Una indagación en torno al oficio de reinar
a fines del siglo XVII español
Darío Rafael Lorenzo[2]
Palabras iniciales
La Historia tiene mucho de autorreferencial cuyos avances se manifiestan en continuos trabajos de investigación, acompañados por supuestos y tendencias historiográficas dominantes en un momento, bien sea para seguirlos o cuestionarlos[3]. El campo disciplinar se convierte en un auténtico cruce de objetos de estudio, problemas, teorías y métodos que, en algunos casos, intentan introducir nuevos espacios de análisis, prácticas sociales, lenguajes, simbolismos, razonamientos y comportamientos humanos[4], entre otros-. En general nuestra investigación plantea la necesidad en profundizar los estudios sobre las interacciones entre los actores de la Monarquía de España a nivel individual y colectivo en momentos especialmente conflictivos. No debemos olvidar los avances historiográficos operados desde la década de los 70- 80 del siglo pasado, en donde las maneras de concebir el poder se contraponen[5], en especial, desde aquellas miradas y esquemas estáticas/verticales aplicados a los estudios sobre las sociedades del Antiguo Régimen. En forma complementaria, un nuevo concepto de historia política comenzó a generalizarse en el ambiente intelectual de Occidente, como el que aportaron –entre otros–, los politólogos norteamericanos Gabriel Almond y Sidney Verba[6] y residen en la incorporación de aspectos culturales como factores fundamentales en la explicación de los cambios sociopolíticos[7]. En la actualidad, existe un consenso en aceptar que la perspectiva cultural constituye uno de los niveles de la experiencia social frecuentados con asiduidad en la historiografía especializada, sin que esta afirmación impida la presencia de algunas dificultades con respecto a la metodología e identificación de los objetos para su estudio empírico. Política y cultura pueden parecer distantes en una primera mirada, si se entienden como diferentes áreas de la experiencia humana; sin embargo, convergen en conjunto con las necesidades de los poderes políticos y resultan un campo de análisis para la mejor comprensión de las sociedades pretéritas/modernas. En este contexto, el dominio de lo simbólico y el lenguaje –entre otros–, constituyen a partir de la historia de la cultura un campo privilegiado para el ensayo de las más recientes propuestas de diálogo entre historia y otras ciencias sociales. No hablamos de un simple incremento de temas, sino subrayar que existe una nueva concepción de lo que era la vida política durante el Antiguo Régimen, por ejemplo, los estudios sobre los discursos, tratados y lenguajes políticos que implican diferenciar reglas, vocabularios, estilos propios y su reinstitucionalización por parte del historiador[8].
En el “ambiente político” del siglo XVII van a coexistir desacuerdos y debates encuadrados entre los modos tradicionales de concebir el orden y el gobierno regio, frente a los que sostienen que la noción de monarca no debería estar limitada por la religión y la justicia –encarna una fuerza social que lo excede y no se agota en su figura–[9]. Se intenta alcanzar el mejor modelo político: La armonización entre la justificación ético-religiosa de la autoridad y la racionalización de las prácticas de gobierno[10].
La misión educativa[11] adquiere un interés importante con relación a la persona del Príncipe que, durante
la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII marcan un momento de cambio que va del rechazo al intento de inserción de la idea de la razón de Estado en el pensamiento político español, al replanteo de los nuevos límites de la legitimidad[12].
Sin olvidarnos de los debates e interrogantes que giran en torno a la llamada época del Barroco, ¿qué es política?, ¿qué política?, ¿cómo se cultiva?, ¿con qué métodos?, ¿con qué instrumentos?[13], ¿quiénes la piensan o ejercen? O ¿quiénes la hacen madurar o quiénes sus detractores?[14]. La afirmación “el Príncipe es el alma del estado”, tiene mucho más que un puro valor metafórico[15] y pone de manifiesto que él, es quien asegura el orden vivo de la República; en esa lucha de cautelas -que implica gobernar-, se recomienda amaestrar el ingenio para vencer el disimulo de los demás y penetrar en el secreto de las intenciones, “las enfermedades que padecen las repúblicas son varias. Y así han de ser varios los modos de curarlas. Tenga pues el príncipe por gloria el reconocer y corregir sus decretos y también sus errores sin avergonzarse”[16].
La identidad confesional de corte católico predefinía los enfoques filosóficos y las opciones discursivas[17], los estudios sobre las dinámicas políticas de la época moderna, obligaron a considerar que aquellos fundamentos católicos, fijaban patrones de conducta como matriz de organización social. Se trataría entonces de un corpus literario que involucra en esta “visión cristianizada” el orden social y político, condicionada por valores católicos. Los tratadistas políticos ven en la sociedad terrestre una proyección del orden celestial, pero a su vez existe otro esquema: el del cuerpo místico civil que adapta para la sociedad política el modelo religioso proporcionado por aquél[18]. Su carácter aparece estrechamente ligado a una función “política” que hacía de todos los instrumentos empleados por los agentes eclesiásticos, vehículos para la imposición de una disciplina social, basada en la obediencia. Intentamos analizar el debate en torno a la definición del perfil de los discursos políticos que acompañan un conjunto de acciones y que conforman la denominada cultura política en una época, lugares y momentos determinados, entendida como un sistema de creencias empíricas, símbolos expresivos y valores, que definen la situación dentro de la cual se da la acción política. Se trata de prácticas que se desarrollan en ámbitos políticos, pero, al mismo tiempo, sociales, económicos y culturales. En este último caso, siguiendo la idea de habitus de P. Bourdieu[19], se pretende precisar el estilo cultural de los actores sociales y que comprenden un conjunto de posturas, gestos y representaciones. El Antiguo Régimen presentó como común denominador el carácter desigual del sistema de poder y las instancias jurisdiccionales, como espacios donde se dirimían la conflictividad entre poderes de diverso orden. Antonio Manuel Hespanha[20] destacó la insuficiencia de un derecho oficial y de unas instancias jurídicas formales en la formación de las monarquías modernas en la Península Ibérica. Por tanto, la representación que la sociedad hizo de la idea de orden –relación con la justicia y el derecho–, dependía de los múltiples intersticios que legitimaban diversas prácticas de poder. Por tanto, conviven con otros órdenes morales y discursos normativos que, en la práctica, llevaban a subordinar el mismo a otras esferas como el amor, la moral o la religión.
En función de los problemas presentados, intentamos un acercamiento al complejo mundo de las relaciones monarquía-corporaciones-individuos a partir de los discursos y las acciones que los originan o de los que son consecuencia, prestando especial interés a los debates que surgen en los entornos de producción, circulación y apropiación, para identificar actitudes opositoras y constructoras de consenso en un momento de cambio. En la presentación del dossier que coordinó Pablo Fernández Albaladejo y que llevó por título Un cuerpo no tan muerto, el autor revisita el complejo período de 1680 a 1740[21], en el que, aun soportando una pérdida de hegemonía y de un retroceso material, no escasearon respuestas creativas formuladas desde el propio interior de la Monarquía. Al mismo tiempo, se comprueba la existencia de miradas exteriores interesadas en fabricar una imagen de incapacidad de la Monarquía de España para hacer frente a los desafíos de un nuevo orden en gestación[22].
El vacilar de las cosas: entre textos y discursos
A partir de 1675 declarado Carlos mayor de edad, era necesario dar una nueva dimensión en términos religiosos, una imagen en la que el rey dejara de estar tutelado por su madre, y representado por íconos de la fe y pasara a hacerlos suyos para subrayar la majestad. En ese mismo año Juan Vela –jurisconsulto toledano– dirige a Carlos II su Política real y sagrada[23], en ella reúne algunos de los elementos que iban a centrar el debate ideológico – político: el principio religioso sobre su ideal de armonía entre lo sagrado y lo político a través de la conocida asociación del buen Pastor con el buen Príncipe, para advertir al monarca que reinar era, más que cualquier cosa, un deber. Una de las metáforas más relevantes en el pensamiento político del barroco español se relaciona con la imagen bíblica del buen pastor[24]; utilizada –entre otras–, como un medio de negociar y definir el rol político de la Monarquía de España. Sobre esta problemática en 1662 Andrés Mendo –jesuita logroñés, confesor en sus años al servicio del Duque de Osuna–, publicó la segunda edición ampliada de El Príncipe perfecto y ministros ajustados, documentos políticos y morales[25]¸ donde señaló la necesidad que gobierne el Príncipe –como pastor y padre–, hacia la búsqueda de la excelencia regia[26].
En 1678 la obra escrita por el dominico Andrés Ferrer de Valdecebro, Cetro con ojos[27], dedicado a Carlos II a través de su hermano don Juan –entonces en el poder– tiene como objetivo componer las quiebras de la Monarquía con deseo anhelo y consiga V.M. ser un príncipe verdaderamente perfecto y señala “no ha de saber para saber sino saber para gobernar”[28]. El título es la expresión alusiva a la capacidad del poder real para vigilarlo todo, simbolizado en un cetro real dotado de ojos. El cetro se convierte en metáforas y pasarán a ser las cualidades a habilidades exigibles[29]. Así el príncipe en idea, rey ideal que, si bien no puede desprenderse de su sustancia humana, ha de superarla conociéndose a sí mismo. Cómo mencionáramos oportunamente, la obra a iniciativa de don Juan, muestra las cualidades del soberano: tener juicio avisado, son los ojos del corazón que albergan sus virtudes y los que le permiten al convertirlo en “ángel”, tomar las decisiones acertadas a fin de evitar errores. Las temáticas en general se circunscriben en torno a la exigencia y conducta del monarca. El escrutinio al que Carlos estaba sometido era consecuencia directa de la evolución política española, a partir de la muerte de Don Juan (1679), el debate pasó a la figura del rey, desde la observación cortesana a los cuestionamientos sobre el comportamiento del mismo, en especial que no desatendiese sus deberes, “lo bueno lo veneres sin exageración, lo malo, lo disimules sin reparo… no colérico que serás arrojado, no famélico que te tendrá por vano, no afectado que te mirarán malicioso, no temeroso que te perderán el respeto”[30].
La solución es la obtención del equilibrio, por la mixtura de justicia, voluntad regia y vigilancia; ésta última, encaminada a fortalecer tanto la cohesión interna como la defensa de la Monarquía frente a posibles enemigos externos. La vigilancia se convertía entonces en el recurso más idóneo para asegurar la conservación, control y sujeción del reino. La obra no es original tanto en sus planteamientos teóricos como en su discurso en torno a las virtudes, habilidades del gobernante o la elección de un válido y sus ministros, incluso el propio autor afirma que es una obra melliza de Vara Vigilante, obligación y oficio del príncipe publicada en 1659[31].
Las descripciones sobre las relaciones que el príncipe debe mantener con sus súbditos con miras a ejercer un buen gobierno, se perciben en la imperiosa necesidad por fortalecer los mecanismos del poder real; en la práctica se verá representada en una polisemia de procesos y legitimaciones, destacando la vertiente jesuítica con el fin de activar los sentidos para incrementar la fe[32], fuerza evocadora para alcanzar a comprender en toda su extensión la naturaleza divina de la piedad. Publicada en 1638[33] su autor Agustín Castro, predicador real durante el tiempo de Felipe IV, recomendaba que la felicidad de una república no está en tener Rey, sino buen Rey y argumentará no sólo sobre los distintos principios asociados a las virtudes del Príncipe –templanza, prudencia, fortaleza–, sino también que exhortará al Príncipe, si es vicioso, esconda sus vicios de los ojos de los vasallos, porque no los arrastre tras sí con su mal ejemplo,
[…]es necesario que sea un Rey muy templado en el uso de los ojos, porque la travesura de la vista, desdice de la grandeza Real y descubre la liviandad del corazón, sería bien que entendiesen los Príncipes, que con el mirar caricioso favorecen tanto y con el airado castigan tan rigurosamente […] les obliga a tener siempre la vista muy refrenada[34].
Textos que impulsan el empleo de la fuerza evocadora de los sentidos que, sin mayores complicaciones epistemológicas ni reflexiones teóricas, exponen que, sólo a través del cuerpo es donde podemos llegar a discernir las intenciones de Dios. La Iglesia Católica se dio cuenta de la fuerza persuasiva con que los sentidos podían jugar en la reevangelización a través de su discurso devocional representada en la conquista estética. Líneas de investigación que fueron estudiadas en profundidad por la historiografía vinculada a las construcciones visuales del pasado en la Edad Moderna[35]. Se trata de creaciones artísticas cuyo objetivo es transmitir a través de la naturaleza humana, la experiencia de lo trascendente:
[…] incapaz de perpetuar su propia supervivencia, el rey tuvo que suplir su falta de autoridad con el incremento de su aparato retórico… echando mano de la experiencia de la iglesia… crear ingeniosas composiciones con las que compensar su falta de carisma[36].
Destacamos dos obras sobre la temática expuesta: Ver, oír, oler, gustar, tocar. Empresas que enseñan y persuaden su buen uso en lo político y en lo moral escrita por Lorenzo Ortiz[37], procurador del Consejo de Indias, jesuita, maestro de primeras letras y traductor, y Talentos logrados en el buen uso de los cinco sentidos.[38], escrito por Diego de Calleja, dramaturgo jesuita y poeta. En ambos se destacan la proximidad, donde se permite que se produzca el intercambio mediante los sentidos e implica un cara a cara, en donde el rey inevitablemente visible, es observado. Convivencia y entrelazamiento entre imágenes/textos/visual/textual, la promoción de intereses políticos, las imágenes para exaltar la autoridad regia o señalar sus límites. No pretendemos ahondar sobre la relación entre crear imágenes y controlar su interpretación, incluso si tomamos en cuenta que los mensajes se entendían siempre de la forma que sus promotores deseaban, lo que Michael Baxandall ha llamado ojos de la época[39].
1665-1680 representa un conjunto de rumores en contextos de convulsion politica, informacion-desinformación, clima de especulaciones, conmoción pública, rey vencedor / vencido, orden social / ausencia de política, engaño / desengaño, donde el Rey expone o son expuestas sus debilidades, rey inventado / príncipe perfecto; creemos que se pone en juego el problema de la legitimdad donde los discursos exceden en cierta medida a los actos del monarca.
Palabras finales
El poder de la corona estaba interesado en controlar su propia imagen, pero al mismo tiempo dibuja un escenario donde exhibe sus propios límites, es decir, la condición activa de la vista, es mirar, pero también que prevenga la dimensión pasiva, “como avemos de ver y como avemos de ser vistos” y reviste importancia más en el caso de los reyes, cuya presencia es en realidad manifestación de realeza y de autoridad. Nos encontramos frente a tratados políticos que, hacia finales del siglo, argumentan que las virtudes cristianas no son suficientes: el príncipe debe poseer otras facultades inseparables del buen gobierno. El proceso de construcción y representación de la imagen del monarca desde 1665 recorrió distintos caminos y lenguajes: la manipulación y transformación del discurso -incluso desde lo iconográfico- se convierten en estrategias para aparentar una falsa normalidad; diferentes puntos de vista generaron una serie de planteamientos en cuanto a la capacidad real; no solo reflexionaron sobre la capacidad regia sino también y teniendo en cuenta las particulares condiciones del reinado, es el monarca quien pasa a ser objeto de observación[40]. Las maneras de entender el poder y la producción/circulación en el espacio castellano del denominado pensamiento político se encuentran en un estrecho vínculo con la politización de la ética/moral, la legitimidad de la política y la ampliación del espacio político, entre otras. La política se concibe como el vínculo para la conservación del modelo político y la necesidad del robustecimiento del poder que vierte sus efectos sobre el orden social, diversas manifestaciones sobre el destino de la monarquía eran expresadas y evidenciaban el creciente grado de preocupación[41].
Los trabajos relacionados con el cuerpo del rey y su imagen no solo dependieron de estrategias coercitivas sino también de herramientas persuasivas: dotar de firmeza a la institución que encarnaba el rey –interrelación entre comunicación oral, manuscrita, impresa y visual / textual–. En palabras de Víctor Mínguez,
considero a Carlos II un rey inventado, una invención iconográfica, propagandística y simbólica, que permitió que una imagen poderosa sustituyera al endeble personaje. La estrategia funcionó con eficacia, y aunque su reinado estuvo marcado por la angustia, y la incertidumbre durante treinta cinco años el imperio se mantuvo cohesionado y prácticamente intacto[42].
Pretendemos desentrañar lo que era “políticamente pensable” en el espacio castellano, a partir de la semblanza y actitudes de los propios actores de la época, formas de transmisión de los textos, modos de circulación, productores del discurso, comprensión de las estrategias e intervención discursiva[43]; en especial hacia finales del siglo XVII donde se conjugan distintas tensiones originadas –sobre todo– en la representación de la imagen del monarca vinculadas con el futuro de la dinastía y el ejercicio del poder real. En consonancia, se presta atención a la retórica de los discursos –construida sobre una dialéctica multilateral–, donde los debates surgen en contextos específicos y en atención a los cambios de estilo político que se verifican hacia finales de aquel siglo, en función de la generación de la cultura e identidad política. Los reyes, era cierto, parecían seres especiales, recordaba Antonio Feros,
¿Qué es Rey?, -se preguntaba el padre Gregorio Manuel en un sermón fúnebre a las honras de Felipe III- un compuesto de dos extremos, un monstruo de dos naturalezas, un cuerpo con dos cabezas, una cabeza con dos caras, la una de Majestad y soberanía, la otra de humildad y bajeza[44].
Humildad y bajeza eran precisamente las características de la naturaleza humana y es el rey quien debe llevar siempre en mente. Los autores del XVI y el XVII recordaban continuamente que un monarca sin virtudes era una sombra de rey, un falso rey. A la hora de tratar este tema, es importante recordar que al igual que otros escritores de la época dependían de unos lenguajes determinados, que limitaban –en palabras del historiador J.G.A. Pocock– qué podía ser dicho, y cómo podía ser dicho[45]. Una sociedad que comienza a perder sus notas definitorias tradicionales –como sujeto pasivo en lo político– a favor de una capacidad –cada vez más reconocida– de recibir y formular mensajes críticos sobre la realidad[46].
O Carlos, mi amado dueño! Y cómo mi corazón te llora muerto de pesadumbres! Naciste para reynar, pero no reynaste gozando, sólo viviste padeciendo. Tuviste Cetro y Corona; mas no fue Cetro y Corona gozada; si Cetro, y Corona padecida. Desde que empuñaste el Cetro, hasta el último aliento de la vida, todo fue pesadumbres, y cuidados; todo fue pena, y congoja: si alguna temporal diversión tuviste, fue mezclada con tantas hieles, que no se puede llamar gusto: tu mayor tormento fue el padecer sin alivio[47].
- Este trabajo forma parte del Proyecto “Failure: Reversing the Genealogies of Unsuccess, 16th-19th Centuries” (H2020-MSCA-RISE, Grant Agreement: 823998).↵
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