La evolución de una milicia gremial
durante las últimas décadas de su existencia
Víctor J. Jurado Riba[1]
La Coronela durante el XVII: pérdida y recuperación de competencias
La Coronela de Barcelona fue la milicia urbana de la capital catalana hasta 1714, cuando la entrada del régimen borbónico eliminó las formas tradicionales de gobierno de origen medieval sobre las que se fundamentaban sus instituciones políticas y, por extensión, defensivas. La que es la mayor obra sobre las instituciones catalanas, El Dret Públic Català. Les institucions a Catalunya fins al Decret de Nova Planta, de Víctor Ferro, ya marcaba las líneas maestras de lo que implicó esta condición de autodefensa[2]. Sin embargo, aunque parezca contradictorio hablar de relevancia y falta de estudios monográficos, así es. Contrasta, por ejemplo, la escasez de estudios sobre las formas tradicionales de movilización militar urbana en la Barcelona en la Edad Moderna con otros territorios. Alargando un poco la cronología, podríamos considerar las aportaciones de Ferrer Mayol[3] y Flocel Sabaté[4] sobre el sacramental y el sometent, pero las obras sobre la Coronela propiamente dicha son escasas.
Entrando en este aspecto concreto, si para el caso neerlandés o italiano las monografías sobre su milicia y organización militar en relación con sistemas urbanos es bastante extensa[5], en el barcelonés la situación es bastante menos optimista. Podemos encontrar desde unas pocas páginas en la Historia de Barcelona de Duran i Sanpere[6], a las aportaciones de Espino López[7] y el monográfico divulgativo de Hernàndez Cardona, Riart y Rubio[8], a algunas aproximaciones a la milicia y control del orden público en época moderna de Casals[9] o Deyà[10].
Esta aportación, donde se expondrán algunas conclusiones concretas[11], pretende resaltar algunos elementos comunes y transversales a la Coronela, sin entrar en la excepcionalidad que conllevó a su funcionamiento la evolución política del Principado y de Barcelona.
Lo primero que se debe remarcar es que la Coronela fue una milicia gremial, de carácter voluntario y con dirección última por parte del Consell de Cent. Es decir, el poder político asumía el liderazgo militar en estas situaciones. De aquí venía su nombre: el Conseller en Cap, es decir, la primera autoridad política de la ciudad, tomaba el título de Coronel de su milicia gremial. El Coronel de la Coronela. Su puesto estaba dotado con 500 libras, con 300 el de teniente coronel y 250 el de sargento mayor para mantener el decoro que el cargo requería[12]. Por lo que respecta a las propias compañías, éstas se formaban de más o menos gremios según lo numerosos que estos fueran. Esto buscaba un equilibrio en dichas compañías. Los capitanes de éstas se escogían por parte de los menestrales entre los militares, que servían de forma voluntaria. Finalmente, en la parte más baja del escalafón, los soldados no cobraban nada -por lo menos de forma ordinaria, haciéndose algunas excepciones cuando la situación escalaba a límites en los que peligraba que éstos se pudieran mantener- y los alféreces y cabos de escuadra podían o no recibir algún tipo de retribución, dejándolo todo a libre gestión interna del gremio.
Este es un resumen básico de las funcionalidades, de aquello transversal y continuo a lo largo de la historia más allá del encaje general que se le quisiera dar sobre la política internacional. Porque fueron los vaivenes de la Cataluña de entre 1640 y 1714 los que provocaron ciertas variaciones, muy especialmente debido a la distinta correlación de fuerza entre el Consell de Cent y el poder monárquico.
Iniciamos este recorrido por las últimas décadas de existencia de la Coronela y de su evolución marcando ya un precedente claro sobre servicio militar de los gremios: ya entre las campañas de Leucata y Salses (1637-1640), en el marco de la guerra franco-española, los gremios de Barcelona fueron uno de los puntos de mira de las autoridades civiles y militares para rellenar las necesidades militares de las Coronelías o tercios levantados en servicio real e integrados en los ejércitos desplegados por Felipe IV. Además, un ejemplo de la bonanza del momento, por lo menos si se compara con la escasez posterior, se encuentra en lo cuantioso de las entradas -llegando hasta las 20 libras[13]-, a lo que se sumaban descuentos en las cuotas de los futuros exámenes de maestría para quien se hubiera enrolado en el servicio.
La milicia urbana no dejaría de ser importante, tampoco durante la guerra dels Segadors: el mismo 7 de junio de 1640 el Consell de Cent intentó bloquear las entradas con la milicia, así como poner compañías de la milicia a custodiar la casa del virrey y jueces de la Real Audiencia -por lo menos eso aparece en sus deliberaciones-. Pero llegaron tarde. Donde sí se desplegaron dos compañías de esta milicia urbana -la de alfareros y cuchilleros[14]– fue cuando el Conseller en Cap, máxima autoridad política de la ciudad, fue a Sant Andreu del Palomar para intentar reunir las milicias de Granollers, Sabadell, Terrassa y otros lugares del centro de Cataluña. No fue a más, pero sí demuestra cómo eran estas milicias de tipo gremial las que servían de brazo armado del consistorio para momentos de gran necesidad, más allá de compañías estipendiadas que pudieran levantar en otros momentos. Es más, justo en este momento de máxima necesidad levantó el Consell de Cent un cuerpo pagado de 200 soldados para mantener la paz, “guardant y evitant no’s fassen escàndols y incendis ni altres sinistres”[15].
Tuvieron estas compañías gremiales cierta importancia militar en la batalla de Montjuic de 26 de enero de 1641, especialmente marineros, chapineros y esteves[16], frenándose aquí la dura campaña que el marqués de los Vélez había desplegado sobre Cataluña[17]. Tras estas acciones, el Consell de Cent deliberó hacer una lista de mujeres e hijas de los muertos, según grados de necesidad[18]. De ahí, el 26 de enero siguiente, fiesta de Policarpo, se sortearían 6 premios de 50 libras para dotarlas[19].
De hecho, es a través de las necesidades de tropas fuera de la ciudad donde se puede vislumbrar mejor este compromiso de los gremios con el servicio de armas, así como la clarísima diferencia entre compañía pagada (unidas en estructura de tercio, coronelía o después regimiento) y servicio voluntario de la Coronela.
Ya entre 1641 y 1642 hay dos momentos clave para marcar claramente esta diferencia, por mucho que cierta historiografía se haya empeñado en marcar un elemento único a las convocatorias a partir de 1705[20], y no sólo cierta novedad en una estructura secular[21].
El primero de ellos, la salida de la Bandera de Santa Eulàlia en 1641 para sumarse al ataque sobre Tarragona, para lo que se pidió a los gremios que aportaran una serie de soldados. Estos formarían un cuerpo para actuar en territorio catalán, activándose los mecanismos de solidaridad interna de estas estructuras socio-económicas tan características de época moderna. Ante la necesidad militar acuciante y la lentitud del Consell de Cent para reclutar por sus propios medios los 1000 hombres prometidos[22], se recurrió a la ayuda de los gremios[23].
El segundo de ellos, los cuatro procesos de reclutamiento llevados a cabo en 1642. En las listas de estas compañías se conserva el oficio de cada uno de los combatientes que tomó plaza. Gracias a ello, se puede deducir el gran impacto que esto podía tener sobre la estructura productiva barcelonesa[24].
Sin embargo, centrándonos en la estructura de la milicia urbana y el uso que el Consell de Cent hizo de ella -sin entrar más en el servicio estipendiado fuera de la ciudad-, vemos cierta evolución a lo largo de la guerra. Las funciones ordinarias eran de orden público y control de acceso, siendo especialmente útiles para el mantenimiento de la quietud pública nocturna.
Durante el asedio de 1651-1652 es significativo que se buscó más la integración de cuerpos pagados en los tercios de la ciudad que la convocatoria de la Coronela. Fueron levantados 700 soldados para la custodia de la ciudad, pero no tenían dinero para pagar estos ni los que ya estaban en orden desde antes[25].
Pero este estatus de cierta autonomía en la organización defensiva de la ciudad se perdió en 1652. Una petición a Felipe IV de este momento narraba con detalle cuáles eran todas estas atribuciones militares:
Per quant la Ciutat de Barzelona en força de privilegis Reals y Consuetuts antiquíssimes e immemorials ha tingut sempre lo domini, custòdia y govern de ses muralles, torres y baluards ab sa artilleria, portals y port de mar de la present Ciutat y exemptut de alojaments, suplica à Vostra Majestat sia de son real servey conservarla en aqueixa posició y dret que ha tingut sempre y té de custodir y governar les dites muralles, torres y baluards ab sa artilleria, portals y port de la present Ciutat, fent les fortifications que bé li apar presidiant y guarnint dites muralles, torres y baluards ab sa artilleria, portals y port de la present Ciutat ab los soldats dels collegis y confrarias de dita Ciutat, los quals sens stipendi algú fan lo servey, governats per lo Coronel qui és lo Conseller en Cap de la present Ciutat, lo qual sol fer tots los officis y funcions en lo presidi de dites muralles, baluards ab sa artilleria, portals y port y dona lo nom o senya exceptat emperò en lo temps que lo senyor Rey o son Loctinent general se troba present en la present Ciutat[26].
Barcelona perdió los privilegios de carácter militar con la recuperación de la ciudad por parte de Felipe IV, pasando a ser un presidio militar. El control de la fortificación, armerías -la Sala de las Armas-, el no tener guarnición real o los gremios como elemento estructural de defensa se perdieron de la mano de otros muchos privilegios de carácter político o civil[27]. De la mano de un dedicado servicio al rey de carácter militar y económico[28] -era importante ganarse el perdón después de haber liderado desde esa ciudad la revolución política de 1640–, se ofrecieron a recuperar la Coronela en 1654, pero don Juan José de Austria lo rechazó[29].
Fue durante el reinado de Carlos II que se recuperaron las competencias de forma paulatina gracias a las acuciantes necesidades militares de la frontera con Francia. Los enfrentamientos entre la Monarquía española y la francesa propiciaron que entre el 1674 y 1684 se sucedieran tres convocatorias de la Coronela con diferencias internas. Porque si en 1674 y 1678 el virrey desconvocaba la milicia rápidamente, en 1684 aprobaba su mantenimiento, pero relegándola a posiciones secundarias. Hecho que motivó que fuera el propio Consell de Cent quien decidiera disolverla ante la previsión de que los capitanes (miembros del estamento militar que dirigían las compañías de forma voluntaria, entendiendo dicho servicio como una forma de contribución a la sociedad) dimitirían de sus cargos: era una milicia de 4.500 soldados que tendría que ocupar espacios para los que, en plena movilización defensiva, no se precisarían más de 25 efectivos[30].
La guerra de Sucesión y la Coronela: privilegios, lucha jurisdiccional y máximas prerrogativas
Este repaso general no es más que una visión de las variables prerrogativas en lo que a convocatoria de milicia se refiere –y defensivas en general– del Consell de Cent respecto al poder real. Para entender hasta qué punto dichas facultades recaían más en unos privilegios seculares de origen medieval que en componentes contemporáneos a estos hechos del Seiscientos o primer Setecientos –la desaparición de la Coronela es fácil de fechar en 1714, justo después de rendida Barcelona a Felipe V– lo mejor es ver las justificaciones jurídicas y apelaciones a la tradición que tanto Consell de Cent como Tres Comuns[31] en general hacían durante la guerra de Sucesión.
Ya con el archiduque Carlos de Austria en territorio español y haciendo de Barcelona la capital, empezó una durísima pugna jurisdiccional sobre el control de la Coronela. Intentó hacer de la milicia gremial un cuerpo asimilable a las fuerzas regulares, al menos durante las 48 horas que durara la guardia –las 24 en las murallas y las 24 siguientes–, así como dar patentes de oficial del ejército al escalafón militar de esta milicia gremial. Pero topó de lleno con la oposición política de los Tres Comuns. Aunque cierta historiografía ha querido ver lo contrario (en ello se sustenta el libro de Hernàndez Cardona, Riart y Rubio, 2010), la Coronela nunca llegó a ser un cuerpo integrado entre los regimientos pagados -levantados tanto por el rey como por el Consell de Cent o la Diputació del General, poco importaba en este sentido de dónde saliera el dinero que costeaba salarios y armas, sino la condición de miliciano-. De hecho, en los ojos de Carlos III estaba esta unidad casi más por lo que parecía que por lo que era. Como se vislumbra por la petición que hizo para que sus miembros reforzaran el cuerpo de Reials Guàrdies Catalanes:
Quando no lo fuessen a lo menos parezcan tropas regladas las que concurran a aquella urgencia en forma de cuerpo, pues para hombres sueltos que sin ordinación se huviesen de aplicar da los bastantes aquel país y vezindades para concurrir à los passos, pero para poder unir y incorporar al Batallón de la Real Guardia Catalana solo los de que se compone la Coronela por lo decente y pronto podrían executarlo respecto à hallarse vestidos, armados y que se ganará como conviene las horas en su marcha[32].
El Consell de Cent, en cambio, aprobó un bando para reclutar gente que se integrara en dicho regimiento[33].
Pero hay algo que se le debe agradecer a esta conflictividad jurisdiccional. Es durante este momento que mejor se marcan los límites que tenía la Coronela gracias a sus privilegios de origen medieval. Ante la necesidad de justificar su propia existencia, se recurrió a buscar sus orígenes a través de esas prerrogativas seculares, dando lugar a explicaciones manifiestas de su carácter:
Lo fi de la formació de la Coronela és únicament per a poder los gremis ab disposició y ensenyantsa militar acudir al servey de Sa Magestat y resguart de la Ciutat, passant las angustias del estiu, las intemperias del ivern, las fatigas del curs del dia y melancolias de la nit ab los aliments de sas proprias casas, adquirits cada hun dels individuos entre los suors del exercici de sos estaments, comprenent que, sense apartar-se de sos superiors que los han tribuhit las generals Constitucions, anyadint entre los crèdits de sas oficinas los blasons de soldats per a manifestar saber ab paraulas y obras defensar sa innata fidelitat, insendi que may se aparta de son cor, y ab la novedat de separar aquells a sos natius superiors per lo zelós que de ells són y en lo de guerra de las antiguas y corrents disposicions encara que nos minoraria la activitat de servir, a més dels inconvenients per si notoris, los causaria emperò summo desconsuelo.[34]
Pero más allá de lo que a nivel formal se puede decir de esta milicia[35], es en el contexto de enorme necesidad (y aún más en la excepcionalidad de 1713-1714) que recurrieron a la tradición para ver qué organización tomar. Especialmente cuando el poder real, literalmente, desapareció con la salida, primero, del ya emperador Carlos VI y, después, su esposa Elisabet Cristina de Brunswick.
En este contexto de conflictividad tanto militar como jurisdiccional dentro de la ciudad de Barcelona, en la documentación se suceden las referencias a qué implicaba la defensa. Dentro de los ya citados Tres Comuns se hizo un análisis de las facultades que tenían cada una de las instituciones propias de Cataluña. Hacemos aquí una mención a las propias del Consell de Cent, siendo éste parte de un documento mucho más extenso donde también menciona qué recae sobre el portantveus del governador (en aplicación de la vicerrègia) o la Diputació del General:
La custòdia de la Ciutat y castell de Monjuich ab tots sos dependents, deffensa de aquells, govern de las Armas per sa deffensa, jurisdicció militar de la Coronela y compulsió dels ciutadans en entrar las guardas toca a la Ciutat de dret comú, tenint facultat per est effecte de anomenar governador de armes y demés officials subalternos conforme ho ha practicat altras vegadas, delegant-los la vigilància, custòdia, govern y jurisdicció en las armas, reservant-se la superintendència en los negocis més principals de dits fets de armas.
Lo cuydado en los portals, murs y fortificacions de la Ciutat y castell de Monjuich com també sos reparos és de la Excel·lentíssima Ciutat com à principal deffensa de ella.
La Excel·lentíssima Ciutat de temps immemorial està en processió de exercir lo càrrech de Coronel per lo Conceller en Cap lo qual regeix la Coronela en la conformitat té disposat la Ciutat ab sas deliberacions.
La Ciutat per medi de sos acessors ordinaris o assumtos à cert genero de causes por conèixer dels delictes dels soldats dels regiments que paga trobant-se aquells dins la present Ciutat[36].
Para mantener esta capacidad, especialmente los recursos humanos, el Consell de Cent tendría dos mecanismos básicos: compañías pagadas (cuyos efectivos acostumbraban a salir también de los gremios) o la Coronela.
Por último, en esta mención clara a las atribuciones defensivas, vuelven a aparecer en pleno asedio. En esta ocasión en la disputa entre el poder civil y militar. Un conflicto que mereció ya atención monográfica[37], y que es una buena muestra del nivel de reivindicación del pasado como forma de gobierno cuando se llegó al llamado “momento republicano”[38]. Porque igual que desde el Consell de Cent se recordaban tiempos antiguos en los que ya se usaba el título de Coronel, reconocían que ese cambio de nomenclaturas hacían que no se respetara lo suficiente la autoridad y jurisdicción del conseller en cap[39]. Por eso se pasó a nombrarlo: Coronel y Gobernador de la Plaza y Armas de Barcelona y Fuerte de Montjuic.[40] La solución fue que la dirección militar recaería sobre Villarroel, pero las directrices deberían pasar por Casanova antes de ser ejecutadas.
Conclusiones
Este breve recorrido por algunos momentos fundamentales de las últimas décadas de existencia de la Coronela sirve para ver la pervivencia en la Barcelona moderna del servicio militar de la ciudadanía como una pata más del servicio cívico. Su estructura y evolución marca también un elemento fundamental: el poder civil manteniendo las prerrogativas militares por encima de la propia jerarquía real o militar, sólo con el paréntesis posterior a 1652 como excepción. Algo, de otro lado, normal, por haber capitulado la ciudad después de la guerra dels Segadors.
Lo que se percibe, además, es la variable capacidad del Consell de Cent a lo largo de los años para manejar su milicia. Aumentaría o reduciría su poder y prerrogativas en relación al poder real, manteniéndose a la espera de su recuperación cuando la Monarquía pasara por dificultades militares en la frontera durante el reinado de Carlos II.
Una visión transversal que nos permite, por otro lado, gracias a las propias definiciones que ofrecía el Consell de Cent cuando tuvo que recurrir a la tradición debido al vacío de poder generado durante la guerra de Sucesión, ver de primera mano la concepción que tenían del servicio ciudadano. La Coronela sería una estructura que tendría un origen en organizaciones defensivas medievales, a través de privilegios diversos, pero que se sustentaría en ellos durante la época moderna. Actualizaría armamento y equipo a los tiempos modernos, pero mantendría su mentalidad hasta su disolución una vez cayó Barcelona en 1714, junto con todo el sistema legal e institucional catalán.
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- Si se quiere una obra que mire su vestimenta, armamento o estructura más superficial, véase: HERNÁNDEZ CARDONA, RIART, RUBIO (2010). ↵
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- AHCB, 02.01/1B.II, registre de deliberacions, 222, f. cosido entre 36v y 37r. ↵






