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Prólogo

Andrés Bisso y Emmanuel Kahan

En un artículo de 1922, aparecido en una revista de circulación general[1], el entonces director del Zoológico porteño, el naturalista italiano Clemente Onelli, lamentaba que la muerte del que él juzgaba como un prohombre de estas tierras, Ricardo Napp, difusor de las potencialidades productivas de la Argentina en la exposición de Filadelfia del año 1876, no hubiera despertado casi ninguna reacción por parte de la sociedad argentina y pocas personas supieran quién había sido el fallecido. Así, Napp moriría ignorado por la muchedumbre –según el mencionado autor– al igual que otros “prohombres” como “el milico, también olvidado, y que ensanchó y afirmó los límites de la patria”[2].

En cambio, razonaba Onelli, de haber muerto en ese mismo momento el boxeador Luis Ángel Firpo, su deceso no sólo habría despertado escenas de emoción y devoción masivas, sino que incluso la noticia habría llegado rápidamente “hasta Australia, hasta el Japón y quizás si por algunos días no se cerrara por luto la tumba de Tutankhamón”[3].

Como sabemos, Firpo moriría mucho después, en el año 1960, cuando ya habían pasado los tiempos de la euforia por sus actuaciones, y el boxeador “del momento” era el múltiple campeón Pascual Pérez. El paso del tiempo, así, produjo que los alcances de la estridencia por su muerte quedaran algo solapados. Con todo, el funeral no dejaría de convocar algunos centenares de personas a las puertas del Luna Park desde donde partirían sus restos hacia la Recoleta.

Sin embargo, y más allá de la exageración final e irónica con respecto del cierre de la tumba faraónica, la “hipótesis Onelli”, es decir, la suposición de la arrasadora repercusión popular que podía obtener la muerte de una estrella del boxeo en su apogeo, quedaría de alguna manera certificada –alrededor de una década y media más tarde de la redacción del artículo– cuando otro “toro” (en este caso no “de las Pampas”, sino “de Mataderos”) muriera en plena cima de su carrera. En efecto, el funeral del boxeador Justo Suárez, en el año de 1938, se volvería un hecho de repercusión nacional y mundial, convocando a unas 40 mil personas y llegando a ser definido como una bisagra en la construcción de los héroes populares deportivos en nuestro país[4].

Frente a este alegato de Onelli en relación con la necesidad de moderar –en el período de entreguerras– los homenajes a los héroes deportivos, en pos de reconocer la importancia de otras figuras ligadas a la producción agropecuaria y a la defensa nacional, mediante homenajes que al menos estuvieran a la par de los otorgados a las figuras “populares”, podría llamar la atención la referencia que nos regala Adolfo Bioy Casares, enorgullecido portador –según lo reconoce en sus memorias– de dos apellidos de familias estancieras[5].

En efecto, en sus recuerdos, el escritor mencionaría el nombre de uno de los perros de su infancia, un bulldog, bautizado precisamente con el nombre de “Firpo”[6] en veneración por el boxeador cuya derrota frente a Dempsey provocaría para el niño Bioy “incredulidad y desolación”[7], al igual que lo había hecho en el ánimo de otro luego célebre intelectual, de la misma edad que él, Julio Cortázar[8]. Es decir, eran los propios descendientes de los estancieros pioneros, como muestra el caso de Bioy, los que decidían, en ocasiones, valorar al héroe deportivo por sobre cualquier posible referente productivo o “patricio”.

Como podremos ver en varios pasajes del libro que aquí prologamos, la veneración de “nuevos” héroes e ídolos en la era de entreguerras, provenientes del deporte y del espectáculo, sobrepasaría el mero ámbito doméstico que suponía el acto bautismal canino arriba referido. De esta forma, en ciertos ámbitos públicos, la conclusión de Onelli no podía ser más evidente: frente a la nula aparición –para el Carnaval de 1924– de disfraces infantiles homenajeando a productores o promotores de la inversión extranjera en el país, como Napp, se podía ver –en cambio– a niñitos como Arturo Morviño o Héctor Gaffo representando a “Firpo” en las fotografías aparecidas en la revista Caras y Caretas[9]. El ritual jocoso de veneración e imitación boxística, por otra parte, se repetiría años después, en el Carnaval de 1931 cuando el niño Francisco J. Abbruzzese personificara a otro púgil, el ya mencionado Justo Suárez[10].

Como podemos suponer, en ese caso de “identidades prestadas”, los relativamente escuálidos niñitos que buscaban personificar a los boxeadores de la realidad distaban en mucho de emularlos en la materialidad, de la misma manera por la que el bulldog de Bioy no debía parecerse en nada a Firpo. El propio niño Bioy Casares lamentaría los efectos no transmisibles de los poderes del “disfraz” al “disfrazado”, en este caso en relación con un referente mucho más “pesado” como sería el propio “Diablo”[11].

Esta recurrente distancia entre el personaje homenajeado y la “mascota” homenajeante sería advertida y parodiada por el ensayista Méndez Calzada, al mencionar a un gato llamado “Dostuyusqui” (en obvia deformación del apellido del autor de Crimen y Castigo) que –a pesar de su connotación literaria– merodearía la biblioteca de su amo, quejándose de que sólo había libros al alcance y nada que comer[12].

Roberto Arlt también ironizaría, tanto en sus obras teatrales como en sus aguafuertes, sobre las distancias existentes –muy propias de la época de entreguerras– entre los afamados productos culturales circulantes y la traducción que la cotidianeidad “plebeya” hacía de ellos. Así, el desfasaje entre objeto imitado y la práctica de imitación, que ya formaba parte del debate tradicional del homenaje estatutario[13], parecía redoblarse en el período de entreguerras, al ampliarse tanto los modelos celebrados como el rango de “imitabilidad” admitido. El propio Arlt lo plasmaría en una “aguafuerte” de 1931 en relación con el celebrado –y muy ponderado por el autor de Los siete locos–carácter del comic norteamericano conocido como “el gato Félix”. Creemos que lo perceptivo del análisis –plagado de ironía– justifica la amplitud relativa de la cita que transcribimos a continuación:

La mayoría parte de las familias que leen y siguen las aventuras de Félix, lo quieren. Lo quieren y, es singular, por ese espíritu de contradicción que hace que sea hermoso todo aquello que no tenemos, o que no podemos ser. Sobre todo eso: lo que no podemos ser. Félix es la aventura, lo desconocido, lo nuevo, lo mejor. Félix es la negación de la monótona y estúpida vida cotidiana. De ahí, que aun sin darse cuenta de tales valores morales del micho, en muchas casas encontramos un gato poltrón y gordazo que se llama Félix. Tan nada Félix es este gato, como es poco Napoleón el tío que cree que poniéndose una mano sobre el ombligo y otra sobre la espinilla, puede conquistar el mundo o cuando menos imitarlo a Bonaparte[14].

Sin embargo, no siempre el juego de transposiciones identitarias buscaba, en su relativa ingenuidad, ser directo y corpóreo, sino que, al verse extendido a través del plano del tiempo, no se producía en términos directamente imitativos, sino que lo hacía en términos de emulación metafórica y transhistórica, lo que podía dar más consistencia y efectividad al verosímil planteado.

En ese sentido, una cosa podía significar el intento de apropiación directa y literal de los “venerados”, y otra diferente era la remisión a dichas figuras como “guías” de conducta y emulación en términos más amplios, incluyendo las referencias más “tradicionales” del canon patrio. Como dijera el escritor Roberto Giusti sobre el ex presidente Domingo Faustino Sarmiento, en una conferencia a propósito del cincuentenario del fallecimiento de éste, en la que además de preverse –sin poder advertir las dinámicas políticas posteriores– que las generaciones futuras iban a considerar al presidente como un “semidiós”, se afirmaba: “A estos hombres no basta admirarlos; hay que procurar imitarlos combatiendo las batallas del propio tiempo”[15]. En el capítulo de María Laura Amorebieta y Vera, presente en este libro, puede verse la capacidad no sólo “inspiradora” de estas remisiones, sino también sus efectos políticos “ejemplificadores” en la creación de propuestas de interacción continental y de búsqueda de similitudes entre países.

A partir de esas vinculaciones eficaces en el plano metafórico, a las que el paso del tiempo permitía un juego de ambigüedades no menor en torno al efectivo grado de alcance de su literalidad significante, no resulta extraño que algunos de los próceres de la cotidianeidad de entreguerras hayan sido elevados, en la comparación, hasta regiones conceptuales que más de un “purista” de las veneraciones patrias y religiosas podría censurar, al sumarlos a la altura de los “antiguos” héroes.

En efecto, como puede mostrarse para el caso de “ídolos” como los de la aviación, se llegaban a producir numerosos homenajes institucionales y gráficos, en los que la valoración discursiva dada a los aeronautas podría haber provocado la envidia de más de un prócer de la Independencia, con los que por otra parte no se dudaba en equipararlos. Así, con motivo del cruce aéreo de la Cordillera de los Andes realizado por Bradley y Zuloaga, no se tendrían problemas en imprimir estas alabanzas:

¡Honor al nuevo paso de los Andes! La nueva jornada triunfal y heroica, como aquella legendaria, enlaza a los nombres de San Martín y O‘Higgins los de Bradley y Zuloaga, y ata con lazos irrompibles en la tierra y en los espacios el bicolor de mayo y el tricolor de septiembre, borrando las distancias y los límites[16].

Esta interacción transhistórica de “héroes” que se hacía presente en los discursos de homenajes nos permite adelantar lo que veremos a lo largo del libro aquí prologado, en relación con el establecimiento de diversos regímenes de “procerización” en convivencia, que nos permiten entender las maneras en que el período de entreguerras en Argentina heredó y reinventó a la vez los materiales, referentes y formatos del repertorio de homenaje circulante hasta entonces[17].

En ese sentido, como ha propuesto, por su parte, Maurice Agulhon en un trabajo pionero que ha servido de orientación a estas investigaciones, procuraremos entender la dinámica de los homenajes en un sentido amplio –no sólo al que se limita el autor referido, en relación con las estatuas– en el marco del proceso de democratización y modernización sociales[18]. Lo interesante es que, como si fueran capas geológicas expuestas a la superficie de manera discordante y desordenada por un arqueólogo inepto, las remisiones celebratorias del pasado se nos presentan en ese período de entreguerras en constante y curiosa interacción y ebullición.

En ese sentido, en ese amplio registro de apertura a nuevas formas de veneración, cabe mencionar que éstas no se ciñeron únicamente a las referencias de la “cultura popular”, como en el caso de Firpo, el “gato Félix” o –como lo analiza muy pertinentemente el capítulo de Gonzalo Delpino– “la” Garbo. Los procesos de “plebeyización” en los homenajes y de construcción de una cultura de la “celebridad”[19] que fueron, durante el siglo XIX y principios del siglo XX, expandiéndose en etapas sucesivas y superando el estricto panteón inicial de militares, políticos y eclesiásticos, demostrarían una creciente versatilidad que sería recibida y multiplicada en los períodos posteriores. El capítulo de Fiebelkorn sobre el culto al poeta Almafuerte, da muy buena cuenta de ello.

Así, durante el período de entreguerras se consolidó, en herencia del período previo, el reconocimiento de figuras destacadas tanto del ambiente artístico[20], como de prohombres de las ciencias y la cultura. En ese proceso, de tensión entre los mecanismos de popularidad y los de exclusivismo, cada nueva incorporación al “panteón” oficial o extraoficial no carecería de discusiones en relación con la admisión de un nuevo consenso de “venerados”, fueran autóctonos o procedieran de otros países, y acerca del procedimiento de otorgamiento de prestigio que debía llevarse a cabo.

Como se ha destacado ya en trabajos precedentes, Buenos Aires, en especial, se constituyó en este período como un destino deseado y relevante para un amplio universo de personalidades que alcanzaron fama internacional: exploradores, científicos, embajadores culturales e intelectuales, entre otros. La conformación de comités de recepción, la realización de conferencias y agasajos así como el amplio seguimiento que la prensa otorgaba a las actividades que estos desarrollaban durante sus visitas, evidenciaba el alto interés público que la presencia de estas personas promovía en la arena pública. Incluso, los banquetes de homenaje, servirían, entre otras formas, como actos fundacionales y de re-ligazón identitaria para muchas iniciativas culturales, tal como lo ha evidenciado, por ejemplo, Miranda Lida para el caso de la revista Nosotros[21].

Si bien los visitantes dieron conferencias en ámbitos consagrados –como salones universitarios o grandes teatros metropolitanos– sus agendas contemplaban también actividades en otras esferas, como las asociaciones étnico nacionales, el “Club Español” para el caso de Rafael Altamira, la sociedad “Unione e Benevolenza” para Jean Jaurès o la “Sociedad Hebraica Argentina” donde disertó Albert Einstein, u otras asociaciones civiles como las de “Amigos del Arte” –donde disertó Le Corbusier– o los Cursos de Cultura Católica o el Congreso de los Pen Clubs, donde se presentó Jacques Maritain.

Esta diversidad de escenarios, que casi siempre estaban a sala llena, permite reconocer dos aristas de una misma experiencia. Por un lado, y en aparente oposición parcial a la crítica de Clemente Onelli a la “muchedumbre local”, que parecía admirar más “las hazañas amorosas de Gloria Swanson que la obra firme, ponderada”[22], el público de Buenos Aires demostraba estar ávido de escuchar a visitantes ilustres y prestigiosos. Por el otro, la metrópoli porteña demostraba ser especialmente atractiva por la “calidad” y dimensión de sus auditorios, en la consideración de dichos “visitantes ilustres”.

Este interés por figuras reconocidas a escala global, sin embargo, no escapaba a la crítica de la “plebeyización” de la cultura que parecía poder mantener Onelli. Como ha señalado Paula Bruno, de quien tomamos algunos de los ejemplos dados en la página anterior, uno de los rasgos novedosos y característicos de estas presentaciones fue la “espectacularización” que asumieron las presentaciones: “Estas giras se montaban con idénticas dinámicas que un espectáculo teatral o musical: anuncios en la prensa, carteles en los teatros, venta de abonos en las boleterías”[23]. Parecía valorarse, así, más la exterioridad “cosmopolita”, que los aportes concretos que cada uno de los homenajeados hubiera hecho a la patria o a la humanidad.

Sin embargo, como sabemos, no sólo era la Capital Federal, la que se presentaba interesada por las recepciones y agasajos. Las “giras” tanto de personalidades argentinas como extranjeras podían extenderse a diversas latitudes de nuestro país, a partir de la financiación inicial del viaje por alguna institución, que luego aprovechaban otras, a las que les resultaba más fácil costear la invitación una vez que el agasajado se encontraba en el país.

En ese sentido, podemos mencionar la visita del filósofo español Eugenio D’Ors a la ciudad de Santa Fe. En inicio su venida surgió de la iniciativa de Deodoro Roca de traerlo con dineros de la Universidad de Córdoba[24], lo que permitió la aparición de D’Ors en diversas ciudades. En cada instancia convocante, como la que citamos, las ideas desarrolladas por el conferencista y reproducidas por los diarios se intercalaban con las muestras de agasajo y recepción que se le profesaban, sin olvidar de mencionar el propio reconocimiento del homenajeado, que de alguna manera “certificaba” lo eficaz de los rituales puestos en funcionamiento previamente[25].

Sin embargo, en ocasiones, el resultado de estos banquetes “consagratorios” no dejaba de tener efectos algo desilusionantes, tal como señala en sus memorias Conrado Nalé Roxlo, en relación, precisamente, con la visita que hiciera D’Ors a algunos jóvenes reformistas[26]. Como contrapartida de estos banquetes “olímpicos”, surgirían emulaciones mucho menos pomposas y que sin ser necesariamente paródicas, buscaban ajustarse aún más al tono “plebeyo” que permitía la propia camaradería entre “homenajeados” y “homenajeantes”.

El propio Nalé Roxlo recuerda, así, otro banquete, en este caso de reconocimiento al poeta Pedro Herreros por la aparición de su libro, Las Trompas de Falopio, en el que el festejado fue “coronado solemnemente” con una “corona de laurel y roble con grandes cintas españolas y argentinas” que había sido “donada por Esteban Hintermeyer y era obra maestra de la florería de su padre”. Sin embargo, como al poeta le quedaba grande el arreglo floral, se colocaría dicha corona sobre un “rancho de paja”. Frente a la posible malinterpretación de ese gesto como meramente burlón, Roxlo aclara: “no había el más leve asomo de lo que se llama soezmente ‘cachada’ […] éramos antiolímpicos, nada más”[27]. Claro que, aunque carentes –en principio– de interés por la mera “subversión” de valores, dichos homenajes acompañados por los excesos de la euforia juvenil homenajeante podían terminar, como lo harían en este caso, en la comisaría[28].

Cada ceremonia de homenaje, entonces, sería en la época de entreguerras, una instancia de reajuste y puesta en discusión acerca de protocolos, imaginarios, cánones, rituales y formatos en la estructura venerativa circulante tanto en relación con los contemporáneos como con las figuras “del pasado”.

De esta manera, podemos rastrear las maneras en que los homenajes en entreguerras se vieron sometidos al ritmo de la democratización política y la cultura de masas, influenciados por dichos procesos, pero bajo una lógica y un formato propios, según las diferentes instancias veneratorias, algunas de las cuales podrán seguirse a partir de los capítulos que se sucederán en el presente libro, que expresa algunos de los resultados producidos en el marco del proyecto de investigación “Próceres, héroes, mártires cívicos, ‘caudillos’ y homenajeados. Formas y modelos de veneración laica en la Argentina de entreguerras”[29].


  1. Onelli, Clemente, “Si muriera Firpo”, Atlántida, 5 de junio de 1924, p. 9.
  2. Ídem.
  3. Ídem. Recordemos que la tumba del mencionado faraón había sido descubierta menos de dos años antes, desatando un furor a escala universal –llamado tutmanía– acerca de su figura y de todo lo relacionado con el Antiguo Egipto. Ver: Alderete, Matías, “El encanto de Tutankhamón. La egiptomanía en la prensa porteña (1923-1925)”, Anuario de Historia UNR, 33, 2020 https://bit.ly/3VnGIay
  4. Ver: Scharagrodsky, Pablo, “Prensa, boxeo y muerte. El caso del ‘primer’ ídolo popular deportivo argentino”, Autoctonía, 7, 1, 2023, pp. 459-504.
  5. Luego de recordar a sus abuelos estancieros, Vicente Casares y Juan Bautista Bioy, el autor pondría en el foco a los hijos de este último, uno de ellos su propio padre, definiéndolos como “buenos ejemplos de la segunda generación: gente inteligente, culta, honesta, aficionada a las mejores cosas de la vida”. Bioy Casares, Adolfo, Memorias, Buenos Aires, Alfaguara, 2022, p. 9.
  6. Ibídem, p. 11.
  7. Ibídem, p. 29.
  8. Cortázar recordaría en uno de sus cuentos la derrota de Firpo: “Fue nuestra noche triste; yo, con mis nueve años, lloré abrazado a mi tío y a varios vecinos ultrajados en su fibra patria”. Cortázar, Julio, “El noble arte”, La vuelta al día en 80 mundos, Buenos Aires, Siglo XXI, 1968, cuarta edición, p. 70.
  9. Ediciones del 5 de abril y del 3 de mayo de 1924 de Caras y Caretas.
  10. Ibídem, 11 de abril de 1931.
  11. En una de las anotaciones de sus diarios íntimos (Descanso de Caminantes, Buenos Aires, Sudamericana, 2001) Bioy recuerda esa desilusión, de la siguiente manera: “Cuando era muy chico, en la estancia de Pardo, me disfracé de diablo, un traje de percal colorado, con su cola colorada; un corcho quemado sirvió para pintarme cejas y bigote. Me llevé una gran desilusión, por no tener los poderes mágicos del diablo, ni asustar a nadie. Me vi en el espejo, resignadamente comprendí que me parecía más a mí mismo que al diablo” (p. 152).
  12. Méndez Calzada, Enrique, Pro y Contra, Buenos Aires, Jesús Menéndez, 1930, p. 31.
  13. Pensemos en los debates sobre la escultura en homenaje a Sarmiento hecha nada menos que por Auguste Rodin e inaugurada en 1900, que suscitó fuertes debates acerca de la falta de “realismo” en la representación, tanto como para que el diario socialista La Vanguardia se tomara a solfa la cuestión, de la siguiente forma: “Continúan las controversias originadas por la estatua de Sarmiento. Dicen los superhombres, los snobs, los simbolistas y otros bichos por el estilo que la estatua de Rodin es un trabajo de genio. Dice el pueblo que el Sarmiento de Palermo tiene mucha semejanza con sus vecinos los cuadrumanos del Jardín Zoológico. Opinamos que ambas partes tienen razón. Pues si el Sarmiento de Palermo se parece a un mono, quiere decir que es muy mono o monísimo. Lo cual nos prueba que nos encontramos frente a una obra del genio”. S/A, “Rasgos y rasguños”, La Vanguardia, 16 de junio de 1900, p. 1.
  14. Arlt, Roberto, “Elogio del gato Félix”, en Scroggins, Daniel, Las aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1981, p. 235. Mientras que esa idea de “imitación plebeya” se va a desarrollar ampliamente en Trescientos millones, que Arlt comenzó a pergeñar hacia 1927 y que se estrenaría finalmente en 1932 por el Teatro del Pueblo, la mención última relativa al “tío que se cree Napoleón” indudablemente está en sintonía con las inquietudes que llevarían a escribir a Arlt la obra de teatro Saverio el Cruel, también estrenada –5 años después– por la compañía de Barletta.
  15. Giusti, Roberto P., “Sarmiento, escritor”, Cursos y Conferencias, VII, 7-8, febrero de 1939, p. 670.
  16. Citado en: Guiamet, Javier, “Entre la tradición patria y la modernidad cinética. El cruce aéreo de los Andes en la prensa argentina (1914-1921)”, Americanía, 19, 2024, p. 17.
  17. No olvidamos, por otra parte, incorporar un estudio de historia reciente, de la mano de Emmanuel Kahan, en el que también podamos reflexionar sobre los actuales usos de homenaje a partir de referentes de la historia de entreguerras, como así el seguimiento que propone Talía Gutiérrez en el que las figuras de homenajes surgen desde diversas etapas de nuestra historia, a partir de los nombres con que se bautizó a las escuelas bonaerenses.
  18. Es decir, “la idea de que un hombre, un hombre ordinario que, sin pertenecer a la sacralidad religiosa ni a la sacralidad monárquica, pueda ser tan grande que merezca esta especie de heroización”. Agulhon, Maurice, “La ‘estatuomanía’ y la historia”, Historia vagabunda, México, Mora, 1994, p. 125.
  19. Ver, en ese sentido, el iluminador trabajo de Guillermina Guillamón sobre el proceso decimonónico de construcción de celebridades femeninas en la ópera, en: “De mujeres cantantes a divas de los escenarios. Afición, crítica y sensibilidad en la conformación de una ‘cultura de la celebridad femenina’ en el Buenos Aires del siglo XIX”, Anuario de Historia Regional y de las Fronteras, 29, 2, 2024, pp. 111-130.
  20. Como puede verse en: Bisso, Andrés, “¿Qué arte y a qué artistas valoraron y homenajearon los diputados nacionales en la Argentina de entreguerras?”, Prácticas del oficio, 30, 1, enero-junio de 2023, pp. 7-21.
  21. Lida, Miranda, “El grupo editor de la revista Nosotros visto desde dentro”, Historia Crítica, 58, 2015, pp. 77-94.
  22. Onelli, op. cit.
  23. Bruno, Paula, “Libro de visitas”, presentación a Visitas culturales en la Argentina (1898-1936), Buenos Aires, Biblos, 2014, p. 15.
  24. Ver Bustelo, Natalia, “Eugenio D’Ors en la Argentina…”, Revista de Hispanismo filosófico, 2014, p. 49.
  25. De esta manera, en el caso de D’Ors, podemos ver cómo el diario Santa Fé (que había reseñado las conferencias dadas por él) reproduciría el telegrama del filósofo español, desde Montevideo, desde donde se despedía, no sin antes agradecer “las atenciones que se le dispensaron en Santa Fé”. 4 de diciembre de 1921, p. 1.
  26. Así, en el apartado “Visitante ilustre”, Nalé Roxlo no dejaría de ironizar sobre el lugar “olímpico” ocupado por el poeta y la serie de repetidos rituales en torno a su rol de “maestro de la juventud” que realizaba, lo que impedía, por otro lado, el intercambio concreto de opiniones con quienes lo iban a escuchar: “Íbamos desbordantes de preguntas, pero el autor de ‘De la amistad y el diálogo’ se las ingenió muy bien para que no hubiera diálogo (…) sea por lo que fuere, menudearon las comparaciones con la estatutaria griega y, permítaseme la irreverencia, nos sirvió el longplay del Discóbolo”. Nalé Roxlo, Conrado, Borrador de memorias, Buenos Aires, Plus Ultra, 1978, p. 159.
  27. Ibídem, p. 162.
  28. Resulta interesante, en el alegato de Nalé, cómo termina el suceso de la detención de esos jóvenes en la comisaría: “La despedida fue muy cordial; hubo apretones de manos, palmeo de espalda y hasta, cosa inaudita en el patio de una comisaría, vivas a la institución policial. Y desfilamos hacia la libertad y las copas, ante el escribiente estupefacto que no sabía qué hacer con aquel curso de literatura castellana que Rodolfo Irazusta le había dictado por sorpresa”. Ibídem, p. 164.
  29. PI + D H957 inscripto en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de la Plata Director: Andrés Bisso. Co-director: Emmanuel Kahan. Integrantes: María Laura Amorebieta y Vera, Matías Bisso, Gonzalo Delpino, Ayelén Fiebelkorn, Javier Guiamet y Talía Gutiérrez.


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