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Introducción

Nicolás Azzolini y Sebastián R. Giménez

Este libro se propone problematizar algunos aspectos vinculados al devenir de la democracia argentina en el siglo XX y, a la vez, mostrar una determinada forma de estudiar y analizar los procesos políticos. Persigue, pues, un objetivo sustantivo y un objetivo epistemológico. Como el lector podrá apreciar, en cada uno de los trabajos que componen el libro, ambas dimensiones se encuentran estrechamente entrelazadas. Reflexionar sobre los procesos políticos para nosotros supone, necesariamente, poner en cuestión las categorías implicadas en el análisis. Descreemos de las potencialidades de cualquier investigación que no cuestione el entramado conceptual que subyace a sus observaciones y que confíe en la transparencia de las categorías que utiliza. Pero descreemos también de la productividad analítica de aquellos estudios que comienzan por exponer un pulido marco teórico para luego encerrar (“enmarcar”) la “realidad” en la definición categorial previamente realizada. Superar la mutua exterioridad entre teoría y empiría constituye uno de los principales objetivos del grupo de investigación que conformamos los/as autores/as de los distintos trabajos aquí reunidos.

Si entonces, por un lado, optamos por abandonar la visión instrumentalista que subyace a la idea de un “marco teórico” ─idea que implícitamente lleva a concebir la teoría como un conjunto (¿un sistema?) de categorías que se deben aplicar al estudio de tal o cual caso─, por otro lado, creemos en la firme necesidad de sostener una mirada informada teóricamente. ¿En qué consiste esta mirada? Las identidades políticas no son sólo nuestro objeto de estudio. Ellas también nos definen una perspectiva analítica, en el sentido de que nos sugieren un conjunto de interrogantes que fijan ─contingentemente, podríamos decir─ los límites y posibilidades del campo problemático que buscamos construir. Tales límites y posibilidades no coinciden con los establecidos por algún rótulo disciplinar. Por ejemplo: sabemos que la cuestión de “la democracia y su devenir en el siglo XX” ─como un tanto pomposamente definimos nuestro interés al empezar estas reflexiones─ fue objeto de indagaciones por parte de cientistas sociales pertenecientes a diversos campos disciplinares, quienes se preguntaron por las condiciones de posibilidad de una democracia “estable”, por las razones de su frecuente deriva “autoritaria”, por las recaídas en los “personalismos” y por las relaciones entre “política democrática” y “sociedad democrática”. Pero… ¿qué es la democracia? ¿Un valor universal, cuyas características pueden definirse a priori de la experiencia histórica? ¿Un valor particular, que adquiere un sentido específico según el contexto que se tenga en cuenta? ¿Qué significa que la democracia deba ser “estable”? ¿Alude a la permanencia de un régimen político? ¿Es la democracia, entonces, un régimen ─y no un valor─? ¿Un régimen que debe (o quiere, o aspira a) lograr estabilidad? ¿Una democracia (o bien: una democracia estable) supone ausencia de autoritarismo? ¿Ausencia de personalismo? ¿Ausencia de… populismo? ¿Cuál es la relación teórica que existe entre identidades populares, populismo y democracia? ¿Qué nos dice la experiencia argentina del siglo XX respecto a dicho vínculo?

No es necesario seguir abriendo y cerrando signos de interrogación. Resulta evidente que esta lógica de razonamiento conduciría a multiplicar las preguntas, y que cualquier disciplina ─historia, sociología, sociología política, ciencia política: como quiera que ellas sean entendidas─ resulta insuficiente por sí sola para abarcar un campo problemático así redefinido. Es la problematización de la idea misma de límite (entre disciplinas), en cuanto separa pero une al mismo tiempo, lo que entrelaza los objetivos que aquí planteamos. Por eso decíamos que las identidades políticas no son sólo nuestro objeto de estudio: ellas se inscriben en un intento por mantener abierta la lógica de la interrogación, sin aferrarse a lo dispuesto por los compartimentos disciplinares.

Si de interrogantes hablamos, es necesario afirmar que una característica que comparten los trabajos aquí reunidos es el hecho de comenzar preguntándose por las lógicas que subyacen a la constitución misma de las identidades. Generalmente, los estudios sociales y políticos suelen tomarlas como algo ya dado, algo que está ahí a la espera de ser recogido por el investigador, quien, munido de esa “información”, puede luego elaborar interrogantes de orden genérico, como ─de modo clásico─ la relación entre esa identidad y un determinado grupo social, o ─de modo también clásico─ el vínculo entre dicha identidad y un régimen político. Pero eso supone pensar a las identidades como una cosa, como algo carente de todo misterio, que se sabe perfectamente lo que es, y que entonces sólo habilita la pregunta acerca de las relaciones que establece con entidades ajenas a ella. Ahora bien: ¿es tan transparente para sí misma una identidad? ¿Tiene a tal punto definido su “ser” que sólo resulta problemático el vínculo que establece con otras “cosas”? Las identidades políticas ─ha dicho Gerardo Aboy Carlés─ se constituyen “en un mismo proceso de diferenciación externa y de homogeneización interna”.[1] Esta definición (actualmente tomada como referencia en gran parte de los estudios sobre identidades) con mucha frecuencia es interpretada en un sentido taxativo, como si las identidades reconocieran un momento de constitución. Se olvida así la cuestión del proceso, también presente en la definición. Las identidades, en efecto, tal como nosotros las entendemos, nunca terminan de constituirse. O, dicho en otras palabras, se reconstituyen permanentemente. Y esto quiere sobre todo decir: la homogeneización interna nunca se realiza plenamente; ella es una aspiración necesaria en todo espacio de agregación de voluntades, pero, en última instancia, imposible de alcanzar.

Entonces: la perspectiva de las identidades políticas no se limita al análisis de los modos en que diferentes elementos se agregan y desagregan al interior de un grupo determinado. Ya dijimos que esos modos forman parte de un proceso. Señalemos ahora que la noción de proceso no sólo da cuenta de la iterabilidad temporal, de la reconstitución permanente. También supone que los modos de agregación y desagregación están diferidos. Es por ello que lo que a nosotros nos interesa analizar no se reduce a la subjetividad de un grupo. Por el contrario, considera que lo que sucede al interior de un espacio de agregación es inescindible del modo en que se establece la relación con aquello que ese espacio no comprende o abarca. Analíticamente, como se ha dicho, se trata del mismo proceso. En otras palabras: la conformación interna de un determinado espacio siempre se encuentra sobredeterminada temporalmente por el simultáneo movimiento de diferenciación externa (y viceversa: la diferenciación externa está indefectiblemente sobredeterminada por la homogeneización interna). En este sentido, siguiendo el texto de Ricardo Martínez Mazzola de esta compilación, los cambios de posiciones que el Partido Socialista tuvo respecto a su participación en alianzas políticas pueden pensarse a partir de esa indefectible sobredeterminación. Del mismo modo lo muestra el artículo de Adrián Velázquez Ramírez cuando presenta cómo la identificación del pluralismo como un valor central de la democracia impactó en la Renovación Peronista en los años de la transición.

De aquí que analizar los modos en que se (re)constituyen las identidades implique, en última instancia, una reflexión epistemológica sobre las nociones de espacio y tiempo. Sucede que los mecanismos de diferenciación externa y homogeneización interna son parte de procesos que no sólo devienen diacrónicamente, sino que, en ese mismo devenir, establecen separaciones entre un nosotros y un ellos. Por ejemplo: son numerosísimos (en rigor, infinitos) los trabajos que inquieren acerca de la relación entre peronismo y clase obrera, acerca del vínculo entre peronismo y democracia, o entre peronistas y antiperonistas. Los interrogantes que al respecto se formulan suelen ser qué tan democrático o autoritario fue el peronismo, cuánto él contribuyó a la consolidación o al declive de la democracia, en qué medida formó o impidió la formación de la ciudadanía política y social, hasta qué punto representó o no los intereses de los sectores populares, o cuáles fueron las diferencias entre los seguidores de Perón y aquellos que se le opusieron. Desde luego que éstas son preguntas legítimas, y han dado lugar a muy valiosos aportes. Pero aquí nos interesa llamar la atención respecto a la necesidad de mantener siempre abierto el interrogante acerca de lo que el peronismo “es”. Porque demasiado a menudo se considera ese “ser” del peronismo de modo unívoco y homogéneo, cuando en verdad, tal como Julián Melo y Florencia Campo aquí lo muestran a través del análisis de la UCR-Junta Renovadora, las lógicas de su constitución identitaria estuvieron desde un primer momento tensionadas por la intervención de múltiples actores que, entre otras cosas, tornaron sumamente inestable la definición de qué “era” el peronismo. En este mismo sentido, la problematización teórica de la noción de unanimismo que aquí presenta Daniela Slipak nos permite ver cómo los sentidos sobre el peronismo mantuvieron su condición de inestabilidad a través del tiempo. La oposición de Montoneros a la mediación tanto sindical como partidaria, y las diferencias entre su concepción del pueblo con la del propio Perón, dan cuenta de las reconfiguraciones y tensiones internas que habitan en toda identidad política. En efecto, de su precaria definición.

Reflexionar epistemológicamente sobre los límites, el espacio y el tiempo permite también interrogarse por las formas en que la constitución y reconstitución de identidades políticas establece distribuciones de lugares dentro de una comunidad y, por ende, los intentos de desplazamientos o corrimientos que cuestionan el orden espacial que define qué es y quiénes forman una comunidad. De tal modo, lo que así se busca es trascender el estudio de la subjetivación de un grupo. Al respecto, el análisis de Sebastián Barros sobre los debates en la provincia de Chubut durante la Convención Constituyente de 1956 muestra cómo la provincialización de los territorios nacionales significó una disputa por la distribución de los lugares sociales vinculada al gobierno de la provincia y, en consecuencia, de quiénes tenían legitimidad para hacer uso de la palabra en dicha comunidad. Aquí interesa ver cuáles son las lógicas de agregación y desagregación que definen qué es una comunidad y quiénes son parte de ella, las relaciones entre las distintas partes o lugares dentro de esa comunidad, o los modos en que se pone en duda la legitimidad que establece los límites y la distribución espacial dentro una comunidad. En este sentido, el artículo de Sebastián Giménez muestra que una de las claves para pensar la década del 30 fue la dificultad de los gobiernos conservadores para reconocer a las diferentes partes como legítimas partícipes de la comunidad. O bien, retomando la indagación de Ricardo Martínez Mazzola sobre los modos en que los socialistas postularon la ubicación de su corriente en el espacio político, esta dimensión analítica nos permite pensar las lógicas implícitas en la cambiante postura del Partido Socialista en función de si éste se concibió como representante de una parte o del todo comunitario.

La disputa sobre la legitimidad de permanencia y pertenencia a un determinado orden político nos conduce a otra dimensión analítica, relativa a los conceptos, símbolos y lenguajes que necesariamente intervienen en la constitución de los espacios identitarios. La articulación de grupos sociales, e incluso su misma existencia, no pueden concebirse prescindiendo de esta dimensión. ¿Anclados en qué significantes se constituyen los espacios identitarios? Desde luego que no hay una respuesta universalmente válida a este interrogante. Todos sabemos que las identidades se aglutinan alrededor de diversos “símbolos”. Pero si esto es cierto, también lo es que hay algunos conceptos cuya dinámica de gestión al interior de todo espacio de pertenencia resulta especialmente significativa de observar. Entre éstos, es el de pueblo el que ahora queremos destacar: una hipótesis ─o quizá sería más apropiado decir: una premisa─ que recorre el conjunto de los trabajos aquí reunidos es que el modo en que se figura y representa al pueblo impacta decisivamente en la concepción comunitaria de cada identidad. De allí que nos interese especialmente observar la forma específica que asume la figuración de lo popular. Tanto es así que uno de los modos posibles de leer este volumen consiste en seguir el hilo de esta problemática. Ya el artículo que da inicio al libro, escrito por Gerardo Aboy Carlés, reflexiona teóricamente sobre esta cuestión, para precisar cuál es la forma específica de construir el pueblo que caracteriza al populismo. En gran medida, el argumento de Aboy Carlés gira en torno al modo en que las diferentes experiencias políticas figuran y construyen el sujeto popular. Esas distintas modalidades se definen, sobre todo, en función de la divisibilidad o indivisibilidad, de la unidad o diversidad, con que se representa al pueblo. ¿Cuál es el estatuto que se le asigna a la parte en la representación del pueblo? Antes bien: ¿hay espacio para concebir al pueblo como compuesto por diversas partes? Si esto es así, ¿cómo se piensa la relación entre las partes, y entre ellas y el todo? Este conjunto de interrogantes, de diferentes modos, es objeto de problematización y reflexión en muchos de los siguientes trabajos que conforman el presente libro. En este marco, por ejemplo, es posible pensar el análisis que Nicolás Azzolini hace sobre la vinculación entre el concepto de pueblo y el de democracia en el discurso de Arturo Frondizi durante su presidencia.

Asimismo, existe la posibilidad fáctica de que distintos espacios reclamen para sí la exclusividad de un símbolo o concepto, y pretendan excluir a los demás de una identificación con ellos. En ese caso, lo que tenemos es una disputa semántica. Al respecto, siguiendo con el derrotero del concepto de democracia, en la opinión de Adrián Velázquez Ramírez, el cambio en la matriz política argentina en los años 80 vinculó el concepto de democracia con el de pluralismo, y resultó este último un valor en disputa por parte de las distintas fuerzas políticas. Entonces, ¿por qué las disputas sobre la legitimidad de permanencia y pertenencia a un determinado orden político se relacionan con el estudio de los conceptos, símbolos y lenguajes? Porque en esas disputas semánticas se definen posiciones sociales y políticas mediante las cuales se busca mantener el orden político o modificarlo, en efecto, una disputa semántica es una forma con la cual también se puede pensar la dimensión analítica vinculada a la cuestión de la legitimidad.

Dicha relación, en nuestra perspectiva, es central, ya que nos lleva a problematizar el estatuto del límite como algo infranqueable, sin posibilidad de comunicación entre los espacios en disputa. Aquí, nuestra pregunta es: ¿el antagonismo entre dos espacios se define por aquello que los diferencia, o bien puede ser aquello que tienen en común lo que funcione como su condición de posibilidad? Asumiendo que en ciertos contextos o momentos históricos lo común sea una condición de posibilidad, las identidades políticas aparecen más bien como manchas superpuestas en lugar de ejércitos regimentados. Ahora bien, ¿cómo pensar los espacios de superposición entre identidades adversarias? ¿Cómo analizar los procesos que ponen a esos espacios en una relación de superposición? Las disputas semánticas son una forma de entrada para pensar y abordar situaciones históricas donde las identidades toman más la forma de manchas, con espacios de superposición con otras identidades, que la alineación de ejércitos regimentados. Los símbolos, conceptos, lenguajes compartidos y en disputa permiten analizar los espacios de superposición entre identidades antagónicas. En otras palabras, la existencia de ciertos “símbolos”, “valores” o “conceptos” en común hace posible una disputa por el monopolio legítimo de alguno de ellos. En este sentido, los movimientos o desplazamientos de los límites no se deben a las tendencias de una determinada identidad sino que forman parte de una construcción donde se sobredeterminan las tendencias de cada una de las identidades en pugna.

Con todo, el pueblo no es el único concepto que nos interesa observar en sus tensiones y brechas. Y esto no sólo porque también prestamos atención a otros nombres colectivos (nación, democracia, república, entre muchos otros), sino porque además cada espacio identitario tiene sus propios significantes que son objeto de fuertes disputas internas. ¿Qué es el radicalismo? ¿Qué es el socialismo? ¿Qué es el peronismo? Ya dijimos que definir estos términos a priori no tiene mayor sentido cuando el interés reside en analizar qué es lo que cada espacio entiende por ellos. Dijimos también que en todo proceso de constitución de identidades se hace presente la doble dimensión de la representación y la alteridad. Ahora agregamos: la definición de lo que un espacio es nunca se realiza en el vacío, ni se puede hacer partiendo de una tábula rasa. Existen sedimentaciones de sentido que “sostienen” las intervenciones en el espacio público. Lo cual nos remite a la cuestión de las tradiciones. Desde nuestra perspectiva, no existe una identidad que no se inscriba en una tradición. Y todo proceso de inscripción en una tradición implica ya una (re)lectura, una operación y una transformación sobre ella. En este sentido, volviendo al texto de Daniela Slipak, podemos retomar su reconstrucción de la reinvención específica del peronismo que propuso Montoneros en la década del setenta. Por eso, la construcción de relatos retrospectivos y prospectivos de parte de los distintos grupos analizados constituye una variable crucial a la hora de analizar las transformaciones identitarias. Es por ello que consideramos la tradición como otra de las dimensiones constitutivas de toda identidad. En relación a este punto, surge un interrogante teórico, que es explorado rigurosamente en este volumen por Julián Melo y Florencia Campo: ¿cómo pensar la imbricación entre, por un lado, la simultánea homogeneización interna y diferenciación externa, y, por otro lado, la inscripción en una tradición? Si decimos que las tres son dimensiones constitutivas de las identidades, ¿cómo concebimos la simultaneidad de la representación, la alteridad y la tradición?

Llegamos así a una de las problemáticas que está en el centro de nuestras reflexiones: la cuestión de las fronteras políticas. En mayor o menor medida, todos los trabajos que están incluidos en este libro giran en torno a esta noción. Nos valemos de la idea de fronteras para pensar tanto la dimensión temporal como la textura de los conflictos que establecen distribuciones espaciales en cada contexto en particular. De tal modo, nuevamente, el límite, el espacio y el tiempo convergen en esta categoría. ¿Qué es una frontera? Las identidades políticas emergen en el espacio público reivindicando un “espíritu de escisión” respecto a la configuración política dominante en un determinado momento. En el sentido fuerte de la expresión, no hablamos de frontera para referirnos a esa voluntad de escisión (si así fuese, estaríamos en presencia de una multiplicidad de fronteras: a cada identidad le correspondería la suya, y el concepto no se distinguiría de otros que hacen referencia a aquello que busca delimitar el espacio propio del “ajeno”). La noción de frontera, entonces, alude a algo más abarcativo que las identidades, al mismo tiempo que, necesariamente, las comprende.

De igual modo, pensamos la noción de frontera estrechamente ligada a la cuestión de la escisión. Pero, cuando hablamos de fronteras, esa escisión no se reduce a la separación que un actor pretende establecer respecto a la objetividad hegemónica. Las fronteras políticas, antes que el producto de la acción de un sujeto, son el efecto sobredeterminado (y, en muchos casos, no buscado) de un conjunto de fuerzas que interactúan en el espacio público. Si hablamos, entonces, de las fronteras como efectos sobredeterminados, es para enfatizar aquello que nos interesa colocar en un primer plano, esto es: su carácter diferido, mediato, más “objetivo” que “subjetivo”, no estratégico ni estrictamente “racional”. En los artículos que siguen se hará mención en reiteradas ocasiones a las fronteras políticas; se verá que es un concepto del que echamos mano para pensar la Revolución de Septiembre de 1930, el proceso que dio origen al peronismo, la experiencia sobrevenida luego de la Revolución Libertadora y, por supuesto, la “transición a la democracia” a principios de los años 80.

Tomemos uno de estos procesos para ilustrar lo que aquí queremos señalar. En la Revolución de Septiembre de 1930 identificamos el establecimiento de una frontera política. ¿Se explica ésta por la radicalidad del discurso de Uriburu, quien presentaba a la gesta por él liderada como una cruzada contra el yrigoyenismo? El texto de Sebastián Giménez que forma parte de este volumen pretende mostrar que esto no es así, y que para comprender tanto el carácter de la revolución setembrina como los efectos que ella tuvo en el devenir posterior de la década del 30, no alcanza con hacer referencia a Uriburu. Pero tampoco basta con remitir a las fuerzas políticas que en mayor o menor medida convergieron en la alternativa golpista. Sucede que una parte central del propio radicalismo ─y también del propio personalismo─ contribuyó, y en no poca medida, a consolidar una lectura de la situación que planteaba como prioridad de la hora la necesidad de superar una etapa signada por la “inorganicidad” de las conductas públicas. De tal modo, la fortaleza y solidez de la frontera de orden que se erigió en 1930 se explica a partir de la enorme multiplicidad de actores que confluyeron en ella. Esos distintos actores podían divergir (y, de hecho, divergían) tanto en sus planteos ideológicos generales como en sus posturas “estratégicas” coyunturales. Pero ello resulta secundario a los fines de subrayar que el modo en que argumentaban a favor de sus planteos ideológicos o de sus posturas estratégicas podía contribuir (y, de hecho, contribuía) a la generación de un efecto de frontera muy específico, articulado en torno a la demanda de orden.

Otra cuestión significativa y de gran relevancia para nuestros intereses es que una frontera no reconoce un único momento de formación. Para que efectivamente se constituya como frontera, debe ser retrospectivamente construida como tal. Podríamos decir: los efectos de una frontera se harán sentir en tanto y en cuanto ésta sea reactualizada por los actores políticos. Volviendo a nuestro ejemplo de los años 30, en el artículo de Nicolás Azzolini se muestra cómo la Revolución de Septiembre ocupó un lugar central en el discurso de Frondizi, aunque el uso operativo de la frontera tuvo allí un sentido diferente. De ese modo, si tomamos en conjunto los trabajos de Sebastián Giménez y Nicolás Azzolini, vemos que al tiempo que los discursos políticos estaban fundados en la frontera de los 30, también fundaban a ésta en tanto frontera.

Los señalamientos que hicimos para la noción de frontera pueden proyectarse también hacia otras categorías analíticamente significativas. Así, cuando hablamos de antagonismo ─como ya mencionamos─, procuramos hacerlo de modo tal de subrayar su carácter de efecto derivado y sobredeterminado por el accionar de múltiples actores (Julián Melo y Florencia Campo reflexionan aquí específicamente sobre este punto). Y cuando pensamos las tradiciones, enfatizamos la objetividad que ellas suponen para la conformación de las identidades. En definitiva: antagonismo, frontera y tradición constituyen parte central de la urdimbre conceptual con la que nos acercamos al estudio de los procesos políticos.

Los diferentes capítulos que a continuación encontrarán los lectores y las lectoras del presente libro pretenden mostrar la potencialidad de una perspectiva asentada en estas categorías. Una aclaración quizá sea pertinente introducir en este punto: en conjunto, los artículos de esta compilación no pretenden proponer una visión alternativa de la historia argentina. A la hora de pensar esta publicación no tuvimos, en efecto, la intención de reconstruir exhaustivamente la historia de la democracia en el siglo XX argentino ni, mucho menos, el entero devenir de nuestro país desde la instauración del sufragio universal en adelante. Antes bien, a través de aproximaciones a problemáticas específicas y parciales, quisimos mostrar el uso operativo que puede hacerse de determinados conceptos, tanto para repensar algunos procesos políticos que incidieron en la construcción de la idea de democracia en nuestro país como para establecer un diálogo crítico con interpretaciones establecidas sobre dichos procesos. El objetivo, en definitiva, como ya lo sugerimos, ha sido mantener abierta la lógica de la interrogación, proponiendo preguntas informadas teóricamente y comenzando a esbozar, a partir de ellas, hipótesis de lectura guiadas por los preceptos aquí establecidos.


  1. Gerardo Aboy Carlés, Las dos fronteras de la democracia argentina. La reformulación de las identidades políticas de Alfonsín a Menem, Rosario, Homo Sapiens, 2001, pág. 54.


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