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5 De la heterogeneidad a la totalidad social abierta

Un potencial núcleo de renovación teórica

Augusto Rattini[1]

Introducción

Entender el entramado de formas políticas, económicas y sociales que surcan a América Latina a causa del colonialismo y el posterior desarrollo del capitalismo demanda interpelar de manera crítica lecturas tradicionales propias de la sociología y la filosofía política. Tales disciplinas, en su versión heredada de la modernidad, presuponen una homogeneidad social producto de esencializar a los sujetos, ya sea por el lugar que ocupan en la estructura o por suponerlos como individuos racionales autosuficientes (Quijano, 2000). En discusión, múltiples autores han intentado incorporar diferentes conceptos que, sin pretender reificar los procesos vivos de reproducción y reestructuración social, apuntan a impactar de modo crítico en las clásicas lecturas, asumiendo las complejidades propias del continente latinoamericano. “Heterogeneidad histórico-estructural” (Quijano, 2000, 2014), “heterogeneidad social” (Laclau, 2005), “formación social abigarrada” (Zabaleta Mercado, 1986), “lo multisocietal” (Tapia, 2002), “lo ch´ixi” (Rivera Cusicanqui, 2018) son algunas de las categorías que se utilizan para pensar la estructuración de lo social de nuestro continente. Partiendo de lecturas situadas de los diversos y plurales registros discursivos que constituyen a los sujetos, intentan dar cuenta de cómo aquello que resulta un exceso para la teoría clásica termina por asumir un nivel de generalidad que demanda una reestructuración de los marcos conceptuales con los que se aborda el estudio de lo social (Gramaglia, 2018). El fin de aprehenderlas con mayor eficacia habilita a pensar el lugar de América Latina en el capitalismo global y, a partir de ello, potenciales horizontes emancipatorios.

El presente trabajo busca configurar un pequeño aporte para abordar las múltiples maneras de conceptualizar la complejidad cultural, histórica y política que atraviesa a los discursos de América Latina. A fin de contribuir al horizonte critico previamente descrito, el objetivo general de este trabajo apunta a retomar específicamente los aportes de Laclau (2005) y Quijano (2000, 2014) para pensar su modo particular de introducir la categoría de lo heterogéneo en el estudio de lo social y su concepción de la totalidad social. La hipótesis de este trabajo consiste en sostener que ambos autores, a pesar de provenir de registros diferentes y de poseer, por ende, versiones distintas en torno a lo heterogéneo, comparten una tesis clave: para el estudio de lo social, es necesario pensar en totalidades abiertas, es decir que lo social se encuentra siempre atravesado por la contingencia. Este punto de anclaje común pareciera dar cuenta de un potencial recurso para pensar una teoría capaz de abordar las complejidades de los registros discursivos de nuestro continente.

El presente trabajo posee un fin exploratorio cuyo objetivo principal consiste en hacer el esfuerzo por tender puentes entre estos dos intelectuales. Dado el nivel de reconocimiento y el impacto de ambos, múltiples teorías han interpretado y profundizado o criticado sus postulados. Por cuestiones de extensión y por los objetivos heurísticos de nuestra investigación, nos enfocaremos en sus desarrollos teóricos, apuntando a delimitar la posibilidad de un vínculo entre ellos, más allá de las revisiones que posteriores teorías les han realizado.

Para ello, en la segunda y en la tercera sección, comenzaremos con una breve caracterización de la propuesta de tales autores, focalizándonos en su modo de incorporar el concepto de “heterogeneidad” en sus teorías sobre lo político y social, y cómo esto habilita a pensar, en ambos casos, la totalidad social como abierta. Finalmente, en la cuarta sección, intentaremos reflexionar en torno a la potencia de este núcleo común para pensar la complejidad de América Latina.

Ernesto Laclau: el campo de representación discursivo y su exterioridad social heterogénea

En su libro La razón populista (2005), Ernesto Laclau se propone reconstruir al populismo como lógica de lo político[2]. Para ello, elabora un esquema de lo social en el cual existen dos lógicas de configuración de las identidades, “o bien mediante la afirmación de la particularidad […] o bien mediante una claudicación parcial de la particularidad, destacando lo que todas las particularidades tienen, equivalentemente, en común” (Laclau, 2005, p. 104). La primera se denomina “lógica de la diferencia”, y la segunda, “lógica de la equivalencia”, y producen dos tipos de identidad determinados, una que se aferra a aquello que posee de particular con relación al orden social en el cual se encuentra inscripta, y otra que asume la construcción de una totalidad diferente. En este sentido, toda identidad está delimitada por diferencias que la vuelven particular, que la cargan de significado, pero también por diferencias que son equivalentes con otras identidades.

Aun así, toda identidad, ya sea pensada como diferencial o equivalencial, se delimita en relación con una totalidad, siendo que “la totalidad es la condición de la significación como tal” (Laclau, 2005, p. 94). Pero, dado que, precisamente, no existe un centro estructural determinante necesario ontológicamente, cualquier efecto centralizador o cualquier intento de construir una totalidad debe proceder a partir de la interacción entre las diferencias que constituyen a las identidades.

Figura 1. Representación de las lógicas sociales

De esta manera, la totalidad se constituye mediante dos movimientos: en primer lugar, siendo que toda identidad es diferencial, la totalidad necesita configurarse a partir de una diferencia con otra identidad. Para ello, la identidad que aspira a configurarse como totalizante o central construye un antagonismo, una identidad que queda excluida de la totalización como tal. Y, en segundo lugar, la identidad que aspira a ser totalizadora necesita construir hegemonía, investirse radicalmente, es decir, debe configurarse como un significante tendencialmente vacío que represente aquello que todas las identidades diferenciales poseen en común, y unificarlas simbólicamente. Es decir, debe representar una forma de universalidad que no es total, pero que aspira a serlo.

En otras palabras, la totalidad de lo social se concibe como una unificación simbólica precaria que necesita siempre de un exterior para constituirse; por ende, todo espacio de representación se construye a través de dicha diferencia. Lo dado socialmente consiste en una estructuración hegemónica donde una particularidad se vacía de contenido paulatinamente y se constituye como representativa de los demás elementos, y en un antagonismo, es decir, un exterior constitutivo que permite una interioridad de lo instituido como tal.

Posteriormente, Laclau introduce el concepto de “heterogeneidad social” para remitir a una exterioridad respecto de todo espacio de representación, es decir, tanto del espacio hegemónico como del espacio antagónico. Este concepto se incorpora en la medida en que el autor complejiza su mirada sobre lo social.

La heterogeneidad social emerge como una exterioridad que no construye una diferencia. Ya que no posee una ubicación estructural dentro de ninguno de los campos antagónicos, presupone la ausencia de un espacio común de representación. Es aquello que no se incorpora a la producción de hegemonía porque su particularidad va en contra de la particularidad de los elementos internos a esta. Cada elemento posee una dimensión diferencial, que la hace lo que es, y otra equivalencial, que la unifica a una identidad mayor. Ambas dimensiones se coconstituyen y conviven en tensión, pero no pueden eliminarse: ni el momento equivalencial logra representar de manera plena y trasparente la diferencia, ni la diferencia puede eliminar lo equivalente, dado que este se configura por la oposición necesaria con el antagonismo.

Lo instituido se sostiene mediante la cadena equivalencial que sujeta a los elementos, y su diferencia se configura a través del antagonismo. Pero lo equivalencial nunca termina de representar plenamente a lo particular, siendo este su condición de posibilidad. De esta manera, existen elementos que no consiguen ingresar al campo de la representación en cuanto entran en conflicto con la particularidad de los elementos que ya están incorporados a la cadena equivalencial. La heterogeneidad social, entonces, se entiende como aquello que es indecible, aquello que queda fuera de lo conceptualizable, de lo representable. Es aquello que no termina de cuajar como diferencia con el sistema, porque se encuentra en otro plano.

Figura 2. Representación de la relación entre lo homogéneo y lo heterogéneo

Históricamente, la heterogeneidad era desestimada y parecía no ser significativa para la explicación de lo social. En la obra de Hegel, queda reducida a una presencia marginal, al punto de ser desestimada mediante la lógica totalizante de la dialéctica que unifica el discurso histórico. Ya en los escritos de Marx y su concepción de la historia como el desarrollo de fuerzas productivas que se manifiestan en ciertas relaciones de producción, se extrae de aquella marginalidad heterogénea al proletariado, el sujeto político privilegiado en una construcción historiográfica que continúa siendo lineal y unificada. Sin embargo, para ello, Marx necesita la producción de otro concepto, el “lumpenproletariado”, el cual nuevamente pretende delimitar aquellos sujetos que permanecen por fuera o como extranjeros a la construcción histórica.

Ahora bien, Laclau señala que todos aquellos elementos que tradicionalmente parecían ajenos o externos al movimiento de lo social –conformando lo heterogéneo– son, en realidad, constitutivos de lo social y demandan, por ello, una explicación. Así, el autor sostiene que “el término lumpenproletariado tiene un referente intencional: aquellos sectores bajos de la sociedad que no tienen una inserción clara en el orden social” (Laclau, 2005, p. 181). De modo que lo que delimita conceptualmente a este término en una historia de la producción es su distancia con ella. El problema consiste en que “si este rasgo se aplica a sectores más amplios […] sus efectos globales también serían más amplios y amenazarían la coherencia interna del mundo ‘histórico’” (Laclau, 2005, p. 182). Y esto efectivamente ocurre, en cuanto esta definición de la categoría se extiende a grandes partes de la población, siendo que todo aquello que no pertenece al trabajo productivo se vuelve parte de ella.

De modo que la misma diferencia entre trabajo productivo e improductivo, que resulta central a la reconstrucción del capitalismo y su desarrollo histórico del marxismo, eleva de tal manera el nivel de generalidad de la exterioridad, de lo heterogéneo, que produce una crisis en el modo de concebir la historia de modo teleológico y la representación como un proceso homogéneo y transparente.

En la misma dirección, Laclau muestra, mediante el análisis de las diferentes nociones de población excedente relativa, “las diversas formas en que el desempleo de distinto tipo se ha relacionado con la acumulación capitalista” (Laclau, 2005, p. 185). De tal forma, las estructuras del trabajo parecen ser más complejas de lo que el marxismo lograba dar cuenta. Así, no solo podemos encontrar la categoría de ejército industrial de reserva, sino también aquel desempleo que deja de ser funcional al sistema capitalista: la masa marginal. Esta última categoría muestra que las estructuras de empleo/desempleo son mucho más heterogéneas e inestables y que se definen por fuera del criterio estricto de la funcionalidad para la acumulación capitalista. De modo que termina por ser aquella exterioridad, definida como la heterogeneidad, lo que explica “una variedad de situaciones que cubren el movimiento global de la población dentro de mercados fragmentados y débilmente protegidos” (Laclau, 2005, p. 186).

Y este último punto es clave para pensar América Latina, precisamente porque las múltiples formas de trabajo conviven estructuralmente dando forma al capitalismo sin un fundamento último. “Los pueblos sin historia han ocupado el centro de la escena hasta el punto de destrozar a la noción misma de historicidad teleológica. Entonces, olvidemos a Hegel” (Laclau, 2005, p. 186)[3]. De esta manera, la heterogeneidad avasalla a la interioridad pura que opera bajo una lógica interna, se vuelve constitutiva, incontenible bajo ningún tipo de inversión dialéctica y, por ende, produce una crisis al interior de la teoría marxista. La heterogeneidad social desestabiliza, al mismo tiempo que es condición de posibilidad, a la homogeneidad, a un interior social.

En este sentido, profundizando el argumento, Laclau nos muestra que, para la existencia misma del antagonismo que configura lo social, es necesaria la heterogeneidad. Entendiendo al antagonismo como el otro excluido que es condición de la identidad de lo instituido, lo heterogéneo es necesario para que se produzcan desplazamientos, superaciones y reconfiguraciones sociales. De tal modo, la heterogeneidad social resulta constitutiva del antagonismo, de modo que se encuentra en el núcleo mismo de la interioridad social, de lo homogéneo, manteniéndolo en tensión y subvirtiéndolo constantemente.

Si la dialéctica, entendida como proceso histórico que supone una interioridad plena, deja de sostenerse porque se ve desbordada por la heterogeneidad social, el antagonismo debe ser resignificado, debe suponer algo más que la simple existencia de dos elementos estáticos, necesita de una lógica que explique sus desplazamientos. En otras palabras, “afirmar que existe un antagonismo inherente al capitalismo porque el capitalista extrae plusvalía del trabajador es claramente insuficiente, porque para que exista un antagonismo es necesario que el trabajador se resista a dicha extracción” (Laclau, 2005, p. 188). El proceso de resistencia es incontenible conceptualmente, no se puede prever ni extraer de modo abstracto de las definiciones de trabajador. Proviene del afuera del sistema de representación, del real heterogéneo, de cómo están constituidos los sujetos en concreto, no es contenible conceptualmente porque es irrepresentable[4].

De modo que lo que configura la posibilidad de antagonismo es, en este caso, la resistencia que el trabajador en concreto pueda llegar a dar, “el antagonismo presupone la heterogeneidad porque la resistencia de la fuerza antagonizada no puede derivarse lógicamente de la fuerza antagonizante” (Laclau, 2005, p. 188). Esto implica que no hay puntos de ruptura privilegiados que se deduzcan conceptualmente del enfrentamiento entre dos elementos, sino que los puntos antagónicos deben establecerse contextualmente, diríamos, coyunturalmente. Lo único claro es que serán los que están fuera del sistema, los marginales, lo definido como heterogéneo, los que puedan producir una ruptura.

De esta manera, la teoría de Laclau sobre el populismo, en contraposición crítica al marxismo, lo lleva a situar la heterogeneidad como uno de los centros explicativos del pensamiento en torno a lo social y su potencial transformación. Dado que lo social no se encuentra constituido por fundamentos últimos, basados en principios metafísicos, sino en fundamentos hegemónicos –construidos históricamente–, la heterogeneidad se vuelve necesaria para explicar las lógicas en las que se producen cambios históricos.

La teoría marxista partía de una lectura del mundo social como constituido por una totalidad cerrada que implicaba una estructura determinante y, por ende, identidades plenas con roles distinguidos en la historia de antemano. Este planeo requería de la dialéctica como el proceso de desarrollo histórico progresivo y necesario entre etapas delimitadas a priori. Esta construcción, como hemos señalado en el trabajo, dejaba por fuera de la explicación un conjunto de movimientos de lo social, eminentemente más complejos, que precisamente se transformarían en constitutivos y necesarios para la explicación del devenir de lo social. Lo heterogéneo emerge como concepto para dar cuenta de esos movimientos y produce la necesidad de pensar la estructura social como algo abierto y construido históricamente, y su transformación, como algo contingente.

La dimensión de lo heterogéneo muestra que la totalidad social no constituye un espacio cerrado de interioridad pura, con un significado estable, completo y homogéneo, sino que permanece abierta, atravesada por una exterioridad heterogénea que la constituye y que mantiene la posibilidad de que nuevas construcciones hegemónicas la subviertan y configuren una nueva totalidad social.

Teniendo en cuenta la breve descripción aquí presentada, se hace necesario aclarar que Laclau no está pensando estrictamente en los procesos populistas latinoamericanos, sino que su aspiración consiste más bien en dar cuenta del proceso de lo político en un nivel más general. Su pretensión es mostrar que el proceso de institución y trasformación de los marcos normativos que hacen a lo social supone siempre un proceso retórico de construcción de una identidad hegemónica. Aun así, es factible pensar que los lineamientos de su teoría general son particularmente enriquecedores a la hora de analizar los modos en los que se aborda el estudio de lo social en América Latina. Su propuesta no pretende prescribir categorías previas y abstractas, sino más bien describirlas desde una lectura de los procesos históricos ya dados. Esto le confiere a su teoría una particular sensibilidad para captar los complejos registros discursivo-sociales latinoamericanos sin distorsionarlos por variables ya definidas teóricamente como necesarias.

Aníbal Quijano: la heterogeneidad histórico-estructural en la configuración del poder

La experiencia histórica demuestra sin embargo que el capitalismo mundial está lejos de ser una totalidad homogénea y continua. Al contrario, como lo demuestra América, el patrón de poder mundial que se conoce como capitalismo es, en lo fundamental, una estructura de elementos heterogéneos, tanto en los términos de las formas de control del trabajo-recursos-productos (o relaciones de producción) o en términos de los pueblos e historias articulados en él. En consecuencia, tales elementos se relacionan entre sí y con el conjunto de manera también heterogénea y discontinua, incluso conflictiva. Y son ellos mismos, cada uno, configurados del mismo modo (Quijano, 2014, p. 803)[5].

El siguiente autor que consideraremos en este trabajo es Aníbal Quijano (2000; 2014)[6]. Tal como muestra la cita, siguiendo el carácter sociológico de su trabajo intelectual, el autor presenta la heterogeneidad como una categoría para conceptualizar el modo en que se da la relación entre el todo y las partes dentro de una sociedad. Por un lado, Quijano discute con las clásicas perspectivas atomísticas de lo social –el viejo empirismo o el nuevo posmodernismo– (Quijano, 2000), anteponiendo el paradigma epistemológico de la totalidad. Por otro lado, critica a las perspectivas eurocentradas –marxismo, liberalismo– (Quijano, 2000) e introduce el concepto de “heterogeneidad”. Tal noción remite a una condición múltiple y conflictiva de los diferentes ámbitos del poder, así como a las relaciones, también conflictivas y discontinuas, que asumen entre sí.

Para este autor, “el poder es un espacio y una malla de relaciones sociales de explotación/dominación/conflicto articuladas” (Quijano, 2000, p. 345). En consecuencia, el poder no es concebido de manera binaria como opresores/oprimidos, ni tampoco como la autoridad basada en la capacidad y la fuerza de unos sobre otros, sino que consiste en un patrón. Este se configura en torno a la disputa por el control de cinco ámbitos de existencia social:

(i) el trabajo y sus productos; (ii) la naturaleza y sus recursos de producción; (iii) el sexo, sus productos y la reproducción de la especie; (iv) la subjetividad y sus productos, materiales e intersubjetivos y (v) la autoridad y sus instrumentos, de coerción en particular, para asegurar la reproducción de ese patrón de relaciones sociales y regular sus cambios (Quijano, 2000, p. 345).

La configuración histórica del patrón de poder del capitalismo global se estructura entonces con relación al control por estos múltiples ámbitos del poder. Ahora bien, estos ámbitos en sí mismos se configuran de manera heterogénea, precisamente porque, argumenta, los elementos que los componen provienen de historias particulares, de tiempo-espacios distintos y distantes entre sí, lo que provoca que posean formas y características sumamente diferentes, discontinuas, incoherentes, e inclusive conflictivas entre sí (Quijano, 2000). Los diversos ámbitos de estructuración del poder componen y articulan realidades heterogéneas, cada ámbito de la totalidad social es una articulación precaria entre múltiples historias e historicidades. Es por tal razón por la que el autor caracteriza la heterogeneidad como histórico-estructural.

Como ejemplo, el autor sitúa las múltiples formas históricas que asume el trabajo en América Latina, las múltiples relaciones de producción, tales como la forma salarial, la esclavitud, la servidumbre, la pequeña producción mercantil, reciprocidad, entre otros. Todas estas configuran el presente del patrón de poder capitalista, constituyen, de manera heterogénea, uno de los ámbitos del patrón de poder actual. Es decir, las otras formas de trabajo no se conciben como parte de un pasado en proceso de actualización, como una disfuncionalidad, como lo premoderno, sino como partes constitutivas actuales de la totalidad social presente.

Ahora bien, dado que al interior de cada ámbito del poder encontramos relaciones múltiples, que provienen y construyen tiempos históricos diferentes, las relaciones entre los ámbitos del poder tampoco se perciben como lineales y unidireccionales o determinadas, sino que, por el contrario, son también múltiples, heterogéneas, recíprocas y potencialmente conflictivas. Todos los ámbitos se encuentran coconstituidos entre sí, determinados mutuamente de manera discontinua, inconsistente y conflictiva.

En este punto, las preguntas que resultan pertinentes son estas: ¿qué permite que una totalidad social mantenga históricamente relaciones de estas características, es decir, heterogéneas, con movimientos abiertos y contingentes?, y ¿qué permite que continúen operando como una totalidad? En respuesta, el autor afirma que es posible sostener la totalidad social ya que uno (o más) de los ámbitos del poder posee primacía, no en un sentido de determinación en última instancia, sino como “eje(s) de articulación del conjunto (Quijano, 2000, p. 351)[7].

Para Quijano, uno de los ámbitos del poder adquiere centralidad, imprimiendo un carácter al resto, permitiendo pensar el patrón como el desenvolvimiento de una totalidad histórica, transcendiendo a cada ámbito en particular. Pero, dada justamente la heterogeneidad histórico-estructural, este ámbito del poder que adquiere primacía no posee un estatuto diferente, en última instancia fundamental o como estructura determinante, sino que brinda a la totalidad un sustento contingente e histórico y guía su desenvolvimiento en la historia. Una guía que precisamente no es unidireccional, causal y directa, sino, como venimos resaltando, todo lo contrario. Siguiendo el ejemplo del ámbito del poder en torno al control del trabajo y sus productos, todas las múltiples formas que adquieren las relaciones de producción se articulan en torno a la forma salarial, al capital, el cual imprime e impregna las lógicas de las demás, pero al mismo tiempo se ve constituido por ellas.

Esto muestra el carácter abierto de la totalidad, donde no existe una lógica única que opera determinando el funcionamiento de esta, sino que el “conjunto tiende a moverse o a comportarse en una orientación general, no puede hacerlo de manera unilineal, ni unidireccional, ni unidimensional, porque están en acción múltiples, heterogéneas e incluso conflictivas pulsiones o lógicas de movimiento” (Quijano, 2000, p. 355). De modo tal que, para entender la estructura del capitalismo global, necesariamente hay que pensarla como una articulación estructural-histórica entre ámbitos heterogéneos, donde las relaciones entre ellos son recíprocas y también heterogéneas. El modo en que se estructura lo social asume un nivel de complejidad superior al de los anteriores paradigmas que critica, permitiendo asumir cabalmente la complejidad de la particularidad histórica de América Latina y su desenvolvimiento con un carácter radicalmente abierto e indeterminado.

De esta manera, como mencionamos al comienzo de la sección, el planteo de Quijano se encuentra en discusión tanto con las perspectivas posmodernas, que niegan la existencia de una totalidad y, por ende, de sus modos complejos de opresión, así como con las perspectivas modernas clásicas, por entender el desarrollo de la totalidad como un sistema orgánico o mecánico, a las cuales entiende como eurocentradas. Las entiende de esta manera ya que tanto el marxismo como el liberalismo presuponen tanto la homogeneidad de todos los elementos que configuran la estructura, como la deshistorización de las relaciones entre estos componentes. Es decir, “la perspectiva eurocéntrica […] implica pues un postulado históricamente imposible: que las relaciones entre los elementos de un patrón histórico de poder tienen ya determinadas sus relaciones antes de toda historia” (Quijano, 2000, p. 347).

A través de esto, estas perspectivas ocultan e invisibilizan las múltiples opresiones que dieron lugar a la configuración histórica del capitalismo, es decir, desconocen lo que el autor denomina “colonialidad del poder” (Quijano, 2000, 2014), entendida como aquella clasificación social jerárquica que parte de la invención histórica del concepto de “raza”[8]. En contraposición a tales perspectivas clásicas, la noción de “heterogeneidad histórico-estructural” nos permite aprehender la complejidad de la estructura de poder latinoamericana.

En resumen, Quijano propone una lectura ampliada del poder y postula la heterogeneidad histórico-estructural como carácter necesario para explicar lo social. Este carácter se imprime en dos registros del poder, tanto hacia el interior de cada ámbito, como en las relaciones entre ellos. A pesar de la heterogeneidad histórico-estructural, lo social sigue siendo explicado desde el paradigma de la totalidad, precisamente para dar cuenta de las opresiones a nivel societal. De modo que lo que articula los múltiples ámbitos heterogéneos es un eje que, si bien opera orientando el comportamiento de la totalidad, no la determina. Precisamente, “actúa como una totalidad, pues. Pero esa estructura no es, no puede ser, cerrada, como en cambio no puede dejar de serlo en una estructura orgánica o sistémica” (Quijano, 2000, p. 355). En tal sentido, lo social se explica a través de una totalidad abierta, con múltiples pulsiones de cambio con diversas direcciones, muchas veces contrarias entre sí.

De la heterogeneidad a la totalidad social abierta

En las secciones anteriores, reconstruimos a Laclau (2005) y a Quijano (2000, 2014) señalando, por un lado, sus críticas a enfoques clásicos que comprenden lo social como un sistema cerrado y homogéneo y, por el otro lado, sus aportes para entender lo social como una totalidad abierta. Ambos autores, a pesar de provenir de registros diferentes y de poseer, por ende, versiones distintas en torno a lo heterogéneo, terminan por sostener que, para el estudio de lo social, es necesario pensar en totalidades abiertas, es decir, que lo social se encuentra siempre atravesado por la contingencia.

Como hemos visto con Laclau, donde la heterogeneidad remite a una exterioridad respecto de todo espacio de representación, lo social, como un espacio de representación producto de una construcción hegemónica, se ve atravesado constantemente por lo heterogéneo que habilita la construcción del antagonismo y sostiene una interioridad discursiva. “Toda internalidad va a estar siempre amenazada por una heterogeneidad que nunca es una exterioridad pura porque habita en la propia lógica de constitución interna” (Laclau, 2005, p. 192). De esta manera, la emergencia del concepto de “heterogeneidad” imposibilita pensar significados interiores puros, estructuras sociales cerradas y positividades puras, mientras que, por el contrario, habilita a entenderlas como construcciones históricas abiertas al juego de institución de lo político. Este juego, entendido como la producción hegemónica de identidades, funda de manera contingente el universo social. Al mismo tiempo, la heterogeneidad se concibe como la dimensión mediante la cual la totalidad social se trasforma: precisamente porque se vuelve constitutivo del lazo social, lo heterogéneo representa aquella dimensión mediante la cual lo social y lo político se reinventa (Laclau, 2005). Esto muestra que la totalidad de lo social se mantiene abierta, basada en un hecho histórico contingente, en un fundamento hegemónico, que permanece en cuanto se continúa sosteniendo. Lo social no constituye un espacio cerrado de interioridad pura, con un significado estable, completo y homogéneo, sino que permanece abierto, atravesado por una exterioridad heterogénea que lo constituye y que mantiene la posibilidad de que nuevas construcciones hegemónicas lo subviertan y configuren una nueva totalidad social.

Quijano, en cambio, parte de una ampliación de los ámbitos constitutivos del concepto de “poder”, en relación crítica con la mirada dualista de opresores/oprimidos. Dicha ampliación contiene como condición la incorporación de la heterogeneidad como concepto, la cual remite a una condición múltiple y conflictiva entre diversos ámbitos del poder, así como las relaciones, también conflictivas y discontinuas, que asumen entre sí. Dicho concepto apunta a dar cuenta de la condición histórica de la totalidad, pretende registrar la multiplicidad de historicidades que se articulan en la configuración del patrón de poder mundial y el carácter que imprime esta multiplicidad al conjunto. Este carácter consiste en la apertura de la totalidad, en su indeterminación en última instancia y su desarrollo discontinuo y, precisamente, heterogéneo. El cambio histórico-social nunca es total –de un estadio de relaciones determinadas y orgánicas a otro, ya sea este cambio episódico o progresivo–, sino que el cambio afecta también de modo discontinuo y heterogéneo. El paradigma de la totalidad para entender lo social permanece para dar cuenta de las opresiones a escala societal, pero ya no se concibe como un organismo o mecanismo cerrado, con lógicas homogéneas que se desarrollan linealmente, sino como una totalidad abierta, con una orientación general de comportamiento, pero siempre de manera múltiple y conflictiva.

Lo presentado hasta aquí nos lleva a reconocer que hay diferencias fundamentales entre ambos autores: por un lado, Laclau se enfoca en reconstruir las dinámicas de lo político a través de un abordaje teórico del populismo; por el otro, Quijano pretende dar cuenta de la particularidad histórico-política del patrón de poder de América Latina. En tal sentido, podríamos decir que, mientras que Laclau estudia el modo de transformación e institución de lo social a nivel político, Quijano pretende más bien describir la topografía del poder, la forma de lo instituido, a nivel histórico en el capitalismo. Los registros de ambos autores son diferentes debido precisamente a que el objetivo que intentan articular teóricamente y lo que intentan dar cuenta son diferentes. Y esto lleva precisamente a que su reconstrucción de la heterogeneidad remita a aspectos, relaciones y movimientos distintos.

Sin embargo, a pesar de la distancia de sus construcciones teóricas, ambos reconocen los límites de la tradición en su aspiración homogeneizante y determinista de lo social e insertan la heterogeneidad para intentar dar cuenta de un nivel de complejidad que las perspectivas clásicas no lograban captar. Si bien Laclau proviene de un registro filosófico político, y Quijano, desde uno sociológico (y, por ende, conciben la heterogeneidad como algo diferente), terminan arribando a la misma conclusión: lo social necesita la concepción de totalidades abiertas y atravesadas por la contingencia para poder ser explicado. De tal modo, ambos poseen un punto de anclaje que los aproxima en su crítica a la tradición y perspectiva en torno a lo social. El hecho de que compartan esta lectura permite pensar un potencial núcleo de resignificación de la construcción de teoría social, una característica que pareciera ser necesaria a la hora de pensar teorías explicativas, abiertas a las diferentes construcciones discursivas en torno a procesos históricos concretos.

Aquello que comparten los autores, su concepción de la apertura y contingencia de la totalidad social, consideramos, resulta clave para pensar las complejidades propias de América Latina en, al menos, dos sentidos. En primer lugar, precisamente porque se trata de un tejido social sumamente complejo, múltiple, desgarrado, marcado por opresiones de distinto nivel y carácter donde la contingencia del desarrollo histórico traza los discursos en los diversos niveles, es necesaria una teoría que se muestre abierta a pensar y aportar teóricamente a los procesos sociales e históricos concretos, con el fin de lograr una mejor aprehensión de tales complejidades. En segundo lugar, lograr tal aprehensión nos permite pensar horizontes emancipatorios. Esto es, una teoría que produzca una lectura de las totalidades como abiertas le concede al pensamiento sobre lo social un núcleo de sensibilidad más eficaz para dar cuenta de los múltiples puntos de trasformación posibles para nuestro continente.

Referencias bibliográficas

Butler, J. (2014). “‘Nosotros, el pueblo’. Apuntes sobre la libertad de reunión”. En Badiou, A., Bourdieu, P., Butler, J., Didi-Huberman, G., Khiari, S. & Ranciere J. (comps.), ¿Qué es un pueblo? (pp. 47-67). Buenos Aires: Eterna Cadencia.

Castro Gómez, S. (2018). Revoluciones sin sujeto: Slavoj Žižek y la crítica al historicismo posmoderno. Ciudad de México: Akal.

Gramaglia, P. (2018). “Movimientos sociales y democracia: Modos de lo político”. Oxímora: Revista Internacional de Ética y Política, (12), 175-188.

Laclau, E. (2005). La razón populista. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Quijano, A. (2000). “Colonialidad del poder y clasificación social”. Journal of World-System Research, 6(2), 342-386.

Quijano, A. (2014). Cuestiones y horizontes: De la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: CLACSO.

Rivera Cusicanqui, S. (2018). Un mundo ch´ixi es posible: Ensayos desde un presente en crisis. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Tinta Limón.

Tapia, L. (2002). La condición multisocietal: multiculturalidad, pluralismo, modernidad. La Paz: Muela del Diablo Editores.

Zavaleta Mercado, R. (1986). Lo nacional popular en Bolivia (1.º ed.). Ciudad de México: Siglo xxi Editores.


  1. Profesor en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba. Investigador. Integrante del proyecto “Interpelaciones críticas a las ciencias sociales y las humanidades. Indagaciones desde lo social a lo político en contexto locales: plurinacionales, populares-populistas, autonomistas y comunitaristas”, SeCyT-CIFFyH-UNC. Córdoba, Argentina. remorattini@gmail.com.
  2. Este libro de Laclau ha recibido profundas críticas acerca de su presunta postura formalista y discursivista. En general, estas críticas apuntan a mostrar que el modo de entender el mundo social que el autor teoriza en este libro desconoce la dimensión corporal y las relaciones de fuerza que se desprenden de pensar dicha dimensión. En otras palabras, la crítica señala que la lucha por condiciones igualitarias no depende únicamente de las condiciones de enunciación discursiva, sino también de las condiciones sobre las que se produce la experiencia. Aquí puede situarse a Butler (2014) y a Castro Gómez (2018), entre otros. Sin embargo, el libro aquí analizado mantiene su importancia para los propósitos del presente trabajo, ya que, en su modo de analizar lo social desde el paradigma del discurso, su teoría demanda identidades sociales constituidas de forma relacional. Esto impide concebir una identidad como una unidad cerrada y, por lo tanto, nos invita a pensar la idea de una totalidad abierta.
  3. Itálica del autor.
  4. Para Laclau, el proletariado no es el único sujeto de transformación posible, solo funciona como ejemplo.
  5. Itálica personal.
  6. La perspectiva que Quijano asume en estos textos ha sido profundizada y discutida por múltiples autores. Algunos han señalado que su mirada holista de lo social pareciera desatender el análisis local de las relaciones sociales, lo cual llevaría a la teoría a un nivel de generalidad que impide dar cuenta del conjunto de relaciones micro de poder y dominación. No obstante, nuestra investigación se enfoca en pensar la totalidad de lo social entendiendo que es necesario pensar en totalidades para poder dar cuenta de las opresiones a nivel macro y estructural que condicionan lo social. Por lo tanto, los señalamientos críticos recién indicados no desestiman las obras aquí analizadas, ya que estas continúan siendo pertinentes para pensar los aspectos estructurales de lo social y, dentro de ello, la necesidad de pensar a la totalidad de la estructura como algo abierto y contingente.
  7. Itálica del autor.
  8. Si bien el concepto de “colonialidad del poder” resulta central en toda la obra de A. Quijano, no me detendré en su profundización por motivos de extensión y relevancia para los propósitos aquí presentados.


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