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Las líneas de suerte de Sierra Morena[1]

Planificación versus realidad

Francisco José Pérez Fernández[2]

Introducción

En 5 de julio de 1767 el monarca Carlos III de España promulgó el Fuero de Sierra Morena, una instrucción de setenta y nueve artículos donde se exponía como fundar y gobernar las nuevas colonias. Uno de los elementos fundamentales de dicha norma era la cantidad de terreno a repartir, para ello, en su artículo VIII se indicaba cómo se le entregarían a cada vecino o poblador 50 fanegas de tierra de labor por dotación[3]. Para lo cual se optó por entregar rectángulos de aproximadamente 25 fanegas de capacidad, complementándose la dotación con otra suerte más, si bien podrían ampliarse dichas tierras buscando el beneficio de los colonos.

Como consecuencia, desde el campo y los despachos los ingenieros del ejército comenzaron a trazar líneas o calles que se cortaban formando una retícula que ocupaba la zona teórica de cultivo de cada una de las colonias. De esta manera se ocuparían dentro de cada zona señalada los lugares más proclives a la agricultura, sirviendo de base para la organización del territorio que se dividía de forma jerarquizada en suertes, departamentos y feligresías. No debemos olvidar que un territorio ordenado es un territorio controlado. Las explotaciones quedaban rodeadas de una extensa red de caminos públicos que facilitaban el tránsito y la servidumbre a todas ellas, y que se conectaban con los caminos reales. De esta manera las materias primas que se producían en dichas colonias podían ser transportadas por todo su territorio sin restricciones.

El objetivo de esta ponencia es ejemplificar como pese a que dichos caminos fueron señalados en los planos, la realidad es que la orografía de las colonias de Sierra Morena mediatizó el trazado de estas líneas que tuvo que adaptarse a las necesidades de las familias de colonos que se asentaron. Para ello hemos trabajado con documentación del Archivo Histórico Nacional y de la Biblioteca Nacional de España. Como bibliografía fundamental sobre el tema destacamos los trabajos de Carlos Sánchez-Batalla sobre este aspecto.

Trazando líneas perpendiculares sobre plano

El 29 de julio de 1767, Juan Gregorio Muniain ordenaba al ingenio ordinario Simón Desnaux que se trasladara desde Valencia a Sierra Morena[4]. La designación de ingenieros militares fue prioritaria desde los inicios del proyecto de colonización de Sierra Morena lo que hacía visible el carácter de empresa de la monarquía hispánica. Algunos días después, el 17 de agosto de 1767, el superintendente Pablo de Olavide y Jáuregui, nacido en la ciudad de Lima, Virreinato del Perú, se encontraba en la villa de Bailén, Reino de Jaén, para seleccionar los primeros lugares para la fundación de colonias en Sierra Morena. El primer lugar designado fue La Peñuela, un convento de Carmelitas Descalzos que se situaba dentro de la dehesa de Martín Malo, jurisdicción de la ciudad de Baeza. Tres días más tarde se colocaba la primera piedra de dicha colonia, iniciando los agrimensores las primeras mediciones topográficas[5]. Precisamente, como indicaba el propio Olavide, él fue quien tuvo la idea de realizar la división de la tierra, ordenando al ingeniero militar Desnaux que fuese demarcando las suertes en cuadrilongos iguales, cortados por calles intermedias que servían para ofrecer a los colonos servidumbres de paso, debiéndose arreglar con zanjas y árboles que cada labrador debería poner en sus lindes. El Fuero especificaba este aspecto en su artículo XII, pidiendo que los propietarios realizaran zanjas o mojoneras a cada suerte, levantado un cercado o plantando árboles frutales o silvestres en las márgenes y lindes divisorias de las tierras para que de esta forma quedaran perfectamente divididas[6].

Estas circunstancias nos clarifica que tanto Desnaux como los ingenieros que trabajaron en las colonias estuvieron a las órdenes de la Superintendencia mientras permanecieron destinados en ellas, si bien, en el caso de los militares, la decisión del destino a las colonias o su marcha a otro lugar era competencia directa de la comandancia general del cuerpo de ingenieros. Durante los primeros años Simón Desnaux como capitán de los ingenieros militares que fueron llegando a las colonias debía dar las órdenes y comprobar que se cumplían, aunque siempre bajo el control de la Superintendencia de Nuevas Poblaciones[7]. Dicha institución utilizó la cartografía como una herramienta fundamental para el gobierno de las nuevas colonias.

Otro factor importante eran los caminos reales. Durante el reinado de Fernando VI ya quedó determinado el plan para conseguir una red viaria de primer orden para el tránsito rodado, pero la incapacidad técnica y presupuestaria de la administración no facilitó el tema que se abordó durante el reinado de Carlos III con los reales decretos publicados en 1761 para hacer caminos rectos. Pero el impulso definitivo llegó con Floridablanca que se hizo cargo de la Intendencia de Caminos en 1778 consiguiendo la financiación necesaria para la realización de los nuevos trazados[8].

En lo referido a la llegada de nuevos ingenieros militares debemos de tener en cuenta que los refuerzos tardaron en llegar, trabajando Desnaux solo durante los primeros meses. El 7 de septiembre de 1767 el ingeniero escribía al superintendente con apreciaciones y dudas sobre las órdenes que le había trasladado Miguel de Jijón para el levantamiento del mapa general desde el Viso hasta Bailen. El militar deseaba tener claro dónde se proyectarían las Nuevas Poblaciones con referencia al camino y la extensión de sus términos. Para ello, Jijón le había indicado la orden de Olavide que desde el camino real delimitara una legua de fondo a cada lado de la vía de comunicación, pero para realizar dicho trabajo por la altura de la maleza y la superficie a acotar, por ser una operación compleja y expuesta a errores, sería necesario dos brigadas de ingenieros compuesta de cuatro individuos cada una. Aun así, Desnaux aclaraba que con dos ingenieros extraordinarios el trabajo se podría realizar, siendo insuficiente la única asistencia del ingeniero extraordinario Beltrán Beaumont. Olavide escribía al ingeniero el 18 de septiembre indicándole que por el momento solo debería realizar el plano ordenado. En lo relativo a las casas deberían ser rústicas y humildes, y que los mapas de los lugares que se debían enviar al Consejo se realizarían después de que los pueblos estuvieran formados y las tierras repartidas. Sobre el método de elaborar los planos el superintendente le indicaba que debía ser el menos costoso, y que por ahora lo más importante era trazar los mapas de las suertes que las casas y las poblaciones[9]. Por lo tanto, en septiembre la prioridad de Olavide continuaba siendo la demarcación del terreno en parcelas. En octubre, Desnaux le solicitó a Olavide que hiciera todo lo posible por acelerar la llegada a Sierra Morena de Beltrán Beaumont u otro ingeniero de igual rango, solicitando la longitud y latitud exacta del terreno que deseaba incluir en el plan. Pero una vez llegado Beaumont, Olavide le indicaba a Muniain que la salud de este no le permitía ninguna aplicación, por lo que le pedía que lo relevara[10]. El 28 de noviembre, el teniente general Juan Martín Cermeño respondió como ingeniero director a una petición anterior de Muniain para asignar un ingeniero a Sierra Morena. El designado fue Balthasar Raymundo junto con el delineador Casimiro Ysaba, prefiriendo que Beaumont, que había estado anteriormente asignado en las colonias continuara en Zaragoza. El 9 de diciembre, Raymundo e Ysaba fueron vinculados al proyecto en ayuda de Desnaux[11]. De esta manera, durante 1768 se fue ampliando la nómina de ingenieros militares con el cometido de continuar con las líneas de suertes, tanto en Sierra Morena como Andalucía. El 30 de junio de 1768 Olavide le ordenaba a Desnaux que se trasladara a las Nuevas Poblaciones de Andalucía una vez que había terminado las suertes de Sierra Morena para delimitar las parcelas de las nuevas colonias en la Baja Andalucía con las mismas normas[12].

En lo que respecta a la confección de croquis y planos por parte de los ingenieros podemos especificar tres fases en su elaboración durante su trabajo en las Nuevas Poblaciones. En un primer momento, su planificación, vinculada esencialmente al trazado de las líneas de suertes en el terreno, que los ingenieros realizaban asistidos por sobrestantes o agrimensores, los cuales, a su vez, dirigían a los rozadores. En junio de 1768 Simón Desnaux indicaba a Olavide que debido a equivocaciones de los rozadores existían entonces algunas confusiones en la demarcación de terreno, pese a lo cual las suertes de Sierra Morena estaban ya delimitadas[13]. Sabemos con seguridad que este ingeniero trazó las de La Peñuela, Venta de Linares (futura Navas de Tolosa), Santa Elena, Carboneros y Guarromán. No obstante, debido al considerable trabajo que descansaba sobre sus hombros, debió realizar parte del control de este proceso desde el gabinete, lo cual ocasionó algunas confusiones, que tuvieron que ser corregidas sobre el terreno por el teniente general Branly, a las que el subdelegado Jijón responsabilizaba de los retrasos en la formación, entrega y descuaje de las suertes a las familias en julio de 1768[14]. En segundo lugar, les correspondía la confección de planos de los departamentos con sus suertes, en los que los ingenieros debían actualizar todos los meses las fanegas rozadas y descuajadas por los colonos, así como señalar el lugar adecuado para la vivienda. Finalmente, en tercer y último lugar, los planos de cada colonia, realizados por duplicado[15]. Su trabajo en los niveles primero y segundo fue absolutamente indispensable para el éxito y supervivencia del proyecto colonizador, así como para una mayor eficacia en su gestión. Los croquis y planos que confeccionaban se utilizaron en el día a día para atender a las distintas labores que se presentaban[16].

Suertes y líneas: las medidas de las Nuevas Poblaciones

Como indicamos anteriormente, el Fuero de población, en su artículo VIII reflejaba la cantidad de terreno de labor que se le entregaría a cada poblador. Si bien debemos de tener en cuenta que durante todo el desarrollo de la expresada real cédula se deja al arbitrio del superintendente la toma de decisiones sobre el proyecto confiriéndole plena autoridad como indica el artículo LII, con sujeción únicamente al Consejo en Sala primera de Gobierno y en lo económico en la Superintendencia General de la Real Hacienda[17]. Por lo tanto, aunque el Fuero indicaba que cada poblador recibiría 50 fanegas de tierra de labor, la realidad es que la Superintendencia entregó en un primer momento suertes más pequeñas amparada por dichos artículos, para posteriormente ampliarlas. El motivo principal de este proceder lo explicaba el superintendente Pablo de Olavide en 1769 al Consejo de Castilla. En las representaciones que entregó, y en especial la de 30 de noviembre de 1769 al Conde de Aranda, el superintendente se defiende de las quejas del contratista Josef Yauch junto a otros ataques para desacreditar las poblaciones. Detrás de esta campaña de desprestigio, según indicaban, estaba el embajador de Alemania. Como consecuencia, Olavide expondrá sus explicaciones sobre el estado de los colonos, la visita de Pérez Valiente y el informe del Marqués de la Corona[18].

En lo referido a los planes, el superintendente explicaba por qué se había motivado a formar las suertes de las colonias por líneas perpendiculares y paralelas, pareciendo pequeñas al visitador. Para justificarse, Olavide explicaba al Consejo como fue el proceso de preparación de las suertes. En primer lugar, se vio obligado a poner a trabajar en los descuajes a los colonos para evitar gastos y que no estuvieran ociosos. Y en segundo, elegido el terreno para la población, y comprobado que poseía aguas, se tiraban las líneas de las suertes sobre la maleza para dividirlas formando cuadrillas de destajos para descuajarlas, dejando para después las modificaciones necesarias. Este es el motivo principal de que se señalara por suerte a cada colono la mitad de lo que indica el Fuero. Entre otras justificaciones por no desalentar a los colonos dado que estaba muy crecido el terreno, y por el trabajo que les causaría desmontarlo. En 1769, el superintendente insinuó que las suertes ya estaban completas, es decir que a los colonos se le había entregado la segunda suerte de 25 fanegas, y que por lo tanto ya poseían las 50 fanegas que indicaba el Fuero. Si bien había pensado en aumentarlas a proporción de la mayor o menor calidad de la tierra señalada a cada colono[19].

El ingeniero militar encargado de realizar los planos generales de cada una de las feligresías de las Nuevas Poblaciones fue Joseph Ampudia y Valdés. El trabajo lo desarrolló entre 1792 y 1797 durante las intendencias de Miguel Ondeano y Tomás José González Carvajal[20]. El ingeniero aclaraba que había seguido las indicaciones de Ondeano mostrando en los planos la icnografía de los pueblos y aldeas en escala mayor a la topográfica, y los parajes donde se situaban con su topografía, incluyendo las parcelas con su numeración correspondiente[21]. Las suertes, rectangulares, poseían un tamaño de 300 varas castellanas marco de Ávila de latitud y 800 varas de longitud, y separándolas suertes líneas de 8 varas con el objetivo de facilitar el paso a las personas y los animales, realengas, para de esta manera evitar su usurpación en las parcelas y por lo tanto los pleitos entre los propietarios[22]. La documentación de la época nos confirma esta medida como la carta de Juan Thomàs Teu, describiendo dichas líneas como calles de 8 varas de ancho que rodean las suertes y sirven para facilitar el tránsito y la servidumbre a todas[23]. El maestro de obras de La Carolina, Miguel Galy, indicaba en 1872 que las líneas de suertes eran de 16, 12 y 8 varas según fueran maestras, transversales y comunes[24], si bien al citarse en la documentación del siglo XVIII siempre como 8 varas podrían tratarse de modificaciones posteriores desarrolladas en el siglo XIX para una mejor servidumbre de los caminos de la jurisdicción de La Carolina. En las ordenanzas municipales de 1888 de dicha ciudad se continuaban describiendo a estas líneas de división de suertes como caminos y vías de comunicación propias del común de los vecinos, lo que nos indica que a finales de siglo XIX todavía se salvaguardaba su carácter público e inviolable[25].

La vara utilizada, como hemos indicado anteriormente era la castellana de Ávila, si bien en este caso se referían a la Burgos. La equivalencia a metros es de 0,835905[26], por lo que en el caso de la anchura de las líneas de suerte estaríamos hablando que 8 varas equivalen a 6,68724 metros.

En el caso de las suertes, si su tamaño era de 300 varas de ancho por 800 de largo al convertirlos a metros ascenderían 250,7715 metros por 668,724 metros con una superficie de 167.696 metros cuadrado. Cuando trasladamos esta última medida a hectáreas registramos unas 16,769. Existen excepciones a dicho tamaño amparadas por la potestad del superintendente como en Arquillos donde había suertes de en torno a 250 varas de ancho. Igualmente, en San Sebastián de los Ballesteros las suertes fueron más pequeñas[27].

Plano versus realidad: la línea de separación de las suertes 146 y 156 de La Carolina

Aunque en la mayoría de las ocasiones los trazados de las líneas de suerte tenían correlación entre el dibujo sobre plano y el terreno, existen ejemplos de caminos que, debido a ríos, arroyos, barrancos, etc., se vieron afectadas en su desarrollo debiendo tener un itinerario alternativo.

Como ejemplos, podemos citar al tramo de 300 varas de línea que separaba las suertes 146 del Cuarto Departamento de La Carolina y la 156 del Quinto Departamento de la misma feligresía. La primera, aparecía en 1770 a nombre del colono Jacobo Korry que ya entregaba en septiembre de dicho año cereal para su venta al monarca. En 1781, sus propietarios son los colonos Jacobo Lenart y su mujer, Ysabel Beisenekerin. En lo referido a la suerte 156, el colono que la ostenta en 1770 es Pedro Juan Miller, el cual continuaba en 1781 como jefe de suerte junto con su mujer, Ana Gertrudis Smitin[28]. Las suertes las podemos observar la copia del Plano topográfico de la feligresía de la capital de La Carolina realizado por Joseph Ampudia y Valdés de finales del siglo XVIII y que fue calcado por Juan López Alcázar en 1882[29].

En este caso la presencia de un barranco que imposibilitaba físicamente la vía de comunicación obligó a que en la práctica el camino se desplazara bordeando dicho barranco. Por lo tanto, y pese a la obligación de hacer expeditas las líneas de suertes para facilitar la servidumbre de paso la realidad promovió un cambio en el trayecto que todavía es utilizado por los agricultores de la zona, y que atraviesa la suerte 146, con el consiguiente teórico perjuicio a dicha parcela que en la actualidad está sembrada de olivar.

Ejemplos como este no son una excepción en dichas colonias, encontrándose diseminados por todo el antiguo término de la Intendencia de Nuevas Poblaciones. El trazado irregular de estas líneas, que sobre plano aparecen despejadas, nos enseña cómo pese a que estos caminos se dibujaban como rectas en los mapas realizados durante la época neopoblacional al deambular por el terreno algunos de estas vías de comunicación sufrían modificaciones parciales, mínimas en la mayoría de las ocasiones, pero que alteraban la línea recta teórica a seguir buscando pasos más naturales y realistas para el trasiego de los vecinos.

Conclusiones

Línea y suertes fueron elementos fundamentales a la hora de desarrollar la colonización de Sierra Morena. Como hemos podido comprobar por medio de este trabajo desde la Superintendencia de Nuevas Poblaciones, bajo el gobierno de Pablo de Olavide, fue prioritario que los ingenieros militares realizaran la división en suertes del territorio para posteriormente proceder a su roturación. La idea del superintendente tuvo que variar la original que aparecía en el Fuero de Población y que ascendía a 50 fanegas. Como consecuencia cada rectángulo se realizó de 25 fanegas aproximadamente, siendo esta la suerte que se entregó a cada colono durante los primeros años. Los motivos, las complicaciones que poseía el terreno por un lado y la necesidad de mantener a los colonos ocupados en estos primeros meses. Posteriormente, se promovió la entrega de la segunda suerte de 25 fanegas por los que de esta manera se llegaba al número indicado en la real cédula, si bien pudo variarse el tamaño de algunas parcelas debido a la calidad del terreno. La retícula de suertes se extendió por todas las Nuevas Poblaciones incentivando a los colonos a sembrar pitas, árboles o realizar zanjas en sus lindes, si bien se debía de dejar rodeadas las suertes de una línea de 8 varas de anchura que serviría para la servidumbre del común y que nadie podría ocupar por poseer carácter de realengo.

Las líneas, tiradas sobre el terreno, eran pasadas a plano bajo el precepto de inviolabilidad que indicamos anteriormente se bien la realidad es que en determinados casos la presencia de accidentes geográficos como barrancos, ríos, arroyos, etc., obligaba a variaciones en sus trayectos que pasaron a atravesar algunas de las suertes que en principio debían estar cerradas. Pese a estos pequeños contratiempos, los planos realizados por el ingeniero Joseph Ampudia y Valdés, entre otros, nos sirven para observar como se extendía dicha retícula por el territorio creando la malla más extensa de caminos públicos de la Monarquía Hispánica. Una red que debería estar protegida por ser un patrimonio Histórico y Cultural de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía y que todavía en pleno siglo XXI, donde aún no han sido ocupadas o cortadas, continúan sirviendo al común de sus habitantes.


  1. “El proyecto de las nuevas poblaciones de Sierra Morena y Andalucía en contexto europeo y comparado: ideas, reformas y proyección (1741-1835)” (ProSiMo), referencia PID2019-110225GB-I00 y financiado por MCIN/ AEI/10.13039/501100011033 y el Proyecto de Generación de Conocimiento, PID2023-147741NB-I00 “Las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena; metodologías clásicas e innovadoras para el análisis internacional de un proyecto global de reforma territorial ilustrada (1766-1835)”.
  2. Universidad de Jaén.
  3. FUERO, (1767). Real Cédula de su majestad, y señores de su Consejo, que contienen la instrucción y fuero de población, que se debe observa en las que se formen de nuevo en la Sierra Morena con naturales, y extranjeros católicos, Madrid, Imprenta de Antonio Sanz, p. 2r.
  4. Archivo Histórico Nacional [en adelante AHN], Inquisición, leg. 3601, exp. 6. Carta de Juan Gregorio Muniain a Pablo de Olavide, San Ildefonso, 29 de julio de 1767.
  5. SÁNCHEZ-BATALLA, C. (2000). La Carolina en el entorno de sus colonias gemelas y antiguas poblaciones de Sierra Morena. Prehistoria a 1835, Jaén, Caja Rural de Jaén, v. II, p. 12.
  6. SÁNCHEZ-BATALLA, C. (2010). “Las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena. Notas en relación con las suertes y líneas de separación de propiedades”. En: J. A. BUENO (coord.), XXXV Congreso Nacional de Cronistas Oficiales, Jaén, Diputación Provincial de Jaén, p. 362.
  7. AHN, Inquisición, leg. 3601, exp. 6. Carta de Simón Desnaux a Pablo de Olavide, Fuente Palmera, 9 de noviembre de 1768.
  8. REGUERA, A. T. (1993). Territorio ordenando, territorio dominado, Madrid, Universidad de León, pp. 59-60.
  9. REESE, T. F. (2022). Las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía. Reforma agraria, repoblación y urbanismo en la España rural del siglo XVIII, Madrid/Frankfurt am Main, Iberoamericana-Vervuert, pp. 39-42.
  10. SÁNCHEZ-BATALLA, C. (2001). La Carolina en el entorno de sus colonias gemelas y antiguas poblaciones de Sierra Morena. Prehistoria a 1835, Jaén, Caja Rural de Jaén, v. III, p. 31.
  11. DUARTE, C. F. (2019). Casimiro Isava. Un ingeniero militar de la Ilustración en Venezuela, Madrid, Ministerio de Defensa, p. 48; REESE, 2022, pp. 45-47.
  12. DUARTE, 2019, pp. 51-52; AHN, Inquisición, leg. 3601, exp. 6. Carta de Simón Desnaux a Pablo de Olavide, La Peñuela, 21 de junio de 1768.
  13. AHN, Inquisición, leg. 3601, exp. 6. Carta de Simón Desnaux a Pablo de Olavide, La Peñuela, 21 de junio de 1768.
  14. AHN, Inquisición, leg. 3601, exp. 8. Carta de Miguel de Jijón a Pablo de Olavide, La Peñuela, 22 y 26 de julio de 1768.
  15. AHN, Inquisición, leg. 3601, exp. 7. Instrucción que debe observar Mr. Branly, La Peñuela, 28 de noviembre de 1768.
  16. HAMER FLORES, A. y PÉREZ-SCHMID FERNÁNDEZ, F. J. (2021). “Los planos de Olavide. Una cartografía para un gobierno ilustrado (Sevilla y las nuevas poblaciones carolinas)”. En: F. OLLERO y J. A. FÍLTER (coords.), Pablo de Olavide. La Sevilla soñada, Sevilla, Fundación de Municipios Pablo de Olavide, pp. 80-82.
  17. FUERO, 1767, p 7v.
  18. Biblioteca Nacional de España [en adelante BNE], MSS/10733, pp. 63r-73v.
  19. BNE, MSS/10733, pp. 73r- 74r.
  20. DELGADO BARRADO, J. M., PÉREZ-SCHMID FERNÁNDEZ, F. J. y CASTILLO MARTÍNEZ, J. M. (2020). “El proyecto de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena en el mapa de 1768”. Magallanica: revista de historia moderna, 13, p. 323.
  21. Algunos de estos planos se encuentran custodiados en el Archivo General Militar de Madrid y el Archivo Cartográfico de Estudios Geográficos del Centro Geográfico del Ejército. Biblioteca Virtual de Defensa: https://bit.ly/3ZA00ut. Acceso: 25/10/2023.
  22. SÁNCHEZ-BATALLA, 2010, pp. 363-364.
  23. TEU, J. T. (1768). Copia de una carta, que escribió en las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, un amigo a otro de Sevilla, dándole noticias de su estado, y progresos, Madrid, por Andrés Ortega, pp. 3-4.
  24. SÁNCHEZ-BATALLA, 2010, p. 364.
  25. ORDENANZAS (1889). Ordenanzas municipales para la ciudad de La Carolina. Redactadas por el concejal y segundo teniente alcalde don Pedro Sanz Monsalve, Madrid, Tipografía de los Huérfanos.
  26. FERRER, A. y GONZÁLEZ, A. (1996). Las medidas de tierra en Andalucía. Según las Respuestas Generales del Catastro de Ensenada, Madrid, TABAPRESS, p. 140.
  27. SÁNCHEZ-BATALLA, 2010, p. 364.
  28. Archivo Histórico Provincial de Jaén [en adelante AHPJ]. Hacienda. Colonización de Sierra Morena, libro 8011. Registro de las compras y ventas de los granos de los colonos de los 9 departamentos de La Peñuela. Año de 1770 y 1771. También de los departamentos 1º y 2º de Carboneros en 1771. AHPJ, Hacienda. Colonización de Sierra Morena, libro 8006, Libro de repartimiento de La Carolina, 1781.
  29. Restaurado en el año 2019 el plano es propiedad del Excmo. Ayuntamiento de la Carolina y está custodiado en su museo municipal.


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