Dra. Lourdes Farias y Dra. Soledad Veiga
Desde hace un tiempo, hemos decidido comenzar a cuestionar algunos lugares de cierta comodidad y acostumbramiento que en casi dos décadas de desempeño profesional, hemos transitado.
Desde el primer día que iniciamos con la formación profesional, incluso desde antes, cuando supimos que el trabajo social era nuestra vocación, que queríamos trabajar en contacto con lo social, sabíamos que el sufrimiento, en general formaría parte de nuestra cotidianeidad.
¿Pero qué sucede? ¿Será acaso que nos gustaba sufrir? ¿Estar en contacto con el dolor nos vinculaba con algún momento de nuestra historia personal? ¿Querer resolverles cosas a las personas era algún mandato que nos venía dado de algún lado?
Como fuera, algo de todo eso, nos había llevado a estudiar trabajo social, a pensar en el trabajo social como un modo de dar curso a todos esos impulsos, a alguno de ellos. El trabajo social, parecía ser el medio para un fin: intervenir en el dolor, resolver necesidades, encontrar respuestas.
Con el tiempo en el recorrido de la formación, fuimos adquiriendo herramientas que nos ayudaban a pensar en los sujetos y su cotidianeidad, a analizar la cuestión social, a pensarnos como sujetos críticos en determinados contextos políticos, cultivando un perfil ético. Conocimos las discusiones teóricas, las diferencias ideológicas y las pujas políticas que atravesaban y constituían el proceso de formación en un tiempo complejo de discutir, conocer y aprender. Cursamos alrededor de 25 materias e hicimos prácticas pre profesionales durante cinco años. Luego nos recibimos, nos graduamos y obtuvimos un título habilitante.
¿Será que ahora sí podíamos sufrir con fundamento? ¿Contactarnos más y mejor con el dolor ajeno? O ¿Resolverles los problemas a las personas? Ya éramos trabajadoras sociales ¿Y Ahora qué?
Y entonces la incertidumbre. La opacidad tiñendo el quehacer. Las políticas públicas escasas, los recursos humanos desgastados, los sujetos de la intervención sufriendo.
Estábamos habilitadas para intervenir en lo social, para diseñar y administrar las políticas públicas, para tomar medidas en el marco de las mismas y sin embargo, el dolor no cedía.
Entonces, comenzamos a cuestionar la intervención. Y las preguntas nos cambiaron: ¿Qué es intervenir? ¿Dónde intervenimos? ¿Cón qué? Y ¿Para qué?
La realidad es que al intentar contestar estas preguntas, nos dimos cuenta de que había pocas respuestas en las 25 materias y cinco años de prácticas pre profesionales, las maestrías y los doctorados.
La realidad se desteñía frente a nuestros ojos mientras sosteníamos en las manos herramientas obsoletas. Marcos teóricos empobrecidos como la realidad misma, insumos de bajo impacto y críticas en crisis. En crisis con nosotras mismas, con las instituciones, con las políticas y con esos sujetos del sufrimiento cotidiano y de las penas inacabadas.
Era hora de repensarnos, de repensar el andamiaje teórico y metodológico porque ese dolor, ese que nos había delimitado un espacio de búsqueda, que nos había configurado el deseo de ser trabajadoras sociales, no cede.
Es hora de cuestionar la cuestión social, de poner en tensión lo ético político, de salir del lugar cálido de la crítica. Es el momento de buscar otras respuestas, de construirlas. De forjar herramientas que sirvan a las intervenciones sociales. Que se vuelvan tangibles, que sean insumos para intervenir y cambiar la realidad. Tenemos que hacerlo posible. Tenemos que dar la batalla al sufrimiento.
Es hora de dejar de pensar la intervención social como un género literario cultivado por los académicos o, contrapuestamente, como una narrativa de experiencias profesionales sin mediaciones teóricas ni elaboraciones conceptuales, tenemos que poder decir más y mejor. Es hora de ampliar los límites, porque como dice Ludwing Wittgenstein, los límites del lenguaje, son los límites del mundo.
Es hora de discutir.
En ese camino andamos…






