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A modo de prólogo

Elena Achilli

Este libro recorre un conjunto de trabajos que remiten a la investigación en el campo de la educación. Como plantea María Isabel Pozzo en su presentación, los mismos se orientan a partir de “asumir la investigación como mecanismo de producción de conocimiento”. En tal sentido, se despliegan diversas consideraciones de orden teórico metodológico alrededor de problemáticas tales como la escritura, las estrategias de análisis de la información y las propuestas didácticas vinculadas a la investigación.

La lectura de dichos trabajos me permitió reflexionar libremente acerca de los procesos de investigación en educación. A mi entender, en el libro subyace un núcleo articulador centrado en la preocupación por la formación en dicho campo. Dado que ello resulta familiar a mi quehacer, me permito explicitar brevemente algunas consideraciones con relación a los desafíos que implica transmitir el oficio de la investigación. En principio, tal como han planteado distintos/as autores/as, supone una modalidad de trabajo diferente a la que requiere la transmisión de otros conocimientos. Es decir, se aprende a investigar investigando. Una práctica similar a los aprendizajes de los oficios en tanto entraña un “hacer” junto a un/a maestro/a. De ahí la relevancia de no disociar cualquier pedagogía de la investigación de una práctica en concreto. A su vez, resulta necesario destacar que lo metodológico siempre remite a determinada teorización. En otras palabras, no hay metodología desconectada de la teoría. Del mismo modo, toda teoría contiene supuestos metodológicos.

En mi experiencia docente en este campo suelo plantear que si pretendemos “investigar” -o sea, conocer determinada problemática-, es importante recorrer un camino que inevitablemente nos obliga a perturbar ciertas características de nuestros modos cotidianos de pensar. En primer lugar, debilitar las lógicas binarias, dicotómicas o dilemáticas que suelen estar presentes en la cotidianeidad en tanto la investigación nos exige pensar de modo relacional. La investigación misma supone un trabajo de relacionar información diferenciada y fragmentada que deviene de diferentes estrategias metodológicas o fuentes: observación, entrevistas, análisis documental, estadísticas, digitalización. Un trabajo que implica contrastar esa información diferenciada, comparar, identificar indicios, diferencias y semejanzas, contextualizar permanentemente, historizar y criticar las herramientas y categorías que se usan. Nos obliga a incursionar en procedimientos que complejizan la información más que a reducirla. Más aún si nos orientamos desde una perspectiva teórica metodológica relacional ya que, además de vincular esa información diferente, la cuestión radica en analizar lo que sucede en la interdependencia y modificación mutua de diferentes las dimensiones que configuran una problemática.

En segundo lugar, el proceso de investigación nos exige interrogarnos acerca de la concepción desde la que pensamos la realidad social/educativa. Desde luego, ello permite la construcción de un posicionamiento epistemológico, teórico, metodológico. Por lo tanto, la investigación interpela un modo de pensar a-problemático, ingenuo, inmediato como si la realidad fuera transparente. Es decir, nos impone entender el mundo que nos rodea con más matices que el que solemos percibir en la inmediatez cotidiana.

Vinculado a lo anterior, el proceso de investigación nos exige la ardua tarea de desnaturalizar/desestructurar nuestros esquemas de pensamiento. Es decir, poner en duda lo que sabemos. Hipotetizar, interrogar nuestras certezas. Desnaturalizar el sentido común: el propio, el que nos rodea, el que se va construyendo con distintas capas de huellas históricas. Desde luego, también supone no dejar a nivel de lo impensado el sentido común académico. En el campo de la investigación en educación una tarea doblemente dificultosa. Por un lado, porque somos sujetos envueltos durante años en la atmósfera educativa en la que se va configurando determinado sentido común en el que estamos inmersos. Por el otro, porque habrá que diferenciar aquellas teorizaciones que guían acciones de orden pedagógico pero no pueden orientar un proceso de investigación. Se trata de teorías con cargas prescriptivas o propositivas que pueden ser interesantes a nivel de la acción educativa. No obstante, a nivel del proceso de investigación más que orientar al mismo lo perturban. Por lo tanto, es relevante distinguir estos “efectos de teoría” al decir de Bourdieu[1].

Por último, los procesos de investigación requieren o reclaman una permanente tarea de escritura. La escritura como un modo de afinar/aclarar lo que pensamos. Ya Wright Mills (1961)[2] se ha referido a la acción recíproca entre escribir y pensar. Por lo tanto, la escritura como camino que nos permite precisar, controlar nuestras permanentes perturbaciones e iluminaciones, con sus idas y vueltas, con sus momentos de perplejidades y mayor tranquilidad. En este sentido, la escritura adquiere un papel epistemológico. A su vez, la escritura permite registrar lo que observamos, relacionar informaciones heterogéneas, ensayar anticipaciones hipotéticas. Finalmente, la escritura como medio para comunicar. De ahí la importancia que, en nuestros ámbitos universitarios, invitemos a la escritura escribiendo.

Este libro remite a la investigación en educación. El presente prólogo intenta sugerir -esquemáticamente- los múltiples desafíos que se abren en los procesos de investigación a modo de un trabajo silencioso. En tal sentido, los artículos que aquí se presentan conllevan las exigencias que entraña la investigación en la que se sustentan. En ellos se inscribe un trabajo silencioso que subyace y va más allá de lo comunicable. Tal vez, el lector pueda detectar indicios de las tensiones y requerimientos de ese trabajo que se pone en juego en cada uno de ellos.


  1. Bourdieu, P. y Wacquant, L. (1995). Respuestas. Por una antropología reflexiva. Grijalbo.
  2. Wright Mills, C. (1961; orig. en inglés 1959). La imaginación sociológica. Fondo de Cultura Económica.


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