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Médicos y saberes polémicos a fines del siglo XVII

Un abordaje inicial a la figura de José Lucas Casalete

Francisco Javier Colonna[1]

A finales del siglo XVII, la medicina hispánica se vio trastocada por una serie de cambios vinculados a sus doctrinas, actores involucrados y a las instituciones encargadas de la producción y transmisión del conocimiento médico. Los cambios producidos en torno a los saberes relacionados con la salud y el tratamiento de enfermedades dan cuenta de un periodo de gran vitalidad, en el cual destaca el protagonismo de los médicos como autores de las grandes discusiones del período. Las tradicionales teorías galénicas, a partir de las cuáles se entendía al cuerpo humano y se delineaba un quehacer terapéutico, recibieron embates desde nuevos cuerpos doctrinales que llegaban desde otros puntos de Europa. Particularmente en el caso hispánico, este proceso estuvo impulsado por un grupo de científicos denominados novatores, quienes aparecían como representantes de un cambio rotundo frente al precepto de los antiguos[2].

Teniendo en cuenta lo antedicho, el objetivo de este trabajo será contextualizar la teoría y práctica médica de uno de estos médicos novatores: el zaragozano José Lucas Casalete (c.1630-1701). Sus planteamientos, fruto de su experiencia práctica, fueron discutidos por otros médicos contemporáneos, configurando una controversia médica expresada en la producción y circulación impresa de diversos escritos médicos. En este caso, se analizará la obra Statera Medicinae Selectae (Zaragoza, 1687)[3], publicada por Francisco Elcarte, discípulo de Casalete, quien escribe este libro en defensa de su maestro. Esta vía pretende echar luz sobre los modos, escenarios y contextos de producción del saber médico hacia fines del siglo XVII, así como dar cuenta de los elementos que forman parte fundamental del análisis de las polémicas científicas durante este período.

Historiografía

Hacia finales del siglo XVII y durante las primeras décadas del siglo XVIII, la Monarquía Hispánica se verá inmersa en una serie de procesos que conducirán a la “aparición” de la medicina moderna al interior de su territorio. Esta transformación se encuentra estrechamente vinculada a un fenómeno propio de Europa Occidental entre finales del siglo XVI y mediados del siglo XVII: la Revolución Científica. La historiografía tradicional[4] sitúa en este período el surgimiento de la ciencia moderna y la consolidación de saberes base para las futuras disciplinas científicas. La producción de una serie de trabajos innovadores provenientes de astrónomos, físicos, matemáticos, médicos y filósofos marcaría un antes y un después en el modo en que las sociedades modernas se interrogan acerca del mundo que los rodea.

A su vez, la categoría de Revolución científica tuvo una amplia recepción por parte de la historiografía de la ciencia española, integrándose así a un marco interpretativo que tuvo un gran peso en la forma de entender el siglo XVII hispánico: aquel que ponía el acento en la decadencia de la Monarquía hispánica a finales de la centuria. Los primeros estudios respecto a la historia de la medicina en España estuvieron circunscriptos a esta mirada historiográfica, por la cual se afianzaba un paradigma interpretativo que ponía el acento en un España decadente, cuya conciencia y representación de ello se hallaba consolidada ya hacia la mitad del siglo XVII[5]. Entre las derivas de esta perspectiva, apareció la idea de atraso como calificativo para caracterizar a la ciencia en la Monarquía Hispánica: de este modo, esta habría estado relegada de todos los avances científicos e intelectuales que habían estado teniendo lugar en Europa a raíz de la Revolución científica y la difusión de sus principales obras. Siguiendo esta lógica, los historiadores que se dedicaron a la medicina en el ámbito hispánico se propusieron encontrar el momento en el cual la Monarquía se plegó a la narrativa científica de la época, incorporándose así en el camino de las ciencias modernas en Europa. 

La historiografía médica española de principios del siglo XX consolidó dos interpretaciones que eran deudoras de la noción de atraso aludida anteriormente: por un lado, la que resalta el rol del padre Benito J. Feijoo, exponente de la Ilustración española; por el otro, la que sitúa en el cambio de siglo, coincidente con el cambio de dinastía reinante, el inicio de una etapa de renovación y acomodamiento a las tendencias europeas del momento[6]. Sin embargo, a mediados de siglo, comenzaron a surgir una serie de trabajos que pusieron en discusión los puntos de partida propuestos por la historiografía tradicional[7], los cuales derivarían, a partir de la década de 1960 y durante la década de 1970, en un cambio de perspectiva, estrechamente vinculado a prolífica obra del historiador de la medicina José María López Piñero[8]. La propuesta principal de López Piñero invitaba a analizar las discusiones y polémicas que tuvieron como protagonistas a médicos, alquimistas, cirujanos y otros especialistas terapéuticos entre 1670 y 1730. El objetivo del autor fue analizar un grupo de actores en particular, conocidos como novatores, que se habrían propuesto protagonizar una ruptura radical con los saberes tradicionales y encarar el proceso de modernización científica de la medicina peninsular. Sin embargo, más allá de las nuevas perspectivas y nuevos objetos de estudio, la discusión historiográfica continuó pensando el problema a partir de la perspectiva del atraso y la decadencia de la Monarquía hacia finales del siglo XVII.

Planteado este breve recorrido historiográfico, el presente trabajo intentará enmarcarse en algunas de las líneas de interpretación surgidas a partir de la década de 1990, proponiendo un acercamiento que revise las categorías con las que se ha abordado el problema en cuestión. Para ello, se analizará la obra de José Lucas Casalete (c.1630-1701), médico zaragozano, considerado uno de los primeros “novatores” para la historiografía tradicional. Catedrático de la Universidad de Zaragoza, Casalete tuvo la particularidad de ser el primer médico “novator” en ejercer la docencia en la cátedra de una universidad. En este sentido, su anclaje institucional y sus heterodoxas propuestas tanto teóricas como prácticas marcaron un aspecto de singular relevancia: su papel protagónico en la primera polémica de los novatores hispanos con los médicos tradicionales. Su obra más importante, Duae controversiae (1687)[9], crítica feroz al galenismo tradicional, propone un nuevo método para controlar cuadros febriles que ponía en cuestión la utilización de uno de los métodos terapéuticos más difundidos para la época: la sangría[10].

Un médico y su contexto: Zaragoza como “foco” de la renovación

Durante el siglo XVII, Zaragoza se constituyó como un espacio de gran relevancia en la renovación científica hispánica. López Piñero destaca que: “La apertura a las novedades no fue allí privativa de un grupo aislado de novatores, sino que se extendió en mayor o menor grado a todas las instituciones existentes”[11]. En este sentido, el autor señala la importancia que tendrán dos instituciones específicas en las lógicas y dinámicas de las polémicas médicas: el Hospital Nuestra Señora de Gracia y la Universidad de Zaragoza junto a su Facultad de Medicina. A su vez, el patrocinio de la actividad científica promovido por Juan José de Austria, durante su residencia en Zaragoza entre 1669 y 1677, constituye otro aspecto a destacar. Mientras duró su influencia en la ciudad de Zaragoza, promovió la actividad científica de los primeros reformistas de la medicina hispana mediante el patrocinio político y económico[12]: incentivó “tertulias” de médicos y promovió la difusión y el interés por las nuevas ideas y corrientes científicas europeas. Dentro de este ámbito de aliento al debate científico es que tuvo lugar la producción de Casalete y las polémicas que giraron a su obra. 

La ciudad albergó a un conjunto de médicos que participaron activamente en la crítica al paradigma galénico y en la búsqueda de posibles alternativas explicativas. Entre estas últimas, gozaba de una gran aceptación y difusión la obra de William Harvey Exercitatio anatomica de motus cordis et sanguinis in animalibus (1628), que sentaba las bases de la doctrina de la circulación de la sangre y problematizaba la teoría de Galeno, estructurada a partir de la composición humoral del cuerpo. La doctrina de Harvey trajo consigo no sólo una revisión del corpus galénico al respecto de la comprensión corporal, sino que derivó en la gestación de un conjunto de polémicas y controversias en relación a los métodos curativos. Como bien reseña Fernández Doctor (1999), en estos enfrentamientos participaron médicos de mucha influencia en el ámbito de la medicina en Zaragoza, como lo fueron Tomás Longás (protomédico del Reino de Aragón y médico de cámara de Juan José de Austria), Francisco San Juan y Campos (quien introduce la explicación de Harvey como parte de su enseñanza universitaria ), Nicolás San Juan y Domingo (conocido por publicar la primera “topografía médica” en territorios hispánicos) y el propio José Lucas Casalete[13]. Todos ellos formaron parte de una polémica que, en palabras de José María López Piñero, tuvo en “[…] la actividad abiertamente renovadora de José Lucas Casalete […]” a su figura más destacada[14]. Para la historiografía de la década de 1970 y 1980, la publicación de Duae controversiae de Casalete en 1687, junto con otro grupo de publicaciones provenientes de otros campos científicos, marcarían el inicio del movimiento novator[15].

Práctica médica, profesionales de la salud y polémica: aspectos a considerar

Resulta dificultoso comprender el marco en donde surgen las propuestas de Casalete si no se considera la diversidad de actores involucrados en torno a las prácticas sanitarias. El concepto de pluralismo médico[16], recuperado de la antropología médica y utilizado por autores como Enrique Perdiguero-Gil y María Luz López Terrada, permite para dar cuenta de un contexto en el cual dichas prácticas vinculaban a una gran diversidad de sujetos por fuera del ámbito de la medicina académica y a sus representantes. El médico universitario fue uno de los tantos actores autorizados para ejercer ocupaciones sanitarias, compartiendo esta prerrogativa con cirujanos, barberos y boticarios. En paralelo, existían otras profesiones terapéuticas que aparecían como opción para resolver diferentes afecciones, algunas toleradas, como algebristas y hernistas, otras perseguidas (saludadores, brujas y hechiceros). Si bien cada una de estas actividades tenía sus propios límites y alcances en la práctica, sumado a una formación que discurría por modalidades y ámbitos diferentes, todos formaban parte de un amplio universo de personajes a los cuáles recurrir en caso de enfermedad[17].

De este modo, la existencia de un gran abanico de personas que ofrecían sus saberes sanitarios a los enfermos tuvo un impacto considerable en el desarrollo de las controversias al interior de la medicina académica. En su tesis doctoral, Carolin Schmitz[18] recupera tanto el modelo de David Gentilcore, al respecto de las esferas de la práctica y la etiología médica, como el concepto de “itinerario terapéutico” propuesto por Nicole Sidzingre, para poder explicar los espacios a los que un enfermo podía acceder en búsqueda de opciones terapéuticas y los caminos que este podía recorrer intentando dar respuesta a su enfermedad. La autora intenta demostrar, desde la perspectiva del paciente, la diversidad de relaciones que se entretejen entre los múltiples actores involucrados en prácticas sanitarias, permitiendo analizar las controversias médicas a partir interrelaciones entre esferas médicas. Así, surge una cuestión que parece ineludible: las discusiones estaban vinculadas a prácticas que excedían a la medicina académico-universitaria. En el caso de Casalete, la relación se explicita de una manera particular en la fuente, al momento en que Elcarte se propone defender a su maestro de las críticas vinculadas a la adecuación de la práctica del médico zaragozano a la doctrina galénica:

[…] y yo quisiera, que los que se precien de discípulos de Gal [Galeno]. me dieran algún lugar de Gal. en el qual diga: que en toda enfermedad se halla verdadero indicante de sangría: como es en todas calenturas, como passen de dos días: en qualquier dolor, aunque sea de muelas […]: que en toda caída, ó herida, aunque sea leve, puede, no solo el Médico, sino cualquier Sangrador sin licencia del Médico executar sangrías; y si está solo en una Aldea pueda sangrar despiadadamente las vezes que se le antojare. (Elcarte, 1687: 103)

La cuestión del pluralismo médico atraviesa la polémica de Casalete alrededor de las sangrías, en la medida en que las discusiones sobre la doctrina galénica se mezclan con el problema de la ejecución de la sangría, de la regulación de dicha intervención por parte del Protomedicato y del Colegio de Médicos y Cirujanos, y del impacto que esta puede tener si es realizada de “manera indiscriminada” (en este caso, la “manera indiscriminada” implica sin la mediación de un médico oficial). Los argumentos propuestos por Elcarte, recuperando la experiencia heredada de su maestro, deslizan las tensiones alrededor de la creciente importancia de la cirugía y las prácticas quirúrgicas en el ámbito universitario, en la medida en que se incorporaban las primeras cátedras de Cirugía a la Universidad[19]. Sin embargo, la crítica parece estar ligada a la idea de no regulación jurídica de estas intervenciones sanitarias. Al respecto, Elcarte recuerda un caso que le fue transmitido por su maestro:

Sucedió a mi Maestro llamado, a ver un enfermo de una caída con una herida sobre la ceja, llegara a tiempo que el Barbero que avia tomado la sangre, o hecho la primera cura, avia dispuesto la prevencion necesaria para dos sangrias: preguntó, que para quien tanta prevencion; le respondió (muy satisfecho el Barbero) que para sangrar al enfermo, y al padre del enfermo, por lo que se avia asustado. Dixo mi Maestro; pues vea si ay mas parientes, y hagan mas prevencion para otras tantas sangrias; pero no las executen hasta que yo lo mande: curóse el enfermo, y todos los parientes sin sangria (Elcarte, 1687: 103).

Visto desde la perspectiva de Schmitz, notamos, en primera instancia, la participación de Casalete como médico de consulta. Sin embargo, también aparecen tanto el barbero, haciéndose presente incluso antes que el propio Casalete, como el paciente y sus familiares. En este pasaje, Elcarte se preocupa por afirmar la importancia que jugó la intervención de Casalete en la resolución del caso sin mediar una evacuación de sangre. Sin embargo, lo que también queda de manifiesto es la presencia del barbero antes que el propio Casalete en la escena. De este modo, el caso recuperado por Elcarte ejemplifica de manera concreta la complejidad de la atención sanitaria y de los lugares que ocupan tanto el barbero como el médico en esos itinerarios terapéuticos, dando cuenta de la importancia de considerar al pluralismo médico al momento de analizar los espacios en donde los sistemas médicos, las prácticas, los actores e intereses se cruzan y se tensionan.

Ahora bien, la controversia que tiene como principal protagonista a Casalete gira alrededor de la sangría como método principal para curar una gran diversidad de afecciones. En particular, la discusión gira en torno a las fiebres, punto central de la patología galénica y lugar de partida tradicional para los diagnósticos médicos durante el período analizado. La propuesta de Casalete aparece como una crítica profunda a los modos de utilización de la sangría, haciendo particular énfasis en la necesidad de considerar cada caso de manera específica “Si la sangria bien executada es provechosa, y casi milagrosa; la mal executada por extramamente contraria, será dañosa, y tal vez causa de la muerte” (Elcarte, 1687: 102).

Esta afirmación le permite a Elcarte revisar una serie de casos en los que su maestro estuvo involucrado y que, ya sea por abuso o por “mala ejecución” del procedimiento, el desenlace del tratamiento derivó en un empeoramiento general de la salud del enfermo, llegando en algunos casos a terminar en el deceso del paciente. Estos casos, que serán esgrimidos como argumentos en contra del abuso de la sangría, estarán acompañados de justificaciones a partir de la tradicional doctrina de Galeno:

Para confirmar que no es lo mesmo citar Autores, que entenderlos, y que no es todo un referir autoridades, que comprehenderlas, he querido poner el texto cumplido para que se conozca, que la conclusion de mi Maestro es sin interpretacion, la opinion, o sentencia mesma de Galeno, porque habla este de algunos jovenes, que sin tener noticia, ni aver oído, ni estudiado los fundamentos de saber sangrar, sangraban (…): que los tales lo erravan, porque traer consigo grande inconveniente, y notable daño (…) si no se practica, segun las reglas del arte, atendiendo a la quantidad, qualidad, ocasion debida, y modo de usar, es un cosa peligrosissima, pues de su debido, o indebido uso, va tanto como de la vida a la muerte (como lo dize la experiencia) (Elcarte, 1687: 167).

Al fundamentar su opinión principal respecto a la sangría, Elcarte destaca no sólo el apego de Casalete a los textos galénicos, sino también el rol de la experiencia como forma de contrastar la veracidad de sus afirmaciones. En este sentido, producto de los cambios introducidos principalmente por la obra de Francis Bacon, la observación experimental aparece como sustento en su explicación, sin por ello dejar de lado el apego a la literatura galenista como criterio de verdad del conocimiento que está discutiendo. Esta situación permite complejizar la visión de Casalete como integrante del movimiento novator, invitando a repensar las categorías con las que se caracterizó al período y a las polémicas contenidas en él.

Otra cuestión para considerar es la polémica científica generada en torno a la obra de Caselete, que derivó en una serie de publicaciones que resulta necesario mencionar. Esta controversia se abre con la publicación de la obra De morbis endemiis Caesar Augustae (Zaragoza, 1686) de Nicolás San Juan y Domingo, quien ataca de manera directa a Casalete y las enseñanzas que este impartía a sus alumnos en la universidad. Como respuesta, Casalete publica Duae controversiae (Zaragoza, 1687), en donde se expone sus principales fundamentos médicos. Si bien no se han encontrado ejemplares de esta publicación, su contenido fue reproducido de manera total en la obra de Francisco Elcarte, objeto del presente trabajo: Statera medicinae selectae (Zaragoza, 1687), y a su vez resumido y discutido por Tomás Longás en Enchiridion novae et antiquae medicinae dogmaticae (Zaragoza, 1689). A su vez, Soriano Faura (1977) rescata la existencia otros dos escritos que formaron parte de la polémica: por un lado, un folleto anónimo titulado Desagravio de la Verdad ofendida; por el otro, Dudas contra el desagravio de la verdad ofendida, publicado por el propio Longás como respuesta a dicho folleto anónimo.

A modo de balance

Considerando la tesina de licenciatura como horizonte, el abordaje de la controversia en torno a la obra de Casalete reviste algunas dificultades a remarcar. En primer lugar, no se dispone de la totalidad de las fuentes mencionadas anteriormente, las cuales constituyen el corpus central de la polémica. Si bien un primer relevamiento heurístico ha permitido recuperar algunas ellas, el abordaje de Duae controversiae, obra donde Casalete expone los planteamientos principales de su doctrina médica, deberá estar mediado por una traducción del latín a partir de la copia realizada en el libro de Elcarte. A su vez, tampoco se ha podido acceder a la obra de San Juan y Domingo, así como al folleto anónimo al cual Tomás de Longás responde con su Desagravio. En cambio, el Enchiridion de Longás ha resultado de fácil acceso, constituyéndose en un documento de inestimable valor para el estudio de la controversia.

Más allá de estas dificultades, el objetivo de este trabajo es dar cuenta de los caminos posibles para el abordaje de una polémica científica. En este sentido, se destaca la propuesta de un modelo teórico-interpretativo para el análisis de las controversias médicas españolas entre 1650 y 1750, planteado por Álvar Martínez-Vidal y José Pardo-Tomás[20]. Intentando dejar de lado las claves analíticas tradicionales como éxito-fracaso o atraso-adelanto, los autores buscan proceder mediante propuestas historiográficas más plurales, que consideren la complejidad de tramas, actores y espacios que se interrelacionan en torno a las controversias: estudios de la realidad de la práctica médica, los escenarios de producción de conocimientos y prácticas y los públicos de la medicina. De este modo, la búsqueda apunta hacia la reconsideración de la categoría de novator: ¿Qué es lo que constituye la “novedad” en este grupo? ¿En qué dinámicas, modalidades y ámbitos era posible plantear estas “rupturas”?

El espíritu de este trabajo se afirma en ese camino. Todavía es necesario un trabajo heurístico más amplio, que permita localizar la participación de Casalete en otras controversias, e incluso en otros espacios. A su vez, resulta crucial ahondar en las propuestas doctrinales, los cambios en los corpus de conocimiento médico y la relación entre la teoría enseñada y aprendida y la realidad de la práctica concreta. Sin embargo, estas líneas aparecen como caminos por donde seguir indagando, con el objetivo de aportar al entendimiento más profundo acerca de las maneras en las cuáles se construye y consolida el conocimiento en el Antiguo Régimen.


  1. Universidad Nacional de Mar del Plata.
  2. FERNÁNDEZ ALBALADEJO, P. (2009). La crisis de la Monarquía. Historia de España (Vol. 4), Barcelona, Crítica.
  3. ELCARTE, F. de. (1687). Statera medecinae selectae: qua appendi potest an sit rationalis methodus magistri mei doc. iosephi casalete …: in tria membra divissa: in quorum primo dubitationis gravissimi doctoris auctori emissae brevis discussio comprehenditur: in secundo censura libri de morbis endemiis caesar-augustae laborati a doctore san iuan et domingo proponitur: in tertio duae controversiae magistri mei acuminis solum dignae referuntur. excudebat Emmanuel Roman Vniversitatis typographus Caesar-Augustae. Zaragoza, recuperado en 2023, URL: https://hdl.handle.net/2027/ucm.532375186x.
  4. HALL, R. (1954). La Revolución científica. 1500-1750, Barcelona, Crítica.
  5. KAMEN, H. (1981) La España de Carlos II, Barcelona: Crítica; FERNÁNDEZ ALBALADEJO, P. (2009).
  6. MARTÍNEZ VIDAL, À. & PARDO TOMÁS, J. (2003). “Un siglo de controversias: La medicina española de los novatores a la Ilustración”. En: BARONA, J.L.; PIMENTEL, J. y MOSCOSO SARABIA, J. (eds.) La Ilustración y las ciencias: para una historia de la objetividad, España, Universitat de Valencia, pp. 107-136.
  7. GRANJEL, L. (1952). “El pensamiento médico de Martín Martínez”, Archivos Iberoamericanos de Historia de la Medicina, 4, pp. 41-78; PESET LLORCA, V. (1960). “El Doctor Zapata (1664-1745) y la renovación de la medicina en España”, Archivos Iberoamericanos de Historia de la Medicina, 12, pp.35-93.
  8. LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1962). “Juan de Cabriada y las primeras etapas de la iatroquímica y de la medicina moderna en España”, Cuadernos de Historia de la Medicina Española, 2, pp.129-154; LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1979) Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII, Barcelona, Labor; LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1993). “Juan de Cabriada y el movimiento novator de finales del siglo XVII. Reconsideración después de 30 años”, Asclepio, 45(1), pp.3–53.
  9. “Duae controversiae. Prima, a qua indicitur sanguinis missio, et primo an magnitudo morbi et virium robur indicent sanguinis missionem. Secunda controversia: an indicatio sit ratiocinatio”, en F. de Elcarte, Staterae Medicinae Selectae: qua appendi potest an sit rationalis methodus magistri mei Doc. Josephi Casalete Caesaraugustani Licei primarii medicinae, professoris, in tria membra divissa […], Zaragoza, 1687 (trad. esp. en T. Longás.
  10. LÓPEZ PIÑERO, 1993: p.26.
  11. LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1969) La introducción de la ciencia moderna en España. Barcelona, Ariel, pp.76-77.
  12. COBO GÓMEZ, J. V. (2007). Juan Bautista Juanini (1632-1691). Saberes médicos y prácticas quirúrgicas en la primera generación del movimiento novator [Tesis doctoral], Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona, Departament de Filosofía.
  13. FERNÁNDEZ DOCTOR, A. (1999). La medicina del siglo XVII en Aragón, España, Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón.
  14. LÓPEZ PIÑERO, 1969: p.81.
  15. FERNÁNDEZ DOCTOR, A., 1999.
  16. PERDIGUERO-GIL, E., & COMELLES, J. M. (2020). “El estudio del pluralismo médico en España: una aproximación histórica”. En C. CUADRADA (Ed.), Pluralismo médico y curas alternativas. España, Universitat Rovira i Virgili; LÓPEZ TERRADA, M. L. (1994). “El pluralismo médico en la Valencia foral: Un ejemplo de curanderismo”, Estudis: Revista de historia moderna, 20, pp.167-182; SCHMITZ, C. (2016). “Barberos, charlatanes y enfermos: la pluralidad médica de la España barroca percibida por el pícaro Estebanillo González”, Dynamis, 36(1), pp.143-166.
  17. PERDIGUERO-GIL, E. (1996). “Protomedicato y curanderismo”, Dynamis, 16, 91-108.
  18. SCHMITZ, C. (2016). Los enfermos en la España Barroca (1600-1740) y el pluralismo médico: espacios, estrategias y actitudes [Tesis doctoral], España, Universitat de Valencia.
  19. Fernández Doctor (1999) advierte que hacia finales del siglo XVI y principios del XVII, la anatomía y la cirugía habían comenzado a adquirir cierta preponderancia en los ámbitos académicos, a través de su institucionalización en cátedras universitarias (previamente, su enseñanza transcurría por espacios extrauniversitarios).
  20. MARTÍNEZ VIDAL, À. & PARDO TOMÁS, J. (2003).


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