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Reliquias en el orbe católico de la Edad Moderna: tráfico y devoción[1]

Eliseo Serrano Martín[2]

El concilio de Trento, en su sesión XXV de 3 y 4 de diciembre de 1563 se pronunció sobre “la invocación, veneración y reliquias de los santos y de las sagradas imágenes”, mandando a los obispos “que instruyan con exactitud a los fieles ante todas cosas, sobre la intercesión e invocación de los santos, honor de las reliquias y uso legítimo de las imágenes, según la costumbre de la iglesia católica y apostólica”, reiterando que se deben venerar los santos cuerpos de los santos mártires por los que concede Dios muchos beneficios, condenando a quienes afirmen que no deben honrarse ni venerarse las reliquias de los santos y que son inútiles las visitas a las capillas de los santos con el fin de alcanzar su socorro[3]. Para desterrar toda superstición en la invocación de los santos, en la veneración de las reliquias y en el sagrado uso de las imágenes, el Concilio descargó sobre la autoridad de los obispos la colocación de imágenes, la admisión de milagros y la adopción de nuevas reliquias, no sin antes reconocerlas y aprobarlas el mismo obispo[4]. A partir de este momento hay una reactivación del tráfico de reliquias. Desde el mundo católico se hará bandera y seña de identidad la defensa cerrada de santos, imágenes y reliquias[5]. Se trató de adaptar los elementos definitorios replicando a los protestantismos y trasladar, de los spolia antiguos y medievales al ámbito católico de la Contrarreforma tras el intenso comercio medieval, una revitalización del rezo y devoción acomodados a las nuevas directrices de Trento. No debe olvidarse que la existencia de reliquias en determinados lugares fue el resultado del robo, de la llamada furta sacra[6]. Trento no pudo y no quiso poner fin a un comercio de reliquias, siempre bajo sospecha. Va a haber una reactivación del tráfico de reliquias en la Contrarreforma. Producida la inventio de las reliquias y afianzado el culto al santo, la expansión de la devoción provocaba la afluencia de fieles y con ello las remesas de donaciones y ofrendas. Para ello también se establecieron recorridos, rutas y peregrinaciones en torno a las reliquias que, en muchas ocasiones eran demandadas y por ello trasladadas de un lugar a otro por muy diversas consideraciones. Estas traslaciones, estos sancti viatores serán muy abundantes, producirán una literatura muy específica, los relatos de traslaciones, una especie de género literario cuya producción en Castilla durante la Edad Media no fue muy abundante pero que Alonso de Cartagena en 1453 le dio un impulso. En el movimiento de reliquias pueden diferenciarse, según los investigadores, cuatro tipos: translatio con el fin de consagrar templos, con fines defensivos, búsqueda de lugares más adecuados o adventus (procesiones de acogida en las ciudades). Y hay muchos ejemplos, sobre todo en España a partir del siglo VIII buscando un mejor acomodo, casi siempre parcelando el cuerpo e iniciando los creyentes visigodos viajes con ellas, casi siempre hacia el norte, así el caso de Justa y Rufina, un arca sevillana con reliquias corporales y representativas de Cristo, las manos de san Esteban, la sandalia diestra de san Pedro y huesos de profetas y santos, la cabeza de san Hermenegildo que fue llevada al monasterio de Sigena en Aragón y de allí Felipe II se la llevó a El Escorial… Y recibimientos y procesiones por las calles de las ciudades. Toledo, León, Oviedo, Burgos, Medina Sidonia, Santiago de Compostela, Astorga, San Miguel de la Escalada, San Román de Hornija, Toro, Pamplona, Navarra, Cataluña, Zaragoza, Aragón, hasta Flandes y Tolosa fueron algunos de los destinos principales del traslado de reliquias andaluzas. Fruto del “viaje” emprendido por los santos fue la titularidad que ejercieron sobre instituciones religiosas (hagionimia) y sobre espacios urbanos y sus entornos (hagiotoponimia) con cuyos nombres se identificaron.

Y esta traslatio de reliquias y movimientos de peregrinos perseguirá intenciones apotropaicas y los centros espirituales quedaron marcados a veces por el propio tipo de reliquias. Pongamos por caso Nápoles con su patrón san Genaro y la ampolla con su sangre que se licua en determinados momentos. El pallioto del altar mayar recoge la entrada en 1497 en Nápoles del cardenal Caraffa a caballo llevando los restos de san Genaro con representaciones de todo lo que beneficia y cura; hasta la sirena Partenope, origen mítico de la ciudad, participa de esta entrada triunfal. Y la adopción del santo en centro neurálgico de las devociones napolitanas.

Es necesario recordar los tipos de reliquias porque de este modo se explican no pocas acciones ciudadanas y eclesiásticas. Las reliquias insignes o de primer grado son las de cuerpo entero o parte muy significativa del mismo: cabeza, brazos, manos, corazón o lengua y los fragmentos del lignum crucis. Reliquias no insignes o de segundo grado son los fragmentos pequeños, divididos, por tamaño, en notables, mínimas o exiguas, incluyendo objetos de contacto como vestiduras, estampas o cartas. Las de tercer grado o reliquias ex contactu son las brandeas (telas pasadas por el cuerpo).

No debe olvidarse la crítica que desde posiciones erasmistas y protestantes se hizo de las reliquias; baste recordar únicamente a Alonso de Valdés[7] o al propio Juan Calvino[8]. Más adelante la crítica subirá de volumen. Existirán momentos en los que el espíritu ilustrado se irá abriendo a la crítica de lo que la Encyclopedie Française denominará superstición. Goya captó, al final del Antiguo Régimen, una sociedad manejada, también, por curas reaccionarios que mantenían la Inquisición, atosigaban a la población con creencias supersticiosas e ideas providencialistas que chocaban con los avances ilustrados. Ejemplo del fustigamiento a que sometió Goya a la sociedad de su tiempo nos da buena cuenta sus series de grabados. El titulado Extraña devoción forma parte de la serie Los Desastres de la Guerra y nos presenta la traslación de un cuerpo santo, de una reliquia ante la que inclinan la cabeza. N. Glendining puso en relación este grabado con la fábula de Lafontaine y su asno cargado de reliquias, considerando que Goya hacía una crítica política: la clase más conservadora utilizó en los gobiernos de Fernando VII a la religión para movilizar la mentalidad del pueblo en contra de las nuevas ideas. Sin embargo, también se considera una crítica anticlerical de la falsa religiosidad y se pone en relación con los grabados de la procesión en que se sacó el cadáver de la mercedaria descalza Mariana de Jesús o los de Nuestra Señora de la Soledad a quien se encomendaba la salud del monarca o Nuestra Señora de Atocha[9].

En la Contrarreforma se volverá a reinterpretar la presencia de reliquias con el argumento de reivindicar la acción del santo como benefactor y protector de la ciudad. O bien se inventan (cantidad de apariciones de cuerpos santos cuyo rastro se había perdido en la noche de los tiempos) o se exhibe su procedencia. Algunos emprendieron viajes desde Oriente y recalaron en las más diversas instituciones, como el caso de san Jacinto de Cesárea o de Capadocia a quien vistieron sus huesos con ricas telas y joyas en el siglo XVII. Serán corpi sancti vestidos y exhibidos los que generaron alguna polémica.

El 31 de mayo de 1578 se produce en Roma, en tierras de Bartolomé Sánchez de Alda en la via Salaria, el descubrimiento de una red de galerías subterráneas con multitud de enterramientos. Las tumbas, sarcófagos y pinturas que adornaban estas galerías correspondían al Coementerium Iordanorum y prontamente se identificaron con enterramientos de mártires cristianos. Se inició una especial arqueología sacra, de la que Antonio Bosio será su iniciador, y cuyo primer hito fue la publicación de su Roma Sotterranea editada por el oratoriano Severano en 1632[10]. Jesuitas y oratorianos, aunque no sólo ellos, iniciarán una extracción masiva de huesos de estos pretendidos santos para su veneración como reliquias llevándolos a distintas partes del orbe católico. Pronto se alzarán voces contra esta práctica considerada equívoca en su atribución de reliquias santas de todos los huesos conservados en las catacumbas. El padre Mariana dejó escrito: “en aquel cementerio y en los demás de Roma no ay solamente huessos de martyres, como el vulgo comúnmente lo siente, sino también de otros christianos”[11]. Con permiso del papa se extrajeron cuerpos que fueron enviados, íntegros o fragmentados, a lugares de misión siguiendo los intereses de los jesuitas en su propaganda o las reflexiones espirituales de Felipe Neri. Sirvieron también durante décadas para la reconstrucción de hagiografías y vidas de santos. De estas catacumbas salieron millares de huesos hacia todas partes del mundo iniciándose de esta manera un lucrativo y muy activo tráfico y comercio de reliquias y sobre todo una intensa y significativa devoción hacia los llamados santos catacumbales y sobre el que no hicieron mella las críticas de los bolandistas. Fue una mina casi inagotable de “santos”, que viajarán a todo el orbe católico[12] al menos hasta 1864 en que cesaron las extracciones, potenciando nuevas devociones y desarrollando una de las manifestaciones más reconocibles de la religiosidad contrarreformista generando al tiempo piezas artísticas de indudable valor para contener esos “huesecillos de santo” ya sea en ostiarios, relicarios o altares. Se generó un comercio singular formándose colecciones importantes en iglesias y conventos. A este afán coleccionista no fue ajena la nobleza, quien a imagen de la gran lipsanoteca creada por Felipe II en El Escorial, se afanaron por acumular multitud de huesecillos de santos. Y la orfebrería y artes suntuarias aportaron creaciones de excelente factura y belleza artística como es fácilmente comprobable en la multitud de inventarios que recogen detalladas descripciones de estos relicarios[13].

En la segunda mitad del siglo XVI la mayor parte del tráfico pasaba por Roma; era allí donde sacaban ingentes cantidades de pedacitos de santo, la gran mayoría de las galerías catacumbales descubiertas y allí donde muchas otras eran autenticadas mediante breves papales, dispuestas así para conquistar todos los rincones del orbe conocido. Con la posesión y uso de reliquias, también con la oración, misas, actos de culto, se buscó la protección y el favor celestial. La doctrina contrarreformista potenciará un modelo hagiográfico de héroe cristiano militante y combativo que da su vida por la fe y de tal modo aúna el mártir antiguo con el moderno, lo que impulsará una nueva visión de los restos santos con esta equiparación. Roma fue la capital del mundo y la capital del orbe cristiano, muchos clérigos fueron enviados desde sus diócesis como agentes de los negocios espirituales y jurisdiccionales de sus respectivas demarcaciones ante la santa sede y muchos aprovecharon su vuelta para llevar consigo reliquias, medallas, objetos diversos bendecidos, indulgencias y bulas que luego en sus lugares de origen repartían, vendían y donaban según la característica del bien. En el caso de las reliquias la propia Iglesia será la primera en poner coto a los abusos de épocas anteriores exigiendo autentificación y los papas expedirán breves consignándola. En teoría todas las reliquias que salían de Roma llevan una Authentica, un documento informativo expedido por la autoridad vaticana garantizando que ese pedazo de hueso corresponde a un cuerpo santo, sacado de catacumbas o de otros depósitos martiriales. Su función era avalar la autenticidad de la reliquia con explicaciones de su origen, condiciones en que fue entregada, donantes y otras informaciones que suelen ser muy relevantes para trazar los recorridos de las reliquias, bien sean pedacitos de huesos, cuerpos en urnas (corpi sancti) u otros objetos dignos de veneración de acuerdo a las nuevas directrices tridentinas. Ahora bien, a nadie se le escapa que no deja de ser una presunción de auténtica, una certificación que no garantiza su verdadera legitimidad. Y ese fue el resquicio por el que entraron no pocas críticas, aunque muchas moderadas o silenciadas ante las consecuencias que pudiera traer ir contra decretos conciliares y doctrina asentada de la Iglesia.

En todos los territorios va a existir un tráfico intenso de reliquias. Pondré algunos ejemplos de Zaragoza[14] y comenzaré con un hecho singular: el bautismo de unas reliquias que poseía el licenciado Miguel de Licau, habitante de la ciudad. Acudió al monasterio de santa Engracia donde sabía que un monje jerónimo de la comunidad tenía la facultad y autoridad para bautizar reliquias e imponerles nombre a los huesos de santo que poseía. Le pidió a fray Braulio Martínez que bautizara cuatro reliquias que tenía. El acta notarial de Diego Casales (actuante en varios actos del mismo tipo en esta década de 1590) que recoge ese bautismo especifica que bajaron a la cripta de las Santas Masas de la iglesia de los santos mártires y sobre el altar con el sarcófago donde la tradición indica está enterrada santa Engracia el licenciado Liçau se dirigió a fray Braulio Martínez diciéndole “que el tenía en su poder ciertos huessos de santos y que estaba certificado eran reliquias de santos”. Como había llegado a su conocimiento que el monje jerónimo tenía concedido un breve o bula del papa Pío V “por el qual tiene poder para bautizar qualesquiere reliquias y meterles los nombres de los santos que le paresciere”, le pedía que tuviese a bien bautizar los dichos huesos que traía. Fray Braulio, colocándose una sobrepelliz y una estola y tañendo unas campanillas respondió que está certificado que aquellos huesos eran reliquias de santos, poniéndolos sobre el altar de santa Engracia, divididos en cuatro partes procedió a su bautismo:

[…] por la autoridad de Dios todopoderoso y del sanctissimo en Xpo padre Pio por la divina providencia papa quinto en virtud de su Bulla y breve abaxo inserto a mi concedido, en nombre del Padre, del Hijo y del spiritu santo bautiço estas reliquias y huesos de sanctos dixendo hacía las quatro partes donde estaban los dichos huesos si quiere reliquias divididos, huic impono nomen sancti Augustin, huic impono nomen sancti Thomae Aquinatis, huic impono nomen sancti Dominici et huic impono nomen sancto Riochi[15].

Roció con un hisopo con agua bendita los huesos y entonó el salmo Laudate dominum omnes gentes. Una vez finalizado el bautismo recogió las cuatro partes y las entregó al licenciado Miguel Licau.

Apenas conocemos nada de la vida de fray Braulio Martínez. Sin embargo, fue delegado del papa Pío V para el asunto de las reliquias y fue enviado a Roma en los años 60 del siglo como procurador general de los jerónimos. Fue también el informante de la historia del convento jerónimo de Zaragoza con un extenso relato del monasterio para la historia de la Orden jerónima que hizo el padre José de Sigüenza quien se hace eco de su valor: “confieso que no me costará esto mucho trabajo, porque de aquel convento se me envió una relación con tanta diligencia hecha que poco menos me quita el cuidado”[16]. En dicha estancia consiguió una Bula de Pío V fechada el 22 de octubre de 1568 que le facultaba para ejercer en este bautismo de reliquias. Murió en el monasterio zaragozano de santa Engracia con 82 años el 2 de marzo de 1606 (Carrillo dice que de noventa años)[17]. En dicho documento se señala que las reliquias concedidas a fray Braulio Martínez proceden de la capilla de la Virgen de Scala Coeli en el monasterio cisterciense de san Vicente y san Anastasio de Tre Fontane en el extrarradio de Roma. Exhibe otro documento fechado el 23 de diciembre de 1568 en el que repasa la historia del monasterio y sus orígenes y menciona que es “presidentis et perpetuis comendatorii caverna sive sanctuarium capella sive oratorii” el cardenal Alejandro Farnesio, quien efectivamente mandó reconstruir y restaurar la capilla de santa María Scala Coeli en el monasterio Tre Fontane entre 1582 y 1584, encomendando los trabajos a Giacomo della Porta. Y también menciona a san Zenón, ya que la capilla de Scala Coeli fue edificada sobre la cripta de donde se decía estaba sepultado el tribuno Zenón y 10203 soldados muertos en el valle donde la leyenda (después pasó a ubicarse el martirio en otro lugar) situaba la decapitación de san Pablo y el nacimiento de fuentes de agua en el lugar donde cayó la cabeza. En 1370 fue llevada una reliquia del diácono Vicente de Zaragoza, nombrado también titular de la iglesia[18], lo que parece formular una estrecha unión entre este monasterio con la iglesia zaragozana y justificaría que haya tantas reliquias que vienen a Zaragoza desde este cenobio cisterciense. De aquí se extrajeron las reliquias que fueron entregadas a fray Braulio de los santos Martín, Sebastián, Blas, Cosme, Damián, Martín, Bárbara. Lucía, Apolonia, Ágata e Inés.

Fray Braulio Martínez exhibió la súplica conseguida de Pío V que en la documentación notarial aparecerá como un breve-bula y, en documentos posteriores a los citados, el notario copiará primeramente las reliquias bautizadas en Tre Fontane el 22 de octubre de 1568 ante el prior del monasterio Eugenio de Claudis de Ferrara y el notario Lupercio Galo. En la capilla de san Bernardo de dicho monasterio se celebró la liturgia con la entrada de nueve lotes de reliquias, colocados sobre el altar, rociados con agua bendita tras la fórmula del bautismo y la imposición de los nombres: san Esteban, san Lorenzo, san Sebastián, santos Cosme y Damián, santa Bárbara, santa Lucía, santa Apolonia, santa Águeda y santa Inés. Prácticamente los mismos nombres que figuran en los documentos antes citados. No es único este acto; hay constancia de más bautismos de reliquias e imposición de nombres a esos huesecillos de santo. Y son santos de todo tipo: vírgenes, obispos, padres de la Iglesia… Braulio Martínez volvió a ejercer en un bautismo de reliquias demandado por Joan Nuez vicario parroquial de san Gil en Zaragoza que pidió bautizase unos huesos y reliquias de santos que tenía. Siendo testigo el monje jerónimo Domingo Murillo, Joan Nuez presentó las siete partes y Martínez las bautizó con los nombres de santa Ana, santa Catalina, santa Isabel, san Antonio, san Pedro apóstol, Santiago y san Jorge[19], repitiendo las mismas oraciones y oficio. En la súplica de Braulio Martínez al papa Pío V, que se inserta en documento notarial de Diego Casales, el monje afirma que la demanda estaba motivada por la devoción del demandante, la necesidad de aumento del ornato de iglesias y capillas y pedía que se le facilitasen reliquias existentes en las iglesias de Roma, ponerles nombres e incluso delegar en las personas que podían recoger las reliquias[20]. Un segundo acto notarial del 2 de julio de 1596 en el mismo monasterio de santa Engracia y mismo notario Braulio Martínez vuelve a realizar un bautismo de reliquias, en las mismas condiciones y con el mismo oficio, pero en esta ocasión el receptor será Pedro Navarro, beneficiado de la iglesia del Pilar que recibirá quince partes nombrándolas con los siguientes patronímicos de santos: Lucía, Roque, Sebastián, Blas, Apolonia, Ágata (o Águeda), Gregorio obispo (al que dice “contra la langosta y otros animales corrosivos”), Quiteria, Roque (nuevamente), Ana, Sebastián (nuevamente), Bárbara y Quiteria (nuevamente). Aún habrá un tercero en la misma fecha y con los mismos actores, al que se añadirá el jerónimo fray Domingo Murillo, para el monasterio de santa Engracia:

[…] las quales dichas reliquias dio el dicho fray Domingo Murillo al dicho fray Braulio Martínez en sus manos y resçivio aquellas y respondio que estando como estaba certificado que los dichos guesos y reliquias que el dicho fray Domingo Murillo le havia dado son reliquias de santos, dixo que estaba presto y aparejado de hazer y cumplir lo que se le havia pidido y incontinenti el dicho fray Braulio Martínez las puso encima el altar de la dicha capilla de santa Engracia y las dividió en veynte y un partes y luego el dicho fray Braulio Martínez se puso un sobrepelliz y una estola y haviendo dos luçes ençendidas en el dicho altar y bolviendose azia aquel dixo […][21]

Bautizó e impuso los nombres de los santos (Benito, Engracia, Bartolomé, Ana, María Magdalena, apóstol Pedro, Úrsula, Francisco, Domingo, Isidoro, José, Apóstol Santiago, Juan Bautista, Lorenzo, Jerónimo, Engracia (nuevamente), Lamberto, Lupercio, Bárbara y Juan evangelista). Bendijo con un hisopo y envolviéndolas en papeles con sus nombres entregó las reliquias a fray Domingo.

Esta ceremonia replica las habituales en Roma donde se bautizaron reliquias sacadas de las catacumbas romanas. Una vez redescubiertas a finales del siglo XVI se inició la extracción de lo que consideraron, en su totalidad, cuerpos santos para su veneración, destinándolos a múltiples lugares demandados por clérigos, órdenes religiosas y monasterios e iglesias. En ocasiones se conocía el nombre del cuerpo santo, pero en la mayoría no figuraba ningún nombre, eran cuerpos anónimos, por lo que se procedió a nombrarlos en una ceremonia similar a un bautismo. Como afirman los editores de Reliques romains,

l’administration des catacombes procede après l’extraction, si nécessaire, à la prénomination des corps anonymes. Si certains ossements peuvent en effet, dans les galeries souterraines, être identifiés par indication d’un nom, la plupart en sont dèpourvus et doivent donc être “baptisés”[22].

Y serán los notarios romanos, así como los apostólicos, los encargados de testimoniar y librar los documentos de autentificación de las reliquias. Estos son los documentos que exhibe fray Braulio Martínez para su cometido. Desde Roma, y desde la Edad Media, los huesos quedan recogidos en una cápsula, autentificados con un billete o una banda de pergamino con el nombre del santo al que perteneció la reliquia: la authenticae o auténtica[23]. En la Edad Moderna y a partir de 1660 las authenticae se encuentran impresas, con un hueco en blanco para escribir el nombre.

Hay también una recuperación de reliquias ultrajadas que recalaron en territorios católicos después de momentos de furia iconoclasta, de saqueos de iglesias a manos de protestantes. Mateo Sebastián Morrano, caballero domiciliado en Zaragoza, al servicio de Carlos V en el Sacro Imperio Romano Germánico, asistió en Worms a la profanación de cuerpos santos y reliquias conservadas en su catedral y logró hacerse con diversas reliquias, entre ellas una de san Pablo que es la que entregó a su iglesia titular de Zaragoza[24]. Conocidos diversos inventarios de reliquias y jocalias de la iglesia de san Pablo, no sabemos la itinerancia que llevaron a cabo las reliquias. El vicario del templo señala: la cabeza de san Gregorio (como relicario) con la reliquia, la cabeza de san Blas con la suya, el brazo de san Blas en su peana sobredorada con su reliquia, un lignum crucis, un relicario con dos angelitos (sin especificar qué contiene), otro con un Jesús en la cruz, un pedazo de reliquia de san Pablo guarnecida en plata, una cajita con dos reliquias de santa Lucía y santa Águeda, un pedazo de reliquia de la nuca de san Pablo (quizás la traída desde Worms), una cajita de plata dorada con muchas reliquias y entre ellas una de san Urbano, un dedalico de las reliquias de san Blas, en plata y un relicario con las reliquias de santa Margarita. En otras ocasiones el inventario de jocalias es más exhaustivo y no aparecen las reliquias; de cualquier forma, siempre se encuentran separadas[25].

El ciudadano Morrano obtuvo certificación apostólica del papa Paulo III de 20 de agosto de 1545 para traer a Aragón reliquias de los santos Marta, Cosme, Santiago, Jorge, Lorenzo, Sebastián, Pablo, de las Once mil vírgenes y de santa Úrsula. Dichas reliquias son concedidas para que puedan venerarse en iglesias, monasterios, hospitales, ermitas y otros lugares píos, con la reverencia que se les debe por ser cuerpos santos. Es una manera más de acumular reliquias y hacer diferentes entregas o generar un tráfico importante hacia los países católicos. Muchos monarcas, especialmente Felipe II, estuvieron al tanto de estos saqueos y dedicaron grandes esfuerzos y cantidades de dinero para hacerse con ellas desde los puntos más diversos de los territorios que iban abrazando la fe protestante e iban renunciando a esa acumulación, para ellos impía, de huesos de personas tenidas por santas. Hay muchas de ellas repartidas por iglesias o en museos como la arqueta relicario con los cráneos de las santas Raimunda y Dorotea, dos de las compañeras de santa Úrsula que llegaron a la parroquia de san Miguel de Medina del Campo donadas por el capitán Diego de Durango que las obtuvo en sus campañas centroeuropeas, que se acompañan con certificados de procedencia y tránsito y se exhibe actualmente en el Museo de las Ferias de Medina del Campo[26]. Son muchos los ejemplos de la recuperación de restos de santos en las ciudades flamencas o del Imperio o el descubrimiento de nuevas que acapararon la atención del monarca Felipe II haciendo que los Tercios de Flandes, además de batallar contra los ejércitos enemigos en lo político y en la fe, fueron encargados, con el propio Gran Duque de Alba a la cabeza, de buscar, recoger y custodiar no pocas reliquias para su traslado a la península[27]

El monarca Felipe II había conseguido varios breves de los papas para poder extraer reliquias de cualquier parte del mundo y atesorarlas en El Escorial. Por uno de los reliquieros y el cronista padre Sigüenza sabemos que el monasterio guardaba 7422 reliquias en 507 relicarios, un apreciable tesoro para la mentalidad de la época. Las solemnes entregas de reliquias, llegadas de todos lugares, se convirtieron en procesiones y celebraciones importantes, llegándose a instituirse la fiesta de las reliquias con octava, misa y oficio propios, celebrada por primera vez en 1617. A imagen de la colección escurialense se formaron las de los monasterios de la Encarnación y la de las Descalzas Reales en Madrid con imponentes relicarios como depósitos extraordinarios de reliquias, lipsanotecas en las que los nobles e instituciones van a mirarse. Y el acopio de reliquias se hace de muy diversas maneras: enviando emisaros a lugares donde el protestantismo desató su furia iconoclasta y la recuperación de ellas, la traída de números huesos de santos catacumbales u otras reliquias de otros depósitos de reliquias como es el caso de santa Engracia en Zaragoza. Y de aquí, por ejemplo, y para las Descalzas Reales se llevaron algunos miembros de la casa real de Felipe II. El 8 de febrero de 1582, estando de paso por Zaragoza en su camino hacia las Descalzas Reales tras quedarse viuda, la emperatriz María de Austria, hija del emperador Carlos y esposa del emperador Maximiliano, acudió al monasterio de santa Engracia, acompañada de su hija Margarita y del arzobispo Andrés Santos a oír vísperas y a solicitar reliquias de santa Engracia y san Lamberto, pretextando que traía breve de su santidad para sacar reliquias de cualquier iglesia. El padre prior contestó que sin la autorización de la ciudad no podía hacerlo. Según relata el padre Martón fueron convocados los jurados y concejo al día siguiente, dando su aprobación[28]. La posesión de reliquias de santa Engracia y de los Innumerables mártires zaragozanos fue un bien muy codiciado y con la reactivación de las reliquias tras el concilio de Trento una petición formulada por todos los visitantes regios e instituciones significativas del mundo católico. Todos los monarcas a su paso por Zaragoza, recibieron fragmentos santos en relicarios de plata, algunos de los cuales recalaron en el palacio real y en los relicarios de las fundaciones reales citadas[29].

A comienzos del siglo XVII y en un contexto de reivindicación martirial muy importante en España y en todo el orbe católico con las persecuciones de misioneros en los países extremos, con la aceptación del martirio como incontrovertible fuente de santidad para las autoridades romanas y con el excesivo uso de las reliquias, incluidas las de los santos catacumbales, se produjo un rebrote de la valoración de las personas santas vinculadas a la patria de cada cual, casi siempre con intención por parte de las oligarquías urbanas. Hay una inflación de hagiografías, estudios, iconografía que van a ser usados para dar a conocer la especial relación y el interés del santo por mostrarse propicio hacia su tierra: santos locales, con filiación patronal, cuyo origen real o inventado llenó miles de páginas de erudición y polémica. De tal forma se creará una auténtica sacralidad territorial, una protección del espacio sobre la base de la especial predilección del santo. Resulta evidente con los ejemplos de Justo y Pastor en Alcalá de Henares Justa y Rufina en Sevilla, Julián en Cuenca o Lorenzo en Huesca.

El caso de san Lorenzo es paradigmático de cómo las elites ciudadanas reivindicaron la patria del santo con escritos, a veces no tanto por iniciativa propia como respuesta a las reivindicaciones foráneas. Y aunque autores como Dormer[30] tuvieran ciertas reticencias a tomar como autoridad los cronicones de Dextro, sin embargo, defendió sin ambages la patria oscense de Lorenzo, aunque fue martirizado en Roma. Y el tráfico de reliquias de este santo no tardó en manifestarse. Muchas iglesias en Roma tenían o decían tener reliquias de san Lorenzo, de su cuerpo y de los instrumentos de martirio, por ejemplo, la parrilla está en San Lorenzo in Lucina. También hay reliquias en Huesca y Zaragoza en relicarios de excelente factura. Y son reliquias viajeras pues de su martirio en Roma (en un horno de san Lorenzo in Panisperna) saldrán hacia los lugares donde se conservan en la actualidad, como el dedo del santo que envió el papa Bonifacio VIII en 1297 al rey de Aragón Jaime II y que este entregó a la ciudad de Huesca. Un fragmento de la cabeza conservada en la capilla Matilde del Vaticano fue remitida al Escorial, que tiene el mayor número de reliquias del santo después de Roma y procedentes de una buena cantidad de sitios[31].

En el caso de traslación de reliquias como acrecentamiento de devoción y afianzamiento de la jerarquía eclesiástica tenemos a san Julián obispo de Cuenca, del que se trasladó una reliquia a Burgos[32], su ciudad natal en 1700 o los ejemplos de san Frutos para Segovia[33] o el eremita san Saturio para Soria. La procesión, la veneración en la catedral y la edificación de una nueva capilla para albergarlos fueron hechos importantes para fomentar la devoción[34]. La posesión del cuerpo santo, o fragmentos del mismo, será determinante en los momentos de reivindicar su patronazgo. Es claro el modelo de san Isidro elevado a los altares en 1622 pero muerto en el s. XII, ejemplo de casus excepti por la tradición inveterada de su culto a través de los siglos.

Ejemplo de patronazgo vinculado a los intereses de la curia y de los capítulos catedralicios, unido a la política de los reyes cristianos de restauración eclesiástica y mitras obispales en las catedrales de ciudades conquistadas a los musulmanes es san Valero en Zaragoza. El conocimiento que tenemos de este santo y de otros provenientes de la jerarquía eclesiástica como él, parte en primer lugar de los episcopologios de las diferentes diócesis. El obispo Valero es patrón de la ciudad y de la catedral del Salvador. Este santo, obispo de la ciudad de Zaragoza, vivió a caballo de los siglos III y IV[35].

La referencia martirial más significativa de la Hispania cristiana es sin duda la cripta de santa Engracia en Zaragoza[36]. El más antiguo testimonio sobre los primeros cristianos zaragozanos e incluso hispanos data de los años 254-255 y es la epístola 67 de Cipriano de Cartago. Conocemos el martirio a través de los cantos de Prudencio, el poeta hispanolatino muerto ca 410. En su Peristephanon o Libro de la Corona de los mártires dedicó varios de los himnos a los mártires cesaraugustanos[37]. En concreto el carmen IV del Libro de las Coronas estaba dedicado a santa Engracia y los Innumerables. Sin duda alguna, los himnos de Prudencio dedicados a los mártires cristianos consolidaron una perspectiva del martirio y afianzaron la imagen buscada en Trento. Las reliquias de Engracia y los Innumerables se conservaron en una basílica martirial reconsagrada después del Concilio de Zaragoza del año 592 y dedicada a los Innumerables mártires en el 619 por el obispo Máximo. Los arqueólogos afirman que dicha basílica se hallaba sobre la necrópolis cristiana datada en el siglo IV. Incluso desde el siglo VII se podían sacar huesos por un orifico practicado en un sarcófago llamado Receptio animae labrado alrededor del 330.

Otros santos que aparecerán en diferentes localidades y lugares españoles lo harán de manera muy circunstancial a través de entregas de reliquias a clérigos para su depósito en iglesias y capillas en un intento de universalizar determinados cultos. La devoción al patronímico, la donación e influencia de los mecenas crearán una especial cartografía devocional ex novo. Un clérigo involucrado en el tráfico de reliquias en el final del siglo XVI en Zaragoza fue mosen Francisco Villalpando, vicario de la iglesia de Aguilón. A finales de 1570 había traído de Roma “muchas y diversas reliquias de sanctos bienaventurados” y a él se las habían dado para aumentar la devoción, como se recoge en una bula. Desconocemos datos de esta estancia en Roma, en calidad de que acudió a la ciudad ni el objetivo de su viaje ya que en todos los actos únicamente se refieren a él como presbítero y vicario perpetuo de Aguilón. Su función es distribuir reliquias a lugares cercanos, familiares y amistades. Ofrece a la iglesia parroquial de Nuévalos a través de mosen Miguel Tello de las reliquias de san Pablo apóstol, san Bartolomé apóstol, san Sebastián, san Fabián, san Bernardo, san José, san Roque, san Blas, san Gregorio, santa Justa, santa Rufina, san Hipólito, santa Úrsula, san Lorenzo, santa María Magdalena, santa Águeda, santa Ana, santa Lucía, santa Quiteria, santa Cecilia, santa Catalina, santa Petronila, santa Apolonia, santa Marta, san Antonio y “de plurimis martiribus”[38].

El vicario de Aguilón no solo ofrece reliquias a localidades e instituciones aragonesas o zaragozanas, también a través de mosen Domingo Madariaga, maestro de las niñas huérfanas del Hospitalico de san Gil, lo hace para la iglesia de san Pedro de Dima (Vizcaya), aunque también son para repartirlas con la iglesia de dicho Hospitalico[39]. Las reliquias entregadas correspondían (con su categoría tras el nombre) a los santos Pedro, príncipe de los apóstoles, san Pablo apóstol, san Bartolomé apóstol, san Cristóbal mártir, san Jerónimo confesor, san Jorge mártir, san Marcos evangelista, san José confesor, san Vicente mártir, santa Úrsula virgen y mártir, santa María magdalena, santa Catalina virgen y mártir, santa Cristina virgen y mártir, santa Marta, santa Ana madre de la virgen María, san Hipólito mártir y santa Quiteria virgen y mártir. También mosen Francisco de Villalpando entregó reliquias al obispo de Huesca don Pedro Frago, a través de mosen Domingo Luexma presbítero beneficiado en la iglesia de Uncastillo y su procurador general, con destino a la iglesia de san Andrés de la localidad, mandada edificar por el citado obispo. El procurador recibe las reliquias y las coloca en una caja colorada y cerrada. En ella guarda las reliquias de los santos siguientes: san Pedro, príncipe de los apóstoles, san Pablo apóstol, san Andrés, san Lorente, san Vicente, san Jerónimo, san Nicolás, san José, san Blas, san Esteban, san Cosme y san Damián, santa Ana, santa Bárbara y santa Catalina.

Sirva como ejemplo del tráfico que un humilde clérigo hace con tal cantidad de reliquias y la calidad de los huesos. Qué no conseguirían y qué fragmentos poseerían personajes de mayor alcurnia e influencia en la Curia y en otras instituciones.

Los intereses de las ciudades españolas por la posesión de reliquias de santos se manifestaron de manera cruda en los interminables pleitos que las enfrentaron y en la defensa que a través de memoriales y escritos hicieron de su posesión. Hubo también muchas peticiones de fragmentos de cuerpos santos, también los que fueron o ejercieron de patronos de las ciudades, para satisfacer esos anhelos de compartir los beneficios piadosos y de intercesión que se les atribuían a los santos a través de las reliquias. Y no todas las reliquias se consiguieron de manera clara o con la anuencia de propietario y peticionario. No todas las traslaciones fueron hechas a la luz del día. Sancho Dávila y Toledo (1546-1625) publicó en 1611 un tratado sobre la veneración de las reliquias de acuerdo a los cánones conciliares de Trento[40]. Este teólogo fue obispo de Murcia, Jaén, Segorbe y Plasencia y era hijo primogénito del marqués de Velada. Hizo trasladar a Cartagena y Murcia, donde era obispo, las reliquias de san Fulgencio y santa Florentina de la villa de Berzocana de san Fulgencio en el obispado de Plasencia, con la oposición de los habitantes de la villa, aunque con la autorización de Felipe II. Llevados varios huesos al Escorial, allí quedaron y otros dos fueron a la iglesia de Cartagena. A este episodio se le conoce con el nombre del Pleito de los Santos. Parece que el propio monarca luego repartirá reliquias porque la villa mantiene un gran relicario en la llamada capilla de los santos desde 1610 ya que antes se encontraban en una urna detrás del altar mayor[41]. Esta relación íntima entre el coleccionismo de reliquias, Sancho Dávila lo fue, la labor pastoral y de difusión de santos protectores en villas y ciudades a través de escritos y otros medios de difusión fue habitual en la Edad Moderna, como lo fue también el despojo en los momentos de la presentación del cadáver del tenido como santo (mordiscos para arrancarles dedos, paños empapados en sangre, vestiduras y joyas…), el robo de reliquias y el tráfico internacional y la falsificación de muchas de ellas.

Las llamadas reliquias de Martioda[42] fueron llevadas a este pueblo alavés desde Bruselas por el matrimonio formado por Juan de Necolalde y su esposa Antonia Hurtado de Mendoza y las instalaron en el oratorio de su palacio de Urretxu en Guipúzcoa para luego ser trasladas a la iglesia de san Juan Evangelista de Martioda y tras la compra por la Diputación Foral de Álava se instalaron en el Museo de Bellas Artes. Funcionario en los reinados de Felipe III y Felipe IV tuvo una carrera como veedor general del ejército en Flandes entre los años 1641 y 1647. Son doce cabezas con reliquiarios textiles y otras reliquias. Se veneran como reliquias de los soldados de la legion tebana y de las once mil vírgenes que acompañaron a santa Úrsula, siendo la mayoría de los huesos de hombres entre 21 y 55 años y algunos del s. III. Son un buen ejemplo del tráfico que hay hacia España por parte de la nobleza y las clases altas destinadas en Europa. Vienen muchas de ellas de Colonia y de otros lugares del Sacro Imperio. Sobre todo las reliquias de santa Úrsula y las once mil vírgenes, pues la creencia popular decía que había salvado la ciudad milagrosamente de algunos ataques. Pronto se unirá a este séquito de santos san Gedeón, san Mauricio y la Legión Tebana[43]. Estas reliquias de Martioda son fechadas, por su estética, hechura artística de los bordados y composición del conjunto en la primera mitad del siglo XVII y son ejemplo del interés coleccionista de la nobleza española quienes incorporaron muchas de ellas a los oratorios privados que construyeron en las diferentes casonas o palacios. Sin duda tenían una función devocional pero también representaban un acompañamiento a la nobleza que vivía en ese palacio, les hacían partícipes del cielo al que pertenecían esos santos y era el anhelo del buen cristiano. También el modo de presentar las reliquias, con las telas bordadas, diademas y otros ornamentos y sobre todo el color quiere transferir un significado. Así el color rojo representará la sangre derramada de los mártires, propiamente la legión tebana y las once mil vírgenes martirizados, pero es también el color del poder; el verde lo será de la juventud y la esperanza que es justamente lo que representaba estos santos martirizados en su plena juventud; el blanco lo será de la pureza, castidad y la virginidad, el dorado propio de la santidad y en todos ellos los brillos metalizados fabricados con hilos de metal, lentejuelas, perlas y otras fornituras que hacen que el conjunto posea brillo y luz[44].

El I conde de Gondomar, Diego Sarmiento de Acuña, embajador de España en Inglaterra entre 1613 y 1622 trajo reliquias y varios cuerpos de religiosos ingleses asesinados por los anglicanos y como tales tenido por mártires[45]. Recogió el cuerpo de Thomas Mansfield, ahorcado y mutilado en 1616 para trasladarlo a Galicia, primero al convento franciscano de la isla de san Simón y después a la iglesia del pazo de Gondomar a donde fueron trasladados a medida que llegaban a España. También trasladó el cuerpo de san Abundio (John Almond). Hubo problemas porque no podían darles culto público ya que no habían sido canonizados. En diversas actas de 1687 y 1689 el obispo de Tui informa y describe las reliquias –los huesos– de los mártires ingleses. Es otro ejemplo del interés nobiliar por los mártires de la fe (en este caso católicos muertos por anglicanos) justificando así su cercanía a los principios contrarreformistas.

A veces las reliquias soportan idas y vueltas y múltiples avatares como es el caso de ocultaciones por catástrofes, asaltos, epidemias o pillajes diversos. En Zaragoza se dio un caso particular con el grave episodio de peste que asoló la ciudad en 1564. El caballero Gonzalo Cabrero había traído muchas reliquias de Roma y ese año de peste fueron ocultadas, posiblemente porque saliera de la ciudad para librarse de la epidemia, yendo a parar (no se dice como) al reverendo Domingo de Madariaga escribano racional de los bienes y rentas de los Hospitalicos de Niños y Niñas. Como intermediario actúa mosen Joan de Portafax, beneficiado de la iglesia de la Magdalena, que es quien solicita las reliquias a Madariaga porque Cabrero está dispuesto a recuperarlas. A cambio de su entrega Madariaga le pide algunas partículas de aquellas, a lo que Cabrero accede después de recibirlas en un cofre cerrado. Con el mismo Joan Portafax le envió reliquias de los santos Andrés, Cristóbal, Ana, de las once mil vírgenes, Dorotea y Pancracio. Además, le ofreció algunas que harían las delicias de Alonso de Valdés recordando su Diálogo de las cosas ocurridas en Roma: “ítem de donde se corto la vera cruz. Ittem de las ojas que piso nuestro señor Jesuchristo a la entrada de Jerusalem. Ittem del pesebre do nacio el niño Jesus. Ittem de la camisa de señora santa Isabel de Ungria”. Todas fueron puestas en una cestilla con hilos de plata. Dieciséis años después del año de la peste, le pide su remesa de reliquias, quizás lo hubiera hecho en otros momentos y no se atendió su demanda o quizás no supiera a ciencia cierta quien se había hecho con el conjunto de piezas[46].

Y viajaron al Nuevo Mundo

A México llegaron cuerpos santos y colecciones de reliquias con los misioneros que llegaron con los conquistadores y Fabre[47]estudia el conjunto de reliquias que llegaron desde Roma al Colegio de san Ildefonso de los jesuitas en la ciudad de México, instalados en 1572 y pocos años después el papa Gregorio XIII envía a la compañía en 1578 un conjunto de reliquias extraídas de las catacumbas romanas; el mismo año del redescubrimiento y a las que dan un recibimiento espectacular con arcos triunfales, procesiones y diversos actos. Son varios relicarios y citan a san Pedro y san Pablo, a san Hipólito (que será patrón de la ciudad de México). Corpi santi también viajaron desde Roma y se encuentran en el relicario de la catedral de México: san Vicente Niño y san Deodato y en San Ángel, san Clemente. También santos catacumbales llegan a la capilla de las reliquias de la catedral de la ciudad de México o a la de Puebla. La entrega de reliquias por parte de fray Braulio no se circunscribió solamente a España, sino que a través de Martín de Espés presbítero archidiácono de la ciudad de México debieron llegar a la catedral de México, en concreto las de san Esteban, san Sebastián y santa Engracia[48], puestas en una caja de madera pintada de rojo. Las dos primeras seguro que del depósito de san Vicente y san Anastasio en Roma, pero de la tercera no se dice nada, pero ¿podría ser una concesión del propio fray Braulio como religioso del monasterio zaragozano de santa Engracia? Pero en ese mismo documento se consigna las reliquias extraídas nuevamente del cenobio cisterciense de san Vicente y san Anastasio, los santos: Esteban, Lorenzo, Sebastián, Blas, Cosme, Damián, Bárbara, Lucía, Agata e Inés[49].

Tiene también mucho interés la construcción de una devoción y de un conjunto artístico en torno a una copia realizada en 1650 a la imagen de la Virgen del Pilar de Zaragoza para trasladarla a la iglesia de san Francisco de Quito, acompañando con diversos relicarios el altar construido para tal fin[50]. La devoción a la Virgen del Pilar se extiende en este siglo XVII por la universalización del milagro de Calanda. La reliquia de la Virgen del Pilar, en Zaragoza, es el pilar, esa columna romana de jaspe, inmóvil según la leyenda, sobre la que se asienta la imagen de Hans de Suabia de mediados del siglo XV. El retablo actual, del siglo XVIII, incorpora la reliquia al ser señalada a Santiago (a la izquierda de la imagen) por la Virgen. Aunque debiéramos entender que la verdadera reliquia sería también el fragmento de pared del primitivo templo, según la leyenda, erigido por Santiago tras la aparición de la Virgen y la traida del pilar, y encajado en los muros actuales de la Santa Capilla[51].

Y también hubo Tornaviaje

En ocasiones es la devoción de la aristocracia la que lleva reliquias a los conventos o iglesias de sus lugares de origen; ese parece ser el caso de las reliquias de san Francisco Solano (1549-1610) y santa Rosa de Lima (1586-1617) conservados en La Puebla de Castro en la actual provincia de Huesca. Llama la atención el hecho de que sean ambos dos santos americanos y en los dos casos sus tumbas se hallan en Lima. El papa Clemente IX la declaró beata el 12 de marzo de 1668, noticia que llegó a Lima en diciembre de ese año y el 12 de abril de 1672 es proclamada santa por Clemente X, reivindicado el origen mestizo de la primera santa americana. Es muy probable que la quinta marquesa de La Puebla de Castro Teresa del Milagro Moncada Benavides casada en 1722 con el undécimo duque de Medinaceli Antonio Fernández de Córdoba y Figueroa, señor de Montilla, lugar de nacimiento de san Francisco Solano, o su hijo que restauró la iglesia dedicada al santo en Montilla, donaran las reliquias. En el inventario de 1774 de los Bienes de la iglesia parroquial de La Puebla de Castro se citan ambas reliquias en sendos relicarios. De ser este el camino, su llegada se produciría entre la beatificación del franciscano en 1726 y la redacción de dicho inventario.

Las reliquias fueron un objeto viajero, un objeto venerado, un objeto comercial con valor seguro, un objeto de devoción. Todas ellas mantendrán su poder taumatúrgico y la devoción se ensanchará conformando ese firmamento celestial bajo el que se acogían los miembros de la iglesia católica que vieron en su protección e intercesión respuesta a sus anhelos de salvación, mientras transitaban por este valle de lágrimas.


  1. Este trabajo forma parte del Proyecto I+D+i PID2021-126470NB-I00, financiado por MCIN/ AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER, “Una manera de hacer Europa”. Grupo de Referencia BLANCAS (Historia Moderna) del Gobierno de Aragón H01_23R. Departamento de Ciencia, Universidad y Sociedad del Conocimiento del Gobierno de Aragón. ORCID: 0000-0003-1150-7467.
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