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2 Aprendizaje a distancia

Ana Marquez Terraza

Introducción

Las modificaciones que la pandemia por covid-19 impuso al sistema educativo llegaron para quedarse. Principalmente en el nivel superior, después de la vuelta a la presencialidad, muchas carreras y ofertas académicas optaron por continuar con modalidad remota. E incluso este tipo de ofertas se ha incrementado.

La educación a distancia será entendida como una modalidad en la cual se ofrece un programa estructurado, avalado por una institución educativa. Su principal característica remite a que educador y educandos estarán en espacios físicos diferentes. La comunicación entre ambos estará mediada por diferentes recursos tecnológicos (García Aretio, 2020).

Esta modalidad educativa, sobre todo cuando es transmitida a través de medios virtuales, es ineludible en un mundo globalizado e hiperconectado mediante las herramientas generadas por las tecnologías digitales e internet. El conocimiento está cada vez más al alcance de la mano, a través de las diversas pantallas a las cuales tenemos acceso. Es lógico que las ofertas de educación formal se adapten a las nuevas tecnologías que forman parte de la vida cotidiana de las personas.

La educación virtual guarda la promesa de solucionar problemas que presenta la educación tradicional y de ser eficaz a la hora de responder a los vertiginosos cambios sociales (Fuenmayor & Bolaños, 2020). Como se mencionó en el capítulo anterior, los docentes supieron adaptarse a esta modalidad, con propuestas y estrategias diversas, valiéndose del ingenio y la creatividad frente a los recursos limitados.

Sin embargo, es inevitable que surjan preguntas por lo que sucede del otro lado de la pantalla. ¿Cómo se enfrentan los estudiantes a esta modalidad? ¿Cómo se vive la experiencia de aprender a distancia? ¿Qué factores resultan perjudiciales para el proceso de adquisición de nuevos conocimientos a través de la virtualidad? ¿Cuáles son las herramientas que se deben desarrollar para optimizar este proceso? Intentaremos dar respuesta a estas preguntas considerando la evidencia empírica generada a través del análisis de la experiencia de educación a distancia impuesta a partir de la pandemia por covid-19.

Experiencias de las cuales aprender

La experiencia de educación a distancia vivida durante la pandemia dista de ser la ideal. No fue una elección libre de los centros educativos o de los estudiantes, fue una imposición consecuente a la situación sanitaria. No hubo un período de preparación o adaptación. Fue un proceso acelerado y vertiginoso. Además, se dio en un contexto de incertidumbre social, política y económica que no favoreció el desempeño académico de los estudiantes. Sin embargo, gracias al amplio registro que se hizo de la situación, es posible obtener información valiosa sobre cómo mejorar la experiencia de aprendizaje a distancia.

Fueron varias las fuentes de malestar identificadas por los estudiantes durante la pandemia. En esta ocasión las agrupamos en tres categorías: organización, relaciones y tecnología.

Con respecto a la organización, uno de los grandes desafíos durante el período de aislamiento social giró en torno a la pérdida de rutinas. El asistir diariamente, de manera presencial, a nuestros lugares de trabajo o a las instituciones educativas, nos lleva a establecer hábitos. Mejores o peores, pero hábitos al fin. Acostumbramos a comer, dormir e incluso en los mejores casos, hacer actividad física y recreativa, en determinados momentos del día y la semana. Esto nos ayuda a dar estructura a nuestra vida cotidiana.

La pérdida de las rutinas durante el confinamiento llevó a la modificación de hábitos de sueño y alimenticios, así como a la disminución en los niveles de actividad física, lo que repercutió en el rendimiento académico (Aguilar Martínez & Chong-Barreiro, 2022). Esta pérdida de rutinas puede darse en cualquier programa de educación a distancia, sobre todo en aquellos que tienen mayor carga de trabajo asincrónica, dado que no se imponen horarios para el estudio ni espacios específicos para tal fin.

Quienes estudiamos y trabajamos desde casa sabemos que es muy fácil prescindir del almuerzo cuando la carga de trabajo es muy pesada. O, por el contrario, dar prioridad a cuestiones personales cuando el trabajo no apremia y las fechas de entrega parecen lejanas.

Para evitar cualquiera de los dos extremos es importante que los estudiantes que opten por esta modalidad sean capaces de establecer y respetar horarios claros de cursado y estudio. De igual manera, también deben poder delimitar espacios de trabajo. Las distracciones hogareñas fueron reportadas frecuentemente como un factor de bajo rendimiento durante la pandemia (Gutiérrez Mamani, 2021). Por ello, en la medida de lo posible, el cursado a distancia debe llevarse a cabo en espacios adecuados y preparados para tal fin (Expósito & Marsollier, 2021).

Otra fuente de malestar relacionada con la educación virtual en pandemia fueron las relaciones y comunicación con los compañeros, los profesores y la institución.

Los compañeros de clase son una parte importante de cualquier experiencia de aprendizaje. Entre compañeros se forman alianzas, grupos, se establecen redes de ayuda e información. La presencialidad facilita el armado de estas redes, ya que permite el contacto y la interacción cara a cara. Esto facilita la comunicación de pensamientos, emociones y sentimientos (Fuenmayor & Bolaños, 2020). En la virtualidad existen herramientas que posibilitan el armado de redes (grupos de WhatsApp o foros en aulas virtuales) pero la interacción se encuentra limitada.

La comunicación con los docentes también se ve afectada en la educación a distancia. Esto se traduce en que los estudiantes perciben una menor disponibilidad y apertura. Por ejemplo, en relevamientos realizados, se ha encontrado que durante la pandemia los estudiantes universitarios percibían mayores niveles de desidia en sus profesores (Casiano Inga et al., 2022), y señalaban como una de las causas de sus dificultades académicas la falta de acompañamiento y comprensión por parte de los docentes (León Bazán & Sánchez, 2021).

La comunicación con las instituciones académicas también es un punto crítico. Los aspectos administrativos, las reglas académicas propias de cada institución y carrera deben ser comunicadas con claridad. Durante el confinamiento la comunicación institucional fue señalada como dificultosa, y los estudiantes resentían la falta de capacitación técnica por parte de las instituciones (Aguilar Martínez & Chong-Barreiro, 2022; León Bazán & Sánchez, 2021).

Finalmente, el tercer punto crítico en el que nos detendremos es la tecnología. Con la pandemia se puso en evidencia que no todos los estudiantes podían acceder a los dispositivos necesarios para la educación virtual (Gil Villa et al., 2020). Esta modalidad exige que el estudiante tenga acceso a computadoras, en el mejor de los casos, o tablets o celulares que tengan acceso a internet. Además, este acceso a internet debe tener el suficiente ancho de banda y la suficiente estabilidad para que el estudiante pueda conectarse a clases sincrónicas, ver las clases asincrónicas, rendir exámenes orales, entre otras actividades.

Sin embargo, no solo se debe contar con los dispositivos, también es necesario saber utilizarlos. En el traspaso de la educación presencial a la educación virtual, muchas veces se pensó que los estudiantes más jóvenes no tendrían dificultades en la utilización de las nuevas herramientas virtuales. Por el contrario, las investigaciones reportan que, a pesar de ser nativos digitales, los alumnos no estaban habituados a este tipo de herramientas. Las aulas virtuales presentaron baja accesibilidad cognitiva y a los estudiantes les resultó difícil usarlas y entenderlas (Chávez Márquez, 2021; Jiménez & Elías, 2021).

Por otro lado, la educación virtual implica necesariamente un aumento del uso de pantallas. Esto puede conllevar mayor uso de internet y de redes sociales. El uso distractor de aplicaciones como Facebook y WhatsApp está relacionado con un peor rendimiento académico (Vilca-Apaza et al., 2022). Aumenta la hiperestimulación y la sensación de estar todo el tiempo conectado” (Llanque, 2021). Como consecuencia aparece el tecnoestrés, que puede ser definido como el estrés causado por la necesidad de adaptarnos a las nuevas tecnologías y ante los cambios cognitivos y sociales que esta adaptación requiere (Cuervo Carabel et al., 2018).

Las experiencias de educación a distancia durante la pandemia dejan claro que esta modalidad presenta desafíos específicos para el estudiante. Aprender a partir de programas educativos virtuales reduce contactos sociales e institucionales, aumenta la exposición a nuevas tecnologías y flexibiliza las rutinas. El éxito en este tipo de programas dependerá en mayor medida de la capacidad del estudiante para la organización y la autodirección del proceso. Analizaremos a continuación las herramientas de las que el estudiante se puede valer para optimizar el desempeño en el aprendizaje a distancia.

Los recursos

Para lograr la autodirección del aprendizaje el estudiante necesita desarrollar estrategias específicas. Las estrategias de aprendizaje pueden ser definidas como “procedimientos o mecanismos intencionales y conscientes que se utilizan para el procesamiento, la codificación y la recuperación de la información con la intención de aplicarla y transferirla posteriormente a la obtención de una meta de aprendizaje” (Díaz-García et al., 2023, p. 18). Existen estrategias cognitivas, orientadas a la incorporación de conocimiento; metacognitivas, orientadas a la reflexión sobre el conocimiento adquirido y los procesos mentales; y estrategias de apoyo o autorregulación, vinculadas a aspectos comportamentales.

Las estrategias metacognitivas apuntan a un trabajo más profundo de la información. El uso de este tipo de estrategias está relacionado con un mejor rendimiento académico (Moreno et al., 2020). Son estrategias que apuntan a realizar una valoración sobre la información que se posee, así como de las fuentes de información disponibles en el medio.

Al utilizar estrategias metacognitivas el estudiante puede conocer la adecuación de los conocimientos que posee frente a las tareas a las cuales se enfrenta. Además, puede determinar estrategias para obtener nueva información (¿será mejor buscar en internet? ¿Puedo confiar en la información que me pasó tal compañero? ¿Será necesario preguntar al profesor?). Así como también determinar cuáles son las estrategias cognitivas más apropiadas para resolver determinado problema (estos conceptos será mejor memorizarlos, un ejemplo práctico me ayudaría más a explicar este concepto, esto lo puedo relacionar con el tema visto en otro texto, etc.) (Fuenmayor & Bolaños, 2020).

Las estrategias de autorregulación, por otro lado, son amplias. Pueden abarcar las estrategias metacognitivas, ya que supervisar lo que sé y regular la manera en que voy a adquirir nueva información es una forma de autorregulación (Muñoz Cabana, 2021). También abarca aspectos motivacionales, como el recordarse por qué o para qué se estudia (Barrera Hernández et al., 2020). Así como aspectos organizativos y de apoyo al estudio (Díaz-García et al., 2023). Parte de regular nuestro propio proceso de aprendizaje implica la planificación de cuándo se va a estudiar, en qué lugar, qué material se necesita y cuánto esfuerzo se pondrá en cada sesión de estudio y en cada material.

Las estrategias de autorregulación están relacionadas con la orientación a futuro. La orientación temporal permite que las personas puedan guiar sus comportamientos en función de sucesos pasados, presentes o futuros. Cuando en una persona predomina la orientación a futuro, sus acciones estarán guiadas por metas y logros que espera obtener más adelante en el tiempo (Barrera Hernández et al., 2020).

En relación con las metas, el rendimiento académico es más alto en aquellas personas con metas de aprendizaje y metas de rendimiento/logro. En el primer caso, el aprendizaje es asociado a un enriquecimiento personal, un medio para mejorar en un determinado aspecto, por lo que esta meta apunta a la motivación intrínseca. En el segundo caso, se asocian los logros académicos al reconocimiento social que estos conllevan, por lo que se apunta a la motivación extrínseca. Por el contrario, quienes tienen como meta la evitación del fracaso, no presentan necesariamente un mejor rendimiento (Enríquez et al., 2020).

La orientación a futuro, además, se ha mostrado relacionada con un patrón de aprendizaje orientado al significado, que implica un procesamiento profundo y crítico de la información (Gaeta-González et al., 2020). Es importante que el estudiante tenga en claro cuáles son las metas a las que aspira durante el proceso de aprendizaje. Metas a corto plazo, como aprobar un parcial o terminar un trabajo práctico; y a largo plazo, que sin duda incluirán el título, pero también abarcan el trabajo o la aplicación práctica que les daremos a estos conocimientos. Tener estas metas presentes ayuda a que el procesamiento de la información sea más crítico y facilita la relación de conceptos. También se incrementa la motivación, tanto intrínseca como extrínseca, lo que ayuda a la regulación del esfuerzo y la planificación.

El papel de los docentes

Frente a la necesidad de que los estudiantes desarrollen estrategias que les permitan la autodirección de su aprendizaje, los docentes pueden implementar dos estrategias fundamentales: en primer lugar, trabajar de manera explícita con estrategias que aumenten la motivación de sus alumnos frente al proceso de aprendizaje; en segundo lugar, es necesario que se implementen estrategias de enseñanza que fomenten sus capacidades metacognitivas.

Al verse reducida la interacción entre estudiantes y docentes, es necesario que estos últimos hagan un esfuerzo por comprometer al alumno en el proceso de aprendizaje. El solo hecho de incluir pequeños momentos de reflexión en las clases, acerca de las metas, la aplicación de los conocimientos o los valores que vuelven significativo al aprendizaje, ya puede marcar un cambio. También, en la medida de lo posible, dar espacio para que los estudiantes puedan manifestar sus problemáticas particulares, mostrando un sincero interés, y fomentando un diálogo empático que contribuya al acercamiento y la inclusión (Fuenmayor & Bolaños, 2020).

En este sentido, los programas de tutoría son especialmente importantes en la modalidad de educación a distancia. Los docentes tutores tienen, entre sus funciones, la tarea de monitorear la trayectoria académica de los estudiantes, con el fin de potenciar sus capacidades y fomentar la adquisición de las herramientas necesarias para optimizar el rendimiento académico. Además, conocen la situación particular de cada estudiante, dado que son mediadores entre estos y los recursos que ofrece la institución educativa (Benites, 2020). Se ofrece, de esta manera, un servicio más personalizado, lo que resulta fundamental en la modalidad de educación a distancia, en la cual los alumnos corren el riesgo de sentirse invisibles o no vistos, por las dificultades en la comunicación.

Por otro lado, se ha puesto en evidencia la necesidad de utilizar estrategias de enseñanza que fomenten las habilidades metacognitivas y la autorregulación del conocimiento. Estas herramientas servirán a los estudiantes para optimizar su proceso de aprendizaje en la modalidad de educación a distancia, para que puedan desarrollar autonomía y creatividad (Lozano Díaz et al., 2020). Pero también aportarán estrategias valiosas para la resolución de problemas en el ejercicio de la vida profesional en un mundo cambiante y desafiante (González Velázquez, 2020).

Existen diferentes estrategias propuestas para fomentar las habilidades metacognitivas y la autorregulación del proceso de aprendizaje. El aprendizaje por resolución de problemas, por ejemplo, ha demostrado mejorar significativamente el rendimiento de los estudiantes en el nivel superior (Gonzales López & Evaristo Chiyong, 2021). La telesimulación, en la cual se entrena a los estudiantes usando actores que representan a pacientes o clientes estándar, no solo mejora el rendimiento académico, sino que mejora la satisfacción con los programas de educación virtual a distancia (Larenas et al., 2022).

El aula invertida también es un modelo que fomenta, principalmente, la autorregulación del proceso de aprendizaje, ya que pone en los estudiantes la tarea de dirigir el desarrollo y aprendizaje de un determinado tema. En una investigación en la cual se relevaron las valoraciones cualitativas de los estudiantes frente a este método, se encontró que en general hay una valoración positiva. Los estudiantes son conscientes de que en esta metodología el rendimiento del aprendizaje depende de la responsabilidad individual y del grupo. Sin embargo, destacan que prefieren que estos métodos sean complementarios a las clases magistrales tradicionales y no un reemplazo (Espada et al., 2020).

Finalmente, también existen programas destinados al entrenamiento en estrategias metacognitivas. Estos se aplican en el contexto de las tareas cotidianas del programa educativo. Es decir, se apunta a la reflexión de qué procesos cognitivos y estrategias conductuales se utilizan para resolver una tarea determinada dentro de una materia específica. Estas intervenciones deben ser explícitas. El profesor debe informar a sus estudiantes por qué es necesaria esta reflexión y cuáles son los beneficios de utilizar la metacognición en el proceso de aprendizaje. No deben ser intervenciones aisladas, sino que tienen que ser aplicadas de manera sistemática. Este tipo de programas mejoran la percepción que los estudiantes tienen de sus propios conocimientos (Manzanares & Valdivieso-León, 2020).

Conclusiones

El aprendizaje a distancia es una modalidad que, después de la pandemia por covid-19, alcanzó gran popularidad. Presenta sus desafíos particulares, como las limitaciones en la comunicación o la sobreexposición a nuevas tecnologías. Pero es un paso necesario que la educación formal debía dar frente a un mundo globalizado e hiperconectado.

En esta modalidad educativa el estudiante deberá tomar el protagonismo de su proceso de aprendizaje. El sistema de andamiaje dado por la presencia de los profesores, la comunicación con los compañeros, así como la pertenencia institucional se ve minimizado. Es el sujeto el que debe crear hábitos y espacios (virtuales, temporales y físicos) que permitan el desarrollo del proceso de enseñanza.

Por ello, el desarrollo de estrategias metacognitivas y de autorregulación será una condición casi imprescindible para el éxito de este proceso. Además, el “aprender a aprender” no solo garantizará el éxito académico, sino que son estrategias necesarias para el ejercicio profesional en un mundo y un sistema social que cambia vertiginosamente. Será también tarea de los docentes que trabajen en la modalidad a distancia dar lugar, en los espacios educativos, a nuevas estrategias de enseñanza que fomenten el desarrollo de estas capacidades.

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