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Devenires históricos de las literaturas heterodoxas en Argentina

Andrea Bocco, Gabriela Boldini, Lucía Caminada Rossetti, Cecilia Corona Martínez, Javier Mercado e Hina Ponce

Inicio

Pensar, desde una perspectiva histórica, los procesos de constitución de zonas de funcionamiento de la heterodoxia literaria es el objetivo central de este capítulo. No se trata de un relevamiento exhaustivo ni de una propuesta de periodización en el sentido estricto. Más bien, pretendemos hacer un recorrido procesual por la configuración de nuestra literatura y marcar aquellos momentos, etapas, coyunturas, instancias en las que circulan producciones donde emerge lo heterodoxo. Para ello, demarcamos cuatro momentos: segunda mitad del siglo xix; entresiglos xixxx hasta la década del 40; mediados del siglo xx (1940-1970); entresiglos xxxxi.

El trabajo que presentamos aquí cobra relevancia en el desarrollo de nuestra investigación dado que concebimos la noción de “heterodoxia” atravesada por un carácter histórico: implica líneas disruptivas en diversos momentos del desarrollo de las literaturas en Argentina que se conforman dinámica e históricamente desde una lógica relacional. Por lo tanto, demarcar trayectos de operatividad de la heterodoxia significa sopesar qué alcance ha tenido esta en la definición de líneas de escritura que en su momento pueden haber estado invisibilizadas, fuera del sistema, en pugna por la legitimidad y que, con el correr del tiempo, o bien desaparecieron, o bien se consolidaron en proyectos sostenidos de trabajo escritural. En este sentido, nuestra perspectiva de estudio no solo implica una historización acerca de los procesos de configuración de la heterodoxia literaria, sino que significa pensarla (tal como ya hemos explicitado) como categoría histórica, sometida a la variabilidad temporal: lo que es heterodoxo en un momento puede ser ortodoxo en otro.

Alrededor de esta índole histórica, necesitamos incorporar otro aspecto. La necesidad de colocar el acento en lo procesual deriva también del hecho de comprender que el carácter “heterodoxo” en nuestras literaturas deviene de una producción situada, localizada, desde una situacionalidad específica: el contexto sociohistórico y cultural latinoamericano. Este se halla marcado por ciertas condiciones, características y particularidades. Lo heterodoxo, así, opera como un modo de revisar/repensar/disputar/discutir la matriz occidental. Por lo tanto, lo heterodoxo puede encarnar –por momentos– en un discurso decolonial.

Primer momento

Como una deriva de estas reflexiones y presupuestos, en el proceso de investigación del equipo, elaboramos algunas propuestas acerca de los modos en que lo heterodoxo se fue conformando históricamente. Consideramos que, en la segunda mitad del siglo xix, la heterodoxia aparece ligada a la presencia y la voz del otro (indio, negro, mujer) que deconstruye el discurso único del Estado blanco. En este punto, las fronteras culturales que las textualidades problematizan evidencian las posibilidades e imposibilidades de traducción e interculturalidad. A la vez, abren claves para seguir el devenir de esas matrices heterodoxas en las literaturas de la Argentina de los siglos xx y xxi, fundamentalmente en el período de entresiglos en lo que concierne a un corpus importante que reescribe textos de literatura de fronteras.

Una de las líneas de escritura centrales para contrastar nuestra hipótesis se configura, justamente, en torno al género “literatura de fronteras”, al que consideramos emergente a partir de 1860, alrededor de los relatos biográficos y testimoniales de sujetos “blancos” que tuvieron una experiencia de la frontera o en ella: cautivos, militares, científicos, viajeros, religiosos. Este género permite advertir, en clave heterodoxa, los modos en que se desmontan, interpelan, critican, fisuran los proyectos coloniales del Estado nación. Lo primero que señalar es que pone en suspenso la gran construcción nacional-colonial de la escritura de la primera parte del siglo xix: la pampa-desierto-vacío. Los relatos del género aportan el lado B: se trata de un territorio habitado, transitado, “lleno” de gente (indios, negros, cautivos, mercachifles, gauchos alzados o pasados); conformado por poblaciones más o menos estables que tienen vínculos étnicos, políticos, comerciales entre sí (y también conflictos); que no funciona aisladamente de los poblados fronterizos “blancos” con quienes traban relaciones familiares, comerciales y bélicas. La obra paradigmática y más conocida al respecto es Una excursión a los indios ranqueles (1870), de Lucio V. Mansilla. El recorrido de este viaje ad intra va reconstruyendo ese mapa negado de interconexiones “urbanas”: Leubucó, Trenel, los toldos de Epumer, la laguna del Cuero… Los relatos del fogón que Mansilla estimula y disfruta ceden la voz narradora a quienes son sujetos en tránsito: gauchos alzados, perseguidos por la Justicia, refugiados políticos, aquerenciados entre indios. La porosidad de la frontera se escenifica en esos cuentos. A su vez, en el mundo tierra adentro, se registra la celebración de fiestas y encuentros, la organización de parlamentos, una vida cotidiana comunitaria que implica salir a cazar, a malonear, a comerciar. No hay quietud. Alejado de los paisajes estáticos del capítulo 1 de Facundo (1845), el movimiento es una característica que delinea ese territorio y contradice su consideración de desierto.

El otro elemento que destacar es el surgimiento –de diversas maneras– de sujetos y voces negadas que en esta narrativa muchas veces están configurados a contrapelo de la barbarie que tradicionalmente se les asigna. Así, tenemos un arco que va desde los relatos de cautivos (Santiago Avendaño y Benjamín Franklin Bourne, por ejemplo), pasando por la trilogía novelística de Estanislao Zeballos (Callvucurá, de 1884, Painé, de 1886, y Relmú, de 1887), en la que, desde una clave “romántica”, aporta una mirada más “edulcorada” de los aborígenes. La escritura aquí se despliega sobre la contradicción entre aceptar y negar la alteridad. Se destacan en este punto una serie de autores y textos en los que, desde nuestra perspectiva, se profundiza la heterodoxia y se fisura con más claridad el discurso civilizatorio colonial capitalista. Junto a los ya mencionados Mansilla, Avendaño y Bourne, debemos agregar a Manuel Baigorria, Eduardo Gutiérrez, Ramón Lista, Manuel Prado, Alfredo Ebelot. Las representaciones del “otro” que configuran los relatos de estos escritores son, de algún modo, impugnadoras del discurso oficial que sustentaría ideológica, simbólica y materialmente la “segunda conquista” (Roulet y Navarro Floria, 2005), que requería de la apropiación de las tierras que aún estaban en manos indígenas, ocuparlas efectivamente, demarcar límites internacionales y someter definitivamente a los pueblos originarios. Por ello, la Generación del 80 consideraría que culminó la empresa española inconclusa, para poder insertar al país en un nuevo modelo productivo al que le resultaba imprescindible la anexión de los territorios aborígenes. Esta tradición histórica e intelectual construyó el necesario imaginario de los indios como salvajes, no humanos, no pasibles de ser incorporados a la sociabilidad, obstáculos absolutos para el desarrollo y el progreso, y de los negros como potenciales agresores, bárbaros que solo sirven en la medida que obedecen y funcionan como un engranaje más del capitalismo.

En el caso, por ejemplo, de Ramón Lista, su vida cubre el arco que va de ser responsable de la matanza de indios selknam a aquerenciarse con una tehuelche con quien tendrá una hija a la que dará su apellido (paradigmático para su época, en la que abundaban los hijos “bastardos” de las tolderías). Este periplo de vida impactó en sus obras. En ellas podemos apreciar un itinerario trazado desde la mirada cientificista que incluye al indio como un elemento más de la naturaleza (Memorias de Arqueología, 1877), como un sujeto inferior, salvaje (Viaje al país de los onas, 1887), hasta Los indios tehuelches, una raza que desaparece (1894), en el que expone y critica el aniquilamiento masivo sobre esta comunidad y la nula gestión de los Estados argentino y chileno en salvaguardarla. Se conmueve de sus miserias:

… han nacido libres y son esclavos, eran ayer robustos y de cuerpo agigantado, hoy la tisis les mata y su estatura se amengua. Todo les es contrario, el vacío les rodea, van a desaparecer. ¿Y qué hacen los gobiernos? Nada. Los ven morir con la misma impasibilidad con que el César veía morir a los gladiadores en el circo (Lista, 1998, p. 128).

En su caso, la experiencia de la frontera, la cohabitación con el otro pone en crisis su lugar de enunciación blanco-civilizado-exterminador y permea hacia la empatía y el reconocimiento de los indios como humanos, como dueños de las tierras, como víctimas de la razón colonial.

Además de ello, se agrega en varios de los autores que hemos mencionado la consideración de los indígenas como sujetos culturales, poseedores de saberes y productores de arte; la constatación de que tienen organización política, económica y social y su consecuente valoración son apreciaciones positivas que los textos exponen. Evidencias de esto se vislumbran en distintos episodios y descripciones de los textos de Manuel Prado (La guerra al malón, 1907), Alfredo Ebelot (La pampa, 1890), Lucio V. Mansilla (Una excusión a los indios ranqueles, 1870), y Santiago Avendaño (Usos y costumbres de los indios de la pampa), por ejemplo.

Pero, además del indio, también aparece una representación positiva del negro. Vemos esto con claridad en los breves relatos y crónicas de frontera que Eduardo Gutiérrez desgrana en Croquis y siluetas militares (1886). En ellos, Mama Carmen, una integrante afro del ejército de línea que acompaña la avanzada con toda su familia, a la que va perdiendo en la guerra contra el indio. La negra Carmen es patriota, aguerrida, leal, inteligente, solidaria. Puede comandar la defensa del fuerte en un momento de debilidad del ejército, puede luchar cuerpo a cuerpo y vencer, puede alimentar con lo poco que haya de provisiones a todos, puede entregar lo más preciado (sus hijos) a la patria, puede perderlo todo y sentir que lo ha ganado todo. Este perfil eufórico de los afros construido en las tres crónicas que tienen como protagonista a Mama Carmen contrasta con la mirada cristalizada que Mansilla deposita sobre el negro del acordeón: molesto, sucio, inútil.

En los relatos de frontera, se suceden episodios con presencia femenina. Negras, chinas, cautivas “blancas”, indias desfilan por ellos, van y vienen por los espacios, entran y salen por la frontera. Pero, además, el propio cuerpo femenino es cruce y contaminación. Están allí para desafiar el mandato citadino, blanco, falogocéntrico instaurado por La Cautiva (1837). Si María es capaz de matar o suicidarse para impedir cualquier contacto carnal-sexual con la alteridad, las mujeres de la literatura de frontera y sus cuerpos dicen que las relaciones interétnicas existen y no se pueden detener.

Estas operaciones en las que la frontera cultural entre civilización-barbarie se diluye, se suspende, se interpela se ven con claridad también en la literatura producida por mujeres en la segunda mitad del siglo xix. Esta textualidad constituye un corpus que en varios aspectos contiene modalidades de la heterodoxia literaria. Por una parte, las mujeres escritoras ofrecen espacios de interlocución en la frontera cultural civilización-barbarie tanto en el plano político como en el étnico. Allí están las Lucía Miranda de Rosa Guerra y de Eduarda Mansilla, dos novelas de 1860, que ubican como posibilidad del deseo al indio en la mente y espíritu de una española evangelizadora. Por otra parte, la suspensión por el amor de la barrera facciosa se despliega en los cuentos de Juana Manuela Gorriti o en Pablo o la vida en las pampas (1869) de Eduarda Mansilla. La pluma de Juana Manso corroe en varios aspectos la frontera cultural; su voz disidente también pasa, como muchas de sus contemporáneas, por la recuperación de lo afectivo como modo de enfrentar ese mundo en el que el hombre sostiene un poder absoluto y violento, y por impugnar de diversas formas el principal programa político-cultural sostenido en la dicotomía civilización-barbarie. Por ejemplo, en relación con los indios, ella reclama romper con el mandato colonial y construir un espacio fraterno: una patria común. Tal planteo aparece claramente explicitado en el artículo “Las misiones” que publicó en el n.° 8 de Álbum de Señoritas (1854).

Desde la mitad del siglo, se había producido un fuerte desarrollo de la ciencia en el país, particularmente de la mano de Sarmiento, cuya obra al respecto es suficientemente conocida. Es el momento en el que comenzaron a actuar los “naturalistas” con minuciosos estudios acerca de la topografía, la flora, la fauna, el suelo, la población, entre otros aspectos de la realidad argentina. Se destacan personalidades como Florentino Ameghino, Guillermo Rawson y Eduardo Ladislao Holmberg. Especialmente este último es un importante referente en cuanto conjugaba en su vida la actividad científica y la literaria, que corrieron paralelas.

Además de la impronta científica y racionalista, estos años fueron propicios para el despliegue de saberes no racionales. Circulaba, en consecuencia, una profusión de doctrinas teosóficas y espiritistas que, en diversos grados, se generalizaban en la práctica de todos los estratos sociales. Lo religioso, en cuanto refugio de lo sobrenatural, expulsado por el positivismo vigente, regresa por la ventana a través de estas teorías alejadas del cristianismo tradicional. Escritores canónicos y periféricos producen textos ensayísticos y ficcionales marcados tanto por la impronta de la ciencia (racional, materialista), como por la presencia de saberes no convencionales (no racionales, espiritualistas) que convergen y se entrecruzan en sincretismos diversos y heterodoxos. Intersecciones que ponen de manifiesto la pluralidad discursiva e ideológica de un periodo de importantes cambios en la cultura nacional. El ya mencionado Holmberg, en muchos de sus relatos, pone en evidencia el ingreso de la “otredad”, la “fuerza extraña” que no puede ser explicada, es ininteligible e inmodificable por los personajes. En los textos, la ciencia está al servicio de un saber o de una verdad trascendental, aunque no siempre proporciona los elementos para alcanzar el conocimiento de la realidad, o simplemente no logra explicarla. Lo fantástico ingresa cuando se experimenta el límite de las ciencias.

También las mujeres escritoras –apelando tanto al fantástico como al gótico– se abren a esta otra línea heterodoxa finisecular: el uso de lo fantasmagórico, la locura, lo monstruoso permiten la ruptura de la matriz racional-civilizatoria. Se destaca aquí Raimunda Torres y Quiroga, una entrerriana que entre 1878 y 1884 fue una de las introductoras del gótico en nuestro país, a partir de sus relatos publicados en periódicos diversos. Participó activamente en la lucha por la emancipación social de la mujer y aspiraba a profesionalizarse como escritora pública. Sus ficciones góticas se enfocan en problemáticas de género e impugnan en clave política la violencia doméstica masculina. Ponen de relieve la barbarie patriarcal, mediante escenas de tortura, envenenamiento o mutilación de cuerpos femeninos que desajustan la institucionalidad patriarcal. El cuestionamiento se centra particularmente sobre el sistema jurídico vigente y la vulnerabilidad de la mujer en la sociedad civil frente a la voluntad despótica del hombre. La resistencia y la justicia tienen lugar solamente en el ámbito de lo fantástico, cuando los espectros de las mujeres asesinadas incursionan, como Erinias griegas, en el mundo terrenal, para vengar y perseguir a sus agresores feminicidas. Lo monstruoso se vincula entonces con el ordenamiento patriarcal opresivo, pero también con la potencia femenina transgresora que lo amenaza y desestabiliza. De esta manera, el gótico femenino rioplatense habilita una mirada intempestiva sobre el presente de la enunciación, que permite vislumbrar las “sombras” y preocupaciones de la compleja sociedad de fin de siglo, lo siniestro que habita en lo cotidiano y las disidencias. Las ficciones instalan “puntos de fuga” que hacen tambalear el proyecto modernizador liberal (blanco y patriarcal) y las certezas de la ciencia positiva.

Junto a Raimunda Torres y Quiroga, se hallan también Juana Manuela Gorriti y la mencionada Eduarda Mansilla. Sus “locas” muestran el desajuste del orden patriarcal sobre los cuerpos femeninos, el mundo de los afectos destruido por los intereses materiales, la locura como resistencia al rígido paradigma civilizatorio.

Segundo momento

Hemos expuesto hasta aquí los modos en que entendemos que la heterodoxia literaria conforma líneas de escritura en la segunda mitad del siglo xix. Estas tienen continuidades en el siglo xx, pero, por supuesto, no se trata de vectores uniformes, sino de principios configuradores que en los procesos históricos van adquiriendo particularidades y especificidades.

De esta manera, al mismo tiempo que se multiplicaban el número de escritores y la cantidad de publicaciones que se originaban o se distribuían en Argentina, donde la influencia europea –particularmente francesa e inglesa– era indiscutible, con sus géneros predilectos, sus propuestas estéticas y sus modelos y paradigmas, aparecía también lo que podemos denominar sus “reflejos invertidos”. A la sombra de las producciones subsidiarias de los modelos románticos, del realismo y del naturalismo, se desarrollaron también escrituras que renegaban de los cánones racionalistas y positivistas para aventurarse por creencias, ideologías y géneros diversos. Frente al canon incipiente y sus ortodoxias en construcción, se encontraba una cantidad relevante de textos heterodoxos, de textos fuera de control.

A partir de la década del 70 del siglo xix, aproximadamente, es posible relevar no solo autores cuyos nombres fueron ignorados por los sucesivos agentes de canonización, sino también textos particulares de escritores consagrados, relegados a la categoría de “obras menores”. Además, la preeminencia del discurso de la ciencia, paralelo a la difusión y pregnancia del positivismo, no solo se manifiesta en la adopción del discurso naturalista, sino que se tensa en la producción de escritores como E. Holmberg, y sus obras adscritas tanto al género fantástico como a la ciencia ficción.

Los últimos años del siglo xix fueron el momento de configuración de un territorio, de una nación y de una literatura que, al igual que el país, se introducía de lleno en la modernidad occidental. Desde nuestra perspectiva, en el período de entresiglos, y hasta la década de 1940, lo heterodoxo se relacionaba preponderantemente con la emergencia de nuevas ideologías y nuevas creencias y con la búsqueda de paradigmas no occidentales. Por otro lado, las disidencias políticas representadas por las diversas ideologías de izquierda que comenzaron a introducirse en el periodo señalado generaron una amplia producción discursiva, de circulación más o menos clandestina, y con algunos escritores profesionales que asumieron estos posicionamientos y los pusieron de manifiesto en su obra literaria, ya entrando en el siglo xx.

Desde la década de 1870, y en estrecha relación con los comienzos de la emigración masiva desde Europa hacia la Argentina, comenzó a expandirse el discurso de uno de los movimientos de izquierda más revulsivos de la época: el anarquismo. Su difusión lo convirtió en el pensamiento político disidente por excelencia (mucho más que el marxismo en sus diversas variantes). Tanto es así que generó dos leyes durísimas, la de Residencia (1902) y la de Defensa Social (1910): esta última institucionalizó la pena de muerte.

Las características particulares de la ideología anarquista hicieron que, si bien hubo una importante cantidad de publicaciones, estas fueran de alcance limitado y de rápida desaparición, por la precariedad misma que las definía (hojas sueltas, difusión clandestina). El funcionamiento de los llamados “círculos libertarios”, que alcanzaban no solo lo ideológico, sino también la vida social y cultural de sus adherentes, favoreció la difusión de obras literarias de carácter más bien propagandístico, muchas provenientes de latitudes lejanas y otras escritas por autores que en su mayoría eran militantes entusiastas con escasa o nula preparación intelectual.

Algunos escritores profesionales adoptaron las nuevas ideas, en su mayoría solo por un tiempo limitado (en su primera juventud, como sucedió con Alejandro Sux); pero cabe destacar la obra de dos autores: Rodolfo González Pacheco y Alberto Ghiraldo.

De Ghiraldo, solo se suele recordar la bohemia amistad con Rubén Darío y que fundó el primer periódico Martín Fierro (1904-1905). Sin embargo, su militancia se extendió hasta bien entrada la madurez, y se evidencia en producciones literarias y periodísticas (mencionamos solo algunas: Música prohibida, 1904; La tiranía del frac, 1905; Carne doliente, 1906). En lo personal, pasó de la admiración a la figura (revolucionaria, por cierto) de Leandro Alem al pensamiento anarquista. Sus novelas, cuentos, poemas y obras de teatro ponen el eje en los oprimidos. En un giro que luego sería desarrollado por los escritores de Boedo, aparecen personajes que representan el proletariado que se estaba gestando con la inserción del país en la división capitalista del trabajo: niños miserables, obreros y operarios de fábricas o talleres –explotados hasta la muerte–, mujeres costureras o planchadoras, enfermas de tisis o que se aferran a la prostitución como único modo de sobrevivir. Repasar ese primer Martín Fierro nos enfrenta con un universo que –aunque influido por modelos foráneos– intenta mostrar las consecuencias de la naciente modernidad.

Este discurso revulsivo, del cual Ghiraldo es el más destacado representante, fue sistemáticamente negado y silenciado por el orden político y cultural durante un siglo. Su heterodoxia residía precisamente en el carácter revolucionario de las ideas que intentaba propagar.

El pensamiento ácrata fue combatido duramente por el espectro casi completo de las fuerzas políticas desde 1870 hasta su desaparición como fuerza popular por los años de la Década Infame; sin embargo, constituyó en su momento una opción atractiva para numerosos intelectuales adherentes a estéticas en ocasiones contrapuestas: además de los ya mencionados, Salvadora Medina Onrubia también se contó entre sus militantes; controvertida y discutida, escritora de poesía, narrativa y teatro y también cercana a la teosofía. Lejos de este perfil altamente público, Iris Pavón, desde el interior de la provincia de Córdoba, promovió su anarquismo en el periodismo y la poesía, donde se atrevió a sostener la defensa del aborto.

Se evidencia cómo las mujeres siguieron aportando literaturas heterodoxas vinculadas a estos principios. Sara Papier y María Luisa Carnelli, ambas militantes del PC, escribieron obras que cuestionan de manera transversal las prácticas opresoras del capitalismo patriarcal burgués. Carnelli escribía tangos con pseudónimos masculinos (Luis Mario, Mario Castro) y concebía la literatura como un instrumento revolucionario. En 1931, publicó una novela con un título sugestivo, ¡Quiero trabajo!, que se centra en la cuestión social, pero incorpora también otras temáticas corrosivas para la época, como la discusión en torno a la reglamentación de la prostitución, el adulterio femenino, el aborto y los derechos reproductivos de la mujer, todo ello sin juicios moralizantes ni condenatorios. Las ficciones naturalistas de Sara Papier, por su parte, también cuestionan la moral sexual burguesa, en articulación con la enfermedad.

La heterogeneidad discursiva derivada de la divulgación anarquista se evidencia en que muchos años después, en 1960, todavía circulaba en los círculos libertarios la Carta gaucha, donde Luis Woolands (“Juan Crusao”) promueve la revolución entre los paisanos, empleando el lenguaje gauchesco en un texto escrito en 1928. Se evidencia de este modo la fusión de una estética y una ideología que podrían calificarse de residuales, pero aún vigentes en ámbitos reducidos.

De manera más subterránea, circularon las creencias espiritualistas (espiritismo, teosofía, diversas doctrinas orientales), a contramano tanto del agnosticismo positivista como de la ortodoxia católica, religión estatal. Un difusor y practicante del espiritismo que produjo textos literarios fue Cosme Mariño (Las primeras golondrinas, 1922). Así, en la medida en que ingresamos en el siglo xx, advertimos que estos “saberes otros” iban ganando en difusión y circulación. En particular, se puede constatar un paso de los vacilantes saberes propios de la teosofía o el espiritismo a la recepción de una “metafísica oriental” a partir de lecturas mucho más pertinentes que, sin ser trabajos académicos, aportan una visión mucho más detallada de las filosofías de Oriente y se distancian de las extravagancias teosóficas.

En un recorrido por ciertos autores que forjaron sus trayectorias a partir de los primeros lustros del siglo xx, encontramos vínculos capitales con estas tradiciones no occidentales. Así, filosofía, religión, misticismo de Oriente aparecen en forma conjunta en una solución de continuidad que tiene a la literatura como vehículo central. El momento capital para este cruce se produjo con la llegada del modernismo. La búsqueda espiritual correría junto con la necesidad de confrontarse con una realidad exótica que, en cierto modo, realizase simbólicamente el deseo de vivir en un tiempo pasado. Si bien no postulamos que el modernismo retoma acríticamente la visión romántica europea de Oriente, es insoslayable que mucho de ella se arrastra hasta estas tierras, especialmente en lo que a exotismo se refiere. Los modernistas, con el primer Leopoldo Lugones a la cabeza, se interesaron profundamente por el tema y trataron de asimilarlo. Sobre este proceso podemos decir hoy que no estuvo exento de problemas, asimilaciones y comparaciones que no siempre fueron acertadas. En los textos de Lugones (principalmente en Las fuerzas extrañas, 1906), se evidencia fuertemente la lectura de textos orientales, pero solo de segunda mano. Al tiempo que esta recepción mediada de los textos metafísicos orientales, es necesario remarcar que el modernismo estuvo fuertemente influenciado por corrientes pseudoesotéricas de dudosa prosapia.

Al menos hasta pasada la primera década del siglo xx, el conocimiento de eso que a grandes rasgos se llama “Oriente” es harto deficitario. Incluso podríamos decir que, para el caso de Lugones, muchas veces esta palabra debe ser entendida en el estricto marco de “Oriente Medio”, y, aun así, su representación no está exenta de mediaciones problemáticas. Lejos de estar basada en textos filosóficos de primera mano o en los relatos de algunos viajeros que hicieron de punta de lanza, la representación de Oriente está construida a partir de Las mil y una noches. Igualmente, nos topamos con un abordaje de las filosofías de la India indiscutiblemente mediado por las interpretaciones y traducciones de representantes de la teosofía como Madame Blavatsky. El modernismo, en su afán de desarticular el mundo exclusivamente mecánico del positivismo, busca nuevas explicaciones a los fenómenos del mundo a través de claves simbólicas y poéticas.

Retomando el curso histórico por el que transitamos, luego del Centenario, la mirada argentina sobre Oriente cambió de modo positivo. El ambiente cultural argentino experimentó una nueva apertura a Oriente Medio a través del Emir Emin Arslan –embajador del Imperio otomano que fijó su residencia estable en Argentina luego de la Primera Guerra Mundial–, quien, desde su revista La Nota, propició los debates intelectuales tanto como la difusión de la filosofía islámica en nuestro país. En esta revista participarían tanto Güiraldes como Lugones; este último estudiaría árabe y se interesaría por algunos aspectos esotéricos del islam.

Extrañamente, alrededor del año 1930, tendrían lugar dos hechos de capital importancia. Por un lado, en 1928, vería la luz por primera vez No todo es vigilia la de los ojos abiertos, de Macedonio Fernández. Este texto refleja un fuerte interés por una metafísica muy cercana al Advaita Vedānta de Shankara. Por otro lado, en 1932, Adelina del Carril ordenaría la edición privada de las notas espirituales de Ricardo Güiraldes, compiladas en el libro El sendero. A través de estos breves textos, nos enteramos de que el escritor argentino había estado estudiando la metafísica de Oriente desde principios de 1921; asimismo, por una nota fechada en el año 1926, nos anoticiamos de que Güiraldes leyó la Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes de Guénon, aparecido apenas cuatro años antes. La importancia de la figura de Güiraldes en la reconstrucción de un programa filosófico que se aleja del canon occidental es decisiva, ya que fue el promotor de toda una generación de escritores.

Si bien se mira, lo que inauguran Güiraldes y Fernández es algo capital: la lectura de textos originales y fuentes confiables. Lo que marca Güiraldes es el relativo fin de la teosofía como albacea del pensamiento oriental y el surgimiento de una reflexión más seria, madura y profunda en torno a la metafísica no occidental. Uno de los mayores exponentes literarios posteriores sería, sin dudas, Leopoldo Marechal.

Para cerrar la etapa de entresiglos, como ya se mencionó, la escritura de mujeres conforma una línea heterodoxa que suspende o problematiza fronteras dicotómicas (socioculturales, étnicas, políticas, territoriales) enmarcadas en el binomio civilización-barbarie. Esto se sostiene durante las primeras décadas del siglo xx, pero ligado a nuevas condiciones de producción discursiva y una mayor participación de las mujeres en el espacio público. La escritura de mujeres tiene un amplio desarrollo en este periodo, pero permanece subalternizada, por variables que intersectan categorías de género, clase y diferencias étnicas derivadas de los procesos inmigratorios que establecen tensiones entre “nuevos” y “viejos” argentinos. De todas maneras, las heterodoxias no solo se constituyen a partir de los marcos de producción discursiva, sino también en relación con posicionamientos políticos, ideológicos, estéticos, filosóficos/religiosos y territorialidades alternativas. Así, podemos reconocer heterodoxias políticas/ideológicas en la producción literaria de escritoras socialistas, comunistas y anarquistas, misticismo cristiano y feminismo católico en la producción literaria y ensayística de la escritora Delfina Bunge de Gálvez, voces disruptivas de provincia en el campo literario porteño, rescate de identidades regionales en los textos de la riojana Rosa Bazán de Cámara y la entrerriana Ana María Garasino, y heterodoxias estéticas/discursivas y cruces entre literatura, periodismo y docencia en el corpus literario de escritoras normalistas y periodistas como Herminia Brumana, Ada María Elflein, Victorina Malharro, entre otras.

Al igual que en el siglo xix, la escritura de mujeres se constituía sobre un lugar marginal y heterodoxo de enunciación: muchas escritoras apelaban a estrategias de humildad y se autopercibían en primer lugar como “mujeres” o “maestras” que escribían, pero no como escritoras a secas, para resguardar su pudor. Otras, por el contrario, aspiraban a revertir dichas representaciones, en las configuraciones literarias que realizaban las mujeres que escribían. Tal es el caso de la escritora Rosalba Aliaga Sarmiento, que impugna en sus ficciones las relaciones androcéntricas de poder que atravesaban el campo literario. Apuntábamos más arriba que en este periodo una serie de heterodoxias literarias se constituyeron en cruce con géneros discursivos que pertenecen a otros ámbitos de la cultura, cuyos campos comenzaron a autonomizarse de manera progresiva, hacia fines del siglo xix: nos referimos particularmente al periodismo y al discurso pedagógico. El desarrollo de la industria cultural propiciaba el surgimiento de un gran número de proyectos editoriales que, en algunos casos, estaban destinados exclusivamente a un público femenino. La consolidación del sistema educativo público y la expansión del normalismo fueron relevantes para la conformación de nuevas subjetividades femeninas y proyectos literarios. Más allá de los dispositivos institucionales que operaban como una máquina “reproductora” y “adaptativa” de las políticas del Estado, las ficciones planteaban heterodoxias o puntos de fuga en relación con dichas normalizaciones. Por un lado, ponían en tensión el imaginario social que concebía al magisterio como una vocación o un apostolado ponderando, por el contrario, la profesionalización y el trabajo docente; por otro, desarticulaban representaciones modélicas e impolutas en torno a las maestras normalistas, cuyos cuerpos se sometían al “deber ser ciudadano”, prescripto por el Estado.

En relación con lo estético, advertimos que, a contrapelo de la tácita vinculación que comúnmente se establece entre heterodoxia y vanguardismo (más aún en la década de 1920, periodo en el que la vanguardia martinfierrista adquirió centralidad en el campo literario), la escritura de mujeres demarcaba, en muchos casos, “lo heterodoxo” desde la matriz de un conservadurismo estético. En este sentido, reciclaba formas tradicionales de la literatura rosa o sentimental (históricamente ligada a la escritura de mujeres) y le imponía nuevos sentidos. Sobre la base de dicha retórica, se incorporaron contenidos heterodoxos y disruptivos que ponían de relieve subjetividades femeninas deseantes; problematizaron estereotipos, roles, desigualdades de género y formas tradicionales del amor romántico. Esto se advierte en los poemas neorrománticos de Alfonsina Storni; también en la novelística de Emma de la Barra (seud. César Duayen) y Sara Felisa de Onrubia.

Durante las primeras décadas del siglo xx, las líneas heterodoxas que recorrían la escritura de mujeres se manifestaron en diferentes dimensiones que se imbricaban entre sí: políticas, ideológicas, filosóficas, estéticas, discursivas, de género. En continuidad con el siglo xix, en todos los casos, aporta una perspectiva singular para leer problemáticas políticas y socioculturales de la época posicionarse frente a tradiciones literarias, tensionar paradigmas coloniales/occidentales.

Desde una perspectiva completamente diferente, entre las décadas del 20 y el 40, surgieron autores que se caracterizaban por ser “inmorales”, “escandalosos” o “pornográficos”; uno de ellos es Juan José de Soiza Reilly (La muerte blanca. Amor y cocaína, 1926; Las timberas. Bajos-fondos de la aristocracia, 1927-1928, entre muchos otros textos), cuya actividad como cronista y narrador lo colocó entre los escritores más vendidos del momento, con obras que no dudan en presentar la corrupción presente en las clases dominantes. Omar Viñole, por su parte, no solo realizaba lo que en la actualidad llamaríamos “performances” de notoria efectividad, sino que publicaba textos poco clasificables donde se dedicaba a injuriar y escandalizar a sus contemporáneos (El hombre que se depiló la ingle, circa 1935, y muy posteriormente El hombre de la vaca, 1956). En esto último, se emparentó con Raúl Barón Biza, hombre ligado a las “asonadas” cívico-militares emprendidas por el proscrito radicalismo, quien, en su narrativa de hombre rico y experimentado, pretendía desnudar las lacras que –según él– la sociedad bienpensante unida a la Iglesia católica intentaba esconder (su novela más famosa es El derecho de matar, 1933). Las escrituras rupturistas en lo moral que caracterizaban a los escritores citados siempre están remitiendo a críticas de fuerte carácter político y social. La represión estatal, oficializada en la Década Infame, constituye el marco de sus acciones o producciones literarias.

Por diversas razones, donde sobresalen las “morales” y “religiosas”, las obras y los autores mencionados se alejaron de toda ortodoxia, construyendo discursos excéntricos y heterodoxos.

Tercer momento

En lo que hemos considerado como el tercer momento de emergencia de lo heterodoxo y que comprende mediados del siglo xx (1940-1970), identificamos básicamente dos grandes líneas: una que reconfigura lo local; otra que traba relación con diversas artes.

Al avanzar sobre el siglo xx, advertimos que, desde la década del 50, en medio de un entramado heterogéneo, de indefinición entre ortodoxia y heterodoxia, se desarrollaron –entre otras– las obras de creadores provenientes de artes diversas que producen literatura, así como un corpus ficcional claramente enmarcado en posiciones políticas, filosóficas y religiosas explícitas, con una visible impronta latinoamericana. También se observa una progresiva reconfiguración y flexibilización de corrientes literarias instituidas (neorrealismo, neovanguardismo), que reordenaron las coordenadas del campo literario.

Las décadas de 1960 y 1970, caracterizadas por su efervescencia cultural, vieron surgir también obras de carácter experimental, textos híbridos donde la fusión entre las artes adquiría nuevas formas de expresión. Una obra representativa del momento es Una sociedad colonial avanzada, libro publicado en 1971 por Luis Felipe “Yuyo” Noé. Este creador puede ser estudiado no solo como un “artista plástico que ocasionalmente escribía”, sino como un artista que pintaba y escribía, inscrito en una genealogía literaria con modos de escritura y presupuestos ideológicos comunes, que marcaron la producción escritural de muchos autores latinoamericanos contemporáneos. Artistas cuya “especialidad” no es precisamente la literatura y no se presentan como “escritores”, sino como creadores que exploran otras formas de expresión, fuera de aquella que los define. Su producción, muy poco estudiada, también puede ser considerada una manifestación heterodoxa.

Algunos textos cortazarianos se insertan dentro de la misma perspectiva amplia, de fusión y de creación. Entre ellos sobresalen: Buenos Aires, Buenos Aires (1968), libro con fotografías de Sara Facio y Alicia D’Àmico, coautoría que se repite en Humanario (1976); Silvalandia, escrito en colaboración con el artista Julio Silva, que fue publicado en 1975; Prosa del observatorio (1972); Territorios (1978), ensayos heterodoxos sobre las artes que emergen de la obra de 17 artistas; La vuelta al día en ochenta mundos (1967); Alto el Perú (1984), textos exploratorios de Perú con fotos de Manja Offerhaus y escritos del autor; el diario de viaje escrito con su última esposa Catherine Dunlop, Los autonautas de la cosmopista (1983). Ligado al experimentalismo en relación con los formatos y la edición, podemos nombrar Último Round, publicado en 1969. De esta forma, a partir de la confluencia entre lo visual y lo escrito, se genera una nueva interdiscursividad entre narrativas de la literatura argentina y otras artes, en cuanto se plantean las relaciones entre literatura, fotografía y performance como discursos heterodoxos en los cuales múltiples dispositivos están funcionando al mismo tiempo. Este aporte resulta relevante pues señala un modo interartístico de escritura y permite postular un estudio diferente de Cortázar, cuyas obras antes mencionadas, aunque él sea un autor que parece legitimado en el campo literario universal y nacional, son poco abordadas aún hoy por la crítica. Su acceso sigue resultando difícil y su lectura desnuda creaciones alejadas de perspectivas canónicas.

El año 1969, en el Instituto Torcuato Di Tella, se celebraba la Exposición Internacional de Novísima Poesía, que reunía poesía visual en formato bidimensional y tridimensional, una sección de poesía fónica y gran cantidad de publicaciones experimentales latinoamericanas e internacionales. Coordinada por el polifacético artista platense Edgardo Antonio Vigo, esta muestra de poesía visual-experimental fue la primera y más importante de Argentina. Se trata de otro artista relevante para esta vertiente heterodoxa que estamos reseñando.

La otra línea que hemos indicado involucra el surgimiento de un discurso que tuerce la lógica del nativismo y enuncia desde la asunción de una geocultura como clave estética, política y vital. La marca del color local, en su doble fórmula paisajística y costumbrista, para definir lo nacional es la preceptiva que asumen los nativistas (Rafael Obligado, Martiniano Leguizamón, Joaquín V. González, entre los más representativos). Esta tendencia poética letrada cuyo precursor es Esteban Echeverría y cuyo régimen de enunciación tiene límites racistas (La cautiva) o de clase (El Matadero) se ubica en una posición paternalista y de extractivismo cultural (Romano, 1991). El Santos Vega (1885) de Obligado, a la par que construye los espacios con grados importantes de artificialidad, evidencia un modo de apropiación de las tradiciones populares en beneficio del patriciado.

Por fuera del patronazgo, de la postal del paisaje, de los usos “nacionalistas” de lo local, a partir de mediados del siglo xx, comenzaron a emerger voces que escribían ensayando una “tonada” como modulación particular en la marca de homogeneidad impuesta desde el Centenario. El fenómeno político de revulsivo cultural que significó el primer peronismo histórico permitió la visibilización de un nuevo sujeto que hasta ese momento aparecía absolutamente subalternizado. El empoderamiento de la clase trabajadora y las migraciones internas que transformaron a las grandes ciudades y les dieron un perfil más diverso en los circuitos de producción, circulación y consumo de productos culturales repercutieron en la industria cultural e impactaron en las políticas estatales. Estas apuntalaron un proyecto inclusivo y democratizador que incorporó a sectores tradicionalmente marginados del acceso a la cultura. Así, por ejemplo, el suplemento cultural del diario La Prensa (en manos de la CGT, luego de la expropiación) produjo un discurso periodístico cuyo lector modelo era ese nuevo sujeto histórico identificado con el peronismo: los sectores populares, ligados al campesinado, al interior del país. De allí el tipo de lenguaje, las referencias culturales de los relatos y las poesías que se publicaban, y la irrupción de la oralidad; una puesta en escena de las voces “interiores” (en el sentido de las hablas del interior del país). Esta apertura permeó en la segunda mitad del siglo xx en la configuración de poéticas claramente lugarizadas, pero que seguían la lógica del boom.

Sin lugar a dudas, podemos decir que la década del 60 estuvo organizada en torno a este fenómeno literario: el llamado “boom latinoamericano” tanto como estética cuanto en el plano editorial. La centralidad canónica de esta década se constituyó alrededor de lo que podríamos llamar “la mirada macondista” y sus variantes. En el caso argentino, este modelo lo ocuparon Julio Cortázar y Rayuela (1963). Así pues, se trata de una década cuyas centralidades están claras (Borges, Sábato, Cortázar). En función de esta corriente dominante, podemos señalar, aunque con mayor intensidad en los 70 y 80, la aparición de un conjunto de narradores que disputarían ese estilo de literatura latinoamericana delineado en torno al boom. Para situarnos, podemos mencionar a escritores como Daniel Moyano, Elvira Orphée, Juan José Hernández, Antonio di Benedetto, Haroldo Conti, Libertad Demitrópulos y Héctor Tizón, entre otros.

Como señala Erna von der Walde (1998), resulta interesante preguntarse si la estética del realismo mágico es una ruptura o una reproducción de ciertos modelos imperiales de construcción de la cultura del “otro”. Si seguimos su razonamiento, entendemos que, en líneas generales, estos textos construyen una imagen colectiva latinoamericana que resulta sumamente accesible a los patrones de lectura coloniales, tanto europeos como norteamericanos. Desde el punto de vista lingüístico, se construyen en un español entendible y traducible, desprovisto de marcas de localía fuertes que dificulten su accesibilidad a un mercado literario signado por la internacionalización. Al mismo tiempo, la impronta de la Revolución cubana y las afinidades literarias que despierta sirvieron como estrategia de visibilización de un continente y una forma de hacer literatura.

Es frente a esta ortodoxia del sistema literario frente a lo que podemos relevar la aparición del grupo de escritores de provincia como un grupo diferente y heterodoxo. Es necesario aclarar que llamar “grupo” a estos escritores es ciertamente paradójico, ya que se constatan una variedad de propuestas estéticas y poéticas divergentes que se alejan de todo espíritu programático. No obstante, más allá de las diferencias, se trata de una constelación que redispone una serie de oposiciones binarias que estaban sumamente presentes en la configuración del sistema literario de la época. De modo sucinto, podríamos decir que se configuraba un prejuicio según el cual la literatura “de provincias” podía ser asimilada a partir de los descriptores región-barbarie-tradición-conservadurismo. Frente a esta cadena, se proponía una literatura capitalina (entiéndase Buenos Aires) signada por las ideas de civilización-modernidad-progresismo.

Es la primera serie de características (marcadas negativamente) las que entrarían en discusión con estos escritores. Pero la disputa no sería por la “renovación” de estas estéticas –vale decir, su adaptación a un mercado transnacional de escritura–, sino lo contrario. La apuesta sería por una escritura con fuertes marcas de localía –ya no “color local”–. Estas marcas suponen un trabajo con la oralidad heterodoxa de las diferentes regiones argentinas, a partir de la cual se puede construir lo que Roa Bastos llamó, a propósito de Moyano, un “realismo profundo”. Como se observa, la condición heterodoxa de estas propuestas radica en que se distanciaban por igual de los dos polos en pugna que hemos reseñado: el polo macondista y el polo folclorista. Asimismo, esta situación escrituraria supone alejarse también del modelo de consagración que proponía la revista Sur, enfocada en una estética porteña con ecos europeizantes y modernos en tensión con esta propuesta. Además, como lo señala Martín Prieto a propósito de Di Benedetto, “el lugar del escritor en la provincia [era] intransigente por un lado con las convenciones del lugar, pero por otro lado ávido del reconocimiento de la gente de ese mismo sitio” (Prieto, 1999, p. 346). Así, el desarrollo de voces diferenciadas desde el interior de la Argentina fue, desde todo punto de vista, heterodoxo. No preexiste un sitio donde se pueda situar esta escritura, sino que, por su carácter confrontativo –aunque no de modo explícito–, lo que logró es conformar un nuevo espacio del decir y desde dónde decir.

El propio Moyano, tomado como ejemplo, destacó caracteres comunes y semejanzas del grupo fundadas básicamente en su común origen provinciano, y en una trayectoria literaria orientada desde el interior hacia la capital. Nuevamente fue Roa Bastos quien destacó la característica principal de todos ellos: “… superar las limitaciones del regionalismo, en sus formas más epidérmicas y tópicas” (Roa Bastos, en Prieto, 1999, p. 343). Se produjo una ruptura del modo tradicional de representar las geografías provincianas, heredero del nativismo y regionalismo que se habían desarrollado hasta el momento. El “interior” adquirió otras connotaciones, alejado del costumbrismo y los ribetes cuasi folklorizantes. Los escritores adoptaron un discurso renovado y heterodoxo para contar lo local.

Precisamente, algunas de las novelas de Daniel Moyano –en particular El trino del diablo (1974), El vuelo del tigre (1981) y Tres golpes de timbal (1989)– ingresaron en una nueva discursividad que, a pesar de emparentarse con el realismo mágico, presentaba matices propios. Resultaba heterodoxa la relación que se estableció entre literatura y música, la cual, a pesar de no ser un tema nuevo, proponía un modo original de interrelación. No se trata, tampoco, de elecciones estéticas similares a las del citado Luis Felipe Noé, sino del desarrollo de una escritura donde lo local se universalizaba y abandonaba el costumbrismo en virtud de la particular confluencia entre los discursos de ambas artes.

Cuarto momento

En la medida en que nos acercamos a la literatura extremo-contemporánea, es preciso referir las que, desde la perspectiva que venimos trabajando, son las principales líneas que conjugan la heterodoxia literaria desde los años 80 hasta la primera década del 2000. Dada la cercanía del corpus abordado en este último punto, las líneas de trabajo se constituyen como horizontes de visibilidad que no planteamos como exclusivos, sino como emergentes. Así pues, se trata de un campo de trabajo abierto y en mutación (mucho más, incluso, que en los momentos anteriores). Recorreremos, entonces, las tres principales líneas que se configuran en este período: la reescritura de las narrativas de frontera; la construcción de un corpus de literaturas producidas por escritores provenientes de diversas etnias aborígenes; y la visibilización de las literaturas trans-travestis.

Las problemáticas de frontera, tan caras al siglo xix, irrumpieron de manera prolífica en la literatura en el período de entresiglos xx y xxi. Sin embargo, no se trata solamente de retornar al siglo xix, de volver a tematizar el desierto, la cautiva, el indio, sino de fisurar un discurso colonial, liberal, racista, sexista. Las reescrituras y reapropiaciones operan en la discursividad literaria y hacen decible aquello censurado en la escritura falocéntrica, lo apenas susurrado por las mujeres escritoras decimonónicas. Así, las cautivas son cuerpos sexuados, deseantes y no meros objetos de deseo; los indígenas abandonan la animalidad y se configuran desde la diversidad humana. Entonces, los juegos de seducción mutua, las posibilidades de relaciones interétnicas son los motores de muchos de los relatos: El placer de la cautiva (2000) de Leopoldo Brizuela, La lengua del malón (2003) de Guillermo Saccomanno, Finisterre (2005) de María Rosa Lojo son algunas de las obras que podemos mencionar al respecto. Ellas encarnan una de las líneas de la heterodoxia literaria en este cuarto momento. Implica una recuperación de la ya señalada desde el género literatura de fronteras y de las mujeres escritoras que se producía desde 1850.

Encontramos en estas reescrituras un ensanchamiento de esos tópicos recurrentes en el siglo xix, con un cambio de ojo observador y también de voz narradora. Como ya mencionamos, la fisura al discurso ortodoxo decimonónico se construyó a partir de las voces alternativas de, por ejemplo, las cautivas, que abandonaron la configuración de cuerpos frágiles tomados por la fuerza del malón. En ese mismo sentido, el indio dejó de ser el sujeto colectivo sin individualización, cual turba de otredad absoluta: ahora tiene nombre, es portador de una subjetividad que busca la empatía de los lectores. Tal es el caso de novelas como La cicatriz (2008), de Daila Prado, y El país del diablo (2015), de Perla Suez.

Apareció, además, la construcción de otros personajes de frontera como los viajeros investigadores, científicos naturalistas, que semantizó a contrapelo el discurso cientificista del siglo xix. Un ejemplo de ello se patentiza en la nouvelle La locura de Onelli (2012) de Leopoldo Brizuela.

Si la línea sur ha sido configuradora de identidades hegemónicas “nacionales” y ha promovido profundos debates sobre ella, en el período de entresiglos xxxxi la Patagonia se volvió plural (Mellado, 2015) en las formas de enunciación en y desde ella. Por un lado, encontramos escrituras sobre la Patagonia que se recuestan en su discurso fundacional: la desmesura, la extensión territorial, lo inhóspito, zona de tránsito y no de vida (Bittar, 2019); por otro, se conformó un grupo de nacidos o residentes en la región (por ejemplo, Rafael Urretabizkaya, Cristian Aliaga, Pablo Yoiris, Luisa Peluffo) que la eligieron como lugar de enunciación. En estos escritores reconocemos ese ojo observador sensible, que brinda la experiencia afectiva con el territorio que se habita y desde el que se escribe. Las operaciones escriturarias sobre lo cotidiano del territorio en los escritores patagónicos, las poéticas del territorio vivido se caracterizan por su indeterminación espacial. Existe poco interés en el contexto, porque lo importante no es la tematización del espacio, sino el drama íntimo que los personajes experimentan.

Los lugares de enunciación son plurales como la Patagonia misma y proponen una escritura reversa para la literatura de la región. Silvia Rivera Cusicanqui, a propósito de la exposición Principio Potosí Reverso, afirma que “el sur es el reverso del mundo hegemónico” (2010). En ese sentido, legitimar el sur como lugar del decir, a contracorriente del imaginario hegemónico y de las formas de enunciarlo, es ante todo legitimar una afiliación identitaria, y es una propuesta de palabra otra, puente y herida de la narrativa fundacional, marca de la heterodoxia en el relato patagónico. La narrativa del sur no solo propone la lectura en reverso para una nueva semantización del territorio y las subjetividades patagónicas, sino que es en sí misma el reverso de la narrativa sobre la Patagonia de escritores foráneos. Habitar la Patagonia supone una “territorialización subjetiva” o un “espacio vivido” (Guattari y Rolnik, 2006, p. 85). Así es que la singularidad de los escritores deviene de la particularidad de su pertenencia patagónica.

Como podemos ver, las problemáticas de frontera en este cuarto momento emergieron con gran complejidad y avanzaron sobre lo que hemos concebido como literatura fronteriza (Bocco, 2016). Se trata de reapropiaciones del género “literatura de frontera” que actualizan los conflictos culturales e identitarios desde personajes en tránsito, de cruce y atravesamiento que, desde identidades no centrales o marginales, disputan los sentidos históricos y permiten recuperar un relato y definir una identidad nueva en la que se intersecan todas las anteriores. Esta construcción identitaria se reapropia de las fronteras, desnaturaliza funciones y evidencia su condición colonial. De esta manera, la literatura fronteriza opera en la disputa entre dos conformaciones culturales asimétricas y contrapuntea el legado colonial hegemónico y ortodoxo; consume la matriz de la modernidad que impone la desmemoria, el pensamiento único, el racismo, el clasismo. Por ejemplo, la saga Tama (2003), Lengua madre (2010) y Los manchados (2015) de María Teresa Andruetto es una muestra de ello.

Vinculada estrechamente a las escrituras de fronteras, se desarrolla la otra línea heterodoxa de este momento extremo-contemporáneo. Nos referimos a las producciones poéticas de escritores e intelectuales de comunidades indígenas. Actualmente, atestiguamos un importante proceso de reivindicación y vigorización de las cosmovisiones y de las culturas aborígenes, destacándose el caso mapuche, junto con la revitalización de la lengua originaria que lleva a muchos poetas que son parte de esta etnia a la publicación en doble lengua. Este es el caso de la obra poética de Liliana Ancalao: Tejido con lana cruda (2001), Iñchiu (2006), Mujeres a la intemperie. Pu zomo wekuntu mew (2009), y Rokiñ (2020), a las que se suma una producción ensayística como Küme Miawmi – Andás bien (2014). Su poesía no es una excepcionalidad: Viviana Ayilef, Rubén Curricoy, Aylin Ñancucheo, María Elena Millanahuel, Mario Ñancupe, Laureano Huaiquilaf y Ñancu Rupai amplían este corpus. Pero, además, reconocemos escritores que, desde diferentes procesos de reetnización, vuelven sobre las prácticas, las lenguas, los rituales de sus ancestros y los vuelcan en una escritura diglósica, bilingüe, autotraduciéndose o con la colaboración de un traductor de la comunidad. Aparecieron así en escena Mario Castells, guaraní, Víctor Zárate, qom, Lecko Zamora, wichi, Sandro Rodríguez, diaguita, entre otros.

¿En dónde se asienta la heterodoxia en esta línea? En primer lugar, en el desafío al monolingüismo impuesto desde la literatura nacional. En segundo lugar, en la resignificación de la propia noción de “literatura”, ya que muchos de ellos se reconocen productores de oralitura: construcción desde las voces de los mayores y de los antepasados como principal fuente de conocimiento y sabiduría de los pueblos, sosteniendo la voz personal (Chihuailaf, 1999). Es decir, su poesía hace estallar la matriz eurocentrada de letra, genio individual, autonomía. En tercer lugar, en una nación que se autopercibe “blanca”, que hizo de la civilización el programa decimonónico, que esconde el racismo bajo diferentes formas estigmatizantes y de ejercicio de la violencia; el hecho de que los descendientes de indígenas salgan a disputar espacios en el campo literario deber ser tal vez una de las prácticas socioculturales más revulsivas de la actualidad. La doble lengua es la trinchera en la que estos escritores reconstruyen sus identidades y se nombran en el mapa que han delineado otros, desde cosmovisiones que les son distantes.

En cuanto a la tercera línea señalada, encontramos que ya desde la década del 60 se semiotizan una serie de experiencias fundamentalmente vinculadas a las disidencias sexuales, que habían tenido un espacio reducido y marginal en el sistema literario argentino. Vivencias y experiencias que fueron dejadas de lado por la lógica falogocéntrica dominante a la hora de construir legitimidad. Resulta claro que, en cualquier rastreo histórico sobre los modos de representación de gays, lesbianas, travestis o transexuales, nos encontramos con una escasez de voces que abordan estas identidades. Sus saberes, sus discursos y sus prácticas han sido históricamente relegados al ámbito del silencio.

Es insoslayable, en este aspecto, el papel de Osvaldo Lamborghini (1940-1985), donde la relación con el psicoanálisis, el arte y la militancia política impregnan una literatura que pone al cuerpo como centro de las relaciones de poder y, asimismo, como base de la performatividad del lenguaje. Su literatura se caracteriza por la desterritorialización de la lengua, la vinculación de lo individual con lo político y su carácter colectivo (Deleuze y Guattari, 1978). Formó parte, dentro de la literatura argentina, de lo que Noé Jitrik describe como atípicos: escritores y obras que residen en el sistema literario como “tumores enquistados, como indigeribles o inasimilables” (Jitrik, 1996a, p. 6). Sus manifestaciones se enmarcan en el rechazo o existen paralelamente y solo tienen conocimiento de su valor crítico “aquellos que no se satisfacen con la mera aceptación de lo consagrado” (1996a, p. 6). Así, la marginalidad de su narrativa es lo que se aparta voluntariamente o lo que no se admite porque no entiende la exigencia canónica, o por un espontáneo situarse fuera del universo legal de la producción artística (Jitrik, 1996b).

Desde este lugar de exclusión con respecto a la literatura mayor, Osvaldo Lamborghini proponía una narrativa en la cual el cuerpo opera como lugar de dominación que se impone junto con el sexo y la violencia. Resulta de importancia destacar que el planteamiento de las ficciones de Lamborghini en el modo de trabajar el cuerpo desde relaciones dialécticas de poder que propuso entre fines de los 60 y los 80 y que lo hacía parte de la literatura menor argentina constituye un tópico central para las discusiones en torno a las corporalidades, que comenzaron a plantearse en el siglo pasado (Foucault) y que siguen siendo discutidas en este siglo (Butler). De la misma forma, sus obras se ubican entre las esenciales para entender las manifestaciones literarias contemporáneas y heterodoxas, dado que su voz resuena en gran parte de las escrituras actuales.

Así como Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher y Copi conforman los “hijos bastardos de la literatura argentina” (Rosano, 2008, p. 203). Por ejemplo, en las obras Eva Perón (1969) de Copi y Evita vive (1975) de Perlongher; la primera, una pieza teatral, y la segunda, un cuento compuesto por tres historias, se retrata la figura de Eva Perón desde una estética camp con una visión paródica y mordaz, razón por la cual fueron censuradas. Gabriel Giorgi (2014) propone repensar las relaciones existentes entre la cultura y la biopolítica, es decir, la política que se ocupa del bios. Dentro de esta red de control sobre los cuerpos, el camp viene a romper con lo institucionalizado. Por lo tanto, es posible deducir que los personajes de Perlongher y Copi se encuentran en la vereda contraria del bios: son los marginales, los ignorados por el Estado (Caminada, 2020).

Si nos adentramos en la década del 80, advertimos que se proseguía con el camino marcado por Lamborghini, Perlongher y Copi, tanto en el campo de la poesía, como en el de la narrativa. Además, como es claro, el regreso de la democracia favoreció la conformación de un clima cultural más propicio para la producción y circulación de textualidades heterodoxas vinculadas a las disidencias sexuales. En el plano teatral, las performances de Batato Barea, Fernando Noy y Alejandro Urdapilleta son un claro punto de inflexión.

Estas líneas emergentes, a partir de los 2000, comenzarían a resultar cada vez más visibles en el sistema literario, y aparecería la posibilidad de conformar una constelación literaria. En este sentido, son fundamentales los libros de poemas Batido de trolo (2005), de Naty Menstrual, y el Poemario Trans Pirado (2011), de Susy Shock. En el plano de la narrativa, es igualmente relevante señalar la publicación de Continuadísimo (2008), también de Naty Menstrual, Los topos (2008), de Félix Bruzzone, y La virgen cabeza (2009), de Gabriela Cabezón Cámara.

Como puede deducirse de las fechas, con el advenimiento del nuevo siglo, se intensificaron la publicación y la circulación de textos que, en las décadas anteriores, tenían un carácter marginal. Esta progresiva toma de la palabra que se constata en la literatura se dio en forma conjunta con la intensificación durante los 90 de las luchas por la reivindicación de las identidades disidentes y trans-travestis impulsadas por Lohana Berkins, Marlene Wayar o Diana Sacayán, por mencionar las activistas más relevantes.

La centralidad actual de los textos, por ejemplo, de Camila Sosa Villada es la parte visible de una discursividad que durante años pugnó por tener un espacio en el concierto social y se pensó desde la heterodoxia, tanto en el plano genérico-textual cuanto genérico-sexual. No hablamos de textualidades marginales, sino marginalizadas –rasgo propio, como señalamos anteriormente, de la heterodoxia–. Lentamente, a partir de las últimas dos décadas, las luces teóricas y críticas se han enfocado sobre estas producciones y las han puesto en valor. Pero es preciso tener presente que, mucho antes de la llegada de la academia, una poética trans-travesti latinoamericana se fue gestando en condiciones de precariedad. E incluso su inscripción en el orden legitimado de lo literario ha sido objeto de debates y omisiones. En el mismo sentido, las narrativas y poéticas masculinas han demostrado vergüenza y temor a la hora de abordar los cuerpos travestis y las sexualidades no hegemónicas.

La situación descrita no es privativa de las letras argentinas. La escritora y activista chilena Claudia Rodríguez señala algo semejante:

¿Cómo es posible que hoy en día, por ejemplo, en Chile, las personas trans en las organizaciones no nos consideramos parte de la historia de nuestro país? […] yo siento que estamos en eso, tratando de elaborar esa parte de la historia que no fue contada (Wayar, 2019, p. 30).

Quizás en el futuro ya no sea necesario generar una categoría específica que englobe una literatura trans-travesti; pero, dadas las condiciones, este rótulo es mucho más que una mera etiqueta: es una posibilidad de visibilizar una producción literaria que, hasta hace poquísimos años, no se avizoraba en ningún horizonte de lectura.

Para finalizar, queremos señalar que estas tres líneas se ven avanzar porque hay condiciones de decibilidad y empoderamiento de los sectores involucrados, con el apoyo de algunas políticas estatales desarrolladas entre 2003 y 2015[1]. Sin embargo, a pesar de esto, en paralelo, sigue habiendo formaciones discursivas duras con representaciones negativas para con las mujeres, las disidencias, los y las indígenas. Es decir, la persistencia del racismo y el clasismo genera sus representaciones a partir de la máquina cultural más prestigiosa desde el punto de vista tradicional.

Conclusión

En este texto hemos trazado un recorrido que parte de mediados del siglo xix y llega hasta la contemporaneidad. Evidentemente, en estas páginas no pretendemos ser exhaustivos, más bien lo que hemos delineado son las huellas por un camino incierto. Incierto en un doble sentido: por un lado, en cuanto toda historización supone el recorte, la omisión, el olvido o, incluso, el silenciamiento. Somos conscientes de la imposibilidad de realizar un trabajo que aspire a la totalización de contenidos. Y, además, por otro lado, la incertidumbre aparece en el mismo objeto de estudio. Dadas las particularidades de la categoría heterodoxia, el trabajo de mapeo pasa de ser algo vinculado a la relativa estabilidad del territorio a la inestabilidad de las nubes. Rastrear un corpus de textos que se constituyen desde la marginalidad, la distancia con el canon y la heterodoxia supone ver en aquello que es invisible. Siendo esto así, es siempre difícil saber cuánto se ha podido ver en lo invisible.

La aproximación a una periodización aquí propuesta emerge de los trabajos que quienes forman parte del equipo han realizado en este libro y en las publicaciones anteriores. Las particiones no han sido impuestas a los objetos previamente, sino que se establecieron posteriormente, fruto de la reflexión conjunta a lo largo de los años. Así, este texto se piensa como una recolección y organización de trabajos e ideas que, en ocasiones anteriores, parecían ser puntos sueltos. De algún modo, este texto es fruto de la búsqueda de constantes, semejanzas e insistencias en un material que a priori se mostraba asistemático y esquivo.

Como encontramos en las páginas anteriores, pensar a partir de la categoría heterodoxia nos ha llevado a investigar en textos desconocidos. Pero también sobre otros que ya gozan de cierto reconocimiento académico. Hemos tratado de desarticular la dicotomía clásica centro-periferia que en tantas ocasiones ha organizado la dinámica de los estudios literarios. Nos parece un aporte significativo, pero se debe seguir profundizando. Esta tarea por desarrollar no es solamente una actividad de “excavación” para seguir incorporando textos a la clasificación propuesta. Por el contrario, la avizoramos como una reflexión que busca repensar y discutir lo que significa producir literatura desde nuestro país y desde América Latina.

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  1. Nos referimos a una serie de leyes promulgadas durante este período y que habilitan nuevas posibilidades del decir: anulación de Ley de Punto Final y Ley de Obediencia Debida (2003); la modalidad de educación intercultural bilingüe en el marco de la Ley de Educación Nacional (2006); anulación de los indultos a los represores (2007); Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (2009), Ley de Matrimonio Igualitario (2010); Ley de Identidad de Género (2012).


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