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10 Humor y violencia

Desafíos de la resiliencia
en niños de contextos vulnerables

Nancy Caballero

Nos acostumbramos a la violencia y esto no es bueno para nuestra sociedad. Una población insensible es una población peligrosa.
    

Isaac Asimov

Introducción

Si bien la violencia ha estado presente a través de toda la historia, siempre fue dirigida a quien se consideraba enemigo o una amenaza para sí mismo o su entorno. Sin embargo, en la actualidad se ha naturalizado la violencia como forma de comunicarse, hacer bromas e incluso acercarse a un grupo o persona. Obviamente también se utiliza la violencia como forma de ataque, pero a veces es difícil distinguir si se está bromeando o atacando a otra persona. Esto se observa en todas las clases sociales, pero los niños privados cultural y económicamente cuentan con menos herramientas para conceptualizar emociones como la ira o plantear desde el humor situaciones dramáticas.

Ante esto se plantea: ¿qué ocurrió para que los niños pensaran que son humorísticas situaciones violentas? ¿Encuentran alternativas y otras formas comunicacionales? ¿Cuántas de las personas con sentido del humor serán capaces de aplicarlo como un recurso que les permita observar desde otra perspectiva las circunstancias adversas que les toque vivir? ¿Y cuántas dentro de este grupo serán capaces de instrumentar conductas concretas que les permitan modificar dichas circunstancias? La respuesta será negativa si el humor se manifiesta como violencia.

De acuerdo con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, es de vital importancia abordar la erradicación de la pobreza y la exclusión, al mismo tiempo que se busca empoderar a los ciudadanos para que desempeñen un papel activo en la construcción de ciudades más justas y libres de violencia. Esto nos lleva a reconocer la necesidad de trabajar en contextos de vulnerabilidad socioeconómica, contribuyendo así a promover el desarrollo saludable de estas comunidades. 

El trabajo de investigación se llevó a cabo en un barrio vulnerable de Godoy Cruz, caracterizado por una comunidad que rara vez sale de sus límites, con códigos propios y donde se observaron alianzas y enfrentamientos entre grupos. Durante el confinamiento, los niños no podían permanecer en sus hogares, debido a que estos eran pequeños y sobrepoblados, por lo que pasaban mucho tiempo en las calles del barrio y en el Hogar de Cristo. Esta situación exacerbó los intercambios agresivos entre ellos, pero también los expuso, y eso facilitó su observación.

Nuestro estudio fue realizado con niños de 6 a 13 años de un barrio del oeste de Godoy Cruz, Mendoza, a fin de conocer la relación entre el sentido del humor y el desarrollo de la resiliencia. En relatos sobre qué los hacía reír respondían sobre situaciones donde alguien de su familia se caía, se lastimaba o sufría situaciones de humillación. Mientras que, cuando se realizaron entrevistas en profundidad a los adultos de la misma comunidad, la violencia familiar surgía como estilo comunicacional permanente (Caballero, 2024). Esto puede relacionarse con los estudios sobre los estilos de crianza, cuando los padres que muestran un adecuado control paterno mantienen comunicación fluida y constante, los niños son menos ansiosos, serenos y capaces de afrontar dificultades. Con padres poco asertivos se genera lo contrario. Estos pequeños han naturalizado la agresividad como una forma de comunicación con su entorno. 

Naturalización de la violencia

En aquellos contextos deprivados socioculturalmente, la violencia suele ser primero aceptada, luego naturalizada y finalmente se establece como forma comunicacional.

Se intentó identificar las competencias comunicativas y generar estrategias que erradiquen la violencia como forma comunicacional. Ello implica hacer uso de la palabra para poder expresar todo, aun el enojo.

En el trabajo permanente con estos jóvenes descubrimos que pueden llegar a simbolizar y reflexionar. Sin embargo, les resulta muy difícil hacer chistes, bromas o reírse de situaciones difíciles. En los grupos de autoayuda para superar el consumo relatan los momentos de hilaridad producidos, por ejemplo, por el consumo de cannabis, asumen que es la risa sin motivo alguno, pero pasado ese efecto, les cuesta mucho reír por algo que no sea la caída de alguien, un sobrenombre (a veces grosero) o situaciones que pueden verse incluso como agresivas.

Se observó que, tanto en niños como en adultos, el sentido del humor simbólico y sanador era casi inexistente. Al consultar sobre las situaciones que generan risa, estas estaban relacionadas con las caídas, la humillación o los sobrenombres dirigidos hacia otros, en lugar de situaciones humorísticas o bromas.

Las respuestas de los niños indican: No me río nunca; Nada me hace reír; Cuando alguien se cae o No me gustan los chistes. Sin embargo, en pequeños relatos, los niños identifican cuestiones de humor asociadas con situaciones predominantemente negativas: “Me hizo reír cuando mi hermana le hace burla a mi abuela o Con mi hermana que se cayó y se sacó los dientes, no la ayudé, me reí mucho.

Es interesante destacar que los niños destacan como graciosos programas tales como “El Chavo del 8” y “La Pantera Rosa”, predomina un humor burlesco y descalificador, caracterizado por la constante repetición de situaciones negativas, como caídas y golpes. Esta repetición limita la creación de situaciones nuevas y positivas, y refleja en la vida cotidiana un modelo de humor basado en la burla del indefenso.

Por otra parte, los adultos también describen situaciones muy parecidas a las respuestas de sus hijos. Por ejemplo, madres que describen a sus hijos como es re idiota, no se ríe y cuando le decís algo se enoja…, bueno, yo también. El padre lo hace llorar con sus chistes porque se burla (descripción sexual peyorativa o algún defecto físico). Más se enoja, más le digo/dice.

En opinión de algunos colaboradores del centro barrial, también observan que, en general, se sienten humillados frente a las bromas que se les hace.

En este contexto, los niños y adolescentes en situación vulnerable económico-socialmente poseen un sentido del humor y juegos con poca simbolización y esto condiciona el desarrollo de uno de los pilares formadores de resiliencia.

Así, el trabajo preventivo del centro barrial es fundamental. Se está trabajando desde las ludotecas, en la “Copa de leche” se pasan videos con contenidos graciosos (que no incluyan violencia) y se realizan talleres sobre juegos que incluyen a sus padres. Talleres para niños, padres y abuelos sobre el sentido del humor como sanador y creador de capacidad de afrontamiento. Con las madres jóvenes: vínculos tempranos, manejo de emociones, comunicación asertiva y empatía.

Expresión de emociones y necesidades. Valor del lenguaje

El aprendizaje de la comunicación emocional se desarrolla en el vínculo con el ambiente. Cuando la palabra no se vehiculiza y se produce una escisión mente-cuerpo, los afectos, temores, ansiedades, miedo, rabia con sus correlatos fisiológicos irán dejando sus huellas en el cuerpo e irán conformando una forma de funcionamiento psíquico.

La madre juega un rol fundamental en la habilitación del niño para comprender la realidad y las experiencias. A través de ella, se transmite un lenguaje verbal que permite al niño aprender a expresar sus necesidades e identificar y nombrar sus emociones y sentimientos.

La palabra facilita la descarga y el alivio de la tensión y abre la posibilidad de buscar estrategias para la modificación de aquello que produce malestar.

En las primeras etapas de la vida se desarrollará la motricidad, el lenguaje, el pensamiento lógico y la música. Estas etapas de la vida infantil se denominan “ventanas neuronales”. Los padres deben estimular estas etapas, ya que durante ellas se establecen las conexiones neuronales que desarrollan los afectos tanto negativos como positivos.

Vínculo de apego. Períodos críticos

Las conductas de apego del niño, es decir, cómo busca y se relaciona con un adulto significativo (como un padre, madre o cuidador), generan en ese adulto respuestas emocionales sensibles. Estas respuestas, a su vez, crean un ciclo repetitivo: la sensibilidad emocional del adulto refuerza las conductas de apego del niño, lo que a su vez reduce los sentimientos de inseguridad en el niño.

Según Bowlby (1980), las pautas de interacción a las que conducen los modelos, una vez que se han vuelto habituales, generalizados y en gran medida, inconscientes, persisten más o menos invariables incluso cuando el individuo, en años posteriores, se relaciona con personas que lo tratan de maneras totalmente diferentes a las adoptadas por sus padres. Esto significa que las experiencias tempranas de apego influyen en cómo se desarrollan las interacciones y relaciones futuras.

El ser humano tiene la necesidad de vivenciar espejamiento y aceptación. Por ejemplo, la necesidad de ser reconocido y admirado, presente en el niño que busca esa mirada en los padres, estará presente en toda nuestra vida. De haber habido fallas en su satisfacción en épocas tempranas esta necesidad podrá perdurar bajo las formas de la infancia, formas ilusorias de mirada permanente de los padres que no podrá encontrarse de igual forma en la vida adulta, lo que ocasionará una permanente frustración e insatisfacción.

La infancia: período de alta vulnerabilidad

Se podría decir que “la violencia es una enfermedad de la ternura”, ya que esta surge cuando faltan abrigo, alimento y arrullos. Como si la violencia fuera una forma de escapar de la intemperie del hambre.

El niño depende del adulto y de su capacidad empática para la satisfacción de sus necesidades. Es en general la madre quien cumple la función de principal cuidador, sustituida en su defecto por la figura paterna o por algún otro adulto significativo. La madre con capacidad empática oficiará además de “barrera de paraexcitación”, como moderadora ante ciertos estímulos que puedan afectar nocivamente al niño (Lenarduzzi, 1997).

La violencia como forma comunicacional

La pregunta que surge es: ¿cómo llega la violencia a transformarse en forma comunicacional?

La violencia verbal aparece siempre como una provocación, que conlleva una respuesta similar. La violencia física es aceptada como la forma de resolver cualquier conflicto. En algunos casos, la violencia física es considerada “necesaria” en tanto manifestación para generar respeto en el grupo o defensa de alguien de su familia o amigos. Así, la agresividad se convierte en una forma comunicacional naturalizada y hasta esperable, por lo que se justifica y no se percibe como negativa.

La comunicación asertiva no se desarrolla y, por lo tanto, no se aprende. La falta de habilidades sociales, como empatía, cordialidad y solidaridad, lleva a que estas personas sean rechazadas en entornos escolares o laborales fuera de su barrio. Esta dificultad para relacionarse con los demás limita su disposición para salir del barrio y poder interactuar con otras personas, dificulta así la socialización en diferentes ámbitos y la adaptación fuera del entorno familiar. Esto da como resultado una baja tolerancia a la frustración y la falta de habilidades para afrontar desafíos y superar adversidades en su vida diaria.

Las instituciones sociales desempeñan un papel estratégico en proponer las alternativas posibles, tales como brindar apoyo y herramientas adecuadas para fortalecer la resiliencia infantil, lo que les permitirá adaptarse, recuperarse y crecer a pesar de las dificultades que enfrenten. El Hogar de Cristo surgió como respuesta a grupos de adolescentes con problemas de consumo, pero con el tiempo se ha convertido en un centro barrial que ofrece talleres preventivos, grupos de autoayuda y actividades recreativas. Además, ludotecas dirigidas a la primera infancia y preadolescencia, como talleres para niños, donde se fomenta el desarrollo de habilidades sociales y se ofrecen alternativas a la violencia como forma de comunicación.

Desarrollo del sentido del humor (formador de resiliencia) en niños privados culturalmente

La resiliencia se define como “la capacidad de los seres humanos, sometidos a los efectos de una adversidad, de superarla e incluso salir fortalecidos de la situación” (Cyrulnik, 2013).

El sentido del humor es un pilar esencial de la resiliencia, junto con la moralidad, la creatividad, la iniciativa, el pensamiento crítico, la autoestima, la introspección, la independencia y la capacidad de interactuar con los demás. No se trata simplemente de “poner al mal tiempo buena cara”, sino de un recurso creativo que permite encontrar respuestas nuevas para situaciones que parecen no tener salida (Rodríguez, 2004). El humor implica el reconocimiento y la aceptación de lo imperfecto y del sufrimiento, integrándolos de manera positiva en la vida, lo que lo hace más soportable. Consiste en ser capaz de reírse de uno mismo, de las propias equivocaciones y limitaciones, y con ello generar libertad y fortaleza interior (Grotberg, 2006).

Aunque el sentido del humor no se puede enseñar directamente, es posible crear un ambiente de confianza en el cual las personas se sientan con suficiente autoridad para reír a gusto y liberar tensiones. Cuando este ambiente no existe, la necesidad de relajarse genera cierta tendencia hacia el humor agresivo, mediante el cual se trata de ridiculizar a las personas o burlarse de sus valores. 

El humor es la capacidad de encontrar lo cómico en situaciones adversas, sirve como refugio y medio para reestructurar experiencias. Es un recurso poderoso para mantener la subjetividad, el lazo social y la identidad grupal, y contribuye a fortalecer la resiliencia al ayudar a resistir la adversidad (Rodríguez, 2004).

En la niñez, el humor es una forma consciente o inconsciente de contrarrestar la fuerza con la cual golpea la adversidad. Los niños suelen canalizar sus miedos a través del humor, utilizando la imaginación y fantasía para construir un mundo conforme con los propios deseos, dentro del cual recrean las situaciones estresantes de tal manera que puedan controlarlas, así logran recuperar la confianza y el valor perdidos. En la adolescencia, el humor adquiere una forma del juego y una fantasía más complejos. A partir de la gran dificultad que presentan adolescentes o adultos jóvenes para simbolizar situaciones y convertirlas en humor, desdramatizando su contenido, se comienza a observar esta misma característica en niños, quienes responden orgullosamente que “no se ríen nunca” o “nada los hace reír”, como si no poseer sentido del humor los ubicara en un estatus superior.

Es importante distinguir entre términos como humor, risa y chiste, que a menudo se usan de manera intercambiable, pero tienen significados diferentes. El humor es una actitud que no requiere de un interlocutor y se manifiesta en la vida cotidiana como una manera de enfrentar el mundo. En cambio, el chiste es un acto social diseñado para generar risa en otros o en uno mismo y, generalmente, se produce de manera espontánea.

Freud (1927) afirma que el humor, en su esencia, permite evitar los efectos emocionales negativos de una situación mediante una broma, transformando el sufrimiento en placer. Investigaciones anteriores han mostrado que las respuestas frente a la resolución de conflictos varían según el género: las niñas exhiben mayores habilidades interpersonales y fortalezas internas, y los varones son más pragmáticos. Las niñas tienden a ser más flexibles, dependientes de las figuras de apego, menos perturbadas emocionalmente y a tener una mejor interacción con el entorno (Caballero, 2012).

Conclusión

Promover en los niños un sentido del humor positivo y habilidades sociales es fundamental para fortalecer la resiliencia, especialmente en contextos donde la violencia se ha naturalizado como forma de comunicación. El humor, cuando es utilizado de manera constructiva, permite a los niños reestructurar experiencias adversas y transformar el sufrimiento en una fuente de aprendizaje y crecimiento. Sin embargo, en contextos vulnerables, el humor a menudo adopta una forma agresiva, y así limita la capacidad de los niños para desarrollar un sentido del humor simbólico y sanador. Esta carencia dificulta la formación de una resiliencia efectiva, que es esencial para enfrentar los desafíos de su entorno.

El papel de las instituciones sociales y educativas es de gran relevancia en la creación de espacios donde los niños puedan explorar y desarrollar estas habilidades. A través de talleres y actividades centradas en el humor positivo, es posible ofrecer alternativas a la violencia, que fomenten la capacidad de simbolización y permitan a los niños reinterpretar sus realidades de manera constructiva. Estos esfuerzos no solo contribuyen a erradicar la violencia como forma de comunicación, sino que también empoderan a los niños para que utilicen el humor como una herramienta de resistencia y superación.

Desarrollar en los niños habilidades sociales y manejo de emociones, y permitirles manifestar sus dificultades a través del humor sanador, les ayudará a enfrentar situaciones difíciles y a fortalecer su resiliencia. Estas habilidades les proporcionarán herramientas para afrontar la vida y convertir las dificultades en aprendizaje.

Dicen que un hombre digno es aquel que es capaz de forjar otro destino que el pautado para él.

  

Ernesto Sábato

Referencias bibliográficas

Bowlby, J. (1980). Attachment and loss: loss, sadness and depression (Vol. 3). New York: Basic Books.

Caballero, N. (2012). Adolescencia, resiliencia y escuela en contextos de riesgo. Un estudio de características psicosociales en jóvenes de la comunidad de La Estanzuela [tesis de Maestría en Psicología Social]. Universidad Nacional de Cuyo. Inédita.

Caballero, N. (2024) Resiliencia infantil en contextos adversos. Un análisis a partir del sentido del humor en niñas y niños de un barrio del oeste de Godoy Cruz, Mendoza [tesis de Doctorado]. Universidad del Aconcagua. Inédita.

Cyrulnik, B. (2013). Los patitos feos: La resiliencia. Una infancia infeliz no determina la vida. Penguin Random House.

Grotberg, E. H. (2006). La resiliencia en el mundo de hoy. Cómo superar las adversidades. Gedisa.

Rodríguez, F. (2004). La pobreza como un proceso de violencia estructural. Revista de Ciencias Sociales, 10 (1), 42-50. https://www.redalyc.org/pdf/280/28010104.pdf.



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