Consideraciones en torno a las visitas de figuras notables estadounidenses de un Roosevelt a otro
María Laura Amorebieta y Vera
Introducción
En 1884 el entonces presidente de Estados Unidos Chester A. Arthur sancionó una ley dirigida a crear una comisión para recorrer todos los países libres de América a fin de “indagar e informar acerca de los mejores medios para fomentar íntimamente las relaciones internacionales y comerciales entre Estados Unidos y los diversos países de Centro y Sud-América”[1]. Aunque la labor de dicha comisión no resultó particularmente exitosa, esta iniciativa sentó las bases de una futura ley, promulgada en 1888, la cual autorizaba al presidente de la nación del Norte a celebrar en Washington la que luego se conoció como Primera Conferencia Panamericana.
Así, desde finales del siglo XIX, diplomáticos, políticos, intelectuales y empresarios de distintos puntos del continente americano –aunque principalmente de origen estadounidense– comenzaron a desarrollar una serie de iniciativas panamericanistas –de carácter más o menos oficial– con la intención de extender la hegemonía de Estados Unidos y/o tejer lazos de cooperación e intercambio económico, financiero, político y cultural en la región. En efecto, el Boletín de la Unión Panamericana enfatizaba, al referirse a este tipo de acontecimientos, “la importancia y los beneficios de tales visitas en la promoción de mejores entendimientos y más cordiales relaciones entre las repúblicas americanas”[2].
En el marco de dicha empresa, se efectuaron numerosos viajes de figuras notables estadounidenses por América Latina que despertaron el entusiasmo y la atención de la población, las autoridades y la prensa regional. Esto se vio reflejado en la organización de un sinfín de actividades dirigidas a celebrar a esos viajeros ilustres, las cuales propiciaron –entre otras cosas– la construcción, circulación y transmisión de diversas imágenes relativas al pasado y presente de las naciones del continente en una época especialmente atravesada por fuertes expectativas hegemónicas[3].
Por lo tanto, este trabajo tiene como objetivo examinar las recepciones, agasajos y/o conferencias que tuvieron lugar en la Argentina de entreguerras en ocasión de las visitas de Theodore Roosevelt (1913), Leo S. Rowe (1914), Herbert Hoover (1928) y Franklin Roosevelt (1936). A través del análisis de los discursos pronunciados en los homenajes “panamericanos” –tanto de las mencionadas figuras norteamericanas como de las élites políticas e intelectuales locales que actuaron como anfitrionas–, se buscará reconstruir las representaciones de las naciones estadounidense y argentina, así como del continente americano en su conjunto, allí desplegadas. En última instancia, se plantea que las mismas no solo se constituyeron en una herramienta de aproximación fundamental entre las partes, sino que también dieron cuenta de las tensiones, negociaciones y entrecruzamientos de ideas, intereses y proyectos político-ideológicos perseguidos por los diversos actores que participaron –directa o indirectamente– de tales acontecimientos.
Theodore Roosevelt y Leo S. Rowe: entre la Doctrina Monroe, la evolución democrática y los destinos manifiestos
Presentada como “el acontecimiento más grande del año”[4], la llegada de Theodore Roosevelt a la capital argentina en noviembre de 1913 suscitó un considerable entusiasmo popular, el cual, según declaraba el ex presidente norteamericano desde el balcón de la legación de su país en la ciudad de Buenos Aires, simbolizaba “la estrecha amistad que” debía “unir siempre a la República Argentina y a los Estados Unidos sobre la base del recíproco respeto y de la perfecta igualdad”. Asimismo, Roosevelt aseveraría, luego de realizar una gira por la capital, que “Buenos Aires era el París del Nuevo Mundo” y que este viaje le había permitido comprobar que la Argentina no era “un país que tan sólo” denotaba “prosperidad económica”, sino que revelaba “haber sabido aplicar a sus organismos administrativos y a sus actividades en todos los órdenes, las más adelantadas conquistas de la ciencia”[5].
Sin embargo, la conclusión de que se trataba “de un pueblo en avance vertiginoso hacia el progreso” habría llegado tras su visita al puerto de Buenos Aires, el cual le hizo dar cuenta “de la magnitud comercial y de la potencia económica” de la nación argentina. Es por ello que el huésped de honor juzgaba “necesario” que “este país” fuera “conocido en el nuestro”, y que los Estados Unidos y Argentina marcharan “en perfecta armonía, para que” pudieran “realizar los nobles ideales” que les eran “comunes”[6].
En diálogo con un redactor del periódico La Prensa, Roosevelt compartiría también sus impresiones sobre el subcontinente americano y agregaría que “el siglo XX” iba a ser el “siglo de la América del Sur”, lo cual no significaba que “la América del Norte” quedaría “estancada […] como otras naciones más antiguas […], sino que el verdadero progreso, el colosal progreso, parecido al realizado ya por Norte América” estaría “especialmente deparado a la América del Sur”. A su vez, al hacer referencia a la Doctrina Monroe, el estadista sostendría –evidenciando un marcado cambio respecto a la política exterior exhibida a lo largo de sus dos presidencias– que se la debía “exponer sin tratar de imponerla, y solamente ayudar con ella a todo aquel” que lo solicitara[7].
En esta línea, el jurista y político argentino Eleodoro Lobos sostuvo –ante el público reunido en el Museo Social Argentino con motivo de la entrega a Roosevelt del diploma de socio honorario de dicha institución– que éste había “sido el agente prestigioso” de ideas y valores fundamentales
dentro y fuera del gobierno, cuando proclamábais las virtudes activas de la Democracia; cuando honrábais el ejemplo de Wáshington [sic] y de Franklin, cultivando el amor á la patria, y el amor á la humanidad; cuando interpretábais con rectitud en vuestros mensajes de presidente la doctrina de Monroe; cuando exponíais lealmente en nombre de la paz, vuestra política de previsión militar, fundada en circunstancias peculiares de vuestro país tan rico, tan fuerte, y tan expuesto á los recelos de una situación internacional que no nos alcanza […][8].
De igual modo, el presidente de aquella institución, Emilio Frers, introdujo la primera conferencia de Roosevelt en el Teatro Colón como una “verdadera cátedra de democracia” protagonizada por “uno de los hombres que con mayor devoción y energía ha predicado y, sobre todo, ha practicado sus grandes y sanos principios”[9]. Ahora bien, algunos días más tarde Frers volvería a pronunciarse públicamente en un banquete realizado en ese mismo lugar tras las dos conferencias del estadista estadounidense, en el que explicitaría las razones que se hallaban detrás de la decisión del Museo Social Argentino de invitar a la mencionada figura y organizar su gira por el territorio nacional.
Es que, según el jurista y político argentino, ese tipo de actividades constituía el “medio más eficaz” para lograr que se conociera “á la República Argentina en forma amplia y verídica, para contribuir á su mayor prestigio y á estimular los sentimientos de solidaridad internacional”[10]. Así, la visita de uno de “los más elevados representantes” de la “democracia del Nuevo Mundo” revestía una utilidad política vinculada a la búsqueda de las élites argentinas por posicionar a su nación en un lugar de prestigio y superioridad, el cual se lograría estrechando los lazos con Estados Unidos, aunque sin renunciar a los “vínculos indestructibles” que la unían con Europa. “Nuestra intimidad con Europa y con los Estados Unidos de América, á la vez, habrá de realizar la síntesis admirable que ha de hacer efectiva la fórmula de nuestra civilización”, observaba Frers ante el público reunido en el Teatro Colón[11].
En una fiesta realizada en la Sociedad Sportiva Argentina en honor al célebre visitante, el entonces Ministro de Agricultura Adolfo Mugica también haría referencia al “espíritu intrépido, eficaz y fuerte” de Roosevelt, que había “difundido por el mundo la fama y la influencia civilizadora de América”, para luego destacar que la nación rioplatense seguía el camino trazado por Estados Unidos, el cual era “hace ya mucho tiempo, maestro y modelo en la obra interminable y permanente de los progresos humanos”[12].
En efecto, para Mugica, el “destino revelado” de la nación del Norte había consistido en difundir “el espíritu de la democracia hasta en el seno mismo de las viejas monarquías”, destacándose los ejemplos de “Wáshington (sic) y Lincoln”, que habían “enseñado á amar en todas partes la firmeza cívica y la austeridad republicana como virtudes prácticas y fecundas para la felicidad y para la gloria de las naciones”. A su vez, el funcionario explicaba que la “independencia de los países sudamericanos” había sido “un corolario” de la estadounidense y que “las instituciones argentinas” eran “hijas de las instituciones americanas”. Esto último le servía para afirmar a continuación que no había “en el mundo ningún pueblo de origen latino” que se pareciera “más que nosotros á los Estados Unidos en el espíritu democrático y en el amor al progreso”.[13]
El interés por establecer el carácter democrático y, sobre todo, avanzado de la nación argentina también se vio reflejado en el discurso del presidente de la Suprema Corte de Justicia, Antonio Bermejo, quien —ante la visita de Roosevelt al recinto— apuntó:
Nuestra democracia ha completado ya su evolución orgánica y entrado de lleno en el período de la realización práctica de las instituciones libres nacidas con la gran República del Norte. Siguiendo la huella luminosa trazada por ella en la historia conseguirá también radicarlas en este suelo porque esa es su voluntad y la voluntad todo lo puede[14].
Ahora bien, fueron las intervenciones del entonces diputado y director de la Revista de Derecho, Historia y Letras Estanislao Zeballos las que mayor repercusión causaron a nivel local e internacional.[15] Es que en un “after dinner speech” éste llamó a sustituir el nombre de la calle Canning en Buenos Aires por el de Monroe, idea que reiteró nuevamente en el acto celebrado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en el cual se invistió a Roosevelt con el título de “Doctor Honoris Causa”.
Allí, Zeballos no solo defendió al ex presidente norteamericano en tanto “internacionalista” diciendo que “ningún hombre” había “sido más injustamente criticado”, sino que se lanzó a respaldar, asimismo, la Doctrina Monroe y el papel de Estados Unidos en el reconocimiento y protección de las repúblicas hispanoamericanas con las siguientes palabras:
Los Estados Unidos, siguiendo las huellas del general Miranda, habían gestionado de Inglaterra el reconocimiento de la independencia de las colonias y habían fracasado. Existe la leyenda de Canning. Digo una leyenda y lo mantengo. Hay en Buenos Aires una avenida Canning: una injusticia […] Los ingleses tenían sus conflictos con Rusia en América y en Europa y hacían la política que debe hacer siempre una nación: la política que le conviene y no la que le conviene á los demás. Por consiguiente, […] Canning declaraba que estaba de acuerdo con los Estados Unidos en no permitir que las naciones europeas intervinieran en la lucha entre España y las colonias, pero que Inglaterra estaba dispuesta á apoyarla si España tenía fuerzas suficientes para reconquistar sus colonias. Era, pues, Canning nuestro enemigo, con España ó con cualquier potencia. Y no reconoció la independencia de las colonias, sinó [sic] en 1825, cuando España declaró su impotencia para reconquistarlas […] Entonces, cuando el congreso de Verona decretó la movilización de un ejército de 60.000 hombres, cuya dirección se confiaría á la Francia para invadir la América […] el presidente Monroe lanzó aquel glorioso mensaje que deben bendecir todos los americanos libres de hoy […] ¡Esa avenida, señor intendente municipal, debe llamarse avenida Monroe! [16].
Seguidamente, el jurista y político argentino haría referencia al caso de Panamá, el cual fue calificado como “la corona de espinas del ex presidente Roosevelt en América” cuando, en realidad, debería ser recordado como “la obra maestra de sus dos gobiernos”. Aún más, para Zeballos, resultaba injusto que el estadista norteamericano hubiera sido “tachado de imperialista y de agresivo contra nuestros queridos y débiles hermanos de Colombia” en tanto lo que aquel habría evitado era que “el istmo de Panamá cayera bajo la acción de una soberanía europea, que quisiera construir el canal”[17].
Asimismo, Zeballos aprovechó la ocasión para advertir que “la ‘actitud’ Monroe, á medida que” descendía “del norte hacia el sud” degeneraba y perdía “su objeto”. Lo que ella valía “en el golfo de México”, carecía “de valor en el Plata”, especialmente en la nación argentina, la cual había “concluido su evolución civilizadora”, era “un país respetado” que cultivaba el panamericanismo y hacía votos “porque Dios” extendiera sobre el resto del subcontinente “las bendiciones de grandeza” que había “derramado sobre nuestro territorio”[18].
De todas formas, los elogios a la Doctrina Monroe, así como al accionar político de Roosevelt no impidieron a Zeballos evocar un artículo publicado en 1896 en donde el primero sostenía que las “repúblicas del Nuevo Mundo” –en lo cual “iban prendidas por igual la República Argentina como Haití”, reprochaba el político argentino– habían “hecho una vida miserable y sangrienta” y que “algún día, después de grandes vicisitudes y profundas desgracias”, llegarían “á un grado de civilización parecido al de Portugal”[19].
Si bien Zeballos entendía que estas declaraciones se basaban en el desconocimiento que en aquel entonces había respecto de las naciones hispanoamericanas —algo que viajes como éste ayudaban a subsanar—, la reproducción de dichas palabras le permitía, por un lado, exhibir el error cometido por Roosevelt y, por el otro, demostrar que la Argentina se había convertido en uno “de los dos Estados” responsables de custodiar “los extremos colosales del mar océano” y de “difundir las bendiciones de la paz, del trabajo, de la prosperidad material, de la cultura y de la democracia en las tres Américas y en el mundo”[20].
Aunque convencido de que la persistencia de “disturbios revolucionarios crónicos en algunas repúblicas latinoamericanas” era deplorable y daba cuenta de una historia nacional que no era “digna de respeto”, Roosevelt concedería a Zeballos —en su respuesta al discurso pronunciado por este último— que la Argentina había sepultado “en el olvido ese pasado de disturbios revolucionarios” y “entrado definitivamente en un período de orden, libertad y cumplida justicia”, por lo cual era merecedora de su homenaje y podía ser ubicada “al nivel” de su país[21].
De modo que Roosevelt –quien había sido recientemente candidato a presidente por el Partido Progresista y ya se estaba preparando para las elecciones de 1916– habría concebido su viaje por la Argentina y los intercambios con sus élites políticas e intelectuales como una oportunidad para reparar su imagen tras la época del gran garrote (1901-1909)[22]; así como para continuar cimentando la idea del “destino manifiesto”, la cual parecía involucrar ahora tanto a Estados Unidos como a la Argentina en la misión moral de extender la democracia y el progreso al resto del continente americano. Con su retórica elogiosa y cómplice, el ex mandatario intentó tejer una serie de lazos con las élites de la nación rioplatense con vistas a favorecer la hegemonía norteamericana en América del Sur, pero también a cosechar en la región apoyos a su cuestionada figura.
Ocho meses después de la gira de Roosevelt por la nación argentina, en un contexto internacional marcadamente distinto debido al estallido de la Primera Guerra Mundial, tuvo lugar la visita de otra figura notable estadounidense: el influyente catedrático experto en América Latina y futuro director general de la Unión Panamericana, Leo S. Rowe[23], quien –según recordaba Joaquín V. González– se venía vinculando “estrechamente” con las instituciones educativas y culturales argentinas, “trayéndonos y haciéndonos percibir la influencia educadora del espíritu colegial y universitario del Norte, tan fecundo en resultados sociales y políticos”[24].
Presentado como promotor de una “verdadera solidaridad americana”[25], Rowe dedicaría este viaje a la Argentina a pronunciar cuatro conferencias, tres de las cuales tuvieron lugar en la Universidad Nacional de La Plata y la restante en la ciudad de Buenos Aires. En la primera de ellas, el intelectual y diplomático presentó como su “deber hacer todo” lo que estuviera a su alcance para “establecer corrientes intelectuales entre el Norte y el Sur del continente”[26]. Asimismo, Rowe apuntó en otra de sus conferencias que, frente al conflicto bélico que atravesaba al viejo continente, “los países de Europa por sí solos” no podían dar “el paso” hacia “la civilización” y que para conservar la “independencia financiera y económica” era necesario “un esfuerzo” que abarcara “la acción unida del Continente Americano”[27].
En efecto, Rowe aprovechó la conferencia para plantear que era necesario “advertir a las potencias beligerantes” que el “continente entero” estaba dispuesto “a mantener estos derechos”, lo cual constituiría “una garantía” para la “seguridad” de los países americanos y “al mismo tiempo un adelanto notable en el derecho internacional”[28]. Incluso más, la conflagración europea tenía una implicancia mayor en la medida que, para el profesor estadounidense, esta significaba que había llegado “la hora” de realizar “la misión de América”, es decir, volverse “los portadores de una civilización que Europa [no había] sabido conservar incólume”[29]. Es que el “ambiente desfavorable a una verdadera evolución democrática” y “la influencia perturbadora de elementos que [sufrían] todavía de resabios medioevales” explicaban por qué incumbía a América llevar adelante la “misión pacificadora y civilizadora”[30].
Dentro de sus predicciones, Rowe incluía la desaparición del “predominio económico y financiero de Europa en América y después la influencia intelectual dirigente” que había tenido “durante tantas décadas”, a lo cual agregaba que el “arbitraje internacional” y el mantenimiento de la “neutralidad” se convertirían también en parte de la “misión” del continente americano.[31]
En este punto, el catedrático recordó naturalmente el “servicio prestado por la doctrina de Monroe a la paz y al desenvolvimiento ordenado de este hemisferio”, lo cual le permitió presentar a Estados Unidos como la nación responsable de continuar garantizando “la inmunidad” de América frente a los conflictos europeos. De hecho, Rowe culminaría sus exposiciones advirtiendo que “en cualquier momento” podían encontrarse “en una posición” que requiriera “la reivindicación de la doctrina, reivindicación que sería ahora sostenida por los países combinados de América”[32].
Así, el reconocido catedrático y político estadounidense destinó sus conferencias en suelo argentino a construir y proyectar –entre otras cosas– la noción de que, frente a la evidente decadencia europea, correspondía a América proseguir la tarea civilizadora y “dar nuevos horizontes a la humanidad”[33]. De esta forma, la llegada de Rowe a la Argentina tras el estallido de la “Gran Guerra” estuvo orientada a extender sus ideas en torno al papel que debían tener Estados Unidos y el resto de las naciones americanas en el nuevo orden internacional que se estaba forjando, así como demostrar las ventajas de una cooperación en clave panamericana. Para ello, aquel juzgó fundamental establecer contactos y trazar vínculos con los académicos, funcionarios y líderes políticos argentinos que participaron de dichas conferencias, los cuales se esperaba que pudieran contribuir a generar consenso en la región en torno a aquellos objetivos.[34]
Herbert Hoover y Franklin Roosevelt: entre la política de la “buena vecindad” y las demandas de “libre cambio”
La llegada de Herbert Hoover a la República Argentina el 12 de diciembre de 1928 constituyó, según el diario La Nación, “un acontecimiento de importancia indudable” en tanto se trataba de la primera visita de un presidente electo de origen estadounidense al país. Todavía más, el importante periódico en cuestión sostendría que la misma revestía “un valor americano” debido a que aquella cultivaba con “la gran nación del Norte relaciones de una realidad creciente” vinculadas, entre otras cosas, a “un floreciente comercio importador” que abastecía “renglones indispensables de la actividad nacional”[35].
En efecto, más de una década después de la visita de T. Roosevelt y Rowe a la Argentina, la hegemonía inglesa en América del Sur había dado paso al rápido avance de Estados Unidos, cuya presencia en suelo rioplatense se tradujo en un fuerte incremento de las relaciones comerciales, las inversiones y los empréstitos[36]. Sin embargo, la dificultad de aumentar las ventas argentinas en el país del norte –debido a sus políticas proteccionistas que excluían ciertos productos argentinos por cuestiones sanitarias y/o buscaban disminuir la competencia que perjudicaba a sus productores internos– dieron lugar a un intercambio bilateral desequilibrado. Así, las barreras económicas, junto con el rechazo a la política intervencionista estadounidense, despertaron una serie de tensiones entre Argentina y Estados Unidos desde los orígenes del panamericanismo, pero sobre todo durante la década del veinte[37].
En este marco, la presencia de Hoover en el territorio argentino suscitó numerosas reflexiones e intervenciones de políticos e intelectuales locales, como por ejemplo la del jurista Carlos Alberto Alcorta, quien se detendría a analizar “el dualismo notable” que gravitaba sobre el “Nuevo mundo”. Según Alcorta, las diferencias entre las tendencias “anglosajonas” y “romano-hispana” en el continente americano habían sido las responsables de que en ocasiones no lograran verse consagrados “los propósitos perseguidos en la formación del ‘panamericanismo’”, el cual habría surgido –en opinión de aquel– con el “pronunciamiento del presidente Monroe, de 1823”. Presentado como “un primer acto” de “solidaridad continental”, con él se habría afirmado “en fórmula escrita, aunque unilateral, el sentimiento emancipador de las repúblicas latino-americanas”[38].
Ahora bien, para el jurista argentino, aquella política no supuso la adopción de un rol pasivo o secundario por parte de las repúblicas latinoamericanas respecto a la consolidación de sus independencias y defensa de sus intereses nacionales. Como prueba de ello, recordaba la iniciativa de Bolívar en Panamá de 1826, el rechazo de la Argentina al tratado firmado en Washington en 1856 por infringir “visiblemente” el derecho internacional y cómo fueron los “estados hispano-americanos” los exclusivos responsables de proyectar, por ejemplo, el programa discutido en la Conferencia Panamericana desarrollada entre octubre de 1901 y enero de 1902 en México[39].
Por su parte, el político y abogado Augusto Rodríguez Larreta también aprovechó la visita de Hoover para ofrecer su opinión sobre la misión histórica que este último tenía por delante. Luego de efectuar un recorrido por la trayectoria de “los tres grandes ejemplos” de la historia y la política estadounidense, Rodríguez Larreta resumía:
Washington creyó en la independencia y en la república; y surgió en el concierto de las naciones una república independiente. Jefferson creyó en la igualdad política de los hombres y en su común aptitud; y los hombres se igualaron en la vida cívica y supieron elegir; Lincoln creyó en la unidad de su patria y en el progreso; y los estados se unieron y progresaron[40].
Así, el político argentino tomaría los casos de esas tres figuras para concluir que, a fin de “preservar la obra de sus antecesores”, así como “hacer frente a su responsabilidad directiva en la etapa histórica” que se iniciaba, “el presidente Hoover” debía “sustentar un anhelo de solidaridad internacional” que trascendiera “de las fronteras, ambiciones e intereses pasajeros de su pueblo y que” asegurara “a sus propios compatriotas el mantenimiento de los viejos ideales que dieron prosperidad y poderío a la República”[41].
La idea de que los Estados Unidos constituían la cuna de las libertades individuales y los principios republicanos sería un tópico recurrente durante aquellos días. En efecto, el abogado y diplomático Luis A. Podestá Costa recordaba cómo Monroe había denegado “a las potencias de Europa el derecho de traer su sistema al continente americano”; fórmula que no pertenecía a esa figura, sino que
era del pueblo todo de los Estados Unidos, que desde los primeros días de la lucha por la independencia la había escrito con su sangre línea por línea, al consagrar en sus cartas constitucionales, antes que lo hiciera la Revolución Francesa, las libertades individuales y los principios en que se funda el gobierno republicano. Y si ella había florecido en el pueblo de la Unión, era ya patrimonio de la América entera (…) En ello reside la gloria de Monroe, porque sabiéndose intérprete sincero y fiel servidor de los ideales de su pueblo, pudo y llegó a erigirse en defensor de los mismos ideales de los pueblos más pobres y débiles[42].
Según el reconocido médico Gregorio Aráoz Alfaro, esa voluntad de apoyo y protección hacia las otras naciones americanas persistía en la actualidad gracias “a lo que ciertas instituciones de los Estados Unidos” hacían “en particular beneficio” de aquellas. Si bien se excusaba porque “el llamado ‘imperialismo’ en el sentido político” no era de su “competencia”, consideraba que “tal imperialismo” no era “un sentimiento unánime ni aún, quizá, común a la mayoría de los espíritus cultos de aquel pueblo” y que “ideales generosos de panamericanismo y de cooperación humanitaria” animaban “la gestión entusiasta y empeñosa de muchos de sus hombres dirigentes”[43].
Es así que frente a la tan discutida “expansión económica y política de la gran república”, era “justo decir algo de esa otra ‘expansión benéfica’ del poder y del saber de ese pueblo, no ya sólo por medio de los libros, las revistas y las conferencias, según lo hacen todos los países que de mero civilizados han pasado a ser ‘civilizadores’”, sino también “por la acción directa, por el ‘servicio internacional’ prestado a muchos otros pueblos, sin esperar ni pretender retribución de ninguna especie”[44].
En esta línea, Alfredo Colmo –abogado e intelectual argentino que en ese momento presidía el Instituto Cultural Argentino-Norteamericano– también llamaría la atención sobre los “prejuicios diversos […] carentes de base y realidad” que existían en torno a Estados Unidos en América Latina, así como aquellos relativos a la Argentina que él identificaba en el país del Norte. En relación a estos últimos, criticaba que se refirieran a la misma como “uno de los tantos países” de “South America”, lo cual no resultaba “justo” pues se trataba de una nación “distinta” con un “régimen”, “dinamismos” y “problemas” que le eran “específicamente propios”:
El interrogante de los indios y los negros nos es prácticamente desconocido. Lo mismo cumple decir de las luchas y predominios de religión. El militarismo, las revoluciones y las dictaduras carecen entre nosotros de cualquier arraigo desde largas décadas. Casi no poseemos industrias extractivas, por donde tenemos que ser un pueblo de trabajo. El auge comercial […] da buena cuenta de lo consolidado de nuestra moneda y lo firme y acreditado de la situación financiera. La asimilación del extranjero es una cabal realidad, y el fuerte predominio de argentinos en nuestra población total es garantía segura de nacionalismo. Nuestro sistema educativo, con su reducida proporción de analfabetos, y el general ambiente de cultura, dicen de nuestras ciencias y nuestras artes[45].
Apoyado en ese inventario, Colmo esgrimía, pues, su “derecho a protestar contra una generalización que no se [ajustaba] a los hechos”, para señalar a continuación que, en su opinión, no existían, sin embargo, ni en Estados Unidos ni en ningún país del mundo “circunstancias” que hicieran “de su pueblo un pueblo ungido y predestinado”. Ahora bien, el jurista entendía —al analizar la grandeza de la nación del Norte— que lo “físico” precedía a lo “psíquico” o “lo material”, “a lo moral” y que eso era “toda una ley”. En este sentido, explicaba que “los latinoamericanos” habían priorizado lo segundo, es decir, “la política, la ‘literatura’ y todo el resto, con la natural consecuencia de que no” tenían “ni siquiera política ni literatura, cabalmente porque” carecían “de la básica consolidación de lo económico”[46].
De igual modo, Colmo se detendría sobre la cuestión del imperialismo para advertir –tomando como ejemplo el caso nicaragüense y el “acuerdo de los dos grandes partidos en lucha” para que Estados Unidos interviniera y presidiera las elecciones en aquella nación– que:
El imperialismo no es cosa que se decreta, sino cosa que surge de factores naturales. Más: el imperialismo no lo hacen los Estados Unidos, sino nosotros mismos, que carecemos de casi todo, especialmente de capitales, y se lo pedimos, como confesando nuestra pequeñez y haciendo resaltar su dominante grandeza. Y ese imperialismo no es otro que el de Inglaterra, que hasta hace poco fué [sic] nuestra decidida prestamista, empresaria y acreedora. Con ello no nos devoró. Por lo contrario, nos civilizó, dándonos ferrocarriles, puertos, industrias, capitales y el resto […] Nos aportan capitales, hombres, industrias y negocios, no por nuestros lindos ojos, sino porque los necesitamos y no sabemos desenvolvernos por nuestros medios. Nos convierten en sus deudores, pero nos hacen progresar y nos mejoran[47].
La conclusión de Colmo era, pues, que lo más deseable para el “bien” de su país era que Estados Unidos se les “infiltrara, como lo” hacían “con más de uno de sus nombres propios (Franklin, Washington, etc.), en sentimientos y costumbres que, sin desvirtuar nuestro temperamento,” fueran capaces de otorgarles “individualismo, sentido práctico, fe y optimismo en la acción, y ese conjunto enorme de valores culturales que son todo un crédito para los norteamericanos”. En su opinión, cuando así se procediera y se mantuviera “la tradición de una amistad invariable entre ambos países”, solo entonces la Argentina podría “ser en el hemisferio austral” un exponente latino “de orgánica y superior cultura […], de emancipación económica […] y de bienestar colectivo que habrá de consolidarnos y elevarnos”[48].
Tal y como había sucedido con la prensa argentina, la gira de Hoover por América del Sur también despertó el interés de los periódicos estadounidenses, los cuales harían referencia a las semejanzas y competencias que existían entre dichos países, así como a la superioridad que la Argentina parecía exhibir respecto de los territorios vecinos. De esta forma, The New York Sun advertía en un editorial que el “progreso paralelo” que existía entre aquellas naciones debía ser tratado con “la mayor inteligencia, justicia y mesura para que” no se consideraran “mutuamente como rivales y competidores, sino como amigos”, lo cual podía “redundar en un provecho común”[49]. En este sentido, otro periódico estadounidense, The Philadelphia Inquirer, agregaba que la “gran tarea de Hoover” consistía “en tratar de borrar las diferencias que alejaron a la Argentina del acuerdo panamericano”, misión que había “empezado en condiciones auspiciosas” ya que “el calor y la magnificencia con que” había sido recibido aquel constituían “un augurio cierto” de que se llegaría “a un nuevo acuerdo”[50].
Por su parte, The Evening Post sostuvo que la Argentina “era más conocida en los Estados Unidos que cualquiera de las otras naciones que Hoover” recorrería y que ambos países conservaban “las relaciones más cordiales”, más allá de que “la similitud de intereses” había creado “causas de disensión […] como, por ejemplo, el resentimiento argentino” contra las “barreras aduaneras” estadounidenses. A su vez, el periódico advertía que habían ocurrido en la nación rioplatense “demostraciones antinorteamericanas”, pero que “el gobierno argentino siempre” había “tomado las medidas más severas para proteger la vida y los bienes de los ciudadanos norteamericanos residentes en la República”[51].
Al respecto, cabe señalar, por un lado, que la llegada del presidente electo a Buenos Aires había ocasionado efectivamente algunas protestas en su contra, como sucedió durante el recorrido que efectuó junto a Hipólito Yrigoyen por la avenida Maipú, donde un grupo de manifestantes desenvolvió “dos letreros […] de un par de metros aproximadamente, en los que se leía una descripción que decía: ‘Viva Sandino’”. Este “incidente” concluyó con la intervención de los “agentes del orden público”, quienes se ocuparon “de dispersar a los provocadores”, arrestarlos y secuestrar “los carteles, uno de los cuales [llevaba] el nombre de la Liga Antiimperialista”[52]. De esta forma, la ocupación estadounidense de Nicaragua volvía a aparecer en la escena pública, aunque, a diferencia del editorial de Colmo, como objeto de condena por parte de la mencionada organización cominternista[53].
Por otro lado y teniendo en cuenta el hecho de que Estados Unidos y la Argentina aún eran competidores respecto al comercio de exportación de materias primas, aquella visita había sido aprovechada por la Sociedad Rural para intentar revisar los acuerdos comerciales con la nación del norte y, sobre todo, los aranceles aduaneros sobre la carne argentina. Así, delegados de esa institución se reunieron con Hoover para solicitar una reducción de los mismos y un aumento de las cantidades exportadas, petición que fue desestimada por este último en la medida que podía generar “una verdadera agitación en los círculos rurales” estadounidenses[54].
Más allá de la negativa del futuro mandatario de Estados Unidos a revisar los acuerdos comerciales con la Argentina, lo cierto es que su visita a esta última y al resto de las naciones latinoamericanas tenía como propósito tratar de mejorar la imagen que éstas tenían del país del norte, así como las relaciones mantenidas con las mismas en un contexto de creciente hispanismo y antiimperialismo en la región. De esta manera, cobraba sentido que una de las principales declaraciones de Hoover haya sido que no era “fundado el recelo de algunos sobre los supuestos propósitos intervencionistas” de su país en tanto los “hechos” irían demostrando “más clara y ampliamente” que no predominaría en su país “política alguna de intervenciones”[55].
Es más, el presidente electo desaprobaría aquellas ideas que otorgaban a algunas naciones una “función tutelar paterna […] y muchas veces hasta la de policía ejercida por los hermanos mayores respecto de los supuestos menores”. De hecho, para Hoover, no había “en el continente americano hermanos mayores ni hermanos menores”, todos los países tenían “la misma edad desde el punto de vista espiritual y político” y, en todo caso, la “única diferencia” que existía entre ellos era “el distinto momento histórico en su desarrollo económico”. Su conclusión era, pues, que todas las naciones del continente eran “un grupo de amigos” con “ideales muy semejantes” que habían emprendido marcha “hacia distintos destinos […] tanto altos unos como otros”[56].
En este sentido, el discurso de Hoover parecía anticipar los primeros indicios de la Política del Buen Vecino desplegada luego por Franklin D. Roosevelt, quien justamente visitaría la nación argentina ocho años después. Así, el 30 de noviembre de 1936, Buenos Aires tributaba “un apoteósico recibimiento al jefe de la más grande democracia del mundo”[57], quien llegaba a la mencionada capital para participar de la Conferencia Interamericana de la Paz que él mismo había propuesto y que contaría con la presencia de delegaciones de veintiún países pertenecientes a “la hermandad Panamericana”[58]. Al respecto, un editorial del periódico The New York Times explicaba que “Ante el temor de que [pudiera] estallar una guerra en Europa, [quedaba] la esperanza de que [se tomaran] importantes medidas” que hicieran del “panamericanismo un factor poderoso de paz mundial”[59].
En efecto, en la sesión inaugural de la asamblea, el presidente argentino Agustín P. Justo explicó que en “un mundo dividido por el odio y el rencor” que cavaban “abismos entre los países” contrastaba “la actitud de las naciones del continente”, las cuales se congregaban “en una reunión cordial para coordinar mejor la vida de la comunidad americana dentro del concepto sencillo de la buena vecindad”[60]. Por su parte, Roosevelt, al tomar la palabra, sostuvo que “muchas de las intolerables cargas de la depresión económica” habían “sido aligeradas, y debido en no pequeña parte a nuestros esfuerzos comunes, todas las naciones de este hemisferio” estaban “en paz con sus vecinos”. A su vez, agregaba que aquella no era “una conferencia para formar alianzas, para dividirse los despojos de la guerra, para repartirse naciones”, sino para “asegurar el mantenimiento de las bendiciones de la paz”[61].
Sin embargo, junto a las reivindicaciones en torno a la paz y la “buena vecindad”, existieron otras demandas vinculadas a la necesidad de que el intercambio comercial entre los países americanos se encontrara libre “de toda traba e inconvenientes”. De esta forma, el político socialista Arturo Ravina abogaba por que esa conferencia fuera “un paso decisivo en favor del libre cambio y en favor del bienestar económico de todos los pueblos de América”[62]. En esta misma línea, periodistas recibidos por Roosevelt en la embajada de su país lo interrogaron “acerca de la posibilidad de que los Estados Unidos” dejara “sin efecto las restricciones aduaneras a la importación de productos argentinos”; frente a lo cual el mandatario respondió “que esa pregunta pecaba por amplitud, ya que englobaba a toda índole de productos”[63].
No obstante, el presidente estadounidense agregaría de inmediato que esperaba “que un futuro entendimiento entre los dos gobiernos se tradujera en un acuerdo semejante” a los que la nación del Norte había “firmado con distintos países americanos”. Asimismo, en lo referente a las carnes argentinas, Roosevelt expresó “que no le correspondía a él solucionar el problema de su importación, pues su entrada” no estaba “prohibida por decisión gubernativa, sino por ley del Congreso, y tan sólo una nueva ley podría dejar sin efecto la anterior”[64]. Ahora bien, antes de despedirse, el mandatario prometió revisar algunos reglamentos sanitarios que, en la práctica, funcionaban “como medidas arancelarias disimuladas” a fin de hacer posible que “la Patagonia […] fuera relevada de las trabas sanitarias” que se le aplicaban[65].
De modo que tal como había sucedido durante la visita de Hoover con algunas demandas defendidas por la prensa y representantes de la Sociedad Rural Argentina, en esta ocasión fueron el Partido Socialista y, nuevamente, un grupo de periodistas los que aprovecharon la presencia de Roosevelt en el país para pronunciarse públicamente e insistir sobre la necesidad de revisar ciertos acuerdos aduaneros y, en última instancia, respaldar el liberalismo económico. Con todo, la discusión sobre “cuestiones económicas” y la expectativa por lograr una “tregua arancelaria” durante la conferencia y los encuentros con Roosevelt no llamaron la atención de la delegación norteamericana en tanto se sabía con anticipación que ello sería perseguido por la nación anfitriona[66]. En efecto, uno de los miembros de aquella comitiva, Adolf Berie, sostuvo en una conferencia efectuada a través de la radio para sus compatriotas días antes de que se inaugurara la reunión interamericana que durante la misma serían objeto de discusión “las posibilidades de remover aún más las barreras al comercio”[67].
Además de la Conferencia Interamericana de la Paz, numerosos agasajos y homenajes tuvieron lugar durante la breve estancia de aquel huésped ilustre, los cuales fueron organizados por entidades como el Museo Social Argentino, el Instituto Cultural Argentino-Norteamericano, la Universidad de Buenos Aires y el Instituto Sanmartiniano. En el caso de este último, se decidió designar a Roosevelt como miembro honorario de dicha institución y se le obsequió una copia de Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana de Bartolomé Mitre. A propósito de ésta, su director José P. Otero sostuvo en una carta dirigida al mandatario estadounidense que “el Washington del continente sudamericano bien [estaba] al lado de aquel otro Washington, arquetipo de virtudes excelsas, que en parte supo imitar el vencedor de los Andes y en parte superar, dejándose arrastrar por la fuerza de la abnegación el vencedor de Lima y árbitro de todo un continente”[68].
Por otro lado, la Asociación Cristiana de Jóvenes también homenajeó a Roosevelt y aprovechó para señalar que, al igual que “las Asociaciones Cristianas de Jóvenes norteamericanas”, esta también bregaba “por cultivar entre sus asociados un elevado sentimiento nacionalista” y se esforzaba “por desarrollar en ellos el ideal cristiano de la fraternidad entre los pueblos, a cuyo fin” había instaurado hacía “más de dos decenios en el Río de La Plata los campamentos universitarios panamericanos”, por los cuales habían pasado “centenares de jóvenes provenientes de todos los países de América”[69].
De esta manera, la breve visita de Roosevelt al país puso en evidencia la intención por parte del gobierno norteamericano de apaciguar los restos de desconfianza que todavía persistían en los países latinoamericanos respecto a la Doctrina Monroe, la cual buscó ser presentada ya no en términos unilaterales, sino como una política continental y panamericana capaz de involucrar a todas las naciones americanas por igual frente al inminente conflicto bélico al otro lado del Atlántico. Ahora bien, aquel suceso también reveló el marcado interés de la nación anfitriona por renegociar ciertos acuerdos comerciales con Estados Unidos, así como la creencia de que la Argentina podía tener –en un contexto regional cada vez más atravesado por la idea de que la libertad y civilidad de las naciones se encontraban en peligro– un rol central en la concreción de la paz y el orden continental.
Conclusiones
Este trabajo se propuso analizar las recepciones, agasajos y/o conferencias de cuatro importantes figuras estadounidenses que visitaron la Argentina en el período de “entreguerras” bajo la premisa de que los discursos y las representaciones referidas al pasado y al presente de la región que dichos acontecimientos pusieron en circulación podían iluminar las tensiones, negociaciones y entrecruzamientos de ideas, intereses y proyectos político-ideológicos perseguidos por los diversos actores que participaron de los mismos.
Así pues, las visitas de Theodore Roosevelt y Leo S. Rowe a la nación argentina en 1913 y 1914 —aunque tuvieron magnitudes diferentes y ocurrieron bajo contextos internacionales disímiles— pusieron de manifiesto el propósito que venía desplegando Estados Unidos desde la Cuarta Conferencia Panamericana desarrollada en Buenos Aires en 1910 consistente en lograr un pronunciamiento colectivo que reconociese la importancia y validez de la Doctrina Monroe en el derecho americano[70], en donde la obtención del –por momentos reticente– apoyo argentino pareció ser considerada una pieza fundamental. De igual modo, ambos buscaron reforzar los vínculos con las élites rioplatenses a fin de extender la idea de que en el nuevo orden internacional que se estaba forjando le correspondía a Estados Unidos y a la Argentina desempeñar un papel central en la preservación de la democracia y la civilización occidental.
En cuanto a los viajes de Herbert Hoover y Franklin Roosevelt al país en 1928 y 1936, estos evidenciaron la búsqueda por proyectar una narrativa de “buena vecindad” capaz de contrarrestar las precauciones y/o rechazos que todavía persistían en los países latinoamericanos respecto a la Doctrina Monroe y sus prácticas intervencionistas, para lo cual se buscó presentar a la primera como una política continental y panamericana. En efecto, esos acontecimientos coincidieron con un momento en el que los intentos de tutela directa por parte de Estados Unidos comenzarían a ser temporalmente abandonados al empezar a percibir –ante el creciente latinoamericanismo antiimperialista y el auge hispano-cristiano que acercaba a las naciones del subcontinente a las viejas metrópolis– que era necesario “presentar su política latinoamericana desde perspectivas menos irritantes”[71].
Ahora bien, el entusiasmo suscitado por la presencia de estos huéspedes ilustres, los efusivos elogios a la nación del Norte y los paralelismos trazados con ella no condujeron a las élites argentinas a descartar o desconocer los estrechos vínculos que poseían con Europa, a adoptar totalmente la agenda sostenida por aquellos representantes de la política estadounidense, a hacer a un lado sus demandas e intereses en materia económica ni a disimular sus cuestionamientos al creciente proteccionismo estadounidense. En este sentido, es preciso recordar que desde el centenario de la Revolución de Mayo, la sanción de la Ley Sáenz Peña y la integración del país al capitalismo mundial, había comenzado a extenderse la idea de que la Argentina podía convertirse en uno de los países más importantes del subcontinente americano, por lo cual no eran extraños los pronósticos que atribuían a ésta un gran futuro[72].
En este contexto, los hombres de la cultura y la política locales –ubicados bajo el signo de la ideología del progreso– se convencieron de que su país era esencialmente distinto del resto de las repúblicas latinoamericanas, de que le correspondía un lugar destacado dentro del concierto de naciones modernas y, en estrecha relación, de que debía disputar una posición de liderazgo en el continente. De esta forma, los intercambios y encuentros con aquellos personajes notables norteamericanos devinieron ocasiones ideales para seguir cultivando la idea de que la Argentina también tenía un “destino manifiesto” y –dados sus avances económicos y políticos– se encontraba en condiciones de intentar replantear sus vínculos con Estados Unidos y, sobre todo, de compartir con estos –en el marco de una suerte de reparto de poder continental– la tarea de defender y propagar los valores democráticos y civilizatorios en la región.
- Citado en: Quesada, E., La evolución del Panamericanismo, Buenos Aires, Talleres Gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación, 1919, p. 40.↵
- Bulletin of Pan-American Union, diciembre de 1913, p. 844. Traducción MLAyV.↵
- Amorebieta y Vera, M. L., “Pan-Americanism in dispute. US leaders, Bolívar, and San Martín in the centenaries of the Monroe Doctrine and the Amphictyonic Congress of Panama (1923-1926)”, Journal of Iberian and Latin American Studies, 30, 1, pp. 55-76.↵
- La Prensa, 6 de noviembre de 1913, p. 14.↵
- Fray Mocho, 14 de noviembre de 1913.↵
- Ídem.↵
- La Prensa, 6 de noviembre de 1913, p. 15.↵
- Ibídem, 8 de noviembre de 1913, p. 12.↵
- Ídem.↵
- Ibídem, 13 de noviembre de 1913, p. 11.↵
- Ídem.↵
- La Prensa, 11 de noviembre de 1913, p. 9.↵
- Ídem.↵
- Ídem.↵
- Cabe señalar que estas declaraciones suscitaron la condena de algunas naciones latinoamericanas. Así, por ejemplo, desde Colombia se llamó “a la prensa de la América Latina” a meditar “sobre la gravedad de las palabras que el doctor Estanislao Zeballos, pronunció en la sesión celebrada en la Universidad de Buenos Aires”. A su vez, se sostuvo que “Estimular la expansión violenta”, como lo había “hecho en su discurso el doctor Zeballos,” era “imprudencia notoria” y era “ruptura de la solidaridad latino-americana, así como adular al poderoso y burlarse del débil” era “servilismo y cobardía, que tarde o temprano costará caro”. En esta línea, el mexicano Manuel León Sánchez condenaba “la apología del detentador de la heroica República de Colombia” y llamaba a observar cómo respondería “el Gobierno argentino la política suicida de su catedrático en la Universidad de Buenos Aires”. Citado en: Revista Cosmos, 1913, 2, 22, p. 1154.↵
- Discurso de Estanislao Zeballos citado en Revista Atlántida, diciembre de 1913, XII, 34-36, pp. 187-188.↵
- Ibídem, p. 189.↵
- Ibídem, pp. 191-196.↵
- Ibídem, pp. 197-198.↵
- Ibídem, p. 199.↵
- Ibídem, p. 202.↵
- Zusman, Perla, “Negociando representacionalmente el panamericanismo. Estados Unidos y Argentina en la Exposición Universal de Búfalo (1901)”, Espaço e Cultura, 29, 2011, pp. 22-34.↵
- Para un análisis minucioso de esta figura y las conferencias pronunciadas en la ciudad de La Plata, véase: Salvatore, Ricardo, “The Making of a Hemispheric Intellectual-Statesman: Leo S. Rowe in Argentina (1906–1919)”, Journal of Transnational American Studies, 2, 1, 2010, pp. 1-36.↵
- González en: S/A, Problemas Americanos. Conferencias por L.S. Rowe, La Plata, Talleres Gráficos Christmann y Crespo, 1915, p. 7.↵
- Ibídem, p. 8.↵
- Rowe, ibídem, p. 13.↵
- Ibídem, pp. 45 y 47.↵
- Ibídem, p. 47.↵
- Ibídem, p. 49.↵
- Ibídem, pp. 49 y 53.↵
- Ibídem, pp. 54-55.↵
- Ibídem, pp. 65-66.↵
- Ibídem, p. 55.↵
- Salvatore, op. cit.↵
- La Nación, 9 de diciembre de 1928, p. 15.↵
- “En tanto en 1913 los Estados Unidos abastecían menos de una séptima parte de las importaciones argentinas y Gran Bretaña casi la tercera, en 1929 la participación de los norteamericanos había ascendido a más de una cuarta parte y la de los ingleses descendido a una sexta parte escasa. Hacia 1929, el valor de las exportaciones norteamericanas era tres veces el de 1913; el monto de las exportaciones británicas había decrecido. Después de 1916 y exceptuados los años 1922-24, los Estados Unidos constituyeron la fuente principal de las importaciones argentinas. Aun a diez años del fin de la guerra, Gran Bretaña no había recobrado su posición de primer abastecedor de las necesidades argentinas. Además, transitoriamente al menos, Argentina había dejado atrás a Cuba como primer comprador latinoamericano de América del Norte”. Peterson citado en: Morgenfeld, Leandro, “El difícil acceso al mercado estadounidense en la década de 1920: confrontación entre Argentina y Estados Unidos en la VI Conferencia Panamericana (La Habana, 1928)”, XXI Jornadas de Historia Económica. Universidad Nacional de Tres de Febrero, 2008. Asimismo, “La combinación de inversiones norteamericanas en la Argentina con los préstamos contraídos por la Argentina en los Estados Unidos había establecido a la república del Norte como el segundo mejor acreedor de la del Sur. Entre 1913 y 1929, sus inversiones totales crecieron en un 1.429 por ciento contra solo un 15 por ciento británico. Aunque la cifra de 2.140.000.000 seguía siendo tres veces y media la norteamericana, el dirigente porteño ya no podía increpar al yanqui por no haber arriesgado sus dólares al futuro de la Argentina” (Ídem).↵
- Esta disputa encontró su máxima expresión en la Sexta Conferencia Panamericana desplegada en Cuba unos meses antes de la visita de Hoover a la Argentina, en donde el presidente de la delegación argentina –en sintonía con la retórica crecientemente nacionalista de la campaña presidencial de Yrigoyen, aunque en abierto conflicto con el entonces mandatario Marcelo T. de Alvear y su ministro de Relaciones Exteriores– desafió la política exterior de Estados Unidos. Al respecto, se sugiere ver: Morgenfeld, ídem.↵
- La Nación, 13 de diciembre de 1928, p. 3.↵
- Ídem.↵
- Ibídem, p. 4.↵
- Ídem.↵
- La Nación, 13 de diciembre de 1928, p. 5.↵
- Ibídem, p. 7.↵
- Ídem.↵
- Ibídem, p. 8.↵
- Ídem.↵
- Ibídem, p. 9.↵
- Ídem.↵
- Citado en: La Nación, 14 de diciembre de 1928, p. 5.↵
- Citado en: ibídem, 16 de diciembre de 1928, p. 4.↵
- Citado en: ibídem, 14 de diciembre de 1928, p. 5.↵
- Ibídem, 14 de diciembre de 1928, p. 10.↵
- Asimismo, antes de la llegada de Hoover, se descubrió un complot, el cual no habría causado demasiada sorpresa entre las autoridades argentinas en tanto se trataba “de una demostración de que los comunistas y anarquistas de la América del Sur” persistían “aún en sus habituales actividades contra los Estados Unidos” (La Nación, 13 de diciembre de 1928, s./ p.).↵
- Citado en: La Nación, 16 de diciembre de 1928, p. 3.↵
- Ibídem, 17 de diciembre de 1928, p. 7.↵
- Ídem.↵
- Caras y Caretas, 5 de diciembre de 1936.↵
- Ibídem, 28 de noviembre de 1936.↵
- Citado en: La Nación, 30 de noviembre de 1936, p. 3.↵
- Ibídem, 2 de diciembre de 1936, p. 2.↵
- Ídem. Como ocurrió con Hoover, la llegada de Roosevelt también provocó algunos incidentes como, por ejemplo, la interrupción protagonizada por el hijo del presidente argentino, Liborio Justo, quien durante el discurso de Roosevelt exclamó a viva voz “Abajo el imperialismo”. Por un relato en primera persona de ese hecho, ver: Justo, Liborio, Prontuario. La tierra maldita, Buenos Aires, Ediciones B, 2006, pp. 275-277.↵
- La Nación, 2 de diciembre de 1936, p. 3. Respecto a la defensa del librecambio por parte del Partido Socialista y la idea según la cual aquella política económica era condición para el establecimiento de la paz, véase: Graciano, Osvaldo, “El Partido Socialista de Argentina: su trayectoria histórica y sus desafíos políticos en las primeras décadas del siglo XX”, A Contracorriente, 7, 3, 2010, pp. 1-37, y Poy, Lucas, “Juan B. Justo y el socialismo argentino ante la Primera Guerra Mundial (1909-1915)”, Política y cultura, 42, 2014, pp. 155-181.↵
- La Nación, 2 de diciembre de 1936, p. 4.↵
- Ídem.↵
- Ibídem, 3 de diciembre de 1936, p. 2.↵
- Ibídem, 30 de noviembre de 1936, p. 3.↵
- Ídem.↵
- Ibídem, 2 de diciembre de 1936, p. 3.↵
- Ídem.↵
- Rodríguez Díaz, María, “La Cuarta Conferencia Panamericana de 1910 y la doctrina Monroe en la prensa y diplomacia mexicana”, Ciencia Nicolaita, 71, 2017, pp. 43-62.↵
- Halperin Donghi, Tutlio, Historia contemporánea de América Latina. Madrid/Buenos Aires, Alianza Editorial, 2010, p. 297.↵
- Zanatta, Loris, Historia de América Latina. De la colonia al siglo XXI, Buenos Aires, Argentina, Siglo Veintiuno Editores, 2010.↵






