El ejercicio diplomático y su rol en la articulación de los acreedores privilegiados de crédito (1620-1659)
Nahuel Enrique Cavagnaro[1]
Introducción
En la proyección de la política exterior de la Monarquía Hispánica durante el siglo XVII fueron de fundamental importancia aquellos emisarios reales que llegaron a administrar no solo territorios, sino además un séquito de hombres predispuestos para el apoyo económico y militar.
El objetivo de esta ponencia es dar cuenta de la articulación de la geopolítica ibérica en el norte de la península itálica, en relación con el embajador extraordinario Francisco de Melo y Castro, quien entre 1630 y 1635 cumplió funciones diplomáticas en la ciudad de Génova, periodo en el cuál reprodujo una red de información bastante dinámica con los miembros del Consejo de Estado de Felipe IV.
En la persona Francisco de Melo no solo emerge la temática de la política exterior de la Monarquía, sino también eclosiona la problemática de los nuevos vínculos socio económicos de los portugueses durante la Unión de las coronas Ibéricas[2]. Además de las relaciones entre los mayores acreedores privilegiados de crédito durante el reinado de los Habsburgos, los ya mencionados lusos, especialmente durante el periodo de Felipe IV, y los genoveses quienes desde el siglo XVI mantuvieron una presencia casi hegemónica en la Real Hacienda.
La permanencia de estos agentes y emisarios en la ciudad ligur fue constante desde el pacto naval, político y financiero entre el almirante Andrea Doria y Carlos V.
El denominado sistema hispano genovés se edificó en parte por las múltiples experiencias de intercambio, comercio y relación política entre las colonias genovesas en la península ibérica desde la Edad Media.
Algunas cuestiones fundamentales atraviesan la cuestión de la diplomacia en el Antiguo Régimen: En primer lugar, la diplomacia exigía la puesta en práctica de un discurso sobre la representación del poder del rey en el extranjero e, implícitamente, reflejaba su presencia en aquellas latitudes, reforzando la construcción, articulación y proyección universal de la Monarquía Hispánica. El séquito de emisarios, gobernadores y virreyes que –si bien cumplían, administraban y gestionaban de acuerdo con sus propios intereses– representaban en el imaginario cultural y político la figura del poder del rey y, transitivamente, operaban o ejercían sus facultades de acuerdo a sus designios[3].
En segundo orden, la actividad diplomática tenía un objetivo formativo de aprendizaje para las artes del gobierno, de la retórica política y aquellas prácticas idóneas para el ejercicio de la soberanía. El envío de los emisarios reales a embajadas claves culminó con el ascenso de sus facultades para gobernar. A medida que asumían mayor responsabilidad, sus privilegios y mercedes también aumentaban. De la mano del servicio llegaron incluso a convertirse en virreyes en diversas latitudes, tal fue el caso de Francisco de Melo y Castro.
En los últimos años, los historiadores como Paola Volpini, Diego Pizzorno han enfatizado en torno a la importancia del estudio de la diplomacia y de sus particulares características en el Antiguo Régimen. La configuración urbana de la península itálica en general y la emergencia de sistemas políticos de señorías difusas junto con un denominado poli centrismo urbano, reprodujo la intensidad de estos vínculos entre jurisdicciones diversas que a menudo competían en un mismo territorio. Estos emisarios se tornaban absolutamente necesarios en ámbitos aparentemente autónomos pero que se regían por una simbiosis polivalente, en términos de Katherin Isaacs[4].
La labor de Francisco de Melo, durante la elección del Doge en Génova (1633)
Los eventos que marcan la permanencia de Francisco de Melo y Castro en Génova se explican desde el quiebre de la pax hispánica y la reanudación de hostilidades entre las Monarquías de Francia y la Hispánica. El norte de Italia fue un espacio donde ambas entidades se afianzaban en torno a un discurso, arraigado en la teoría política de la época, de soberanía universal sobre sus territorios y su proyección sobre las regiones exteriores. Por otro lado, esto contrastaba con un creciente clima de “repúbliquismo” que emanaba desde los Países Bajos, y que empezó a influenciar a parte del patriciado de Génova, los principales colaboradores financieros de la corona de Felipe IV[5].
Como marca Rodolfo Savelli, el patriciado genovés cuya identidad variaba y fluctuaba a lo largo del tiempo entre aquellos más predispuesto al servicio a la corona hispánica, la vieja aristocracia que marcaba Edorardo Grendi, y otra nueva oligarquía que sostenían una mayor cercanía a otras entidades, mantenía un consenso en torno a las cuestiones de administración de poder. Esto no era carente de intentos de ruptura, pero en general los genoveses mostraron una continuidad en la administración de las magistraturas de la ciudad[6].
No obstante, el mayor expansionismo del ducado de Saboya con Manuel I, promovido por la Monarquía de Francia, fueron aspectos que tuvieron un impacto dentro del gobierno de Génova.
La presencia de Francisco de Melo en la embajada de Génova se explica por un creciente interés hispánico para velar por sus intereses en el norte de Italia. En primer lugar, el conflicto entre Génova y Turín marcaba la presencia de tropas en las fronteras, la conquista del feudo de Zucarello en 1624 potestad de los Doria del Carreto implicó una mayor atención y arbitrio por parte de Milán, gobernado por el Duque de Feria.
En segundo orden, la conspiración por parte de Giulio Cesare Vacchero en 1628, orquestado con la colaboración de Saboya, (un suceso propio de la fisonomía de los bandos urbanos italianos, como señaló Jean Boutier[7]) acrecentó la presión por parte de la Monarquía en los asuntos de Génova. El proceso judicial recogido por Raffaele Della Torre es uno de los mayores testimonios documentales que se conservan, contribuyó a la creación de la magistratura de Inquisitore dello Stato[8].
En tercer orden, en 1633 de Melo participó activamente como informante de uno de los eventos de elección del dogato de Génova entre, el último miembro de la familia Doria Lamba, Giovanni Stefano Doria cuyo poder político dentro de la península itálica era coherente con las inversiones que el magnate sostenía en la península ibérica.
Giovanni Stefano Doria, personificaba uno de los pilares del poder político dentro de Génova, era miembro de la antigua casta de la nobleza y pariente del almirante Andrea Doria, hijo y heredero del dux Nicolás Doria, (1580-1582) sobrino del dux Agostino Doria (1601-1603). Descendiente y miembro de una familia apodada los Brugges por sus vastos intereses económicos en Flandes, poseía antecedentes de negocios e inversiones en casi todos reinos de la península Ibérica, participante e inversor en los Medios Generales de 1608 y 1627, representado por la familia Salvago en los mismos. Senador, cónsul genovés en Savona y procurador del senado de la República en reiteradas ocasiones. Su representante en la corte real fue su sobrino, hijo de su hermana Livia Doria, Nicolás Salvago, asentista de esclavos y acreedor en la Real Hacienda. Carlo Salvago su otro sobrino era senador de la República y uno de sus hombres de confianza en la política Ligur, sería heredero de una parte de su fortuna tras su muerte en 1643. Poseía cuantiosas rentas proveniente por las inversiones de las salinas en Andalucía, con vínculos económicos y financieros con Tomás Mañara, fundador de una familia corza ilustre en Sevilla[9].
Los vínculos entre De Melo, Giovani Stefano Doria y el duque de Feria, Gómez IV de Figueroa gobernador en Milán eran frecuentes coherentes con el clima de la época en Génova. Estas relaciones, no estaban solo amparadas en la cercanía política, sino también en lo económico. Las inversiones de crédito genovés eran frecuentes en Milán y Nápoles, piedras angulares del poder Habsburgo en la península itálica
La importancia de Doria en el entramado de Génova impulsó a que Francisco de Melo señalase al Consejo de Estado que era el mejor candidato para el puesto de doge, conformando una verdadera red de información en la cual el portugués era el encargado de trasmitir todo lo que acontecía en la República de Génova. Es interesante observar alguno de los testimonios de los miembros del consejo que ciertamente enfatizaban estar interiorizados en la política interna de Génova:
El rival de Doria en la contienda política era Agostino Pallavecino, si bien provenía de una familia con grandes inversiones en los territorios ibéricos, no obstante, De Melo lo identificaba cómo cercano a los intereses franceses. Es aquí cuando los hombres de referencia del séquito real que habían ocupado funciones en Italia se pronunciaban en favor o en contra de las informaciones del embajador extraordinario. Si bien admitía que, de las dos facciones, la de Doria era la más cercana a la victoria, De Melo afirmaba que Agostino Pallavicino era una persona de “gran manía e ingenio para encaminar sus intentos”[10].
El cardenal Zapata y Cisneros que había ocupado el cargo de virrey en Nápoles de 1620 hasta 1625, era administrador del arzobispado de Toledo y miembro del Consejo de Estado, declaraba y advertía a De Melo que: “se guarde la institución de no hacer demostración en semejantes ocasiones, por no mostrarse afecto a Agustín Pallavesin”[11].
Exigir y aconsejar discreción en estos aspectos no era un hecho menor, sino que formaba parte del conjunto de fricciones y estrategias que convivían en el sistema hispano genovés y en la política exterior hispánica en general. La precaución y cautela, fundamentales en aquellos puestos de gestión de oficios y gubernativas, permitirían alternativas y posibilidades de negociación en el caso de que los destinos de la República fueran contrarios a los esperados. En Génova tanto los partidarios como los opositores a la política de la Monarquía Hispánica deberían negociar con las entidades políticas pues ambos bandos defendían, al menos públicamente, que los destinos de la Serenísima República eran independientes de las grandes monarquías y exigían que no se entrometieran en su “buen gobierno”. El duque de Alba, otro personaje importante en los ámbitos del poder real en Madrid agregaba en la misiva a De Melo conforme a la opinión del cardenal Zapata y Cisneros que “de secreto procure dar a entender a Juan Esteban Doria, que es el, el que más desea Vuestra Majestad que venga a ser Dux”[12].
El duque de Alba, otro personaje importante en los ámbitos del poder real en Madrid agregaba en la misiva a De Melo conforme a la opinión del cardenal Zapata y Cisneros que “de secreto procure dar a entender a Juan Esteban Doria, que es el, el que más desea Vuestra Majestad que venga a ser Dux”[13].
Así, en esta red obraba el secretismo; la autoridad diplomática no solo transmitía los designios oficiales, sino que también pactaba, conspiraba y tramaba según sus intereses políticos, económicos y geoestratégicos.
“No conforme añadía sin que esto se entienda en que se opone hacer malos oficios a Agustín Palavesin y que su excelencia Juan Esteban Doria sería muy a propósito para el servir a su Majestad porque siempre ha sido muy afecto del y en esto ayuda el parentesco que tiene con el Duque de Tursi”[14].
La cercanía familiar de Doria con el duque de Tursi, Carlo Doria del Carreto, promovía la cristalización de un frente unido y articulado en la política exterior entre Viena y el norte de la península itálica frente a las amenazas de los franceses. En dicha propuesta aparecía implícita la idea, o al menos la pretensión, de un mayor control territorial para hacer frente a los enemigos de la Monarquía. Dar a conocer a Giovanni Stefano Doria, que era el preferido del rey y sus ministros, para ocupar el puesto de dux tenía como objetivo obligar y condicionar a nuevos servicios y responder con fidelidad a la confianza del monarca.
Otro interesado en la política genovesa fue el duque de Albuquerque, quien insistía en guardar las instituciones y tener precaución pues si alguna demostración había que hacer. “le parece que no es apropósito para desacreditarle y ponerle en celos, que en esto Juan Esteban Doria no le tiene por mal afecto a esta corona por su naturaleza, si no es que le embaraze algo el haber estado siempre encontrado con el Príncipe Doria”[15]
De nuevo aparece aquí la idea de familiaridad y conocimiento fundamental como una garantía de lealtad y servicio a la corona. El marqués de Gelves, también entre los miembros del consejo de Estado, sugería además que: “En caso de algún accidente que juzgase de ser necesario para el servicio de su majestad el arbitrar algo, que no hubiere de dar quenta y se perdiese la ocasión pudiese usar de ello como más le conviene”[16].
Este consejo ponía de manifiesto el rol pactista, pragmático y privado que tenía muchas de las interacciones entre las partes, pues alentaba a aprovechar y utilizar cada uno de los aspectos que permitiesen interceder en favor de uno de los candidatos. El marqués de Gelves insistía en que: “pues los que están presentes con las materias en las manos se les ofrecen lanzes que es bien valerse de ellos y no dejarlos pasar”[17].
Un miembro fundamental del Consejo de Estado de importancia por ser pariente del conde-duque de Olivares, el marqués de Leganés, Diego Mexía de Guzmán y Dávila informaba que “debajo de la observancia de las ordenes que tiene se le responda, procure de obligar y hacer buenos oficios por el que entendiese es más del servicio de su Majestad”[18].
Mientras que el marqués de Mirabel, Antonio de Dávila y Zúñiga recomendaba al embajador que: “siendo Juan Esteban Doria tan aficionado al servicio de Su Majestad como dice Don Francisco de Melo, le procure tener muy confiado sin mostrar ningún sentimiento de no haberle visitado”[19].
La recomendación de no alterar ni levantar las suspicacias para no alimentar las posibles rivalidades políticas al interior de Génova se repetía en los testimonios.
Mientras que el duque de Villahermosa, Carlo de Borja y Aragón, presidente del consejo de Portugal avanzó un paso más, felicitó a Francisco de Melo y le instó “a que hizo bien en avisar lo que refiere en su carta y que conserve la amistad y confidencia con Juan Esteban Doria de manera que no le dañe para la elección”[20].
El embajador extraordinario se convirtió en un pivote fundamental en lo referente a los designios políticos, económicos y bélicos de la Monarquía Hispánica y aquellos hombres ilustres miembros del consejo de Estado, articulados en función de mantener, asegurar y condicionar el servicio de los agentes de crédito de la República de Génova.
No todos los miembros del consejo de Estado sostuvieron que apoyar deliberadamente a un candidato fuese una buena opción: el conde de Castrillo, el marqués de Leganés y el conde de Puebla sostenían que era imprescindible mantener la discreción en torno a los asuntos políticos de la República de Génova. Mientras que el duque de Alba, el duque de Albuquerque, y el cardenal Zapata (en menor medida) sostenían que era necesario hacer saber de las intenciones de la corona respecto a la elección de dux y asegurar la lealtad y compromiso de Giovanni Stefano Doria. Se podría decir que la parte del consejo de Estado más cercana al conde duque de Olivares, sus parientes y cuñado indirectamente, tenían una estrategia más cuidadosa respecto a la política ligur que los demás nobles y miembros de peso en la política hispánica,
La posesión de la máxima magistratura de Génova no implicaba que no existieran otros actores igualmente poderosos que desde su lugar influían en la política local y apoyaran tanto a la Monarquía Hispánica, la francesa o que incluso se identificaran con los Países Bajos, cuyos integrantes un tiempo después se conocerían como “filoneerlandesi”. Pero en ciertos momentos cruciales – después de pasar por la invasión de Saboya con los franceses, un intento de conspiración interna por parte de algunos miembros del patriciado, la movilización diplomática y la firma de la paz con Francia y Saboya – mantener a un hombre de confianza como dux daba a los emisarios de Felipe IV cierta seguridad de contar con una barrera institucional contra los enemigos del imperio. Por otro lado, la lucha faccional giraba en torno a la inclinación política de determinados magistrados que no coincidían con el resto de los cargos, pues las elecciones dependían del equilibrio de fuerzas al interior de la ciudad y no tanto por los intereses externos. La cuestión del dux de Génova se resolvió a último momento, a pocas horas de la elección. Según Francisco de Melo se supo que Giovanni Stefano Doria sería electo cuando gran parte de la nobleza acudió a la casa de Doria la noche anterior. En otra carta, esta vez dirigida al rey, el embajador aclaraba que:
Juan Esteban Doria tiene hoy la mejor parte, pero ha llegado la República a estado que para conservarlo le pareció necesario no visitar a la embajada de Vuestra Majestad ni yo entrar a su casa quando toda la nobleza le visitó y acudió a ella[21]
Lo que verdaderamente refleja la naturaleza del vínculo entre los emisarios reales con los patricios genoveses y del sistema hispano genovés en la década de 1630, es la siguiente afirmación:
[…] quando el regente Villani al pasar le pidió dineros prestados para el servicio de Vuestra Magestad, la primera respuesta fue que no lo supiese nadie que servia con ellos y hasta el duque de Tursi su más estrecho pariente y confidente y amigo lo encubrió siendo cierto que asi servia más a su Magestad porque si lo eligieron será de provecho[22]
El secretismo y pacto entre uno de los agentes de Francisco de Melo para pedir una suma de dinero sin institucionalizar un asiento, socorro o empréstito pone de manifiesto la variedad del servicio financiero a la Monarquía Hispánica, así como el contacto personal entre la nobleza de Génova y su rol como acreedores privilegiados con los emisarios reales. Sin embargo, la política genovesa recorría otros carriles visibles: “Manda al embajador que Su Magestad no se entrometa en el gobierno politico de la Republica”.[23]
Tanto Doria como sus aliados debían mantener las formas para proceder hacia dentro de Génova, de forma independiente de cuanto estuvieran ligados sus patrimonios personales a la Monarquía Hispánica.
En este sentido, la relación entre la República de Génova y la Monarquía Hispánica pasaba por múltiples instancias de interlocución no solo política, sino también económica y estas esferas no necesariamente coincidían y estaban alineadas. Las posturas políticas podían coincidir con una pretensión de mayor independencia de Génova, siendo los protagonistas y actores políticos frecuentes inversores en las arcas de la Monarquía Hispánica. La trama política muchas veces operaba a la inversa de los negocios de los magnates genoveses en la península ibérica, pero el reclamo de rentas y operaciones continuaban.
Un gran ejemplo lo constituyen los Medios Generales, donde se rompieron lazos con algunos inversores mientras se renegociaba con otros. Dicha conducta es coherente con la estrategia de la Monarquía de multiplicar a los usuarios de crédito. A otros incluso se los persiguió como a Octavio Centurión para luego renegociar los acuerdos que se habían firmado. Durante 1612, se firmaron los asientos de millones que contribuyeron a una gran fuente de liquidez para la Monarquía.
El rol de Francisco de Melo al servicio de la Monarquía Hispánica lo promovió a la diplomática en la cuestión de Flandes, gobernador en Milán en 1636, virrey de Sicilia en 1638, por último, gobernador de los Países Bajos entre 1641 y 1644 y capitán general de los tercios en Flandes.
En sus labores diplomáticas el embajador portaba consigo un pequeño tesoro que en el cual recibía donativos y contribuciones para las diferentes campañas militares. La presencia de un embajador extraordinario interpelaba directamente a aquellos miembros de los patriciados locales y elites urbanas que se mostraban interesados en servir a la monarquía y proyectar sus intereses a la corte. Por ende, en la negociación Francisco de Melo operaba con autoridad propia, asegurando sus propios intereses y, al unisonó, representaba la palabra del rey.
La carrera de Francisco de Melo, y su rol a la hora de la rebelión de los Braganza y la independencia de Portugal es objeto de discusión. Si bien fue visitado e intentado de captar por sus propios familiares para restaurar la corona de Portugal, se desenvolvió con prudencia e intentó no despertar suspicacias dentro del Consejo de Estado. En última instancia manteniéndose leal a Felipe IV, aunque no se liberó de los comentarios de sus rivales políticos.
Dos años más tarde en 1643, su campaña militar en Chatelet donde venció y Rocroi marcó lo que sería su derrota. El regreso a la corte estuvo signado, por la discreción, aunque conservó parte de su patrimonio en Madrid donde falleció en 1651.
La embajada extraordinaria en Génova, en tiempos de Pietro Colonna
Los cambios políticos operados tras la caída del conde duque de Olivares, no alteraron las tensiones en la península itálica proceso que culminó en la revuelta de Nápoles en 1649. En varias oportunidades los agentes genoveses intercedieron en favor de la Monarquía, para los secuestros de los tesoros en Italia en 1653.
La muerte de Gio Stefano Doria en 1643 produjo un pleito entre sus sobrinos al no dejar descendencia directa.
Los cambios de orientación en el gobierno de Génova durante la segunda mitad del XVII, optaron generalmente, en mantener la neutralidad en lo referente a un apoyo deliberado a la Monarquía Hispánica. En el serenísimo senado de Génova, los nombres tradicionales del patriciado se mantenían compartiendo y compitiendo con que renovaron las diferentes magistraturas.
Es aquí cuando Diego de Laura también encargado de informar al Consejo de Estado los designios de Génova, en particular informar de los destinos de quienes había sido adeptos al servicio de la corona:
Carlos Salvago, sobrino materno de Gio Stefano Doria mantuvo un rol particularmente dinámico a la hora de asegurar sus rentas por sus negocios en los territorios de la Monarquía Hispánica. Los Salvago fueron los interlocutores de los Doria Lamba en el siglo XVII, a la hora de recaudar aquellas sumas invertidas en los Medios Generales y en sus múltiples canales de comercio. Esto llevó a Nicolás Salvago (hermano de Carlos y sobrino de Doria), a obtener un asiento parcial de esclavos a Buenos Aires por negociados con el infante don Fernando de Austria.
Carlos Salvago ante la muerte natural de sus parientes sería el encargado de recibir y acumular las sumas que la monarquía les adeudaba sobre todo durante la década de 1650, cuando la idea de enviar otro cargamento de esclavos a Buenos Aires quedó desestimada. Es así como la sucesión de estas sumas, promovieron un sofisticado sistema de poderes notariales para que Domménico Grillo, hijo de María Salvago, reciba las sumas:
En el nombre del señor digo yo Carlo Salvago hijo de Arrigo Salvago patricio genovés, como deputado del Serenisimo Senado desta Serenisima Republica por los bienes y herencia del señor Nicolás Salvago, mi hermano, difunto fuera de derecho… doy y otorgo todo mi poder cumplido libre al señor Domingo Grillo, residente en la corte de su majestad en la ciudad de Madrid, para poder demandar, recibir y cobrar los bienes heredados del señor Nicolás Salvago por medio de qualquier banca o despacho todas las sumas y cantidades, en la moneda correspondiente[24]
Domingo Grillo fue quien asumiría el protagonismo de una nueva generación de agentes genoveses en las arcas de la Monarquía Hispánica y el encargado de negociar un asiento esclavista a gran escala 1662, lo que marca el efecto de reciclaje, sofisticación y renegociación de antiguas rentas en nuevos servicios.
Entre otro de los informes de Colona, Pietro Colona informaba de la entrada en el colegio de senadores de Génova de Carlo Salvago, y otros patricios genoveses. Posteriormente en 1659, se informaba del entierro del fallecimiento y entierro de Carlo Salvago, siempre adepto al servicio a Su Majestad, participante de los secuestros de plata en la península itálica.
Consideraciones finales
La articulación del sistema hispano genovés y el desarrollo de los agentes de crédito de la República de Génova en la Monarquía Hispánica tuvieron múltiples aristas bélicas, políticas, sociales y culturales aparte del evidente peso económico de los banqueros genoveses. El interés de las monarquías y sus agentes en el devenir político de la ciudad ligur es uno de ellos, como comprueba la conformación de cuerpos de emisarios diplomáticos y entes de información durante el desarrollo de la asociación. Este artículo se ha enfocado propiamente en el funcionamiento y en la articulación de la diplomacia durante 1620 y 1635, época que coincide con un periodo de turbulencia que no se tradujo en rupturas entre la Monarquía Hispánica y sus territorios en la península itálica
El vínculo de Génova con la Monarquía Hispánica trascendía la identidad política de quien ocupara las máximas magistraturas, los cargos y oficios, incluso Agostino Pallavicino, rival de Doria, pocos años después fue elegido dux, cambiando de eje, pero sin romper las relaciones con la política hispánica. Tampoco variaba o se alteraba la dinámica económica de los hombres de negocios genoveses al servicio de la Real Hacienda. Sin embargo, en determinados momentos de turbulencia, promovidos por los eventos como la presión de Saboya y de la Monarquía de Francia y, acentuadas por la política ligur, la presencia de un hombre afecto al servicio, con antecedentes y caudal financiero propio era mejor que un candidato reticente a la política hispanista. Francisco de Melo fue un pivote fundamental para la comprensión de los humores políticos y su vinculación con las elites locales que aspiraban a los cargos.
En consecuencia, el servicio de aquellas familias patricias que habían invertido mayor fortuna en los reinos de la Monarquía Hispánica continuaba, aunque no sin tensiones. La perdurabilidad de los negocios estaba condicionada no solo por la política sino también cuestiones de herencia, factores financieros y la suerte de sus familiares.
La continuidad de los Doria estuvo sujeta a la mancomunión patrimonial producto de enlaces matrimoniales con los Salvago, la de estos con los Grillo, manteniendo así el dinamismo y negocios de dos generaciones diferentes de genoveses al servicio de la corona.
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- AGS, Consejo de Estado leg.3592, Acta del Consejo de Estado 15 de mayo 1933↵
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