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Francisco Alifo de la Pexa: un destacado cristiano nuevo de María de Huerva[1]

Confusión y contradicciones en la investigación sobre los moriscos aragoneses

Íñigo Bienzobas Gil[2]

Los moriscos, como minoría de la España de los siglos XVI y XVII, han sido uno de los colectivos sociales que más ha preocupado a los historiadores modernistas. El drástico final de su presencia en suelo español, su expulsión –acaecida entre 1609 y 1614– generó, ya entre los contemporáneos a los hechos, un intenso debate en torno a la justificación de tal medida y a sus consecuencias económicas y sociales. La polémica entre apologistas y críticos con la expulsión llegará hasta el siglo XIX y finales del siglo XX[3], cuando a la deriva política, económica y religiosa del discurso se sumará la interpretación esencialista de una nación española católica y excluyente[4]. No será hasta mediados del siglo pasado, y en especial a partir de los años 70, cuando los estudios moriscos abandonen ese cariz polemista a través de su cientificización[5].

A lo largo de esa dilatada trayectoria historiográfica los autores han recurrido a tipologías documentales considerablemente variadas. Una de las fuentes que más condicionaron el discurso sobre los moriscos, especialmente a finales del siglo XX, fueron las inquisitoriales. Los procesos judiciales, las relaciones de causas y las cartas e informes de los tribunales regionales proporcionaron datos y referencias de tal amplitud y variedad que permiten aproximarse a la historia morisca tanto desde una perspectiva social, cultural y de la vida cotidiana, como de la política y la administración[6].

Sin embargo, desde hace ya unas décadas, esta tipología documental ha sido objeto de un ferviente debate en cuanto a su cualidad y objetividad[7]. Es innegable que la Inquisición tuvo intereses económicos y políticos en la represión de los moriscos y que fue juez y parte al mismo tiempo en los procesos que llevó a cabo. Además, la tipología de los delitos perseguidos por esta institución potencia una visión concreta del morisco, según la cual todos los integrantes de esta minoría eran cristianos fingidos –por tanto, musulmanes–, se resistían a su integración social y cultural y se consideraban enemigos de la Monarquía y de sus vecinos cristianos viejos. Así, los procesos inquisitoriales y las cartas conservadas proyectan una imagen negativa e interesada de esta comunidad.

Es cierto que los sesgos de la documentación inquisitorial han influido en las perspectivas y los discursos historiográficos a través de la reproducción de la imagen específica del morisco que ofrecen las fuentes producidas por el Santo Tribunal. Sin embargo, estos condicionantes no invalidan el uso de estos documentos para la investigación histórica de rigor[8]. Una crítica de fuentes que parta del conocimiento de las condiciones de elaboración de los textos inquisitoriales, permite, en muchas ocasiones, dar la vuelta al discurso del Santo Oficio. De hecho, estas fuentes, en particular los procesos, aportan información muy rica y variada sobre la articulación interna de las sociedades moriscas y su encaje dentro del conjunto de la sociedad española, tanto en las relaciones de cotidianidad con sus vecinos cristianos viejos como con las instituciones y poderes de la época. Además, la pluralidad de tribunales e instituciones que administraban justicia en el Antiguo Régimen permite comparar los procesos inquisitoriales con los resueltos por instituciones menos polémicas.

Tampoco hay que perder de vista la diversidad de las causas que tratan los procesos judiciales, fuesen inquisitoriales o no. Algunos de ellos posibilitan incluso aproximarse a hechos y comportamientos que rompen con el discurso más generalista sobre los moriscos. La existencia de procesos en los que un cristiano nuevo denuncia a otro ante la Inquisición o en los que los testigos que defienden a un morisco son cristianos viejos, mientras que los que lo señalan como culpable son correligionarios del acusado, ejemplifican esta cuestión. Este tipo de causas, tan inusuales respecto a lo que se suele pensar sobre la represión del Santo Oficio y la actitud de los moriscos ante este tribunal, evidencian cómo fue sumamente común en la Edad Moderna utilizar la justicia con el fin de atender a determinados intereses.

Aunque son varios los procesos que casan en ese modelo, para ejemplificar estas cuestiones se propone el análisis de un caso concreto: Francisco Alifo de la Pexa, morisco vecino de María de Huerva –una localidad enteramente poblada por cristianos nuevos, situada a unos 20 kilómetros al sur de la ciudad de Zaragoza–, quien recibió dos denuncias, una ante la Inquisición y otra ante justicia eclesiástica del arzobispado a finales del siglo XVI, incoadas ambas por parte de otros moriscos.

Una enemistad que acabó ante la Inquisición

En 1596, Juan de Albariel, un morisco de Zaragoza, anteriormente penitenciado por la Inquisición y que portaba el sambenito, denunció, ante esta misma institución, a Francisco Alifo[9]. Las razones de esta denuncia realmente escapan a las funciones y prerrogativas punitivas del Santo Oficio, pues no estaban relacionadas con cuestiones de fe. Todo el asunto había surgido a raíz de un desencuentro económico entre estos dos moriscos cuando ambos tenían arrendada la panadería de María de Huerva y compartían la explotación de algunos campos. Ese desacuerdo derivó en una enemistad cada vez más intensa. De hecho, en una ocasión, habían llegado a las manos. En tales circunstancias, Albariel había acabado por denunciar la situación al conde de Fuentes, señor del lugar de María de Huerva, quien había ordenado detener de Francisco Alifo. Sin embargo, el motivo final que le llevó a denunciar a su correligionario y antiguo socio de negocios ante el Santo Oficio fue una agresiva carta que Alifo le envió con insultos y amenazas. Tal era el contenido de dicha misiva, que no se copia en la denuncia “por la honestidad, deçencia y respeto deste tribunal”. Así las cosas, en octubre de 1596, la Inquisición arrestó a Francisco Alifo.

La trascendencia de este documento radica no sólo en la condición de que, en un proceso inquisitorial, ambas partes en litigio sean moriscas. Destaca especialmente por algunas cuestiones que se desgranan de un análisis pormenorizado de las declaraciones de los testigos presentados por Albariel y por Alifo. Es significativo, por ejemplo, que la mayoría de los testigos oriundos de María de Huerva eran favorables a su vecino. Este asunto es importante por dos cuestiones. Por una parte, porque, como se verá más adelante, en el proceso eclesiástico de 1597 esta circunstancia desaparece. Por otra, porque permite aproximarse a la noción de solidaridad morisca a la que tantas veces se han referido los historiadores[10]. La participación de vecinos de María a favor de Francisco Alifo no puede considerarse una evidencia de la existencia de una solidaridad etnoreligiosa propia de los moriscos como minoría. Parece más bien que en ello tuvieron su impronta otros tipos de solidaridades más genéricas. Por ejemplo, la participación de parientes del denunciado como testigos o como fiadores de la fianza para salir de prisión y la intercesión de la madre de Alifo ante el conde de Fuentes son muestras de solidaridad familiar. Junto a ello, el argumento conclusivo que permite desterrar la lógica de la solidaridad morisca, al menos para este caso, es la participación de cristianos viejos marihuervanos como testigos favorables al denunciado.

Por su parte, los testigos presentados por Juan de Albariel son dignos de un análisis prácticamente individual. A grandes rasgos, los deponentes favorables al zaragozano permiten vincularlo con una parte de la comunidad morisca que se puede definir por sus ásperas relaciones con las autoridades de la España del momento, traducidas en una casi constante persecución por parte de instituciones como la Inquisición, y que se puede diferenciar de otro arquetipo de morisco más discreto y menos problemático. Así, uno de esos testigos, Alexandre Bello, vecino de Brea de Aragón, había sido reconciliado por la Inquisición, como también lo había sido el propio Juan de Albariel. De hecho, Alifo acusó a ambos de haber querido asesinar a un guarda del Santo Oficio.

Sin embargo, el testigo más significativo en este sentido es Gaspar Zaydejos. Éste fue un destacado morisco, natural de Torrellas, localidad próxima a Tarazona, que se contó entre los más ricos y poderosos del ámbito aragonés, siendo considerado, tanto por la Inquisición o la Corona como por los propios moriscos aragoneses, como una suerte de líder, acudiendo como representante de los mismos ante altas instituciones como la corte madrileña o incluso la Santa Sede[11]. La participación de este importante morisco en un proceso de este tipo, y además como testigo, es cuanto menos sugerente, teniendo en cuenta que desde los años 70 del siglo XVI, Gaspar Zaydejos había sufrido una fuerte presión por parte del Santo Oficio, habiendo sido procesado y encarcelado en 1581. De hecho, volverá a ser procesado a principios del siglo XVII, siendo torturado y, finalmente, juzgado en el Auto de Fe celebrado en Zaragoza el 16 de noviembre de 1609, muriendo por razones desconocidas apenas un mes después. El hecho de que Juan de Albariel presentara a este hombre como testigo favorable a su causa permite suponer que existían ciertos contactos entre ambos. Esto, sumado a la cuestión de que el propio Albariel había sido reconciliado y sambenitado por el Santo Oficio –se sabe llegó a salir hasta tres veces en un Auto de Fe[12]– lleva a sospechar de la integridad y honradez del denunciante de este proceso inquisitorial.

Por otro lado, ambas partes tratan de desacreditar y difamar a la contraria con tal influir en la decisión de los jueces. A través de esta práctica, y antes que los inquisidores, fueron los propios moriscos quienes introdujeron la cuestión religiosa en este proceso, al acusarse mutuamente de ser malos cristianos. De hecho, las injurias ad hominem cruzadas entre los dos contrincantes conciernen a asuntos de sumo interés de la historia morisca aragonesa. Así, se hace referencia a las matanzas entre cristianos viejos y nuevos ocurridas en Aragón a finales del siglo XVI, a la llamada guerra de montañeses y moriscos. En 1588 y 1589 se produjeron una serie de enfrentamientos violentos entre moriscos del valle del Ebro, en particular de la localidad de Codo, y pastores trashumantes cristianos viejos del valle de Tena, en el Pirineo, los cuales condujeron a la destrucción y saqueo de Codo y a la matanza de los moriscos en Pina de Ebro, próxima a aquélla. Estos hechos fueron posteriormente respondidos por diversas acciones violentas cometidas por moriscos, las cuales fueron englobadas bajo el concepto de “moros de la venganza”[13].

Estos acontecimientos tienen su reflejo en el proceso inquisitorial analizado. Inicialmente, la parte de Albariel recurre al pasado de Alifo con tal de empeorar su imagen, denunciando que unos años atrás había matado, junto a otros moriscos de María de Huerva, a un pastor cristiano de Jaulín. Esto fue parcialmente confirmado por uno de los testigos presentados de parte de Francisco Alifo, el cual aseguraba que los moriscos de María, años atrás, salían muchas veces a defender sus términos y ganados de los montañeses y que algo había oído sobre la muerte de un pastor. Sin embargo, al mismo, este testigo, defensor de Alifo ponía en duda los hechos y decía no saber más.

Fue bastante común en los procesos judiciales de la época recurrir a trapos sucios del pasado para profundizar en la condición criminal y, por ende, culpable, de la parte acusada. Muchas veces este tipo de estrategia derivaba en declaraciones o denuncias deformadas y exageradas, cuando no directamente falsas. También otra de las declaraciones testimoniales de este proceso permite evidenciar cómo se recurría a tales argucias. María de Arruche, vecina de María de Huerva, asegura que en el momento en el que mayor persecución estaba sufriendo Francisco Alifo por parte del conde de Fuentes, el morisco llegó a pedirle que se personara ante la Inquisición de Zaragoza para denunciar que el alcaide de María de Huerva tenía trato carnal con la mujer de su primo. De este modo pretendía Alifo reducir la presión que la justicia señorial ejercía sobre su persona. Le pidió discreción y silencio y le ofreció 10 escudos a cambio. Sin embargo, la morisca se negó, arguyendo el pudor que le producía acusar a un hombre al que decía tener por buen cristiano –aunque decía tener también como tal a Alifo– y rechazando directamente dar una denuncia falsa.

Este breve ejemplo permite demostrar la existencia de trámites deshonestos en las instituciones judiciales del Antiguo Régimen, las cuales se instrumentalizaban según intereses personales. Este tipo de estrategia no era necesariamente exclusiva de la parte denunciante. También podía tomarla la parte denunciada. Por ejemplo, Francisco Alifo insinuó en su interrogatorio que Juan de Albariel había estado amancebado con varias mujeres. La acusación no fue más allá, pero fue suficiente como para que parte del esfuerzo legal de la parte de Albariel se dedicara a desmentir tal afirmación y a presentar testigos que corroboraran que este morisco estaba casado legítimamente con una mujer natural de Híjar, llamada María de Monferriz. Es evidente la intencionalidad doble con la que Francisco Alifo había hecho su declaración. Por una parte, ahondaba en las suspicacias inquisitoriales hacia un morisco ya reconciliado. Por otra, aumentaba la carga de trabajo y desviaba el esfuerzo de sus adversarios.

En este estadio quedan las informaciones compiladas en este proceso inquisitorial. No hay constancia de si Francisco Alifo fue condenado o absuelto ni qué otro tipo de consecuencias tuvo el asunto. Una de las últimas noticias que tenemos al respecto es que el morisco había quedado libre después de pagar una fianza de 200 ducados.

Acusaciones inmorales para catalizar rivalidades locales

Por desgracia, la tranquilidad iba a durar poco en la vida de Francisco Alifo de la Pexa. Apenas tres meses después de salir de la cárcel de la Aljafería, en marzo de 1597, se presentó una nueva denuncia contra él, esta vez ante la justicia eclesiástica del arzobispado de Zaragoza[14]. En cierto sentido, se puede decir que la acusación que él mismo había vertido contra Juan de Albariel unos meses antes se le había vuelto en su contra, puesto que, en esta ocasión, fue acusado de vivir amancebado con una tal María Royo, hermana de su legítima esposa, Ángela Royo –lo que en la lógica de la época también significaba haber incurrido en incesto–. El denunciante era anónimo, pero, a tenor de las informaciones que se desgranan posteriormente del proceso, se puede sospechar que se trató de uno o varios vecinos de María de Huerva. Como ya se ha señalado previamente, una de las mayores diferencias entre el proceso inquisitorial de 1596 y el criminal de 1597 es la actitud de la población marihuervana respecto a Francisco Alifo.

Son muchos los puntos de los hechos denunciados que dan a pie a su cuestionamiento. Primeramente, cabe destacar la exageración constante de la que hace gala la parte denunciante. Desde el principio mismo del proceso las acusaciones ad hominem son recurrentes. Se define a Francisco Alifo como un hombre de “naturaleza y condición […] sensual y libidinosa”. Muy pronto la exageración se apodera del discurso acusador, achacándole ya no sólo el supuesto amancebamiento con la hermana de su esposa, sino también el trato deshonesto que había tenido con varias mujeres casadas. De hecho, se le acusa incluso de haber tenido trato carnal con su hermana menor y se llega a decir que “el dicho Francisco Alifo acusado por ser como es tan vicioso […] se ha jactado y dicho que hallandose en ocassion se hecharia con su propia madre”.

Todas estas afirmaciones deben ser tomadas con cautela. En una lógica similar a la que hemos visto anteriormente, es posible que inculpaciones tan grandilocuentes buscasen aumentar las posibilidades de que Francisco Alifo fuese condenado a través de la deformación de su imagen y fama pública. Algunos de los testigos favorables al acusado señalan que varios vecinos de María de Huerva ya habían vertido acusaciones falsas contra él. Por ejemplo, se cita la denuncia de una tal María Bibache, quien acusó a Alifo ante el conde de Fuentes de haber intentado forzarla. El caso no había ido a más por falta de pruebas y terminó finalmente con la encarcelación de esta morisca y de su marido por dar falso testimonio. De hecho, fue el propio Francisco Alifo, en su interrogatorio, el primero en señalar que, en realidad, tanto la denuncia por amancebamiento como tantas otras denuncias falsas que había recibido estuvieron motivadas por las enemistades que habían ido surgido entre él y parte de sus vecinos.

La participación de testigos marihuervanos en este proceso es muy significativa, tanto cuantitativa como cualitativamente. Es precisamente por la cantidad de testigos que se presentan a favor y en contra del acusado que el proceso se prolonga enormemente. A lo largo de las numerosas declaraciones de testigos, el caso va ganando complejidad al darse informaciones sumamente dispares sobre la condición de Francisco Alifo. En realidad, es posible distinguir en ello una división de la comunidad morisca de María de Huerva. Para unos, era un hombre inmoral, libidinoso y culpable de vivir amancebado. Para otros era hombre de virtud, de buena vida e inocente. Esta controversia, como ocurría prácticamente en la totalidad de asuntos judiciales en los que había moriscos implicados, derivó también en términos religiosos. Para una parte de los vecinos, Francisco Alifo era un musulmán encubierto que renegaba públicamente de la fe católica. Para otros era todo un ejemplo de buen cristiano, temeroso de Dios, pacífico y quieto. También varios de los testigos fueron señalados por sus faltas religiosas o las sospechas en torno a su sincera fe cristiana para ser desautorizados. De hecho, buena parte del proceso se centra en las acusaciones cruzadas que pretenden la desacreditación de los testigos presentados por la parte contraria. Es en este tipo de declaraciones donde se ve de forma más clarividente que, en realidad, la lógica del proceso responde a la división de los vecinos de María de Huerva por una multiplicidad de enemistades personales que catalizaron en este proceso criminal, seguramente a causa la singular relevancia de la persona de Francisco Alifo en ese contexto local.

No obstante, la declaración última que permite explicar en su totalidad la lógica de este sugestivo caso la da un cristiano viejo, el doctor Pedro Jerónimo Cenedo, capellán mayor de la Iglesia del Pilar de Zaragoza, que inesperadamente irrumpe como testigo. Este importante miembro de la élite eclesiástica aragonesa decía tener una larga relación de amistad con Francisco Alifo. Aseguraba este canónigo que, a pesar de su condición de nuevo convertido, el acusado era buen cristiano. Admitió que el morisco había tenido durante mucho tiempo ciertas dudas morales y que, finalmente, por necesidad de descargo de su conciencia, había acudido ante la Inquisición de Zaragoza para liberarse de sus remordimientos. No se dice en el documento qué dijo Alifo a los inquisidores, pero sí que a partir de ese momento se ganó cantidad de enemigos en María de Huerva, pues muchos de sus vecinos sospecharon que los había delatado de crímenes contra la fe cristiana. Desde entonces, una parte de los habitantes de María trataron de enemistar a Francisco Alifo con el conde de Fuentes, con el propio Pedro Jerónimo Cenedo y, algunos, comenzaron a denunciarlo ante diferentes instituciones.

La decisión que tomaron las autoridades judiciales del arzobispado de Zaragoza, después de conocer esta determinante información, es desconocida, ya que el proceso termina en este punto, no recogiéndose su final ni si alguna de las partes fue condenada. Por desgracia, los finales abiertos suelen ser muy comunes en los procesos judiciales.

Conclusiones

La trayectoria vital de Francisco Alifo de la Pexa, con los dos procesos, inquisitorial y criminal, que tuvo que afrontar a finales del siglo XVI, resulta sugerente respecto a las investigaciones en torno al mundo morisco, al funcionamiento interno de sus comunidades y a sus relaciones con instituciones y personalidades cristianas viejas. La riqueza de las fuentes judiciales, pese a los formalismos y repeticiones que contienen y a la monotonía que las caracteriza, dan pie a un análisis en detalle que, a través de la confrontación de declaraciones de testigos, y de otros procesos, permiten aproximarse al funcionamiento de esas estructuras y redes sociales.

Por otra parte, los dos procesos analizados permiten arrojar luz en torno a la complejidad interna de la minoría morisca y la diversidad de las relaciones sociales entre cristianos nuevos. Por la propia cualidad sintetizadora del lenguaje, el englobar a todo ese cuerpo social como “moriscos” bajo ese único término conlleva la simplificación de la realidad histórica, la cual presenta distintos matices y tonos en cuanto se profundiza en su estudio. Las denuncias, la violencia, la ausencia de lógicas de solidaridad y las acusaciones cruzadas de faltas religiosas dentro de las comunidades moriscas, así como los intentos por mostrarse como verdaderos cristianos, son buena muestra de ello. Además, los tratos de amistad con cristianos viejos, junto con las testificaciones de éstos a favor de acusados moriscos, aportan otro destacado matiz sobre la pluralidad de las relaciones entre cristianos viejos y nuevos.

Igualmente, los documentos examinados llevan a una reflexión en torno a los sesgos que la historiografía ha presentado. En los dos procesos judiciales analizados se ven relaciones violentas, acusaciones de crímenes y sospechas en torno a la fe entre cristianos nuevos. Si estos procesos fueran exactamente iguales, pero una de las partes fuera cristiana vieja, ¿serían interpretados de la misma manera? Considerando una contraparte cristiana, ¿no se tendería a ver en ellos una suerte de enfrentamiento secular entre dos mundos, dos civilizaciones y dos religiones en lugar de atender a la complejidad inherente a las relaciones humanas?


  1. Este trabajo es parte del proyecto de I+D+i PID2021-126470NB-I00, financiado por MCIN/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER, “Una manera de hacer Europa”. Grupo de Referencia BLANCAS (Historia Moderna) del Gobierno de Aragón H01_23R. Departamento de Ciencia, Universidad y Sociedad del Conocimiento del Gobierno de Aragón.
  2. Contratado FPU, Departamento de Historia, Área de Historia Moderna, Universidad de Zaragoza. Correo electrónico: ibienzobas@unizar.es. Orcid: https://orcid.org/0000-0002-9342-0105 .
  3. A este respecto, véase BUNES IBARRA, M. de (1983). Los moriscos en el pensamiento histórico. Historiografía de un pueblo marginado, Madrid, Cátedra.
  4. Un buen ejemplo paradigmático de ello es BORONAT Y BARRACHINA, P. (1901). Los moriscos españoles y su expulsión. Estudio histórico-crítico, 2 vols., Valencia, Imprenta de Francisco Vives y Mora.
  5. En ese proceso fue fundamental la labor de Joan Reglà, cuyos estudios fueron compilados en REGLÀ. J. (1971), Estudios sobre moriscos, Valencia, Universidad de Valencia, pero alcanzó definitivamente ese estadio con la publicación de DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. y VINCENT, B. (1978). Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría, Madrid, Revista de Occidente.
  6. De entre la cantidad de estudios al respecto destacar: CARDAILLAC, L. (1979). Moriscos y cristianos. Un enfrentamiento polémico (1492-1640), Madrid, Fondo de Cultura Económica; GARCÍA-ARENAL, M. (1975). Inquisición y moriscos. Los procesos del Tribunal de Cuenca, Madrid, Siglo XXI; CARDAILLAC, L. (dir.) (1990). Les Morisques et l’Inquisition, Paris, Publisud; o BENÍTEZ SÁNCHEZ BLANCO, R. (2001). Heroicas decisiones. La monarquía católica y los moriscos valencianos, Valencia, Institució Alfons el Magànim; entre otros.
  7. La posición más radical al respecto fue la tomada por Francisco Márquez Villanueva, quien llegó a hablar de los documentos inquisitoriales y de la literatura apológica de la expulsión como «fuentes envenenadas» en: MÁRQUEZ VILLANUEVA, F. (1998). El problema morisco (desde otras laderas), Madrid, Ediciones Libertarias. Esta postura fue enfrentada principalmente por Bernard Vincent, quien, partiendo de la idea de que ninguna fuente es objetiva, rechazaba la directa desconsideración de las inquisitoriales. Ambas posturas fueron enfrentadas públicamente: MÁRQUEZ VILLANUEVA, F. (2008-2010). “Carta abierta a Bernard Vincent”, Sharq al-Andalus, 19, pp. 279-293 y VINCENT, B. (2008-2010). “Carta abierta a Francisco Márquez Villanueva”, Sharq al-Andalus, 19, pp. 295-304.
  8. Tal y como hemos visto que hacía Francisco Márquez Villanueva, ver nota 6.
  9. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza [AHPZ], Inquisición, 75/1.
  10. El concepto de solidaridad morisca ha sido empleado y teorizado por muchos autores. De entre todos ellos, destacar a Bernard Vincent, especialmente VINCENT, B. (1985), “Los elementos de solidaridad en el seno de la minoría morisca (siglo XVI)”. En: Andalucía en la Edad Moderna: economía y sociedad, Gramada, Diputación Provincial de Granada, pp. 203-214. Aunque también es cierto que otros autores han cuestionado el concepto y considerado los intereses personales antes que los colectivos, como DEDIEU J. (1983). X “Daimiel, une communauté morisque face à l’Inquisition”. En: Les Morisques et leur Temps, Paris, Éditions du Centre National de la Recherche Scientifique, pp. 493-522.
  11. Ansón Calvo, M. (2001-2002). “Gaspar Zaydejos: destacado morisco aragonés”, Turiaso, 16, pp. 233-262.
  12. GUADALAJARA Y XAVIER, M. (1613). Memorable expulssion y iustissimo destierro de los Moriscos de España, Pamplona, Nicolás de Assiayn, f. 96v.
  13. MELÓN Y RUIZ DE GORDEJUELA, A. (1917). Lupercio Latrás y la guerra de moriscos y montañeses en Aragón a fines del siglo XVI, Zaragoza, Heraldo.
  14. Archivo Diocesano de Zaragoza [ADZ], Procesos criminales, C-33/13.


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