Definición y debate
Daniel Mena Acevedo[2]
Introducción
Decía Canga Argüelles que el lujo es “voz cuya explicación ha atormentado muchos siglos los talentos de escritores célebres”[3], si bien, para ser más precisos, la problematización del término fue el resultado de uno de los principales debates del siglo ilustrado. Etimológicamente, la palabra procede del latín luxus, “surabondance, ce qui est au-delà du necessaire, le superflu”[4], es decir, un gasto excesivo e innecesario. Así, en las distintas lexicografías europeas, como la francesa y la española, se asentó la definición de lujo como “somptuosité excessive, soit dans les habits, soit dans les meubles, soit dans la table” (1694)[5] o “exceso y demasía en la pompa y regalo” (1734)[6]. El término no era neutro, sino que estaba ligado a una concepción teológico-moral negativa, con raíces en el mundo grecolatino, que equiparó este fenómeno a la vanidad y la incontinencia, pues, no en vano, lujo y lujuria comparten la misma etimología. Así, Alonso de Carranza en su Discurso contra malos trajes y adornos lascivos (1636) decía, citando a Tertuliano, que son “lujuria, lascivia y sensualidad compañeras o consecuencia del ornato pomposo”[7]. En esta misma línea, Les aventures de Télémaque (1699) de Fénelon, todo un éxito editorial en el mundo francés e hispánico, constituye una crítica moral contra el lujo y una defensa de la frugalidad como modelo de virtud. De hecho, esta utopía puede ser leída como una historia del lujo, describiendo así una sociedad pastoril anterior a su aparición (Bética), un estado lujoso, belicoso y corrompido (Salento antes de la reforma de Mentor) y una sociedad donde el lujo fue corregido mediante leyes suntuarias (Salento reformado)[8].
En la sociedad del Antiguo Régimen, como bien explicó Max Weber, la exigencia del prestigio estamental hacía de la ostentación una necesidad[9]. Así pues, el lujo entendido como magnificencia[10] tuvo un sentido sociopolítico como expresión material del rango social de cada individuo, lo que no se contradecía, sino que se complementaba, con la visión teológico-moral imperante[11]. De esta manera, la línea que separaba la legítima ostentación de la vanidad era el estatus social, de ahí que las leyes suntuarias procuraran jerarquizar el gasto en función del rango[12]. Así, lo que se condenaba en último término era la confusión de las apariencias y la consecuente deslegitimación del orden social. Una formulación de este pensamiento la encontramos en la Conservación de monarquías (1626) de Pedro Fernández de Navarrete, canónigo de la catedral de Santiago de Compostela, quien se lamentaba por entonces que “ya las mujeres de oficiales mecánicos tienen en las suyas mejores alhajas y más costosos estrados de los que las de los títulos tenían pocos años ha”[13]. El prebendado denunciaba los procesos de emulación y competencia social, proponiendo que “es justo que los trages de los nobles se diferencien de los que han de permitirse a los plebeyos”[14], argumento que será retomado en España a fines del Antiguo Régimen en el marco del debate sobre el lujo.
El debate del lujo en el siglo XVIII
Antes del siglo ilustrado, es posible rastrear en la literatura mercantilista el nacimiento de un concepto moderno del lujo entendido como fuente de riqueza y beneficio material de la sociedad, desligándose así de las concepciones teológico-morales imperantes, lo que Christopher J. Berry denominó el proceso de “des-moralización” del lujo[15]. En 1714, Bernard Mandeville, un holandés emigrado en Gran Bretaña, publicó The fable of the bees (1714), donde, con tono sarcástico, defendía que los vicios privados generaban beneficios públicos, planteando así el carácter positivo del lujo en términos económicos[16]. En Francia, siguiendo a Audrey Provost, la ruptura de la visión moral de este fenómeno arrancó en la década de 1730 con las obras de Voltaire y Melon, que emplearon argumentos semejantes a los de Mandeville, aunque el debate no se consolidó a gran escala en el mundo editorial galo hasta el período 1760-1789[17]. Una consecuencia de esta discusión intelectual fue la problematización del concepto de lujo al quedar de manifiesto su carácter relativo en términos sociales y cronológicos o, dicho en otras palabras, lo que para unos era un gasto superfluo, para otros era una necesidad. Así, en su edición de 1762, el Dictionnaire de l’Académie française añadía que “le luxe n’est pas aisé à definir”[18].
A este respecto, la indagación sobre la compleja naturaleza del lujo conllevó la formulación de categorías que, en mayor o menor medida, permitieron superar la vaguedad e indefinición del dualismo necesario-superfluo. En Le Commerce et le gouvernement considérés relativement l’un à l’autre (1776)[19], Étienne Bonnot de Condillac distinguió entre el lujo de magnificencia (luxe de magnificience), de comodidades (luxe de commodités) y de frivolidades (luxe de frivolités), que pueden ser equiparados a las categorías de suntuosidad, confort y moda, respectivamente. Otros autores diferenciaron entre el lujo de ostentación y el de comodidad, ofreciendo así una explicación sobre los fines del consumo de este tipo de bienes. De esta manera, el primero tenía por objetivo “la reputación sobre los otros, juzgándonos felices a proporción de nuestra superioridad”, mientras que el segundo es “hijo de la sensación física que se complace en la blandura y la molicie”, en palabras de Antonio Genovesi[20]. En España, el valenciano don Bernardo Joaquín Dánvila y Villarasa expuso una distinción semejante en sus Lecciones de Economía Civil o de el Comercio (1779), escritas para el uso de los caballeros del Real Seminario de Nobles de Madrid. Así, el autor habla de un lujo de vanidad, nacido del “deseo de distinguirse entre las varias clases de un pueblo civilizado”, y el lujo de comodidad, “una enfermedad o debilidad del ánimo, efecto del desordenado amor de los deleytes, que ya cansados de los deleytes naturales hace a los hombres desear cosas de mero capricho”[21]. A pesar de esta censura, no faltaron argumentos en favor del lujo de comodidad como los expuestos por el aragonés Lorenzo Normante y Carcavilla en Las Proposiciones de Economía Civil y Comercio (1785). De esta manera, el autor defendía el consumo de aquellos artefactos que, aunque innecesarios, otorgan “gusto, civilidad y espíritu a la Nación”[22].
Ciertamente, el debate sobre el lujo abarcó un amplio abanico de opiniones sobre el carácter perjudicial o provechoso de este fenómeno en términos económicos y sociales. Así, se defendieron opiniones negativas, herederas de la tradición teológico-moral, y positivas, como la expresada por David Hume, para quien el lujo constituía un incentivo para el trabajo y la felicidad[23]. No faltaron visiones eclécticas como la expuesta por Juan Sempere y Guarinos en su Historia del lujo y de las leyes suntuarias de España (1788)[24]. El argumento central del valenciano era que el lujo es un vicio útil a los intereses del estado, siendo necesario corregir sus efectos, no mediante leyes suntuarias ineficaces, sino a través de una política económica proteccionista y la corrección de las costumbres a partir de la educación, pues “la opinión es la reyna del luxo”[25]. Asimismo, el autor contraponía una visión positiva del lujo antiguo (suntuosidad) frente a los efectos negativos del lujo moderno (moda y confort). Así, refiriéndose al reinado de Felipe II y al de su sucesor.
Digo tanto luxo, esto es, tan costoso y de tanta ostentación: luxo de oro y plata, luxo de piedras, luxo de lienzos y finísimos encages, luxo de pinturas y otras cosas exquisitas. Porque en lo que toca al luxo de cosas frívolas y que toda su estimación la tienen no tanto por la materia, ni por la cantidad y mérito del trabajo invertido en ellas, quanto por la moda y el capricho; en este creo que les somos superiores, como también lo somos en el de la gula[26]
Bajo el análisis de Sempere y Guarinos subyace en el fondo una crítica a los cambios sociales que, derivados de las transformaciones materiales, implicaban el riesgo de la confusión de los rangos sociales.
Hoy verdaderamente no se puede distinguir el noble del plebeyo, el rico del pobre, ni el honrado del vil, y de aquí nacen como de su principal centro, la vanidad, la altanería, el abandono de la agricultura y de todo trabajo y últimamente todos los males juntos; porque en viéndose el hijo del labrador adornado del trage que es propio del poderoso se sueña, juzga y contempla delicado para toda fatiga y se adapta a una torpe inacción, que le hace miembro podrido del estado.[27]
Para el economista valenciano, el principal estímulo del lujo contemporáneo no era otro que la inclinación “a buscar medios de distinguirse o parecerse a las clases inmediatamente superiores”[28], es decir, la emulación, condenada ya en los siglos anteriores por autores como Fernández Navarrete. Por esta razón, Guarinos proponía que “cada uno vista según su clase para que el vestido diga su profesión y no se confundan los nobles con los plebeyos, ni lo grandes con los medianos”[29], es decir, jerarquizar el gasto en función del estamento social, lo que tampoco constituía una novedad en el pensamiento sociopolítico español.
En suma, la obra de Sempere y Guarinos es heredera de una concepción política y teológica conforme a la cual la correspondencia entre el rango y la apariencia era un pilar del orden social. Ciertamente, esta visión constituyó una de las claves del debate sobre el lujo en el siglo XVIII en Europa. Así, cabe traer a colación la obra escrita en vísperas de la Revolución por Gabriel Sénac de Meilhan, Considérations sur les richesses et le luxe (1787), toda una apología de lo que se ha venido denominando el “luxe nobiliaire”, es decir, el lujo como distintivo y fuente de legitimación de la nobleza[30]. El autor galo diferencia entre el fasto y el lujo, entendiendo así por el primero la magnificencia tradicional propia de la nobleza (el lujo antiguo de Sempere y Guarinos), mientras que, por el contrario, el lujo corresponde específicamente a las modas y el confort que se fueron desarrollando durante el siglo ilustrado. De acuerdo con este esquema, el problema no radica en la emulación del modo de vida tradicional del estamento privilegiado por parte de los nuevos ricos, sino en el desarrollo de nuevas condiciones materiales que hicieron ineficaces las antiguas leyes suntuarias y fueron desdibujando las diferencias entre los estados sociales.
Lorsque le nombre des riches s’est multiplié, lorsque l’opulence de plusieurs a surpassé les proportions connues, ils ont été humiliés des distinctions qui mettaient un intervalle entre leurs états et celui des grandes. Il semble que, ne pouvant s’élever jusqu’à eux, ils aient fait leurs efforts pour les rabaisser à leur niveau en leur inspirant le goût du luxe, sûrs de les surpasser dans ce genre. Par ce moyen, ils les ont habilement fait renoncer au faste, qui caractérisait leu supériorité réelle ; les grands, séduits par l’attrait du luxe, ont abandonné tout ce qui tient à la représentation extérieure ; ils n’ont plus paru précédés de gentilshommes, ils ont cessé d’avoir des pages. L’élégance a succédé à la magnificence ; le luxe a remplacé le faste. La noblesse est descendue de son rang pour combattre de richesses à richesses avec des hommes obscurs, dont l’argent seul formait l’existence ; elle a éprouvé dans cette lutte le désavantage le plus marqué.[31]
Cabe tener en cuenta que el debate escrito no equivalía necesariamente a la opinión general sobre el lujo presente en la sociedad. Con tono irónico, Georges Marie Butel-Dumont había escrito en 1771 que “dans la théorie l’opinion commune est contraire au luxe, dans la pratique tout le monde s’y livre”[32], denunciando de esta manera la hipocresía de quienes condenaban el lujo y a su vez se entregaban a él. En este sentido, un párroco gallego, don Domingo Ramón Palomo y Torre, había reconocido en sus Avisos político-morales, publicados en Madrid en 1795, que “son raros los hombres que no se dexan esclavizar de la novedad, de la moda, de aquello que los mundanos suelen llamar buen gusto”[33]. Ya el benedictino gallego fray Benito Jerónimo Feijoo había expresado una opinión semejante al recordar que “siempre la moda fue de la moda, quiero decir, que siempre el mundo fue inclinado a los nuevos usos”[34].
Lujo y confort en la sociedad liberal
A diferencia del lujo de ostentación cuya finalidad era la exhibición y afirmación del estatus social, el lujo de comodidad procuró la satisfacción física y psicológica. Como decía Montesquieu, hay “un lujo sólido y fundado, no en el esmero de la vanidad, sino de las necesidades reales”[35]. A este respecto, los cambios tecnológicos y el desarrollo de valores como la privacidad posibilitaron la consolidación y difusión social de esta noción moderna de lujo (identificada por los tratadistas europeos y españoles como ya vimos), que fue conceptualizada en el mundo anglosajón bajo el término de confort[36]. Si consultamos los tratados de economía política escritos en la Europa del siglo XIX podemos evidenciar el desarrollo de este proceso que, en definitiva, constituye un rasgo del nacimiento de la sociedad liberal. En 1854, el economista alemán Wilhelm G. F. Roscher apuntaba que el camino del lujo en las civilizaciones avanzadas “is towards the real, healthy and tasteful enjoyment of life, rather than an inconvenient display. This tendency is exceedingly well expressed by the English word comfort”[37]. En esta misma línea se expresaba por entonces el economista don Manuel Colmeiro en sus Principios de Economía Política (1859). De acuerdo con este autor compostelano, el lujo de su tiempo se fundaba principalmente en la búsqueda de “las comodidades de la vida y propende a generalizarlas entre todas las clases del estado […] hoy los adelantos de la industria permiten al labrador y al obrero usar ciertos objetos que, por lo caro, estaban hace años o siglos reservados a la gente principal y poderosa”[38].
Fue precisamente un economista, el francés Henri Baudrillart, quien en 1878 publicó en cuatro volúmenes una amplia Histoire du luxe privé et public depus l’Antiquité jusqu’a nos jours[39]. Siguiendo su estela, Salvador Sanpere y Miquel, académico correspondiente de las Reales Academia de la Historia y de Bellas Artes, escribió una Historia del lujo. Su influencia en las costumbres públicas y privadas de los pueblos y en el desarrollo del arte[40], que vio la luz en dos volúmenes en Barcelona en 1886.
A finales del siglo XIX, la sociología revitalizó el interés por las dinámicas de distinción y emulación social[41], que fueron objeto de estudio de Gabriel Tarde en Les lois de l’imitation (1890). En el mundo anglosajón, el sociólogo inglés Herbert Spencer y el norteamericano Thorstein Veblen realizaron sendas aportaciones al análisis del comportamiento de la elite social. El primero, planteó en sus Principles of Sociology (1893) el estudio del ceremonial institucional y la distinción social (class-distinction), adelantándose a las investigaciones desarrolladas años más tarde por Norbert Elías. El segundo, expuso en The Theory of the Leisure Class (1899) su teoría del consumo conspicuo, es decir, el gasto en bienes suntuarios como en el fin de exhibirlos y ganar reconocimiento social. En el mundo germánico, Werner Sombart publicó en 1912 Luxus und Kapitalismus, donde expuso la correlación entre el desarrollo del capitalismo y la demanda de bienes de lujo, fruto del amor sexual. La influencia de estas contribuciones sociológicas en la investigación histórica no se hizo patente hasta los años ochenta, coincidiendo con el giro cultural y la consolidación de la historia del consumo, abriendo así el camino para el desarrollo de la historia del lujo en el seno del panorama historiográfico europeo[42].
El auge del bienestar en la sociedad de consumo contemporánea explica en buena medida el por qué la noción de confort se fue desligando del concepto de lujo, entendido hoy día como gasto excesivo y ostentoso. No obstante, una lección que debemos extraer del debate dieciochesco sobre este fenómeno es su carácter poliédrico como expresión de las transformaciones sociales, económicas y culturales que marcaron el nacimiento del mundo contemporáneo.
- Investigación financiada por el Proyecto de Investigación Ciudades y villas del Noroeste Ibérico: gobernanza y resistencias en la Edad Moderna (PID2021-124823NB-C21), financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, la Agencia Estatal de Investigación y fondos FEDER. This project has received funding from the European Union’s Horizon 2020 research and innovation programme under the Marie Skłodowska-Curie Grant Agreement, n.º778076. Puede verse: MENA ACEVEDO, D. (2023). Ámbito doméstico y condiciones de vida de las elites del noroeste peninsular a fines del Antiguo Régimen. Tesis doctoral inédita, Universidad de Santiago de Compostela, pp. 60-66.↵
- Universidad de Santiago de Compostela.↵
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- A este respecto, BUTEL-DUMONT, G. M. (1771). Théorie du luxe, s.l., vol. 1, pp. 177-203.↵
- Dictionnaire, Académie Française, (1694), “Luxe”.↵
- Diccionario de Autoridades, Real Academia Española, 1734, “Luxo”. La definición que aporta Terreros y Pando de lujo se aproxima más a la francesa, a saber: “gasto fastuoso, superfluo, excesivo en mesa, vestido, equipaje, etc.”. TERREROS Y PANDO, E. (1787). Diccionario castellano, Madrid, Imprenta de la viuda de Ibarra, 1787, vol. 2, p. 484. ↵
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- Algunos autores rechazaron la equivalencia entre el lujo y la magnificencia, entendiendo por el primero el gasto cuya finalidad es la vanidad y la voluntad de algunos de “incluirse por ostentación en otra [clase] que respecto de ellos es mediata o inmediatamente superior”. La magnificencia, por el contrario, cuando es acorde con el rango, es una necesidad y no un lujo. A este respecto, CANGA ARGÜELLES, 1827, pp. 142-145.↵
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- En España, se han destacado los paralelismos de los argumentos de Hume con el del discurso de Manuel de Aguirre presentado en las Juntas Generales de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País (1776) y varios discursos de El Censor (CXXIV-CXXVII y CXXII-XXXIV), publicados en Madrid en 1786, ELÓSEGUI, M. (1996). “El ensayo de Hume sobre el refinamiento en las artes y su influencia en la Ilustración”, Dieciocho, 19, pp. 101-128.↵
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- SEMPERE Y GUARINOS, 1788, pp. 160-161. Ese mismo año veía la luz un Discurso político-económico sobre el luxo de las señoras y proyecto de un traje nacional (1788), impulsado por Floridablanca, que proponía tres tipos de trajes en función del rango de las señoras, si bien, nunca se llevó a cabo. FRANCO RUBIO, G. (2001). La vida cotidiana en tiempos de Carlos III, Madrid, Ediciones Libertarias, pp. 139-143; MOLINA, Á. y VEGA, J. (2004). Vestir la identidad, construir la apariencia. La cuestión del traje en la España del siglo XVIII, Madrid, Ayuntamiento de Madrid. ↵
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