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Agentes de la monarquía española en la periferia

Los obispos de Santiago de Chile y su acción en Cuyo entre 1561 y 1806

Alba María Acevedo[1]

Introducción

La producción historiográfica sobre cuestiones relativas al devenir de la Iglesia en Hispanoamérica colonial –incluido el actual territorio argentino– tiene su propia historia con obras señeras desde las décadas iniciales del siglo XX. Con el transcurrir de los años, el horizonte temático se enriqueció gracias a la maduración propia del campo disciplinar y desde hace dos décadas se han ampliado los enfoques, las perspectivas de análisis, y multiplicado los objetos de estudio. Esta renovación historiográfica incluye y hasta sobrepasa la historia propiamente eclesial en Argentina[2].

Efectivamente, han proliferado los estudios sobre temáticas más específicas y circunscriptos a determinadas regiones del territorio argentino actual, en especial los referidos a las diócesis de Buenos Aires, del Tucumán y de Córdoba concretamente, con enfoques procedentes desde la historia eclesiástica, historia socio cultural, y una renovada historia del derecho.

En las obras generales sobre la Iglesia en la Argentina, la región de Cuyo en su desarrollo eclesial colonial es tratada de manera escueta, cuando no ignorada, salvo en la de Cayetano Bruno, quien le dedica una mirada atenta desde un punto de vista institucional más que social. Particularmente el estudio de la Iglesia en Cuyo tiene su punto de partida en la monumental obra de José Aníbal Verdaguer, escrita en 1931. Claro es que, si se aborda el tema desde los límites eclesiásticos coloniales, Cuyo -al menos hasta 1806-, permaneció al margen de las jurisdicciones que hoy forman parte de la Argentina.[3] Por ello, para cualquier investigación que se intente hacer de la relación de esta región con su Obispado, es necesario partir del conocimiento de la Iglesia del Chile colonial y, por lo tanto, es ineludible recurrir a lo que se ha escrito sobre ella y acceder a documentos de archivos trasandinos.

La aproximación a la bibliografía sobre el devenir de la Iglesia en el actual territorio argentino muestra una mayor preocupación por ciertos temas, como el desarrollo institucional, o ciertos períodos, en especial desde el siglo XVIII en adelante. Se vuelve, por tanto, necesario intentar nuevas perspectivas de investigación, nuevas miradas o un tipo de análisis diferente que observe fenómenos eclesiásticos como parte de un funcionamiento integrado con lo político. Esa monarquía eclesiástica que definió a los Habsburgo y que cobró nuevo impulso con los Borbones introduce perspectivas de análisis que se suman a las ya existentes. Evidentemente, es un campo de estudio en permanente renovación.

Nos interesa en esta oportunidad aportar documentación que ayude a esclarecer el rol destacado de los obispos en la organización y consolidación de la Iglesia cuyana. En este sentido, es pertinente compartir los argumentos de la historiadora Leticia Pérez Puente, quien propone abordar la figura de los obispos hispanoamericanos como agentes políticos, impulsores y hacedores de actos con implicancias en el desarrollo de sus diócesis, y aunque su estudio se centra en el virreinato de Nueva España brinda interesantes reflexiones y ofrece posibilidades novedosas de análisis.[4]

Dentro del conjunto de actos emanados de la institución episcopal, sínodos y visitas pastorales constituían dos de las herramientas de gobierno y control eclesiástico con que contaban los obispos en su diócesis. Particularmente, esta comunicación se refiere a las que se llevaron adelante en la región cuyana durante los siglos coloniales.

Los obispos

La figura del obispo en Indias ha sido abordada desde los comienzos del siglo XX por la historiografía eclesiástica. Hay trabajos fundantes que estudiaron los orígenes, la formación y la trayectoria de la jerarquía de la Iglesia colonial. Sin embargo, en los últimos treinta años los aportes desde la historia socio cultural permitieron prestar atención a la institución episcopal atendiendo a nuevas preguntas y proponiendo nuevos temas de análisis. La historiografía reciente ha destacado la importancia de su figura como mediadora entre los fieles y la Corona, al punto de considerarlo un funcionario al servicio del rey.[5] El obispo indiano, hombre político al fin, con su actuación y su discurso, colaboraba en la tarea de asegurar la lealtad a la Corona y reforzar la imagen piadosa de la monarquía. Era un protagonista fundamental en el entramado político y religioso de la monarquía en América.

Vale decir que su ministerio, si bien de origen divino, en la práctica quedó en el medio y dependió de las dos fuerzas a las que se debía: Iglesia y Corona. Instrumento de poder, el obispo, como se verá a través de su actuación, compitió en jurisdicción con virreyes, gobernadores, audiencias y demás autoridades coloniales. A veces en conflicto, otras veces en armonía, lo cierto es que desempeñó un rol fundamental en la estructura de poder y fue depositario de influencia en la organización socio eclesial de los territorios americanos. Después de Trento, los papas buscaron reforzar su potestad y dotarlo de mayor autonomía, y es desde allí que el obispo construyó y reforzó su autoridad.

Portador de un doble carácter de prelado y funcionario real tomó decisiones, impulsó proyectos, medió, comandó iniciativas, legisló, y se erigió en guía espiritual y moral del rebaño a él encomendado.

Los obispos y Cuyo

Sin el contexto histórico y el cuadro institucional es difícil comprender el marco jurídico y el escenario temporal y espacial en el que se desarrolló la incorporación de la región cuyana a la diócesis de Santiago de Chile a partir de 1561.

La erección del obispado de Santiago de Chile, promediando el siglo XVI, concretamente en 1561, en los territorios australes de América, respondió a la evidente necesidad que Corona e Iglesia tenían de asentar y emprender organizadamente el despliegue misional en el sur del continente, zona dificultosa por la compleja relación con los pueblos aborígenes.

Se pretendió dotar al territorio, recientemente conquistado, de agentes e instituciones eclesiásticas. Los primeros tiempos de la Iglesia chilena fueron extremadamente inestables, al punto de que el primer obispo designado no llegó a asumir su cargo. La diócesis, calificada como “de ascenso”, fue asentándose con el paso de los años, en medio de circunstancias particulares geográficas y de despoblación, que le otorgaron un matiz propio.

Cuyo, incorporado al reino trasandino a partir de la ocupación española y fundación de tres ciudades en la región (Mendoza en 1561, San Juan 1562 y San Luis de la Punta 1594) constituyó un territorio marginal de aquella Gobernación y Capitanía General, y de su obispado.

A pesar de las decisiones gubernativas, de la copiosa legislación y acciones desplegadas, muchos problemas no pudieron corregirse, como el trasiego de la población autóctona, la dispersión de los indios, la imposibilidad de establecer poblaciones estables en sitios aledaños a las ciudades. Por todo ello, existió una enorme dificultad para la provisión de curas que atendieran a la feligresía, dada la pobreza de la tierra y sus habitantes, que no proporcionaban una congrua que les permitiera la subsistencia y la compra de elementos para el funcionamiento de la parroquia o la doctrina a su cargo.

Efectivamente, la región cuyana, por su ubicación transandina, representó un serio problema para la jerarquía eclesiástica de la época que condujo, poco a poco, a bregar para separarla del obispado chileno y agregarla al de Córdoba del Tucumán, cosa que sucedió recién en 1806. Vale decir que durante 245 años Cuyo dependió de las decisiones tomadas en Santiago, más allá que también este “aislamiento” le permitió cierta autonomía.

La falta de atención religiosa sobre todo en los primeros años desde la fundación, el aislamiento, la extrema pobreza de la tierra cuyana complicaba la subsistencia y conspiraba contra la provisión de curas idóneos para adoctrinar a los indios y atender a los españoles, además de dificultar el asentamiento poblacional, los largos años sin recibir visita de sus prelados, constituían los problemas más acuciantes. Los propios obispos hacían referencia al mucho tiempo que había faltado el Obispo en Cuyo, a los grandes trabajos y penurias que acarreaba el viaje hacia el lado oriental de la cordillera por lo dilatado del camino, la escasez de recursos de la tierra para subsistir durante la travesía, sumado a los peligros que entrañaba el cruce entre las montañas elevadas con riesgo de perder la vida. Como los poblados estaban tan dispersos, algunos prelados se excusaban de no haber podido llegar a Cuyo. A esos inconvenientes se sumaban el traslado de los indios huarpes a Chile, en condiciones inhumanas y similares a la esclavitud y la dispersión de los naturales. Constituyó un verdadero desafío para los obispos extender, a la vez que integrar y unificar las prácticas cristianas.

Ente 1561 y 1806, de un total de diecinueve obispos que regentearon la diócesis santiaguina, doce visitaron la región cuyana, en una o dos oportunidades[6]. En aquel tiempo largo de doscientos cincuenta años hubo también importantes períodos de sede vacante, sobre todo en los primeros cincuenta años, lo que explica la dificultosa atención pastoral en la que se enmarcaba el gobierno eclesiástico en la periferia del Imperio español.

Con respecto a las visitas en sí, a partir del entrecruzamiento de fuentes, pueden ser reconstruidas en su dimensión espacial y normativa y contextualizadas[7]. Partes de ellas quedaron asentadas en los autos de visita a la parroquia matriz de Mendoza, del que se conserva una buena parte; otro registro quedó expresado en las cartas de los obispos al rey, y otros pudieron ser extraídos de fuentes a las que acudimos. Casi todos ellos visitaron las aldeas cuyanas, lo que reafirma eso de que eran agentes activos, y tenían plena conciencia de sus deberes como pastores y funcionarios de la corona. Se debían a Dios y al rey. Y al Papa también, porque debían cumplir con esa visita ad limina a Roma que casi todos delegaron en representantes de las órdenes religiosas que viajaban allí.

Queda clara la preocupación de los obispos por visitar la diócesis y dejar asentadas sus necesidades acuciantes, como también la dificultad de hacerla por el tiempo que insumía, debido a la distancia, lo árido del terreno y la dispersión de la población. De allí que algunos la hicieran luego de desembarcar en Buenos Aires, camino a Santiago, a tomar posesión del obispado. A través de ellas, los obispos buscaban unificar el discurso y extender las prácticas cristianas, en especial a las comunidades heterogéneas en lo étnico.

En las visitas pastorales -de las que pocas veces se ha subrayado su importancia-, se tomaba nota de todo lo observado, lo que inspiraba la convocatoria de los sínodos; o, viceversa, en ocasiones la visita se realizaba con el fin de ejecutar y hacer conocer a la población las disposiciones sinodales vigentes. Puede decirse que la visita incluía varias visitas y afectaba a cosas y personas.

La decencia del culto debía estar garantizada y esto llevaba al visitador a constatar el estado material de iglesias, capillas, hospitales, escuelas, cementerios, exigir y mandar hacer inventario de bienes; revisar existencia y estado de los ornamentos para el culto sagrado, imágenes, en especial la guarda del Santísimo Sacramento, crisma y pila bautismal; los libros de nacimientos, defunciones y matrimonios (en forma separada de españoles, naturales y negros); verificar la existencia de libros de uso y copias de documentos conciliares y sinodales; informarse del estado del cobro de diezmos y de aranceles; controlar en los libros de los mayordomos bienes y renta de las iglesias; realizar inspecciones oculares de conventos, monasterios, cofradías, hospitales, escuelas, camposantos y hasta llegar a las misiones más alejadas. Sobre esto último y en especial las doctrinas de indios se ponía especial cuidado.

Con respecto a los sujetos, su finalidad era extirpar vicios y pecados públicos que ofendían a Dios y a la sociedad, poniendo la mirada tanto en laicos como en sacerdotes. Con este fin era que debía leerse un Edicto general al inicio de la visita al pueblo congregado, al que se le recordaba la finalidad de la visita y la obligación de denunciar, bajo pena de excomunión, aquellas conductas escandalosas[8].

A los eclesiásticos –fueran seculares o regulares– se observaba que fueran varones probos y ejercieran la cura de almas como verdaderos hombres de Dios. En orden a sus obligaciones propias de sacerdote se ponía el acento en la administración de los sacramentos a los españoles y sobre todo a los indios. Se averiguaba si habían bautizado niños en casas particulares cuando no había peligro de muerte, desposado cónyuges sin amonestarlos previamente o impedidos de contraer matrimonio. Se exigían los padrones de confesión[9].

Como parte de la visita, debía examinarse la idoneidad de los curas para el cumplimiento de su oficio, culto, predicación, y cumplimiento de mandas, por esto es que se visitaban los libros de testamentos para observar si se cumplían las voluntades de los fieles referidas a obras pías.

En cuanto a la vida de los sacerdotes, se atendía a una doble mirada en cuanto a su apariencia externa y también a su calidad moral. El decoro y el vestir propio del estado era tenido en cuenta, tanto para curas como para monjas. Se prohibía andar con cabello largo y barba, y la portación de armas. Respecto de su conducta, se les recordaba la prohibición del juego, y especialmente las faltas contra la castidad. A los párrocos de indios se les advertía sobre los malos tratamientos en que podían incurrir con esas pobres almas.

Con los indios, sujetos principales de la evangelización, tanto la legislación y doctrina advertían que era necesario explicarles en qué consistía la misma y cuán necesaria era para extirpar vicios, pecados y para corregir los abusos de quienes pudieran llenarlos de sufrimiento. Por eso se les animaba a denunciar las aflicciones que tuvieran con aquellas personas. De todos modos, la prudencia debía primar en quien escuchaba la confesión. Y esto valía también para los españoles, quienes muchas veces actuaban movidos por recelos contra sus pastores.

De la misma manera que la visita apuntaba a corregir en los indios conductas heterodoxas, vicios y pecados, la corrección debía ser afectuosa y las penas impuestas –que en el universo general eran espirituales y corporales– excluían las primeras.

En relación a los españoles, la visita pretendía ejercer control sobre faltas y delitos que pudieran haber cometido. Las faltas propias y también la denuncia de aquellos a los que vieren pecar. Amancebamientos, usura, estorbar matrimonios de indios y gente de color, cópula con infieles o bautismos forzados para copular, dejar de cumplir el precepto de confesión y comunión anual, permanecer mucho tiempo en pecado mortal, no hacer vida maridable, maltratar indios, no pagar diezmos, practicar o permitir la hechicería, profanación de lugares sagrados, comer carne en cuaresma –entre muchos– dan cuenta del interés de la Iglesia en reglamentar la vida privada y pública de los fieles. Queda claro que el objeto de la visita era extirpar vicios y pecados públicos que ofendían a Dios y a la sociedad cristiana.

La visita tenía también una dimensión jurisdiccional. El obispo, a partir de denuncias y de sus propias averiguaciones, iniciaba un proceso judicial y dictaminaba sentencia, que podía afectar tanto a sacerdotes como a laicos. Los pecados notorios y públicos, los privados muy graves y los de naturaleza criminal constituían el foco de la administración de justicia.

Observando detenidamente lo que la legislación disponía, y estudiando en detalle este instituto canónico, “surge palmariamente, que enmendar las costumbres, gobernar y administrar justicia forman parte de un mismo proceso pastoral en el más amplio sentido del término”[10].

La visita pastoral, junto con otros mecanismos de control eclesial se identifica con el carácter combativo más que persuasivo que tomó la implantación de la Iglesia en las Indias. Nuevas exigencias reforzaron esta idea: consolidar la religión en una tierra de incorporación reciente, donde el relajamiento social podía facilitar el surgimiento de la impiedad y donde, además, era necesario impresionar a las masas indígenas y mestizas.

Observando lo acontecido en Cuyo, puede afirmarse que su concreción les insumía varios meses, y durante la misma realizaron las acciones ordenadas e inherentes a su ministerio, tales como administrar el sacramento de la confirmación, visitar la parroquia matriz, revisar los libros parroquiales, realizar exhortos y amonestaciones, visitar conventos y monasterios, doctrinas de indios, publicar edictos sobre cuestiones diversas, organizar y proveer a las parroquias de todo lo necesario e instruir a los párrocos, entre otras obligaciones de control pastoral. Todo quedaba asentado en las Actas de Visita, algunas de las cuales se conservan en el Archivo del Arzobispado de Mendoza. Otras veces, imposibilitados de llevar a cabo la visita pastoral, delegaban en sus vicarios esa responsabilidad.

Como resultado de la Visita, fue frecuente que los Obispos dictaran Autos o Edictos y escribieran al rey, informándole sobre el estado de la diócesis, quedando documentado lo sucedido en cada oportunidad. Los informes pastorales además de los aspectos netamente eclesiales, dejan ver la realidad con la que habían convivido en los diferentes pueblos y ciudades.

Conclusiones

Los aportes sobre aspectos históricos de ciudades de regiones periféricas, permiten comprender de modo más completo los acontecimientos que abordan las historias generales, de la Iglesia y más específicamente de la religión. La región de Cuyo, como también la del Tucumán, aparece generalmente subsumida en conceptualizaciones que son válidas para el Río de la Plata, pero no para estas zonas interiores del Imperio español. Ellas presentan realidades diferentes, porque la primera dependió de la Gobernación y Capitanía General de Chile y la segunda del Virreinato del Perú desde sus respectivas fundaciones hasta la creación del virreinato del Río de la Plata en 1776, en las postrimerías del período español.

Las normas y acciones desplegadas por los agentes eclesiásticos generaron prácticas y formas de religiosidad en la sociedad, donde la mayoría de los sujetos interactuaron. La cotidianeidad suponía –en el contexto temporal y espacial en el que se inscribe esta investigación– la aceptación de una cosmovisión teocéntrica que la impregnaba y la fundamentaba.

Recuperar los actores sociales, en relaciones verticales y horizontales, constituye la trama de procesos de acción y control eclesiástico llevados a cabo por la Iglesia chilena en Mendoza y Cuyo en la época colonial, expresados fundamentalmente en la práctica de las visitas de los obispos a la región.

Los obispos se constituyeron en servidores de un rey católico, con poder suficiente para transformarse en referentes morales y espirituales. Planificaron y promovieron iniciativas, enfrentaron autoridades civiles y eclesiásticas, legislaron, comunicaron, informaron, en definitiva, se involucraron en el desarrollo de la vida de la diócesis.

Puede concluirse que los obispos santiaguinos desempeñaron un papel de relevancia en el diseño y armado de la diócesis trasandina y su ministerio puso en marcha el devenir de la Iglesia local cuyana. Los desafíos a los que se vieron expuestos en los más de doscientos cincuenta años de gobierno pusieron a prueba el esfuerzo pastoral en cumplir con la obligación de la visita, puesto que ella significaba evangelización, control, pero también integración y adelantamiento.

El análisis casuístico y detallado de las visitas pastorales a Mendoza en los siglos coloniales corrobora la hipótesis de que la institución episcopal y la puesta en ejecución de los instrumentos de acción y control eran pensados y ejecutados con el objeto de afianzar el mandato encomendado por las bulas alejandrinas de evangelización y para la reunión en el seno de la Iglesia de todas las almas encomendadas, en especial las de los indios.

Semejante esfuerzo pastoral, concretado también en el discurso normativo de los sínodos pretendía asegurar la pureza de la fe, pero también ordenar, descifrar y de alguna manera codificar la variedad de realidades que los obispos encontraban a su paso por las regiones de la diócesis, esa diócesis real y no ideal en la que la religión predicada o normada se ponía en práctica, es decir se volvía religión vivida, en medio de armonías y conflictos.

Finalmente, los temas de historia eclesiástica o religiosa como éste, al ponerlos en relación con miradas y enfoques provenientes de otras disciplinas adquieren mayor amplitud, puesto que tales enfoques permiten contextualizar las fuentes e iluminar las explicaciones.


  1. Universidad Nacional de Cuyo.
  2. Ver AYROLO, V. y BARRAL, M. E. (2015). “La historia de la Iglesia Católica en Argentina: un campo historiográfico que crece”. Folia Histórica del Nordeste, 23, 2015, pp. 139-150. La evolución de la historiografía religiosa argentina desde los primeros decenios del siglo XX es abordada también en DISTÉFANO, R. y ZANCA, J. (2015). “Iglesia y catolicismo en la Argentina. Medio siglo de historiografía”. Anuario de Historia de la Iglesia, 24, 2015, pp. 15-45 y en DISTÉFANO, R. (2017). “Un siglo de historia religiosa argentina”. En: F. MONTERO, J. CUEVA y J. LOUZAO (Eds.), La historia religiosa de la España Contemporánea. Balance y perspectivas, Alcalá de Henares, Universidad de Alcalá de Henares, pp. 415-433.
  3. Debido a esto es que no se abunda sobre estudios referidos a territorios que exceden la región cuyana.
  4. PÉREZ PUENTE, L. (2010). “El Obispo. Político de institución divina”. En: M. P. MARTÍNEZ LÓPEZ CANO (Coord.), La Iglesia en Nueva España. Problemas y perspectivas de investigación, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, pp.151-184.
  5. Es lo que proponen los aportes, entre otros, de MAZZONI, M. L. (2016). “Miradas historiográficas sobre los Obispos. Abordajes de un sujeto histórico complejo a través de la historiografía argentina en el período colonial y temprano-independiente”, História da Historiografia: International Journal of Theory and History of Historiography, vol. 9, no 21, 2016, pp. 114-130 y PÉREZ PUENTE, L. (2010), pp. 151-184. La autora propone una mirada novedosa a su figura. Comenzar a considerarlo un agente político seguramente enriquecerá las reflexiones y complejizará los problemas que atañen a su desenvolvimiento en la época en la que se desenvolvió.
  6. Fueron ellos: Juan Pérez de Espinosa (visitó Cuyo en 1601 y 1610), Francisco González de Salcedo (1625), Gaspar de Villarroel (1642); Diego de Humanzoro (1665); Bernardo Carrasco y Saavedra (1684 y 1685), Francisco de la Puebla y González (entre fines de 1698 y comienzos de 1699), Luis Francisco Romero (1708), Alonso del Pozo y Silva (1724), Juan Manuel de Sarricolea y Olea (entre fines de 1732 y comienzos de 1733), Juan Bravo del Rivero (entre octubre de 1738 y noviembre de 1739), Juan González Melgarejo (1745), Manuel de Alday y Aspée (entre fines de 1760 y comienzos de 1761).
  7. Ver ACEVEDO, A. M. (2023). Mecanismos de acción y control eclesiástico: visitas pastorales. El caso de Mendoza en Cuyo en la diócesis de Santiago de Chile (1561-1806), Mendoza, Instituto de Historia del Arte, FFyL, Zeta editores.
  8. Un pecado público turbaba la paz de la república cristiana, además de ser ocasión de mal ejemplo para otros. Se consideraba pecado público aquella conducta que reunía características especiales como ser probable (es decir comprobable por algún testigo y no oculto), tener fama y publicidad, y ser notorio, a la vista de muchos. Así lo consideraba el limeño Pedro de Reina y Maldonado. Cit. Por MARTINI, M.P. (1997), “Perfil jurídico de la visita pastoral. Aportes a su aplicación en el actual territorio argentino”. En XI Congreso del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano, Actas y estudios, tomo II, Buenos Aires, Dunken, p. 270.
  9. Las matrículas de fieles debían ser entregadas por los curas, según el lugar, cada dos o tres años. La matrícula abarcaba a todos las almas, incluidas las de foráneos. En los padrones sólo constan los mayores de siete años, que ya tenían la obligación de la confesión. Estos padrones eran los que el sacerdote debía entregar anualmente, una vez recogidas las cédulas de confesión y comunión anual.
  10. TERRÁNEO, S. (2020). “Introducción al derecho y a las instituciones eclesiásticas indianas”, Revista de estudios histórico-jurídicos, 43, p. 168.


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