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“Se encuentra cuerpo de una mujer”: feminicidio, racismo y memoria en las carreteras de los Estados Unidos

Brigittine French[1] 

Resumen

Este estudio aborda una categoría específica de feminicidios en la que los cuerpos de mujeres asesinadas son encontrados a lo largo de las carreteras en Estados Unidos, un país que no reconoce el feminicidio como crimen legal o social. El trabajo conceptualiza la falta de reconocimiento del feminicidio como un borrón semiótico, sosteniendo que la invisibilidad del crimen de odio basado en el género se acentúa cuando las víctimas son mujeres latinas, negras e indígenas. Este vacío institucional es el resultado del racismo estructural en los Estados Unidos (Bonilla-Silva 2018). El análisis se centra en tres casos etnográficos ilustrativos ocurridos cerca de la autopista I-80 en el estado de Iowa. Las conclusiones sugieren que la carretera se convierte en un sitio culturalmente significativo en Estados Unidos, donde la memoria colectiva de violencia y peligro hacia las mujeres se reproduce en sus vidas cotidianas.

Introducción

Este capítulo analiza el feminicidio como borrón. Un borrado semiótico (Gal and Irvine, 2019) que hace que asesinatos de mujeres sean lagunas legales en los sistemas oficiales de justicia en los Estados Unidos. La falta de este reconocimiento legal crea una falta de resolución jurídica y desamparo para las familias de las víctimas. Asimismo, en los Estados Unidos existe un vacío empírico y cuantitativo que hace que los feminicidios no estén en el centro de debates políticos y sociales como categoría epistemológica plenamente reconocida. En las siguientes páginas, se analizan los “homicidios de carretera,” que el FBI (Bureau Federal de Investigaciones) define como un tipo de asesinato que ocurre cuando se encuentran cuerpos de mujeres asesinadas y abandonadas en las orillas de las carreteras. Tres casos representativos de este tipo de feminicidios ocurridos, en total o en parte, en el estado rural de Iowa son los de tres mujeres jóvenes: Tammy Zywicki (m. 1992), Mollie Tibbets (m. 2018) y Sadie Alvarado (m. 2018). Las tres víctimas aparecieron en las proximidades de I-80, una de las autovías más concurridas de los Estados Unidos y también reconocida como una vía de trata de personas que unifica el país desde el este hasta el oeste.

El artículo hace una comparación de los tres casos desde una perspectiva etnográfica y feminista interseccional. El análisis demuestra cómo la desigualdad racial de los tres casos afectó la atención mediática recibida en los ámbitos nacional y local. El borrón de los feminicidios como categoría de violencia de género e invisibilidad público es especialmente relevante en representaciones de feminicidios de mujeres de color –latinas, negras, e indígenas–. La desigualdad se hace patente cuando mujeres blancas, cis y de clase media, víctimas de crímenes similares, reciben mayor atención de los medios, pero ese trato preferente y de urgencia mediática no se traduce en una mayor urgencia policial y judicial. Tanto mujeres blancas como de color reciben un trato similar, un olvido policial que se sustenta en el vacío existente en torno al feminicidio como concepto jurídico. Se argumenta que la carretera se convierte en un “sitio de memoria” (Nora, 1989) de mujeres asesinadas, lo que puede volver a suceder debido a la impunidad que los feminicidios tienen en los EE. UU.

Identificando feminicidios e impunidad en los EE. UU. y el caso de Tammy Zywicki

El presente capítulo empieza con la desaparición y asesinato de Tammy Zywicki en 1992. Este caso confirma históricamente la falta de reconocimiento jurídico del feminicidio en los Estados Unidos y la complicidad del estado en no capturar ni juzgar a los perpetradores. Tammy era una estudiante en Grinnell College, en el estado de Iowa, en su año final de licenciatura. Ella estaba feliz; recién llegada de estudiar un semestre en España y con ganas de dejar Pennsylvania para continuar sus estudios universitarios con sus amigues en Grinnell College.

Imagen 1: Tammy J. Zywicki

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Foto por Tim Schoon.

Después de dejar a su hermano en las proximidades de Chicago, Tammy tenía cuatro horas más de viaje, cruzando los estados de Illinois e Iowa, con Grinnell como destino final. Según la investigación preliminar, el 23 de agosto, es posible que Tammy se haya detenido en la orilla de la I-80 debido a un problema mecánico con su vehículo. Nunca llegaría a Grinnell College. El día siguiente, su mamá, JoAnne Zywicki, llamó a la policía para avisar de la desaparición de su hija. El mismo día, la policía encontró su automóvil abandonado en la carretera y se lo llevó con la grúa. Nueve días después, el 1 septiembre, se encontró su cuerpo sin vida en la orilla de otra carretera, I-44, en Missouri, unas 600 millas al sur de Illinois. Fue violada y apuñalada 7 veces hasta dejar su cuerpo sin vida. Se necesitó usar datos dentales para identificar el cuerpo[2].

Imagen 2: Mapa del crimen

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Hasta el día de hoy, más de 30 años después, las autoridades no han arrestado a nadie en relación con el caso. El FBI y la policía del estado de Illinois lo tienen como caso abierto. Su familia, amigues y conocides continúan reclamando justicia legal. Su violenta muerte nos sigue persiguiendo, especialmente a las personas que aún la recuerdan.

En los Estados Unidos, no existe el crimen de feminicidio a nivel legal ni social. Los avances logrados por las feministas mexicanas (Legarde y de los Ríos, 2010; Fregoso y Bejarano, 2010) nos proporcionan un marco teórico, legal y social para identificar un crimen de violencia de género, lo que nos permite generalizar muchos otros casos en las Américas. Las características definidas de los feminicidios íntimos o no íntimos (Carcedo y Montserrat Sagot, 2000) en que enfocamos siguen una fórmula similar: una mujer sale con un hombre en circunstancias inciertas, este abusa de su cuerpo de una manera violenta y sexual. Este hombre conocido o desconocido la mutila (Legarde y de los Ríos, 2010; Fregoso y Bejarano, 2010), se deshace de su cuerpo de una manera salvaje y lo deja en un lugar diferente de donde fue asesinada (Sanford, 2003).

Las características de un feminicidio son el hecho de ser un crimen de odio y control contra mujeres como objectos; las analistas feministas de México, Guatemala y otros países latinoamericanos han demostrado que el Estado es parcialmente responsable debido a la falta de protección igual a las mujeres, así como a su apoyo a la impunidad (Sanford, 2003; Fregoso y Bejarano, 2010; Legarde y de los Ríos, 2010). Lagarde argumenta: “Feminicide occurs when the authorities fail to efficiently carry out their duties to prevent and punish the killing of women and thus create an environment of impunity” (2003: 1). Esta perspectiva, ya bien desarrollada académicamente, concibe que el estado está implicado, como cómplice, en el feminicidio de Tammy Zywicki por la gran falta de justicia en este caso. Cabe resaltar que la investigación policial comenzó tres días después de su desaparición. La policía informó a su mamá que era probable que la chica se hubiera ido con su novio (Riddle, 2015a). No les importó que ella no tuviera novio. La policía solo aportó una explicación despectiva y sexista. El vehículo de Tammy fue catalogado como abandonado, y lo dejaron sin custodia alguna. Cuando la policía comenzó a buscar huellas en el vehículo tanta gente lo había tocado que no quedó ninguna evidencia.

El fracaso e ineptidud de los agentes de justicia continuó incluso después de encontrar e identificar el cuerpo. Un testigo contó que vio un camión que se ajustaba a la descripción ofrecida por otros testigos en la I-80, cerca de una gasolinera en Missouri donde se encontró su cuerpo. La policía poseía documentación de los recibos de la gasolinera, pero nunca los revisaron por falta de personal (Arias, 1993). Una testiga, una enfermera de Illinois, reconoció a un hombre llamado Lonnie Bierbrodt. Esta enfermera identificó a este hombre en la I-80, muy cerca del automóvil de Tammy en el día que desapareció. Además, Bierbrodt poseía un camión con tráiler y tenía familia en LaSalle, Illinois. La esposa de este hombre afirmó que él estuvo con ella todo el día cuando ocurrió el crimen. A pesar de que el hombre falleció en 2002, aún no han hablado con la esposa nuevamente, a pesar de que el caso de Tammy sigue abierto a nivel estatal y federal (Riddle, 2015b).

Gracias a los avances alcanzados por feministas latinoaméricanxs se puede demostrar que el caso Tammy Zywicki es un feminicidio. No se puede saber cuántas de las 4,936 mujeres asesinadas registradas con el FBI en 1992 en los EE. UU. (FBI, 1992: 6) fueron casos de feminicidios. Como no es un tipo de crimen reconocido, no hay datos ni cifras para analizar el problema de violencia de género fatal. Esfuerzos de asociaciones privadas tratan de realizar análisis cuantitativos de los crímenes sobre la base de la definición de feminicidio, para así apoyar a las familias y concientizar a la opinión pública. Dawn Wilcox es la autora de unos de estos proyectos. Dawn es una sobreviviente de violencia machista y ha gestionado un esfuerzo grande para contar todos los feminicidios en los EE. UU. a partir de 1950. Ella formó una organización que se llama “Women Count USA” para registrar los casos de feminicidios nacionales usando datos de prensa y de la gente que quiere contribuir en una plataforma pública (https://womencountusa.org/).

Otro esfuerzo realizado por mujeres indígenas líderes en sus comunidades se centra en contar las víctimas de desapariciones y feminicidios en este país como parte del Movimiento Mujeres Indígenas Desaparecidas y Asesinadas (MMIW por sus siglas en inglés). A pesar de estas contribuciones notables, hasta el día de hoy, ha habido muy pocos cambios con respecto al reconocimiento de feminicidios que ocurrieron en la misma área rural en 2018, más de 25 años después del feminicidio de Tammy Zywicki. Los hechos y las noticias (o la falta de noticias) en prensa y redes sociales sobre las muertes violentas de Mollie Tibbets y Sadie Álvarado demuestran cómo la racialización de mujeres de color y su desigualdad estructural en EE. UU. hacen evidente su invisibilidad y vulnerabilidad como víctimas del feminicidio En las siguientes páginas, desarrollo estos dos casos de feminicidio ocurridos en Iowa para mostrar el borrón de raza como un factor impactante en el reconocimiento público de las muertes de las mujeres.

La búsqueda de “chicas buenas” desaparecidas en la prensa

Como Tammy Zywicki, Mollie Tibbetts fue una estudiante universitaria blanca que desapareció en un camino rural cerca de la I-80. Ella creció en Brooklyn con una población de 1,500 personas (https://bit.ly/3UzovXW), a 10 millas de Grinnell College, donde Tammy Zywucki cursó estudios. Mollie trabajaba en el pueblo de Grinnell durante sus vacaciones de verano y era estudiante en la cercana Universidad de Iowa. A ella le gustaba correr y todo el pueblo lo sabía. El 18 de julio de 2018, salió a correr a las 7:30 de la noche. Al día siguiente, su familia se percató de su desaparición cuando no se presentó al trabajo. En los días subsiguientes, se organizó una búsqueda a nivel local que rápidamente se transformó en una búsqueda a nivel nacional. Al igual que en el caso de Tammy Zywicki, se publicaron noticias y teorías diarias en la prensa. Se especulaba sobre lo que podría haber sucedido y se instaba urgentemente a encontrar a Mollie y a contactar a las autoridades con cualquier información (CBS News, 2018). En total, unas 2,300 personas proporcionaron información y se llevaron a cabo alrededor de 500 entrevistas mientras estaba desaparecida. Además, se identificó una gasolinera cerca de la I-80 en Iowa como centro de la investigación, debido a la facilidad con la que un secuestrador podría acceder a la carretera y escapar (Donavan, 2018). También había rótulos grandes en las carreteras, incluyendo anuncios en los estados limítrofes de Illinois y Minnesota. De este modo, se establece que la carretera es un espacio de movimiento anónimo sin mucha regulación y por eso, muy peligroso, especialmente para las mujeres solas.

Los sentimientos nacionales en las noticias coincidían con los sentimientos de su padre Rob Tibbetts: “Es la buena chica americana que vive en Norman Rockwell, enamorada de un chico vecino, y desaparece en el aire, no tiene sentido”[3] (CBS News, 2018). La preocupación y la indignación pública fueron enormes, ¿cómo una joven tan bonita, blanca, estudiante, trabajadora y de clase media puede desaparecer? Además, la representación de

la buena chica americana que se convierte en víctima de un asesinato es muy común en programas televisivos, noticias, películas y literatura estadounidenses. De hecho, hay una obsesión cultural con “la buena chica asesinada” dice la feminista Alice Bolin: “Queremos la Chica Muerta, bastante con repetir y reproducir su historia a matarla otra vez y otra vez (2018).[4]

En este contexto de los Estados Unidos, la muerte injusta de la “buena chica buena”, quien siempre es blanca y joven, se percibe como una tragedia singular. No se comprende como un femicidio con características identificables presentes en muchos casos, que indicarían que se trata de un crimen misógino y colectivo contra las mujeres como un grupo social. Se ofuscan las semejanzas demográficas, sociales y políticas entre los crímenes que ya son cotidianos al nivel nacional.

Desafortunadamente, el caso de la desaparición de Mollie Tibbetts se ha convertido en otro feminicidio sin reconocimiento jurídico en los Estados Unidos. El 21 de agosto de 2018, se encontró su cuerpo sin vida en un maizal en un área retirada del condado de Poweshiek. La policía llegó al sitio con un sospechoso, un hombre joven de 24 años que vivía en la comunidad. Fue identificado como Cristhian Bahena Rivera mediante las cámaras de vigilancia, que mostraron a este hombre persiguiéndola en su vehículo. Confesó el secuestro, su asesinato y su intento de ocultar el cuerpo. Según salió en el juicio del perpetrador, también se evidenció un aspecto de feminicidio, ya que hubo pruebas de violencia sexual (Associated Press, 2021).

“Se borran tres veces”: feminicidio, racismo, y las mujeres de color

Mientras buscaban a Mollie Tibbetts, surgió la noticia de que se había encontrado a otra mujer muerta en otro camino rural en Iowa. Los titulares, tanto a nivel local como nacional, fueron impactantes:

“Cuerpo de una mujer blanca en sus 20 años descubierto en rural Lee County no es Mollie Tibbetts, dicen los oficiales”[5] (Gehr, 2018).

“El cuerpo de una mujer encontrado en Lee County, Iowa no es Mollie Tibbetts”[6] (heavy.com, 2018).

Esa mujer ni siquiera tiene un nombre conocido; lo más importante es que no era Mollie. En las noticias, el énfasis se mantuvo en la búsqueda de Mollie Tibbetts y no en la identidad de la desconocida, aunque mencionaron que aparentemente había circunstancias sospechosas en la muerte (Gehr, 2018). Al día siguiente, informaron que las autoridades eran plenamente conscientes de la búsqueda de Mollie Tibbetts y creían que habían identificado el cuerpo de la mujer, encontrándose en el proceso de notificar a su familia (Gehr, 2018).

Así comenzó el borrón del caso de Sadie Alvarado. La muerte de Sadie Alvarado apenas salió en las noticias. Su muerte se ve como otro caso de feminicidio desconocido.

El 4 de agosto 2018, ella se encontraba en el vehículo con su novio, Damian Hamann, que contó que estaban peleando cuando ella saltó del carro de repente. Dijo que él sintió que donde saltó era cerca de su casa, y solo regresó el próximo día a buscarla (Bauer, 2018). Sadie no se presentó públicamente usando el perfil de la “buena chica”, como fue el caso de Mollie. Sadie Alvarado era una mujer de 20 años, latina y de la clase obrera.

Como hemos observado, la invisibilidad del crimen de feminicidio en los Estados Unidos oculta la centralidad del género en los casos de asesinatos de mujeres como Tammy, Mollie y Sadie. La omisión de género intensifica la invisibilidad cuando las víctimas son mujeres de color, debido a una estructura racista que privilegia la blancura sobre todo en este país (Bonilla-Silva, 2018). En este sistema, se naturaliza su representación como lo más normativo, importante y deseable, sin necesidad de nombrarlo (Frankenberg, 1993; Bonilla-Silva, 2018). Por lo tanto, las desapariciones y asesinatos de mujeres latinas, negras e indígenas no reciben la misma cobertura en la prensa que las de mujeres blancas (French, 2021). La vida y la muerte de Sadie Alvarado, como demuestran Lucchesi y Echo-Hawk, se borran triplemente: en la vida, en la prensa y en los datos de registro de asesinatos (2018: 2). Así, el borrón semiótico de las víctimas es un ejemplo de lo que Bonilla-Silva (2018) llama “racismo sin racistas,” en cuanto a que no se reconoce la importancia del color en los hechos de los crímenes. Por ejemplo, en un estudio del Instituto Indigenista Urbano de Salud, se señala que en 71 ciudades del país hubo 506 casos de mujeres desaparecidas o asesinadas, y de estos, 153 no figuran en los archivos de ninguna agencia de policía o justicia (Lucchesi y Echo-Hawk 2018: 4-9, énfasis original).

Memoria colectiva de mujeres asesinadas: pasados violentos y futuros arriesgados

La identificación del crimen de feminicidio en los Estados Unidos es de suma importancia para establecer una base de concienciación sobre la impunidad de los asesinatos de mujeres, y requiere el establecimiento de un nuevo sistema judicial en el país. Es crucial reconocer que el borrón más profundo ocurre en las muertes violentas de mujeres de color, tanto en los sistemas de justicia como en los medios de comunicación y las redes sociales. Aún queda por reflexionar analíticamente sobre los aspectos culturales de los feminicidios en los Estados Unidos y sus consecuencias en la vida cotidiana. En este sentido, debemos enfocarnos en la carretera como un “lieu de mémoire“, un lugar material donde “la memoria se cristaliza y es secreta, un lugar donde la conciencia del pasado da lugar a un sentido encarnado de continuidad histórica en el presente” (Nora, 1989: 7). Más específicamente, las carreteras y los caminos en los Estados Unidos son un sitio de memoria de violencia letal contra las mujeres y persiste en la conciencia colectiva en el día de hoy.

El sistema de carreteras en los Estados Unidos es relativamente nuevo. Se creó en 1956 como resultado de un acto del Congreso para llevar a cabo, en su época, la obra pública más grande del mundo, ya que estableció 42,795 millas del “sistema nacional de carreteras interestatales y defensivas” (Strand, 2012: 1). Tomó 35 años en completarse y, durante ese tiempo, se observó un aumento de la violencia y la movilidad en el país (Strand, 2012). En relación con las memorias de feminicidios en la carretera, este espacio se convierte en un terreno propicio para inculcar las experiencias del “miedo como una forma de vida” (Green, 1999) entre las mujeres, quienes se identifican con la comprensión de que podrían ser víctimas en cualquier momento de su vida cotidiana.

Como Tammy Zywicki, yo era una estudiante blanca universitaria en Iowa en 1992 y, también, manejaba en la I-80 cada vez que iba a visitar a mi familia o regresaba a la universidad. Yo podría haber sido Tammy o cualquiera de mis amigas o las amigas de ella. Ahora manejo todos los días en la misma carretera para ir al trabajo. Pienso en ella, en su vida y en su muerte. Paso por el pueblo de Mollie Tibbetts y pienso en ella, en Sadie Alvarado, y cómo sus muertes ya están entretejidas por las noticias y las circunstancias, aunque no se conocieran ellas en vida. También pienso en mi hija y en mi sobrina, que es una chica de color, y sus futuros inciertos. ¿Qué les va a pasar?

Es una tentación enorme creer que mis pensamientos y reflexiones de las chicas desaparecidas y asesinadas, que me lleva a la carretera, son únicos, idiosincráticos. Pero los antropólogos y los sociólogos han aportado y han mostrado empíricamente cómo la memoria siempre es inherentemente social. Es decir que la memoria pertenece a una colectividad de donde nacen las experiencias de recordar. Halbswach lo explica así:

One is rather astonished when reading psychological treatises that deal with memory to find that people are considered as isolated beings…to divide all the bonds which attach individuals to the society of their fellows. Yet it is in society that people normally acquire their memories. It is also in society that they recall, recognize, and localize their memories…memories are recalled to me externally, and the groups of which I am a part at any time, give me the means to reconstruct them…It is in this sense that there exists a collective memory and social frameworks for memory; it is to the degree that our individual thought places itself in these frameworks and participates in this memory that it is capable of the act of recollection (1992: 38).

Según la orientación de Halbwachs, las memorias que yo llevo de la desaparición y muerte de Tammy Zywicki nacen en mí pero también pertenecen a las colectividades a las que pertenecemos como mujeres blancas universitarias de la misma generación.

Una de las compañeras de Tammy, Rachel Bly, recordó recientemente el mismo miedo de estar sola en la carretera, justo después de conocer las circunstancias de la muerte de Tammy:

Is anyone else in danger is this whole thing and you realize it wasn’t targeted, per say. It was targeted only in the sense that her car broke down… [driving] all of the sudden was super scary. It changed the way that you thought about all of that.
Te das cuenta de que no fue un crimen selectivo. Era selectivo solo en el sentido de que falló su vehículo y [manejando] de repente se convirtió en algo muy espantoso. [La muerte] de ella cambió la manera en que pensabas en todo esto.

La memoria de Rachel también anticipa que en un futuro podría encontrarse con un perpetrador. Ella recordó:

Everywhere you went, you were looking for the truck. For years, I actually, I honestly, probably for 10 years, I looked for that truck unconsciously. Every time I saw a truck with stripes, it was like “Is that the truck?”… The truck is still, even now, occasionally a thing that will spark in [my mind].
Por todos los lados por donde fueras, estabas buscando el camión. Por años, con toda sinceridad, tal vez por 10 años, yo lo buscaba inconscientemente. Cada vez que veía un camión con rayas, pensaba “¿es ese el camión?”… El camión es, hasta el día de hoy, de vez en cuando, una imagen que me viene [a la mente]

De este modo, nuestras memorias de feminicidios pasados son mecanismos para socializar el miedo de un futuro incierto, lleno de peligros, en el que todas las mujeres son víctimas potenciales, “crónicamente y profundamente en riesgo”, de una muerte violenta (Russell, 2001: 177) cuando hay impunidad.

Rachel y yo no nos conocimos cuando éramos estudiantes universitarias, cuando Tammy falleció; sin embargo, compartimos las memorias de feminicidio que aparecen con la materialidad de la carretera, con la práctica cotidiana de manejarla, y con la posibilidad de que nosotras o nuestras hijas puedan encontrar un destino igual. Esos recuerdos son encarnados, habituales y cotidianos (Connerton, 1989) para muchas mujeres que viven en los Estados Unidos. Estas mujeres han leído, han escuchado o han conocido los miles de casos de otras mujeres a quienes secuestraron y mataron, o las que dejaron muertas por caminos y carreteras. En una entrevista para este proyecto etnográfico en 2018, Sooji Son, una estudiante internacional de color en Grinnell College, me lo conto así: “Nada ha cambiado desde que se murió Tammy… como que tenemos tecnologías nuevas y tenemos cosas nuevas, pero la gente sigue pensando igual y nada ha cambiado. ¿Entonces realmente estamos avanzando?”[7].

Las trágicas muertes de tres mujeres jóvenes en Iowa ponen de manifiesto las lagunas institucionales y jurídicas existentes en los EE. UU. Sus muertes nos ayudan a comprender los borrones semióticos manifiestos en la falta de articulación y documentación de casos de homicidios de mujeres con clara evidencia de que la causa de sus muertes fue por agresión sexual y violencia misógina. La ausencia de datos sobre feminicidios en las bases nacionales de datos del FBI, así como también a nivel estatal, son no solo una limitación analítica, sino una afrenta directa a las familias de las víctimas que se sienten desamparadas por la falta de resolución policial y jurídica de sus casos. Argumento en el artículo que “la carretera y los caminos” se convierten en una pieza analítica central por sus connotaciones como un “sitio de memoria” pero también como un sitio en el que la movilidad de los perpetradores de los homicidios se convierte en una vía de escape hacia el anonimato y la impunidad. La “carretera y los caminos” semiabandonados de los estados rurales de los EE. UU. se convierten en espacios donde las mujeres, en particular, se siente indefensas y vulnerables. 

Las consecuencias de esta vulnerabilidad son más obvias para mujeres de color. Existe una literatura muy extensa que documenta cómo la sociedad estadounidense blanca tiene una obsesión por las desapariciones de mujeres jóvenes y blancas. Sus muertes y desapariciones se convierten en oportunidades para ilustrar su vulnerabilidad en un mundo androcéntrico y por contraste, y en mucha menor medida, para denunciar las condiciones estructurales del porqué las mujeres son víctimas de la violencia misógina. El síndrome de la “buena chica blanca” activa un código cultural que hace que el miedo se convierta en una fórmula de poder, control y dominación. Sus muertes se convierten en oportunidades para discutir por qué es peligroso correr en las carreteras de noche, cómo vestirse, hasta incluso cómo protegerse de los “migrantes varones que las acechan por los maizales” y rincones y esquinas oscuras de los pueblos y ciudades. Poco se discute en estos casos que son los hombres blancos de mediana edad los más proclives a cometer actos de brutalidad o que la condición de inmigrante, por ejemplo, es totalmente independiente de la condición de asesino/a. No existen reflexiones mediáticas del porqué las chicas de color son representadas en menor medida en los medios de comunicación.

La antropología y los estudios semióticos nos ayudan a comprender que estos códigos culturales tienen no solo una función de restablecimiento de un orden androcéntrico/patriarcal, sino que son también oportunidades para comprender cómo las mujeres reflexionan y crean espacios nuevos de reparación y contestación. La resistencia a estos vacíos y borrones institucionales no pasa desapercibida para las personas que sufren las consecuencias de esta violencia. Con el presente artículo intento plasmar la importancia de los estudios centrados en las memorias colectivas con énfasis en las consecuencias de los borrones ideológicos e institucionales. Es importante recordar que existen asociaciones de sobrevivientes, familiares, feministas y artistas (French, en prensa) que no olvidan. Estas mujeres recuerdan en sus vivencias y memorias cotidianas a las mujeres que ya no están. Es de vital importancia que las instituciones oficiales y jurídicas reflexionen sobre sus propios sesgos y borrones, y que con los movimientos de mujeres emergentes se corrijan las lagunas de compresión y afecto existentes.

Agradecimientos

Estoy agradecida por la oportunidad que me ofreció Claire Branigan de contribuir al libro, y gracias a Marisa Ruiz Trejo por la oportunidad de presentar una versión en la X Feria del Libro UNACH en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Las preguntas y los comentarios de la comunidad UNACH, especialmente lxs colegas Karla J. Chacón Reynosa, Rigoberto Martínez Sánchez, Juan Pablo Zebadúa Carbonell y sus estudiantes en la Maestría en Estudios Culturales de la Facultad de Humanidades fueron importantes para realizar el trabajo. María Tapias me escuchó reflexionar sobre el caso Tammy en un momento clave para decidir iniciar la investigación. Xavier Escandell me ha acompañado respecto de las reflexiones teóricas y analíticas en cada paso del proyecto, que es mejor gracias a su perspectiva.

Bibliografía citada

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Bonilla-Silva, Eduardo. 2006. Racism without racists: Color-blind racism and the persistence of racial inequality in the United States. Rowman & Littlefield Publishers.

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  1. Departamento de antropología, Grinnell College. Correo electrónico: frenchb@grinnell.edu.
  2. Boyd, Tamia.  2022.  “Mystery remains as Eastside High School graduate Tammy Zywicki’s death is unsolved 30 years later”. The Greenville News. https://tinyurl.com/2zhnpcur.
  3. You know as somebody put it, it’s the all-American girl who lives in a Norman Rockwell community, in love with the boy next door, vanishes into thin air and so ‘poof’ it doesn’t make sense,” he said.
  4. “It is clear we love the Dead Girl, enough to rehash and reproduce her story, to kill her again and again”.
  5. “Body of a white woman in her 20s discovered in rural Lee County is not Mollie Tibbetts, officials say”.
  6. Woman’s Body Found in Lee County, Iowa is Not Mollie Tibbetts (Heavy.com).
  7. “Nothing really has changed… like we have new technologies and we have new things, but then people still think the same and nothing has changed, so are we really progressing?


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