El caso de la capital bonaerense
Ayelén Fiebelkorn
Una tarde de 1943 fue inaugurado en Berisso un monumento al poeta Almafuerte (1854-1917). Pese a las altas temperaturas, una numerosa concurrencia asistió a la plaza homónima y prorrumpió en aplausos cuando el cordel dio paso a la gran figura del vate fundida en bronce.
Once años antes, uno de los actos más convocantes del cincuentenario urbano de La Plata fue el acto público en homenaje al mismo poeta. Aquella tarde de 1932, también calurosa, los socios de una asociación cultural libraron ante la concurrencia una placa conmemorativa y un museo, montado en la última casa por él habitada.
Ambos acontecimientos pueden leerse como hitos de un culto almafuerteano vigente, cifrado a través de las décadas de 1910, 1920 y 1930, de la mano de un conjunto heterogéneo de actores que prodigaron diversos reconocimientos y homenajes al poeta, tanto durante el último tramo de su vida, como más decididamente, de manera póstuma.
En este capítulo nos preguntamos por los agentes, los ámbitos y las formas de homenajear al poeta en un marco temporal atravesado por la democratización política y cultural en Argentina. Como es conocido, para los actores históricos del período, ambos fenómenos incidieron en la ampliación del espectro de figuras homenajeables, ya no sólo procedentes del ámbito político, religioso o militar, sino, crecientemente, del ámbito artístico, deportivo, científico y empresarial.
En principio, nos interesará establecer qué rasgos de la figura de Almafuerte fueron destacados por un conjunto de actores empeñados en distinguirlo durante el último tramo de su vida. Luego, tras precisar las formas de su homenaje póstumo, indagaremos en los motivos por los que la capital bonaerense se configuró como un espacio privilegiado del “culto almafuerteano”, identificando la trama de actores, prácticas y dispositivos materiales involucrados en el recuerdo del poeta.
1. En torno a Almafuerte: construcción mítica y reconocimientos en vida (1905-1917)
Almafuerte aparece a la vista de los jóvenes –que por serlo piensan y sienten nuevo– como el más progresivo y audaz de los poetas de Sur América, único que posee una concepción clara y lógica de la vida, por la cual marcha, dentro de una órbita trazada por su deseo y por su esperanza. Lejos de los ruidos atronadores de las calles, el poeta abre la ventana de su estudio, una celda, para desde allí pronunciar una de sus parábolas; hecho lo cual, retorna a su silencio, sin importarse de la bullanga atronadora con que los hombres se aturden y malgastan sus fuerzas[1].
Estas líneas aparecieron en el periódico platense El Pueblo en febrero de 1905. Su autor, el periodista de origen catalán Juan Más y Pí, no titubeaba en proclamar, ya desde el título, al poeta como “maestro de la juventud”. Apelando a una retórica religiosa, Mas y Pí presentaba a Almafuerte como un “místico por naturaleza”, un poeta-apóstol guiado por la fe, desvelado por los misterios y dolores humanos, que sabía extraer “consecuencias geniales y divinas” de “hechos vulgares”. Si bien en virtud de su genio poético cabía al vate “la supremacía intelectual” sobre la juventud argentina, no obstante, aún no lograba el reconocimiento merecido en lo que el periodista –radicado recientemente en Argentina– no dudaba en calificar como “el país de burocracia y compadrazgo”[2].
Más y Pí no predicaba en el desierto con su panegírico almafuerteano. Otros contemporáneos ofrecieron testimonio de su predilección juvenil por el poeta y apelaron, también, al universo religioso para subrayar ciertos rasgos atrayentes de su figura. Así, el escritor Manuel Gálvez, al destacar el “fervor” que él y sus amigos “socialistas o anarquistas” profesaban en los albores del siglo por literatos “raros” como Almafuerte y Sicardi, recordaba:
Se referían cosas extraordinarias de Almafuerte, a quien considerábamos como un santo laico. Decíase que daba sus sueldos, y hasta su ropa y cobijas a los pobres […] Además, Almafuerte era un rebelde, como casi todos nosotros. Le considerábamos un anarquista espiritual. Y por aquel amor a los pobres, a los caídos y a la “chusma”, le encontrábamos un cierto parentesco con San Francisco de Asís –santo simpático a los literatos– y con Tolstoi, que era uno de los grandes hombres de aquella época a quien más amábamos[3].
Bajo el seudónimo “Almafuerte”[4], Pedro B. Palacios, nacido en 1854 en el pueblo bonaerense de San Justo, había cosechado una notoria popularidad entre lectores y lectoras del entresiglo. En el marco del protagonismo asumido por la prensa en el proceso de modernización literaria[5], sus poemas alcanzaron al público lector en ascenso a través, principalmente, del diario La Nación[6], pero también de numerosos periódicos de carácter local[7]; además de revistas comerciales como PBT, Caras y Caretas, Fray Mocho y gran cantidad de publicaciones de menor circulación.
Mientras su obra poética, exponente del romanticismo tardío rioplatense[8], se popularizaba en la escena literaria del entresiglo, Pedro B. Palacios se desempeñaba como maestro y periodista en la campaña bonaerense. Numerosas biografías pueden consultarse en este sentido[9], y sin ánimos de ahondar en esa dimensión, baste mencionar que la escritura periodística de Palacios se alimentaba de sus convicciones políticas, afines a la emergente Unión Cívica. De hecho, Palacios combatió en las filas de la Revolución del Parque y de la Revolución de 1893. En ese interregno, se radicó en la incipiente capital bonaerense, presidió el primer comité radical y asumió la dirección del periódico El Pueblo, desde el cual difundió, bajo decenas de seudónimos, combativos sueltos de oposición al régimen oligárquico. A propósito de estas actuaciones, en su ulterior Memorial (1904) –largamente citado en biografías y estudios académicos–, Palacios manifestaba: “puse en aquella violentísima hoja, como más tarde en La Provincia, toda la fuerza de mi alma […] en sus columnas hice vibrar el civismo de la juventud al diapasón de lo sublime”[10].
Tras esos años de agitación política, Palacios regresó al interior bonaerense y retomó su labor docente en las localidades de Salto y Trenque Lauquen, hasta que en 1896 fue cesanteado de su cargo por carecer de titulación oficial[11]. En esas circunstancias, Palacios se vio obligado a regresar a la capital bonaerense para emplearse como Prosecretario de la Cámara de Diputados y, más tarde, como Bibliotecario de la Dirección de Estadística urbana. Su amistad previa con funcionarios bonaerenses –por caso, con Joaquín Castellanos, también poeta y ministro de gobierno en 1898–, resultó clave para obtener dichos empleos. No obstante, Palacios fue despedido a inicios de siglo y se trasladó a Capital Federal, donde subsistió como cartero. Viviendo en condiciones de aislamiento y extrema austeridad hasta el final de sus días, se avecindó en La Plata entre 1904 y 1917.
En suma, producidos en variables circunstancias y lugares, los poemas de Almafuerte eran remitidos por correspondencia a las distintas redacciones periodísticas[12]. Debido a lo oneroso que resultaba costear una edición de autor a inicios del siglo, Almafuerte sólo publicó en vida un poemario, Lamentaciones (1906), editado en una pequeña imprenta platense[13]. Un año antes, las páginas de La Nación difundían “El Misionero”, una de cuyas estrofas resultaría, en lo ulterior, objeto permanente de paráfrasis y citas: “Yo renuncié las glorias mundanales/Por el arduo desierto solitario/Para sembrar, también, abecedario/Donde mismo se siembran los trigales”[14].
Impregnada de referencias cristianas y pasajes autorreferenciales, esta obra de madurez catapultó la popularidad del poeta y contribuyó a alimentar, siguiendo a Szmetan, el “aura mítica” que infundía su persona[15]. Un testimonio del escritor Álvaro Yunque ahonda, precisamente, en esa dimensión:
Conocí a Don Pedro una noche que recitaba ‘El Misionero’ en un cinematógrafo de barrio. Ya era célebre. Acababa de dar su serie de lecturas en el teatro Odeón, largamente alabado por la prensa, y de obtener aplausos ovacionantes. Yo, entonces, tenía veinte años y lo idolatraba […] Cuando lo conocí […] no se me presentó como yo lo imaginaba […] No era un exótico anciano. Era un viejo criollo, familiar […] Desde entonces, comencé a ver a Don Pedro, al hombre, y a desvanecérseme el mito Almafuerte, mezcla de ermitaño y semidios[16].
Más allá de ratificar el aura mítica almafuerteana –y su desvanecimiento–, el testimonio de Yunque pone en relieve otras cuestiones significativas. En primer lugar, el protagonismo de la oralidad en la circulación y difusión de la poesía del autor. Según Minellono, la poética almafuerteana “rescató el uso de la palabra pública, y se valió de la retórica que se apoyaba en figuras y tropos empleados por el romanticismo, tras el objetivo de persuadir e influenciar a sus lectores, más asimilados al concepto de espectadores”[17]. Con frecuencia, Almafuerte declamaba, y también conferenciaba, en instancias de sociabilidad como funerales cívicos –por caso, el de Bartolomé Mitre en 1906–, banquetes de honor, recitales poéticos y lecturas públicas.
De hecho, y en segundo lugar, el aludido ciclo de lecturas en el teatro Odeón, en 1913, donde Almafuerte fue presentado y elogiado por Belisario Roldán, resultó un evento de consagración pública del poeta, “más o menos definitiva”, de acuerdo a Minellono[18]. Este episodio indicaría, por tanto, un desplazamiento respecto de la falta de reconocimiento denunciada por Más y Pí en 1905, con la que iniciáramos esta sección. No obstante, ciertas representaciones en torno a su figura, destacadas por el periodista, perduraron y se profundizaron, como veremos.
Durante la década del diez, la búsqueda de un reconocimiento público al poeta, forjada por su comunidad lectora, se expresó en el ámbito de la política parlamentaria, a través de al menos tres proyectos legislativos. El año del centenario de la Revolución de Mayo, núcleos estudiantiles del Colegio Nacional y de la Universidad de La Plata peticionaron ante cámara legislativa bonaerense para financiar la reimpresión del libro Lamentaciones. Tras las duras críticas a la obra almafuerteana formuladas por uno de los diputados opositores al proyecto, el estudiantado organizó un “acto de desagravio a Almafuerte” en la plaza pública del centro urbano. Avanzada la noche, en el salón de un hotel de las inmediaciones, Almafuerte –avecindado en la ciudad– leyó ante el auditorio un discurso titulado “Arenga cívica a la juventud”, en el cual proclamó que “el genio americano que vosotros anheláis […] no está en mí, ni en los hombres provectos de hoy”, sino “en vosotros”[19].
También en el marco del centenario, los diputados oficialistas Carlos y Manuel Carlés ingresaron al Congreso de la Nación una iniciativa para financiar la publicación de la obra completa del poeta, hasta entonces dispersa en diarios y revistas. En la extensa justificación del proyecto de ley ingresado a la Comisión de Instrucción Pública, el vate –“padre de época” al igual que Dante, Milton y Hugo– encarnaba un sentimiento común al interior del crisol de razas de la Argentina cosmopolita:
Almafuerte ha sido el poeta de este momento de nuestra vida, cuando en la pampa se confunden y mezclan, como en la formación de una nueva raza, todos los hombres de la tierra […] Y buscando de todos los hombres y todas las razas aquí congregadas el punto de común aproximación, ha sido el poeta del gran dolor humano, el poeta de la redención colectiva, por el trabajo libre en una tierra de libertad […] Pues bien, el Estado, que es la suma de lo colectivo, que es la concentración de lo humano aquí congregado, ya que da tierras y simientes para el labrador de los campos incultos, también está en la obligación de apresurarse a conservar para la patria, lo que de esta obra magnífica ya existe y auxiliar la producción de lo que aún falta[20].
Incluso trascendiendo los confines nacionales, la poesía almafuerteana expresaba, para los diputados, la nobleza de América, “tierra adoptiva de todos los doloridos”. Pese a que el proyecto no prosperó, su solo ingreso al ámbito parlamentario, así como su extenso articulado, resultan sintomáticos del tenor de iniciativas favorables al reconocimiento público del poeta en esa coyuntura atravesada por el nacionalismo cultural y los debates en torno a la identidad nacional entre las elites político-intelectuales del país[21].
Un lustro más tarde, y en el marco de la ampliación democrática auspiciada por la Ley Sáenz Peña de 1912, un grupo de diputados del triunfante radicalismo, encabezados por Francisco Riú, ingresó al Congreso un proyecto para otorgar una pensión mensual vitalicia a Almafuerte. El diputado por la UCR, Horacio Oyhanarte, destacó en su discurso la honra de la “juventud argentina” al peticionar en favor de la “tradición espiritual de la patria” y exaltó al “pobre poeta, dolorido, misántropo y genial”, “fraternal amigo de la desgracia, para quien todo dolorido es un hermano”, “poeta que, como aquel otro de Judea, va peregrinando con su carga irredimible de torturas”[22].
En la cámara alta, se destacó el discurso del senador Joaquín V. González. El riojano filió a Almafuerte dentro de la “constelación” de “nuestros apóstoles del ideal más venerado”: los poetas nacionales Olegario Andrade, Ricardo Gutiérrez, Carlos Guido y Spano, Rafael Obligado, Calixto Oyuela y Joaquín Castellanos. Ellos eran verdaderos “sacerdotes de las naciones” y “guardianes del ideal nacional”, así lo evidenciaban las sociedades del pasado, pero también, los “actuales momentos”, en que las naciones en guerra necesitaban acudir a las más poderosas “fuentes de sus energías” para despertar un “sentimiento nacional adormecido”, como lo hiciera “el bardo hindo-británico” Rudyard Kipling.
Dentro de aquella constelación nacional, Almafuerte representaba “el espíritu poético más potente”, no en el sentido de méritos literarios, sino “por la índole exclusiva y por el tono propio de su estro poético”, rico en variedad de tonos y de rimas, en efectos “musicales y morales”. Así, tras comparar a Almafuerte con los profetas de la Judea Antigua –Ezequiel, Isaías, Job y Salomón–, el senador ofreció una definición del vate más circunscripta a su época, sirviéndose del ejemplo de Walt Whitman en Estados Unidos:
Es un verdadero poeta de la democracia. Este es uno de sus mejores títulos a la gratitud nacional. Es un hombre que enseña de todas las formas: con su vida, con su abnegación, con sus ideas […] Lo que el alma del poeta siente es el alma de la muchedumbre; es la multitud desvalida, aquella que no tiene guía, aquella que no tiene conductores, aquella que no tiene representantes, aquella que no tiene docentes. Pero es que allí está la inspiración más potente de la nacionalidad, y así es cómo este gran poeta, que a la vez es un apóstol, que a la vez es un maestro, es un alto y luminoso guía de la conciencia colectiva […] Mostremos al mundo entero que la República Argentina es también un hogar cálido de los más elevados ideales que ennoblecen la raza[23].
Exultante de citas poéticas, el discurso de González fue ovacionado desde bancas y galerías del recinto. La pensión vitalicia resultó aprobada por unanimidad en septiembre de 1916, aunque Almafuerte no alcanzó a gozar del beneficio pecuniario otorgado por el estado, pues falleció pocos meses más tarde, en el verano de 1917.
Lo cierto es que más allá del ámbito de la política parlamentaria, durante el último lustro de su vida el vate fue objeto de homenajes y demostraciones auspiciadas por distintos sectores de la sociedad civil. Luego del ciclo de lecturas en el Odeón, ocasión en la cual, de acuerdo a Caras y Caretas, “se ha exteriorizado con justicia la oportunidad de un homenaje hacia una de nuestras grandes figuras intelectuales”[24], Almafuerte recorrió los pueblos bonaerenses de Mercedes, Chivilcoy, Chacabuco y Trenque Lauquen, donde había ejercido el magisterio y el periodismo en las décadas finiseculares.
Combinando dos roles frecuentes en su trayectoria biográfica –el de orador y declamador– sus recitales poéticos fueron antecedidos por breves discursos, de tono confesional y nostálgico, sobre la educación popular, la escuela y la conducta moral[25]. Estos eventos culminaron con homenajes al poeta motorizados por asociaciones, medios de prensa y escuelas locales. En La Plata, en una ceremonia en el Teatro Argentino, grupos estudiantiles lo homenajearon junto a otros dos poetas: Carlos Guido y Spano y Rafael Obligado.
En suma, sin ánimos exhaustivos ni concluyentes teniendo en cuenta lo polifacético de la figura y del fenómeno en cuestión, esta primera parte de nuestro recorrido procuró aproximar una mínima trama de actores, prácticas y motivos involucrados en el reconocimiento al poeta Almafuerte, coincidente, a grandes rasgos, con el último decenio de su vida.
Más allá de los ricos matices que exhiben las fuentes seleccionadas, aparecen continuidades en relación a ciertos rasgos atribuidos a la figura almafuerteana y a las retóricas involucradas en esa operación. En primer lugar, la unidad de sentido entre vida y obra del poeta, exaltada a través de la figura del apóstol, del santo, del místico o del semidiós, en suma, del universo religioso y algunos de sus valores asociados, como la austeridad, la compasión y la abnegación.
De igual modo, sus cultores celebraban un canto poético consustanciado con el dolor del “hombre común”, la “multitud desvalida” o la “chusma”, es decir, el sujeto político de la modernidad democrática. Por caso, en el discurso de González, la filiación del poeta con la democracia se presenta en términos absolutos.
A propósito de esta clave interpretativa, es productivo traer a colación una consideración del historiador Joel Horowitz en su estudio sobre el radicalismo entre 1916 y 1930[26]. Horowitz encuentra un paralelismo entre la figura del primer presidente de la democracia ampliada, Hipólito Yrigoyen, y la de Almafuerte. En su tesitura, las imágenes de inclusión, sufrimiento, caridad y vida austera que proyectaban ambas figuras, generaron un enorme atractivo popular. En cierta medida, esas imágenes resultaban atrayentes porque evocaban el ethos católico imperante en amplios sectores sociales. Pero también, la austeridad y la empatía resultaban valores edificantes para sectores afines a la cultura de izquierda de la época, como anarquistas, sindicalistas y socialistas[27].
Volveremos sobre algunos de estos aspectos en lo sucesivo. Por lo pronto, el fallecimiento del poeta en 1917 motivó un conjunto de nuevas prácticas y apropiaciones en torno a su figura, así como la emergencia de la capital bonaerense como ámbito privilegiado de culto al poeta, como atenderemos en los siguientes apartados.
2. Homenajes póstumos (1917-1920)
Almafuerte ya reposa en su tumba (…) El pueblo, el gobierno, el magisterio, la universidad, el sacerdocio, y sobre todo, la muchedumbre popular, la muchedumbre de esta ciudad donde el sufrió la miseria y desde donde irradió su deslumbrante genio lírico, han rendido una apoteosis tan solemne a su espíritu de poeta y filósofo, que es única tal vez en la vida americana de los últimos tiempos, porque ha sido excepcionalmente unánime, pues ha tenido a un tiempo la unanimidad de un gran duelo común y un dolor muy hondo, frente al cual presenciamos el inmenso vacío que abre su muerte[28].
Así comenzaba la crónica que El Día, principal periódico platense, dedicó al velorio y sepelio del poeta, calificándolo como una “grandiosa ceremonia popular”. Tanto en sus páginas como en las de su coetáneo El Argentino –que confirió mayor cobertura al episodio fúnebre–, arreciaron las adhesiones al duelo, obituarios, mensajes de condolencias y noticias sobre homenajes. Ambos matutinos destacaron la “inédita masividad” del acto en la breve trayectoria de la capital bonaerense.
La cobertura periodística fue principalmente textual, aunque El Argentino incluyó un retrato fotográfico del poeta –rubricado con su firma– y una semblanza enaltecedora, filiándolo con los grandes profetas bíblicos, pues había hecho de su obra “una expresión sincera de su vida, y de su vida una práctica constante de su obra”[29]. Fiel a su impronta visual, Caras y Caretas y Fray Mocho incluyeron fotografías del cortejo fúnebre e incluso, en el caso de la segunda, de la cabeza yacente y la capilla ardiente instalada en la municipalidad.

Fuente: Caras y Caretas, n° 962, 10/03/1917, p. 38.
El velorio público transcurrió en el salón de actos del palacio municipal, donde acudió gente “durante todo el día y toda la noche […] sin distinción de edades, sexos y [sic] ni condiciones”[30]. Por la tarde, se formó un extenso cortejo, con más de cien coches de duelo y una muchedumbre congregada en las calles adyacentes. El féretro del poeta viajó envuelto en una bandera nacional ofrendada por escuelas locales[31], en tanto que el paso del cortejo fue saludado por escolares y maestras, quienes enarbolaron la bandera y arrojaron flores, “el homenaje más justo al que habría aspirado Almafuerte, que fue un sabio maestro de escuela”, según opinaba el cronista de El Día[32].
El sepelio en la necrópolis local se extendió durante tres horas. Acudieron delegaciones del ámbito asociativo, educativo, periodístico y político, además de deudos, amistades y “gente suelta”. Diecisiete oradores pronunciaron discursos fúnebres: amigos personales de Palacios, representantes del gobierno nacional y municipal, de la Universidad Nacional de La Plata, del Círculo de Periodistas bonaerense, del diario El Tribuno, del Centro de ex estudiantes del Colegio Nacional, del Centro Juventud de Mayo, de la Unión Cívica Radical de La Plata, de la Colectividad belga, de la Comisión Aliados de La Plata y del Comité Patriótico francés de Buenos Aires. En particular, la asistencia de estas últimas tres entidades se explica por el posicionamiento público de Almafuerte durante la Gran Guerra: en ocasión del primer aniversario de la victoria aliada en la batalla del Marne, Almafuerte leyó en público su poema “Apóstrofe”, una imprecación al Kaiser en defensa de la causa aliada, traducida al francés como folleto y difundido internacionalmente[33]. De allí que, en el funeral del poeta, el representante del comité francés, lo recordara “profundamente impresionado por la conflagración europea”, exaltando sus “sentimientos altamente humanitarios”[34].
En cierto modo, aquel nutrido elenco de oradores resultaba representativo de la trayectoria vital de Palacios, con su extensa saga de episodios y anecdotarios originados en las arenas educativas, periodísticas y políticas, frente a las cuales la figura del poeta Almafuerte encarnaba una síntesis espiritual, que solemnizaba las actuaciones terrenales de Palacios.
Los días posteriores a la ceremonia fúnebre, la prensa fue portavoz de los diversos homenajes póstumos organizados tanto a nivel local como nacional. Por ejemplo, en Mendoza se llevó a cabo “un funeral civil al poeta, bajo el patrocinio de la asociación General San Martín”. En “un rincón de Córdoba”, un núcleo de periodistas anunciaba la creación de una biblioteca con el nombre del poeta. Otros homenajes populares acontecían en Paraná y Rosario. A nivel local, vecinos de Ensenada solicitaron al municipio platense “el cambio de nombre de algunas calles de la localidad” por el del vate extinto, “como homenaje a la memoria del esclarecido poeta que en más de una ocasión visitó esta localidad y leyó muchos de sus aplaudidos poemas”. Por su parte, la Unión Cívica Radical inauguró en la ciudad el Centro y Biblioteca “Almafuerte”[35].
Con todo, el radicalismo no fue el único partido político que homenajeó a quien fuera uno de sus correligionarios en los años noventa. También lo hizo el Partido Socialista, como puede seguirse a través de las páginas de La Vanguardia. El periódico socialista otorgó cobertura a la ceremonia fúnebre, describiendo en su editorial la magnitud del episodio: “De todas partes han llegado telegramas, cartas y mensajes de condolencia, confundiéndose todas las clases sociales, todos los partidos, todos los matices de opinión en un solo y común sentimiento de respeto”[36]. En lo sucesivo, sus páginas informaron sobre los homenajes póstumos tributados por centros y bibliotecas socialistas diseminados a lo largo del país –por entonces, el socialismo auspiciaba alrededor de doscientas salas–[37]. Entre los más significativos, cabe mencionar la solicitud del Centro Socialista de San Justo, localidad de nacimiento del poeta, para que “una de las calles principales de este pueblo […] donde sus ojos vieron por primera vez la luz” asumiera su nombre[38].
Asimismo, el exdiputado socialista Alfredo Palacios fue el principal orador del funeral civil celebrado en el Teatro Colón a poco de fallecido Almafuerte. Su alocución inició con una contundente afirmación: “cuando un gran poeta se va, el corazón del pueblo sufre desgarramientos dolorosos”.[39] En términos similares a los de González, Alfredo Palacios atribuyó a los poetas el don profético, la capacidad de liberar a los pueblos, de cantar “sus glorias, sus dolores y sus misteriosos anhelos de ascensión”[40]. En particular, la sensibilidad de Almafuerte había sido “para el dolor de los hombres” al punto tal que nadie los “amó más”, después de “Jesús y el De Asis” que este poeta “de filiación judaica”, procedente “directamente de la Biblia y toda su obra está impregnada del espíritu de Israel”[41].
La retórica religiosa, en particular, el universo bíblico, saturó la alocución del abogado socialista. El paralelismo entre Jesús y Almafuerte fue un hilo conductor de su discurso. No obstante, al final del mismo, el orador se deslizó hacia el terreno político, con el objetivo de refutar la hipótesis de un vate escéptico debido al fracaso de su ideal patriótico:
Poco después [de 1890], el mismo Almafuerte empuñaba un fusil para combatir los malos gobiernos […] Y después de la venalidad, vino el comicio abierto. Almafuerte, que nunca se decepcionó, que comienza un soneto diciendo “No te des por vencido ni aun vencido” no podía abandonar, como equivocadamente afirmó Mas y Pí, su hermoso ideal de patria que, por otra parte, él conciliaba perfectamente con los ideales de justicia social, y así se explica esa hermosa carta que Almafuerte, el ciudadano, me enviara en 1912 adhiriéndose a mi candidatura a diputado –perdóneseme esta justificada vanidad– […] En esta esquela Almafuerte habla del “auroral despertamiento que maravillosamente la nueva legislación electoral ha producido”[42].
Bajo esta última evocación de un Almafuerte idealista, defensor de la ley Sáenz Peña, el orador contribuía a reforzar la filiación entre el poeta y la democracia, ya formulada el año anterior por el senador González. En cambio, la proclama final de A. Palacios en favor de una “estatua de Almafuerte”, a la que acudirían, como al sepulcro de Teseo, “los miserables, los caídos, los débiles, con la esperanza de encontrar consuelo”[43], cobra sentido a la luz de la extinción física del vate y del “auge de la estatuomanía”, que –siguiendo el planteo de Agulhon para la Francia decimonónica– admitía la heroización del “hombre ilustre”, cuyo mérito fuese personal (no heredado) y laico (no canonizado)[44].
Otro funeral civil convocante tuvo sede en el Teatro Argentino de La Plata, en mayo de 1917. Auspiciado por el círculo de periodistas bonaerense, el lenguaje visual asumió protagonismo. Sobre los telones del escenario, el artista local Guillermo Ruótolo representó una alegoría de la vida de Almafuerte: un camino de altas cumbres, sembrado de espinas, atravesado por el poeta con pies sangrantes. Sobrepuesto, desde el horizonte neblinoso, se elevaba “la figura bíblica de El Misionero”, levantando un arco de triunfo[45]. Un retrato al óleo del poeta, obra del artista Speroni, completó una escenografía majestuosa que convirtió al teatro, según el cronista periodístico, “en un templo en el que se ofició solemnemente el culto de los fieles del maestro”.[46]
Funeral Civil de Almafuerte en el Teatro Argentino de La Plata (1917)

Fuente: Fray Mocho, n° 264, 18/5/1917, p. 33.
La banda de policía ejecutó el repertorio musical y las alocuciones correspondieron al escritor Eduardo Holmberg y al filólogo Juan Chiabra. También estaba previsto un discurso de Joaquín V. González –acaso el que suscitase mayor expectativa entre el auditorio–, pero se suspendió porque se encontraba enfermo. Holmberg destacó al “gran poeta y magnífico filántropo”, mientras Chiabra reparó en el “humanismo” de Almafuerte, cuyo “estilo llano y epigramático”, sumado a su conocimiento de la historia y la ciencia política, singularizaban “algo más” que un empeño literario: “la misión de un profeta”[47]. A continuación, el poeta Alberto Mendióroz recitó dos piezas almafuerteanas: “Jesús” e “Interrogante”.
Como lo hiciera en ocasión de la ceremonia fúnebre, la prensa platense leyó en espejo el funeral civil dedicado al poeta, calificándolo como “hermano gemelo” de aquel otro que “la ciudad rindiera”, en esa misma sala, a Florentino Ameghino, fallecido en 1911. Así, la ciudad de los “palacios silenciosos” se convertía en la del “sabio y el poeta”[48].
Para concluir esta sección, subrayemos el rol de la prensa no sólo como difusora de homenajes póstumos, sino en tanto plataforma de circulación de homenajes “en tinta”, de índole textual y visual. Las mencionadas revistas de tirada masiva –como vimos, medios claves en la difusión de la poesía almafuerteana– publicaron retratos, óleos, fotografías y poemas en memoria de Almafuerte, con firmas ajenas al staff periodístico. Por ejemplo, en Caras y Caretas se reprodujo en color un óleo de una casa habitada por el poeta, firmado por Juan Laporte; en la misma página, apareció un soneto en honor del vate a cargo del joven escritor salteño Juan Carlos Dávalos[49]. A página completa, PBT publicó a una extensa copla titulada “para el alma de Almafuerte”, compuesta por Eduardo Arengo, acompañada de un retrato a lápiz del poeta, autoría de “Merly”[50].
De igual modo, el mercado editorial, en pleno despegue a fines de los años diez, tuvo un rol fundamental en la difusión de producciones textuales dedicadas al poeta. Tanto en formato libro, como en el más popular folleto, se editaron biografías, memorias, crónicas de homenajes y estudios críticos sobre vida y obra almafuerteana[51]. Asimismo, las editoriales más populares del período de entreguerras como Claridad y Tor, lanzaron en los años veinte y treinta títulos del poeta a precio reducido. A modo de prólogo, esas ediciones populares incluyeron estudios críticos –en ocasiones, transcripciones de alocuciones leídas en homenajes o conferencias– a cargo de intelectuales, periodistas, políticos y escritores contemporáneos[52].
En síntesis, en esta sección procuramos aproximar las múltiples formas, canales y dispositivos de los homenajes póstumos dedicados al poeta, llevados a cabo por un amplio espectro de actores, desde individuos notables de la época hasta personas anónimas. En efecto, en los años diez, el gusto por el poeta abarcaba distintos segmentos del público lector. Desde un obituario no precisamente apologético publicado en Nosotros, Roberto Giusti reparaba en este aspecto: según el periodista, la “fama” de Almafuerte se había extendido entre “el pueblo, inculto e ingenuo, que halló en sus versos expresada su propia protesta milenaria contra la opresión y la injusticia”, y también, entre “los círculos cultos conquistados, en medio de esta decadencia de todas las retóricas, por aquella bárbara fiereza poética”[53].
3. El culto almafuerteano en La Plata: su materialización en el espacio público (1932-1943)
La capital bonaerense se fue delimitando, durante la ceremonia fúnebre y el funeral civil, como ámbito privilegiado de culto al poeta. Los homenajes en la necrópolis en ocasión de su aniversario fúnebre se tornaron, en lo sucesivo, un ritual convocante, al que asistían asociaciones culturales, instituciones educativas y formaciones estudiantiles.
Pese a que, como atendimos, la relación entre núcleos estudiantiles locales y Almafuerte se remontaba a la primera década del siglo, el clima cultural reinante en los años veinte propiciaba y potenciaba este tipo de prácticas. Luego del estallido de la Reforma Universitaria durante el bienio 1918-1920, proliferaron entre la juventud local diversas iniciativas culturales, a menudo sustentadas en corrientes idealistas y humanistas sensibles a los legados de distintos referentes artísticos e intelectuales.
Las primeras impresiones del estudiante Juan José Arévalo, procedente de Guatemala, sobre el ambiente urbano platense, ofrecen algunos indicios de lo antedicho. En contraste con el mercantilismo de la metrópolis porteña, la capital bonaerense aparecía a los ojos de Arévalo, en torno a 1927, como “refugio” de la filosofía, el teatro y la poesía:
La Plata no brilla solamente por sus excelencias urbanísticas. Viste ya, en lo social, estilo propio. A pesar de su juventud, blasona de jerarquía intelectual […] Almafuerte no tiene par en su vida ni en su obra. La Plata lo prohija, le rinde culto, lo hipostasia en su cielo de ciudad joven, sin astros. Murió en 1917. Aquí reposa en el panteón de los semidioses[54].
Dentro de las asociaciones culturales conformadas en aquel contexto, la “Agrupación Bases”, fundada en 1928, se distinguió como proactiva cultora de Almafuerte[55]. Apenas constituida, la entidad solicitó al municipio la administración de la última casa habitada por el vate, obteniéndola en 1929, junto con un subsidio mensual destinado a su restauración edilicia, la organización de un museo y una biblioteca pública. Bases radicó desde entonces su sede social en el deteriorado inmueble –que había funcionado como sede de un comité político– y sus jóvenes consocios iniciaron las tareas de rigor, requiriendo a “amigos y protegidos” del poeta la donación de correspondencia, libros, manuscritos y objetos para constituir una primera colección museográfica. Al año siguiente, la entidad presentó ante el municipio un nuevo proyecto, esta vez para construir, bajo el mecanismo de suscripción pública, un mausoleo al poeta en la necrópolis local. Por tal motivo, las bibliotecas populares Sarmiento (1914) y Euforión (1927) postergaron una iniciativa simultánea para erigir un monumento almafuerteano, bajo el mismo mecanismo.
En este contexto, el culto almafuerteano alcanzó notoriedad pública durante la conmemoración del cincuentenario urbano en 1932. El “acto público” de homenaje a Almafuerte, cuya organización corrió a cargo de Bases, integró el programa oficial de festejos de las “bodas de oro” platenses[56]. Sin dudas, tanto esta integración a la agenda oficial como la posibilidad de gestionar el inmueble resultan indicativas del respaldo que las autoridades públicas municipales y provinciales otorgaron a esta asociación desde su surgimiento, como advirtió Casas[57].
En cualquier caso, nuestro recorrido previo permite, sin desconocer lo anterior, situar las iniciativas de Bases como emergente de un conjunto más amplio de actores –incluidos los propios dirigentes políticos– favorables al encumbramiento almafuerteano. En ese mapa cabe incluir, desde luego, a la prensa local: las ediciones especiales por el cincuentenario evocaron al poeta a través de semblanzas e imágenes. El Argentino publicó un retrato a lápiz del vate, con un elocuente pie de imagen, que exaltó su filiación con la ciudad: “La gloria de Almafuerte […] es gloria de La Plata, porque aquí, desde su filosófico retiro, produjo su obra de madurez después de haber recorrido la campaña en siembra de ‘patriótico abecedario’”[58].
El homenaje público reunió a una nutrida concurrencia en el frente de la última casa del poeta. Esa tarde de 1932, Bases inauguró una placa conmemorativa y libró las instalaciones del “Museo Almafuerteano”. Tal como en la ceremonia fúnebre, fueron convocados cuatro oradores y –novedosamente– una oradora en representación del periodismo provincial, el magisterio, la política local, la universidad y el asociacionismo cultural[59].
Homenaje público a Almafuerte en su casa (1932)

Fuente: La casa de Almafuerte en el Cincuentenario Platense (1933). La Plata: Ed. Bases.
En particular, el discurso del profesor Alberto Palcos trazó una semblanza del poeta donde la retórica religiosa empalmaba con el universo popular. Su vida “de cristiano primitivo” explicaba en parte su obra, en la cual “llora, impreca, ruge, blasfema”, como ciertos autores bíblicos, para cantar el dolor milenario de su “chusmaje querido”.[60] Ahora bien, si a estas alturas lo anterior resulta una faceta conocida, un aspecto novedoso de los discursos se aloja en la reflexividad en torno al homenaje, su materialidad y significado en la trayectoria de la “joven” ciudad, en tren de construir un panteón de “vecinos ilustres”. Así, durante la apertura del acto, el orador de Bases proclamó:
No es homenaje prematuro, incubado en el clima precario de la amistosa cofradía o de la secta ideológica el que rendimos aquí, ante los umbrales sin lujos de esta humilde casita. Es la justicia, venida a paso lento en el instante mismo que La Plata alcanza su mayoría y comienza a discernir con juicio responsable sobre los merecimientos de aquellos (…) cuyos actos y obras le quedan otorgados como herencia invalorable[61].
Las restantes alocuciones subrayaron también lo novedoso del acontecimiento. La periodista Adelia Di Carlo –única voz femenina del acto, en representación del magisterio– metaforizó la casa como un “santuario” al que acudían, atraídos por la imagen y vida del gran poeta, “cual peregrinos en busca de inspiración”. Juan Carlos Dellatorre, por el periodismo bonaerense, se refirió a “la histórica covacha que desde hoy será templo solemne de veneración”. En contraste con las “heladas” estatuas de plazas y paseos públicos, para Alberto Palcos esa “morada” recreaba, en su modestia, una atmósfera que contribuía a acercar “el héroe” al pueblo:
Los héroes no salen sólo de los cuadros militares o de las calcinadas arenas políticas. También los suministra el arte, la ciencia, la filosofía, la industria, la acción civil. Salvo contadas excepciones, no hemos sabido hasta ahora honrar entre nosotros como se merecen a estos últimos. El tributo de la Agrupación Bases señala el comienzo de una auspiciosa reacción. Abre una vía. Y para que el homenaje de la joven ciudad sea completo, habrá de convertir en museo la casa donde vivió Ameghino. Modesta como esta, sugeridora como ésta. Ambas casas son una lección inolvidable para las nuevas generaciones. Sirvieron de asiento a los dos espíritus más altos de la ciudad[62].
En suma, la filiación de Almafuerte con La Plata se consumaba a través de aquel homenaje que, en el marco del cincuentenario, inauguraba un museo en la última casa por él habitada. Desde entonces, el inmueble comenzó a integrar un incipiente patrimonio cultural urbano; de hecho, el estado municipal acabaría asumiendo la gestión del museo a mediados de los años cuarenta. Pero incluso antes, el estado provincial asumió su preservación patrimonial: en 1936, bajo el gobierno provincial del conservador Manuel Fresco, una ley declaró la casa “Monumento Provincial”, asignándole un subsidio económico a Bases, “su cuidadora y conservadora”, para adquirir libros, ampliar el museo y costear publicaciones referentes al poeta.[63]
En efecto, durante la década del treinta, además de administrar el museo, la entidad editó obras de/ sobre el poeta; y centralizó una serie de homenajes e iniciativas en su memoria. Por ejemplo, en 1939 organizó un acto para inaugurar un monolito recordatorio en los jardines de la casa.
Inauguración del monolito recordatorio a Almafuerte (1939)

Fuente: En el bronce y en la piedra. Homenaje de la agrupación Bases al poeta Almafuerte (1939). La Plata: Ed. Bases.
En virtud del respaldo que las autoridades públicas otorgaban a la entidad, no sorprende que fueran las manos del intendente conservador Luis M. Berro las que descubrieran el monolito, cuya materia prima, de acuerdo al orador de Bases, había sido “trabajada por los penados de Sierra Chica –los ‘Cristos negros’ que Almafuerte cantó en ‘Dios te salve’– en la soledad impresionante de su confinamiento”[64]. El monolito portaba, además, un medallón esculpido en bronce, con una imagen alegórica inspirada en una estrofa almafuerteana –una simétrica figura humana de pies descalzos con sus palmas abiertas hacia los hocicos de dos canes– y debajo, una placa de bronce con los siguientes versos:
Y a pesar de ser bálsamo y ser puerto,
De ser lumbre, ser manta y ser comida,
¡A mi nadie me amó sobre la vida!
¡Ni nadie me honrará después de muerto!
No es difícil inferir la lógica subyacente a la elección de la estrofa de “El Misionero” eternizada en el bronce. Nucleados en la asociación, los fervorosos cultores almafuerteanos rectificaban el pronóstico de aquellos versos. O, expresado en palabras del orador de Bases: “si nadie le amó sobre la vida, nosotros, la ciudad, los benefactores de Bases, hemos sabido honrarle después de muerto”.[65]
Fuera de estos dispositivos memoriales impulsados por Bases y financiados, en buena medida por el estado bonaerense, la filiación del poeta con La Plata se reactualizaría en posteriores aniversarios urbanos, ratificando la operatividad de las conmemoraciones para atribuir un valor patrimonial a determinadas figuras, lugares y objetos del pasado local.[66] Así, una década más tarde, una testa esculpida de Almafuerte integró, junto a las de Florentino Ameghino, Alejandro Korn, Carlos Spegazzini y Juan Vucetich, el monumento “a los cinco sabios” emplazado en el bosque local. El principal orador en el acto de inauguración fue Alfredo Palacios, entonces presidente de la universidad platense, mentora de esta iniciativa financiada por el estado bonaerense[67]. En línea con su predilección almafuerteana de los años diez, durante su gestión al frente de la casa de altos estudios (1941-1943), el socialista impulsó la publicación de la obra completa de Almafuerte, dispuesta por el Congreso Nacional en 1938[68]. Uno de los volúmenes, editados entre 1946 y 1950, contó con prólogo de su autoría.
Por último, existió otro hito en la materialización del culto al poeta en el espacio público platense, cuyo epicentro fue Berisso, localidad obrera lindante a La Plata, perteneciente al partido homónimo[69]. La primera plaza de la localidad, inaugurada en 1937, fue bautizada con el nombre del poeta y desde entonces, comenzó a proyectarse allí una estatua en su memoria. El rol del estado bonaerense resultó determinante para su concreción. El senador conservador Walter Elena ingresó un proyecto, aprobado en 1942, tendiente a garantizar a la Comisión Pro-Monumento, por él presidida e integrada por vecinos de Berisso, la asignación de una considerable suma de dinero para costear el “cimentado monumento en la plaza homónima de Berisso”[70].
Una vez más, la inauguración aconteció durante el aniversario urbano platense, en noviembre de 1943. Obra del escultor Ulises Tosi, la estatua fundida en bronce con basamento de piedra –también elaborado en el penal de Sierra Chica–, de una longitud de ocho metros, constituía, de acuerdo a la prensa local, “una de las más grandes de la república y la primera que se erige al poeta de forma individual”.[71] Ataviada con un manto, la imponente figura del vate se representa en marcha, con un cayado en la mano derecha y el rostro levemente levantado en actitud determinante.
Inauguración del Monumento a Almafuerte
en la localidad de Berisso (1943)

Fuente: El Argentino, 21/10/1943, p. 1.
Pese a los “rigores de una temperatura elevada”, se congregaron en la plaza funcionarios públicos, delegaciones escolares, periodistas, cuerpo de bomberos, boy scouts y asociaciones civiles –fue el caso del centro de fomento y biblioteca “Almafuerte” (1942), emplazado frente a la plaza homónima–. Sin embargo, en contraste con homenajes precedentes y en correlato con el clima imperante tras el golpe de Estado de junio, los discursos fueron pronunciados únicamente por autoridades públicas. El senador Elena, orador por la comisión organizadora, consideró al monumento “la síntesis gloriosa” de la vida “de pensador y de poeta” del extinto. Además, destacó su emplazamiento “aquí, en Berisso, en el pueblo de los obreros, de las fábricas, de las duras fatigas, de los largos afanes”[72]. Por su parte, el comisionado municipal, Coronel Ferrari, realizó una semblanza del “ilustre vate”, en la cual destacó su miseria, sus desolaciones y amarguras, en definitiva: “la vida atormentada del poeta (…) que conmovió en lo más íntimo el alma del pueblo que hizo de él su poeta y su apóstol”[73].
Finalizados los discursos, la comisión organizadora distribuyó entre la concurrencia ejemplares de “El Misionero”, tarjetas con la vera efigie del poeta y sus populares “sonetos medicinales”. El escultor Ulises Tosi, consultado por la prensa respecto de la “concepción estatuaria”, declaró que era “absolutamente personal”, precisando no haberse detenido en el aspecto “físico” del poeta, sino en “hacer un retrato de su alma”[74].
En suma, por medio de aquel acto se materializaba, en esa localidad periférica de la capital bonaerense, el anhelo estatuario expresado en el funeral civil de 1917. En esta sección, recorrimos cómo la capital bonaerense se delimitó como ámbito privilegiado de culto almafuerteano, e identificamos actores, prácticas y dispositivos memoriales materializados en el espacio público platense en pos del recuerdo del vate.
Consideraciones finales
En 1949, se estrenó en los cines nacionales la película “Almafuerte”, dirigida por Luis César Amadori. Atravesada por el ideario peronista, el filme recrea a un vate defensor de los derechos de los humildes, a partir sobre todo de su rol como maestro en un pueblo del interior bonaerense[75]. Si bien atender la reivindicación almafuerteana durante los años peronistas excede nuestra incursión, aquel estreno cinematográfico funciona, desde la óptica de nuestro recorrido, como ejemplo de la ampliación de agentes y dispositivos involucrados en tornar perdurable el legado del poeta en tiempos de cultura masiva y una sociedad nacionalizada.
En el seno de una sociedad finisecular fuertemente cosmopolita, la expansión de la prensa periódica y la ampliación del público lector, propiciaron el desarrollo de una comunidad de lectores de Almafuerte. Durante el último tramo de su vida, entre 1905 y 1917, el poeta fue objeto de homenajes y demostraciones motorizadas por diversos actores: sectores de las elites político-intelectuales liberales, pero también, de las emergentes fuerzas políticas de la democracia ampliada –como la UCR y el socialismo– y de la juventud estudiantil. El ámbito de la política-parlamentaria, a nivel nacional y provincial, expresó iniciativas impulsadas por esos actores. Muchas otras se canalizaron a través de ámbitos de la sociedad civil, como asociaciones, prensa y escuelas, principalmente en La Plata y el interior bonaerense.
Parece claro que para sus simpatizantes, la admiración no se restringía a la poesía almafuerteana, exponente del romanticismo tardío. La figura de Almafuerte retroalimentaba el atractivo poético porque permitía proyectar un modelo de virtud moral que sintonizaba con el clima de época. El uso de la retórica religiosa, tanto por parte del autor, como de sus cultores, resultó clave para construir ese modelo. La austeridad, el sufrimiento y la compasión atravesaban su vida y se representaban a través de su poesía. En definitiva, un conjunto de valores que, como sostiene Horowitz al trazar el paralelismo entre Almafuerte e Yrigoyen, interpelaban a amplios sectores sociales: aquellos afines al catolicismo y también a la cultura de izquierda de las primeras décadas del siglo veinte.
La extinción física del vate motivó diversos homenajes póstumos. A la convocante ceremonia fúnebre, siguieron los funerales civiles en Buenos Aires y La Plata. La prensa fue portavoz de homenajes populares en distintos puntos del país; pero también, en particular las revistas comerciales, un canal de circulación de homenajes textuales y visuales –retratos, óleos, poemas– elaborados por lectores/as anónimos/as en memoria del poeta.
La capital bonaerense se delimitó como ámbito privilegiado del culto a Almafuerte. Sectores de la juventud estudiantil rindieron honores en vida al poeta, avecindado en La Plata tras residir en el interior bonaerense. Una vez fallecido, en un clima cultural dominado por las iniciativas de la juventud universitaria reformista, proclive a la expresión artística en general y poética en particular, los tributos póstumos al poeta se ritualizaron. El surgimiento de una asociación como Bases y su pléyade de iniciativas en favor del legado almafuerteano, se vincula con lo antedicho.
Ahora bien, los homenajes a Almafuerte confluyeron, en los años treinta y cuarenta, con el proceso de invención de una tradición urbana[76]. La capital bonaerense construía por entonces su mayoría de edad a través de la conformación de un panteón de “vecinos ilustres”, dentro del cual el poeta ocupó un sitial. Con el estado bonaerense como un actor clave en este nuevo escenario, la filiación del poeta con la ciudad se materializó en el espacio público a través del museo dedicado al poeta (1932), el monumento a los “cinco sabios” (1942) y la estatua de Almafuerte, erigida en la plaza de Berisso e inaugurada durante el aniversario urbano de 1943.
- Mas y Pí, Juan, “Los maestros de la Juventud. Almafuerte (1905)”, en: Almafuerte, Lamentaciones, Montevideo, Claudio García Editor, 1921, pp. 7-8.↵
- Ibídem, p. 24. ↵
- Gálvez, Manuel, “Almafuerte”, en: Recuerdos de la vida literaria (I), Buenos Aires, Taurus, 2002, p. 126.↵
- Como indica la crítica literaria especialista en la obra almafuerteana María Minellono, el seudónimo en cuestión se originó en una respuesta a Carlos Olivera, quien firmó como “Alma viva”, en un debate en el cual Palacios se manifestó a favor del divorcio. El uso de la máscara era una costumbre en el ambiente literario finisecular. La palabra “alma” refería a un bastión de resistencia moral frente a la materialidad de una sociedad que se transformaba al ritmo de la modernidad capitalista. En tanto que el adjetivo “fuerte” expresaba su “voluntaria armadura para enfrentar la adversidad sin sufrir desgarramientos morales severos”. Pedro Palacios descubrió que este ocasional seudónimo encerraba una metonimia que lo representaba y lo adoptó de manera definitiva, comenzando a arbitrar su conducta bajo la sugestión de este “segundo nacimiento”. En: Minellono, María, “Una expresión estética diferente en nuestro imaginario de fin de siglo. La obra de Almafuerte desde una perspectiva literario-lingüística”. Tesis de Doctorado, Universidad Nacional de La Plata, 1998, pp. 7-8.↵
- Al respecto, ver: Rama, Ángel, “La modernización literaria latinoamericana (1870-1910)”, Hispamérica, 36, 1983, pp. 3-19. Para el caso argentino: Prieto, Adolfo, El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1988.↵
- La amistad de Pedro B. Palacios con Bartolomé Mitre Vedia –alias “Bartolito”– facilitó la publicación de sus obras en el diario La Nación durante el primer lustro de 1890. A partir de entonces, diarios de otras latitudes –como El Globo de Madrid– reprodujeron poemas del autor, propiciando su difusión en Latinoamérica. De igual modo, por requerimiento de “Bartolito”, Rubén Darío escribió en 1895 una reseña favorable a la poesía almafuerteana, integrando a Almafuerte a la saga de poetas “raros”.↵
- De hecho, según el hallazgo de Alberto Palcos en 1931, el primer poema impreso de Almafuerte, titulado “Olvídate de mí”, fue publicado en el diario Tribuna en 1874. En: Szmetan, Ricardo, “La crítica a Almafuerte. La recepción de su obra a través del tiempo”, Hispania, 85, 1, 2002, p. 47.↵
- Para un análisis literario de la obra almafuerteana, véase Minellono, op. cit., especialmente pp. 40-96.↵
- Veáse, por ejemplo: Brughetti, Romualdo, Vida de Almafuerte, el combatiente perpetuo, Buenos Aires, Peuser, 1954 y Fernández Berro, María Laura, ¡Piu Avanti! Vida de Almafuerte: su obra literaria, social, el museo, La Plata, La Comuna, 2013.↵
- Cit. en Brughetti, op. cit., p. 583; Cit. en Minellono, op. cit., p. 5. En relación a sus convicciones políticas, la autora precisa: “Palacios se inició en el pensamiento político bajo la influencia de las figuras de Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen, a quienes trató con asiduidad en el período comprendido entre 1876 y 1879, en el barrio de Balvanera donde ellos vivían y el poeta se desempeñaba como profesor de dibujo y declamación. A partir de entonces participó en forma activa en las filas de la Unión Cívica”. Ibídem, p. 4. ↵
- Ejerció el magisterio en Capital Federal (1870-1879), en Mercedes (1881-1883), Chacabuco (1884-1887) y, luego de aquel intervalo de residencia en La Plata dedicado a la actividad política y periodística, en Salto (1892-1894) y Trenque Lauquen (1894-1898). En virtud de su oposición al régimen, protagonizó conflictos con las autoridades públicas de esas localidades bonaerenses. ↵
- Por ejemplo, desde Trenque Lauquen, Palacios dirigía en marzo de 1895 una carta al director de La Nación: “Ahí tiene La Nación mis últimos versos. Los pongo bajo la custodia de Vd., con la misma seguridad con que los entregaba antes, al amparo amistoso de su hermano mayor [en referencia a “Bartolito”] […] P.D.: Le suplico se sirva ordenar se me remita dos números de La Nación en que aparezcan, si aparecen, mis versos”. Epistolario. Caja 2b. Archivo Almafuerte. Biblioteca Pública de la Universidad Nacional de La Plata. ↵
- Minellono, op. cit, p. 23.↵
- Almafuerte, “El misionero”, Obras Completas, vol. I, La Plata, UNLP, 1950.↵
- Szmetan, op. cit, p. 45.↵
- “Don Pedro y Almafuerte”, Nosotros, 71, febrero de 1942, p. 179.↵
- Minellono, María “Estudio preliminar”, en Almafuerte. Poesía completa, Córdoba, Alción Editora, 2011, p. 53.↵
- Ibídem, p. 9.↵
- Brughetti, Romualdo, “Arenga cívica a la juventud”, op. cit., pp. 547-549.↵
- Carlés, C y M., Expediente n°172, 25/7/1910, Cámara de Diputados, Archivo parlamentario digital.↵
- Sarlo, Beatriz y Altamirano, Carlos, “La Argentina del Centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos”, Hispanoamérica, 25/26, 9, 1980, pp. 33-59. ↵
- Oyhanarte, Horacio B., Oración al poeta. Discurso pronunciado en la Cámara de Diputados en la sesión del 23/09/1916, Buenos Aires, s/e, 1916.↵
- González, Joaquín V., “Almafuerte y la constelación de sus contemporáneos”, en: Obras Completas. Vol. 20. Buenos Aires, Universidad Nacional de La Plata, 1936, pp. 97-100.↵
- “Las lecturas de Almafuerte”, Caras y Caretas, 20 de septiembre de 1913, p. 54.↵
- Ver Brughetti, op. cit., pp. 563 y 572. El autor incluye una apreciación de Sergio Bagú [1933] respecto de la oratoria almafuerteana, en la cual “la elocuencia de la palabra se hallaba fuertemente condicionada con la del gesto y la dicción. Los que sólo apreciamos la primera no podemos abarcar íntegramente al orador que hubo en Almafuerte”. Cit. en Ibídem, p. 549.↵
- Horowitz, Joel, El radicalismo y el movimiento popular (1916-1930), Buenos Aires, Edhasa, 2015, pp. 66-75.↵
- Distintas fuentes ratifican la afinidad entre el poeta y la militancia anarquista. Por ejemplo, entre las primeras publicaciones de la escritora Salvadora Medina Onrubia (1874-1972), se contó una pieza teatral de temática anarquista titulada Almafuerte (1914).↵
- “Exequias de Almafuerte. La apoteosis de ayer. Grandiosa ceremonia popular”, El Día, 3 de marzo de 1917, p. 2.↵
- “Las exequias de Almafuerte. Imponente homenaje popular”, El Argentino, 3 de marzo de 1917, p. 3.↵
- “Exequias de Almafuerte…”, El Día, 3 de marzo de 1917.↵
- Respecto de la ofrenda, el cronista de El Argentino precisaba: “Los alumnos de las Escuelas n° 74 y n° 75, del barrio rural y del Pescado, que a menudo visitaba Almafuerte, se desprendieron de su hermosa bandera nacional, que los acompañó durante 7 años y la depositaron sobre el féretro del poeta”, 3 de marzo de 1917, p. 3.↵
- “Exequias de Almafuerte (…)”, El Día, 3 de marzo de 1917.↵
- Minellono, op. cit., 2011, p. 47.↵
- “Las exequias de Almafuerte”, El Argentino, 3 de marzo de 1917, p. 4.↵
- “Almafuerte. Diversos homenajes”, El Argentino, 4 de marzo de 1917, p. 1.↵
- “El fallecimiento de Almafuerte. La inhumación de sus restos. Imponente manifestación de duelo”, La Vanguardia, 3 de marzo de 1917, p. 1.↵
- Giménez, Ángel M, Nuestras bibliotecas socialistas, Buenos Aires, Talleres Gráficos de L. J. Rosso y Cía, 1918.↵
- “En homenaje a Almafuerte”, La Vanguardia, 8 de marzo de 1917, p. 2.↵
- Palacios, Alfredo, “Almafuerte”, en Almafuerte, Nuevas poesías y evangélicas, Montevideo, Ed. Claudio García, 1918, p. 7. ↵
- Ídem.↵
- A modo de justificante, el orador citaba una estrofa del poema “Confiteor Deo” de Almafuerte: “Yo no siento más vida que la del hombre. / Ni Wagner ni Rossini me dicen nada. / Pero si por acaso gime un gemido/ ¡Me traspasa las carnes como una espada!”. Ibídem, p. 7. ↵
- Palacios, Alfredo, “Almafuerte”, op. cit, pp. 39-40.↵
- Ibídem, p. 41.↵
- Agulhon, op. cit., pp. 120-161.↵
- “Funeral civil de Almafuerte. La velada de hoy”, El Argentino, 5 de mayo de 1917, p. 3.↵
- “El funeral de Almafuerte. La velada de ayer”, El Argentino, 6 de mayo de 1917, p. 3.↵
- Ibídem, p. 4.↵
- “Funeral civil de Almafuerte. La velada de hoy”, El Argentino, 5 de mayo de 1917, p. 3.↵
- “Almafuerte”, Caras y Caretas, 24 de marzo de 1917, p. 46.↵
- “Para el alma de Almafuerte”, PBT, 14 de septiembre de 1917, p. 37.↵
- Sólo considerando el trienio posterior a 1917, podemos mencionar, en formato libro: El poeta del hombre. Almafuerte y su obra (1918) de Antonio Herrera; De mis memorias: Almafuerte (1920) de Faustino Brughetti; en formato folleto: Almafuerte (1918) del poeta Alberto Mendioroz; Homenaje a Almafuerte (1920), con textos de Antonio Delfino y otros; Almafuerte (1920) de Pedro Bonastre.↵
- Fue el caso de la analizada alocución de Alfredo Palacios, incluida como estudio preliminar en la edición de Nuevas poesías y Evangélicas de Almafuerte, a cargo de Claudio García en 1918.↵
- “Almafuerte”, Nosotros, 95, 26, 1917, p. 301.↵
- Arévalo, Juan José, La Argentina que yo viví [1927-1924], México D.F., Carlos Balleza, 1974, p. 118.↵
- Sus socios fundadores, poetas y escritores, fueron Teófilo Olmos, Osvaldo Durán, Carlos Antelo, Delfor B. Méndez, Francisco Timpone, Juan Carlos Sambucetti y Mario Sureda. Además de la obra almafuerteana, admiraban a Sarmiento, Alberdi, Ingenieros, Lugones, González, Álvarez, Korn y la literatura gauchesca. Inicialmente, auspiciaron certámenes literarios, un órgano de prensa, exposiciones y conferencias. Matías Casas ha examinado el protagonismo de esta asociación en la reivindicación de la figura del gaucho y la institución del “Día de la Tradición” bonaerense a fines de los años treinta. Véase: Casas, Matías, Las metamorfosis del gaucho. Círculos criollos, tradicionalistas y política en la provincia de Bs. As., 1930-1960, Buenos Aires, Prometeo, 2017.↵
- Sobre los pormenores de esta conmemoración ver: Fiebelkorn, Ayelén, “Las bodas de oro de La Plata. Conmemoración, representaciones y culto almafuerteano en tiempos de bajo esplendor (1932)”, Coordenadas, 1, 11, pp. 42-55.↵
- Casas, op. cit., p. 91.↵
- “Almafuerte”, El Argentino, 19 de noviembre 1932, p. 12.↵
- Las alocuciones estuvieron a cargo de Isaac Bassani –por Bases–, Adelia Di Carlo –en representación del magisterio–, Justo V. Rocha –político local conservador–, Juan C. Dellatorre –por el periodismo provincial– y Alberto Palcos, escritor y profesor de la UNLP. ↵
- “Discurso de A. Palcos”, La casa de Almafuerte en el Cincuentenario Platense, La Plata, Bases, 1933, pp. 29-35.↵
- “Discurso de I. Bassani”, Ibídem, p. 13.↵
- “Discurso de A. Palcos”, Ibídem, p. 30.↵
- Ley n° 4412, 11/08/1936, H. Legislatura de la Provincia de Buenos Aires.↵
- “Del consocio Juan I. Cendoya”, En el bronce y en la piedra. Homenaje de Agrupación Bases al poeta Almafuerte, La Plata, Ed. Bases, 1939, p. 7.↵
- Ibídem, p. 8. ↵
- Revel, Jacques, “La fábrica del patrimonio”, Tarea, 1, 2014, pp. 15-25.↵
- Ley 4848, 22 de octubre de 1942. Honorable Legislatura de la Provincia de Buenos Aires. ↵
- “Recopilación e impresión de las obras publicadas e inéditas del poeta Pedro B. Palacios por la Universidad Nacional de La Plata”, Expediente n° 88, 11 de octubre de 1938, Cámara de Senadores, Archivo Parlamentario. Op. cit.↵
- La localidad formaba parte del Partido de La Plata y obtuvo autonomía municipal en 1957.↵
- Ley n° 4833, 16 de octubre de 1942, H. Legislatura de la Provincia de Buenos Aires.↵
- “En un acto sencillo y emotivo fue inaugurado en Berisso el monumento al poeta Almafuerte”, El Argentino, 21 de noviembre de 1943, p. 2. ↵
- Ídem.↵
- Ídem.↵
- Ídem ↵
- Seguimos aquí el análisis de la película efectuado por Matías Bisso. Ver: Bisso, Matías y Gabriela Arreseygor, “Dos ejemplos en torno a la relación entre cine e historia”, Sociohistórica, 7, 2000, pp. 314 y 315. Agradezco al autor la mención de este dato. ↵
- Retomamos el ya clásico concepto postulado por Eric Hobsbawm y Terence Ranger, en La Invención de la Tradición, Barcelona, Crítica, 2002 [1983].↵






