Lic. Nadia Aime Milillo
Introducción
El presente trabajo se basa en una investigación de corte cualitativa -que aún está en proceso- sobre trayectorias laborales y educativas de jóvenes que se encuentran privados de la libertad. En este caso, el artículo pretende construir una perspectiva de análisis sobre una de las aristas identificadas a lo largo del proceso de investigación: la problemática territorial de los jóvenes que están o han estado privados de su libertad.
De esta manera, en primer lugar, se desarrolla algunas cuestiones preliminares sobre las categorías de territorio y espacio (Haesbaert, 2013; Roberti, 2012; Massey,2005); en segundo lugar, se describe a la cárcel como espacio social (Rúa, 2016); en tercer lugar, se construye un análisis en torno a los barrios y la periferia (Segura, 2006; Svampa, 2005; Merklen, 2005); en cuarto lugar, se aborda la categoría de trayectorias desde una perspectiva socioespacial (Roberti, 2012); y finalmente, se presentan las consideraciones finales a modo de conclusión.
Territorio y espacio
Para iniciar este apartado es necesario referirse a Haesbaert (2013), quien asegura que existen diferentes concepciones sobre el territorio. En primer lugar, aquella noción de territorio como recurso natural y/o abrigo, idea que se constituye en la primera función del territorio; en segundo lugar, la imagen de que el territorio es un espacio relacional más concreto, ya no solamente como un objeto material fijo, sino dotado de una estructura más compleja que vincula diferentes atributos y que forma parte de la sociedad -y es indisociable de la misma; y en tercer lugar, se encuentra una definición política de territorio entendiéndolo como todo espacio que tiene el acceso controlado y, por lo tanto, desde el momento en que se controla espacial y materialmente el acceso de algún flujo se produce una transformación constante de ese espacio en el territorio; por último, el autor desarrolla la definición de territorio en base a la dimensión simbólica en el campo de las representaciones explicitando que hoy no existe una vinculación identitaria con un territorio claramente definido y bien delimitado sino con varias referencias territoriales al mismo tiempo, lo que implica un híbrido de referencias territoriales que caracterizan a algunos grupos. De esta forma, culturalmente, el territorio antes de ser materialidad (entendiendo que siempre tiene una base espacio-material) es un valor que tiene un carácter más simbólico que concreto.
Haesbaert (2013) explicita que es necesario superar tres dicotomías al definir el territorio. La primera dicotomía es la separación entre tiempo y espacio, cuando en realidad se trata de dos dimensiones que no se pueden separar. Además es necesario distinguir el espacio del territorio. Para resolver esta dicotomía y hacer un salto cualitativo es necesario comprender que el concepto de espacio es más amplio que el de territorio y que el espacio y el tiempo son referencias mentales. El espacio es una construcción concreta y material, una construcción social de importante amplitud (Haesbaert, 2013). A su vez, el espacio resulta de una apropiación y/o dominación de la naturaleza, aunque sea imposible separar lo que es naturaleza de lo que es social. Cuando se observa al espacio centrando en el enfoque en las relaciones de poder (Haesbaert, 2013), se está viendo e identificando un territorio. El territorio sería una dimensión del espacio cuando el enfoque se concentra en las relaciones de poder.
Santos (1996) expresa que el espacio no es un escenario donde transcurre la realidad. Desde una visión relacional del espacio, este se presenta como constituyente, lo que importa no son simplemente los objetos que se interponen ni es simplemente la relación que se da entre los objetos sino la relación inserta dentro del propio objeto/sujeto. El objeto/sujeto solo se define por la relación que se construye a través de y con el espacio (Haesbaert, 2013; Silveira, 2011; Santos, 1996). El espacio no es ni una cosa ni un sistema de cosas, sino una realidad relacional: cosas y relaciones juntas (Santos, 1996: 27). En este sentido, Roberti (2012) describe que la producción del espacio es el resultado de la acción de los seres humanos que actuamos sobre él.
Del mismo modo, no es posible separar el espacio y el tiempo porque el movimiento esta involucrado siempre en los objetos que estamos construyendo en el espacio sin el cual no se puede definir el propio objeto. Por lo tanto no se puede decir que el espacio es estático e inmóvil o simplemente que es el presente mientras que el tiempo seria inestable y sucesivo o el pasado (Haesbaert, 2013).
En esta línea se encuentra el estudio de Doreen Massey (2005) que toma al espacio como un conjunto de trayectorias, la cual es una interpretación interesante porque pone en primer plano el movimiento, las trayectorias que se producen en y con el espacio que se caracteriza por estar siempre abierto.
La segunda dicotomía es la del territorio y la red. El autor (Haesbaert, 2013) entiende que se establece una separación entre ambas como si el territorio fuese una cosa y la red su opuesto. Esto se relaciona con la dicotomía anteriormente señalada, ya que concibe al espacio como algo fijo y al tiempo como un flujo. Sin embargo los territorios pueden ser construidos mediante la articulación en red y por lo tanto pueden ser construidos también en y por el movimiento. Por lo tanto, un movimiento que se repite es una forma de territorialización (Mançano Fernandes, 2005). El territorio es centrípeto y mira hacia adentro, mientras que la red es centrifuga y mira hacia afuera.
Finalmente, la tercera dicotomía se establece entre lo funcional y lo simbólico y tiende a reducir el territorio a un espacio puramente funcional, esto implica el control para desarrollar determinadas funciones y especialmente funciones económicas y políticas.
Sobre la categoría de espacio, Doreen Massey (2005) expresa que:
- es producto de interrelaciones. Se construye a través de interacciones desde lo global a la intimidad.
- es la esfera de la posibilidad de la existencia de la multiplicidad, es decir, en ella coexisten diferentes trayectorias. Sin espacio no hay multiplicidad, sin multiplicidad no hay espacio.
- se constituye en devenir porque el espacio es producto de las relaciones que están necesariamente implícita en las prácticas materiales que deben realizarse, siempre está en proceso de formación.
De modo que para que haya tiempo debe haber interacción, para que haya interacción debe haber multiplicidad y para que haya multiplicidad debe haber espacio. Es decir que para que haya tiempo debe haber espacio (Massey, 2005).
Para la conceptualización del espacio/espacialidad es importante el reconocimiento de su relación esencial con las diferencias coexistentes, es decir con la multiplicidad y con la capacidad para posibilitar e incorporar la coexistencia de trayectorias relativamente independientes. La propuesta de Massey (2005) es que debería reconocerse el espacio como esfera del encuentro (o desencuentro) de esas trayectorias, un lugar donde coexistan, se influyen mutuamente y entran en conflicto. El espacio, de esta manera, es el producto de interrelaciones complejas, entrecruzadas y desconectadas..
El espacio siempre está en proceso de realización por lo que no solo no es un producto resuelto sino que además quedan cabos sueltos. Este carácter relacional y abierto del espacio, hace que siempre suceda algo inesperado y contingente. Por eso una de sus características es lo caótico. Es un caos que surge de yuxtaposiciones circunstanciales, de las separaciones accidentales, del carácter paradójico de las configuraciones geográficas en las que una cantidad de trayectorias diferentes se entrelazan y a veces interactúan (Massey, 2005). En otras palabras es por naturaleza, una zona de disrupciones en la cual no es solo superficie sino que es parte necesaria para la generación, y la producción de lo nuevo. Se trata así del espacio en sí como parte integral de la producción de la sociedad.
En la misma línea, Roberti (2012) describe que el espacio se constituye como un mosaico de relaciones, formas y sentidos que están determinados por el movimiento de la sociedad y también es la cristalización de un momento de su encuentro con las relaciones sociales. El espacio se garantiza como producto, en tanto es el reflejo de una sociedad determinada y porque existe en sí mismo y se impone a la sociedad estructura las relaciones sociales al tiempo que es producto de las mismas.
El espacio no es solo un marco, sino una dimensión constitutiva de lo social. La dinámica espacial impregna la vida cotidiana, las representaciones y las practicas que sostienen los actores para pensarse a sí mismos y a los otros, en conjunción con su entorno circundante. A su vez, estas prácticas y representaciones contribuyen de distintos modos a la producción del espacio, el cual es experimentado de modo desigual por quienes lo habitan. Las experiencias que los sujetos desarrollan en torno al espacio orientan el accionar y el aspecto simbólico, y traslucen las relaciones de poder y las desiguales posiciones en la estructura social en un periodo histórico especifico (Roberti, 2012:42).
Esto implica que el espacio urbano sea síntesis y promotor de la desigualdad social y por ende también sea cristalización y reproducción de las tensiones de la estructura social (Roberti, 2012). De este modo, el espacio físico expresa el espacio social y tiene efectos sociales que cobran importancia en la dinámica espacial, en tanto existe una desigual distribución de los diferentes tipos de capital en el espacio geográfico.
Puedo afirmar a partir de lo señalado que el espacio juega un papel central en la estructuración y desarrollo de las injusticias sociales (Roberti, 2012) ya que aparece como uno de los lugares donde se afirma y ejerce el poder y la violencia simbólica.
La cárcel como espacio social
Para comenzar a desarrollar este apartado es imprescindible comprender que la cárcel es una institución cerrada y sumamente compleja donde se expresa lo intramuro pero por negación también circula lo extramuro (Rúa, 2016). Sin embargo, aquí es interesante detenerse en el análisis de los aspectos intramuros.
Rúa (2016) entiende a la cárcel como un espacio social que es polifacético, móvil y polivalente. No solo por la presencia de individuos sino que se socializa por un conjunto de trámites en los escenarios políticos, económicos y culturales en los cuales se desenvuelven los sujetos en el encierro, consolidando una organización social que permite sostener la existencia de un espacio social en la cárcel. En este sentido, Haesbaert (2013) expresa que el poder disciplinario y sus microespacios, como la cárcel y todas las instituciones disciplinarias, constituyen territorios.
Las prácticas que organizan o delimitan los territorios son reconocidas bajo la denominación de espacialidades. Las espacialidades se reconocen en la articulación de naturaleza y sociedad, y esta articulación mezcla todos los momentos sociales en los que se vinculan elementos de tipo político, económico, culturales y físicos, donde funcionan estructuras de mercado, poder, normas de comportamiento y regulaciones de la vida (Rúa, 2016).
El sistema organizativo del espacio se encuentra configurado por poderes que dirigen y administran determinados grupos que se apropian el espacio (Rúa, 2016). Por eso desde el momento en que se llega al encierro la persona privada de la libertad[1] se somete a las reglas del lugar tanto del Servicio Penitenciario, como al interior de los pabellones.
En este mismo sentido, la territorialidad es un ejercicio de dominación y control sobre el espacio:
La territorialidad en el ser humano es mejor entenderla como una estrategia espacial para afectar, influir, el control de los recursos y las personas, mediante el control de la zona (Sac k, 1986:10).
Esto implica que, en términos geográficos, es una forma de comportamiento espacial. Según Rúa (2016) se trata de controles, influencias, apropiaciones y dominios que pueden ser denominados territorialidades, y que se corresponden con los dominios que se distribuyen en cada espacio, con ciertas jurisdicciones sobre el funcionamiento colectivo dentro de este.
Este espacio social de encierro se caracteriza por el hacinamiento, por ser un escenario de conflictos y hostil, pero también es un lugar donde funcionan reglas, sistema de poder y jerarquías sociales, un espacio en el que se desarrollan las organizaciones colectivas de la vida en la prisión (Rúa, 2016).
Es necesario resaltar que las actuales políticas penales se basan principalmente en la desproporcionalidad entre delito y pena, como también en la persecución de los eslabones más débiles de la cadena delictiva (Mollo, 2016; Rodríguez Alzueta, 2014). De esta manera, se priva de su libertad a un número cada vez mayor de personas. Este aumento de la población carcelaria se evidencia en cifras que demuestran que la población encarcelada en Argentina ha aumentado en forma sostenida: entre 1996 y 2015, la población detenida en Argentina creció un 189% y en la provincia de Buenos Aires (1996-2016) el aumento es de un 255%. Tomando un periodo más acotado, en los últimos diez años el crecimiento fue de 34,6 % en Argentina. En Buenos Aires, hubo un incremento del 49% entre el 2006 y el 2016. En la provincia de Buenos Aires se encarcela en un 96% a varones (datos extraídos del Informe Anual 2017 de la Comisión Provincial por la Memoria). En su mayoría son varones jóvenes. Esto da cuenta de cómo el sistema penal concentra su accionar en varones jóvenes de nacionalidad argentina, que se encuentran acusados mayormente de delitos contra la propiedad privada.
El castigo penitenciario se constituye en un conjunto de procedimientos y técnicas que se ejercen sobre el cuerpo del sujeto, para fabricar sujetos obedientes, dejando de lado el sujeto de derecho. Las prácticas de tortura y/o malos tratos efectuadas en contextos de encierro punitivo forman parte de modalidades de ejercicio de poder que es producto del orden interno de la cárcel y el control hacia los sujetos privados de su libertad (Bermúdez, 2015). Así es que el sistema penal está en conflicto con la ley: una institución desigual, extralegal y extrajudicial, deshumanizante, penosa e inútilmente aflictiva (Mollo, 2016: 148). Dentro de la cárcel se pone en suspenso la ley lo que no constituye una falla del sistema sino que es un rasgo fundamental en relación al funcionamiento de esta institución.
El poder de normalización que ejerce la cárcel desde sus comienzos, a partir de la apropiación de una parte de la soberanía punitiva, se concreta en estas prácticas que exceden lo judicial, que son propiamente carcelarias (Bermúdez, 2015: 2).
La mayoría de las prácticas de tortura que suceden en las cárceles tienen una vinculación estrecha con la espacialidad: la distribución y circulación; la fijación (encierro total e ininterrumpido) y circulación espacial de las personas; rituales de despojo (requisa corporal o de rutina); picana eléctrica, submarino seco o húmedo; abusos sexuales; golpizas entre otros derechos vulnerados. Lo que pretende la agencia penitenciaria con estas prácticas de vulneración es la docilidad, sumisión y sometimiento por parte de los sujetos (Bermúdez, 2015). Un ejemplo claro son los traslados gravosos entre unidades penitenciarias, los cuales refieren a los traslados durante los cuales se vulneran los derechos fundamentales o se agravan sus condiciones de detención. La dinámica de los traslados implica una combinación de malos tratos:
el encierro prolongado en el camión, vinculado principalmente al hambre y la sed, la exposición al frio o al calor extremos, la sujeción de las manos al piso del camión y la prohibición de acceder al baño, además de las condiciones degradantes de vida en las instalaciones de tránsito (Bermudez, 2015).
Se entiende que estas prácticas no funcionan como un tratamiento resocializador sino como instrumento de gobierno en las cárceles basado en un sistema de premios y castigos en el cual se comercializan a modo de mercancía los derechos a cambio de premios. Esto deja en claro que en las espacialidades sobresale el aspecto económico en que la vida, la seguridad e incluso la tranquilidad en la cárcel tiene un precio, ya sea al interior de los pabellones o entre los operadores del servicio penitenciario y las personas privadas de la libertad. En este sentido, las prácticas que se llevan a cabo pueden ser directas de mercado evidente en la compra-venta, o de la forma más tradicional en el ejercicio del trueque o intercambio, transacciones de las más sencillas entre las personas privadas de la libertad, como también entre estos y los operadores del servicio penitenciario (Rúa, 2016). Cabe destacar que dentro de los pabellones hay grupos que también generan reglas o normas de supervivencia por medio de la creación o recreación de pequeños gobiernos.
A su vez, es visible que en la privación de la libertad se corre riesgo de muerte producto de las condiciones de vida deplorables: la mala alimentación; el nulo acceso al derecho a la salud; las disputas dentro de los pabellones que generan lesiones en los internos; inclusive el alejamiento de familiares y amigos genera una ruptura con los lazos sociales. Esto no solo dificulta la denominada reinserción social sino que por el contrario en muchas circunstancias el resultado de la prisión es devolver al sujeto deteriorado por el encierro y la violencia. El sistema penal reafirma su profecía autocumplida cuando los sujetos reinciden, así el fracaso de la prisión es su éxito a través de la reincidencia.
De este modo se evidencia que el servicio penitenciario produce y gestiona violencias en el espacio carcelario pero además promueve, delega, habilita y regula la violencia entre las personas detenidas, convirtiendo a la conflictividad endógena en un elemento clave en la producción de determinadas condiciones de vida intramuros. A esto se le suma una serie de violencias (aislamiento, requisas, amenazas, robos de pertenencias) que impacta sobre los cuerpos y las subjetividades de las personas detenidas en términos de sometimiento.
En forma complementaria, el servicio penitenciario produce y gestiona precariedad. Los bienes y servicios que el Estado debería garantizar dentro de las cárceles (infraestructura, cuestiones materiales, alimentos, cuestiones sanitarias, salud, vinculares) son escasos y deficientes. La administración penitenciaria los distribuye en forma de premios y castigos convirtiendo derechos en beneficios y produciendo condiciones degradantes y riesgosas para la mayoría de las personas detenidas, ya que producen degradación y deterioro en las personas encarceladas.
En síntesis, como expresa Haesbaert (2013), la contención territorial es considerada como un proceso contemporáneo de las relaciones de poder referidas al control del espacio, como el que se evidencia en las cárceles. Es así que el poder tiene un papel relevante en los debates sobre el territorio. Este autor, al igual que Mançano Fernandes (2005), considera que el territorio debe ser concebido como producto del movimiento de desterritorialización y reterritorialización, es decir, de las relaciones de poder construidas en y con el espacio. El poder en el sentido de dominación político-económica, como dominación funcional y en el sentido más simbólico de apropiación cultural. En general, los grupos hegemónicos se territorializan mas por dominación que por apropiación, mientras que los grupos subalternos se territorializan mas por apropiación que por dominación. Por esta razón, la movilidad tiene un sentido desterritorializador especialmente cuando está asociada a la precarización de las condiciones materiales de vida. La desterritorialización puede estar relacionada con procesos de densificación y pérdida de referencias simbólico-territoriales: en el caso que se analiza en este trabajo, las personas privadas de la libertad están desterritorializados o precariamente territorializados, pues no tienen control sobre sus territorios donde fueron fijados. La relación social que se construye a través de las paredes de la cárcel muestra que está mucho más territorializado quien controla la entrada y salida, quien tiene la llave para abrir y cerrar la puerta, esto implica el control de la circulación como cuestión biopolítica -la política diseñada para el control de las poblaciones-. Esto puede vislumbrarse en dos características de la vida intramuros en relación a la circulación: las personas que están en la cárcel al estar privadas de la libertad no circulan hacia afuera, pero hacia adentro-afuera circulan operadores del servicio penitenciario, técnicos o profesionales, familia, entre otras. Lo mismo ocurre con la circulación de información sobre lo que sucede en esa institución cerrada.
Volver al barrio
Una vez en libertad los jóvenes vuelven a los barrios de los que provienen. En este apartado se aborda al barrio como categoría espacial teniendo en cuenta que es otro espacio de socialización que transitan los jóvenes –antes y después de la situación de encierro.
En la actualidad, las transformaciones en la estructura social y en el mercado de trabajo, acompañada de la concentración y acumulación de desventajas, se comenzaron a manifestar en la configuración espacial de los barrios. Sin embargo, comienzan a operar ámbitos de sociabilidad. En consecuencia los procesos de segregación residencial (Segura, 2006; Duhau, 2013) se constituye en un tipo de nueva desventaja que encarna un proceso de aislamiento para los sectores populares. En esta dinámica expresa Roberti (2012), la segregación residencial actúa como mecanismo de reproducción de desigualdades económicas.
En este sentido, el barrio se presenta como una categoría espacial ambigua: por un lado, la inscripción territorial de los sectores populares como el surgimiento de nuevas solidaridades, redes de supervivencia (Svampa, 2005) y redes comunales, la gestación de acciones colectivas (Merklen, 2005) y la promoción de relaciones de cooperación; y por el otro, otros autores plantean un debilitamiento del capital social comunitario de los sectores populares, a la vez que adjudican el surgimiento de nuevas desventajas a la característica que asume el espacio barrial.
Roberti (2012) expresa que algunos autores pretenden superar esta dualidad analizando el significado que adquieren la fronteras socioespaciales –el adentro y el afuera- del barrio en la delimitación de las prácticas y representaciones de sus habitantes. Desde este lugar, se busca comprender los modos en que los residentes simbolizan el espacio barrial, sus límites y su entorno.
La autora enumera un conjunto de transformaciones que llevan al aislamiento de la población urbana pobre: débil inserción en el mercado de trabajo; relegación de un espacio urbano degradado y estigmatizado; tendencia a la socialización en espacios homogéneos; exclusión del acceso a bienes materiales y simbólicos (Roberti, 2012).
Actualmente, se experimenta rigidez e impermeabilidad de las fronteras de los barrios tal que no se cruzan tampoco por cuestiones laborales. En un contexto de desocupación y precariedad en el mercado de trabajo, los itinerarios laborales se desvanecen.
Las trayectorias desde una perspectiva socioespacial
Cabe mencionar que la perspectiva sobre trayectorias se constituye en el marco del enfoque biográfico (Bertaux, 2005; Cornejo y otros, 2008). Desde este enfoque, se ha concedido preponderancia al análisis de las experiencias de los sujetos a lo largo de su vida o en un momento determinado. Roberti (2012) explicita que para el análisis de las experiencias biográficas es necesaria una perspectiva a largo plazo que permita un análisis relacional entre el momento socio-histórico y el desarrollo de la vivencia individual. La perspectiva de trayectorias es una perspectiva teórico metodológica que ha centrado su atención en la interpretación de los fenómenos sociales a través de la centralidad al aspecto temporal, pero no así sobre la espacialidad.
Sin embargo, la autora hace referencia a que toda biografía se encuentra enmarcada en un tiempo histórico y en un espacio. Por esta razón el curso de vida de los sujetos está atravesado por la temporalidad y también por los diferentes lugares que experimenta cada persona. Desde esta perspectiva, es posible estudiar la trayectoria de vida de un sujeto si se articula con los procesos sociales más amplios, que se encuentra mediado por la posición del sujeto en la estructura social. De aquí puede deducirse que tanto el espacio como el tiempo forman parte de la construcción del objeto (Roberti, 2012).
En los últimos años, expresa Roberti (2012), comenzaron a surgir nuevos interrogantes que incorporan la dimensión de lo espacial como un factor relevante que opera en la configuración de las trayectorias laborales de los sectores populares. Esto es así porque la dinámica espacial adquiere un lugar central al constituir no solo el marco donde actúan y participan los sujetos, sino que también se establece como un elemento analítico clave para interpretar la constitución de nuevas prácticas y representaciones laborales (Roberti, 2012).
El enfoque longitudinal de las trayectorias laborales evidencia que las transformaciones macroestructurales de las últimas décadas han revestido una dinámica socioespacial (Roberti, 2012: 49).
Esto implica que los cambios en la estructura social y en el mercado de trabajo en Argentina generan recorridos cargados de rupturas y estrategias disimiles que se manifiestan en prácticas laborales en condiciones de precariedad y segregación. De este modo comienza a acrecentarse la vulnerabilidad e inestabilidad de las trayectorias laborales, la segregación y estigmatización de los espacios urbanos, que se constituyen en características centrales conformándose un escenario de fragmentación y desigualdad en las vivencias laborales. Roberti (2012) expresa que, desde esta perspectiva, adquieren importancia en el análisis de trayectorias laborales los procesos de segregación espacial con sus correlatos en la concentración y aislamiento social, desplegados en el marco de un mercado de trabajo donde se debilitan los vínculos laborales.
En esta clave Jacinto (2006) desarrolla un trabajo en el que infiere que los jóvenes que habitan barrios marginales -o periférico- tienen pocas posibilidades de lograr una trayectoria laboral acumulativa: por un lado porque la ausencia de institucionalidad los acerca a trabajos que refuerzan mecanismos de reproducción y exclusión social y por otro lado porque estos jóvenes carece de redes sociales desde donde puedan acceder a un trabajo por fuera del barrio. De este modo la imposibilidad de ingreso al mercado laboral manifiesta la dificultad para salir del barrio por la distancia y los costos de traslado. Esto es lo que se denomina segregación espacial, donde salir del barrio implica cruzar fronteras materiales y simbólicas: los jóvenes se sienten objeto de discriminación y ponen de manifiesto su percepción de sentirse diferente de los que habitan más allá de los límites de lo local.
Aquí, la noción de frontera y segregación espacial aporta al análisis del proceso de reconfiguración espacial. La marginalidad laboral y la segregación residencial se deben analizar en clave de estigma territorial. De esta manera, los jóvenes de sectores populares se constituyen en destinatarios de este tipo de relaciones laborales y las estigmatizaciones como: población sobrante, clase peligrosa, actor social peligroso (Wacquant, 2009), en el marco de una sociedad excluyente (Svampa, 2005).
Sin embargo, el espacio barrial se presenta, por un lado, como una fuente de estigma y aislamiento/segregación y por otro lado, como fuente de capital social y cultural. El barrio constituye en un espacio de prácticas sociales, es el lugar donde se producen las interacciones y adquiere relevancia en las experiencias y condiciones de vida para quienes se asume como lugar de trabajo. De esta forma Roberti (2012) explicita que el espacio barrial presenta dos características en la constitución de trayectorias laborales de sectores populares: en primer lugar se presenta como lugar de residencia, incidiendo en la salida del mismo en la búsqueda de un trabajo; en segundo lugar aparece como el propio lugar de trabajo, condicionando las prácticas laborales.
De este modo los efectos de la segregación espacial se manifiestan en la imposibilidad de traspasar los límites del barrio, situación que lleva a buscar oportunidades laborales en el barrio.
En el contexto de un mercado de trabajo un proceso de descomposición de las relaciones desarrolladas en función del trabajo asalariado estable, las prácticas de subsistencia que llevan a cabo estos grupos se encuentran localizados territorialmente. El avance dela pobreza compone y configura el escenario sobre el cual se recortan las múltiples formas que un entorno de mayor adversidad y de creciente segregación espacial y marginalidad laboral (Roberti, 2012: 51).
En este sentido, el espacio barrial se constituye en el espacio donde disponen de estrategias y prácticas de supervivencia desarrolladas los sectores más empobrecidos.
Saraví (2006) realiza un estudio en el que se propone interpretar los procesos de acumulación de desventajas que pueden alcanzar la exclusión social, a través de la perspectiva biográfica. Para ello, el autor hace referencia a la necesidad de analizar las desventajas que se entretejen y retroalimentan en las trayectorias de vida de los jóvenes de sectores populares.
Una perspectiva orientada a las trayectorias de vida posibilita vincular hechos y procesos, en la medida en que las condiciones de un momento dado suele asociarse a situaciones previas e influir en las futuras. La emergencia y acumulación de nuevas desventajas en contextos de profundas desventajas estructurales constituye así un eje central (Roberti, 2012:52).
De este modo, el espacio se constituye en un elemento de desigualdad que condiciona las experiencias biográficas. El lugar de residencia actúa, como un factor de exclusión en relación a la concentración de desventajas sociales producidas por el proceso de segregación urbana. Esto se manifiesta en la esfera de lo laboral a través de la desestructuración del mercado de trabajo, que conlleva desempleo y precarización, lo cual representa el inicio de un proceso de acumulación de desventajas sincrónicas (Saraví, 2006) en el que la precarización y el desempleo tiene un efecto potenciador –y reproductor- de otras desventajas.
Pero también se evidencian desigualdades diacrónicas (Saraví, 2006), que incrementa la vulnerabilidad de la construcción de las trayectorias de vida y se plantea riesgo de exclusión. Por esto, expresa Roberti (2012) que en este tipo de estudios es importante acceder a los modos en que se relacionan y potencian las trayectorias que conforman la biografía de un sujeto: trayectoria familiar; trayectoria educativa; trayectoria laboral; trayectoria reproductiva.
La autora (Roberti, 2012) entiende que la perspectiva de trayectorias laborales posibilita comprender el itinerario de los recorridos laborales de los jóvenes. En este sentido, es interesante analizar los desplazamientos y estrategias de movilidad en el espacio. Es decir, la dimensión espacial cobra relevancia en los estudios con trayectorias al presentarse como una dimensión constitutiva de los itinerarios que despliegan los individuos.
A manera de conclusión
Para concluir este trabajo, es importante aclarar que los estudios de trayectorias comprenden el análisis de los aspectos subjetivos al adquirir relevancia los sentidos y perspectivas que los actores otorgan a sus prácticas laborales y residenciales. Además, cobra relevancia la múltiple dimensionalidad del espacio al momento de reconstruir los recorridos en esas trayectorias.
El espacio es una dimensión central en los procesos de desigualdad y vulnerabilidad social. Las diferencias sociales se expresan en una configuración espacial particular, que genera efectos sociales que tienden a reproducir la desigualdad que expresa. Los estudios con trayectorias ofrecen al análisis la posibilidad de articular el tiempo y el espacio en el trascurso de la vida de un sujeto.
Podría decir que la actual división social y territorial del trabajo es productora de pobreza. En este contexto no es extraño que la seguridad se vuelva la categoría política central y, de este modo, se impone un paradigma que lejos de impedir el desorden, busca gerenciarlo. Silveira (2011) expresa que la mano invisible del mercado de trabajo no calificado encuentra su prolongamiento ideológico y su cumplimiento institucional en el “puño de hierro” del Estado penal. El territorio termina por ofrecer el retrato complejo y contradictorio. En su opacidad, el territorio puede ayudar a descubrir la ineficiencia social de ciertos dictámenes absolutos como la competitividad, la información, la seguridad subyugando a la libertad.
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Wacquant, L. (2009) Castigar a los pobres: el gobierno neoliberal de la inseguridad social. Barcelona: Gedisa editorial.
- Los denominaré de este modo porque me interesa analizar la cárcel como espacio social y el vínculo recíproco de los actores en su totalidad, aunque mi unidad de análisis sean los jóvenes específicamente. ↵






