Algunas reflexiones
María Luz González Mezquita[1]
En la década de los años 70 del siglo pasado, como sabemos, la historia política regresó renovada en objetos de estudio, metodología, campos de interés y enfoques. lo hizo en relación con diversas disciplinas. Le Goff o Julliard hablaban de una historia política diferente de la antigua, entendida como el dominio de las decisiones humanas y el estudio del poder y sus prácticas, puesta en el contexto de renovación de las ciencias políticas y la sociología[2].
El acontecimiento, el sujeto y el “estado” volvían a ser temas dignos de investigación. Al mismo tiempo, Foucault[3] ponía su atención en las redes de poder y las prácticas discursivas y coercitivas. Se podría preguntar hasta qué punto los cambios fueron propios de este campo o constituyeron un reflejo de la situación historiográfica en su conjunto[4].
Se trataba de ampliar el territorio de la historia política que, por cierto, se expandiría en múltiples direcciones. Según P. Collinson[5], era la historia social con la política restituida, en referencia a la definición de Trevelyan de 1944. Nos encontramos ante el reconocimiento de que existe una vertiente política de cualquier tema investigado.
La expansión provocó una crisis de identidad: ya que, si la política está en todas partes, tal vez no es necesaria una historia estrictamente política[6]. Por otra parte, Clavero hablaba de una alteridad que hace inaprensible el pasado desde nuestro lenguaje y universo contemporáneos. La tarea sería más propia de una antropología política y jurídica[7] tomando en cuenta el problema de una distancia conceptual que nos separa del Antiguo Régimen[8] dejando de lado la visión de un Renacimiento y una Edad Moderna considerados como precursores de la Contemporánea con trayectos lineales y teleológicos y por lo tanto, fácilmente reconocibles y familiares desde el presente.
Entonces, la transformación no se trataba de una simple ampliación de los temas. Hespanha habla de un “big bang” de la historia política que ha atomizado su núcleo duro y central/ “Estado” y derecho oficial, creando una polvareda más periférica e inefable[9]. En esta historia en migajas[10], se destacan algunos grupos temáticos –entre otros– con posible enfoque político:
- la historia de la familia y de las relaciones interpersonales
- la política a través de canales informales, la corrupción y venalidad, el patronazgo o favoritismo corrupto. Los conflictos abiertos, la conflictividad múltiple/ los mecanismos de consenso y cohesión para lograr la frágil estabilidad de las sociedades del Antiguo Régimen
- la historia política “desde abajo”
- los enfoques desde la Microhistoria o la Macrohistoria
- los revisionismos –los más frecuentados– sobre las revoluciones inglesa y francesa[11]. La cautela se extrema en este grupo de estudios que ha encontrado insuficiente la explicación social de la revolución basada solamente en la existencia de la burguesía, o el progreso, para dar paso a otras interpretaciones. Hoy se siguen debatiendo, por ejemplo, diferentes interpretaciones sobre la revolución francesa y aparece ponderable nuestra desconfianza frente a la seguridad de las miradas teleológicas y simplistas del pasado que nos hacían ver la Revolución como un hecho que se anunciaba en sus precedentes… con afirmaciones construidas desde un peligroso presentismo.
- la Historia cultural, la historia de los discursos y, por fin, una historia comunicacional[12].
Por lo que venimos enunciando, es recomendable que seamos más precavidos y deberíamos moderar nuestras aspiraciones para lograr explicaciones totales. Asumir estos compromisos no debe llevarnos a posiciones pesimistas, sino a una toma de conciencia de la inadecuación de los principales modelos explicativos vigentes durante mucho tiempo. Como afirma Gil Pujol, no se trata de una mirada nihilista, es la toma de conciencia de un desafío para nuevas investigaciones[13].
En este sentido, intentaremos proponer algunas reflexiones sobre la historia comunicacional en el marco de investigaciones recientes, focalizando la atención en las apreciaciones teóricas y la precisión de los conceptos empleados en el campo de los estudios sobre política, propaganda y opinión pública a partir de enfoques interdisciplinares, con la intención de problematizar lo que hemos dado en llamar una historia sociocultural de la política en el plano comunicacional[14].
En la actualidad subsisten muchas preguntas y algunas respuestas a propósito de las relaciones entre política, información política, opinión pública, sobre sus soportes y redes[15], sus emisores, la censura, la prensa, los discursos, la propaganda y las representaciones de lo político[16].
Pierre Rosanvallon señalaba que: la historia de lo político utiliza los instrumentos provistos por la historia cultural, la historia social, la historia clásica y en la historia de las ideas.[17] Por su parte, la historia conceptual de lo político tiene la preocupación de incorporar en la reflexión el conjunto de elementos que compone el complejo objeto llamado cultura política. Se reflexiona sobre el modo de lectura de las grandes obras teóricas, las obras literarias y los movimientos de opinión, con rasgos que van a conocer una profunda mutación en el paso al siglo XIX: la importancia de las relaciones interpersonales, aun las privadas, en lo que se llama el campo político y el monopolio del rey sobre sus discursos[18].
Estos son temas sobre los que se cruzan numerosos debates que, por limitaciones de espacio no podemos desarrollar aquí. Sólo mencionaremos algunas referencias a la bibliografía a la que hemos podido acceder. Hacer una enumeración exhaustiva para cada uno de los campos enunciados rebasaría con creces los objetivos de esta propuesta, por eso, remitimos al aparato crítico de una obra significativa al respecto[19].
En estrecha relación con la cultura política[20] reflexionamos sobre los aspectos comunicacionales de una sociedad: el estudio de los procesos históricos en tanto procesos de comunicación, entendiendo por ella, toda acción o comportamiento humano que se considere bajo el aspecto de “hacer-saber”, todo acto elemental de comunicación como una unidad de información, de notificación, y de comprensión pero que, al mismo tiempo, se diferencia. Un proceso interactivo entre dos o más actores que se refieren unos a otros y a través de los otros a ellos mismos, generando un fenómeno colectivo que presupone la existencia de ciertas reglas constitutivas, convenciones, [21] compartidas por los miembros dentro de un grupo y con otros fuera de él[22].
Siguiendo las afirmaciones de Barbara Stollberg-Rilinger, es evidente que la comunicación contiene una fuerte carga simbólica. En la actualidad se acepta que no se pueden aprehender los fenómenos históricos independientemente de los modelos de percepción de los actores contemporáneos, de sus categorías de organización, del sentido que atribuyen a los hechos[23]. Partimos del postulado de que estas formas simbólicas eran utilizadas de manera extremadamente reflexiva y calculada y que ellas tenían un poder performativo específico para el funcionamiento de las sociedades.
Estas cuestiones se relacionan, por un lado, con el problema del discurso político y sus posibilidades de reconstrucción. Pocock[24], analiza cómo el historiador reconstruye el discurso en el que se expresa el pensamiento político, entendiendo el discurso como una serie de actos realizados en lenguajes específicos en los que se deben considerar: emisores, receptores, estructura lingüística del acto de habla y de las condiciones del contexto, sin olvidar la cuestión de cómo y en qué medida modifica el acto de enunciación la situación histórico-política o las estructuras políticas y sociales. Melton ha realizado un análisis muy valioso sobre el concepto de “public” en su trayectoria histórica y le asigna al menos dos sentidos: el que lo asocia con las formas políticas dinásticas y su construcción, que aún persiste en la actualidad, y aquel que lo entiende como una audiencia de individuos privados que no pertenecen al “estado” desde el siglo XVII en relación con diferentes actividades[25].
Considerando las monarquías ibéricas modernas, Precioso Izquierdo publicó en 2016 [26] un balance historiográfico de los estudios sobre comunicación e información política incluyendo un sugerente análisis de los cambios producidos en relación con la nueva historia política y las disciplinas que la acompañaron. Señala a Burke como el autor que, desde la historia cultural[27], impugnó el habermasiano “desinterés político” con el que historiadores, politólogos y sociólogos solían juzgar a los hombres y mujeres del Antiguo Régimen, postulando como un rasgo característico de las actitudes de los europeos entre 1500 y 1800, la “politización de la cultura popular”. Sin embargo, no se debería concebir al público receptor o emisor de la información como un grupo homogéneo que recibe o emite por igual una noticia. Pero estas prevenciones no invalidan afirmar el alcance cada vez mayor de la información y el interés más temprano de la sociedad en general por las cuestiones políticas a través de una doble vía: oficial y una no-oficial. En este sentido, se han de considerar los trabajos sobre papeles y opinión o políticas de publicación relacionados con los estudios de Chartier, de Bouza Álvarez[28], Olivari [29], Farge[30] o Hermant[31].
En los estudios sobre el caso español [32] no se ha zanjado la cuestión sobre el origen cronológico de la opinión pública, si bien se ha ubicado en los comienzos del siglo XVII, los comienzos de su construcción. Alabrús Iglesias[33], ha localizado en el Siglo de Oro el núcleo embrionario de una “opinión política” aunque todavía “no pública”. Hermant ha estudiado las polémicas de la regencia de Carlos II que oponen al bastardo real Juan José de Austria con los válidos sucesivos de la reina madre Mariana. Estos enfrentamientos son auténticas guerras de pluma en las que se oponen dos campos que luchan por el poder a través de campañas de opinión que utilizan medios de movilización discursivos y no discursivos[34]. La historiografía sobre las monarquías ibéricas se ha ocupado sobre la actividad propagandística siempre presente en la mayoría de estudios sobre opinión y representación política en las últimas décadas, aunque en algunas oportunidades opinión y propaganda han tendido a ser consideradas de forma indiferenciada. Se ha frecuentado el mundo de las cortes y sus ciudades como centros de opinión, revueltas, motines o tumultos para descubrir sus motivaciones políticas y, principalmente, los medios a partir de los cuales el común o la gente corriente participaban en la gestión de cierta opinión al margen de la transmitida por las autoridades. Así mismo, hemos de hacer referencia al interés que en los últimos años ha despertado el estudio del género epistolar y la renovación de las investigaciones sobre la génesis y consolidación de la prensa periódica, la actividad de los predicadores, el estudio de los sermones y, finalmente, las relaciones de sucesos, crónicas de viajes y relatos de viajeros[35] como fuentes para el estudio de la politización de la sociedad ibérica moderna[36].
Las ausencias y los silencios en la historiografía sobre ciertos temas resultan evidentes. Se debería incrementar la producción de trabajos relacionados con la sociedad rural y señorial, y las formas de sociabilidad de la información política en espacios como las tertulias domésticas, tabernas o conversaciones informales en calles o plazas. La necesidad de una perspectiva relacional, y comparativa, es otra de las ausencias más visibles. Para poder concebir los procesos comunicativos como un diálogo en el que se destaca la importancia de las conexiones, interacciones y redes de relación[37].
En diferentes campos, se han realizado estudios sobre cómo definir el público: actores, objetos, discursos, prácticas y representaciones. Se ha considerado el papel de la imprenta como facilitadora de formas polémicas, de debates y como generadora de la formación de opinión pública. Al mismo tiempo que se la ha considerado como gestora de identidades, acompañando las investigaciones de la circulación de conocimientos en perspectiva transnacional. Castillo Gómez advierte que, aunque se debe reconocer la importancia de la invención revolucionaria de la imprenta[38], es desafortunado que muchos estudios sobre la comunicación escrita en las ciudades durante la edad moderna temprana se centren casi exclusivamente en textos impresos y marginen otras materialidades de la escritura[39].
La historia de los libros en la Europa Moderna debe incluir el análisis de muchos aspectos además de los relacionados con la producción, circulación y consumo para frecuentar los relacionados con:
- tecnología y economía en el comercio de libros, la integración de redes, uso y producción de espacios (espacialidad)
- la consideración y la variedad de publicaciones (materialidad).
- venta de libros y su relación con los lectores y prácticas de lectura, en la cultura del libro, establecida por las acciones y motivaciones de sus actores (sociabilidad)
- relación entre imprenta, manuscritos, oralidad y censura.
Por otra parte, es necesario insistir en *la consideración de géneros diferentes que incluyan los panfletos (en lo que se ha dado en llamar publicística)[40], o los periódicos. Un lugar tratado en forma evasiva es el que se relaciona con las *discusiones sobre extensión y recepción de un público de dimensión difícilmente demostrable en diferentes ámbitos. Por las razones enunciadas es frecuente que se pase rápidamente sobre una cuestión poco considerada si bien existen excepciones[41].
Pero los problemas más urticantes, surgen cuando hablamos de opinión pública… El sintagma “opinión pública” ha dado lugar a especulaciones o discrepancias cuando no a su utilización acrítica. La comunicación, la propaganda y la formación de una opinión pública en diferentes etapas de su construcción constituyen un campo cuyo análisis se extiende en los últimos años[42]. P. Burke ha dividido las reflexiones sobre este asunto en tres partes. La primera, sobre los temas que pueden ser descritos como el debate Eisenstein sobre la revolución que supuso la imprenta y sus consecuencias. La segunda, sobre los consumidores de los medios de comunicación de masas ya sean estos lectores, espectadores u oyentes, tanto como la imbricación entre los aspectos comunicacionales, sociales políticos y culturales. La tercera, en torno al “debate Habermas” sobre el nacimiento de la esfera pública[43].
Hace más de medio siglo Jürgen Habermas publicaba su trabajo más conocido (1962)[44], en el cual formalizaba su modelo del tipo ideal de la esfera pública. Entre las útimos estudios dedicados al autor, aparecen títulos tales como “Farewell Habermas?” o “Habermas goes to hell”[45]. Casi todas las conferencias y publicaciones recientes dedicadas a la historia de la comunicación han mantenido entre sus premisas teóricas un énfasis en la necesidad de una revisión crítica de la conceptualización de la esfera pública habermasiana y de proyectarse más allá de ella, siguiendo una tendencia común en la historiografía contemporánea con una orientación anti-teleológica hacia la deconstrucción de narrativas de época. Habermas no ha sido una excepción. Se han analizado diferentes problemáticas sobre ¿cómo y cuándo nació el poder crítico de la discusión pública? ¿Cómo se definen el público y los espacios públicos? ¿Cuál es la relación entre discurso público y autoridad? ¿Cuál es el poder de la comunicación? [46] Estos planteamientos inspirados por la cuestión fundamental de la relación entre poder y comunicación, en los caminos actuales de la investigación del Antiguo Régimen han consolidado a la consideración de una dialéctica crítica con este paradigma analítico, pero al mismo tiempo ha tomado una dirección que va más allá de la esfera pública. En este sentido, muchos autores insisten en señalar 1789 como el momento disruptor del espacio comunicativo, como un momento especial en la construcción de la opinión pública, aunque las evidencias históricas indican que más que causa, fue un efecto porque ya existía[47].
Melton considera que los estudios sobre estas manifestaciones de opinión han expandido nuestro conocimiento del Antiguo Régimen y revelan la naturaleza plural de la esfera pública, pero reclama la posibilidad de un enfoque comparativo desde ambos puntos de vista: diacrónico y socio-geográfico[48]. Por su parte, Benigno encuentra la presencia, entre la gente común, de una conciencia pre-política que se activa políticamente en tiempos de crisis y hace una reflexión sobre ambas. Por una parte, la forma de agregación que hoy caracterizan las protestas en sociedades europeas del sur golpeadas por la crisis económica y por otra, la intrínseca calidad del desafío de la autoridad que caracteriza la esfera pública[49].
Los aportes de la historiografía crítica del paradigma habermasiano han mostrado la adaptabilidad del modelo a épocas previas y diferentes contextos sociopolíticos de los del XVIII, inspirados por la cuestión fundamental de la relación entre poder y comunicación en la modernidad clásica. Castillo ha identificado un tipo de esfera pública efímera que surge en varios contextos como la reforma protestante, las guerras de Italia (Salzberg-Rospocher), los conflictos políticos en Francia y Gran Bretaña o en los debates de la Inmaculada concepción en España (XVI-XVII). Duccini analiza numerosos libelos, panfletos y grabados cruzando los textos y las imágenes que muestran la oposición a la monarquía absoluta en Francia y la existencia de una opinión pública, aunque no se involucra en la discusión teórica sobre el concepto[50].
Después de algunos casos en el siglo XVII, la controversia sobre la Guerra de Sucesión Española fue uno de los primeros ejemplos en Gran Bretaña y en España, pero también en el resto de Europa, de debate público con la participación de diferentes medios de comunicación[51]. Se trataba de lo que Hattendorf definió como una “cultura política pública” que se desarrolló a principios del s. XVIII en Gran Bretaña[52]. Así, casi desde el principio, la Guerra de Sucesión Española asumió el papel de catalizador público para las rivalidades políticas. En esta contienda tanto whigs como tories –e indirectamente el gobierno y la propia monarquía– apelaron a la opinión. Es decir, esta nueva esfera pública no formó parte del “Estado”; fue, por el contrario, un ámbito en el que se pudo hacer frente a las actuaciones del “Estado” y someterlas a crítica[53].
Los publicistas contemporáneos a la Guerra de Sucesión tomaron posición, en defensa de uno u otro bando[54]. la importancia asignada a la opinión del público y el lugar que ocupan los actos performativos del lenguaje, el poder de las palabras y la construcción de redes polémicas[55] quedan expuestos en la correspondencia del Príncipe de Darmstadt cuando manifiesta la necesidad de persuadir a los súbditos sobre la conveniencia de su adhesión a la Casa de Austria.
El interés por los orígenes de la primera globalización ubicó a los imperios ibéricos en el centro del interés historiográfico y despertó el interés por una auténtica integración en el tratamiento de los temas que afectan a toda la Monarquía de España[56]. En este conjunto territorial heterogéneo que abarcaba las “cuatro partes del mundo”, además del uso de la fuerza, el establecimiento de un campo cultural fue determinante para crear un espacio en el que los mensajes circularan y se apropiaran de manera eficaz para fomentar marcos comunes de referencia. En este sentido, han constituido aportes valiosos que corresponde mencionar los trabajos que frecuentaron el campo de la información y la circulación de personas, ideas, materiales en el marco de la movilidad imperial[57].
El papel que se asignó al saber en las monarquías ibéricas como instrumento de dominación fue una preocupación que ya se planteaba en 1569, cuando el Consejo de Indias fue sometido a un control de administración (visita). Juan de Ovando, el visitador, llegó al poco alentador resultado de que en el Consejo no se tenía una adecuada información de las Indias y concluía en la necesidad de dar orden para tenerla. La reciente obra de MCmanus pone de relieve dos funciones importantes del saber: la “comunicación” y el “control”[58]. J. Nye, ha señalado que, para ejercer el liderazgo político, “no solo son necesarios el poder y la fuerza material del gobierno, sino también la aceptación más o menos voluntaria de los sujetos subordinados, mediada por las formas culturales que transmiten una manera particular de ver el mundo”, lo que definió como soft power[59]. A MCmanus le preocupa desvelar el alcance global de los imperios español y portugués y cómo se produjo un florecimiento de la “tradición retórica clásica” que contribuyó a la coherencia ideológica y el equilibrio de la modernidad en estos ámbitos, proporcionando importantes ocasiones para la persuasión, la legitimación, el consenso o la oposición.
Un ejemplo más de la renovación de la historiografía modernista en los últimos años es un caso que demuestra la posibilidad de lecturas multicausales para explicar procesos históricos. Jones Corredera[60], partiendo de su preocupación por la crisis que causó la Guerra de Sucesión se proyecta a las prácticas y representaciones en el siglo XVIII que acompañaron los debates generados por la Ilustración y el reformismo. En este libro, se propone desarticular los discursos de la historiografía dominante sobre el nacimiento de la Ilustración en España, destacando que había una Ilustración española temprana que era diferente en naturaleza y ámbito del movimiento que emergió en la segunda mitad del siglo XVIII. Insiste en el papel de la diplomacia y la circulación de ideas en el Imperio español para la estimulación del crecimiento de las nuevas ideas en España, destacando su perfil transnacional y en la necesaria promoción de redes de relaciones a nivel imperial. Señala la emergencia de un discurso político que especulaba y debatía si las estructuras tradicionales del Imperio y la diplomacia habían fallado y apostaba a la configuración del rol internacional de España para superar sus paradojas.
Algunas reflexiones finales
En estas consideraciones sobre los procesos históricos con especial interés en los fenómenos de comunicación no se pretende ofrecer resultados o llegar a conclusiones cerradas, sólo se exploran algunas aproximaciones a temas fundamentales para desentrañar la mecánica y funcionamiento de la Monarquía de España bajo una luz diferente[61]. Los estudios de Briggs y Burke[62] alientan una puesta en valor de la importancia de las investigaciones sobre procesos de información, comunicación y circulación de hombres, ideas y bienes. Dentro de lo que llamamos aspectos comunicacionales de la cultura política, se destacan los debates sobre la definición de actores, receptores y contextos. Un caso particular es el abordaje de la opinión pública. Aunque a comienzos del XVIII todavía no se utilizaba esta expresión,[63] la opinión de la gente interesaba al gobierno por motivos prácticos, ya fuera para eliminarla, moldearla o raramente seguirla. Se identifican varias esferas públicas que comprendían las manifestaciones en las cortes reales, en las que se disponía de abundante información política y sobre ella, se discutía también en otros ámbitos. Muchos monarcas, como en el caso de Luis XIV, tuvieron conciencia de la importancia de estos mecanismos de persuasión y del conocimiento de su adecuada instrumentalización al servicio de sus intereses, tan similar y tan diferente a la incidencia de los medios actuales de comunicación[64].
La aceptación o la negación en cuanto a la utilización del sintagma ha sido objeto de debates en relación con la conocida teoría de Habermas (1962). Por cierto, no se trata de negar su valor, pero, tal vez, sería necesario analizar cómo nos relacionamos con el concepto de esfera pública tan vinculado a él o cómo debemos priorizar los contextos y de su aplicación y con qué precauciones metodológicas lo hacemos o aclarar si optamos por utilizar otras definiciones debidamente fundamentadas que, como el de “cultura política pública” tienen muchas posibilidades de aplicación en contextos diversos.
Como afirma Rospocher, la persistencia de un cíclico regreso a la teoría de Habermas hoy está arraigada en nuestras experiencias políticas, en una sociedad dominada por el poder de la comunicación en la que la tecnología ha alterado las dinámicas de sociabilidad y política tradicionales. La actualidad nos fuerza a reflexionar sobre la intrínsecamente ambigua naturaleza de la opinión pública, para alentar a futuros estudios en este campo que consideren la importancia de partir de cuestionamientos teóricos, dejando un espacio abierto a las posibilidades para estos planteamientos críticos.
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