Marcela Patricia Pitencel[1] y Diego Alejandro Reinante[2]
Introducción
Relacionado con anteriores investigaciones: Crisis y legalidad en el mundo grecorromano: amnistía y represión y Vigilar y castigar en el mundo grecorromano[3] trataremos en el presente trabajo la muerte de Sócrates, transcurrida en una situación de crisis política después del fin de la guerra del Peloponeso y el inicio del fin de la ciudad estado como marco de la vida política. Lo que nos ocupa en esta nueva ponencia es un hecho particular cargado de significación política. Analizaremos el abordaje de este acontecimiento a partir de la narrativa de dos discípulos del filósofo: Platón y Jenofonte y por otra parte el tratamiento de este relato en la Modernidad durante el Neoclasicismo y los albores de la Revolución Francesa.
La historiadora británica Mary Beard en su libro nos plantea que “… lo que vemos es tan importante para nuestra comprensión de la civilización como lo que leemos y oímos”[4]. Es así que en nuestro trabajo nos proponemos analizar la relación entre la construcción de la memoria histórica a través del relato de Platón y Jenofonte, reutilizando el concepto de “emprendedores de la memoria”[5] y por otra parte, a partir de los relatos de la Antigüedad, el otro concepto es el de los “agentes de la memoria”, que en nuestro caso, son los pintores de la Modernidad. Uno de ellos es el francés Jacques Louis David quien para su obra elige la muerte de Sócrates como tema logrando la interacción de elementos históricos, personales, filosóficos, políticos y estéticos, abandonando elementos propios de la frivolidad de la vida hedonista de monarcas y nobles del Rococó para adentrarse en un arte más austero y severo de acuerdo a los nuevos ideales de la época. Por lo tanto, la influencia del mundo antiguo no es algo que haya permanecido convenientemente inmovilizado en el pasado remoto, este es reeditado por el pintor del siglo XVIII en la antesala del proceso revolucionario francés. Nuestra investigación se guía por las siguientes preguntas: ¿qué conservó David del relato histórico-filosófico?, ¿qué transmitió? Y ¿por qué?
En torno a la muerte de Sócrates
Centramos nuestra mirada en un caso específico, el juicio y la pena capital aplicada a Sócrates en el año 399 a.C. En el marco de la democracia restaurada, y a posteriori de los golpes oligárquicos emprendidos por facciones políticas antidemocráticas (411 y 404 a.C.), el filósofo es acusado de “asebeia” (impiedad) y de corromper a los jóvenes. Tras el juicio realizado por el Tribunal de los Heliastas, Sócrates fue condenado a muerte por parte de las propias instituciones de la democracia. Este suceso histórico fue documentado por diversos testimonios, en especial por los relatos del filósofo Platón[6] y el historiador Jenofonte[7]. Nuestros emprendedores en la construcción de la memoria realizan obras apologéticas en la que nos presentan el proceso judicial de Sócrates y su muerte, permitiéndonos reconstruir la función disciplinadora de la polis democrática. La construcción de la memoria es central en un proceso de consolidación de la identidad de una comunidad cívica.
La Apología de Platón es una fuente contemporánea al suceso ya que fue escrita probablemente una década después del juicio, es el reporte de un testigo ocular, pues Platón alega haber asistido al juicio de Sócrates y haber estado entre los que ofrecieron pagar una fianza por él. La obra de Jenofonte es escrita mucho tiempo después utilizando los relatos de discípulos del maestro, teniendo esta apología un gran valor dado que recoge y presenta de forma pormenorizada los cargos presentados contra Sócrates seguidos –no por el discurso de Sócrates– sino por la refutación de dichos cargos hecha por el propio Jenofonte, quien alega que estos eran absurdos e injustificados[8]. En cambio, el Fedón de Platón es escrito en la etapa de la madurez del filósofo, es en ella en la cual se desarrolla una concepción metafísica idealista del universo y del destino humano y es la figura del maestro Sócrates como portavoz del pensamiento y tesis de Platón
Las obras consideradas, más allá de la alabanza a Sócrates por parte de sus discípulos y la crítica a la democracia ateniense, ponen de relieve la preponderancia de las leyes y sus procedimientos, por sobre los intereses de las diversas facciones. Sócrates dice “… debo obedecer a la ley y hacer mi defensa”, mostrándonos un individuo que, si bien indudablemente cuestionaba los fundamentos de este sistema, por otro lado, se encuentra apegado a las leyes, respetando todas las normas del proceso judicial[9]. Esto pone en evidencia el éxito del disciplinamiento de la polis, dado que Sócrates acató la decisión de la asamblea, incluso negándose a huir luego de ser sentenciado a la muerte. La supremacía de la obediencia a las leyes por sobre otros principios debe entenderse en el marco de la transformación política propia de finales del siglo V a.C. Como plantea Sancho Rocher[10] el respeto a la ley se convirtió en la seña de identidad del régimen democrático a diferencia de su antítesis, la oligarquía. Los atenienses quisieron clarificar su estado legal a fines del siglo V y, coincidiendo con la restauración de la democracia en el 403, concluyeron la recopilación y publicación de las leyes de la ciudad en la “Stoa Basilike”.
A Sócrates le fue imputado el cargo de “asebeia”, lo cual no descarta que también lo hayan acusado de cometer ofensas políticas. Hansen[11] plantea que el juicio de Sócrates nos enfrenta a una de las diferencias fundamentales entre la administración de la justicia antigua y moderna. En la sociedad moderna, cuando un hombre es llevado a juicio puede ser acusado de cometer diferentes ofensas en diferentes momentos y actos, y estos cargos serán discutidos en un mismo juicio. Los atenienses tenían múltiples tipos de acciones y había como mínimo un procedimiento por cada ofensa, a veces más de uno, un ateniense a quien se le imputa el cargo de impiedad, sólo podía ser juzgado por impiedad; esto, sin embargo, no les impedía a los acusadores mencionarles a los jueces todos los otros crímenes de los que el acusado era considerado culpable. En todas las intervenciones preservadas de los acusadores atenienses, a los defendidos se les acusa de muchas más ofensas de las que son imputadas en un juicio específico.
En la Apología de Platón, Sócrates dice que Anito habla en defensa de los líderes políticos y los artesanos mientras que Licón representa a los oradores, y Meleto, a los poetas, lo que nos permite inferir que los acusadores le imputaron cargos políticos a Sócrates, específicamente Ánito[12]. Jenofonte nos dice que Sócrates tenía “synegoroi”, defensores que se dirigen a los jurados después de que Sócrates terminaba su discurso. Esto nos ofrece una explicación sobre el silencio en las apologías de Platón y Jenofonte frente a los cargos políticos a Sócrates. En su discurso, Sócrates se refirió a las acusaciones hechas por Meleto y le dejó a sus “synegoroi” la refutación de los cargos presentados por Ánito y Licón[13]. Las acusaciones realizadas a Sócrates, y como veremos a continuación, la sentencia y forma de ejecución, no pueden dejar de ser analizadas en el marco de un contexto político en el que la continuidad del propio sistema democrático estuvo en entredicho.
Junto a la muerte violenta, cruel, despiadada, como la ocasionada por la lapidación y la precipitación, apareció en Atenas una nueva forma de ejecución: el envenenamiento. La muerte por envenenamiento, o “muerte fría”, nombre que adquirió este tipo de pena que ocasiona el enfriamiento y parálisis del cuerpo del individuo, adquiere más preponderancia en el Estado a partir de la utilización que realizó de ella el gobierno de los Treinta Tiranos (404 a.C.). Como afirma Cantarella[14] , se apeló a este tipo de pena de muerte no para evitar el sufrimiento de sus víctimas sino para eliminar a los enemigos políticos, evitando exponerse a los riesgos de procesos judiciales poco transparentes.
Después del uso dado al envenenamiento por los Treinta, este se convirtió en uno de los modos con los que se ejecutaban algunas condenas a muerte, pronunciadas a partir del respeto de las leyes. Este tipo de muerte no estaba destinada a todos los tipos de delito, sino se encontraba vinculada a los crímenes políticos y de “impiedad”. Como dice Cantarella “… solo a unos pocos, por lo tanto, les estaba concedido evitar la infamia y el horror del suplicio”[15].
Las acusaciones de “impiedad” eran agontimetos, un tipo de acción caracterizada por un procedimiento que Aristóteles en su Constitución de Atenas donde se detalla que el acusado después de que se había pedido su condena y se le había declarado culpable, tenía que plantear una pena alternativa. Luego de escuchar el juicio del tribunal sobre su culpabilidad y la petición de acusación, el acusado tenía que indicar la pena que consideraba merecer. El jurado, agrega Cantarella, podía escoger entre las dos penas propuestas[16]. En la Apología de Platón observamos que las contrapuestas de Sócrates fueron una provocación contra el jurado: “… no hay otra cosa que les convenga más, atenienses, que el ser alimentado en el Pritaneo…”. Influenciado por sus discípulos Platón, Critón, Critobulo y Apolodoro proponen como castigo el pago de treinta minas de plata[17]. De acuerdo con el procedimiento especificado, tuvo lugar otra votación, relativa a la pena. El pueblo que había votado la culpabilidad del filósofo por una pequeña mayoría, lo condenó a muerte con ochenta votos más de aquellos que no lo habían declarado culpable.
El veneno fue suministrado en la cárcel, bajo la supervisión de los Once, lo que nos muestra a las claras que este procedimiento debe ser considerado como una ejecución capital enmarcada dentro de lo establecido por la ley. No obstante, si bien se encontraba regulada por las leyes de la ciudad, la ejecución con el veneno fue diferente a todas las demás: debía ser pagado por el condenado. La cicuta era una planta rara en Atenas y, por tanto, bastante costosa. Si el veneno hubiese estado a cargo de la ciudad difícilmente se consentiría al condenado gravar las arcas públicas.
Es en el Fedón donde se describen los momentos previos a la ejecución, mientras en la estancia el filósofo discutía con sus discípulos acerca de la inmortalidad del alma, el carcelero controlaba que sus condiciones físicas fueran las más adecuadas para recibir el veneno: “Hace rato”, le dice Critón en el Fedón platónico,
[…] que me dice el que va a darle el veneno que te advierta de que dialogues lo menos posible. Pues dice que los que hablan se acaloran más y que eso no es nada conveniente para administrar el veneno. En caso contrario, algunas veces es forzoso que quienes hacen algo así beban dos y hasta tres veces[18]
Para que el veneno hiciera efecto, Sócrates paseó por la celda, cuando sintió que sus piernas le pesaban, se tendió en el camastro, boca arriba. El carcelero controlaba el desarrollo de la ejecución presionando sus pies y pantorrillas. Mientras tanto les dijo a los discípulos que cuando el veneno llega al corazón la persona muere. En su último momento Sócrates se dirige a Critón.
Ya estaba casi fría la zona del vientre cuando descubriéndose, pues se había tapado, nos dijo, y fue lo último que habló:
Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Así que págalo y no lo descuides.
Así se hará –dijo Critón-. Mira si quieres decir algo más.
El filósofo no responde, sino que tiene un estremecimiento, el carcelero lo descubre, ya Sócrates tenía la mirada rígida. “Al verlo, Critón le cerró la boca y los ojos”[19]
La muerte de Sócrates por Jacques Louis David
La pintura “La muerte de Sócrates” es una pintura de 1787 realizada por el artista francés Jacques-Louis David por encargo de los hermanos Trudaine. Actualmente, la pintura se exhibe en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.
La composición, que imita la de los frisos clásicos, está dividida en tres partes: en el centro, Sócrates con actitud desafiante, cubierto parte de su cuerpo con un purísimo manto blanco. Una mano apuntando al cielo y la otra a punto de asir la copa con cicuta que le acerca el carcelero. En la derecha, la mayor parte de sus discípulos, desconsolados, hacen gala de todas las gamas de dolor. A la izquierda, el más famoso de los alumnos de Sócrates, Platón es representado por David como un hombre mayor, cubierto de canas, cuando solo tenía 28 años de edad en el momento de la muerte de su maestro, además de acuerdo al relato de Fedón, este no presenció la escena realmente, sin embargo, el pintor lo sitúa a los pies de la cama del maestro, estoico y meditabundo. Dice Fedón cuando le pregunta Equécrates sobre los presentes en la celda durante la ejecución:
De los del país estaba ese Apolodoro, y Cristobulo y su padre, y además Hermógenes, Epígenes, Esquines y Antístenes. También estaba Ctesipo el de Peania, y Menéxeno y algunos más de sus paisanos. Platón estaba enfermo, creo […][20].
Además de algunos forasteros como Simmias, el de Tebas, y Cebes y Fedondas; y de Mégara, Euclides y Terpsión. Sin embargo, en la composición de David, están presentes ocho de los discípulos y amigos del filósofo, incluyendo entre estos a Platón, quien, en palabras de Fedón, se encontraba ausente.
Por otra parte, la distribución de la escena muestra al fondo, a un grupo de mujeres que salen del recinto, de entre las que destaca Jantipa, la esposa de Sócrates. La cual lo estaba acompañando, llevando en brazos a su hijito y como al ver a los discípulos se puso a gritar. Sócrates le solicita a Critón que alguien la lleve a su casa.
Muchos han querido ver en “La muerte de Sócrates” una crítica por parte del pintor hacia el régimen autoritario en el que Francia estaba sumida en la década de 1780. Con la revolución a la vuelta de la esquina, parece el mejor momento para presentar al público esta composición, en la que su protagonista está a punto de dar la vida por la preservación de sus ideales. Quizá David tratara de hacer la mayor justicia posible a lo que Platón escribió en su Fedón al narrar la muerte de Sócrates: es el fin del hombre de quien podemos decir que ha sido el mejor de los mortales en nuestro tiempo. El más sabio y el más justo de todos. Con la representación del momento en que Sócrates se dispone a beber la copa con la cicuta, el artista ha inmortalizado no el fino y delgado hilo entre la vida y la muerte, sino la escasa distancia que existe entre la justicia y la injusticia.
Conclusión
El caso de Sócrates, a nivel narrativo, fue un dispositivo que modificó las relaciones de poder, las cuales son cambiantes, fluctuantes, y en permanente transformación[21]. Según Foucault[22] en el siglo XVIII el castigo ha dejado de ser teatralizado, el cuerpo ya no es más “ofrecido en espectáculo”, siendo esta, la parte más oculta del proceso penal. Esto marca como un punto de inflexión a la tradición penal, en la cual la exhibición del castigo, del suplicio, la pena de muerte, o específicamente la ritualización de esta, deja de ser un dispositivo de disciplinamiento social.
En el período de crisis de Atenas, el disciplinamiento depende y es llevado a cabo por las instituciones colectivas de la ciudad, la asamblea ateniense y el tribunal de los heliastas. Las fuentes nos permiten concluir que la efectividad de la aplicabilidad de la pena de muerte en el disciplinamiento individual o colectivo dependía de la decisión de la voluntad popular.
Los castigos aplicados a los ciudadanos transgresores no implicaban someterlos a tortura y suplicios públicos. No recibían, en palabras de Foucault, las “mil muertes”, lenta, dolorosa, sino una muerte rápida y limpia. El cuerpo del ciudadano era preservado de la agonía y la exhibición que significaba el suplicio. La forma de castigo y disciplinamiento en el mundo griego, no estaba asociada a la muerte física, sino a la muerte política. Un ciudadano que era desterrado de su comunidad cívica, perdía su derecho a la participación política. La figura del verdugo central en la aplicación del castigo, de acuerdo a lo analizado en las fuentes, no aparece en el mundo griego. En la muerte de Sócrates, la asamblea delegaba la función de suministrar el veneno y verificar la muerte del individuo, a once integrantes de la asamblea. Este tipo de ejecución era una alternativa de muerte concedida, en primer lugar, por razones de oportunidad y de cálculos políticos. No es casual que los condenados que se podían beneficiar de la muerte dulce fuesen, junto a los criminales políticos, los condenados por impiedad. De hecho, “… este delito se había convertido en el instrumento de la represión política más difícil y más delicada: la de los intelectuales”[23].
Dos años antes del inicio de la Revolución Francesa el pintor Jacques Louis David, realizó esta magnífica pintura sin embargo el proceso revolucionario tendría nuevas formas de condenas y de ajusticiar, alejadas de la muerte dulce y de la privacidad en la ejecución.

Fuente: David, Jacques-Louis (1787), La muerte de Sócrates. Ubicación: Museo Metropolitano de Arte, New York (pintura al óleo).
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