Ianina Lois
Presentación
El presente documento tiene como objetivo principal problematizar algunos de los ejes que recorren el campo de la comunicación y salud. En sus páginas no se van a presentar resultados ni avances de investigaciones, como así tampoco adelantar agendas a futuro, sino que se propondrán una serie de preguntas y reflexiones críticas cuyo fin es enriquecer discusiones y desarrollos conceptuales y abrir el debate también sobre las prácticas y experiencias profesionales desarrolladas en el marco que nos convoca.
Como primera entrada, se reflexiona de manera general sobre el campo de la comunicación y salud y se propone una organización en tres andariveles, que con frecuencia se superponen en sus objetos y énfasis, pero que es posible distinguir. A continuación, a modo de diálogo, se realizan algunos comentarios en torno a esquemas conceptuales que se encuentran en muchos de los trabajos recientes de nuestra región sobre comunicación y salud. Particularmente se intenta problematizar el esquema que clasifica las concepciones y prácticas de comunicación en salud en dos grandes grupos. Por último, se plantea una ampliación del relato sobre la historia de la comunicación y salud en nuestro país y región, reconociendo la influencia de ciertos procesos históricos que no han sido tan visibilizados como otros.
Las fuentes de estas reflexiones son múltiples, algunas provienen de mi trabajo e investigación para la tesis de la Maestría en Políticas Públicas y Género de PRIGEPP/FLACSO, en la cual fui dirigida por la Dra. Mónica Petracci; otras son inspiradas por mi experiencia profesional de gestión en organismos de salud pública, en los cuales he coordinado y conformado equipos de comunicación de diversas áreas; algunas surgen de las discusiones e intercambios con estudiantes y colegas dentro del Área de Comunicación y Salud de la Carrera de Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA; y también ciertas cuestiones aparecen a partir del trabajo con fuentes históricas que me encuentro desarrollando en la actualidad, en torno a la conformación de la obstetricia en Argentina y la configuración de la maternidad como asunto médico-político, tema sobre el que versará mi tesis de doctorado.
Vale aclarar que estos comentarios no tienen como fin la exhaustividad, sino que buscan poner en relieve ciertos interrogantes y relaciones que se configuran en este espacio. Es un documento pensado para abrir el debate, el intercambio y la reflexión.
Sobre el cruce de la comunicación y la salud
Podríamos comenzar diciendo que la relación entre comunicación y salud es de larga data. Como antecedentes vale mencionar el surgimiento del periodismo científico –cuyo fin es divulgar las novedades científico-médicas y aportar a la configuración de una cultura científica(Terán, 1983)–, a partir del cambio del siglo XIX al XX, en la cual convergen diversas influencias y conviven conceptos como progreso, evolución, raza, lucha por la vida, selección natural, organismo y enfermedad social, estadios humanos inferiores y superiores y determinación biológica, entre otros, que son usados para dar cuenta de fenómenos sociales, políticos, culturales y económicos. También es posible mencionar el rol de la publicidad de las medicinas patentadas en el desarrollo de la prensa escrita y la actividad publicitaria de esos años, en paralelo con la expansión de la industria farmacéutica; o el reconocimiento en textos fundantes de la sociología moderna como son los de la Escuela de Chicago donde se describe el rol central de la prensa en la formación de opiniones y valores en las sociedades industriales en crecimiento (Thomas y Znaniecki, (2004 [1918]), que se traducen en prácticas sociales, entre las cuales se encuentran los procesos de salud y enfermedad, transformados reciente y abruptamente por la reorganización social ocurrida ante la ampliación de las ciudades y la inmigración masiva desde zonas rurales hacia espacios urbanos, con la consecuente ruptura de los lazos comunitarios tradicionales.
Sin embargo, reconociendo estos antecedentes como un cimiento o molde flexible, afirmamos que es reciente su conformación y desarrollo como un campo, en nuestro país y en la región latinoamericana. Desde no hace tantos años académicos/as y profesionales-técnicos han problematizado la definición y estatuto de la comunicación en el campo de la salud, dando cuenta de la complejidad de los usos del concepto que van desde comprenderla como un instrumento a concebirla como hecho cultural y producción social de sentidos, y las consecuencias de estas definiciones en las prácticas (Lois y Maier, 2012). Correlativamente, desde la práctica profesional, la presencia de comunicadores/as en instituciones de salud es relativamente novedosa. Más allá de algunas experiencias aisladas, es recién desde hace unos años que se han empezado a conformar áreas de comunicación en diferentes secretarías, direcciones, programas y servicios que tienen a su cargo políticas de salud. En la actualidad es posible observar que en la mayoría de los ministerios de salud pública –de la nación y las provincias– hay áreas de comunicación y comunicadores con funciones diversas. Sin embargo, esta novedosa generalización no se da de manera homogénea, ni responde a un modelo unificado de comunicación y salud.
Algo similar ocurre en la instituciones académicas donde en los últimos tiempos es creciente el interés por estos temas, interés que se ha plasmado en diversas configuraciones institucionales ya sea bajo la forma de proyectos de investigación o extensión universitaria, creación de áreas específicas al interior de las carreras de comunicación social, incremento de tesinas de grado y posgrado por parte de estudiantes que han elegido estos ejes para sus investigaciones y prácticas, entre otras. En esta línea debe leerse la conformación a mediados de 2012, del Área de Comunicación y Salud de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, así como la propuesta de esta mesa temática en la presente edición de las Jornadas Nacionales de Debate Interdisciplinario en Salud y Población organizadas por el Instituto de Investigaciones Gino Germani.
En este contexto, una de las cuestiones que aparece a la hora de pensar en el devenir del campo es la cuestión de los límites y alcances; como así también la de sus dimensiones propias o subdimensiones. A continuación, se presentarán algunas reflexiones organizadas en diferentes ejes: por un lado se explicitan una serie de preguntas en torno a la relación fundante entre los dos conceptos en cuestión (comunicación / salud); luego se desarrollan algunas líneas sobre la tensión entre investigación e intervención en este campo; y por último se exponen algunas propuestas en las que se han elaborado sus dimensiones internas y se arriesga un modelo de organización.
Partiendo de la idea de un campo en formación, es posible encontrar aportes provenientes de diferentes disciplinas y con fines disímiles. Una entrada posible es reflexionar sobre la relación, vinculación y tensión entre estos dos conceptos: comunicación y salud, y el tipo de vínculo que implica la conjunción “y”. A primera vista se observa una relación no simétrica ni en igualdad de condiciones, sobre todo si pensamos en las disciplinas que encarnan cada uno de los conceptos: las ciencias de la salud, dominadas por las ciencias médicas y las ciencias de la comunicación, como parte de las ciencias sociales. La comunicación social, como disciplina profesional y científica –y exceptuando los desarrollos del periodismo médico-científico que han recorrido un camino diferente– todavía se encuentra en una instancia de legitimación y consolidación, es una de las últimas en ser reconocida para aportar a los temas de salud y en ocasiones lo hace desde un lugar accesorio o no central. En esta discusión también es posible señalar que el crecimiento del campo ha sido impulsado mayormente desde las carreras de comunicación social y espacio profesionales que trabajan en la temática y en menor medida desde las carreras de medicina o instituciones científico-médicas.
En este punto, la cuestión interdisciplinar aparece fuertemente: si la salud no es solamente una cuestión de la medicina, habrá que aceptar que la comunicación no es sólo un asunto de los comunicadores.
Otro de los ejes posibles para organizar estos aportes es el de la distinción entre aquellos desarrollos cuyo fin es la investigación y aquellos cuyo fin principal es la intervención en procesos sociales de salud-enfermedad-atención. Aun reconociendo que estas dos dimensiones se ven superpuestas en muchos de los usos prácticos de los desarrollos –las investigaciones académicas se suelen utilizar para enmarcar y orientar acciones y proyectos de intervención y la sistematización de intervenciones muchas veces da origen a una investigación de tipo académica–, se considera pertinente sostener este eje.
Así desde el eje de la investigación encontramos trabajos sobre la comunicación y la difusión de información –sus posibilidades y límites– para el cambio de comportamiento, mayormente individual o familiar, pero también social y comunitario (Kornblit y Petracci, 2000; Nájera, 1990). También es posible encontrar investigaciones sobre las políticas públicas de salud (Petracci; Quevedo y Vacchieri, 1998); sobre las percepciones y representaciones de ciertas problemáticas de salud por parte de algún grupo de población (Petracci, 1994; Zamberlin, 2011) y sobre las modalidades de abordaje de los temas de salud en los medios de comunicación (Gambaccini, Ciccone, Girolami, Ramírez Barahona y Salerno, 2007).
Otra línea de estudios, más cercano al eje de la intervención, pone el foco en lo que se llama comúnmente “la relación médico-paciente”, que desde una mirada más compleja implica la relación entre los integrantes de los equipos de salud y los usuarios de los mismos, observando que las características de ese vínculo tendrán incidencia en los procesos de salud-enfermedad-atención.
Entonces siguiendo con el eje investigación-intervención, si aceptamos que la vinculación propuesta resulta un constructo que supone que ambos conceptos constituyen cuestiones de por sí existentes o posibles, aparece una problemática que da lugar a varios interrogantes. Así, es posible preguntarse si la comunicación en salud ha de entenderse como estado, relación o proceso, o todos a la vez. Si el objetivo último será concebido como resultado, proceso o ambos, y si se tiene claro para quién y con qué objeto. Es decir, las preguntas pueden multiplicarse en la medida que las diversas dimensiones que explican y hacen o reproducen lo social aparecen en escena para delimitar la realidad que de por sí se toma como objeto.
Por último, pensando en las dimensiones propias del campo es posible encontrar algunos aportes interesantes como la reciente compilación de trabajos sobre comunicación y salud realizada por Petracci y Waisbord (2011) donde hay artículos con enfoques diversos, como los que abordan la construcción de las noticias de salud en los medios, la comunicación en instituciones de salud en las que se valoriza la comunicación interpersonal y educacional, el análisis de campañas e intervenciones comunicacionales en salud y la incidencia de la comunicación en las políticas de salud.
Por su parte, Uranga, Femia y Díaz (2002) analizan tres situaciones de comunicación para la salud que consideran que agrupan las prácticas dominantes en comunicación para la salud en América latina: la relación médico-paciente en los servicios de salud, las campañas de educación para la salud y el periodismo científico.
Continuando con este esquema en tres entradas, desde este trabajo se propone una organización del campo en 3 subgrupos: la dimensión de los discursos de salud-enfermedad-atención en la opinión pública, sobre todo en los medios de comunicación; la dimensión de las acciones comunicacionales impulsadas y desarrolladas desde las instituciones de salud, sean servicios u organismos como secretarías, áreas o ministerios, es decir campañas y otras estrategias de difusión de información sobre salud, de promoción de la salud y de prevención de enfermedades; y la dimensión de la comunicación interpersonal, grupal o comunitaria en los procesos de salud-enfermedad-atención, que aun con sus diferencias de escala es posible ubicar en un mismo andarivel.
Sobre la tensión entre instrumental – procesual
A modo introductorio de este apartado, a la vez que partimos de la afirmación de la complejidad de los procesos de comunicación social, reconocemos que la salud y la enfermedad son también fenómenos complejos que van más allá de un virus, una bacteria y/o una dieta equilibrada; reconocemos también que su abordaje requiere de múltiples dimensiones y escalas, y que además de su dimensión biológica cargan con un repertorio de prácticas significativas y construcciones discursivas. En este sentido, resulta interesante la afirmación del historiador Diego Armus respecto a que:
Las enfermedades también pueden ser una oportunidad para desarrollar y legitimar políticas públicas, canalizar ansiedades sociales de todo tipo, facilitar y justificar el uso de ciertas tecnología, descubrir aspectos de las identidades individuales y colectivas, sancionar valores culturales y estructurar la interacción entre enfermos y proveedores de atención de salud (Armus, 2005: 14).
Podríamos agregar a esto que también legitiman patrones sociales que se plasman en discursos, impulsan el desarrollo de acciones de información, difusión y promoción, entre otras dimensiones relacionadas con la comunicación social.
Desde este trabajo se propone una mirada de las prácticas sociales de salud-enfermedad-atención que comprenda las desigualdades en el acceso a los recursos (de distinto tipo) y los procesos de significación e intercambio de sentidos. Es decir, dé cuenta de la multiplicidad de dimensiones desde donde acercarnos al cruce de la comunicación y salud, advirtiendo que es un espacio que se ha ido nutriendo de teorías, metodologías, políticas, prácticas, tecnologías, actores, instituciones, agendas, relaciones de poder y disputa de sentidos, en un marco de escenarios sociales complejos (Lois y Maier, 2012).
En este marco, a continuación, se van a realizar algunos comentarios en torno a los esquemas conceptuales que se encuentran en muchos de los trabajos recientes de nuestra región sobre comunicación y salud. Se intentará reflexionar sobre el esquema que clasifica las concepciones y prácticas de comunicación en salud en dos grandes grupos: procesual e instrumental-lineal. Diversos estudios recientes coinciden en postular la distinción entre dos modelos básicos y con frecuencia antagónicos; distinción fundada en uno de los términos de la relación comunicación-salud y es la que está marcada por el primero de los componentes.
A grandes rasgos se observa una construcción dicotómica, donde en uno de los extremos se ubicaría el denominado modelo tradicional de comunicación, centrado en el uso y manejo de técnicas y medios de comunicación, y en el otro, el modelo relacional que da cuenta de los procesos de producción social de sentido.
Uno de los primeros en advertir una tensión entre dos paradigmas fue Silvio Waisbord en su trabajo sobre modelos de comunicación para el desarrollo. El autor marcó las diferencias entre un modelo que ponía el énfasis en el cambio de comportamiento individual y otro que lo hacía en la transformación de los determinantes sociales de la salud. Este autor planteó un esquema de doble entrada que postulaba las características de cada uno: explicaciones culturales vs. explicaciones ambientales del subdesarrollo; teorías e intervenciones psicológicas vs. teorías e intervenciones sociopolíticas; modelos de actitud y comportamiento vs. modelos estructurales y sociales; desarrollo de intervenciones centradas en el individuo vs. desarrollo de intervenciones centradas en la comunidad; modelos de comunicación jerárquica y orientados por el emisor vs. modelos de comunicación horizontal y participativa; concepciones de audiencias y poblaciones activas vs. concepciones de audiencias y poblaciones pasivas; y enfoque de la participación como medio vs. enfoque de la participación como fin y derecho.
En esta línea, algunos autores/as (Beltrán, 1995; Prieto Castillo, 2000; Díaz y Uranga, 2011; Cuberli, 2008) se apoyan en una mirada crítica al primer modelo mencionado y argumentan que esta perspectiva se basa en un esquema de estímulo-respuesta que otorga gran preeminencia a la función de los medios masivos de comunicación, concebidos como espacios neutrales en la construcción de sentidos y cuyo fin primordial es informar o difundir.
Díaz y Uranga reconocen dos grandes perspectivas en el campo de la comunicación y salud.
Por un lado, una perspectiva de marcado carácter instrumental para la cual la comunicación es mera transmisión de información desde un emisor a un receptor con el objetivo de manipular y controlar las conductas individuales y colectivas. Por otro lado, la perspectiva relacional de la comunicación, que la define como el proceso de producción social de sentidos en el marco de un contexto social y cultural (…). En el caso de la concepción instrumental, se concretó en prácticas en las que los comunicadores (o más reducido aún, los periodistas o publicistas) éramos llamados a aplicar nuestras técnicas una vez que los expertos en Epidemiología y Salud Pública ya habían definido hacia dónde querían torcer la realidad; prácticas que tenían el simple objetivo de difundir las actividades de determinado programa de salud entre la población a través de los medios masivos de comunicación durante la implementación de las acciones. Esta perspectiva, todavía vigente en las prácticas de muchos actores, se sustenta en la ilusión de que el emisor es capaz de controlar casi hipnóticamente las conductas de los receptores, lo que impide sacar provecho de las potencialidades que la comunicación ofrece como herramienta para facilitar e impulsar el cambio, de forma gradual e integrada, en proyectos más amplios que tomen en cuenta la complejidad social (Díaz y Uranga, 2011: 6-7).
En contraste con esta descripción, los autores proponen una concepción relacional para entender la comunicación para la salud.
Se propone como una perspectiva integral e integradora, que intenta articular desde el comienzo los saberes y miradas de los diversos actores que participan en un proceso de salud. En esta perspectiva, las iniciativas de comunicación apuntan prioritariamente a conocer los lenguajes, el modo de relacionarse y los vínculos y mediaciones existentes en cada comunidad, para desde allí trabajar las problemáticas de salud sin escisión posible del espacio de lo cotidiano, de la cultura local, como ámbito ineludible de la representación de los problemas. Ya no se trata sólo de enviar información y difundir el mensaje que se quiere transmitir, sino de interactuar con los destinatarios, para construir sentidos colectivos y discursos que refieran a sus necesidades y problemas percibidos, que se discutan y resignifiquen en sus espacios y ámbitos colectivos (Díaz y Uranga, 2011: 7-8).
Estos autores apuestan a que el cambio en la perspectiva de la comunicación para la salud aporte ya no a:
(…) controlar las conductas de los individuos desde una instancia superior (llámese Estado o cualquier otra entidad promotora de una acción de salud), sino de que sean los propios individuos los que adquieran conocimientos y habilidades para adoptar decisiones más saludables. En resumen, pasamos de una idea de control a la de autocontrol, de la dependencia a la autonomía (Díaz y Uranga, 2011:8).
Con algunos puntos coincidentes con este planteo, Cuberli define a la perspectiva instrumental como aquélla que, a través de una mirada reduccionista, asocia la comunicación al uso y manejo de técnicas y medios de comunicación. La autora coloca dentro de esta perspectiva de comunicación en salud al Abordaje Pragmático, del cual afirma que se basa en la búsqueda de una transmisión eficaz y eficiente de la información y la comunicación, y como parte del mismo:
(…) se posiciona el enfoque de Generación de Efectos, en el que subyace una concepción de los medios masivos valorizados como omnipotentes, capaces de inyectar valores y actitudes a las personas modificando sus conductas (Cuberli, 2008: 2).
Otra corriente mencionada por la autora es la de los Efectos Limitados, denominada también estudios empíricos sobre el terreno, que aborda la influencia en las relaciones comunitarias. En un doble movimiento, Cuberli se coloca en una posición crítica a la perspectiva instrumental:
(…) por reducir la comunicación a la transmisión de sentido y los medios de comunicación a transportadores de señales -lo que imposibilita analizar la complejidad de los procesos comunicacionales (Cuberli, 2008: 2).
Plantea así el surgimiento de un enfoque superador de la perspectiva anterior que denomina visión relacional de la comunicación. En este modelo predomina una concepción de la comunicación como proceso de producción social de sentido, donde son consideradas:
(…) las cuestiones estructurales y los contextos en los cuales los sujetos generan sus ideas e imaginarios, dado que los procesos comunicacionales no son autónomos de las condiciones en las cuales se producen (Cuberli, 2008: 3).
Desde esta mirada, esta perspectiva de la comunicación superaría la mera construcción de estrategias y elaboración de mensajes y promovería el análisis de las prácticas y sentidos que posibilitan los vínculos entre los diferentes sujetos y la construcción de lo social.
Con seguridad que este constructo teórico resulta fecundo para el análisis y la categorización del campo, dado que logra poner en relieve ciertas prácticas y definiciones a la hora de describir la situación de políticas públicas, formas de organización y atención de los servicios de salud, relaciones entre profesionales de la salud y los destinatarios, etc. Sin embargo, se considera que, en una cierta lectura, genera una imagen de polos excluyentes que pueden obstaculizar un abordaje más complejo del fenómeno. Desde el punto de vista empírico-profesional en muchas ocasiones los/las comunicadores/as en salud (ya sea en los servicios o en instituciones rectoras de políticas públicas), muchos de ellos formados en estos marcos conceptuales, se encuentran tensionados entre estos dos polos dicotómicos, creyendo que deben optar por uno u otro modelo, reduciendo así su mirada del proceso comunicacional y no valorando la potencia, capacidad y utilidad de los instrumentos, ya no desde un uso concebido como neutral, sino como situado, contextual e histórico.
En este sentido, se considera interesante correr el eje de la discusión y abandonar la dicotomía procesos vs. instrumentos. Pasar así a una idea de la comunicación en salud como campo estratégico para la puesta en escena pública de problemáticas sanitarias y disputas por el acceso a derechos de diversa escala, donde también se juega tanto el sentido de cuestiones estructurales de la vida social, como las condiciones de salud de las poblaciones, o el acceso a los servicios médicos en espacios comunitarios. La comunicación en salud surge así como proceso de producción, intercambio y negociación de significados y formas simbólicas, mediados por instrumentos y herramientas diversas, que en su uso implicarán una forma de concebir las relaciones entre las instituciones de salud y las poblaciones a quienes se dirigen, como así también una forma de comprender el tipo de características que rigen esos intercambios, a la vez que referirán implícita o explícitamente a marcos interpretativos sobre las prácticas de los diferentes grupos sociales en relación a su salud.
Asimismo, desde la perspectiva de la población, es necesario asumir que la información no puede quedar afuera del proceso de salud-enfermedad-atención, dado que a partir de la información es posible tomar decisiones informadas, decisiones que pueden coincidir o no con los modelos sociales configurados por las instituciones de salud. En las sociedades complejas en las que vivimos necesitamos de instrumentos y herramientas para que la condición de la información como garantía del derecho a la salud sea posible, por lo cual los instrumentos son parte necesaria de la dimensión relacional y no quedan por fuera del modelo, sino que lo median y son puestos en juego en los procesos que impulsemos.
Entonces, la discusión no será ya entre instrumental o procesual, sino que entendemos que en los procesos comunicacionales de salud-enfermedad-atención se ponen en juego herramientas e instrumentos diversos; por lo cual el eje pasa a ser en qué modelos ideológicos se inscriben estos procesos, quiénes, cómo y con qué objetivos asumen el uso de esos instrumentos y en qué contextos, prácticas y situaciones lo hacen.
Por otra parte, como comentario final de este apartado, quiero señalar que a pesar de coincidir con la gran mayoría de las afirmaciones de Díaz y Uranga, se considera que los procesos llamados de autocontrol y autonomía solo serán posibles cuando las decisiones de aquellos individuos estén en sintonía con las directrices de las instituciones centrales rectoras de la salud. En muchos casos la idea misma de promoción de la salud contiene una percepción abstracta y universal –basada en premisas biológicas de la vida humana– donde lo que se busca es orientar y acercar a aquellos sujetos, grupos sociales o poblaciones que no se ajustan a estos parámetros previamente definidos a las formas de vida cotidiana, prácticas sexuales, alimentarias y de crianza que son consideradas adecuadas, convenientes o correctas. Asumir que la comunicación como disciplina adquiere legitimidad sólo para aportar a la transformación y modificación de hábitos –prácticas sociales– pre-definidas como saludables, implica una contradicción en la definición previa que nos hemos dado. Esta distancia y escepticismo respecto de ciertos planteos no significa abogar por un relativismo radical, donde sea lo mismo por ejemplo que una comunidad cuente con agua potable o no, sino problematizar nuestras propias construcciones conceptuales, y reconocer los límites que nos plantean.
Sobre los inicios del campo
Como último punto, interesa realizar un aporte a la mirada histórica del campo en América latina para complejizar y a la vez ampliar los procesos sociales que se reconocen como propulsores de la comunicación y salud. Se va a indagar en torno a la impronta que ha dejado el surgimiento, la consolidación y el desarrollo de la medicina científica y las instituciones médicas a inicios del siglo pasado, que adquieren status y legitimidad ante la responsabilidad del cuidado de la salud, en un proceso en el cual se suprimen otras formas de curación alejadas de la ciencia. Básicamente se considera necesario extender, hundir las raíces de la perspectiva histórica de este campo e ir más allá de los orígenes que se reconocen en la Comunicación para el Desarrollo (CpD).
Desde este trabajo se va a proponer que es posible rastrear orígenes históricos de la comunicación en salud (aun cuando los procesos eran nombrados de manera diferente) al menos medio siglo antes y en otros lugares geográficos del que se ubican los aportes de la CpD.
En la literatura sobre comunicación y salud suele haber consenso en que la demarcación del origen del campo está relacionada con la llamada CpD (Beltrán, 1993; Pereira, 2003; Waisbord s/f; D. Bruno et al., 2011; Cuberli, 2008). Se afirma que esta perspectiva, que surge a fines de la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos y llega a América Latina en su forma práctica de intervención en la segunda mitad del siglo XX, es el primer antecedente reconocible de comunicación en salud. La CpD tiene como fin acompañar la implementación de programas educativos, productivos y de salud en un marco de políticas de transferencia de tecnologías y modelos de gestión desde los países llamados “desarrollados” a aquéllos denominados “emergentes o en vías de desarrollo”, ambas nominaciones definidas centralmente y con fuerte impronta colonialista. Su constitución se ubica en un momento donde en las universidades norteamericanas florecen los estudios sobre el impacto de los medios de comunicación masiva en el comportamiento humano y la comunicación es percibida como un recurso técnico y una estrategia. En sus investigaciones incorpora las teorías de la conducta y de la persuasión, como los desarrollos del marketing social y el Cambio de Conductas Aplicado, entre otros.
Es indudable el impacto que ha tenido la CpD en los desarrollos conceptuales y en las prácticas de intervención de la comunicación en el ámbito de la salud, de manera análoga a como lo hizo en otras dimensiones de lo social. Su influencia es reconocible en la actualidad mixturada con otros aportes posteriores, pero también previos como los que interesa explicitar en este apartado.
En lo que hace a la salud como práctica sociocultural, en la cual se inscriben los procesos comunicacionales, el período que va desde fines del siglo XIX hasta mediados del siglo XX es de grandes modificaciones. En paralelo con cambios en los escenarios sociopolíticos nacionales y mundiales, en estos años se transforman los modelos sociodemográficos del país. En este contexto aparecen en la agenda pública las discusiones sobre la necesidad de implementar políticas de salud pública. Surge configurada en los discursos una agenda política básicamente reformista que busca el reordenamiento social, la mejora de las condiciones de vida de los sectores populares y la vigilancia y moralización de la población. Las ideas de intervencionismo estatal logran plasmarse en estructuras gubernamentales y significan una modificación profunda de las relaciones Estado-sociedad.
Durante el inicio del siglo XX, la salud y su cuidado se convierten en indicadores del grado de civilización y modernidad de una nación. En Europa, Estados Unidos y América latina, las medidas para prevenir enfermedades dejan de ser dispuestas de manera esporádica y particular en momentos en los que reinaba una epidemia; situación que en parte obedece a la intención de los grupos gubernamentales de prevenir el ingreso y propagación de enfermedades epidémicas, de controlar el crecimiento desordenado de las ciudades y fomentar el comercio internacional. Aunado a lo anterior, la higiene y el fomento de la salud pública reciben un gran impulso a partir de las últimas décadas del siglo XIX con los descubrimientos bacteriológicos que establecieron que los peligros para la salud se encontraban por doquier en forma de gérmenes, bacilos y bacterias.
En la bibliografía revisada sobre la conformación del campo de la medicina en Argentina (Armus, 2007; Barrancos, 2002; Ramacciotti, 2005) se describe el proceso por el cual la medicina como esfera de conocimiento busca monopolizar el campo de la salud-enfermedad y se constituye en un instrumento importante para el control y vigilancia de las poblaciones. En esos años, la demanda de médicos ya no se concentra únicamente en los brotes epidémicos, sino que se asocia al mejoramiento de la salud física y moral de la población (Biernat y Ramacciotti, 2007). Aparece a la vez una actitud exigente y autoritaria mediante la cual el Estado norma la conducta de las personas respecto de su salud (Barrancos, 2002).
Asimismo, se señala que desde fines del siglo XIX convergen diversas tendencias en el ideario argentino inscriptas en el campo que Oscar Terán denominó la cultura científica. Confluyen en ella el evolucionismo biológico de Darwin, el evolucionismo social de Spencer, las teorías de corte determinista de Taine, la criminología positivista italiana de Lombroso, Ferri y Garófalo, el monismo materialista de Haeckel y las teorías sociopsicológicas de Le Bon y Tarde, entre otras líneas interpretativas. En las obras de los intelectuales del momento se reiteran y conviven conceptos como progreso, evolución, raza, lucha por la vida, selección natural, organismo y enfermedad social, leyes, estadios humanos inferiores y superiores, determinación biológica, entre otros (P. Bruno, 2011), que son usados a la hora de dar cuenta de fenómenos sociales, políticos, culturales y económicos a través de explicaciones causales, deterministas y monistas. La ciencia aparece como la proveedora de legitimidad de discursos y representaciones y sus categorías se trasladan al análisis de diversos aspectos de la realidad, como la psicología, la sociología y la historia (Terán, 1983).
Armus y Belmartino (2001), Belmartino (2007), y Di Liscia (2004) señalan en sus trabajos que los médicos de la época conforman un grupo fuertemente influido por las ideas del higienismo, pauperismo y eugenesia. Los preceptos del higienismo establecen conjuntos de reglas de comportamiento con fuerte impronta ético-moral. A partir de sus pautas, cuestiones consideradas del ámbito privado –como la limpieza, la sexualidad, el modelo de familia, la distribución espacial en el hogar, la maternidad, la alimentación, el ocio, etc.– se conforman en un terreno de “dominio público”. El pauperismo es la naturalización y moralización de la pobreza, que asocia a los pobres con la degradación moral de la sociedad sin considerar la variable económica. Pone el foco en cuestiones como la enfermedad, el suicidio, la mendicidad, la prostitución, el alcoholismo, el delito y el crimen. Por último, la eugenesia es una corriente de pensamiento que partiendo de la premisa de que todos los caracteres de los seres humanos son hereditarios, tanto las capacidades y talentos como la propensión a la enfermedad, se propone lograr el mejoramiento de la ‘raza’ a través de la reproducción de determinados individuos o grupos humanos calificados como ‘mejores’, inhibiendo la multiplicación de otras personas consideradas ‘inferiores’ o ‘indeseables’.
En relación al análisis de las regulaciones desplegadas sobre las prácticas socioculturales de la población en materia de salud por parte de los grupos y sociedades médicas, hay numerosos trabajos que dan cuenta de las influencias que las ideas del higienismo, el pauperismo y la eugenesia tuvieron sobre estos grupos cuando buscaron contribuir a la construcción de hegemonía y legitimación del orden social (Miranda y Vallejo, 2005; Armus y Belmartino, 2001; Belmartino, 2007 y Di Liscia, 2004).
La higiene aparece como una de las herramientas principales para prevenir y combatir las enfermedades, a la vez que la difusión de hábitos y costumbres higiénicas se convirtió en un requisito indispensable para que los individuos fueran considerados personas sanas, trabajadoras y aptas para el progreso nacional. En este contexto, los médicos prestigiosos de las ciudades comienzan a sostener que para fomentar una cultura de la higiene es preciso difundir y enseñar los principios y preceptos de la higiene a la población, con el fin de transformar sus hábitos y costumbres.
Las actividades de los médicos de la ciudad de Buenos Aires no fueron la excepción; además de ejercer su profesión en hospitales y consultorios privados, se ocupan de editar y publicar en revistas y periódicos artículos donde reseñan los adelantos de las ciencias médicas e interpelan a los lectores sobre las prácticas y costumbres que consideran más saludables.
La necesidad de desarrollar acciones de difusión y educación higiénica a todos los habitantes del país fue un asunto tratado en numerosos libros, compendios, periódicos y revistas especializadas de las primeras décadas del siglo pasado. En publicaciones como La Semana Médica es posible observar la preocupación de los médicos por generar canales de información en mayor escala, preocupación que buscaban compartir con maestros, sacerdotes, etc.
La preocupación por los discursos de los procesos de salud-enfermedad-atención en la información pública es un aspecto central de las políticas sanitarias de la época señalada. A modo de ejemplo, es interesante el trabajo de Diego Armus (2007) en el que reconstruye la historia de la tuberculosis en Buenos Aires entre 1870 y 1950, considerando tres dimensiones: sus significados –metafóricos y discursivos– en la cultura popular e ilustrada y en el saber profesional, su lugar en las políticas estatales de salud y en las iniciativas de la sociedad civil, y, por último, su relevancia en la vida cotidiana de los enfermos y de los que temen enfermarse. Para Armus, la tuberculosis es una suerte de espejo de algunos aspectos constitutivos del Buenos Aires moderno. Allí están entonces cuestiones variadas como la emergencia del nuevo escenario urbano e industrial, la entrada del Estado en la esfera personal, la normalización de las masas urbanas, las consecuencias del veloz crecimiento demográfico, el sexo, las costumbres y modos cotidianos.
Además de ser una de las más relevantes causas de muerte durante esos años que estudia, la tuberculosis fue un tópico recurrente en diarios y revistas, un recurso metafórico usado en novelas y poesías, una experiencia estigmatizante para los que se habían contagiado la enfermedad y un motivo de pánico para los que temían contagiarse. Todo lo cual, concluye Armus, constituye una “subcultura” que excede en mucho las preocupaciones de la higiene social y la salud pública de entonces y convierte a la tuberculosis en una enfermedad saturada de significados que iban más allá de lo meramente patológico.
Armus da cuenta de cómo se configuran diferentes asociaciones, imágenes y metáforas construidas en torno a la enfermedad. El discurso médico legitimó imaginarios genéricos y étnico-raciales, en la medida que no pudo explicar las causas efectivas de la manifestación de la enfermedad ya que sólo algunos terminaban tuberculosos a pesar de que todos estaban expuestos. Para explicar este proceso, el colectivo profesional elaboró un catálogo de conductas excesivas que facilitaban la adquisición de la tuberculosis: la sexualidad, la bebida y el trabajo. La enfermedad se erigió en un recurso organizador de una serie de discursos que buscaron el disciplinamiento, la moderación, la racionalización y la normalización de la población. La cultura higiénica, resultado de la acción de educadores, médicos, políticos y burócratas se consolidó con su difusión en casi todos los ámbitos sociales.
A partir de estas descripciones y ejemplos es posible advertir que la dimensión comunicacional de los procesos de salud-enfermedad-atención ya eran reconocidos –en clave higienista y de progreso nacional– por los grupos médicos y responsables de políticas públicas; los medios de comunicación masiva todavía se encontraban en una etapa muy incipiente –el acceso a la lectura de los diarios no era masiva por el hecho de que la mayoría de la población no sabía leer– pero su lugar en la formación de la opinión pública se expandía y no escapa a los discursos en torno a la salud y la enfermedad.
En síntesis, podemos observar que progreso y desarrollo son las dos grandes matrices ideológico-conceptuales que han impulsado la comunicación en salud en sus diferentes modalidades y énfasis. El proyecto pedagógico encarnado en el higienismo primero y en la educación para la salud después implica problematizar un conjunto de tensiones; por un lado, la misma demarcación de los límites de la salud y la enfermedad y su encarnación en prácticas saludables y prácticas no saludables –qué es estar sano y quiénes acceden a ese status, qué es estar enfermo, ser un enfermo y qué elementos y situaciones deben considerarse para que un sujeto adquiera esa calificación–; por otra parte la transformación de los saberes sobre la curación-atención-prevención en un conjunto de cuestiones científicas, objetivas y superiores al saber consuetudinario, indubitablemente asociadas a las necesidades de las personas diferenciadas genérica y generacionalmente y por último, la configuración de un conjunto de voces legítimas y ámbitos para la transmisión de tales saberes, que excluye y extrae de ámbitos comunales y familiares para colocar en el médico y el hospital las voces y los lugares “apropiados”. Y avanzando con este razonamiento, estas prescripciones convierten las diferencias entre las prácticas sociales –en torno a la alimentación, crianza, sexualidad, entre otras– en valores.
Dando continuidad a la problematización iniciada al comienzo del documento queda abierta la pregunta por el lugar, el rol, la tarea y el aporte de la comunicación social en los procesos de salud-enfermedad-atención caracterizados por la apropiación y redefinición de una serie de conjuntos de prácticas socioculturales asociadas a esta tríada por parte del discurso y el saber médico.
¿Cuál será entonces la tarea de comunicadores y comunicadoras en salud? ¿Persuadir, convencer, informar? ¿Cuáles serán las prioridades de los ámbitos de investigación? ¿Qué definiciones políticas tomarán?
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