El Hospital de Gracia de Zaragoza y la atención a los dementes en el Antiguo Régimen
Encarna Jarque Martínez[2]
Introducción
Se sostiene que fue en el siglo XIX cuando se produjo el nacimiento de la ciencia psiquiátrica en Europa, con la apuesta por centros específicos de tratamiento y por las terapias ocupacional y psicológica. Es a profesionales liderados por Ph. Pinel (1754-1826) a quienes se reconoce este avance sanitario. Lo que no es tan conocido es que, en los hospitales hispanos, como el de Gracia de Zaragoza (España), se venía tratando la locura y aplicando métodos muy próximos a los propugnados por Pinel desde hacía mucho tiempo. Este trabajo pretende contribuir al conocimiento de la aportación española a la ciencia sanitaria europea, haciendo uso de los informes solicitados desde Francia al Hospital de Gracia de Zaragoza sobre el tratamiento de dementes.
La polémica sobre la ciencia española (s. XVI y XVII)
La existencia de ciencia en la temprana Edad Moderna hispana es uno de los temas que no termina de culminarse satisfactoriamente. Además de ser un lugar común, justificado por la intransigencia inquisitorial y la leyenda negra, todavía hay reconocidos historiadores que siguen manteniendo que España no participó en la revolución científica europea y que sólo a fin del XVIII superaría su atraso secular. Desde los años 60 del S.XX, López Piñero, en su conocida obra Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII (1979), y los historiadores valencianos de la ciencia vienen luchando contra esta idea. Uno de estos trabajos es el de V. Navarro Brotons y W. Eamon, con el título Más allá de la Leyenda Negra. España y la Revolución Científica (2007)[3].
Según estos autores, los llamados novatores no solo conectaron con la ciencia europea sino también con la del Renacimiento español, donde descubrieron que muchas de las cuestiones novedosas venidas de fuera se habían fraguado en nuestro país. El científico Seijas Lobera (1688), refiriéndose a cuestiones navales, lo explica así: “Hemos llegado a depender del extranjero en materias que habían aprendido de nosotros…”[4].
Algo similar sucedió con otras materias como la asistencia hospitalaria, de gran tradición bajomedieval y renacentista en España. Durante el siglo XV el territorio peninsular conoció la construcción de hospitales, auspiciados por la monarquía y sostenidos por las grandes ciudades del momento, donde se atendía a multiplicidad de enfermos, incluidos los mentales. Son famosos, entre otros, el pionero de Valencia, nacido en 1409 para la atención de dementes, los de Barcelona, Sevilla, Toledo, Valladolid, Granada o Zaragoza, con departamentos para estos enfermos[5]. Estos centros o departamentos para dementes, que salían adelante gracias a los ayuntamientos y a la caridad de los vecinos, fueron a lo largo de los siglos XV al XIX modelos difíciles de encontrar en otros lugares. No tenían parangón en la Europa del momento. En el siglo XIX, sin embargo, languidecían y eran denigrados desde el extranjero, donde comenzaron a construirse centros más modernos[6]. No obstante, los hallazgos logrados fueron fundamentales y formaron parte del bagaje de los médicos de mayor prestigio de Europa. Me centraré en el hospital de Zaragoza.
El Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza
Uno de los hospitales de mayor prestigio fue el de Gracia de Zaragoza. Fue fundado en 1425 como hospital general, con una inmensidad de cometidos –enfermos comunes, tiñosos, dementes, gestión de expósitos, atención a parturientas–. A ello se añadía la universalidad de su acogida, pues a él acudían gentes de toda procedencia. Se trataba de un gran recinto, que procuraba la atención de esta multiplicidad de enfermos[7].
Este hospital participó del movimiento novator hispano del último tercio del siglo XVII, pero en él acontecieron asuntos de interés con anterioridad. Merece ser citado Juan Tomás Porcell, quien efectuó autopsias sistemáticas de apestados con motivo de la epidemia zaragozana de 1564, cuyos resultados recogió en su Información y curación de la peste de Zaragoza y preservación contra la peste en general, publicado en Zaragoza en 1565[8].
El prestigio del hospital estuvo ligado al tratamiento de los dementes. Con una trayectoria ascendente a lo largo del XVIII, el ejemplo del Hospital de Gracia llegó hasta Philippe Pinel, protagonista del avance de la psiquiatría europea, quien probablemente se inspiró en él para el manicomio que organizó en el hospital de Bicêtre (Paris) en 1792. En sus escritos citó el ejemplo zaragozano, en especial la apuesta por el trabajo como medio de recuperación de los enfermos:
Pero todavía tenemos que envidiar a una nación vecina, un establecimiento que… es superior a todos los de Inglaterra y Alemania. En efecto, la España tiene abierto en Zaragoza un asilo para todos los enfermos y especialmente para los locos de todos los países, de todos los gobiernos y de todos los cultos… El trabajo mecánico no ha sido el solo objeto de la atención de sus fundadores, sino que han buscado además una especie de contrapeso a los extravíos del alma en el deleite que inspira el cultivar los campos…Desde por la mañana, unos desempeñan los oficios serviles de la casa, otros van a sus respectivos talleres y el mayor número…se distribuyen alegres por varias partes de un vasto recinto anexo al hospital, …cultivando el trigo, las legumbres…, volviendo a encontrar después por la noche en su asilo solitario el reposo y un sueño tranquilo. La experiencia más constante ha enseñado en este hospital que estos son los más seguros y eficaces medios para curar un loco…[9].
Se desconoce si Pinel visitó este hospital. Con anterioridad, el Comité de Mendicidad de París solicitó un Informe sobre el hospital zaragozano. Este informe recogía el tratamiento de los dementes y fue publicado en La médecine éclairée (1791), lo que llevó al dr. Espinosa Iborra a mantener la clara influencia de la psiquiatría española de la Ilustración, y en concreto del Hospital de Gracia, en la obra de Pinel[10].
Así pues, parece claro el conocimiento del hospital zaragozano por parte de la recién inaugurada psiquiatría francesa y el reconocimiento de sus prácticas. En este sentido, los informes solicitados desde Francia al Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza en 1828 y 1836 abundan en esta cuestión.
Los informes solicitados desde Francia
El 3 de junio de 1828 el secretario de estado español trasladaba a los responsables del Hospital de Gracia una petición de la embajada de Francia en relación con los dementes. El texto contenía un largo cuestionario, de clara inspiración ilustrada, que indicaba la alta consideración que se tenía del centro zaragozano[11].
Un primer bloque de preguntas se refería a si existía un marco legal que respaldara la recogida y el tratamiento de estos enfermos. Se preguntaba por la legalidad del encierro de los dementes. Esta pregunta global se desglosaba en dos, la legalidad del encierro en beneficio de la sociedad y la legalidad del encierro en beneficio de los dementes y de sus familias. Atendiendo al beneficio de la sociedad, insistían: “¿tiene la autoridad el derecho y la obligación de exigir de oficio la admisión de los dementes en dichos hospitales?”. Y en este sentido, preguntaban sobre a quiénes estaba otorgado dicho derecho y, en caso de ejercerlo, a qué autoridad superior debían dar cuenta de sus providencias, para evitar detenciones arbitrarias. Preguntaban también si de cara al tratamiento de estos enfermos se tenían en cuenta los diferentes estados de demencia (furor, raptos o simple imbecilidad). Atendiendo al beneficio de los propios dementes y de sus familias, los responsables franceses preguntaban si los enfermos podían ser internados directamente o debían contar con la autoridad y si existía vigilancia, a fin de evitar posibles abusos. Se detenían después, en la custodia y administración de los bienes del ingresado: cómo se le declaraba incapaz para gestionarlos, a quién pertenecía su administración o si se había previsto algún magistrado encargado de ello. Un segundo bloque se refería a los establecimientos hospitalarios: cuáles eran los centros para estos enfermos, cómo se sostenían económicamente y qué sucedía con los pobres acogidos. En cuanto a sus regidores se preguntaba sobre sus obligaciones con la autoridad y con las familias, y el modo cómo se les procuraban noticias sobre el estado de sus parientes enfermos. El documento terminaba solicitando información detallada sobre el modo que se observaba con los dementes: régimen físico y moral para su curación, sistemas puestos en marcha por los facultativos y organización y gastos del hospital destinados a los enfermos. Finalmente pedía datos sobre médicos y cuentas de administración. En suma, un documento que tocaba múltiples aspectos sobre los dementes, algunos delicados como los relativos al encierro, su legalidad y los posibles abusos.
La contestación de los regidores del Hospital de Gracia es de gran importancia. Con toda generosidad, máxime con lo sucedido en Zaragoza en 1808, respondieron a las diferentes cuestiones. Sobre la legalidad del encierro de los dementes, la respuesta era clara: en beneficio de la sociedad, la autoridad –civil, eclesiástica o militar– tiene el derecho y la obligación de llevar a estos enfermos a los hospitales o de obligar a sus parientes a que lo hagan, según la gravedad de la demencia: claramente cuando padezcan furor, no en el caso de imbecilidad, manejable en casa o en hospicios y casas de misericordia. En todo caso, la autoridad había de contar con el informe de facultativos experimentados, castigando cualquier intento fraudulento de parientes. En beneficio de los enfermos, las familias también podían llevarlos al hospital sin necesidad de dar conocimiento a los tribunales, pero ateniéndose al preceptivo informe médico. En definitiva, prescripción médica y control de la autoridad eran precisos para proceder al encierro de estos enfermos. Un interesante párrafo se detenía en la administración de los bienes de los dementes. Aunque mayores de 25 años, eran considerados menores de edad y según las leyes había de nombrárseles un curador o administrador. Los elegidos eran los parientes más próximos: el padre si el enfermo era mayor de edad o la madre y abuela si era menor. Faltando estos, los siguientes más próximos. Si no los hubiera, el juez nombraría un curador dativo, removible por mala gestión y que debería dar fianzas y ofrecer cuentas al final de su curaduría. Todo ello exigía la declaración de demencia por un facultativo.
El informe contestaba al modo de admisión en el hospital y en la supervisión seguida con estos enfermos. Para entrar, todo enfermo debía presentar un certificado médico que acreditara su locura –tipología, tiempo que la padecía y posibles causas–. Pasaba después un periodo de observación, tras el cual se decidía por los médicos del hospital su ingreso en el distrito reservado a los dementes, separados por sexos y a cargo de los padres y madres de locos respectivos. Una vez en el distrito se les colocaba según su estado: furiosos, en las gavias (cuartos incomunicados); incapaces de asearse, en el saco (en patios, vestidos con un sayo de lienzo, y paja en el suelo para dormir) y más serenos en cuartos con sus camas y ropa precisa. Se les daba una ropa (librea) de paño verde y marrón, que les distinguía en la ciudad, adonde acudían a procesiones, aniversarios y entierros, para lograr limosnas.
Según criterio médico, se les ofrecía la posibilidad de trabajar, bien en los edificios a construir tras la guerra, en los campos o en las faenas domésticas del hospital. La experiencia avalaba este tratamiento, que restablecía a los enfermos que lo practicaban. El aire libre, el sol y la luz, además de la conversación, la distracción y el cansancio eran ponderados como claros alivios de sus manías. El informe entendía ineficaces las sangrías, que practicaba excepcionalmente; baños dulces y refrescos para la estación canicular y calmantes en caso de necesidad completaban el tratamiento. Concluían en la multiplicidad de la demencia, fácil de percibir, pero difícil de curar.
Entrando en la parte económica, el informe explicaba que el hospital era general, entregado a toda la humanidad enferma, con un distrito reservado a los dementes, que se beneficiaba de los mismos médicos y personal que el resto de enfermos, lo cual influía de forma beneficiosa en la economía hospitalaria. Los pobres no pagaban por su asistencia, pero debían aportar certificado de su pobreza[12].
No fue la única petición recibida por el hospital. En 1836 el Prefecto de los Bajos Pirineos solicitó que le enviaran copia de las Ordinaciones que regían la administración y tratamiento de los enfermos mentales del centro. En el nuevo informe elaborado, los responsables del hospital, repetían el contenido del anterior. Añadían algunas cuestiones relativas a las enfermedades comunes de los dementes, que se trataban en las salas junto al resto de enfermos. En cuanto a los recuperados: se avisaba a los parientes para que los recogieran o se les enviaba a sus localidades de “justicia en justicia”. Muchos se quedaban en el hospital y allí morían y se les enterraba[13].
El desastre del siglo XIX
Sin embargo, en las fechas de estos informes el Hospital de Gracia no pasaba por sus mejores momentos y los responsables lo hacen notar[14]. Se refieren a la destrucción total del edificio en 1808 y a la mala situación en esos momentos. Habían refugiado a los enfermos en el hospital de Convalecientes, imposible para tanto enfermo. Confiaban en la construcción de dos pabellones para dementes que aliviaran la situación. Pero, construidos en 1829, adolecían de muchos problemas, siendo la falta de espacio el principal. La separación entre los enfermos era complicada y los patios para tomar el aire y el sol no eran suficientes[15]. En los escritos de quienes visitaban el lugar, lo peor era la impresión que causaban los cuartos donde encerraban a los furiosos, las gavias[16].
Eran graves los problemas económicos. La desamortización de los bienes de hospitales, hospicios y casas de misericordia en 1798, hizo que el Hospital perdiera muchos de los bienes que le permitían afrontar sus obligaciones. En relación con los dementes, esta desamortización afectó a la terapia tradicional, pues complicó sus salidas al campo. De las más de 600 fincas que poseía el hospital poco quedaba en el XIX. Según una relación de cuentas de 1833, restaban 24 casas que alquilaba y algunos predios rústicos que arrendaba o cultivaba para sí. La parte que debía aportar la Real Hacienda no se había satisfecho desde 1808[17]. A estos problemas se añadían los cambios administrativos que nada solucionaban. El hospital pasó de ser general, a provincial, dependiente primero de una Junta municipal (1822) y posteriormente, según la Ley de Beneficencia de 1849, de una Junta de beneficencia dependiente del gobierno de la nación, aunque con los gastos a cargo de fondos provinciales[18]. La situación del hospital sin duda no era nada buena.
Perseverantes en la tradición de asistencia hospitalaria
La respuesta del Hospital de Gracia a las peticiones francesas, tenían más que ver con el pasado que con el presente. Respondieron con la tradición. Y así seguirían, actuando con denuedo. Persistieron en el recuento estadístico de enfermos, diferenciando siempre hombres y mujeres, entradas, estancias, salidas y curaciones. Desde 1829 y hasta final de siglo existen estadísticas abundantes de estos enfermos. La gestión administrativa siguió funcionando a pesar de todos los problemas. Por lo que hace al número y procedencia, después de la debacle de 1808, la atención a dementes volvió a crecer, según los niveles previos a la guerra, con cifras que rondaban los 200 a 300 ingresados. Así, en 1838 el número de entradas fue de 98, de existencias a 31 de diciembre de 198 enfermos, pero el número de atendidos a lo largo del año fue de 70.250 estancias. En 1848 fueron 250 los enfermos existentes, la mayor parte pobres (101 hombres y 117 mujeres). En 1883: entradas totales 565, de los que 331 eran hombres y 234 mujeres[19]. Sobre la procedencia, siguieron llegando de Zaragoza y de otras provincias, sobre todo pobres. En el estadillo de 1848, de los 255 enfermos mentales, se contaban 108 de otras provincias (Córdoba, Zamora, Valladolid, Toledo, Vizcaya, Coruña…) en los que se anota “son los dementes pobres de fuera de Zaragoza”. En el del año 1883-84, de los 565 enfermos totales, había 289 procedentes de otras provincias[20]. El Hospital de Gracia seguía teniendo su atractivo, a pesar de la fundación de hospitales más avanzados, caso del de San Baudilio de Llobregat o de Nueva Belén en Barcelona. Las salidas al campo se vieron limitadas por la pérdida de tierras, pero se siguieron efectuando. En 1849, se refieren a 28 enfermos, de los cuales 21 salían a trabajar y 7 no lo hacían por no advertir mejoría en su demencia. En 5 casos se anota el riesgo de fuga o embriaguez[21]. Los trabajos en tareas del hospital sustituyeron al campo. Un documento de 1829, alecciona sobre cuatro reglas de terapia moral para su tratamiento: la paciencia en el trato, la conversación en la lucidez, la vigilancia constante del enfermo encerrado y la protección frente al frío[22]. Quizá alertaba sobre el trato deficiente de los padres y madres, sus responsables directos, que irán perdiendo protagonismo. A mediados de siglo se nombrará un médico específico para ellos[23]. El broche a esta superación sistemática de dificultades fue el proyecto de construcción de la Granja de Ntra. Sra. del Pilar (1878), hospital para enfermos mentales según presupuestos modernos, al que denominarían con ese sugestivo nombre.
Conclusiones
La ciencia española en muchos terrenos, pero desde luego en el asistencial a dementes, participó en el progreso científico moderno. El Hospital de Gracia es una prueba. Los informes solicitados desde Francia en 1828 y 1836, sobre la asistencia a estos enfermos, manifiestan el prestigio en el tratamiento de la enfermedad mental alcanzado en Europa por este hospital, del que en especial se valoraba la terapia ocupacional y psicológica, muy apreciada en los nuevos centros decimonónicos europeos. Su tradición asistencial nacida en el XV y crecida en la modernidad, se interrumpió en el XIX. La Guerra de la Independencia y la crisis económica y política del XIX le impidieron seguir progresando en esta positiva evolución asistencial. Las medidas tomadas en el último tercio del XIX conectaban con la mejor tradición asistencial a los enfermos mentales, que el Hospital de Gracia de Zaragoza había desarrollado durante el Antiguo Régimen.
- Este trabajo es parte del proyecto I+D+i / Familia, dependencia y ciclo vital en España, 1700-1860, [PID2020-119980GB-I00] financiado por MCIN/AEI/10.13039/501100011033.↵
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