Como adelantamos, para comprender el contexto en el que se involucraron las mujeres es necesario analizar las formas de funcionamiento del crimen organizado. Aunque la falta de acceso a la información constituye uno de los principales obstáculos para obtener un panorama más o menos acertado de lo que ocurre en los niveles micro y macro de lo que conocemos hoy como “narcotráfico” (Del Olmo 1988; Browne, Mason y Murphy, 2003), lo que las mujeres fueron describiendo da cuenta de muchas particularidades que vale la pena destacar.
Percepción de una necesidad
En el caso de las mujeres para las que involucrarse representó un medio de subsistencia, el contacto, el acercamiento, se produjo a partir de que percibieron en ellas una situación socioeconómica de vulnerabilidad. Esto fue referido como un factor que habilita el ofrecimiento de entrar en el “negocio”.
Buscan mujeres que sean fáciles de manipular. Mi vieja, por ejemplo, se puso con un narco que no la obligó pero la convenció de ir. Son todas mujeres que tienen el mismo perfil, no son para que tengan una jerarquía, son simplemente un objeto más. […] Cuando están los hijos, el padre se va y la que queda con los hijos es la mujer, entonces es más difícil encontrar un hombre que tenga realmente una necesidad que una madre soltera que está teniendo dificultades para darle de comer a su hijo, a su familia, para comprarle los pañales, para no tener que estar en la calle (Carla).
Además, este ofrecimiento puede darse a partir de relaciones de confianza y/o con cierta lógica de parentesco, al modo de un negocio familiar: un vecino, la pareja, la prima, unos amigos del barrio. De modo que las jerarquías se vuelven más difusas y las relaciones más horizontales (Pearson y Hobbs, 2003).
Empecé por un conocido. No amigo amigo, pero… (Verónica).
A las personas que me dieron la droga las había conocido hacía un par de años atrás pero no sabía a qué se dedicaban, éramos amigos. Era gente que conocí en un trabajo. Ellos se volvieron a poner en contacto conmigo y después de un par de salidas me propusieron ese negocio. Sabían que yo tenía hijos, que estaba sola y que necesitaba dinero (Lucía).
[La pareja] me cuenta que él también trabajaba en sociedad con la prima. Me proponen ir a traer. Yo iba y traía. […] El que se anima, el que quiere y puede, hace. Y cuanto más traés mejor para ellos. Ellos no te dicen “me tenés que traer esto sí o sí”. No. Era depende la cantidad que uno traía (Estela).
Una de las entrevistadas comentó que siendo extranjera tenía como único lazo de cercanía en Argentina a las personas que le propusieron hacer los viajes, es decir a trasladar droga de un territorio a otro cruzando la frontera en autobús. Se hace evidente entonces cómo frente a la situación de soledad se instala una modalidad de tipo casi familiar, pareciera que determina una dependencia afectiva, al constituirse como las únicas personas con las que se cuenta.
Cuando quedo embarazada, el papá no se hizo cargo. [Estando en Buenos Aires] conozco al primo de mi amiga, empezamos a hablarnos y le dio el apellido a mi hija. Yo mucho no quería, pero él me decía que me convenía, me pintaba un mundo de colores. Cuando él ya le da el apellido, ahí me cuenta que andaba en esto y me presenta a la tía. […] Llegaba, evacuaba lo que tenía adentro y le daba la dueña y ella me pagaba. Como vivíamos en la misma casa y vivíamo[s] todo[s] junto[s] ahí, era como si nada. […] Con ellos hice las primeras salidas [transitorias] y hasta incluso cuando salí en libertad di el domicilio de ellos (Estela).
En el relato anterior es notable que frente a la situación de vulnerabilidad, dada por encontrarse embarazada, sola y sin trabajo siendo extranjera, la propuesta de “darle el apellido” a su hijo le permite una filiación y, al mismo tiempo, otorga una pertenencia familiar. Esto invisibiliza la lógica de coerción que se crea a partir de la relación de pareja. Hacerse cargo de la paternidad, formaliza un vínculo de confianza y de poder que posteriormente inaugura la posibilidad de complicidad y permite el ingreso al “negocio familiar”.
La familia juega un rol importante en la construcción y mantenimiento de los lazos de confianza, centrales para el sostenimiento de la organización. Las mujeres que se involucraron en la venta y/o transporte como medio de subsistencia no refirieron situaciones de violencia por parte de quienes proveían la droga. Esto pareciera ser coherente con la idea de que se trataría de organizaciones de narcotráfico más fragmentarias, diversificadas y “democratizadas” (Jacobo 2003), con pequeñas estructuras horizontales y sin jerarquías claras (Denton y O´Malley, 1999). De allí que algunas mujeres no perciban diferencias en el hecho de que sea un hombre o una mujer la persona encargada de la venta de drogas.
Pienso que es lo mismo [que venda un hombre o una mujer], porque en tal caso es la venta. Ella [la pareja] tenía marido y por intermedio del marido había conocido gente […]. Nosotras vendíamos así más, papelito: vos, vos, la cantidad y ya (Paula).
La mujer tiene mucho poder y mucha determinación cuando se lo propone. Puede ser un hombre, puede ser una mujer. El asunto es pensar fríamente en lo que va a hacer, mantenerse en esa decisión sin importar lo que suceda. Porque si uno pone los afectos en esto sonaste (Karen).
Ahora bien, cuando las mujeres tienen una necesidad también se puede ver que estas organizaciones recurren a cierto grado de engaño, en la medida en que al formular la “propuesta de trabajo” la presentan como una oportunidad de salvación que sólo implicaría realizar una tarea sencilla. Así, se minimizan u omiten los riesgos a los que se expondrían.
Llegaba y me esperaba una persona allá en el aeropuerto de ese país, me llevaban a un hotel, me quedaba ahí hasta que largue toda la droga y después de ahí tenía el pasaje para venir. Tenía los dos pasajes, ida y vuelta. [Le pagarían] 10.000 dólares me iban a dar. Yo pensaba “bueno, me voy, vengo con esa plata, pongo un negocio y voy a estar tranquila con mis hijos”. Ese era mi pensamiento […] como la solución de mi vida (Lucía).
Es como que te dan lo dulce, la gente te dice “te deja plata. Lo que ganás en un año lo hacés en un viaje”, porque en ese entonces me daban 500 dólares por traer y yo pasaba la frontera caminando (Estela).
El transporte de sustancias se lleva a cabo por medio de diferentes modalidades como llevar la droga en valijas, o escondida de otras formas (en los zapatos o en prendas con doble tela).
Los bolsos ya venían preparados, no sabíamos quién los hacía ni nada. Una persona se contactaba con nosotros directamente en el lugar y nos traía eso. Las valijas esas que vienen con ruedita les hacían doble fondo […] También traía acolchados y en cada cuadradito de acolchado venía la droga ahí metida (Karen).
Sin embargo, algunas formas de transporte, que implican la utilización del propio cuerpo a modo de envase, resultan mucho más riesgosas; por ejemplo, mediante la ingesta de cápsulas de látex que contienen droga, en general cocaína, que luego son expulsadas. Este tipo de prácticas implica la utilización del cuerpo de las mujeres como un objeto descartable y es la más peligrosa para la salud ya que las cápsulas pueden abrirse y causar obstrucción intestinal. Si no es tratada de urgencia el intestino puede perforarse liberando su contenido y causar la muerte (Fleetwood, 2009).
Cuando caí [detenida] estaba embarazada de tres meses. […] Me habían dado unas botas llenas de cocaína y había ingerido también 28 cápsulas. […] Me dijeron que no había riesgo porque “ellos habían envuelto bien”, que “no pasaba nada”. En ese momento no tenía miedo. Después en el aeropuerto mientras esperaba el vuelo, tenía ganas de vomitarlas, sentía acá [señala su cuello] algo horrible. “Me voy al baño, las vomito y me voy”, pensaba. No sabía si iban a salir todas, no sabía cómo iba a seguir mi vida, ni siquiera sabía cómo volver del aeropuerto, así que seguí. […] Cuando caí detenida me llevaron al hospital, tenía pérdidas. Ya la estaba abortando. Me pusieron inyecciones para retenerla y no la perdí, nació re bien (Lucía).
Si, las cápsulas de cocaína, eso iba y traía. Te pagaban por gramo y depende la cantidad que traías. […] Lo tenía que traer en el cuerpo. Yo pasaba 20 cápsulas, 30 como mucho y ya no podía [tragar]. Lo que sobraba lo traía adentro de los pañales de la bebé. Tenés que estar tranquila, relajada, ellos te dan tu tiempo […] la tenés que pasar con agua o con jugo. […] No te dejaban comer comida, cosa que después quieras ir de cuerpo. Y cuando vos llegabas a la casa ellos te preparaban comida, sopa, verdura, caldo, para evacuar (Estela).
Mula es como vulgarmente se denomina a las mujeres que tienen la función de transporte en el tráfico de drogas, homologando su rol con las características de un animal de carga. Esta analogía no sólo grafica la naturaleza de la actividad que realizan estas mujeres y las cualidades que exige este tipo de trabajo, sino que también da cuenta de la posición subordinada en la que se ubican, ya que son el eslabón más débil de la cadena de narcotráfico (Torres Angarita, 2008).
Ninguna de estas mulas sabía claramente qué implicaba para su salud tener cápsulas con cocaína en su cuerpo o en los pañales de su beba. Tampoco conocían cómo funciona un aeropuerto y qué probabilidades reales existían de no ser detectadas en los controles, ya que muchas de ellas nunca habían salido del país.
A pesar de esto, las mujeres que se involucran en la venta por necesidad tienen presente que uno de los riesgos a los que eventualmente se exponen es la privación de la libertad y en función de ello tratan de tomar las precauciones que pueden, como distanciar los viajes o tratar de no llamar la atención. Este aspecto constituye un punto de diferenciación notorio con lo expuesto anteriormente en relación a los modos de gestionar los riesgos por parte de las mujeres usuarias de sustancias.
Pareciera, entonces, que el narcotráfico no funciona de manera tan organizada, estructurada y prolija como se piensa (Bourgois, 1995; Pearson y Hobbs, 2003; Andrade, 1997), y sus dinámicas muchas veces no son percibidas por parte de quienes participan en ellas como operaciones del “crimen organizado”.
Si pasa algo te las arreglás sola. Si vos te buscaste eso sabés lo que se te viene atrás, es así. […] No es que me obligaron, lo hice porque yo quise. No pensé en denunciar a nadie, ¿por qué, qué iba a ganar? (Verónica).
Siempre está el riesgo. El riesgo era que, si uno cae, no tiene que contar quién es el que te propuso. Te tenés que hacer cargo vos y no decir quién te manda. Me dijo “mira, esto es así, si vos querés lo tomás, si no, no. No estás obligada a hacerlo”. Como era supuestamente parte de mi familia, me dijo así (Estela).
Asumir la responsabilidad por los hechos ante una eventual detención es una parte tácita, pero no menos importante, de los acuerdos y reglas de funcionamiento de estas organizaciones con cierta horizontalidad. Si tomar la “oferta de trabajo” es percibido como una decisión personal, entonces se acepta que también las consecuencias se deberán afrontar individualmente.
En este sentido, podría pensarse que las habilidades sociales que suelen ser atribuidas a las mujeres, como la capacidad de generar confianza tanto con clientes como con proveedores, podría ser un recurso útil en tanto permiten llevar adelante estas operaciones y por garantizar su silencio (Denton y O´Malley, 1999). Cabe aclarar que si bien puede resultar una explicación monocausal y esencialista de género, es retomada aquí como una interpretación posible del fenómeno. Además, es interesante considerar esta idea teniendo en cuenta que se trata de organizaciones en las que las mujeres muchas veces son reclutadas por varones que, socializados en el patriarcado, les atribuyen estas características en su imaginario.
Obligadas a hacer una tarea
Las mujeres que se vieron involucradas por haber sido engañadas relataron características de organizaciones de narcotráfico que se diferencian de las que describieron las involucradas por necesidad, sabiendo de qué se trataba. En las situaciones de engaño, pareciera que se trata de cadenas de narcotráfico más complejas, con divisiones de trabajo y jerarquías más claras. Las mujeres perciben haber sido un pequeño eslabón, desechable, dentro de una “empresa” criminal. Esto se diferencia de las situaciones de venta y/o transporte en las que, como se mencionó, se establecerían relaciones más horizontales, con jerarquías difusas y con cierta lógica de funcionamiento al modo de negocios familiares.
Como dicen, algún culo tiene que sangrar [expresión de la cultura popular que refiere a que para que una situación se resuelva alguien tiene que ser sacrificado],eso es así, típico. Alguien tiene que quedar en el lugar de alguien, no importa quién, alguien. […] Como que siempre tiene que ascender algún jefecito, y qué sé yo, había un juez que tenía que dar un paso [ascender], así que como que tenía que hacer un reviente grande, unido a la policía y fue como el causón, hicieron como una ligazón de nosotros con una gente que no conocíamos y nos metieron como en una banda de narcotráfico (Azul).
Yo era mula que te [me] tenían que meter a la cárcel para que pase alguien con mucho más [droga]. Por eso era [estaba] mi pasaje vencido, todo arreglado, la policía lo sabía. Tenía que ir a la cárcel (Inés).
Tal como lo describe Inés, parte del funcionamiento de las organizaciones implica coordinar el envío de varias personas en un mismo vuelo, ya que algunas serán “sacrificadas”, es decir, entregadas a las autoridades para permitir el tránsito de otras (Torres Angarita, 2008; CELS, 2011). En estas circunstancias, las mujeres funcionan como vehículos de traslado en el mercado internacional de drogas. No están allí por haber sido elegidas en base a su capacidad de ser agentes autónomas y exitosas en las actividades del tráfico (Anitua y Picco, 2012).
A las mujeres engañadas no se les da opción y se las fuerza a entrar en el dispositivo delictivo bajo amenaza abierta o latente contra su vida o la de su familia (Calveiro, 2012). En esto la producción de miedo tiene un rol fundamental, ya que garantiza el silencio de las mujeres y es aún más eficaz cuando el amedrentamiento es tan profundo que puede prescindir de la intervención (Bouilly, 2012).
Estuve vigilada todo el tiempo. […] No hice declaraciones porque tenía miedo que iba a pasar algo a mis hijos (Inés).
Yo decido no hablar por miedo. Me dio esa cosa de que si decía algo le podía pasar algo a mi familia. Todo el tiempo yo me callé la boca y me dije “bueno, ahora me la banco por haberme metido en todo este quilombete” (Azul).
Se configuran situaciones de chantaje e intimidación que se extienden a sus familiares y seres queridos, e incluyen graves amenazas contra la vida y la integridad física (Anitua y Picco, 2012). Esto contrasta con las mujeres que se involucraron por necesidad económica, quienes no sólo no refirieron situaciones de violencia por parte de los proveedores de la droga sino que su silencio estaba garantizado voluntariamente a partir de la confianza previamente establecida con quienes “trabajaban”, y por lo tanto, para “protegerlos”.
En este sentido, a partir de las descripciones que hacen las mujeres engañadas de sus situaciones, pareciera ser más evidente el funcionamiento en red del crimen organizado, así como la complicidad de sectores, estatales y no estatales –distintos niveles de gobierno, fuerzas de seguridad, partidos políticos, empresariado–, que buscan el control del mercado que estas actividades ilegales generan y no su eliminación (Calveiro, 2012; Zavala, 2018).
Sentidos sobre la criminalidad femenina
El género influye no sólo en las formas de involucramiento sino también en el proceso de reclutamiento de las mujeres por parte de las organizaciones del crimen organizado.
En las entrevistas se indagó específicamente acerca de la percepción que tienen las mujeres sobre su rol en la cadena de narcotráfico y los sentidos que construyen sobre la criminalidad femenina. Se obtuvieron respuestas en las que se identificó la creencia de que la mujer no desempeña roles empresariales más allá de las funciones de transporte que le son asignadas y, en general, no tiene mayores responsabilidades dentro de las redes de tráfico, sea porque maneja poca información, transporta cantidades relativamente pequeñas de drogas o porque en muchas ocasiones son engañadas y/o utilizadas para hacer este trabajo.
Es bastante más manejado por el género masculino, la mujer es un nexo tal vez, un puentecito, pero no vi mujeres manejando este tema, por lo menos con la droga, no (Azul).
Es más fácil convencer a una mujer. […] A la mujer le dicen “bueno tragate todo esto y metetelo en donde sea”, el cuerpo de la mujer se vulnera muchísimo más que el de un hombre. […] La mujer es la que más se expone porque ellos buscan mujeres que sean fáciles de manipular (Carla).
Y yo creo que hay muchas mujeres que lo hacen. Les habrá pasado lo que me pasó a mí, necesidad, tener hijos, saber que te levantás y capaz que no tienen un plato de comida (Verónica).
Se destacan la idea de cierta manipulación o engaño hacia las mujeres y el hecho de que la responsabilidad por estas acciones le sean adjudicadas al género masculino. Así, se introduce el amor romántico como un eje de análisis sobre la participación de las mujeres en actividades del tráfico.
El amor es definitorio de la identidad de género de las mujeres pero suele quedar relegado como explicación en estos temas respecto de otras teorías centradas en lo económico. Habitualmente se lo desestima por parecer menos relevante, quedando por fuera del ámbito académico (Torres Angarita, 2008). Sin embargo, en las entrevistas es posible rastrear referencias sobre manipulaciones y engaños, independientemente del tipo de involucramiento.
¿Y todo por quién? ¡Por un hombre! ¿Quién te arrastra a esto? Es un hombre. […] Era muy joven quería tener una familia, tener a mis hijas con él, entonces yo accedía pero yo no sabía en lo que él estaba metido (Jimena).
Había muchas [mujeres presas] que estaban “porque mi novio me dijo” o “porque mi marido me dijo”. Los tipos las terminaban convenciendo. […] Es que si vos estás en pareja es mucho más fácil que el varón convenza a la mujer y no al revés. […] Me acuerdo que algunas lloraban, “¿cómo me pudo hacer esto?” No lo podían creer, otras se querían morir, o se enojaban porque se habían dado cuenta que las habían usado, o se querían vengar (Carla).
Era re jovencita yo, me junté con el papá de los chicos y me quedé ahí como mamá de la casa. Súper enamorada, era el amor de mi vida. No sabía ni lo que hacía, “me voy a jugar a la pelota” y yo esperándolo, lloraba que no venía y él con su joda con sus amigos. […] Nadie me puso un arma en la cabeza para decir “andá, andá” [a trasladar droga], pero sí con manipulación de otra manera, sí, lograba lo que él quería. [La manipuló] quizás por el gran amor que yo le tenía a él. Estar enceguecida por un amor (Karen).
La cultura establece las pautas de cómo debemos amar y a quiénes: la norma en occidente es el amor heterosexual y monógamo. Sin embargo, la heterosexualidad es un mito que presenta como normal lo que en realidad es una opción sexual más, y como desviadas todas las demás opciones (Herrera, 2012). Y la monogamia justifica la propiedad de los hombres sobre las mujeres, es una sutil forma de apropiación de las mujeres a través de las relaciones amorosas (Lagarde, 2001). La consecuencia directa de este modelo de amor hegemónico es el cautiverio de las mujeres, que supone situar en el centro de la vida la relación de pareja en lugar de los propios deseos y anhelos (Lagarde, 2005). El amor romántico funciona como un dispositivo que vela la subordinación de las mujeres.
En este sentido, el concepto de amor romántico estructura los vínculos en términos de relaciones de poder (Fraser, 2005), e influye en las decisiones y acciones que llevan a cabo las mujeres que se insertan en el tráfico de drogas.
[…] a pesar de que no todas las relaciones de amor implican violencia y abuso, las relaciones amorosas convencionales –especialmente las heterosexuales– están estructuradas socialmente para conllevar a la violencia (Fraser 2005: 18).
Cabe aclarar que visibilizar el amor romántico como un eje de análisis no busca ubicar a las mujeres como “pobres víctimas” de los hombres sino aportar a la comprensión de sus roles en relación a las conductas transgresoras desde una perspectiva de género.






