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Sobre el concepto
de “heterodoxia literaria”[1]

Genealogías, postulados, derivas
y redes categoriales

Andrea Bocco, Gabriela Boldini, Javier Mercado, Hina Ponce y Eloísa Auat García

Genealogías

Desde nuestra condición de investigadores de una universidad pública, en un país emergente con historia colonial, la singularidad de nuestras literaturas nos obliga a repensar las nociones forjadas por una disciplina parametrada desde lógicas otras y nos desafía a trazar, localizadamente, categorías que no aplanen nuestras particularidades ni nos ubiquen como meras escrituras epigonales. ¿Con qué herramientas explicar aquellos fenómenos literarios que no operan desde las matrices imperantes, que las niegan, que insinúan quedar al margen, ser el margen, desde un gesto de extemporaneidad, desajuste, subalternidad? Frente a esta necesidad, la heterodoxia literaria asomó como un principio de respuesta que fue avanzando desde un tanteo inicial hasta una sistematización más compleja. Nos proponemos aquí desarrollar, con mayor detenimiento, algunas implicancias teóricas en la invención de esta categoría que nos resultó operativa para pensar situadamente.

La noción de “heterodoxia literaria” se ha ido forjando desde un trabajo conjunto, a lo largo de los años, en sucesivos proyectos de investigación, publicaciones[2], seminarios de grado y posgrado, mesas redondas, paneles. Así, en 2006[3], se construyó un objeto inicial de estudio: el cruce entre esoterismo e iluminismo en la literatura argentina de finales del siglo xix. El propósito central al abordarlo fue pensar la relación entre la literatura argentina y las “heterodoxias” religiosas que aparecieron a finales del siglo xix y principios del xx en nuestro país. Por ello, la categoría fue construida a partir del estudio de la presencia de discursos provenientes de estas heterodoxias en los textos literarios. El esoterismo cristiano, la teosofía, el espiritismo y otras discursividades cercanas a las religiones de Medio Oriente impactaron con fuerza en escritores canónicos y no canónicos argentinos. Lucio V. Mansilla, Eduardo Ladislao Holmberg, Leopoldo Lugones, Ricardo Güiraldes o Leopoldo Marechal son los ejemplos más destacados.

Al mismo tiempo, advertimos que en los escritos literarios no se buscaba simplemente el exotismo o la mirada curiosa sobre estos fenómenos. Antes bien, ya sea en textos ensayísticos, programáticos o ficcionales, lo que primaba era un afán de concordia, de diálogo entre una tradición cristiana preexistente y las prácticas heterodoxas. De esta forma, la categoría “sincretismo” emergió como la manera más clara de estudiar la heterodoxia literaria.

Desde el punto de vista etimológico, la noción de “sincretismo” señala la posibilidad de reunión compacta que se hace de elementos disímiles a partir de una amenaza común. Se utilizó originalmente para referirse a los habitantes cretenses, cuyas facciones opuestas no dudaban en reunirse para pelear mancomunadamente contra sus enemigos. Por extensión, la tradición cristiana católica se apropió del vocablo para señalar las “confusiones” que ciertos grupos sindicados como menores o heterodoxos tenían entre la doctrina cristiana y elementos provenientes de otras creencias y filosofías, como puede ser el caso de los misterios griegos, las religiones solares mediorientales o el budismo. Como resulta fácil advertir, la idea de sincretismo delimita, para poder funcionar, una zona de ortodoxia y otra de heterodoxia. Y, evidentemente, el monopolio del poder en ciertos campos construye límites y marcas que se encargan de separar con claridad lo que se considera ortodoxo de la confusión y entrevero de lo heterodoxo.

De esta manera, en los primeros trazos investigativos, estas cuestiones se abordaron en un corpus que exponía centralmente la circulación de ideologías y creencias alternativas a finales del siglo xix y principios del siglo xx: anarquismo, socialismo, espiritismo, teosofía. Uno de los focos estuvo puesto en la producción de Eduardo Ladislao Holmberg, despuntando los modos en que su escritura, a partir de la centralidad que lo científico tenía en el contexto modernizador, opera con ello y establece, a la par, críticas a ese modelo.

En diálogo con la producción holmberguiana, el otro punto de atención estuvo puesto en Leopoldo Lugones. Se advierte en los cuentos de Las fuerzas extrañas un sincretismo entre el estudio pormenorizado de los avances de la física moderna y el espiritismo decimonónico. En estos relatos, y en especial en “Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones”, se dan ciertos cruces que han sido objeto de análisis. Puesto que, si bien en varios cuentos se advierte el problema de erigir al discurso científico en la única verdad considerable –tema, por lo demás, muy romántico–, la perspectiva lugoniana se propone ensayar una reunión entre la ciencia moderna y las pseudociencias que pulularon en la París finisecular. De este modo, los cuentos no se constituyen como una crítica al pensamiento científico, sino como la posibilidad de ampliar sus horizontes a partir del diálogo con otras prácticas esotéricas, alquímicas y cabalísticas. El maridaje entre ambos tiene como elemento de cruce que los saberes científicos no logran dar cuenta cabalmente de aquellos conocimientos a los que se puede llegar a través de la imaginación fantástica (Cf. Mercado, en Corona Martínez, 2011).

Así, la primera forma de definir lo heterodoxo tuvo estas particularidades. Lo heterodoxo literario no está referido a la posición dominante o no que un autor/a pueda tener en el campo de la literatura, sino al carácter receptivo o expulsivo que la dinámica del propio campo opera sobre ciertos textos por su tema, carácter o factura. Para ponerlo en un ejemplo: frente al carácter clave de un texto como Don Segundo Sombra, nos encontramos con otros textos que fueron expulsados tanto del campo literario cuanto de la obra del autor, como El sendero o Poemas solitarios. Mientras que el texto más conocido de Güiraldes es clave para entender el sistema literario de entresiglos, los libros de poemas –donde se recorren temas como el samadi, el yoga o la lectura del Corán– quedan relegados, excluidos, silenciados.

Recorridos por la heterodoxia

La genealogía construida hasta aquí ubica a la categoría “heterodoxia” con ciertos antecedentes en el plano de la filosofía y las religiones comparadas. Dentro del campo específico de los estudios literarios, no contaba con una trayectoria y, en nuestras búsquedas, no surgió como clara y diferenciada. Sin embargo, emergió con fuerza no solo como una marca que rastrear, sino también como un modo de leer.

Se trata, entonces, de una forma de leer cruzada que, claro está, intenta hacer crujir los patrones de lectura que se aplican comúnmente a partir de la herencia occidental. Desde el inicio de su constitución, el corpus de las literaturas de la Argentina se encuentra atravesado por textos que no responden a una dinámica de funcionamiento o clasificación europea. Pero tampoco presentan marcas que nos permitan clasificarlos como textos vanguardistas o “de ruptura” –clasificación europea, por cierto–, sino que, en su mismo modo de constituirse, hacen tambalear el sistema eurocentrado de géneros y máquinas de lectura.

En este sentido, podemos recuperar la consabida nominación de “libro extraño” que Ricardo Piglia construye para definir gran parte de la narrativa argentina. En Crítica y Ficción (2001), señala que la novela se abre paso en Argentina por fuera de los géneros consagrados europeos del siglo xix, y ubica a Sarmiento como iniciador de dicha tradición. Facundo se constituye como una “obra informe”, inclasificable en un determinado género discursivo. La indeterminación, la mezcla, los cruces discursivos parecieran configurar, entonces, modalidades específicas de escritura en América Latina.

Por ello, la noción de “heterodoxia” se posiciona como una herramienta conceptual que habilita modos y recorridos alternativos para leer, sistematizar, historizar la presencia de líneas disruptivas en diversos momentos del desarrollo de las literaturas en Argentina. Una primera sistematización a partir de lo dicho hasta aquí nos permite plantear que la entendemos como un saber, una práctica que se constituye dinámica e históricamente, de manera complementaria –pero asimétrica–, en relación con un “otro” ortodoxo. Se instituye como una categoría relacional, relativa e histórica, que rehúye de todo tipo de encasillamiento e inmovilidad semántica. Por ello, la perspectiva está centrada fundamentalmente en los modos de funcionamiento de esta categoría y la apertura hacia nuevos posicionamientos críticos y marcos epistemológicos no canónicos, que se implican en el análisis de los textos (Corona Martínez, 2013, pp. 7-16).

Está claro que la operatividad del concepto de “heterodoxia” (sus alcances y singulares procesos de construcción en cada uno de los textos) no se agota simplemente en la mera transferencia de conceptos teóricos, para el análisis específico de un corpus literario. Por el contrario, las lecturas han abierto problematizaciones y nuevas perspectivas para su estudio. Una de ellas, por ejemplo, es el reconocimiento de las múltiples “heterodoxias” que pueden estar operando y tensionando(se) dentro de un texto literario, un conjunto o un género discursivo; otra, las limitaciones o simplificaciones que se derivan del análisis dicotómico y excluyente del par categorial ortodoxia versus heterodoxia; también, la necesidad de diferenciar y deslindar el uso que hacemos de esta categoría, al ponerla en diálogo con otros conceptos teóricos cercanos, tales como “vanguardia”, “ruptura”, “canon”, “margen”, “periferia”.

Como señalamos, el sentido de la novedad –la ruptura con respecto al pasado y la deliberada marginalidad que pareciera caracterizar a las producciones estéticas y prácticas vanguardistas– no se asocia estrictamente con “lo heterodoxo”. Lo heterodoxo no se constituye necesariamente desde una premisa modernizadora y de avanzada con respecto a lo instituido. Lo arcaizante o conservador también puede ser leído en clave heterodoxa, en relación con una ortodoxia progresista. En este sentido, por ejemplo, Las primeras golondrinas (1922) de Cosme Mariño cruza estéticas anacrónicas y desplazadas como el naturalismo y el romanticismo con el objeto de propagar el espiritismo, lo que la ubica estéticamente como un producto residual (tengamos en cuenta que es contemporánea de la emergencia de las primeras vanguardias históricas). Pero, a la par, su novedad reside

en un intento de cambio social, fundado en la aplicación concreta de las concepciones del Espiritismo, en una posición en que la preocupación por el perfeccionamiento moral no descuida cuestiones concretas, situadas en una Argentina donde el “materialismo” vigente solo puede producir ruina (Corona Martínez, 2011, p. 159).

Lo heterodoxo tampoco se manifiesta en todos los casos como una práctica rupturista que desestabiliza, en su conjunto, las reglas que rigen lo narrable o enunciable en un determinado momento histórico, o la institución arte (objetivo al que aspiran las vanguardias). Puede representar una “novedad ostentatoria” (Angenot, 1998), un desvío, o una simple línea de fuga que no revierte de plano las lógicas instituidas del sistema. La heterodoxia, entonces, no disputa necesariamente una hegemonía. En este punto, podemos reconocer en algunos autores considerados por la crítica como canónicos líneas de fuga en su producción que no remiten al funcionamiento de lo ortodoxo. Tal es el caso de Miguel Cané y Eduardo Wilde, en cuya cuentística se puede advertir

[un] fenómeno de desviación de las temáticas y siempre en combinación con lo realista y científico […] en Cané arte y ciencia se combinan para generar un nuevo saber, tanto o más valiosos que el ortodoxo. En Wilde, las incursiones en lo subjetivo generan nuevas y creativas formas de relacionarse con el medio y describirlo, para indagar sobre las realidades profundas a las que el raciocinio no tiene alcance (Minhondo, en Corona Martínez, 2013, p. 92).

A su vez, la heterodoxia visibiliza las “fisuras”, las grietas imperceptibles que tensionan los elementos de un sistema, y desde allí construye lugares de enunciación que no resultan menores, ni menos potentes, que el “torrente revolucionario” de las vanguardias. Esto se lee con claridad en la producción literaria y periodística escrita por mujeres durante el siglo xix y las primeras décadas del xx. En estas escrituras, “lo heterodoxo” se manifiesta con distinto tenor en diversas dimensiones o campos discursivos (las retóricas, las perspectivas para leer y evaluar diversos procesos históricos, políticos y socioculturales, la perspectiva de género, entre otras cuestiones). De antemano, podríamos señalar también que la práctica escritural femenina (vale decir, lo que implica la asunción de la “autoría femenina” y su profesionalización) se constituye tácitamente sobre un lugar de enunciación heterodoxo, marginal, hacia el interior de un campo literario androcéntrico. De esta manera, un texto puede acentuar su disparidad en un plano, pero manifestarse más ortodoxo en otro.

Las escritoras hacen uso de esta vacilación y heterogeneidad como una estrategia discursiva para dejar ingresar su voz en el campo literario, manteniéndose al resguardo de la crítica demoledora, la condena o el silenciamiento indiferente. Los textos plantean, en muchos casos, propuestas de emancipación de género que permiten revisar estereotipos, pautas morales, roles sociales tradicionales asociados a “lo femenino”, demandas por la ampliación de derechos y el acceso a la educación, entre otras cuestiones, pero no cuestionan de plano ciertos núcleos “duros” del discurso hegemónico, como, por ejemplo, el rol social de la maternidad, atribuido a la mujer. Esta escritura intersticial (que oscila entre la prescripción y el desvío) caracteriza, en buena medida, a la escritura de mujeres en el lapso considerado. Los textos construyen espacios de autonomía, sobre un margen limitado de disidencia.

Por su parte, con prescripciones, tanteos y diferentes grados de autocensuras discursivas, las escritoras también dejan ingresar voces “otras”, periféricas y subalternizadas (indios, negros, mestizos, proletarios, bohemios), ideologías políticas disidentes, programas feministas, que ponen en tensión un proyecto liberal civilizatorio de nación blanca, moderna, progresista, patriarcal, eurocentrada.

La escritura femenina desarticula lógicas occidentales, pone en tensión el sentido excluyente del binomio civilización/barbarie, y también, desarma o resemantiza series canónicas del campo literario, como, por ejemplo, la literatura proletaria de Boedo (a través de las voces de las “boedistas” Sara Papier y Herminia Brumana), el sentido de las vanguardias, el nativismo criollista y el espesor de la categoría de “tierra adentro”, resignificado de una manera singular en la narrativa de Ada María Elflein y Victoria Gucovsky, las aguafuertes “femeninas”, entre otros ejemplos.

A su vez, en muchas ocasiones, se tiende a identificar exclusivamente lo heterodoxo con lo no canónico, lo que se posiciona en la periferia o en los márgenes del discurso social. Sin embargo, como mencionamos anteriormente, lo heterodoxo también puede estar presente en las producciones literarias de escritores canónicos y constituirse sobre una práctica de lectura. En este sentido, Umberto Eco (1993) señala que toda obra literaria es una “obra abierta”, que se completa y se nutre de sentidos en el proceso de recepción. Mijaíl Bajtín (1999), por otra parte, ubica los discursos literarios en una serie dialógica y de espesor histórico (el “gran tiempo”) que activa, remueve, permite la emergencia y reconfiguración de sentidos. De esta manera, resulta absolutamente plausible realizar lecturas heterodoxas de textos que han sido consagrados y monumentalizados por la crítica, como así también centrarse en el análisis de algunas producciones (que la crítica considera “menores”) de un escritor canónico.

Lo heterodoxo también se manifiesta a través de una serie de poéticas que habilitan los entrecruzamientos discursivos, el cruce de fronteras, las contradicciones. Para dar cuenta de estas intersecciones y esta pluralidad discursiva, los estudios del discurso han recurrido a conceptos como “hibridación discursiva” o “sincretismo” (también empleado en un sentido antropológico para referirse a relaciones de interculturalidad). Sin embargo, estas categorías teóricas –asociadas a lo heterodoxo– tienen sus limitaciones. La hibridación supone un proceso discursivo que invisibiliza la diferencia y deriva en un cruce “estéril”. El sincretismo, por su parte, puede interpretarse como una noción afín a metáforas como “crisol”: categoría que “homogeneiza”, neutraliza tensiones y contradicciones. Además, plantea relaciones entre dos elementos diferentes que se ubican en un plano de aparente horizontalidad[4].

Este entrecruzamiento discursivo es abordado desde las claves de la heterodoxia en el análisis que Julia Cisneros hizo sobre Xul Solar y que profundizó luego en la investigación sobre el artista platense Edgardo Vigo, en el diálogo entre literatura y artes visuales. La noción de “heterodoxia” le permite a la investigadora advertirla, en el abordaje de la poesía experimental de Vigo, operando en múltiples aspectos: sus temas, los modos de circulación, el estatuto marginal mismo de su obra respecto del canon del arte argentino, la transgresión y experimentación estética[5].

A su vez, Lucía Caminada Rossetti también ha transitado por ese cruzamiento entre lo verbal y lo icónico. En “A través del caleidoscopio de Cortázar: Territorios y zonas de dislocación” –artículo publicado en el libro colectivo Más allá de la recta vía (2015)– y “Julio Cortázar, entre fotografías y performance. Interzonas y Heterodoxias en la literatura argentina” –publicado en Mapa de la heterodoxia (2013)–, investiga la complejidad de la interacción entre fotografía, reproducciones de arte y texto que se monta en ese libro cortazariano y en el que se construye una narrativa heterodoxa que es intersticial y disloca la mirada del lector (que es a su vez espectador). Justamente, algunos de estos planteos son profundizados en el libro de Caminada Rossetti La mirada dislocada. Literatura imagen, territorios (2020). Libros raros y poco accesibles por su escasa reedición que incitan a plantear la siguiente pregunta: ¿por qué las obras híbridas de Cortázar lo colocan actualmente aún en la heterodoxia de la literatura argentina?

Trazos y derivas

Las especificidades y diversidades de los distintos corpus de lecturas han conducido a centrar el análisis y el funcionamiento de esta categoría en diversas dimensiones:

  1. las modalidades y formas de manifestación de “lo heterodoxo” hacia el interior de cada uno de los corpus;
  2. la configuración de series literarias heterodoxas que conducen a un replanteo o una reflexión crítica sobre la periodización y la sistematización del constructo “literatura argentina” en diversos momentos históricos;
  3. la reflexión crítica en torno a algunos constructos de base que se presentan de manera relativamente cristalizada y homogénea en nuestro campo de estudios.

En cuanto a lo señalado en el punto b, nuestras discusiones se focalizaron en la posibilidad de pensar momentos de condensación de la heterodoxia y de qué manera estos recortes temporales podrían periodizarse. Los resultados de ello están sistematizados en el capítulo incluido en este volumen “Devenires históricos de las literaturas heterodoxas en Argentina”.

Gran parte de nuestro trabajo a lo largo de los años estuvo focalizado en la manifestación de “lo heterodoxo” en producciones específicas. Justamente, clavando la mirada en los textos para, desde allí, abrirnos al diálogo con la teoría, fuimos construyendo el camino que nos condujo a la elaboración de una categoría analítica y a una perspectiva de lectura. Por ejemplo, el trabajo sostenido sobre la obra de Salvadora Medina Onrubia, llevado adelante por Marina Franchini, reúne producciones que se abocan al análisis de la heterodoxia en la obra de esta escritora[6]. Pero avanza aportando la categoría “descentrado/a”, a la que entiende como “una posición dinámica y relativamente consciente de un sujeto escritor que busca hacer ingresar en su escritura la problemática de su propia representación, distanciándose de las tendencias centrales y proponiendo un eje alternativo” (Franchini, en Corona Martínez y Bocco, 2015, p. 16).

En este sentido, entonces, la noción de “descentrado” nos permite ver una suerte de programa escriturario en algunos autores y autoras (como en Salvadora Medina Onrubia) que vuelca lo heterodoxo sobre su producción, en forma consciente.

Estas operativizaciones implican repensar la heterodoxia en relación con problemáticas teórico-críticas transversales y centrales a nuestra área específica de estudio. Nos referimos, por una parte, a la misma noción de “literatura argentina” en cuanto “literatura nacional”. En principio, se trata de denominaciones tradicionalmente configuradas desde una órbita portuaria, rioplatense, que ha universalizado y dictaminado sus propias lógicas, sus corpus específicos, desconociendo la heterogeneidad que caracteriza a las literaturas de la Argentina, o bien encasillando, rotulando y estableciendo de antemano modos particulares de “aprehender” dicha heterogeneidad. Deconstruir estas perspectivas colonizadoras permite reconfigurar el mapa de las literaturas en Argentina y reconocer, además, las formas, los procesos históricos de colonialidad (estética, cultural, política, de género) sobre los cuales se han demarcado las coordenadas de nuestro sistema literario. Todo ello conduce, en definitiva, a pensar la literatura argentina como una totalidad heterogénea (Cornejo Polar, 1994) que contiene series literarias construidas en tensión, textos canónicos y no canónicos, legitimados y periféricos, inscriptos en la letra o en la palabra oral; territorializaciones y temporalidades diversas, que no representan estrictamente “desajustes”, “destiempos” (en términos peyorativos) en relación con un canon o una cronología instituidos (Bocco, en Corona Martínez, 2011). Por eso, preferimos pluralizar el concepto para dar cuenta de la diversidad y la diferencia dentro de la totalidad[7]. De esta manera, la heterodoxia aparece como un modo de replantear teóricamente el propio objeto de estudio: desmontar la homogeneidad, hacer estallar “el” centro, diseminar centros y bordes que saturen un mapa múltiple.

Así, pensar lo heterodoxo comporta advertir que la literatura es considerada aún hoy desde un paradigma fuertemente occidental donde categorías que parecerían muertas –autor, prestigio, gusto, tradición– siguen direccionando en mayor o menor medida las elecciones y legitimaciones que marcan el centro del canon literario argentino. Proceder a la crítica de la matriz occidental-blanca-rioplatense de construcción de la literatura se nos impone y deriva de las implicancias de perspectivizar desde la heterodoxia literaria.

Una deriva central de lo que acabamos de plantear es de qué modo ubicar en el mapa de nuestras literaturas en la Argentina la producción de escritores provenientes de diversas etnias aborígenes. Lo heterodoxo, en este marco, comporta pensar las reflexiones que en torno a la palabra han hecho las comunidades originarias de nuestro territorio y el valor y el uso que les dan hado. Implica considerar qué otros modos de experiencia en torno a la palabra se han realizado en América Latina y el modo –problemático, heterodoxo– en el que podrían adscribir a la noción de “literatura”. Y también los modos en que las literaturas de Argentina permean las culturas populares urbanas que se traman y sostienen desde la heterogeneidad cultural.

Justamente, estos nudos problemáticos impactan directamente en la imposibilidad de sostener un constructo como el de “literatura argentina” en singular. De este modo, lo heterodoxo, en maridaje con las derivas de Antonio Cornejo Polar (1989; 1994) sobre literaturas heterogéneas y los estudios de frontera nos abren caminos para ver la productividad del concepto vertebral que venimos trabajando en la construcción de un abordaje metodológico que desmonte “la literatura argentina” para estudiar “las literaturas de la Argentina”.

Redes categoriales

Una lectura atenta de nuestros corpus nos fue permitiendo, como ya señalamos, componer herramientas propias y avanzar en precisiones conceptuales; incluso interpelar profundamente al propio objeto de estudio: la/s literatura/s argentina/s.

En ese derrotero, se fueron construyendo redes categoriales. Aparecieron así, con cierto peso, algunos aportes teóricos como los de Rodolfo Kusch (1986; 2000), con sus desarrollos sobre fagocitación, o los de Silvia Rivera Cusicanqui (2010), principalmente con el concepto de lo ch’ixi. También la vinculación con la categoría de frontera, noción interdisciplinaria. Se trata de herramientas a partir de las cuales seguir complejizando lo heterodoxo literario.

Así, la matriz central que Rodolfo Kusch recupera del pensamiento indígena, la dualidad, nos abre una perspectiva teórica para maridar la noción de “heterodoxia literaria” con la de “fagocitación”. Por un lado, el concepto kuscheano implica superar la lógica del pensamiento de la modernidad a partir de campos oposicionales (civilizados/bárbaros, cultura/naturaleza, progreso/atraso, superior/inferior, racionalidad/irracionalidad, centro/periferia). Este binarismo conlleva calificaciones, exclusiones, eliminaciones de uno de los términos a partir de la imposición sobre un otro. A contrapelo de esta lógica binaria, Kusch recupera los modos del pensar americano en los que opera la dualidad: si se presenta una oposición (lo sagrado/lo demoníaco, por ejemplo), esta no se resuelve, sino que se mantiene bifronte. Ubicarse, por tanto, desde un pensamiento dual significa que esos elementos contrapuestos nunca se disuelven, no hay uno que absorbe al otro y lo desaparece. Conviven, pueden alternarse, luchan. Es decir, no se elimina el conflicto. Los procesos de escritura exponen, en las producciones literarias, esta dualidad que, en el discurrir diario con otros, se experimenta a partir de ciertas tensiones, que podemos interpretar a primera vista como contradictorias. Encontrarnos con la experiencia de la fe católica, por ejemplo, cristalizada en rituales que invocan a los espíritus del monte o a los mismos animales o astros circundantes no constituye un cruce azaroso de opuestos irreconciliables; tampoco significa un proceso en marcha de desaparición de uno de los elementos. Sí, por una parte, representa una situación de dominación y también, por otra parte, manifiesta una potencia innegable de infiltración de eso otro, en apariencia, dominado.

En este marco, la fagocitación aparece como la posibilidad de repensar los modos del operar americano y configurar otra matriz de conocimiento: se trata de una operación desplegada para enfrentar lo extraño, para incorporarlo sin destruirlo, que ejerce una acción de preservación, de sanidad. El obrar y sentir en este suelo está atravesado por una concepción de inmersión de lo seminal en una totalidad antagónica: haciendo un análisis de su situación en el mundo, el americano pretende convivir con ella, manteniendo la ambigüedad. Ese operar funciona para contaminar al otro, para contaminarme del otro.

Así, la heterodoxia literaria viene a pensar desde una lógica similar a aquella desplegada por la fagocitación en Kusch: un texto heterodoxo expone el campo de contradicciones, los modos no occidentales de configurarse de nuestras literaturas, sin eliminar la tensión.

Por otra parte, desde los aportes de Silvia Rivera Cusicanqui, lo chixi es una categoría que permite abrir una nueva arista en la discusión sobre la frontera y las formas de lo heterodoxo en diferentes capas temporales y espaciales. Como la frontera, lo chixi funciona como metáfora y viene a completar una forma particular de comprender los mecanismos de las fronteras, que a la vez son pertinentes tanto para la descripción como para la interpretación de dinámicas que afloran en la lectura de algunas de las obras que como equipo nos interpelan.

Dice Silvia Rivera Cusicanqui que la palabra chixi en aymara designa una tonalidad gris, un color que a la distancia se ve gris, pero que al acercarnos podemos percibir que es heterogéneo, ver el blanco y negro entrecruzado:

La palabra ch’ixi tiene diversas connotaciones: es un color producto de la yuxtaposicion, en pequeños puntos o manchas de dos colores opuestos o contrastados; el blanco y el negro, el rojo y el verde, etc. Es ese gris jaspeado resultante de la mezcla imperceptible del blanco y el negro, que se confunden para la percepción sin nunca mezclarse del todo. La noción ch’ixi, como muchas otras, obedece a la idea aymara de algo que es y no es a la vez, es decir, a la lógica del tercero incluido. Un color gris ch’ixi es blanco y no es blanco a la vez, es blanco y también es negro, su contrario (Rivera Cusicanqui, 2010, p. 69).

Entonces, ¿acaso no pensamos la heterodoxia desde estas lógicas, un punto divergente entre una aparente homogeneidad?

Lo chixi se refiere a un espacio intermedio, un “entre” donde el choque o encuentro de contrarios crea más que un espacio de síntesis y certezas, el espacio de la ficción. Podemos pensarlo en el dibujo borroneado de una frontera entre heterodoxia y ortodoxia. La primera ensaya un nuevo itinerario que marca lo que está un poco más allá de la ortodoxia, que puede ser imperceptible, pero que, sin embargo, está presente.

Una de las prácticas fundamentales de la frontera es el cruce, el contacto, la copresencia; desde esta perspectiva, lo chixi permea los límites instalados como fijos, y, si ajustamos la mirada, podremos percibir ese tejido manchado de blanco y negro, y no de un gris uniforme. De esta manera, afloran en las dinámicas fronterizas formas de lo chixi, aquello que permanece en tensión, pero en una tensión que no se resuelve, es la coexistencia, la yuxtaposición de elementos diferentes y heterogéneos sin síntesis, sin hibridez; porque la hibridez impone un tercero que subsume a los otros dos y borra las diferencias.

Pensar las fronteras desde la lógica chixi nos abre la mirada sobre las tensiones mismas de las dinámicas fronterizas que, lejos de resolverse, pertenecen a un entramado no sintético, porque la frontera es dual. Así, mediante lo chixi se superponen las relaciones de afinidad y oposición, lo civilizado y lo bárbaro –que tantos ecos tienen en las literaturas argentinas–, sin que esa mixtura signifique una fusión, ya que se “plantea la coexistencia en paralelo de múltiples diferencias culturales que no se funden, sino que antagonizan o se complementan. Cada una se produce a sí misma desde la profundidad del pasado y se relaciona con otras de forma contenciosa” (Rivera Cusicanqui, 2010, p. 70).

La epistemología chixi se construye desde el interés por elaborar conceptos metáfora que permitan interpretar y analizar los complejos procesos de constitución de las sociedades americanas: “Desde mediados de los noventa vivimos la múltiple irrupción de pasados no digeridos e indigeribles” (Rivera Cusicanqui, 2018, p. 17). Pasados que irrumpen, que molestan y que nos permiten nuevamente repensar las formas de comprender y acceder al conocimiento, que, como muchas otras prácticas, también han sido colonizadas por Occidente. Lo chixi es la trinchera de la “piedra rota”, que, según la autora, es la hendidura de la marca colonial, ya que desde esa coyuntura no hay pureza, los sujetos americanos somos eminentemente sujetos manchados y buscamos de manera permanente nuevas lentes retóricas para leer el mundo que habitamos. Esa es también nuestra búsqueda para nuestra manera de comprender y estudiar las literaturas argentinas.

Cierre

La noción de “heterodoxia literaria” que fuimos forjando en el abordaje por distintos corpus de nuestras literaturas de Argentina, a lo largo de más de quince años, nos llevó a focalizar en nudos de problemas complejos. Por ejemplo, la existencia de una otredad basal en el modo en que se concibe el uso y la circulación de la palabra en nuestro país. Siguiendo la matriz eurocéntrica, pensar la palabra literaria parece conllevar, inconscientemente, aprehenderla como acontecimiento estético o acontecimiento político. La literatura como objeto de contemplación estética o como arma de lucha política. De algún modo, esos son los espacios prediseñados por Europa. Por supuesto, siempre en el marco de las lenguas indoeuropeas. Las múltiples producciones literarias de la Argentina que no han respondido (y siguen sin responder) a los cánones euro, antropo y falogocentrados requieren de herramientas apropiadas para su estudio, su visibilidad, su audibilidad. Una red categorial que dé cuenta de estos problemas es imprescindible y la heterodoxia literaria puede sumarse a ella. Esa ha sido nuestra apuesta.

Bibliografía

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Rivera Cusicanqui, S. (2018). Un mundo chiixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis. Buenos Aires: Tinta Limón.


  1. La base de este capítulo es el artículo de Andrea Bocco, Gabriela Boldini y Javier Mercado “Para una genealogía de la categoría de heterodoxia. Recorridos por los trazos de una investigación sobre literatura argentina”, publicado en la revista Recial, vol. XI, n.° 18, julio/diciembre de 2020, CIFFYH-UNC, Córdoba. Disponible en bit.ly/3HvJweU.
  2. Destacamos las tres publicaciones colectivas que preceden a esta: Corona Martínez, C. (directora), Heterodoxias y sincretismos en la literatura argentina, FFyH, Córdoba, 2011; Corona Martínez, C. (directora), Mapas de la heterodoxia en la literatura argentina, Babel, Córdoba, 2013; Corona Martínez, C. y A. Bocco (compiladoras), Más allá de la recta vía. Heterodoxias, rupturas y márgenes de la literatura argentina, Solsona, Córdoba, 2015.
  3. En ese año, bajo la dirección de Cecilia Corona Martínez, se inició el proceso de trabajo desde el proyecto “Sincretismo: ciencia y religión en la literatura argentina (1870-1920)”, que fue continuado en otro proyecto bianual, “Heterodoxias y sincretismos en la literatura argentina”.
  4. Justamente por este motivo, en el avance de nuestras investigaciones, fuimos abandonando la noción de “sincretismo” como categoría fuerte para pensar lo heterodoxo.
  5. Julia Cisneros (2020), “Apropiación y repertorio en las re-escrituras de Edgardo Antonio Vigo y Elena Comas”, tesis de maestría. Tesina para obtener el título de licenciada en Letras Modernas: “Una lectura en clave pan-astrológica del Adán Buenosayres: Leopoldo Marechal, Xul Solar y la vanguardia martinfierrista”, 2013. Artículo: “Poesía experimental, una aproximación desde la poética de Eduardo Antonio Vigo (Cisneros, en Corona Martínez y Bocco, 2015, pp. 175-188).
  6. Cfr. Maldita Salvadora. Anarquismo, feminismo y elementos autobiográficos en los textos teatrales de Salvadora Meina Onrubia de Botana (2016), “Salvadora; nadie te entiende” (Corona Martínez, 2011, pp. 163-184), “Salvadora Medina y el anarquismo” (Corona Martínez, 2013, pp. 17-38) y “Una forma de heterodoxia en literatura: el/la escritor/a descentrado/a” (Corona Martínez y Bocco, 2015, pp. 13-34).
  7. La denominación “literaturas de la Argentina” deviene de las discusiones y los acuerdos dados en el marco de la Red Interuniversitaria de Estudios de las Literaturas de la Argentina (RELA), constituida alrededor del año 2012. Esta red congrega a docentes de cátedras de Literatura Argentina de la gran mayoría de las universidades de nuestro país y a investigadores especialistas en el campo.


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