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Ser mujer en el patriarcado

A partir de la década de 1970 el concepto de género comenzó a ser utilizado en las ciencias como categoría con una acepción política específica. Constituye una categoría relacional que denuncia y devela la subordinación impuesta a las mujeres por el sistema patriarcal al visibilizar posiciones desiguales con respecto a los hombres en un contexto de relaciones de poder (Lamas, 1986). Así, desde las diferentes líneas teóricas del feminismo, se piensa la noción de género como un elemento presente en todos los aspectos de la vida que debe ser considerado en todo proceso de investigación.

Judith Butler propone una concepción no sustancialista del género según la cual no se nace hombre o mujer, sino que se llega a serlo. Se trata de categorías en continuo devenir, un tránsito de construcción constante donde no puede ubicarse un inicio o un final. Butler afirma que la construcción social del género se efectúa mediante el mecanismo de la invención. Si la identidad de género se construye a partir de actos, gestos y deseos que son performativos, la identidad que pretenden afirmar no son más que invenciones fabricadas a través de medios discursivos. A partir de esto, puede decirse que el sexo biológico no es propietario de un determinado género que le habría sido asignado naturalmente (Butler, 2001). Las categorías asociadas a las identidades como género “no son la expresión de un principio universal e intemporal, sino que son producto de prácticas contingentes, sujetas a las variaciones históricas” (Zaldúa, Sopransi y Longo, 2006: 187).

De este modo, pueden ser comprendidos ciertos roles que son asignados en función de la pertenencia a un género, y que constituyen un conjunto de normas y prescripciones que dictan la sociedad y la cultura sobre el comportamiento femenino o masculino, que varían según la clase social, el grupo étnico y hasta el nivel generacional de las personas. No obstante, estas mantienen un común denominador en los roles según el género, que se reflejan en la división sexual del trabajo: las mujeres tienen a los hijos y por lo tanto los cuidan, lo que determina que lo femenino es lo maternal y lo doméstico, mientras que lo público y económico corresponde a lo masculino. Esta operación establece una división de la vida en esferas masculinas y femeninas que se atribuye a la biología pero que es cultural. El género devela entonces la valoración inferior que el patriarcado asigna a los cuerpos de las mujeres desde que nacemos (Lamas, 1986).

Ana María Fernández conceptualiza esto como cristalizaciones de sentido que son vividas como la realidad objetiva y que se consolidan a partir de algunos mitos sociales como el de mujer-madre y el del amor romántico. En la sociedad, el poder masculino se ve legitimado a través de la figura del marido que posiciona en dependencia económica, subjetiva y erótica a la esposa. La instalación de este discurso permitió garantizar el claustro hogareño de las mujeres. De modo que el ámbito privado quedó reservado a la mujer como lugar de la familia y, por lo tanto, de la reproducción (Fernández, 1994).

Sin embargo, esta construcción de la familia contribuyó a la institucionalización del trabajo no remunerado y de la dependencia económica de las mujeres (Federici, 2018). De esta forma se crea una nueva jerarquía, una nueva organización de la desigualdad: el varón tiene el poder del salario y se convierte en el supervisor del trabajo no pagado de la mujer.

Esta organización del trabajo y del salario, que divide a la familia en una parte asalariada y otra no asalariada, crea una situación donde la violencia está siempre latente. Esto es lo que Silvia Federici denomina el “patriarcado del salario”. Glorificar la familia como “ámbito privado” es la esencia de la ideología capitalista. Aunque el capitalismo se base en el trabajo asalariado, la falta de salarios y el subdesarrollo son componentes necesarios para su funcionamiento (Federici, 2018).

En el siglo XXI esa división del trabajo fue adquiriendo otros matices, ya que las mujeres se han incorporado al mercado laboral, en la esfera pública. Sin embargo, para muchas mujeres, lejos de la igualdad de condiciones, esto implica una doble jornada laboral: el empleo remunerado y el trabajo de los cuidados. Además, los empleos donde mayoritariamente trabajan mujeres, trabajos “feminizados”, se caracterizan por condiciones laborales marcadas por la precariedad –menores salarios, mayores jornadas, etc.– y que gozan de un menor prestigio –empleos de limpieza, cuidados, enseñanza, etc., que el de los trabajos “considerados” de varones (Molina Barras, 2015).

Asimismo, a las mujeres se les enseña desde la infancia que sólo es posible tener poder y prestigio si se mantiene el statu quo; es decir, mientras se garantice a los hombres mantener su masculinidad, aun cuando de este modo se valide el concepto de poder como dominación y control (bell hooks, 1998). Aceptar ese sistema de valores establecido lleva a las mujeres

[…] a incorporar el sexismo pasivamente y a asumir voluntariamente un rol sexual predeterminado […]. Muchas mujeres pobres y explotadas, especialmente mujeres no-blancas, hubieran sido incapaces de desarrollar conceptos positivos de autovaloración si no hubieran ejercido el poder de rechazar la definición del poder de su realidad (bell hooks, 1998: 164 y 170).

Es fundamental poder descreer, es decir, rechazar la definición de uno mismo propuesta por los poderosos. El ejercicio de este poder básico personal es un acto de resistencia y fuerza, y la forma de construir otra mirada sobre sí mismas (bell hooks, 1998). El hecho de que la diferencia biológica, cualquiera que esta sea, se interprete culturalmente como lo que determinará el destino de las personas es el problema político que subyace a toda la discusión académica sobre las diferencias entre hombres y mujeres. La categoría de género pone en evidencia las relaciones desiguales de los géneros y cómo esto atraviesa todas las restantes esferas de la vida social modelando, determinando y construyendo posibilidades asimétricas y jerárquicas en cuanto al acceso a recursos materiales y simbólicos (Lamas, 1986).

En función de estos aportes, se observa que los enfoques teóricos feministas son fundamentales para propiciar una apertura distinta en la comprensión de la delincuencia femenina.

Ser mujer, madre y presa

La perspectiva de género permite abordar temáticas como ser madre en prisión desde una mirada crítica hacia la naturalización de la función materna y la asignación estereotipada de deberes de cuidado de las mujeres con respecto a sus hijos.

Las normas de cómo debe ser una “buena madre” se diseñaron históricamente de acuerdo con los patrones de la familia occidental, moderna y de clase media. Es la que se queda en casa con sus hijos mientras el hombre es el proveedor de los bienes materiales. No se considera en este modelo a la mujer sola, pobre, sostén de su hogar.

Además, las construcciones discursivas que homologan ser mujer con ser madre asumen que existe un “instinto maternal”, un saber que se supone natural en relación a la crianza. La maternidad queda significada como algo sagrado y se convierte en el único modo de realización de las mujeres. Sin embargo, la maternidad es el resultado de un proceso cultural, moldeado por el tipo e intensidad de los vínculos comunitarios y por las redes afectivas básicas de las personas (Marcús, 2006). En este sentido, Nancy Scheper-Hughes dice: “El amor materno no es un amor natural; representa más bien una matriz de imágenes, significados, prácticas y sentimientos que siempre son social y culturalmente producidos” (Marcús, 2006: 385).

En esta lógica, las mujeres que se alejan de ciertos ideales de madre incondicional, “madura” y “preparada” para la función asignada, entran en un foco de sospecha, sobre todo si se trata de jóvenes, pobres y solteras (Marcús, 2006).

Si la identidad de las mujeres está constituida a partir de alcanzar la maternidad, la culpa es su contracara y aparece como “rechazo moral al desapego, el desamor, el descuido o cualquier otra conducta desviada” (Marcus, 2006: 3). En este sentido, para la mujer-madre la prisión constituye un lugar de estigmatización, es calificada de “mala” porque transgredió el papel que “le corresponde” socialmente.

El encierro tiene efectos en la subjetividad de las detenidas en lo que respecta al vínculo con sus hijos: la imposibilidad de cumplir con el rol materno. Situaciones de este tipo representan un doble castigo para las mujeres: el encierro y la inhabilitación para la función maternal como consecuencia de ello. Es decir que las presas obtienen un mayor reproche social que los varones.

En este contexto, las mujeres suelen desarrollar un fuerte sentimiento de vergüenza y culpa por no poder asumir el cuidado de sus hijos y cumplir con las expectativas que existían hacia ellas en su calidad de madres. “La frustración, la culpa y la impotencia de no poder estar con sus hijos e hijas y darles ‘lo mejor’ constituyen otro castigo, un doble cautiverio” (CELS, 2011: 152). Este reproche social trae aparejadas consecuencias en el vínculo con ellos, a algunas mujeres las lleva a no querer hablarles, a ocultarles su situación o incluso a evitar que las visiten en la cárcel.

Al mismo tiempo, existen ciertas prácticas judiciales y penitenciarias que, directa o indirectamente, refuerzan tal reproche social de “malas madres”, ya que se fundan en prejuicios de este tipo; por ejemplo, que un tribunal rechace la medida de arresto domiciliario por valorar negativamente la forma en que una mujer ejercía su maternidad (CELS, 2011).

En la misma línea, los regímenes penitenciarios reproducen estas mismas lógicas patriarcales bajo el argumento de la resocialización. Los trabajos y la supuesta formación profesional impartida en la cárcel están dirigidos a aprender a coser, planchar, cocinar, limpiar, confeccionar pequeñas artesanías y tomar cursos de modistería. Esta situación evidencia una invisibilización respecto del mercado laboral que deben enfrentar una vez afuera de la cárcel, ya que pocas de estas actividades les permitirán subsistir de manera independiente.

Además, el encarcelamiento no sólo afecta a las propias mujeres privadas de libertad sino al grupo familiar, en especial los hijos y demás personas que de ella dependían. Al tratarse de mujeres con un rol central en el cuidado cotidiano y en el sostén económico de sus hijos, su encarcelamiento provoca no sólo un fuerte vacío e impacto emocional sino también grandes cambios en la forma de subsistencia, la organización y la dinámica familiares, como el desmembramiento del grupo familiar, institucionalización de los niños o incluso el desconocimiento de lo que sucedió con ellos. Mientras las mujeres sigan siendo en su mayoría las responsables primarias del cuidado y el sostén económico de sus hijos, es necesario tomar medidas para facilitar su ejercicio (CELS, 2011: 152).

El análisis de las subjetividades

Para comprender la idea de afectaciones subjetivas vale abordar esta noción tanto en su dimensión social, desde las conceptualizaciones y autores de la Psicología Social, como en su dimensión individual, tomando aportes del Psicoanálisis.

En el campo de la Psicología Social, se destaca la idea “producción de subjetividad” de Ana María Fernández para señalar que la dimensión subjetiva se produce en acto, en un campo singular y no universal (Fernández, 2007).

Otros autores, como Pablo Fernández Christlieb, introducen la idea de la afectividad como un conjunto de rasgos constitutivos de las relaciones. Según este autor, al hablar de afectividad siempre se trata de una afectividad colectiva, ya que el sujeto se configura dentro de los procesos sociales en los cuales está inmerso, que no son externos a él sino que lo moldean. Esta propuesta permite pensar la subjetividad desde una dialéctica recíproca de procesos que se van construyendo a partir del significado de las relaciones sociales, y así aporta una nueva visión a la noción de afecto como un fenómeno colectivo. Es así como los afectos sólo pueden ser leídos en los escenarios a partir de los cuales se derivan y de los significados que el sujeto le va dando a la situación. Esta perspectiva coloca a las emociones dentro de las redes de significado cultural que van señalando modos y formas particulares de la vivencia de la afectividad (Fernández Christlieb, 1999).

En la misma línea, Fernando González Rey aborda la idea de subjetividad a partir de la psicología cultural-histórica, y la define como “una producción simbólico-emocional de las experiencias vividas que se configura en un sistema que, desde sus inicios, se desarrolla en una relación recursiva con la experiencia” (González Rey, 2012: 13). Esta definición de subjetividad la sitúa como una cualidad constituyente de la cultura, de modo que lo subjetivo se vuelve irreductible a lo individual. La conceptualización de subjetividad que propone este autor, en tanto subjetividad social, integra los desdoblamientos y consecuencias de procesos que se desarrollan en un nivel macrosocial con los que ocurren a nivel microsocial (González Rey, 2012).

Una de las teorías más importantes en Psicología Social, que permite comprender los vínculos entre la persona y su grupo, es la Teoría de la Identidad Social (Tajfel y Turner, 1979). Según esta teoría, la identidad social es el aspecto del autoconcepto personal que está basado en la pertenencia grupal (Turner, 1999). En términos de Henri Tajfel, la identidad social de un individuo, entendida como su conocimiento de que pertenece a ciertos grupos sociales, sólo puede ser definida a través de los efectos de la categorización social que divide el entorno entre su propio grupo y los otros (Tajfel y Turner, 1979).

Se destacan tres factores que representan la identidad social: la evaluación sobre la pertenencia a un grupo, la auto-categorización o conciencia de la pertenencia al grupo, y el compromiso con el grupo o el deseo de ser parte del grupo (Ellemers, Kortekass y Ouwerkerk, 1999). A partir de estos procesos se construye la identidad social, que para las mujeres aquí analizadas implica ubicarse como parte del grupo social mujeres presas. Se trata de una identidad social negativa, ya que resulta una identidad portadora de un estigma (Molero, 2007) que conlleva, entre otras cosas, la exclusión social (Major y Eccleston, 2005).

El estigma es un término creado por los griegos para hacer referencia a signos corporales con los que se intentaba señalar un atributo profundamente deshonroso y desacreditador sobre una persona para convertirla en alguien manchado, marcado. Estos signos consistían en cortes o quemaduras en el cuerpo y advertían que el portador era un esclavo, un criminal o un traidor (Goffman, 1963). En la actualidad, el estigma no se manifiesta con signos corporales sino con dispositivos de saber-poder: los antecedentes penales son el estigma de estas mujeres (Carnevale, 2015). Ser portadoras de un estigma implica ser categorizadas a partir de esa marca. La persona deja de ser percibida en su totalidad y se ve reducida a aquello que la distingue (Goffman, 1963), por ejemplo, como “la que estuvo presa”, de modo que se anulan sus restantes atributos y se moldea la actitud de las otras personas en función de ello.

Algunos autores señalan que la controlabilidad es una de las dimensiones más importantes del estigma para la interacción social, es el grado en el que se considera a la persona estigmatizada responsable de su estigma. Es decir que, si se considera que el origen del estigma es controlable, el grado de rechazo es mayor que si se piensa las causas son incontrolables (Crocker, Major y Steel, 1998).

Existen múltiples definiciones y modelos teóricos sobre el estigma, y de ellos podemos considerar la clasificación de dos dimensiones: estigma declarado y estigma internalizado. El primero se refiere a las actitudes sociales y conductas de rechazo hacia las personas estigmatizadas, y el estigma internalizado a la interiorización por parte de la persona estigmatizada de las creencias y actitudes negativas que el grupo mayoritario tiene hacia ella (Tsutsumi e Izutsu, 2010; ONUSIDA, 2002; Parker y Aggleton, 2003).

Esto repercute en la aparición de sentimientos de auto-estigmatización y en conductas de auto-exclusión y constituye un estresor crónico y agudo (Fuster Ruiz de Apodaca, 2011). Así, la internalización de un estigma conduce a reacciones potencialmente desadaptativas, como la preocupación, los pensamientos obsesivos o el auto-desprecio (Allport, 1958).

Que el estigma no sea físico ni visible, por ejemplo, haber estado presa es una marca que se puede ocultar, y permite a las personas decidir si se desea revelar o no. Entonces se puede gestionar la información: “exhibirla u ocultarla; expresarla o guardar silencio; revelarla o disimularla; mentir o decir la verdad; y en cada caso, ante quién, cómo, dónde y cuándo” (Goffman, 1963: 56). Las personas con estigmas no visibles tienen mayores posibilidades de ocultarlo para evitar ser víctimas del prejuicio de los otros (Miller y Major, 2000).

Por su parte, la cultura carcelaria también produce efectos subjetivos. El ingreso a una institución total como la cárcel implica que las personas se despojan de los elementos que constituían su identidad fuera de la institución. Allí sufren una triple pérdida, a saber: “pérdida de un ‘hogar’, pérdida sobre los derechos de su cuerpo y pérdida de su estatus político” (Bello y Parra, 2016).

La subjetividad entendida en su dimensión singular permite comprender los modos de posicionarse de las mujeres respecto de los hechos que relatan y, en consecuencia, ubicar distintos tipos de afectaciones vinculadas a esto. Para esto, como adelantamos, podemos recurrir al Psicoanálisis. Dado que existen distintas corrientes dentro de la disciplina, disensos respecto de varias definiciones conceptuales, y conceptos que se resignifican según los momentos de las teorizaciones, tanto para Sigmund Freud como para Jacques Lacan, tomaremos los aspectos básicos de ambas teorías.

El concepto de posición subjetiva es sostenido por el Psicoanálisis lacaniano, partiendo de la teoría lingüística de Ferdinand de Saussure. Desde esta conceptualización, en tanto el inconsciente está estructurado “como un lenguaje”, el sujeto no se refiere al sujeto consciente, sino que es un “efecto” entre dos significantes, tal como lo expresa la cita lacaniana: “un sujeto es lo que un significante representa para otro significante” (Lacan, 1968: 18). Por lo tanto, no se trata de “hacer consciente lo inconsciente” como algo oculto, sino que es en las fallas del discurso como se puede ubicar las marcas del sujeto y el pasaje a otra escena con un cambio de sentido. De este modo, la noción de significante está en articulación directa con el campo del sujeto.

En segundo lugar, podemos retomar la noción de responsabilidad subjetiva partiendo del Derecho, que dice que la conducta de una persona sobre un hecho le es imputable e implica como elemento la culpa (Muñoz, 2017). A partir de esto, en el Psicoanálisis se lo ha identificado con las instancias de un análisis que apuntan a que un sujeto pueda “incluirse en la escena que lo aqueja”, entendiendo que se trata de un momento en el que alguien llegaría a reconocerse implicado en las situaciones que relata y de las que padece. De este modo el sujeto recupera la potencia en lugar de quedar en posición de objeto arrasado. Responsabilidad, entonces, alude a la posibilidad de responder habiéndose orientado al ubicar su lugar en esa escena que lo aqueja. Esto incluye también poder distinguir lo posible de lo imposible. Se trata de un proceso que en la transferencia va “de la rectificación de las relaciones del sujeto con lo real, hasta el desarrollo de la transferencia, y luego a la interpretación” (Lacan, 2002: 571). Se entiende aquí la rectificación subjetiva como “un efecto de una primera ubicación del sujeto que no sabía que sus palabras portaban una verdad y deslizan un deseo que lo particulariza” (Muñoz, 2017: 163). 

Si bien cabe destacar que la responsabilidad subjetiva es una noción muy discutida al interior del Psicoanálisis, conceptualizada y propuesta dentro de un encuadre analítico, se trata de una herramienta que permite ubicar en los relatos los grados de responsabilización que las mujeres expresan sobre sus trayectorias de vida. Cabe aclarar que esta posición de escucha se complementa con lo desarrollado acerca de la dimensión social de la subjetividad. Invisibilizar las determinaciones sociales del problema podría significar no sólo culpabilizar a las mujeres, sino también patologizar la inequidad social.

Por otro lado, para comprender la idea de afectaciones es necesario explicitar cómo determinados eventos cambian a los individuos, familias y comunidades, influyendo en el presente y la forma de pensarse en el futuro. La desigualdad, la miseria, la exclusión, el maltrato, el abuso infantil, las situaciones de cautiverio, son conceptualizadas por algunas autoras como situaciones extremas (Calvi, 2018; Bleichmar, 2003). Se trata de “todas aquellas situaciones donde la vida del sujeto es puesta en peligro y por lo tanto los modos de simbolización usuales quedan en suspenso por el efecto de un acontecimiento, que irrumpe en la vida psíquica poniendo en riesgo los modos con los cuales el sujeto se representó hasta el momento, su existencia” (Calvi, 2018: 18).

Estas situaciones conllevan un alto impacto traumático y, por lo tanto, constituyen una marca imposible de procesar por el aparato psíquico. Esta crueldad produce un efecto deshumanizante, un arrasamiento subjetivo.

En este sentido, para pensar en afectaciones causadas al proyecto de vida y cómo un hecho repercute sobre este, es importante considerar la idea de daño, definido como el “resultado de procesos que niegan la dignidad humana y que afectan negativamente las relaciones satisfactorias al punto de generar situaciones de carencia o agudizar los estados carenciales previos” (Bello y Chaparro 2009: 50) También, la de sufrimiento, es decir, reconocer las diferentes reacciones que tienen los seres humanos frente a situaciones adversas, ya sean individuales, familiares y/o vinculares (Rebolledo y Rondón, 2010).

Los actos de reparación permiten un reconocimiento que dignifica el sufrimiento de las personas y aportan a la posibilidad de transformar la realidad. El proceso de reparación reconoce la capacidad humana de modificar y construir otras significaciones más allá de las otorgadas, atenuando la perdurabilidad de lo traumático (Rebolledo y Rondón, 2010). Así, las palabras permiten simbolizar algo de lo perdido, pero no borran los daños irreparables ocurridos.

Susana Kaufman dice que las condiciones de escucha son fundamentales para el cuidado y acompañamiento en estas circunstancias, aunque no se trata de minimizar ni negar lo irreparable de los avasallamientos, sino de contribuir a devolver dignidad e integridad frente a las experiencias padecidas. Es el lenguaje el que puede habilitar la expresión de lo intolerable o silenciar las experiencias que han excedido los límites de la tolerancia psíquica. En este punto la escucha es fundamental, “contar, recordar, revivir se convertirán en parte de los intentos para aliviar el sufrimiento, para poder darle inscripción subjetiva y reapropiarla” (Kaufman, 2014: 112).



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