Guerra, negociación y bancarrota
Víctor Jurado Riba[1]
La sustitución del duque de Alba: un ejército imposible de mantener
Cuando el duque de Alba abandonaba Bruselas el 18 de diciembre de 1573 su sucesor, Luis de Requesens, llegado a los Países Bajos en noviembre del mismo año, tomaba las riendas del gobierno de los estados más comprometidos de Felipe II. Su gobierno fue breve (llegaba el 17 de noviembre de 1573 a Bruselas y, en la misma ciudad, moría el 5 de marzo de 1576) pero pudo ser crucial en algunos momentos concretos. Sin embargo, siempre opacado por la descomunal dimensión nobiliaria de su sucesor y predecesor (el ya mencionado duque de Alba y el hijo bastardo del emperador Carlos V y máxima cara visible de la victoria cristiana de Lepanto, don Juan de Austria) y unos hechos de altísimo calado que estos tuvieron que vivir (desde la invasión de los Orange–Nassau de 1572 al saco de Amberes de noviembre de 1576). Y a pesar de quedar un tanto oculto entre la preponderancia del momento, no ha sido poca la bibliografía que ha tratado tanto los hechos, problemas del gobierno como sus protagonistas[2].
En esta comunicación se pretende hacer un pequeño repaso de los principales hechos que tuvieron lugar durante su gobierno en una sucesión cronológica que marcará cómo estos quedaron marcados por la política internacional y las decisiones tomadas desde la Corte de Madrid.
Luis de Requesens, como se ha dicho, llegó a Bruselas el 17 de noviembre de 1573. Su trayectoria es bien conocida[3], tanto de él como de su familia, siendo una de las figuras fundamentales de la política mediterránea de Felipe II. Desde el cargo de Lugarteniente General de Mar, justo por detrás de don Juan de Austria (éste ocupaba el de Capitán General de Mar) participó en la represión de la revuelta morisca de las Alpujarras (con mención especial a la dirección de la campaña de entrada en la sierra de otoño de 1570) y en la jornada de Lepanto (7 de octubre de 1571) como uno de los principales líderes de la Santa Liga[4]. A pesar del triunfo, las desavenencias entre don Juan y él llegaron a tal punto que era inviable continuar con dicho liderazgo, así que Requesens fue nombrado gobernador de la Lombardía. Su paso por Milán fue efímero, apenas tuvo tiempo de hacer una visita para calibrar la capacidad defensiva de los castillos y para entrar en conflicto con el arzobispo de Milán, el cardenal Carlo Borromeo, siendo excomulgado el noble catalán. En plena disputa, fue nombrado sucesor del duque de Alba como gobernador general de los Países Bajos, camino que no tomaría hasta recibir la absolución por parte del papa Gregorio XIII.
Alejado de las luchas faccionales[5] presentes en la Corte de Felipe II y habitualmente en un perfil bajo, era un buen candidato para contrarrestar los años de línea dura de gobierno marcada por el duque de Alba. Eso además de contar con la plena confianza del rey, una relación fundada entre juegos infantiles en una corte que, durante los años 30, se movía entre Valladolid y Madrid. Eso según se puede deducir de las cartas que Estefanía de Requesens, madre del aquí estudiado, escribía a Hipólita Rois de Liori, abuela del susodicho[6]. No era algo baladí, el cambiar la tendencia de un gobierno que había hecho de las acciones militares, incluso llegando a imponer cierto terror estructural[7] sobre las ciudades tanto rebeladas como no con sus acciones militares, después de la invasión de 1572.
Pero centrémonos ya en los hechos que marcaron dicho gobierno. Ya solo ante una herencia que, a la postre, especialmente por las deudas acumuladas con la soldadesca, se evidenciaría como envenenada, tuvo que actuar de inmediato.
Las primeras acciones militares: de Midelburgo a Leiden
Se acostumbra a marcar su gobierno como un paréntesis pacífico (casi pacifista) dentro de la belicosidad estructural de la guerra de los Ochenta Años. Y hay argumentos a favor y en contra. A favor, que llegó con una serie de medidas de moderación política bajo el brazo: abolición del controvertido Tribunal de los Tumultos, supresión de la Décima o el perdón general. Propuestas, eso sí, que llegaban desde la Corte con la intención de calmar los ánimos de unos estados rebeladas y leales (aunque quizá la expresión, “por rebelar” sería más precisa, pues la oposición política que mostraban y las propuestas habituales de la negociación entre gobernador general y representantes locales vislumbraba cómo estaban más de acuerdo con las reclamaciones orangistas que con las llamadas al orden realista) y que Luis de Requesens tendría como fin ser el mero ejecutor. Porque él no tenía el talante especial que cierta historiografía le ha querido otorgar. De hecho, aquí entran los argumentos en contra: la guerra no se acabó, la tuvo como principal medio de obtención de una posición de fuerza sobre sus rivales (para ser aprovechada en unas negociaciones en las que nunca creyó) y no dejó de considerarla una prioridad ni cuando los efectos del decreto de suspensión de pagos del 1 de septiembre de 1575 llegaron a Amberes. Simplemente, fue incapaz de mantener una estructura económica tambaleante y el ejército desorbitado heredero de los reclutamientos de 1572 quedó fuera de obediencia. Ese fue el origen del saco de Amberes de noviembre de 1576.
Pero las dificultades a nivel general empezaron desde el momento de la propia llegada de Requesens a los Países Bajos. Tras la marcha del duque de Alba, tuvo que hacer frente a la fase final del asedio de Midelburgo (último reducto realista en la isla de Walcheren, en Zelanda). Era un sitio que se prolongaba desde finales de 1572, siendo defendida la plaza por el regimiento de valones del coronel Cristóbal de Mondragón[8]. Se intentó el socorro de dicha posición con una acción combinada de las flotas realistas, que tendrían que salir a la vez desde Bergen op Zoom y de Amberes, unas 120 naves en total entre vitualla y de guerra, dirigidas sendas armadas por Julián Romero y Sancho Dávila. Pero salieron a destiempo y la flota comandada por el maestre de campo Romero fue derrotada por los mendigos del mar[9]. Sobre esto, Bernardino de Mendoza recogía unas palabras que atribuía a éste: “bien sabía que yo no era marinero, sino infante; no me entregue más armadas, porque, si ciento me diesse, es de temer que las pierda todas”[10].
De hecho, estaba previsto el envío de una flota desde Castilla durante el año 1574 que sirviera para compensar la superioridad naval absoluta de la que gozaban los orangistas: 20 naos, 40 zabras y 40 lanchas con 6.000 soldados (de los que 3.000 serían para luchar en tierra) que dirigiría Pedro Menéndez de Avilés (flota a la que Pi Corrales[11] dedicó un monográfico y a la que llamó “la otra invencible”). Requesens, además, pedía artillería de hierro fundido[12], galeras[13] y, sobre todo, dinero (o por lo menos que la infantería viniera pagada por largo tiempo)[14]. En cada una de las cartas que enviaba a la Corte insistía en que de nada servirían tropas que llegaran impagadas, pues no se las podía sostener con los recursos de los Países Bajos. Pero Pedro Menéndez de Avilés murió en Santander el 17 de septiembre de 1574, siendo el golpe definitivo para cancelar una empresa que se alargaba durante meses en sus preparativos.
Sin embargo, más fuerte era la potencia realista en la guerra terrestre. Siempre que los soldados estuvieran en obediencia, claro. Y quizá esa fuerza fuera a la vez la gran debilidad: el ejército en los Países Bajos –sumando todas las nacionalidades: españoles, alemanes altos y bajos, valones y flamencos– sumaba unos 57.500 infantes y 4.780 jinetes[15]. Un ejército formidable pero imposible de pagar.
Es más, poco después de la definitiva caída de Midelburgo se produjo la gran victoria militar del gobierno de Luis de Requesens, la batalla de Mook, librada el 14 de abril de 1574 entre las tropas de Luis y Enrique de Nassau y las comandadas por Sancho Dávila. La victoria realista fue total, inferior en número, pero más hechos al combate[16]. Sin embargo, no se pudo aprovechar de la victoria porque, precisamente, los soldados habían anunciado que primero lucharían y, después, fuera cual fuera el resultado, se amotinarían exigiendo pagas. De ahí que se afirme que esa enorme cantidad de soldados era a la vez la fuerza y la debilidad del gobernador general de los Países Bajos.
La infantería española tomó el camino de Amberes, quedando Requesens en la capital de Brabante mientras los soldados se dirigían allí para evitar los previsibles saqueos[17]. Y no faltó demasiado para que aquello acaecido en 1576 tuviera lugar dos años antes, dada la enorme tensión entre soldados y vecinos. Pero a pesar de todo, se pudo poner en obediencia la infantería hasta el junio de 1574 a cambio del pago de 37 pagas[18]. Una indisciplina de la milicia española que hacía lamentarse al propio Requesens sobre ella ante el rey.
Fue este el auténtico tiro de salida para una sucesión de motines entre las diversas naciones y cuerpos de ejército que Luis de Requesens no llegaría a ver acabar. Es más, murió antes del gran final de la indisciplina de la tropa española en el saco de Amberes. En una sucesión más o menos cronológica de los motines, la tropa española del motín de Amberes mostró el camino al resto de unidades: si ellos habían cobrado, los otros también podían. Por si fuera poco, el mismo día que se solucionaba el motín a principios de junio de 1574, se consumaba la traición del vicealmirante de la flota de la capital brabanzona, Monsieur de Amsteden, con terribles resultados para la potencia naval realista: de las 30 naves que quedaban en Amberes, 8 fueron capturadas y 6 ardieron[19].
Además, fue en octubre de 1574 que fracasó definitivamente el sitio de Leiden[20]. La población holandesa había sido asediada por las tropas de Francisco de Valdés durante meses, resistiendo las salidas desde el interior e intentos de socorro exterior hasta que los orangistas optaron por una salida expeditiva: romper los diques para inundar el campo realista. Ante la imposibilidad material de seguir con las tareas de asedio, se levantó el cerco. Eso justo antes de que se amotinara la tropa española del tercio de Lombardía –cuerpo que había enviado el propio Requesens mientras era gobernador de Milán y el duque de Alba el de los Países Bajos–, quien llegó a intentar tomar el castillo de Utrecht al asalto.
Ante la dificultad por mantener una política militar más o menos coherente con las necesidades bélicas –más que soldados para llevar a cabo las acciones, faltaba dinero con qué pagarlos y mantenerlos en obediencia–, resulta relevante la contundente dicotomía que se planteaba desde el gobierno de los Países Bajos: agua o fuego. La planteaba Francisco de Valdés[21], el maestre de campo, y la seguía Luis de Requesens hasta llegar a Felipe II. Desde la Corte, el rey se decantaba claramente por el “se tiene por mejor el del fuego porque (demás de ser el que se suele usar en negoçios de guerra) se puede atajar quando se quiere y quando bien se viniessen à abrasar todos los pueblos, fructos y árboles, en fin queda el suelo donde con el tiempo tornan à nasçer”[22].
El complejo equilibrio político: negociación con estados leales y orangistas
Las implicaciones del motín de la infantería posterior a la batalla de Mook no se limitaron a la gestión de estos hechos: mientras la tropa se mantenía fuera de obediencia en Amberes, con Luis de Requesens intentando que los excesos sobre los vecinos no pasaran a mayores, los estados se encontraban reunidos en Bruselas. El gobernador general les pidió acercarse hasta Lier, a unas horas de camino de Amberes, y desde donde consideraba que podría gestionar tanto el motín como la negociación. No lo aceptaron los representantes de los estados, temerosos de la proximidad con una tropa fuera de obediencia que ya había dado muestras de los escasos límites en sus excesos[23].
Requesens no pudo reunirse con esos estados hasta el 5 de junio, siendo que habían sido convocados el 30 de abril, con intención de publicarse el perdón general el 1 de mayo[24]. Y aún más, se había desvanecido toda posición de fuerza que podía haber otorgado la batalla de Mook. Eso sin contar que los representantes habían tenido algo más de un mes para ponerse de acuerdo en las posiciones políticas que decidirían mantener.
Pero entremos a las propuestas presentadas en este momento: el perdón general era una de las principales, mucho más amplio que el presentado en tiempo del duque de Alba, pues sólo excluía personas individuales. Según decía Felipe II, “a imitación del de las Comunidades de Castilla”[25]. También llegó la suspensión de la Décima –a cambio de una compensación económica por parte de los estados, todo sea dicho–, la abolición del Tribunal de los Tumultos –petición fundamental de todos los estados por ser el mecanismo usado por el duque de Alba para llevar a cabo la principal represión– o actuaciones que no pasaban de un nada desdeñable simbolismo, como la retirada que el duque de Alba se había hecho levantar en Amberes con el bronce fundido de la artillería orangista capturada en Jemmingen.
Las propuestas fueron bien recibidas por los estados, pero en absoluto resultaron clave para el devenir de las negociaciones. La postura de los estados era dura, intentando sacar todo lo que pudieran de un gobierno real casi a la deriva. De todos ellos, fue Brabante el más beligerante en peticiones, y guía para el resto. Entre otros temas de deliberación, sus quejas se movían de la forma de pagar la ayuda que sustituía la Décima, exigían la retirada de los oficios a extranjeros (sobre todo el del castellano de Amberes, el famoso Sancho Dávila), la salida de la infantería española del país, la definitiva abolición del Tribunal de los Tumultos –aprobada pero no ejecutada–, el pago de impuestos sobre la comida por parte de los soldados o el cobro de la Centésima a cargo de locales y no de extranjeros.
La situación económica era catastrófica: un ejército descomunal con pies económicos de barro que no se podía mantener. Sólo los adelantos de mercaderes castellanos e italianos hacían que se pudiera entregar algún socorro, siempre asegurados sobre las cargas de plata americana que tenían que llegar anualmente. Pero hablamos de dinero fiado que sólo hacían que crecer una deuda que, en julio de 1576, ya muerto Requesens, ascendía sólo en atrasos a los 17.5 millones de florines[26]. Una cantidad descomunal que daba pistas del final al que se abocaba todo.
Es más, ni un buen resultado de las negociaciones de Breda hubiera cambiado la calamitosa situación. Hablamos de uno de los momentos que más destacados del gobierno de Luis de Requesens[27], pero que estaba abocado al fracaso desde antes de empezar. Impulsado por la figura de Elbertus Leoninus por parte realista, en Breda se reunieron representantes de ambos bandos en conflicto para buscar una solución negociada. Unas conversaciones, cabe destacar, que estaban muertas desde antes de empezar por el tema religioso: mientras los orangistas lo veían como algo fundamental, Requesens daba una serie de directrices a sus enviados donde en ningún caso se permitía variación alguna en las condiciones religiosas. El calvinismo seguiría prohibido y perseguido, entrando a negociar sólo las condiciones bajo las cuales aceptarían la salida de los estados de aquellos que no aceptaran convertirse al catolicismo[28].
Un último esfuerzo militar: las campañas de Holanda y Zelanda de 1575
En paralelo, se preparaba la que sería la última gran ofensiva militar de su gobierno. Ésta se realizó en paralelo en Holanda y Zelanda, consiguiendo poner en obediencia algunas de las compañías a base de socorros puntuales. Porque el problema no era no tener soldados, sino que aquellos que tenían siguieran en servicio.
Con Monsieur de Hierges encargado de hacer una campaña de castigo sobre el Waterland pero incapaz de llevarla a cabo por la indisciplina de la tropa que comandaba, fue entre él y Julián Romero que lanzaron una ofensiva sobre diversas poblaciones holandesas: se tomó Buren el 28 de junio, pero no pudieron seguir rápidamente porque las diversas naciones rozaban el motín. Le siguió Oudewater el 7 de agosto[29], tomada al asalto y la guarnición ejecutada. Schoonhoven cayó el 24 de agosto[30], rindiéndose la ciudad después de que se desplegara el campo realista, y evitando así el saqueo. Sin embargo, la falta de recursos económicos fue clave para el fracaso de esta campaña: en diciembre ya advertía que hacía tres meses que no podía enviar un real y todos amenazaban con abandonar fuertes y diques.
Más grandilocuentes fueron las acciones sobre Zelanda. En paralelo a las de Holanda, empleando la isla de Philipsland como cabeza de playa en el estado, se cruzó hasta Duiveland en un espectacular asalto anfibio que combinó el cruce de un vado con el desembarco de tropas en la misma isla[31]. Lideradas por Sancho Dávila y el coronel Cristóbal de Mondragón, rápidamente se pasó a la isla principal de Schouwen, donde se acabó tomando el último foco de resistencia orangista en Bommenede y se puso sitio a Zierikzee –esta plaza no caería hasta bastante más tarde–.
Pero si algo supuso un punto final a las aspiraciones realistas de llevar adelante la guerra contra un Guillermo de Orange que en 1575 se encontraba a la defensiva fue el decreto de suspensión de pagos de 1 de septiembre de 1575[32]. Eso hizo que, si antes era difícil encontrar algún dinero fiado por los mercaderes de Amberes, ahora resultara prácticamente imposible. Implicó la auténtica disolución de la capacidad económica del gobierno de Requesens, la definitiva desobediencia de la tropa y puso las bases de la furia española desplegada en todo su esplendor en noviembre de 1576 sobre Amberes. De hecho, fue en este contexto en que vivió Requesens sus últimos momentos al frente del gobierno, pues moriría el 5 de marzo de 1576 en Bruselas.
Conclusiones
Nos encontramos, pues ante un gobierno como ya destacó Lovett[33], que pudo ser clave para el desarrollo de la política de Felipe II en los Países Bajos. Lastrado por las condiciones económicas que el enorme ejército reclutado en 1572 impuso sobre las arcas reales, se enfrentó a unas problemáticas muy graves y que, a pesar de haber quedado escondido ante la descomunal magnitud nobiliaria de predecesor y sucesor, hubo momentos de especial significación como las conversaciones de Breda o las campañas de 1575.
Se trata, además, de un clarísimo ejemplo de cómo la nobleza de un rango relativamente bajo podía usar el servicio real como mecanismo de ascenso social, igualándose de forma relativa con otra que, por cuna, ya tenían la posición de primacía. Luis de Requesens era un barón de nacimiento, es decir, la más baja categoría dentro de la nobleza titulada catalana –por debajo vendrían los nobles con privilegio, pero sin título–. Con una familia vinculada al servicio real ya desde tiempos de Alfonso el Magnánimo, y con su padre como jefe de la guardia de Carlos I, este servicio real le valió el título de Comendador Mayor de Castilla de la orden de Santiago –honor entregado por el rey– y codearse con la más alta nobleza del momento. Se muestra, pues, cómo esa nobleza se servía del servicio para escalar posiciones –así como las clientelas que articulaban[34]– y ocupar cargos de la más alta responsabilidad política.
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