalidad sudamericana.[15] Para sus suscriptores, “el continente americano era el crisol donde la libertad debía purificar la civilización corrompida por el absolutismo europeo”.[16] Manifestaba Vicuña Mackenna que la unión de las Repúblicas hermanas era el verdadero baluarte contra agresiones o pretensiones injustas por parte de las grandes potencias, produciendo benéficos frutos para todos los pueblos.[17] Producto de lo anterior, en 1865 Chile declaró la guerra a España, con lo que inició una confrontación bélica que en términos económicos para el país americano significaría un fuerte y decisivo varapalo, invitándonos a reflexionar en torno a cuáles eran las ideas que subyacían al discurso americanista de las elites chilenas, cuál era el interés por defender a las repúblicas hispanoamericanas de la injerencia española, o bien podrían tener las elites chilenas otros intereses y objetivos geopolíticos que se veían afectados con la presencia española en las aguas del Pacífico.

Si consideramos que, durante el siglo xix, las elites chilenas que encabezaron el proceso de construcción del Estado nacional se enfocaron en consolidar una estructura de poder que sostuviera una nación moderna para insertar la economía del país en los circuitos y mercados mundiales,[18] presumimos que, tras la idea de la alianza sudamericana contra España, la participación activa de Chile y la hispanofobia incentivada durante la guerra, se ocultaban unos intereses y horizontes geopolíticos particulares. El objetivo era sostener unos imaginarios basados en la idea de controlar el Pacífico Sur occidental como medio fundamental para el desarrollo y esplendor del país.

Teórica y metodológicamente, nos proponemos transitar un camino novedoso en la historiografía naval y política chilena. Centrando la atención en el desarrollo y la evolución del pensamiento marítimo en sus elites, buscamos complementar los notables avances realizados por investigadores como Carlos Tromben, Renato Valenzuela, Antonio García, Carlos Sayago, Luis Langlois, Vicuña Mackenna, Roberto Hernández y Piero Castagneto. Ahora bien, aún queda mucho por avanzar a la hora de explorar el pensamiento marítimo y las culturas políticas que encuadraron las actuaciones del Estado chileno durante el siglo xix en lo que respecta al océano Pacífico y el área de influencia constituida por Chile en función de los imaginarios de las elites. Cierto es que los trabajos de Julio Pinto, Raúl Sanhueza, Elvira López, Fernando Thauby, Germán García, Ana María Stuven, Gabriel Salazar y Rafael Sagredo han explorado temas relevantes como la historia, actuación y evolución de las elites chilenas, así como su rol en el pensamiento geopolítico y estratégico vinculado al control del Pacífico sur. Pero todos ellos, lejos de agotar la temática, han abierto el camino para llevar a cabo una profundización en la comprensión del pensamiento y la cultura marítima, como elementos definitorios de la política exterior chilena impulsada durante el siglo xix. De ahí la importancia de vincular los imaginarios y objetivos geopolíticos de las elites chilenas con los esfuerzos por mantener un rol hegemónico en el Pacífico.

En síntesis, el propósito final del trabajo será analizar cómo la presencia de la Escuadra española en las costas hispanoamericanas del Pacífico amenazó los pilares sobre los cuales se erigieron los imaginarios geopolíticos de las elites chilenas, que veían en el control y aprovechamiento del mar los medios necesarios para una política exterior hegemónica.

El control del mar, herramienta de la política exterior

Los imaginarios geopolíticos[19] de las elites chilenas se fraguaron tempranamente en la República. El entonces director supremo, Bernardo O’Higgins, tres cuartos de siglo antes de que la obra de Alfred Mahan Influencia del Poder Naval en la Historia saliera a la luz en 1890 y estableciera la necesidad de que los Estados costeros crearan y desarrollaran intereses marítimos en tiempos de paz y un poder naval para ser usado en tiempo de guerra, ya daba los primeros pasos para la consecución de estos mismos objetivos en Chile. De este modo, proyectó temporalmente unos horizontes geoestratégicos que trascendieron su gobierno y que se originaron a partir de haber presenciado la disolución del ejército español en Chacabuco en 1817. En ese momento señaló: “… este triunfo y cien más, serán insignificantes si no dominamos el mar”. Es decir, concibió que la estimulación de los intereses marítimos serían el motor de crecimiento del poderío del país y que, por ello, era necesario contar con un poder naval y marítimo que conquistara el control de este.[20] Desde su instalación en el gobierno, se consagró a reunir apuradamente fondos para invertirlos en la adquisición de buques que facilitaran el dominio del mar, evidenciando la “clara visión geopolítica y la imaginación de estadista del Libertador O’Higgins”.[21]

En efecto, O’Higgins forjó un imaginario geopolítico caracterizado por la importancia estratégica del océano y, por consiguiente, de las áreas relevantes en las cuales la incipiente República debía consolidarse para ser una nación próspera e inserta en la comunidad internacional: modernizar y fortalecer el poder naval, incentivar la marina mercante nacional a través del otorgamiento de patentes de comercio marítimo (la primera de ellas fue entregada al armador chileno Francisco Ramírez), impulsar la actividad portuaria en Valparaíso, y fortalecer la pesca y el comercio nacional. En la epístola que O’Higgins envió a las tripulaciones de la primera escuadra nacional, apreciamos su vocación marítima y geoestratégica, cuando les arengó a prepararse, pues serían ellos los encargados de afianzar el “Imperio del Pacífico” al que es llamado Chile por su situación geográfica.[22] En sus hombros recaía la responsabilidad de proteger el litoral, proyectar el poder militar del país en caso de necesidad y, sobre todo, resguardar la prosperidad económica de la nación.

Se consideró fundamental para la seguridad y el desarrollo nacional, así como la proyección de poder en la región, que el país debía convertirse en una potencia marítima y naval que dominase el Pacífico sur. Desde una posición hegemónica, se protegerían los intereses económicos, se aseguraría la soberanía y se proyectarían el poder y la posición del país en la región.[23] Como sostendría el británico Lord Thomas Cochrane, primer vicealmirante al servicio de la Armada de Chile, era necesario para el país fortalecer su poder marítimo, ya que este constituía un activo invaluable que debía “ser utilizado de manera efectiva para proteger sus costas, garantizar la seguridad de sus rutas comerciales y proyectar su influencia en el Pacífico”.[24]

Con estas premisas, los grupos dirigentes intuyeron las enormes potencialidades que encerraba el mar, vislumbrando que el país debía emplearlo y disponer libremente de él, configurando una concepción océano-política que conduciría a Chile a convertirse en un referente en esta parte del mundo. Por ello, ante cualquier amenaza a la posición de privilegio que conquistó Chile en el Pacífico sur tras la independencia, el país se movilizó rápidamente para hacerle frente. Tal fue el caso de la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana de 1836. En dicho año, Diego Portales Palazuelos argumentó ante el Congreso Nacional que, existiendo incumplimientos vigentes por parte del Perú para con el Estado chileno desde la época de la Escuadra Libertadora, era necesario incentivar una guerra “preventiva” contra la amenaza que significaba el Callao para Valparaíso, erigido desde los tiempos del ministro de Hacienda de 1820, Rodríguez Aldea, como el entrepuerto o entrepôt del Pacífico, aprovechando su posición privilegiada para las embarcaciones que venían desde el Atlántico por el cabo de Hornos y para los que se desplazaban por el Pacífico.[25] Portales, en comunicación con el comandante en jefe de la Escuadra Nacional, Manuel Blanco Encalada, enunciaría una orientación claramente hegemónica al señalarle que, de no realizarse acción bélica alguna, la Confederación arrebataría el control del Pacífico a Chile, vértice fundamental de todo el esquema comercial que el país estaba construyendo. Es más, ratificando el elemento central de los imaginarios geopolíticos de las elites chilenas, insistió en que el país debía “dominar para siempre en el Pacífico”: “ésta debe ser su máxima ahora y ojalá fuera de la Chile para siempre”.[26] El historiador Mario Góngora comentaría con palabras igual de decidoras: “Es posible que nunca haya sido visto con tanta claridad el destino de Chile, y a ese horizonte histórico de Portales correspondió precisamente la expansión territorial y la expansión comercial marítima de Chile en el siglo xix”.[27]

Si bien Portales pudo ser asociado a un símbolo de aquella rancia reacción colonial de antaño, con carácter dictatorial y aristocratizante, no se puede negar que fue un individuo plagado de un profundo espíritu práctico. En su carta a José Manuel Cea de marzo de 1822, se aprecia tal sentido de pragmatismo. En ella expresó sus temores frente a la política expansiva de los Estados Unidos, que buscaba la conquista de América no por las armas, sino a través de la expansión de su influencia comercial y política por toda la región, palabras que reflejan cabalmente la inquietud de Portales, un comerciante chileno que no quería competir con otra potencia en unas aguas que, consideraba, debían ser controladas desde Valparaíso.

Francisco Antonio Encina señaló que, para las elites chilenas, a partir de 1830 y la victoria sobre los países vecinos, se afianzó la idea de que se tenía que garantizar para el país el dominio del Pacífico, para lo cual era necesario eliminar cualquier amenaza que impidiera el logro de este objetivo, como quedó evidenciado en el actuar que se realizó frente al eventual fortalecimiento del Perú y Bolivia.[28] Tras la victoria en el conflicto, el mariscal confederado, Andrés de Santa Cruz, acusaría a Chile de “haber planificado pérfidamente una guerra ruin con el propósito de adquirir la supremacía naval en el Pacífico”,[29] posición que le aseguró el prestigio continental que anhelaba y la estabilidad para expandir su actividad comercial e influencia económica a niveles prósperos y significativos.

Desde la posición hegemónica alcanzada a fines de la década de 1830, el país disfrutó de periodos de intensa actividad comercial. Claudio Gay escribió con respecto al esplendor de Chile en 1842:

Su situación geográfica y sus ricos productos agrícolas atraen a sus costas todo el comercio extranjero y han hecho de Valparaíso un depósito general a donde vienen a proveerse todos los comerciantes de las repúblicas vecinas. Sus ricas minas de oro, de plata y de cobre aumentan diariamente sus recursos y su industria, aunque naciente, parece querer tomar una parte muy activa en esta gran regeneración. La forma y disposición del terreno no contribuyeron menos al desarrollo de esta industria: bañada en toda su longitud por un mar profundo, con puertos grandes y seguros, posee además grandes ríos … elemento de riqueza en extremo.[30]

Este próspero periodo se potenció con el hecho de que no existía una amenaza externa, ni mucho menos una interna, a la posición alcanzada. Por ello, las elites movilizaron sus intereses y horizontes geoestratégicos hacia el ahorro de recursos, la institucionalización, la organización jurídico-administrativa y la adquisición de nuevas tecnologías que contribuyeran a la colonización, exploración y mantención de los enclaves soberanos que el país instaló en el extremo austral del territorio. El mayor de los hitos en este sentido fue la toma de posesión del estrecho de Magallanes por la goleta Ancud en 1843. En las instrucciones emitidas por el entonces ministro Manuel Montt para la expedición, se indicaba la necesidad de informar sobre los puntos más accesibles del Estrecho, de modo que se pudiera potenciar el comercio marítimo e instalar en ellos una o más colonias que, en función del clima, las cualidades y los recursos naturales existentes, fuesen lugares con potencial de habitabilidad.[31]

Chile entró en una fase en que la paz exterior alcanzada hizo que las elites olvidaran los conflictos vividos anteriormente y vieran, en la posición hegemónica del país, un cúmulo de posibilidades y beneficios derivados del fomento de una vocación americanista. Si Chile sostenía relaciones diplomáticas cordiales con los vecinos, a través de una política exterior desde la que se erigía como el referente, podría influenciar las relaciones entre Estados y continuar gozando de un alto prestigio, alcanzado y legitimado en las sólidas bases políticas, sociales, económicas y militares que había forjado desde los albores de la República. Los grandes intelectuales chilenos no tenían duda de que el camino adecuado para el país y sus vecinos era el sentimiento americanista, sin vislumbrar que la real situación del país, en el escenario americano, estaba marcado por latentes problemas fronterizos y territoriales con Argentina, Bolivia y el mismo Perú.

Dicha relevancia se fortaleció con la importante expansión del comercio que realizaba el país hacia los puertos ribereños de la cuenca del Pacífico, esfuerzo desplegado por compañías marítimas chilenas, que llevaron la bandera a flamear por todo el Pacífico central, las islas polinésicas, la costa norteamericana e, incluso, las costas chinas. Sin embargo, cabe recordar que esta nueva vocación americanista chilena se encontraba entremezclada subrepticiamente con los afanes hegemónicos que continuaban presentes en la agenda nacional en cuanto al Pacífico sur. El abogado Antonio García Reyes, miembro de la elite intelectual chilena, reafirmaría la importancia que significaba el control del mar para Chile. Indicando que este medio se presentaba para el país como una oportunidad frente a las deficientes y difíciles comunicaciones terrestres, “el mar lo es todo, allí está cifrado el cuerpo entero de sus esperanzas: de allí tan solo debe esperarse su futuro engrandecimiento”, dando cuenta de que Chile es un país marítimo y que su destino está asociado al control del mar con horizontes transpacíficos.[32]

Tras más de una década de paz exterior y esplendor comercial, las elites del país, confiando en la posición hegemónica alcanzada, comenzaron a despreocuparse del poder naval que tantas glorias había significado para Chile en el pasado. Como se menciona en la Memoria de Marina de 1851, el respeto irrestricto al derecho fue el elemento que primó como instrumento de protección, confiando en marinas como la británica, para que operasen como la gran policía de los mares del mundo, siendo el elemento coadyuvador en la importante misión de dar seguridad y garantías a la navegación y al comercio.[33] En este sentido, Chile se centró en mantener su hegemonía continental principalmente en la diplomacia y el poder alcanzado en el pasado y, para ese momento, en la bonanza comercial. Un ejemplo de esta actuación diplomática se produjo en 1855, cuando Ecuador suscribió un tratado con Estados Unidos en el que entregaba en concesión las islas Galápagos y el guano que en ellas se encontrase a cambio de defensa en caso de ataque exterior. El gobierno chileno, ante tal tentativa, envió una nota circular a las cancillerías americanas en la que indicaba su preocupación, ya que “Ecuador, sometido a la protección de Estados Unidos, tendrá por algún tiempo las apariencias de un Estado independiente y, en seguida, entrará a figurar como una colonia norteamericana”.[34] En concordancia con el pensar de Portales, se percibió la expansión de la influencia norteamericana en Ecuador como una amenaza para la posición hegemónica chilena, por lo que se decidió enviar un representante al país sudamericano, quien, contando con el apoyo de representantes europeos, presionó para que no se llegase a materializar el virtual protectorado norteamericano. Finalmente, ante las pruebas de que en las islas no existía el citado fertilizante, Estados Unidos desistió de firmar el acuerdo, y el asunto fue olvidado por el gobierno chileno.[35]

Sin embargo, este evento repercutiría fuertemente en los grupos dirigentes chilenos. La posición del país en el concierto continental no era la misma que dos décadas antes. Con una extensión litoral que en la época ya abarcaba desde la parte sur de la región de Atacama hasta el cabo de Hornos, con posesiones insulares como el archipiélago de Juan Fernández, con la posesión estratégica del paso natural que une el océano Atlántico con el Pacífico, y con países vecinos que comenzaban un proceso de regeneración naval, difícilmente se podría proteger el comercio y la posición hegemónica alcanzada si no se realizaba una fuerte inversión en el desarrollo de un poder marítimo capaz de disuadir a cualquier potencial rival. Las elites se dieron cuenta de que, tras años de inactividad, el poder marítimo nacional estaba débil y olvidado, al amparo de un extenso periodo de paz que incentivó la postura americanista que se sostenía en la creencia de que los conflictos eran cosa del pasado y que no volverían a ocurrir.

Por estas razones se comenzó a prestar mayor atención a los dichos de personalidades de la política chilena, como los ministros de Guerra y Marina, José Santiago Aldunate y Pedro Nolasco Vidal. Ambos insistieron, a través de sus memorias en el Congreso, que el comercio y la prosperidad no podrían sostenerse en el tiempo por la condición en que se encontraba en ese momento la Armada de Chile, debido principalmente al cambio de foco que había experimentado la política exterior e interior nacional. Aldunate diría: “… de la otrora respetada Armada de Chile, que en la época romanezca de la República, fue el guardián del continente solo quedaban ruinas”.[36] Nolasco, por su parte, señalaría que el poder marítimo nacional carecía de los elementos de fuerza con los cuales el país pudiera sostener su dignidad y derecho.[37] Producto del deseo de las elites de que el poder marítimo nacional estuviera destinado únicamente a la conservación de la actividad comercial y, en particular, a la protección del litoral nacional controlando las aguas interiores de modo de volver seguras las operaciones comerciales y la navegación, la Armada no poseía, según palabras del presidente Manuel Montt, un buque de vapor “perfectamente guerrero” en su construcción y armamento, capaz de satisfacer las condiciones de celeridad y fuerza que requería la posición de Chile en el concierto internacional,[38] evidenciando el abandono y relegamiento que sufrió la institución desde la década de 1840. Precisamente, el insuficiente y debilitado poder naval del país, escaso en número y tecnológicamente obsoleto, no logró potenciar la disuasión que se requería contra las diversas amenazas que comenzaban a gestarse a fines de la década de 1850 y que estaban ad portas de golpear a Chile, bélica, política y económicamente.

El Mercurio de Valparaíso señaló, en su edición del 13 de julio de 1861, cómo aquel otrora elemento de riqueza y poder que permitió al país pasear orgulloso el pabellón chileno por las costas del Pacífico ahora yacía anulado por la inercia y el abandono.[39] En este estado se encontraba la Armada chilena cuando la Escuadra española atracó en la “Joya del Pacífico” en 1863. El país y su poder marítimo estaban débiles y eran prácticamente inexistentes. En ese momento, los articulistas del citado periódico porteño indicaban que, dado el estado actual del poder marítimo nacional, era necesario que los estadistas del país se sacudieran la indisculpable inercia que habían mostrado ante las amenazas y los progresos que otros habían tenido en las costas de Chile. Refiriéndose nuevamente al Perú, como lo hicieron años antes, proclamaban:

Nuestros mismos vecinos del Pacífico organizan una numerosa escuadrilla y echan las bases de su poder marítimo, mientras que nuestros dirigentes, acaso esperan que ¿todos los buques de nuestra escuadrilla se hayan podrido o ido a pique, para que abran sus ojos?

Es más, alertaba que la necesidad de regenerar el poder naval del país no pasaba por la ocurrencia de una guerra o por amenazas desde el exterior, sino por la “previsión i la prudencia”.[40]

Sin embargo, los acontecimientos en 1864-1865 sorprendieron a Chile y sus elites en pleno proceso de reconstrucción de un poder naval capaz de realizar la protección de los intereses marítimos nacionales y la posición hegemónica conseguida décadas antes. En este sentido, las corbetas O’Higgins y Chacabuco, mandadas a construir para igualar el poder de España y recuperar la capacidad disuasoria ante Perú, no alcanzaron a estar terminadas antes del conflicto. Es así como las elites chilenas decimonónicas demostraron que sus horizontes geopolíticos operaban en el mediano plazo, impidiendo que fueran capaces de avizorar que, tras la guerra contra la Confederación, existía una alta probabilidad de un conflicto vecinal o internacional, como el que involucraría a Chile entre 1865 y 1866.

La reacción chilena en el conflicto (1865-1866)

El gobierno, consciente de las necesidades imperiosas del país, la buena imagen de la Escuadra del Pacífico y el buen estado de las arcas fiscales, aprobó una ley el 15 de diciembre de 1863 para invertir hasta 500.000 pesos en los estudios necesarios para el reemplazo y aumento gradual del poder marítimo nacional, de modo que se pudiera dar protección al comercio que cada día aumentaba su desarrollo, imponiendo el respeto de una marina de guerra en condiciones de combate que no fuera improvisada y que disuadiera a un potencial enemigo de actuar sobre el país.

Fue así como se comenzaba a materializar el esfuerzo por fortalecer un inventario naval que se reducía en la época a la corbeta Esmeralda y los vapores Maipú e Independencia, la primera de 18 cañones y un andar de siete millas, los dos restantes eran más mercantes que buques militares.[41] Manuel Montt, desde Lima, donde se desempeñaba como ministro plenipotenciario, era consciente de que el país no poseía el poder naval y marítimo necesario para enfrentarse a un enemigo como el que representaba la Escuadra española que recorría las aguas del Perú en ese momento, alertando sobre la imperiosa necesidad de que las elites nacionales aceleraran la regeneración del poder disuasorio de la Armada de Chile, considerada anteriormente como un instrumento fundamental de sus imaginarios geopolíticos, ya que cada acción de la marina militar y mercante tenía un vínculo político orientado al engrandecimiento del país.

Ante la alarma para el porvenir del pabellón tricolor en el Pacífico y en los puertos de Oceanía, las elites incentivaron algunas acciones complementarias a la construcción de unidades navales: fomentaron la formación de los oficiales en la Escuela Naval y la formación práctica de ingenieros provenientes de la Escuela de Artes y Oficios para la estructura logística que sostuviera el poder marítimo nacional, avanzaron en la adquisición de conocimientos sobre las nuevas técnicas de construcción y reparación de embarcaciones y aumentaron la cantidad de buques mercantes del país. En este sentido, Valparaíso y el movimiento marítimo que se registró en él constituyen un buen ejemplo e indicador de la manera como el sector externo se benefició de este impulso. El número de navíos que recalaron en el puerto para entregar sus mercancías o ser atendidos aumentó –entre las décadas de 1850 y 1860– en un 113,1 %, mientras que los que zarparon lo hicieron en un 126,1 %. Además, Valparaíso adquirió la capacidad de atender navíos de alto bordo para el tráfico internacional (el tonelaje medio por navío aumentó 2,9 veces entre 1850 y 1870).[42]A estos esfuerzos gubernamentales, en lo que constituiría evidencia de una movilización nacional para la consecución de la regeneración del poder naval chileno, se sumaron aquellos realizados por privados, como la potenciación del astillero y varadero de Juan Duprat, el dique flotante de Nicolás Tiedge y los primeros proyectos para proteger la bahía de Valparaíso de las inclemencias del tiempo, de la mano de Buenaventura Sánchez y el ingeniero Ramón Salazar. El Mercurio de Valparaíso señalaba respecto de este último que traería ventajas inmensas para el país, sería una gloria para el gobierno, una facilidad para la industria, un estímulo para la riqueza y un lucro para la nación.[43]

Hasta 1865 Chile había jugado un rol de gran importancia dentro de la gestación del conflicto, llevándolo incluso a sus territorios. Los americanistas chilenos no solo prestaron ayuda y apoyo a los peruanos, sino que también llevaron a cabo una verdadera cruzada contra los españoles, todo esto a partir de la firma del Tratado Vivanco-Pareja, que causó más recelo en Chile que en el Perú, propinando serias ofensas a la Escuadra, a los españoles y, de forma indirecta, a la misma reina Isabel II. El presidente José Joaquín Pérez, mientras encabezaba los esfuerzos hacia la regeneración de un poder marítimo eficiente y moderno que permitiera al país resguardarse ante el poder amenazante de potencias ultramarinas como España, con sus flamantes y modernos buques, trató de ganar tiempo al cortar el suministro de carbón de piedra para la Escuadra del Pacífico, esperando que, con ello, le fuera forzosamente necesario a Pinzón retirarse de estas aguas.[44] Del mismo modo, envió a Domingo Santa María para obtener el apoyo de las fuerzas navales peruanas en las operaciones contra la escuadra española en las costas chilenas, consciente de que ambos países poseían unidades navales inmensamente superiores a las que poseía Chile en ese momento.

El mandatario, si bien creía que la ocupación de las islas en el 64 solo respondía al propósito del gobierno español de presionar al Perú y obtener seguridad para sus súbditos, era consciente de que la intervención del país en momentos en que no se encontraba preparado para enfrentar un conflicto bélico solo lograría enfrascarlo en una guerra “estúpida”, que no le pertenecía y para la cual no poseía los medios bélicos necesarios para imponerse y mantener la posición chilena.[45] Pese a ello, consideró indispensable armarse para restituir el equilibrio de poderes en el Pacífico sur a favor de la posición chilena. En cuanto al equipamiento bélico, España estaba mucho mejor preparada que Chile, por lo que se vislumbraba que el país tendría menos probabilidades de éxito con los medios que poseía en ese momento. Por ello, el país desplegó además una campaña mediática y diplomática fuerte y tributaria de su influencia en el Pacífico sur y las redes comerciales construidas, para hacerse del apoyo moral por parte de los armadores y capitanes de barcos mercantes venidos desde Inglaterra y Francia principalmente, quienes se vieron amenazados por el bloqueo que realizaron los españoles de los principales puertos del país. Los europeos veían que el conflicto no tendría futuro y que España solo ganaría la odiosidad y el desprestigio en tierras americanas.

De este modo, las elites chilenas confiaban en que el ideal americanista y el desgaste de las fuerzas españolas fueran suficientes para ganar el tiempo necesario para que arribaran las naves mandadas a construir a fin de reforzar el poder marítimo chileno. Lo anterior constituye evidencia de la visión episódica y reactiva de las elites chilenas, que, ante el estímulo de un acontecimiento externo y coyuntural, focalizaron nuevamente su atención en el fortalecimiento de los medios necesarios para la conservación de un poder disuasorio marítimo capaz de preservar la hegemonía y el dominio del país en el Pacífico sur, su zona de influencia desde los primeros años de vida republicana.

Reflexiones finales

La participación de Chile en el conflicto con España no puede ser vista únicamente como respuesta al sentimiento y compromiso americanista impulsado por las elites chilenas a mediados del siglo xix. El conflicto demostró dos aspectos fundamentales de la historia y el devenir del país en el siglo xix. Por un lado, que Chile poseía intereses geopolíticos que se orientaban a la mantención y el sostenimiento de un papel y rol hegemónico en esta parte del Pacífico sur. Por el otro, que el poder naval chileno no podía seguir improvisándose cada vez que aparecía una amenaza en el horizonte.

Si bien en los imaginarios geoestratégicos de las elites chilenas hasta la década de 1840 el control del Pacífico sur se había sostenido en una gran estrategia, las décadas de tranquilidad y paz que le siguieron hasta la guerra (de 1865-1866) evidenciaron la imprevisión y la inconsecuencia de la extraviada política exterior y de defensa que mantuvo el país durante la segunda mitad del siglo xix. Al final, quedaría demostrado que no se podían obtener resultados positivos solamente con el coraje, la improvisación y la suma de fuerzas operativas, ya que, de este modo, se perdían importantes recursos por los precios especulativos que se tenían que pagar, las dificultades internacionales y, sobre todo, el tiempo que se derrochaba en la negociación. Por ello, para sostener una posición hegemónica como la anhelada por las elites chilenas, era imperioso mantener un poder marítimo operativo que sirviera de disuasorio constante y recordatorio del rol del país en el contexto del Pacífico sur.

Contrario a lo esperado por las elites chilenas, de que la alianza con Perú, Ecuador y Bolivia les diera tiempo para rearmarse y ganar tiempo en este esfuerzo, la guerra trajo una pérdida de prestigio frente al Perú, que se alzó tras el combate del 2 de mayo como quien prevaleció militarmente a los ataques de la poderosa escuadra española, lo cual lo posicionó como el Estado líder de la gesta americanista y, en el imaginario latinoamericano, como el “ángel vengador” de los oprimidos de la región. Producto de ello, Chile se embarcaría aceleradamente en los años venideros en dos campos de batalla distintos.

El primero de ellos no fue bélico, sino ideológico. A través de discursos y argumentos favorables a los intereses del país, las elites buscaron crear, a partir de la opinión pública, una conciencia nacional unificada que sostuviera cualquier esfuerzo por cambiar la situación acontecida. Por otro lado, el segundo campo de batalla fue material. Este estuvo orientado a la adquisición de los conocimientos tecnológicos necesarios para el mantenimiento de las máquinas a vapor, llevando a obtener una provisión de repuestos para ellas y a fortalecer la red de maestranzas capaces de atender con prontitud las fallas de las naves y la reposición de las calderas de los buques que se habían mandado a construir en Inglaterra y de aquellos que llegarían tras el término del conflicto desde Estados Unidos, gracias a la gestión realizada por Vicuña Mackenna.

De este modo, los efectos del bombardeo de Valparaíso sobre los imaginarios geopolíticos de las elites nacionales, los 15 millones de pesos en daños,[46] la pérdida de las 27 unidades de la marina mercante que fueron apresadas y en su mayoría destruidas por los españoles, la pérdida del prestigio y hegemonía que poseía el país, especialmente por el hecho de que el gobierno peruano –con bastante previsión– había efectuado una serie de compras navales en pleno conflicto y que hicieron de su fuerza naval muy superior a la chilena, y, sobre todo, que la guerra concluyó para Chile sin dejar en la psiquis ningún héroe o mártir identificable que alimentara el imaginario popular y la gloria nacional, se imbricaron para que el país se embarcara en una carrera armamentista con fuertes repercusiones en las últimas décadas del siglo, y que se orientaba a regresarle al país el rol hegemónico perdido. El sentimiento posconflicto quedó resumido en las palabras del general peruano Edgardo Mercado Jarrín, quien señaló:

La guerra con España significó para Chile una deuda fiscal cuantiosa; en el aspecto naval, la marina mercante quedó diezmada; en el plano político, la contienda rebeló la absoluta imprevisión del país para una emergencia de este tipo; y en el ámbito moral, el pueblo se sintió humillado.[47]

Dado que el conflicto le costó al país una suma equivalente al presupuesto de la nación de dos años consecutivos, esta vulnerabilidad marítima, en los imaginarios de las élites nacionales, no podría volver a repetirse. La guerra contra España evidenció cómo, en los imaginarios de las elites chilenas, primó una mirada y una actuación basadas en horizontes de corto y mediano plazo, episódicas y coyunturales. Si bien, durante las décadas de 1820 y 1830, las elites desarrollaron acciones conducentes a la consecución del dominio sobre el Pacífico sur, en las dos siguientes, fueron reemplazadas por otras enfocadas en el aprovechamiento del comercio sin preocuparse de los medios para su sostenimiento y que permitieran una disuasión a nuestros potenciales rivales. Ello representa una discontinuidad en la gran estrategia país que había iniciado O’Higgins y que había sido continuada por Portales.

La guerra demostraría la necesidad que tenía Chile de robustecer su poder a través de la inversión en distintos rubros y de formular una política exterior, a la luz de grandes ideales y objetivos de largo plazo, no a partir de las amargas experiencias que debió enfrentar durante el siglo xix.


  1. Este trabajo se ha realizado en el marco del Proyecto Fondecyt de Iniciación “La Expedición del Pacífico y la Guerra hispano-sudamericana en los imaginarios geopolíticos de la España liberal (1860-1866)”, financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo. Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación de Chile, con referencia: Fondecyt n.º 11200245.
  2. Universidad Adolfo Ibáñez, Chile.
  3. Rodrigo Escribano Roca y Pablo Guerrero Oñate, “Navalism and Imperial culture in Spain: The origins and ceebration of the Chincha Island War (1834-1868)”, The Mariner’s Mirror, 109, n.º 3 (2023): 198-199; Juan Inarejos, “De la guerra del guano a la guerra del godo. Condicionantes, objetivos y discurso nacionalista del conflicto de España con Perú y Chile (1862-1867)”, Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 14, n.º 1 (2010): 137-170.
  4. Pedro Novo y Colson, Historia de la guerra de España en el Pacífico (Madrid: Imprenta de Fortanet, 1882), 84.
  5. Rodrigo Escribano Roca y Pablo Guerrero Oñate, “Navalismo y panhispanismo como horizontes de regeneración imperial en España (1814-1862)”, Revista Anuario de Estudios Americanos, 79, n.º 1 (2022): 209.
  6. “Felicitación de Españoles residentes al Almirante Pinzón en Valparaíso”, El Mercurio de Valparaíso, 7 de mayo de 1863.
  7. “La Fragata Resolución”, El Mercurio de Valparaíso, 1 de mayo de 1863.
  8. Luis Hernández Pinzón, “Comunicación del Almirante Pinzón al ministro de Marina de España”, 1 de junio de 1863, Archivo del Ministerio de Marina de España.
  9. “Informaciones sobre la Escuadra del Pacífico”, El Mercurio de Valparaíso, 1 de junio de 1863.
  10. Carlos Grez, Los intentos de unión hispano americana y la guerra de España en el Pacífico (Santiago de Chile: Nascimento, 1928), 89.
  11. José García Martínez, “La República de Chile al arribo de la escuadra del Pacífico, mayo de 1863”, Revista de Marina, 2 (1996): 2.
  12. José V. Lastarria, “Comunicación entre José Victorino Lastarria y el ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Juan Antonio Rybeiro”, 28 de mayo de 1863, Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú.
  13. Juan Sinn, La política americanista de Chile y la guerra con España (1864-1866) (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1960), 60.
  14. Novo y Colson, Historia de la guerra de España en el Pacífico, 163.
  15. Hernán Ramírez Necochea, Historia del Imperialismo en Chile (Santiago de Chile: Editorial Austral, 1970), 261-261.
  16. Francisco Encina, Historia de Chile, tomo 27 (Santiago de Chile: Editorial Ercilla, 1984), 120.
  17. Benjamín Vicuña Mackenna, Bases de la Unión Americana (Santiago de Chile: Imprenta de la Libertad, 1867), 2.
  18. Jorge Pinto, “Proyectos de la elite chilena del siglo xix”, Alpha, n.º 26 (2008): 167-89.
  19. Por imaginarios geopolíticos entendemos aquellas prácticas y pensamiento en torno a la forma en que la política estatal se vincula con la dimensión espacial y territorial, de tal forma que los eventos internacionales se puedan dimensionar por sus consecuencias regionales o globales y que, además, se conciban como parte de procesos y no como fenómenos aislados en sí mismos. A través de ellas, el Estado busca mejorar su posición internacional, con independencia del carácter moral de dichos objetivos. Marco Vinicio Méndez, ed., Perspectivas de la Geopolítica en América Latina. Casos de estudio (Heredia: Escuela de Relaciones Internacionales, Univ. de Costa Rica, 2020), 7.
  20. Gonzalo Bulnes, Historia de la espedición libertadora del Perú (1817-1822) (Santiago de Chile: Rafael Jover Editor, 1887), 39.
  21. Jorge Iturriaga, “Bernardo O’Higgins, Lord Cochrane y el Mar de Chile”, Revista Libertador O’Higgins 1 (2010): 355.
  22. Bernardo O’Higgins, “Carta de Bernardo O’Higgins a Jefes, Oficiales y Tropa”, 1820, Archivo y Biblioteca Histórica de la Armada de Chile.
  23. Luis Langlois, Influencia del poder naval en la historia de Chile, desde 1810 a 1910 (Valparaíso: Imprenta de la Armada, 1991), 51.
  24. Thomas Cochrane, Documentos justificativos sobre la espedición libertadora del Perú [recurso electrónico] ; refutación de las memorias de Lord Cochrane en lo concerniente a las relaciones del Vice-almirante con el Gobierno de Chile. (Santiago de Chile: Imprenta del Ferrocarril, 1861), 110.
  25. Pinto, “Proyectos de la elite chilena del siglo xix”, 175.
  26. Ernesto De la Cruz y Guillermo Feliú, eds., Epistolario de Diego Portales (1836-1837 (Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2007), 643-44.
  27. Álvaro Góngora, Políticas económicas y desarrollo industrial en Chile hacia 1870-1900 (Santiago de Chile: Academia Superior de Ciencias Pedagógicas, 1984), 36.
  28. Francisco Encina, “El proyecto de alianza Perú-Boliviana-Argentina de 1873-75 y la iniciativa de Don Abdón Cifuentes en la adquisición de los blindados chilenos”, Boletín de la Academia Chilena de la Historia, IV, n.º 9 (1937): 7-32.
  29. Germán García, “El poder naval y la política exterior chilenos en el siglo xix”, Revista de Marina, 105, n.º 786 (1988): 187.
  30. Claudio Gay, “Fragmento de un viaje a Chile y el Cuzco. Patria de los Antiguos Incas”, en Vida de Claudio Gay, de Carlos Stuardo (Santiago de Chile, 1993), 294.
  31. En la carta a Domingo Espiñeira, desde Valparaíso, el presidente de la República señalaba cuáles serían los aspectos principales y necesarios para el establecimiento de una colonia permanente en la zona del Estrecho. Cristóbal García Huidobro, Epistolario de Manuel Montt (1824-1880), I (Santiago de Chile: Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2015), 144.
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  37. “Memoria que el Ministro del despacho del Departamento de Guerra y Marina presenta al Congreso Nacional de Chile”, 1848, 10, Archivo y Biblioteca Histórica de la Armada de Chile.
  38. “Decreto Supremo S/N del Ministerio de Guerra y Marina: vapor de Guerra”, 30 de junio de 1852, Biblioteca del Congreso Nacional de Chile.
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  40. “La marina de guerra de la República”, El Mercurio de Valparaíso, 4 de mayo de 1863.
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  42. Luis Ortega, Chile en ruta al capitalismo. Cambio, euforia y depresión, 1850-1880 (Santiago de Chile: LOM Ediciones, 2005), 106; “Estadística Comercial de la República de Chile, años 1845 a 1880”, Biblioteca del Congreso Nacional de Chile.
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  45. Encina, Historia de Chile, tomo 27, 149.
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  47. Edgardo Mercado, Política y estrategia en la guerra con Chile (Lima: S/E, 1979), 29.


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