Tradición, antagonismo e identidades políticas en la formación del peronismo (1945-1946)
Julián Melo Investigador adjunto del CONICET – Profesor e investigador en el Centro de Estudios Sociopolíticos del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín. y Florencia Campo D.[1]
Es un discurso oscuramente crítico pero también, sin embargo, intensamente mítico, es el discurso de las amarguras encubadas, pero también el de las más locas esperanzas.
Michel Foucault, Genealogía del racismo
En su célebre El 45, expone Félix Luna:
Después la pareja se instaló en la quinta que tenía Perón en San Vicente, alternando su estadía allí con escapadas al departamento de Posadas. En ambos lugares Perón atendía a su gente. Le esperaba una tarea muy dura. Aunque ya era incontrovertible el apoyo popular de que disponía, no contaba con ningún instrumento político para hacerlo efectivo y la inorganicidad de sus huestes era total. Había que empezar a inventar, desde el nombre en adelante, las fuerzas que llevarían a cabo la acción electoral (1971: 409).
Luna presagia en su relato las agitadas semanas posteriores al 17 de octubre de 1945.[2] Nos muestra, con una pluma algo intensa, el contexto en el que Juan Perón se lanzaba a la aventura electoral que daría por finalizada la experiencia de la llamada Revolución de Junio. Ese contexto parece ser de “inorganicidad”, esto es, Perón no tenía un “partido”, una máquina política territorialmente extendida con la que presentarse al comicio. Esa máquina es lo que Perón tenía que inventar y, como se infiere de la imagen que brinda Luna, lo tenía que hacer desde cero.
Por cierto, ese proceso de invención estuvo pleno de conflictos, idas, vueltas y escaramuzas políticas de todo tipo. Estas escaramuzas muchas veces son echadas al olvido, quizás por ser crónicas muy “de época”, casi de carácter anecdótico. Pero también han sido echadas al olvido porque primó una lectura sobre el peronismo, como fenómeno sociopolítico, muy atada a la figura de Perón y su relación con “las masas” y distintas corporaciones (Iglesia, Fuerzas Armadas, sindicatos). De allí se ha derivado, no pocas veces, una imagen profundamente homogénea del peronismo como si éste fuese, tal como nos invita a pensar Félix Luna, un invento exclusivo de Perón.
Suele entonces construirse, más allá del nivel de detalle histórico de cada estudio, una mirada estrechamente monolítica del primer peronismo. Esto es, dicho de manera muy literal, que el peronismo está hecho de una sola piedra. Y que esa piedra única es Perón.[3] La vía de interpretación de esta clase de experiencias exclusivamente sostenida en las formas del liderazgo, aquí particularmente el de Perón, tiende a construir ese tipo de imágenes monolíticas.[4] Y esas imágenes tienden, a su vez, a ocluir la posibilidad de análisis de las múltiples heterogeneidades que son constitutivas de esos liderazgos, fundamentalmente en su origen.[5] De este juego de interpretaciones binaristas suele derivar una idea respecto a que los antagonismos se producen por acción de una sola fuerza (en este caso, Perón). Lo cual, como ya puede comprenderse de nuestras anteriores afirmaciones, nos resulta discutible. No se trata solamente de que lo consideramos historiográficamente incierto sino, más importante, de que los asertos binaristas empobrecen el quehacer teórico. Los antagonismos son un efecto de la acción de múltiples fuerzas ─heterogéneas─ y, por ende, las identidades políticas también.
Nuestra propuesta en este trabajo para reinterpretar el lugar de aquellas heterogeneidades proviene de una sociología de las identidades políticas. Nos interesa más que nada reflexionar en torno a los mecanismos de constitución de espacios solidarios relativamente estables y, dentro de esos mecanismos y pensando más centradamente en el caso particular del primer peronismo, queremos comprender de modo un poco más preciso cómo es el proceso de fundación de una identidad cuyo devenir mostraría una potencia sociopolítica fenomenal. Partimos, ahora con más precisión, de la definición de identidad política que ofrece Aboy Carlés. Nuestro autor dice que una identidad es:
un conjunto de prácticas sedimentadas, configuradoras de sentido, que establecen a través de un mismo proceso de diferenciación externa y de homogeneización interna, solidaridades estables, capaces de definir, a través de unidades gregarias de la acción en relación a la definición de asuntos públicos […] toda identidad política se constituye y transforma en el marco de una doble dimensión de competencia entre alteridades que componen el sistema y de la tensión con la tradición de la propia unidad de referencia (2001: 54).
Uno de los puntos más enriquecedores de esta definición es que, en la fundación de una identidad, la diferenciación externa y la homogeneización interna son instancias distinguibles pero simultáneas (son un mismo proceso dice Aboy Carlés). De allí, y dado que toda identidad es relacional, es que podemos pensar los procesos de transformación identitaria por la lucha (competencia dice nuestro autor) entre alteridades. Una identidad, entonces, se constituye simultáneamente sobre aquello que la niega y de lo que se separa radicalmente (la diferenciación externa) y sobre aquello que es o, mejor dicho, pretende ser (la homogeneización interna). Esto supone, como iremos viendo, que heterogeneidad no es solamente el nombre del Gran Otro (externo) sino que en el proceso de homogeneización interna también se produce la operación sobre otro tipo de heterogeneidades que constituyen lo común, la identidad.
Ahora bien, esa simultaneidad no indica, en primer lugar y como dijimos, que haya indistinción entre afuera y adentro. Simultaneidad supone que yo no puedo afirmarme como tal sino a través de la determinación de un exterior que no es una diferencia más sino que, básicamente, es una diferencia que me niega en tanto tal. No obstante, esta negación no supone que todo el juego de diferencias al interior del espacio constituido por ella está saldado. De allí es que, en segundo lugar, simultaneidad tampoco indica que el mecanismo de constitución de lo Otro sea o deba ser similar al de afirmación de lo propio.[6] Simple y sagazmente, lo que simultaneidad indica es que esos mecanismos no se pueden concebir por separado. En tercer lugar, no puede derivarse de la teoría que nos ofrece Aboy Carlés que la homogeneización es ya tal cosa en el momento simultáneo de la diferenciación externa. Se trata, para nosotros, de la afirmación de un tipo de frontera que determina tiempos y espacios de configuración de esas solidaridades y no de situaciones (homogeneización y diferenciación) que se toman por dadas ya en el momento de la partición constitutiva.[7]
Para nosotros resulta claro que, generalmente, cuando se piensa la constitución de identidades se tiende a hacer mucho más hincapié en el Momentum de la diferenciación externa que en el resto de dimensiones de su configuración. Esto es, al hablar de identidades políticas, solemos hacer foco fundamentalmente en los modos y mecanismos gramáticos de constitución del Otro, solemos prestar atención central a la manera en que determinadas solidaridades se separan radicalmente de otras y cómo son las formas de esa separación radical.
En este texto, desde el punto de vista más propiamente teórico, y tomando en cuenta la interpretación que sostuvimos más arriba, queremos enfocarnos en un estudio de los mecanismos de gestión de las diferencias internas que se ponen en juego al momento-proceso de fundación de una identidad política. Queda claro, desde nuestra mirada, que no puede concebirse la fundación de un espacio común solidario como-ya-homogéneo. La homogeneidad es un devenir, cambiante por supuesto, nunca absoluto y perfecto, que será distinto según el análisis contextual en cada caso. Desagregando un poco más nuestra propuesta, entendemos por mecanismos de gestión de diferencias internas los modos en que los elementos diferenciales que comienzan a anudarse en un campo propio configuran lo común de ese campo. Gestión indica, en nuestra lectura, relación. Hablamos, en efecto, de formas de relacionamiento entre heterogéneos que construyen un igual. Esto, así formulado, nos conduce a pensar que la fundación de una identidad política se constituye a partir del interrelacionamiento de una multiplicidad de diferencias sedimentadas, de modo que, de entrada, la idea de un campo identitario monolítico es inconcebible.[8] La cuestión monolítica, aun en la forma equivalencial del significante vacío laclausiano, es, en el mejor de los casos, un proceso, un devenir. No es nunca el punto de partida fundacional.
En el anclaje de corte más histórico de nuestro estudio queremos reflexionar en torno a los orígenes peronistas. Partiremos, para ello, de explorar las heterogeneidades que configuran la identidad peronista, donde, se sobrentiende, Perón es una diferencia más. Esta propuesta, en varios sentidos, no es algo estrictamente novedoso. Se puede tomar como primer ejemplo el ya célebre trabajo de Moira Mackinnon (2002) sobre los años formativos del Partido Peronista.[9] Acerca de dicho trabajo desarrollaremos ciertas tesis más adelante pues se trata de una fuente central para nuestra reflexión. Cabe sí decir aquí que la pretensión de Mackinnon tiene que ver justamente con una lectura de la formación de la “institución” Partido Peronista. Nosotros pretendemos entender incluso esa formación, pero en el proceso de constitución de una identidad política. No se trata entonces de relevar los avatares de la construcción institucional del partido, las luchas intestinas para la definición de listas y candidaturas con miras a los eventos electorales sino, antes bien, de comprender los modos en que las heterogéneas fuerzas que participan de la hechura peronista configuran un espacio común identitario.
Como se observará en el devenir de este trabajo, dentro de los múltiples vectores de fuerza que configuran la potencia peronista, nos interesamos más específicamente en la Unión Cívica Radical Junta Renovadora. Este interés, esperamos que quede claro a lo largo de las páginas, se funda no solamente en la poca atención que a aquella fracción política se le ha prestado sino, también, en tratar de descifrar al menos preliminarmente los modos en que parte del radicalismo argentino fue un actor más que relevante en la forja del peronismo. Nos preguntamos, entonces: ¿aquellos radicales renovadores fueron simplemente un desprendimiento desilusionado de la UCR que cumplieron un rol de meros profesionales electorales o, además, presentan elementos que ayudan a entender los caracteres más determinantes de la identidad peronista original? ¿Podrá pensarse que algo de la tradición política radical, por cierto no única ni homogénea, se presenta allí terciando en el juego de la fundación peronista?
1. Génesis peronista
En el prólogo a Los años formativos del Partido Peronista (2002), de Moira Mackinnon, y refiriéndose a los méritos de ese libro, dice Juan Carlos Torre:
Haber abierto un capítulo de la historia del peronismo por mucho tiempo clausurado. Aludimos a la experiencia de participación y representación política condensada en la formación del Partido Peronista. Esa experiencia fue la que quedó en las sombras por el privilegio otorgado a Perón en tanto forjador de un nuevo poder y discurso político. Que ese poder y ese discurso nuevos fueron indisociables de la intervención carismática de Perón está fuera de discusión. Que ello resuma toda su trayectoria en el tiempo es, en cambio, más controvertible. La insistencia excesiva en el papel jugado por el líder carismático impidió valorizar adecuadamente otro hecho importante: que el poder y el discurso nacional popular que este construyó y desplegó sobre la escena política argentina era tan complejo y diferenciado como lo fueron otros. Por debajo del unanimismo peronista los intereses y las visiones rivales de las fuerzas reagrupadas por la convocatoria de Perón mantuvieron su vigencia y esa confrontación imprimió su dinámica conflictiva a la formación de la organización partidaria (Torre en Mackinnon, 2002: 11).
En este breve párrafo de Torre, dicho con otras palabras quizás, abre varios de los debates que propusimos en nuestra introducción. El autor afirma, en primer lugar, que la experiencia de participación y representación que se da en la génesis peronista es y ha sido relativamente ocluida “por el privilegio otorgado a Perón en tanto forjador de un nuevo poder y discurso político”. A ello, Torre agrega que “la insistencia excesiva en el papel jugado por el líder carismático impidió valorizar adecuadamente otro hecho importante: que el poder y el discurso nacional popular que este construyó y desplegó sobre la escena política argentina era tan complejo y diferenciado como lo fueron otros”. Volvemos a citar esa frase pues nos parece central para interpretar parte de nuestra propuesta: para nosotros, el excesivo papel otorgado a Perón en la génesis del que hablamos también ocluye la posibilidad de pensar que dicha identidad, la peronista, es justamente producida por un juego más “diferenciado” de vectores de fuerza que lo que la mayoría de las lecturas nos dejan ver. Avancemos con un poco más de detalle.
Efectivamente, el libro de Moira Mackinnon (2002) muestra con contundencia los modos del conflicto al interior de la formación política que lleva a Perón como candidato en las elecciones del 24 de febrero de 1946. Y esa formación se sostiene sobre dos pilares básicos:[10] la Unión Cívica Radical Junta Renovadora[11] y el Partido Laborista[12]. Esos dos espacios son nuevos pero, al mismo tiempo, se constituyen con elementos y rasgos bien marcados de lo que podemos llamar fuerzas políticas tradicionales. Respecto entonces de la frase de Félix Luna con la que iniciamos este trabajo, se sobrentiende que “aquella máquina electoral” que Perón precisaba no se constituyó desde cero. En nuestros términos, es importante explorar y estudiar cuáles pueden ser esas líneas o espacios de sedimentación que van confluyendo y dando forma a la fundación peronista. La identidad peronista será un espacio nuevo que contendrá sedimentos de tradiciones y lógicas pretéritas.
Varias de las figuras conspicuas de la UCR Junta Renovadora hubieron de ser miembros activos del gobierno de la Revolución de Junio, ocupando cargos de cierta relevancia.[13] Y esto se replica, ya en el proceso electoral de 1946, en una más que destacable participación electoral de la Junta Renovadora no sólo en términos de ocupación de cargos electivos. Vayamos entonces en orden para ver qué fue esta fracción de la UCR y cuál puede haber sido su rol en la constitución del populismo peronista.
Como relatamos en una nota previa, la UCR Junta Renovadora se creó hacia fines de octubre de 1945 en una asamblea llevada a cabo en el teatro Augusteo de la Capital Federal. Dirigentes radicales, de tallas diversas y provenientes de casi todo el país, se congregaron allí para dar origen a una Junta que, entre otras cuestiones, se lanzaría vehemente en apoyo a la candidatura de Perón a presidente de la nación. Pero, además, proponía una clara fractura respecto de una Unión Cívica Radical que, en aquel momento, se sumergía no sólo en la conducción de la Unión Democrática sino que también vivía tiempos de turbulencia interna de gran intensidad. Estos radicales renovadores, en efecto, se presentaban a sí mismos como el verdadero radicalismo, y llegaron incluso a desconocer la autoridad del Unionismo, nombre con el que se conocía a quienes dirigían el partido en ese momento. Con un discurso de neto corte nacional-popular, estos radicales se enfilaban tras de Perón sin ambages, dispuestos a dar la pelea electoral. ¿Por qué resulta interesante prestar atención a esta Junta? Nuestro interés no se sostiene específicamente en interrogar los motivos de aquellos radicales que se hicieron peronistas, aunque revisaremos luego algunas de las razones que se han dado para ello. El interés radica antes bien en explorar los modos en que la concepción renovadora de lo nacional-popular encontraba una superficie bastante clara de inscripción no sólo en la figura y en la política social de Perón sino, también, en la postulación de una forma identitaria que parecía hallar en Yrigoyen a un patamar indudable (aquí se ve la idea de puente). Lo más llamativo, para nosotros, es que se autoproclamaban como el auténtico y verdadero radicalismo, lo mismo que hacía el resto de radicales (incluso puede pensarse que el discurso de la intransigencia radical, ya en ciernes por ese tiempo, proclamaba exactamente lo mismo con la salvedad, no menor por cierto, de que blandían el verbo sosteniendo que el radicalismo era la única tradición popular argentina). Es llamativo también que la tradición yrigoyenista resulta a todas luces disputada al interior de la propia UCR y es, obviamente, leit motiv de una de las escisiones radicales más renombradas, como lo fue FORJA[14] desde mediados de la década de 1930. Entonces, ¿qué ofrecen de particular e intrigante estos radicales renovadores? Ofrecen, a nuestro criterio, dos rasgos necesarios de ser explorados. En primer lugar, que no renuncian a la pertenencia radical (al nombre) ni aun coligándose con quien iba en abierta e intensa oposición a su partido de origen. Segundo, y más allá de que ese nombre cambia ya con el primer gobierno peronista en movimiento (aunque no lo hace sino hasta enero de 1947 y se formaliza recién en diciembre de ese mismo año con el primer Congreso Nacional del Partido), creemos que la forma en que esta fracción radical transita el pasaje al peronismo es un lugar interesante para ver cómo se pliega y se funde el movimiento de ruptura-continuidad que está en la génesis del populismo peronista.
Cabe interrogar entonces cómo ha sido, de manera general, la mirada expuesta por quienes han dedicado trabajo a la exploración de la participación de esta disidencia de la UCR en los albores del peronismo. A riesgo de simplificar y sin ánimo de exhaustividad, puede determinarse un primer vector clave en aquella mirada: el arreglo electoralista. Se sugiere, desde distintas perspectivas, que la relación de los radicales renovadores con Perón y su proyecto político tuvo un componente central simple y sencillo en la búsqueda de cargos. A modo de análisis, por cierto algo superficial, se da por sentado que esos radicales acompañaron sólo por un cálculo racional estratégico la opción que creían les iba a dar la posibilidad de ocupar más cargos. Por ejemplo, dice Samuel Amaral:
La dirigencia peronista, tanto en el momento inicial como cuando se organizó el Partido Peronista, ya con Perón en el gobierno, provenía del radicalismo. Esto fue así por dos motivos: en primer lugar, por la ya señalada cuestión del combustible; en segundo lugar, por el mensaje. El objetivo de los políticos es el poder: el poder local, provincial y, en última instancia, nacional. Cualquier dirigente cuyas aspiraciones se limitaran al poder en una ciudad o en una provincia sabía que el combustible venía de Perón, no de la oposición democrática. El cambio de la situación política operado tras los acontecimientos del 17 y 18 de octubre, al manifestarse el apoyo popular a Perón, eliminó el temor al colaboracionismo. Quien quisiera ser concejal, intendente, diputado provincial o gobernador sabía donde tenía que ubicarse en el plano nacional para obtener el combustible que alimentara sus ambiciones (2014: 71).[15]
Esta cita resulta perfectamente ilustrativa de nuestro punto, dado que alude a una dirigencia que apoya a Perón sólo en búsqueda de cargos y dinero (“combustible”) enfrentada a otra dirigencia (al parecer distinta, que no busca ni cargos ni poder…). La dirigencia de la UCR Junta Renovadora es calificada, con poca sutileza ciertamente, de “colaboracionista”. Y esto, más allá quizás de sonar agresivo y exagerado, muestra también por qué aquellos “renovadores” son poco tenidos en cuenta a la hora de reinterpretar el origen peronista. Vale la pena, sin embargo, extender un poco más los argumentos de este tipo de enfoques. Por ejemplo, dice Llorente:
El determinante de un alejamiento o permanencia en el partido parece haber sido la percepción de cuál era la fuerza que ofrecía mayores posibilidades para acceder al poder. Se comenzaba a advertir dentro del radicalismo que éste ya no era la fuerza política de otrora. Con sólidos apoyos e imbatible en el campo electoral (1977: 281).[16]
Este autor afirma, quizás de forma algo más difuminada que Amaral, que la percepción “electoralista”, el cálculo racional, estaba específica y centralmente colocada como eje de las decisiones de apoyo o no a Perón por parte de algunos sectores de las fuerzas tradicionales, fundamentalmente de la UCR. Dicha percepción se ata, y este sería el segundo de los vectores descriptivos, a un cierto denuesto respecto de otras razones que podrían haber empujado a políticos tradicionales a apoyar a Perón. Dice Hugo Gambini, citando a Jauretche:
“y si es necesario, habrá que romper los alambrados para ir a votar”. Pero un partido político no se improvisa tan fácilmente y Perón debió servirse del único aparato electoral que tenía a mano: los caudillos y jefes provinciales de la flamante UCR Junta Renovadora, en su mayoría postergados militantes del radicalismo, quienes se acercaban a Perón por resentimiento. “Cada caudillo que se pasaba al peronismo traía consigo una pequeña organización. Era gente ducha que entendía de elecciones y que sabía disponer la distribución de boletas, fiscales y planillas de cómputos. Por eso la mayoría de los candidatos a gobernadores fueron de extracción radical”, recordaría Arturo Jauretche, otro converso de entonces (2007: 85).[17]
Parece claro que, además de la sabiduría electoralista que podrían aportan los radicales renovadores a la forja peronista, juegan aquí un rol central la postergación y el resentimiento de esos dirigentes. Y todo ello, en nuestra perspectiva, define también una mirada respecto de lo que sucedía en la formación opositora a la “alternativa Perón”. Se corre constantemente el riesgo de “idealizar”, en cierto sentido, a aquel espacio opositor en función de una declaración de principios ideológicos aparentemente despojada de los racionalismos, resentimientos y postergaciones de las que aquí se habla. Se deja ver, a veces entre líneas, una penalización al politicismo (en términos de cálculo electoralista) que se alojaría en el hiperpragmatismo de Perón (pragmatismo que a su vez sirve de canal expresivo al resentimiento de esos dirigentes postergados a la segunda o tercera línea del Partido Radical). De allí que en todas las citas que venimos trabajando aparezca, por ejemplo, la necesidad de un partido (para Perón) y que ese partido (estructura) podía ser conseguido por él a modo de objeto o mercancía “comprable” en un mercado de pulgas.
El hecho es que lo que parece ser determinante, para varios autores, es la falta de convencimiento ideológico por parte de los radicales renovadores. La imagen que se denota de lo que hemos citado es la de un “matrimonio (político) por conveniencia”. Lo cual parece, a simple vista, tan difícil de negar como de probar al tiempo que, claramente, parece una obviedad: es claramente posible pensar que en épocas de comicios habrán de producirse arreglos electorales. No obstante parece haber un marcado desprecio por la opción de aquellos que Luna llamó “caudillejos”, que fueron tildados de “colaboracionistas”, y que cayeron generalmente en el olvido de los estudios sobre el origen peronista.
Nuestra mirada pretende hacer hincapié no tanto en los conflictos entre renovadores y laboristas en el seno del naciente Partido Peronista[18] sino, antes bien, en la formación de la UCR Junta Renovadora y sus posibles efectos y vínculos en la forja del populismo peronista. Dice Torre que “la identidad peronista suministró, es verdad, a las fuerzas reunidas en torno al liderazgo de Perón un nuevo apellido político” (en Mackinnon, 2002: 12). A modo de parafraseo, aquí queremos explorar qué rasgos, sentidos y matices puede haberle “suministrado” el radicalismo renovador al nombre peronista, a su tradición en ciernes. Esto supone prestarles atención a los modos de constitución de una identidad más allá de la estructura específica de una fuerza política.
2. La Junta Renovadora y la génesis populista
Como decíamos antes, a fines de octubre de 1945, en el teatro Augusteo de la Capital Federal, se llevó a cabo la asamblea que dio origen a la UCR Junta Renovadora. Junta que se definía a sí misma como tomando el mando del Partido Radical. Tan es así que el titular de tapa de La Época del 28 de octubre de 1945 rezaba: “Quedan disueltas las autoridades ‘de facto’ de la Unión Cívica Radical”. Y la bajada del título era todavía más explícita: “Una Junta presidida por Quijano asume la dirección partidaria”. Lo cual indica poco si pensamos que, en efecto, el Partido Radical continuó su camino como tal siendo que muchos de quienes fundaban la UCR Junta Renovadora fueron directamente expulsados del partido. Pero, además, esto podría mostrar nada más que una estribación de lo que fue el conflicto interno de la propia UCR en aquella época, esto es, dirigentes descontentos con la conducción que se alejan. Sin embargo, puede leerse allí la base de un tipo de movimiento identitario que es bastante más profundo: se trata de una proclama que niega legitimidad a la palabra del otro (la conducción de la UCR) para hablar en nombre del pueblo. Hacerse cargo de lo popular suponía, al parecer, hacerse cargo del “verdadero ser radical”.
El propio Quijano cerró la lista de oradores de aquella noche del Augusteo diciendo: “Para terminar, vaya desde aquí como expresión radical para el líder que sin tener nuestra etiqueta pareciera que heredó de Yrigoyen el sentido de hermandad con el pueblo”. Por fuera de la épica verborrágica, se denota ya en este cierre un elemento que funciona como amalgama de porte fundamental: la tradición yrigoyenista como vector de la formación identitaria del populismo peronista. Para estos radicales renovadores Perón no venía a robarse las banderas de Yrigoyen sino a ponerlas en acto. La disputa por esas banderas, por aquella tradición, nos parece un elemento central en la génesis que venimos narrando.
Esta disputa ha sido, como es de esperar, tomada en cuenta por quienes se han dedicado al estudio de aquel periodo. Por ejemplo, dice Luna refiriéndose a los radicales renovadores:
Aquellos procedían de un viejo partido que los había repudiado y expulsado, sólo podían aportar al ruedo político la exaltación de la tradición yrigoyenista ─lo que en muchos casos resultaba insincero, como ocurría con Quijano, que siempre fue alvearista─ y la reiteración, ya fatigosa, de formas cívicas utilizadas anteriormente (1971: 412).
Más allá de la labilidad que puede tener la calificación de Quijano como alvearista, resultan más que interesantes dos cuestiones que establece Luna. En primer lugar, la claridad para exponer el peso de la tradición yrigoyenista en el derrotero renovador. Cuestión que, si bien resulta algo racionalista otra vez, pues se lo piensa en términos de “aporte” (como si fuese un ingrediente político), es clave si se entiende que esa exaltación era también acometida con intensidad por parte, por ejemplo, de la intransigencia radical. En lo que atañe al debate de la UCR, pareciera entonces que quien se robó las banderas yrigoyenistas no fue Perón sino la Junta Renovadora. Empero, ahora volviendo al origen peronista, cabe agregar que el hecho de definir este proceso, como lo afirma Luna, en términos de insinceridad, obtura otra vez toda posibilidad de pensar en la forja de una identidad. Ahora bien, ¿qué significaba la exaltación de la tradición yrigoyenista?
Para tomar otra nota bastante ilustrativa, se decía a comienzos de noviembre de 1945:
Por todo ello declaramos: Que la Concentración Radical Yrigoyenista, propicia la candidatura del señor Coronel (R) D. Juan Domingo Perón, para la primera magistratura de la Nación, como digno portador del estandarte glorioso del Parque, y continuador de las trayectorias que marcaran para la democracia argentina las figuras consulares de Leandro N. Alem y D. Hipólito Yrigoyen (La Época, 7 de noviembre de 1945: 3).
Aquí aparece con épica contundencia una búsqueda por relacionar a Perón con la tradición radical, con la “gloria” de esa tradición, pero agregando algo que, seguramente, habrá sonado como una herejía para los radicales orgánicos: la figura de Leandro Alem. Si bien es cierto que la filiación inequívoca entre Alem e Yrigoyen puede resultar discutible, lo que nos interesa destacar es que el movimiento de aquella búsqueda se traslada hasta el corazón mismo de la historia radical: la Revolución del Parque. Ese traslado y aquella búsqueda son, desde nuestra mirada, índices importantes de una superficie de inscripción donde el nombre de Perón encontraba un sentido bastante claro (lo mismo que la acción de los renovadores). Como lo afirma la cita: portador de un estandarte.
Para nosotros no se puede concebir esa exaltación bajo ningún prisma de orden normativo (ya sea político o moral). Nos parece más interesante pensarla como la operación de una identidad en formación sobre la dimensión de la propia heredad, esto es, la tradición. Y, además, creemos que sobre esa dimensión es donde se opera una parte de la ruptura que porta el populismo peronista. Todo ello con una particularidad que queremos desarrollar.
Operar sobre la propia heredad supone, básicamente, construir un argumento acerca de esa heredad. Si tomamos nuevamente la cita de la Concentración Yrigoyenista, es claro que colocar a Perón en el podio de la tradición implica excluir partes y nombres de su propio devenir. De allí que resulta tanto más interesante ese lugar dado a Perón como la perfecta oclusión del nombre de Alvear. Esto quiere decir, en nuestra óptica, que no se trataba solamente de jugar un juego electoral exaltando de modo pusilánime la figura del nuevo líder sino, y más importante, que la reconstrucción (el argumento) sobre la propia tradición suponía una negación absoluta de la legitimidad de los otros que se llamaban radicales y que, sabido es, participaron de la Unión Democrática. Ahora bien, estos juegos de legitimidades, y la propia colocación de Perón en un lugar destacado, nos muestran una pieza importante de la historia de constitución de la identidad nacional-popular en Argentina. Esto es, más allá de los eslóganes del momento y las palabras que se usaban (oligarquía, contubernio, antipatria, fascismo, naziperonismo, entre otras), se observa que en el propio corazón del naciente populismo se disputaba, con múltiples vectores, una tradición de la cual, vale decir, con el paso del tiempo el nombre de Perón se haría titular casi indiscutido.
El relato de corte más histórico es conocido. Aunque no resulta tan fácil determinar de manera matemáticamente incuestionable cuál fue el peso de la UCR Junta Renovadora en el triunfo peronista del 24 de febrero de 1946, sí es posible definir algunos elementos más o menos importantes. Por supuesto, el primer dato, el más obvio, es que los renovadores lograron colocar al vicepresidente de la fórmula ganadora.[19] De la misma forma, y sin una elección de por medio, el primer intendente de la Capital Federal también fue renovador. Otros datos, que no son más que eso en un inicio, también pueden colaborar para entender adónde apuntamos. Por ejemplo, 6 de los 13 gobernadores electos por el peronismo fueron radicales renovadores; 27 de los 109 diputados que conformaron el bloque peronista en 1946 fueron de esa misma extracción; 15 de los senadores que apoyaban a Perón eran JR. Y este tipo de datos podría seguramente extenderse tanto a espacios microlocales (intendencias básicamente) como a niveles de gestión de gobierno ya sea provincial, municipal y nacional (direcciones, secretarías, etc.). Podrá decirse que esto refuerza la tesis del “combustible” y el arreglo electoral. Para nosotros, ésta es simplemente una muestra de la importancia que tuvo esta fracción radical en el advenimiento de Perón. Como decíamos líneas atrás, quizás no es posible determinar el peso electoral exacto de la UCR Junta Renovadora pero, entendemos, puede intuirse que sin ellos Perón no hubiese ganado el 24 de febrero. No obstante, situamos nuestra preocupación más liminal en la configuración identitaria peronista. Y hacia allí vamos a modo de conclusión.
A manera de conclusión
Retornemos a la teorización que nos ofrece Aboy Carlés. Dice nuestro autor:
Toda identidad se constituye en referencia a un sistema temporal en el que la interpretación del pasado y la construcción del futuro deseado se conjugan para dotar de sentido a la acción presente […] Para una sociología de las identidades políticas la identidad de historia y política queda de manifiesto en el hecho de que el pasado, siempre abierto, puede ser reconstruido en función de un presente y un porvenir (2001: 68-69).
La dimensión de la tradición está, como vemos aquí, entrelazada con las otras dos dimensiones ya mencionadas. De allí que podamos colegir que la función de simultaneidad también alcanza a esta tercera dimensión. Pero ¿qué implica ello? Implica, a nuestro criterio, que es posible pensar que los modos de la diferenciación externa y la homogeneización interna de una identidad se ven, o pueden verse, teñidos por la forma que adquiere la interpretación y reconstrucción no sólo del pasado propio sino del de los otros. Esto es: la “dimensión diacrónica o dinámica” permite pensar la identidad también en su devenir pero, al mismo tiempo, permite pensar en el tipo de operaciones de sentido que se ponen en juego al momento de la fundación de esa identidad. Todas las identidades se forjan siempre sobre un campo parcialmente sedimentado y, agregamos nosotros, parte de esa objetivación se configura a través de la relectura del pasado (propio y ajeno). Es decir, la dimensión de la tradición en la forja identitaria no es una dimensión que sólo opera en el proceso de homogeneización interna del propio campo sino que, simultáneamente, opera sobre la diferenciación externa. Se trata, para nosotros, de una dimensión transversal a la constitución de toda identidad, ergo, fundamental para entender el origen peronista. Empero, ¿dónde se puede rastrear esa centralidad?
Un primer elemento tiene que ver con el peso de la impronta yrigoyenista en la formación política argentina. De un lado, resulta claro que la reconstrucción de esa tradición ocupó un lugar central en el conflicto interno del radicalismo (que puede ir desde la fundación de FORJA en 1935 hasta la del MIR una década después). Pero, de otro lado, también es claro y cierto que algunas de las facciones y disidencias internas de la UCR que enarbolaban la bandera yrigoyenista lo terminaron haciendo por fuera de la estructura institucional partidaria. FORJA es un ejemplo de ello y la UCR Junta Renovadora, como lo vinimos mostrando, lo es de igual forma. Por ello es que la impronta yrigoyenista no puede ser pensada como algo homogéneo[20] y puramente interno a la propia UCR, sino que supone un combate con estribaciones que exceden a esa fuerza particular. Una de esas estribaciones es el peronismo. Esto, por supuesto, no supone que Perón haya “hablado” mucho de Yrigoyen ni que haya hecho múltiples reivindicaciones masivas de aquel líder radical. Tampoco decimos, a la manera de un revisionismo histriónico, que hay una linealidad certera pero invisibilizada entre estos movimientos y líderes populares. Decimos, simplemente, que el pasado, en su doble operatividad, es un efecto fundamental a la hora de pensar los procesos de constitución de identidades políticas. La identidad peronista, creemos, no está fuera de estos parámetros. Dicho de otra manera y para cerrar este punto: no pensamos que el peronismo es ni una consecuencia lógica ni una reposición histórica del yrigoyenismo. No se trata entonces, por ejemplo, de encontrar alguna recuperación explícita de Yrigoyen, sus gobiernos y su doctrina por parte de Perón para poder hablar de los modos en que una tradición política opera en la constitución de esta singular identidad. Se trata, antes bien, de observar cómo esa dimensión diacrónica y, en este caso, el nombre de un viejo líder político funcionan como parte de una superficie común colectiva. Por ello es que una porción del sentido de la acción presente, como veíamos con Aboy Carlés, se inscribe en y a partir de la herencia común.
En esa línea, para nuestro trabajo, está el sentido que produce la figura de Yrigoyen, su recuperación casi como un estandarte de batalla, el que genera las condiciones para la participación de la UCR Junta Renovadora en la génesis del populismo peronista. Decía el diputado Albrieu en 1946:
Nosotros […] en el año 1810 hubiésemos sido todos morenistas; si hubiésemos estado en el año 60, hubiésemos sido todos sarmientistas; si hubiésemos estado en el año 1916 hubiésemos sido todos yrigoyenistas, y por ese mismo afán de patria, en el año 1945, somos todos peronistas (en Torre, 1995: 184).
Es en este tipo de afirmaciones donde observamos con claridad cómo se configura ese campo común solidario de sentido sostenido en un devenir que, más allá de retrotraerse hasta el momento mismo de la emancipación nacional, apunta con precisión (ahí sí) a una especie de coherencia histórica que está atada a la representación de la verdadera identidad nacional popular argentina. Para el caso de los Renovadores es esta reivindicación de una línea histórica bien contundente la que permite no sólo explicar el apoyo a Perón sino, también, el enfrentamiento a la conducción Unionista del propio partido radical. Yrigoyenismo es, para esos Renovadores, el nombre de una irrupción, del advenimiento de lo popular al centro, y esa irrupción es lo que Perón venía a reavivar y a poner en acto. De allí que el denuesto propinado a la conducción radical se entienda no sólo porque ellos se consideran como los verdaderos herederos de aquella tradición, sino que, además, consideran esa conducción como ilegítima portadora de las virtudes del devenir popular.
Ahora bien, ese campo común de inscripción, como dijimos, no solamente no niega la constitución de un antagonismo sino que busca interpretar de manera más precisa dicha constitución. Además, abre la puerta para pensar en rupturas políticas que se montan a su vez sobre otros quiebres de distinta índole. La dimensión de la tradición es, a nuestro criterio, una variable de enorme peso a la hora de entender cómo se forjan esos antagonismos populistas. En efecto, la operación sobre la heredad, en este caso del pasado argentino, se transforma en un espacio en el que la propia identidad peronista emerge gestionando la circulación de diferencias que, a priori, podrían aparecer como irreconciliables.
Sabido es que Perón, ni bien producidos los comicios de 1946, ordenó la reconfiguración del partido en un solo núcleo, con el objetivo de pretender borrar, en principio, los nombres de las agrupaciones que lo acompañaron en aquella aventura. Ese proceso, otra vez, mostró la conflictividad constitutiva de la identidad peronista. Y mostró también que aún los mecanismos más intensos de esa integración identitaria tienen no sólo un devenir profundamente institucional sino, y más importante, una génesis inherentemente conflictiva.
Nuestra pretensión, en primer lugar, ha sido poner de manifiesto las tensiones constitutivas a la formación de identidades políticas colectivas. Esas tensiones, sostenidas en el juego simultáneo de las dimensiones básicas de dicha formación, se observan con claridad en la génesis peronista. En efecto, y en segundo lugar, creemos que la operación de esos múltiples vectores de fuerza en la fundación identitaria ocluyen la posibilidad de pensar en una imagen monolítica, vía liderazgo, de tal fundación. Ciertamente, habrá justificados argumentos para sostener que en el devenir de la identidad peronista “la cosa” monolítica se hizo carne y el movimiento político terminó, sabido es, llevando el nombre propio del líder. En todo caso, aquí afirmamos que la cuestión monolítica es sedimento o efecto de un devenir y no un punto de partida. Y, más aún, que en ese devenir florece, como dice Foucault, un discurso intensamente mítico. Ese discurso mítico ha tenido efectos muy poderosos en la historia Argentina desde la segunda mitad del siglo XX. Lo intensamente mítico, al fin y al cabo, ha oscurecido la posibilidad de entender que el cerramiento de una formación identitaria en torno a un nombre propio es, claramente, producto de un juego de fuerzas y no resultado de una decisión.
Perón hubo de ser, allende mediados de los años 40, una diferencia más, poderosa por cierto, en un complejo sistema político. Hubo de ser, también, Uno, nombre y cierre de un campo solidario que dio sentido a múltiples disputas. Lo que decimos, en el fondo, es que ese nombre ya es desde el origen un lugar de disputa, esto es, un lugar no apropiado-nunca-definitivamente por nadie, ni siquiera por el propio Perón. Revisitar, más adelante, las disputas políticas devenidas luego del golpe de Estado de 1955 bajo este prisma analítico, sobre todo lo ocurrido en la década de 1960 en la Argentina, podría ayudar a interpretar que el nombre, peronismo, albergó intensamente heterogeneidades oscuramente contradictorias nunca gobernadas por nadie porque, justamente, ésa era la marca de agua de su génesis.
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La Época (7 de noviembre de 1945). “El Yrigoyenismo de Avellaneda también apoya al Coronel Perón”, año XXIX, Buenos Aires, p. 3.
- Becaria doctoral del CONICET en el Centro de Estudios Sociopolíticos del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín.↵
- Sabido es que las crónicas y narraciones sobre aquellas semanas son múltiples y variadas. Al mismo tiempo, la información, interpretación y relectura de lo sucedido durante el propio 17 de octubre de 1945 es también muy voluminosa. Remitimos aquí, sin ánimo de exhaustividad, a los ya citados Félix Luna (1971), Santiago Senén González y Gabriel Lerman (2005), Juan Carlos Torre ([1990] 2011), Mariano Ben Plotkin (2007), Hugo Gambini ([1999] 2007), Jorge Abelardo Ramos (1983), Ciria (1985), Chávez (1996), Calello (1986), entre muchísimos otros. ↵
- Aunque no es objeto de este trabajo, puede comprenderse que la potencia de esta imagen está también muy sostenida en interpretaciones que determinan, por ejemplo, que la aparición de tendencias y disputas al interior del peronismo es un producto del exilio y la proscripción de Perón. Se sobrentiende que, para esas lecturas, la etapa de la fundación y los primeros dos gobiernos peronistas tienen, como venimos diciendo, un carácter monolítico ineluctable. ↵
- Remitimos a nuestro trabajo “Profetas, ángeles y demonios. Variación en torno al populismo, el liderazgo y el antagonismo” (Melo, 2016), donde reflexionamos en torno a la forma y dinámica del liderazgo en algunas lecturas generalizadas sobre el populismo.↵
- Cabe una aclaración de partida. Este trabajo no se trata de una reconstrucción de las contestaciones que recibió el liderazgo de Perón ni de una descripción de las partes que compusieron el “objeto” peronismo. Se trata, antes bien, de una interpretación en torno a los mecanismos de constitución de la identidad del campo peronista que intenta relegar aquel carácter monolítico y, por ende, desplazar aunque sea en mínima medida la explicación sostenida puramente en la potencia del liderazgo. ↵
- Para decirlo de manera caricaturesca: un campo identitario puede diferenciarse de otro de manera, si se quiere, violenta, radical, innegociable y, a la par, promover mecanismos mucho más pluralistas de gestión de la diferencia interna. Sugerimos la lectura de Aboy Carlés (2013) donde el autor desliza esta idea. Ciertamente esto es algo que deberá verse en cada estudio contextual. Lo importante, creemos, es que no hay nada en el corpus analítico que venimos desarrollando que indique que hay sí o sí una traducción perfecta entre un mecanismo y el otro por más que sean simultáneos. ↵
- En efecto, lo que estamos diciendo es que aún la frontera política de partición (la fundación) es siempre un efecto diferido, esto es, un acontecimiento constantemente reinterpretado. De allí que cuando pensamos un antagonismo también es posible afirmar que nunca es igual a sí mismo. Por ejemplo, peronismo y antiperonismo, sabido es, fue probablemente el antagonismo más poderoso que atravesó la política argentina del siglo XX. Lo que no se debe afirmar es que ese antagonismo fue siempre igual a sí mismo. No es igual, por caso, peronismo-antiperonismo en 1947 que en 1955 o en 1974. Remitimos a nuestro trabajo Fronteras populistas: populismo, federalismo y peronismo entre 1943 y 1955 (Melo, 2009) para profundizar sobre este punto. ↵
- Esto es, dicho con otras palabras, que no es enriquecedor analizar ese proceso genético en función del efecto que, sabemos de antemano, produjo alguno de los nombres o las diferencias que se relacionaban allí. Sabemos, por ejemplo, que Perón logró, con los años, asumir un espacio centralísimo en la política argentina en general y dentro del movimiento que le dio vida en particular. Ello no nos obliga a suponer que tal centralidad es, efectivamente, el punto de partida de ese movimiento homogeneizado como tal. ↵
- Una cita de Mackinnon nos permite vislumbrar la sugerencia de esta hipótesis por la autora: “Hasta principios de 1950, […] el lugar de Perón en la organización no era tan ubicuo ni tan central como se ha sostenido y, sobre todo, no fue un lugar fijo y determinado desde el principio, sino que más bien se desplazó al compás de la dinámica de los conflictos internos que la atravesaban” (2002: 175).↵
- Un tercer pilar, probablemente menos contundente, fueron los Centros Cívicos Independientes.↵
- La UCR Junta Renovadora (cuyo nombre inicial es Reorganizadora) toma forma y queda prácticamente constituida en una asamblea llevada a cabo el 29 de octubre de 1945 en el teatro Augusteo de la Capital Federal. Allí se establecieron las autoridades provisorias del nuevo espacio y participaron “las delegaciones provinciales concurrentes a la asamblea partidaria, [las cuales] quedaron constituidas en la siguiente forma:
Provincia de Córdoba: señores Daniel Rodríguez, doctor E. Martinez Luque, Argentino Austen, Raúl Bustos Fierro, César Cuesta Carnero, mayor Nicolás Terrera, doctor Lucas Olmos, doctor Horacio Ahumada y Tessera Martinez. Santa Fe: doctor Armando J. Antille, Diógenes Antille, Alejandro Grecca, Miguel Ángel Cello y doctor Luis Speroni Valdez. San Juan: coronel Domingo Yañez, Eugenio Flores, Aristóbulo Aguiar Vázquez, Roberto Godoy y Arévalo Cabezas. Mendoza: R. César Tavarena, doctor Faustino Piayo, José Giménez Vargas, doctor Lorenzo Soler, José Luis Moreno. La Rioja: Arístides Roldán, (falta integrar la nómina). Corrientes: doctor Hortensio J. Quijano, doctor Pedro Díaz de Vivar, doctor Leandro Benitez Piris y doctor Isaac Arriola. Entre Ríos: Alejandro Vela, capitán Baltazar Fernández, Roberto Maza Ferro, C. Piana Derizi, Santiago Bougnar, M. A. Goyenechea, Osvaldo Carvallo, Fausto Pajares, E. Bacigaluppo, M. S. Garay, A. F. Grimaux, Roberto G. Morán, José Vidal, A. Rezzet, Al Taleb, C. Quiñones, E. A. Martínez, R. Osimalde, A. Méndez y doctor A. Vázquez Gil. San Luis: Gilberto Sosa Loyola, Claudio Villegas, Alejandro Carda Quiroga, Juan José Skely, Hernán S. Fernández, y Ernesto Chaves. Santiago del Estero: Ricardo Vignolo, Santiago Corvalán, Luis Manzzione y Pedro Vissone. Salta: Néstor Sanmillán, Julio Cornejo, Alberto Durán, Francisco Javier Arias. Catamarca: Alberto Barrionuevo, Pacífico Rodríguez, Vivente Saadi. Jujuy: Miguel Tanco y Enrique Gómez. Las delegaciones representativas de la Capital Federal, y de las provincias de Tucumán y Buenos Aires no habían quedado integradas al escribir la presente nota” ( La Época, 28 octubre de 1945, pág. 1, N° 123). Si bien todo indica que más personalidades dirigenciales se fueron sumando a la “empresa” Reorganizadora, resultan destacables algunos títulos que acompañaron, en la prensa partidaria, dicha creación. Por ejemplo, el título principal del diario La Época de aquel día rezaba: “Quedan disueltas las autoridades ‘de facto’ de la Unión Cívica Radical”. Ello le da, a nuestro entender, un tinte no solamente épico sino políticamente espinoso al acto: se trata de dirigentes que ya directamente se asumen (y suponemos que se autoperciben) como los “auténticos” radicales, como la “verdadera” conducción, negando por supuesto ese carácter (radical) a la estructura mandataria del Partido. Esa cuestión de “lo genuino” se sostiene, como veremos, en una glorificación de la base yrigoyenista de la tradición política nacional popular argentina que ellos, decían, venían a encarnar y que Perón en buena medida había venido también a rescatar.
La bibliografía especializada, esto lo desarrollaremos más adelante, dedica poco o nulo espacio a la descripción y análisis de la UCR Junta Renovadora. Tomamos como ejemplo paradigmático el libro titulado El radicalismo (de 1969), donde se le dedican muy pocas líneas siendo que, por ejemplo, a FORJA se le dedica mucho más espacio.↵ - Pensar los orígenes del peronismo remite primera y directamente a la figura de Perón por un lado, a las masas obreras y al sindicalismo por el otro, y la particular relación entre ambos. Aunque no es objeto de nuestro estudio remitimos, sin carácter de exhaustividad, la siguiente bibliografía sobre el tema: la célebre obra de Germani (1962, 1973) que da inicio a los estudios sobre el peronismo en Argentina, y a Murmis y Portantiero (1971), quienes reinterpretaron aquellos orígenes cuestionando la hipótesis principal del propio Germani. Fueron pioneros los trabajos de Walter Little (1973, 1979) y Louis Doyon (1977, [1978] 2006) en torno al rol de la clase obrera en la formación del movimiento peronista, y los múltiples conflictos y tensiones que operaron en su interior. Mora y Araujo y Llorente (1980) no sólo recuperan los artículos sobre el tema publicados en la revista Desarrollo Económico ─la cual daba cauce al debate académico en torno a los orígenes del peronismo─, sino que ofrecen además estudios sobre el comportamiento electoral de las bases peronistas, como los de González Estévez y de los propios compiladores. La obra de Juan Carlos Torre (2002; [1990] 2011; 2012) nos acerca una mirada analítica aguda y detallista en torno al rol de la vieja guardia sindical en aquellos años de gestación del peronismo, de lectura obligatoria. En línea con los trabajos sociológicos sobre el fenómeno peronista y el sindicalismo argentino remitimos a los trabajos de Di Tella (2003) y Altamirano (2001a, 2001b). Celia Durruty (1969), Daniel James (1990), Hiroshi Matshushita (1983) y Hugo del Campo ([1983] 2005), entre otros, analizan la trayectoria del movimiento obrero y del sindicalismo argentino antes, durante y después del peronismo en el poder. Por último, las obras de algunos dirigentes sindicalistas como Cipriano Reyes (1984, Vol. 1 y 2; 1987), Luis Gay (1999) y Ángel Perelman (1962) dan cuenta de aquella época desde la mirada de los propios protagonistas. ↵
- Por caso, durante agosto de 1945, “Perón encomienda el Ministerio del Interior a un dirigente radical de segunda línea, Hortensio Quijano. Semanas más tarde otro radical, Armando Antille, ocupa la cartera de Hacienda, y a fines de agosto John Cooke, dirigente radical de Buenos Aires, es designado ministro de Relaciones Exteriores” ( en Llorente, 1977: 277).↵
- La Fuerza Orientadora Radical de la Joven Argentina (FORJA por sus siglas) fue una fracción del radicalismo que nació el 29 de junio de 1935, en clara oposición a la conducción partidaria. Se ubicó primeramente dentro de la estructura del partido y terminó finalmente escindiéndose, revindicó el pensamiento yrigoyenista y exaltó la vocación revolucionaria de la tradición radical. Más tarde se sumó al peronismo, y por voluntad propia en diciembre de 1945 se disolvió. Sugerimos la lectura de la siguiente bibliografía para profundizar sobre el tema: Jauretche, A. (1962); Scenna M.A. (1983); Galasso, N. (2002) y Gimenez S. (2013). ↵
- Para nosotros se trata justamente de un contexto, el de mediados de la década del 40, en donde absolutamente nadie sabía qué podía pasar con un proceso electoral (es más, suele decirse que las percepciones previas indicaban que Perón sería un claro perdedor en la contienda electoral). De esta manera, parece un poco excesivo y tajante afirmar que los renovadores sabían que había que hacer lo que hicieron para tener cargos y negar que, al menos dentro de un racionalismo otra vez excesivo, esa movida portaba un carácter de apuesta que es central. En todo caso, nos interesa seguir remarcando que esta clase de mirada obtura la chance de ver algo más en todo este proceso, por ejemplo, la forja de una identidad más allá de los intercambios políticos materiales.↵
- Para un argumento del mismo tono remitimos a González Esteves (1980), especialmente las páginas 329-330. ↵
- Gambini se refiere a una entrevista realizada a Jauretche en 1966.↵
- Estos conflictos son obviamente centrales y están, como mencionamos, detalladamente trabajados en el libro de Moira Mackinnon. A modo de anécdota, y para entender de qué se trataban esos conflictos citamos a Hugo Gambini: “El partido Laborista quiso imponer la fórmula Perón-Mercante, pero finalmente debió negociar el segundo término con la UCR Junta Renovadora y a Mercante se lo compensó con la candidatura a gobernador de Buenos Aires. El candidato que iban a proclamar los renovadores era Armando G. Antille y todo estaba previsto para que así ocurriera en la convención partidaria del 16 de enero de 1946. Sin embargo, un cuarto intermedio de los convencionales sería aprovechado por un grupo de delegados ausentes para irrumpir en el local y consagrar candidato a vicepresidente a Juan Hortensio Quijano, entonces ministro del Interior” (2007: 80). ↵
- Esto se entiende mejor si pensamos que el Laborismo no lo logró.↵
- Decimos, de alguna forma, que el yrigoyenismo en los años 40 es como el peronismo en los años 60: una tradición partida, disputada desde muchos flancos y con distintas armas.↵








