I. Universidades y cultura: hardware, software
Como hemos señalado, para Kittler la época de la computadora es la culminación del alfabetismo europeo (LMS). Por ello, ante el escenario de la creciente concentración de la industria del software y de la extensión de un analfabetismo computacional, nuestro autor opta –en una serie de cursos, ensayos y conferencias– por indagar genealógicamente en el tema de las universidades como un espacio de nuevas posibilidades[1] para pensar la cultura. Aunque se trata de una historia esbozada de forma mayormente conceptual (que quizás hubiese sido recuperada y ampliada en MM), desde ella se hará legible una reorganización de sus problemas a partir de la noción de técnicas culturales. Como veremos a partir de la segunda sección, esa categoría le permite postular e interpretar una posible unidad formal entre sistemas de registro antiguos y la posibilidad de un resurgimiento matemático en la galaxia Turing.
Para Kittler (1993a; 1997c; 1998b; 1999a; 2001d; 2004a; 2005a) las universidades europeas fueron un invento medieval sin parangón en otras culturas. Su singularidad se basaba en una razón tecnológico-medial para la producción, almacenamiento y distribución del conocimiento a través de un hardware: los medios de la escritura y de la lectura. Como vimos, bajo el nombre de república de los eruditos, nuestro autor atiende a la producción e implementación del conocimiento no solo en las lecciones orales y explicaciones de doctos a estudiantes (wetware), sino también en los comentarios e interpretaciones (Traslatio studiorum). Pero ese procesamiento también implicaba trabajo, pues, en contraste con las antiguas academias y monasterios, en las casas de altos estudios se llevaban a cabo procesos de reproducción de manuscritos, rollos y códices. Las copias eran guardadas en las bibliotecas universitarias, que garantizaban la transmisión del conocimiento intergeneracionalmente. Para Kittler se trataba de un dispositivo de almacenamiento “tan preciado como lo son hoy nuestros discos duros”, y tenía la cualidad de romper con el monopolio monacal. Asimismo, el conocimiento recientemente adquirido era multiplicado en cartas, lo que derivará en un sistema postal académico. Así, scriptorium, biblioteca y correo postal hacían trabajar a las universidades como una infraestructura de medios que integraba por primera vez almacenamiento, procesamiento y transmisión de conocimientos bajo un solo código: el latín como software de la escritura.
De ese modo, nuestro autor sostiene que sobre el hardware universitario reposó por siglos la producción de conocimientos hasta que dos acontecimientos provocarían profundos cambios. Por un lado, la invención de la imprenta cambia la producción de libros y afecta el almacenamiento del conocimiento en universidades y laboratorios. El conocimiento producido en la alma mater cae en el sistema de libros y de casas editoriales, que privatizan saberes relativamente abiertos. Con ello, las universidades cesaron de escribir libros y solo se dedicaron a almacenar volúmenes impresos por otros en bibliotecas, así como en las cabezas de sus estudiantes –mientras el humanismo, multiplicando los lenguajes de edición, hizo trepidar el dominio latino–. Las ediciones comenzaron a funcionar bajo criterios mercantiles de inversión y lograron una economía circular del manuscrito académico y una mayor dependencia de las universidades respecto del capitalismo emergente.
Pero para Kittler (2002a [2000]; 1997e) será justamente la industria editorial la que permitirá que los libros devengan interfaces entre letras, números e ilustraciones y desencadene el almacenamiento no solo de teorías, sino también de innovaciones y esquemas técnicos y científicos. Según el crítico alemán esto decantará en el modelo humboldtiano para pensar en otra planificación decimonónica basada en la unión entre enseñanza e investigación, mientras termina de consignarse una separación entre ciencias naturales, exactas, ingenierías y humanidades, que, en nuestros tiempos, pondrá en riesgo aquella antigua alianza.
Por otro lado, para nuestro autor la emergencia de los Estados nacionales y territoriales cobrará cada vez más poder sobre la circulación y producción de conocimiento. Primero, a través del establecimiento de derechos de autor, luego bajo la imposición del correo oficial (diplomático, militar, policial, comercial, etc.) y, por último, a través de la nacionalización de las universidades, con la consecuente burocratización y control de documentos. Con ello, el monopolio de la academia sobre lo escrito se acaba, al tiempo que la escolarización deviene en masiva y obligatoria. Sin embargo, para Kittler, las universidades europeas han olvidado su historia gloriosa e independiente y “viven a merced de sus compañeros de corto plazo que las alimentan, controlan y hacen morir de hambre”; no pueden pensarse como más venerables que el conjunto estatal[2].
Frente a esa mala noticia, según el filósofo alemán, la buena es que las universidades han creado una nueva infraestructura de medios que procesa, almacena y transmite cualquier dato. Es que, más allá de la dimensión bélica, las computadoras son también una creación académica, ya que la máquina universal de Turing no solo surge de una disertación, sino que además serán las universidades norteamericanas y europeas las que vuelvan práctico el concepto. Así, las computadoras han completado el círculo: de los departamentos de matemáticas de donde alguna vez emergieron se han implementado tanto en física, química, biología y medicina hasta llegar a las humanidades[3]. Por ello sostendrá que, por segunda vez en ocho siglos, las universidades son técnicamente uniformes simplemente porque todos los departamentos comparten uno y el mismo hardware. Pero este hecho logístico, para Kittler (1993b; 1997a), no ha sido lo suficientemente tenido en cuenta, y tampoco se ha comprendido que las casas de altos estudios tienen “mejores chances de sobrevivir bajo condiciones de alta tecnología”.
En especial, a pesar de que la imprenta y los Estados nacionales engulleron a las tecnologías mediáticas de la Universidad medieval, el conocimiento para nuestro autor no había sido trastocado. El almacenamiento y la transmisión escriturales fueron privatizados o nacionalizados, pero el procesamiento de datos (y sus contenidos) aún se implementaba en el circuito de feedback de ojos, oídos y manos escribientes. Sin embargo, ello cambió con las máquinas universales, que produjeron un procesamiento de datos tecnológicamente reproducible.
No obstante, la situación de los académicos, según Kittler, no ha mejorado mucho por una razón muy sencilla: los jóvenes estudiantes californianos que diseñaron en sus garajes computadoras personales también crearon un “oxímoron tecnológico”, puesto que si, por un lado, produjeron una democratización de una tecnología hasta ese momento elitista, por el otro, impulsando el hardware y el software privativo, propendieron a cerrar el conocimiento que desde las universidades medievales había permanecido con un carácter relativamente abierto. Frente a ello, nuevamente una Universidad (la escandinava) produce una respuesta que reacciona a las barreras propietarias de la dispersión del conocimiento (Linux).
De allí que, en primer lugar, nuestro autor apuesta a derribar las limitaciones corporativas de producción, circulación y almacenamiento de conocimiento. Esto se aplica tanto a los datos procesados digitalmente como a los datos digitalizados de la historia. En el primer caso, para Kittler, los planes de las grandes casas editoriales para monopolizar los journals académicos pueden ser condenados a fallar desde los mismos tutores doctorales, que deben estimular a sus estudiantes a publicar abiertamente. Esta estrategia debería seguir otras tácticas de apertura, pues “[…] el software libre y los códigos fuente abiertos no son excentricidades académicas, sino la única vía para hacer frente a los riesgos estructurales de una cultura digitalizada” (Kittler, 2001d: 29). Así, el conocimiento puede ser visto como un compromiso colectivo que promueve la libre circulación de ideas que subyace a la Universidad bajo los modelos open source (Kittler, 2001b).
De hecho, para nuestro autor, en una época donde genes y algoritmos son patentados, el conocimiento debe existir sin copyright. En ese sentido, contra la idea corporativa de programar a las computadoras y a los usuarios, así como contra los laboratorios y academias universitarias de las empresas de Silicon Valley, Kittler sostiene una consecuente defensa del software libre (Sale y Salisbury, 2015). Señala que la industria de las computadoras hace lo mismo que la industria editorial hizo a la Universidad medieval. En esos términos, la crítica al capitalismo tardío solo puede ser una autocrítica, solo puede ser práctica (como la de programadores y estudiantes que se oponen a la industria), pues tiene la impresión de que los señalamientos teoréticos e históricos como los de sus trabajos solo ayudan a no perder la mirada general.
En el segundo caso, si bien puede estipularse –bajo la idea de preservación cultural– la digitalización de las artes y de los tesoros de culturas pasadas, para nuestro autor la información digitalizada no reemplaza a los medios analógicos[4]. De hecho, se podría decir que la computadora puede empobrecernos culturalmente[5] y ello, para Kittler, lo sabe cualquiera que compare el sonido de un sintetizador con el de un violín o quien haya notado las diferencias entre libros, pinturas y estatuas y sus reproducciones virtuales. De allí que el crítico alemán aconseje una excesiva cautela en la digitalización atendiendo, por ejemplo, a la volatilidad de las memorias electrónicas frente a la duración prolongada de los volúmenes milenarios de nuestra cultura.
De esa forma el futuro de las universidades para nuestro autor depende de las relaciones entre libertad académica y formatos de código abierto que pueden cifrar alternativas estructurales contra los problemas de la digitalización de la cultura. Sin embargo, para Kittler, quizás no alcanza con el software libre; ninguna Universidad podrá competir con los regímenes de propiedad de los diseños de los chips y con las acciones de las firmas que los embeben en los circuitos. Por ello, también abogará por proyectos open hardware y por exceder las lógicas de comunicación bajo el formato corporativo de Internet (reemplazo ideal para el sistema postal académico).
En segundo lugar, Kittler señala la necesidad de transformaciones en el conocimiento cifradas en una prognosis de la Universidad que apele a superar las distinciones desafortunadas entre las famosas dos culturas (Peters en OM; Parikka y Feigelfeld, 2015). De hecho, quizás esto tiene un costado biográfico, ya que nuestro autor valora que en las universidades americanas los libros de ingeniería y matemáticas se encuentren en los mismos estantes que los de filología (Griffin y Herrmann, 1996). En concreto, para Kittler, cuando el rostro humano se disuelve en las playas del silicio, hay que reintegrar la alianza entre ciencias del espíritu, ciencias de la naturaleza e ingenierías (Kittler, 2001d; Champlin y Pfannkuchen, 2018).
Por un lado, porque las así llamadas ciencias y tecnologías –lejos de lidiar con una verdad a-histórica– están involucradas en la historia produciéndola. Las ciencias de la computación afectan los contextos culturales en los que se despliegan implementando toda la potencia del conocimiento contemporáneo. Sin embargo, nuestro autor señala que los estudios culturales se dejan persuadir para verse como una mera compensación o evaluación de las consecuencias de la tecnología y con ello “tiran a la basura la historia universitaria”. En esos términos, los críticos de la cultura ya no pueden excluir el cálculo apelando a su verdad intemporal, pero tampoco ingenieros, físicos y matemáticos podrán descartar la memoria en nombre de su lógica o eficiencia. Deberán aprender unos de los otros, pues, para nuestro autor, así como en el pasado ni los libros ni las bibliotecas eran utilizables sin meta-niveles de conocimiento, hoy ni los algoritmos ni las bases de datos pueden hacer algo sin las ciencias de la cultura (Kulturwissenschaften[6]). Por ello, apela a reunir a los tecnólogos con los especialistas en Histoire des systèmes de pensée para abordar, quizás, los vínculos entre saber, poder y subjetivación. Así, evidentemente, no dejaría de aspirar a una Universidad que sea reunión de las dos culturas y andamiaje para una nueva alfabetización.
Por otro lado, para Kittler (1997a; 1993b) las humanidades[7], una vez que el Espíritu (en singular) fue expulsado (AGG), deben convertirse en Kulturwissenschaften recuperando el paradigma de las ciencias naturales y de las matemáticas. Ambas como partes incuestionables de los fundamentos de la electrónica digital moderna (o microfísica del estado sólido) y de los lenguajes formales de programación, que transforman radicalmente lo que entendemos por cultura. En especial, para Kittler las ciencias de la cultura no deben rehabilitar un humanismo vetusto, sino que tienen que permitirnos pensar el estudio de las técnicas culturales (Kulturtechniken[8]) y es justamente eso a lo que se aboca en la última escena de su pensamiento. Así, en el programa que proyectará el filósofo, dado que las viejas humanidades ya no lidian con el hombre ni se refugian solo en el sentido, “sus tópicos serán la escritura, la lectura, el cálculo, la danza, el canto y el dibujo”[9] (Banz, 1996; Kittler, 1993b, 1997a, MM I, MM II).
Así, hemos comenzado el recorrido de esta tercera parte con ensayos en los que hay un desplazamiento desde la historia de la computación a escritos que integran la arqueología del hardware a un pensamiento teórico-práctico sobre el desarrollo computacional (esbozado en una genealogía de la programación como estrategia de la crítica cultural). Dos formas de acceso a la galaxia Turing que se complementan con una tercera forma que llega cuando Kittler piensa a las matemáticas y a la computación como técnicas culturales.
II. Sistema de registro 300 a. C.
Kittler muere en 2011 y deja inconclusa su obra más ambiciosa y compleja: Musik und Mathematik. Sin embargo, es cierto que muchos ejes de análisis de ese proyecto habían comenzado a hacerse visibles en sus escritos tempranos (cfr. 1988a). Por ello, aunque este giro fue presentado por algunos comentaristas[10] como un quiebre con su obra previa, nuestro autor se encargó de negarlo enfáticamente y quizás en esas torsiones es donde se reconoce la semejanza con Foucault. Dice Deleuze que el autor de Las palabras y las cosas nunca cambió de tema, sino que en la forma prolongada de sus crisis revivía el viejo dicho de Leibniz: cuando creíamos haber llegado a buen puerto, nos encontramos en alta mar. La misma máxima del santo patrono de la cibernética se aplica a Kittler. De hecho, en sus últimas entrevistas subraya que se ha divertido escribiendo sobre el sistema de registro 300 a. C. y sus técnicas de alfabetización[11], mientras que en otros pasajes señala que sus temas conforman una verdadera arqueología acústica vagando de las voces de la madre a los gritos fonográficos, de los susurros de Pan en los amplificadores a las señales y codificaciones radiales, de Wagner a los cantos de las sirenas: “la música ha sido siempre una interfaz entre mis intereses técnicos e históricos” (Barberi, 2000: 117).
La ilusión de la ruptura sucede porque cuando Kittler creía haber arribado a Turing, la galaxia, pero también su época, siente la necesidad de recomenzar todo su proyecto de nuevo. En particular, para Música y Matemáticas tenía planificados cuatro volúmenes con, al menos, ocho tomos, que deberían terminar en nuestro presente. El filósofo alemán publicó en vida solo los dos primeros tomos de MM (Hellas 1 [2006] y 2 [2009] Afrodita y Eros, respectivamente), pero su camino iba a ser más extenso. La serie contemplaba un paso por la Antigüedad romana (Roma aeterna [Sexus[12] y Virginitas]), así como un tercer volumen llamado Hesperien[13] (que abarcaría eventos más amplios de los siglos XVIII y XIX), y el cuarto estaría específicamente dedicado a Turingzeit.
Así, la hoja de ruta no devuelve la idea de un retorno a los griegos[14], sino la forma intrépida de una ontología del presente que quería construirse analizando las técnicas culturales ligadas a la relación entre música y matemáticas (escritura, lectura, cálculo, canto y danza). Con ello, como vimos, nuestro autor plantea una superación de los límites epistémicos del humanismo, de allí que los últimos trazos de su pensamiento estén dedicados a reinterpretar la historia occidental en clave de recursión espiralada. De hecho, si la crítica a Heidegger pasaba por la necesidad de incorporar al pensamiento matemático en las discusiones sobre la historia del ser, entonces obviamente en algún momento estos problemas deberían llegar de manera más directa y sistemática. Pero para Kittler la única manera de revelar a la música como medio de las matemáticas es bajo la forma histórica que permitirá entenderlas como la fuerza fundamental de las técnicas culturales y del conocimiento en Europa.
Al inicio de este recorrido hemos señalado que el Kittler helenista excedía las intenciones de nuestro título, sin embargo, conceptualmente quisiéramos al menos delimitar los márgenes de sus últimos problemas. En las próximas páginas recorreremos la siguiente estructura: primero, nos abocaremos al punto de partida de nuestro autor cifrado en la indagación del deseo y del amor como comienzo de las técnicas culturales. Luego, nos detendremos en las dimensiones por las cuales ese problema se liga a las letras alfabéticas y a la invención griega de nuevas funciones de las vocales puestas al servicio del canto. El canto nos deja en los límites de la relación entre música y matemáticas, que Kittler interrogará a partir de los pitagóricos, quienes construyen las primeras proporciones tonales con base materialista. Así, en principio, nuestro autor plantea dos series en las que elabora la dimensión de análisis musical: por un lado, la alfabética y, por otro, la matemática. Pero, como veremos en el último apartado (Turingzeit), no se trata de un retorno a los griegos, sino de una pregunta recursiva orientada ontológicamente sobre las relaciones entre poesía, música y matemáticas que termina en una integración de los conjuntos de símbolos y técnicas de nuestro tiempo.
III. El amor y el alfabeto
Kittler solía sostener que, al ser hijo de la Segunda Guerra Mundial, se vio compelido a escribir sobre el feedback entre tecnología de los medios y conflictos bélicos. Sin embargo, su obra final contempla un cambio sustancial en la dirección contraria. Pero para nuestro autor lo contrario de la guerra no es la paz –que es solo un resultado del enfrentamiento–, sino el amor[15] (Khayyat, 2012). Por ello, para el filósofo alemán, la pregunta por el amor en Europa encuentra su génesis en la necesidad de estudiar la singularidad de diosas y dioses griegos (Armitage, 2006); es un amor que está en la base de la lejanía, de la nostalgia, pues hace mucho tiempo que ha sido prohibido. En este sentido, el proyecto de MM se puede explicar también como una genealogía de (las múltiples) Afrodita(s); diosa(s) del deseo, del amor y de la belleza entre animales y humanos.
Sin embargo, como señala en “Preparar la venida de los dioses” (2015e [2008]), escribir y hablar de amor es mucho más difícil que hacerlo sobre los conflictos bélicos, porque los dioses nos han abandonado desde los romanos (o, quizás, han muerto de risa). El pensamiento ha quedado atrapado por el monoteísmo y sus deidades inmutables y varoniles que, para el filósofo alemán, rechazan tener mujeres a la par y que son representados –a inicios de nuestra centuria– por los comandantes de la Guerra de Irak. Así, las diosas hace tiempo que no recorren los esteros, los templos están en ruinas y, con ellos, todas las dimensiones que Hölderlin renombraba bajo las ideas no cristianas de salvación y de lo sagrado han quedado en suspenso.
Por momentos parece que la tarea del pensamiento para Kittler, en tónica heideggeriana, consistiría en la apertura de espacios de salvación (aunque se pueda sospechar que nada en ello debería tener carácter religioso). De allí que no sea extraño que nuestro autor se detenga en los orígenes de los sistemas de notación que permiten acceder a lo sagrado. Pues, citando a Heródoto, afirmará que son poetisas y poetas y no los sacerdotes quienes concibieron a musas y diosas y dioses del Olimpo; en la cultura griega, el ritual y el mito no nacen de la religión, sino del canto. Por esto, Kittler propone analizar los orígenes de la escritura alfabética bajo la máxima de revelar las letras, las sílabas y las palabras como un medio detrás de los velos llamados forma y materia.
En sus cursos y escritos Kittler (EGS; 2003c; Berz, Bitsch y Siegert, 2003) recorre los sistemas escriturales cuneiformes y jeroglíficos, sumerios y egipcios, así como las estructuraciones que representaban sonidos pasando de pictogramas a consonantes (fenicios y semíticos). Como es sabido, los griegos (probablemente un desconocido de Mileto) toman las formas geométricas de las letras de los sistemas de escrituras anteriores y las transforman al darles mayor importancia a las vocales a partir de las consonantes redundantes (con nuevos signos escritos), que comenzarían a guardar la capacidad de representar sonidos fonéticamente (Kittler, 1988b).
Como señala T. Heilmann (2016), tanto para Innis como para Kittler el alfabeto griego conforma una suerte de medio originario. Así, ambos coinciden en ver a los signos para los sonidos vocales como un logro sin par que forjaría las precondiciones tecnológicas para que el pensamiento y la civilización helénica florecieran, al tiempo que nuestro autor solía destacar la velocidad en su adopción señalando que, como las computadoras, la escritura griega se desparramó por toda la región mediterránea en medio siglo.
Concomitantemente, Kittler recupera en múltiples pasajes la idea de que en los idiomas que privilegian las consonantes solo los iniciados en la lectura podrían conocer contextualmente lo escrito, mientras que la escritura alfabética vocálica no implica un conocimiento contextual de los significados, lo que favorece el libre juego de sílabas y significantes. Al mismo tiempo, para el filósofo alemán es mucho más difícil contener todos los significados en un concepto de una estructura consonántica y sus dimensiones son a menudo trascendentales, mientras que la escritura griega propendería a conceptos menos ambiguos, más diferenciados y que favorecían el desarrollo del conocimiento. Con ello se minimizaba el esfuerzo requerido para la alfabetización y se transferían los secretos de los palacios y templos al dominio público, al tiempo que se volvería posible desarrollar mnemotécnicas orales (Kittler, 1988a; 1988b; MM 1; 2013; Winthrop-Young y Gane, 2006).
Según Kittler y Ernst (2006), por la facilidad en la pronunciación y la diferenciación entre palabras podemos aprender a leer y a escribir griego sin comprender los significados, aun si no es nuestra lengua materna. Esta eficacia se ve en la particularidad de la escritura vocálica para mapear el habla de modo más fiel que otros sistemas. Esto es, el alfabeto permite el primer análisis completo de la oralidad en fonemas: es el primer medio en la historia de la humanidad en analizar totalmente el valor de las vocales (oídas y habladas), así como en transponerlas en secuencias individuales de sonidos –sílabas–. Por ello, con las letras griegas (y luego con las latinas) podemos transcribir múltiples lenguajes (lo que garantiza, ciertamente, un carácter imperialista).
De esta forma, para Kittler (1997d; 2000f) la transición de una escritura logográfica al alfabeto griego comprende un cambio único en la lógica de la notación, pues antes que representar las unidades significativas del lenguaje, las letras codifican los elementos orales sin sentido. Esta pérdida del sentido (que es progresiva descontextualización, abstracción y generalización) es vista por nuestro autor como una ganancia no tanto desde el punto de vista de la eficiencia lingüística y la desambiguación, sino en términos de precisión, dado que la escritura registra el lenguaje hablado como un fenómeno fisiológico. Bajo su representación fonética del sonido de la voz, el alfabeto puede operar como reorganizador de la experiencia sensual (lo cual es una característica central de todos los códigos y medios).
Para estos análisis nuestro autor recurre tanto a las tesis de Barry Powell (1996) como a las de J. Lohmann, que sostienen que el alfabeto griego es el primero en entregar centralidad a las vocales, pues fue específicamente desarrollado para almacenar y transmitir la poesía dactílica. Así, para Kittler la Ilíada se escribe en una época donde los griegos contaban con una escritura silábica, pero aún no era posible utilizar este sistema para los hexámetros, por ello caerá en el olvido[16]. Pero nuestro autor ubica más tarde la formulación del periplo de Odiseo bajo el signo de una reinvención de la escritura, que es un redescubrimiento del alfabeto.
Como dijimos, la idea de que el alfabeto es (re)creado por el amor a Homero no es de Kittler, sino que solo la acepta y desarrolla a pesar de que ha sido cuestionada por muchos filólogos y arqueólogos. Bajo esta tesis el alfabeto para los griegos era también una suerte de regalo de los dioses, cuya función principal era honrar a los inmortales. Así, en las condiciones de la escritura vocálica, para Kittler y Ernst la literatura[17] y la poesía parecen permitir un modo de acceso a la manifestación del ser por vías alfabéticas (Winthrop-Young, 2011a).
Para nuestro autor una de las claves para sostener estas tesis tan disputadas está ligada a que las vocales solo emergen por razones poéticas, pues servían para sostener la expresión y el conocimiento de los cantantes que, a través de ellas, podían distinguir entre sílabas cortas y largas. Consecuentemente, aprender a leer en griego antiguo es también aprender a cantar, de allí que muchas de las conferencias de Kittler comienzan con cantos. De hecho, para nuestro autor, en las traducciones se pierde la musicalidad de la lengua griega construida con base en sus entonaciones y vocales, pues no son el comercio o la ley, los registros gubernamentales o las actividades económicas, los tributos o las sentencias los que configuran el origen del código cultural occidental, sino que es la musicalidad de los cantos poéticos el motivo principal del alfabeto fonético. Si el rock es un abuso de la radio militar, el alfabeto vocálico es un abuso de las escrituras fenicias y semíticas con el fin de registrar los cantos. De hecho, para nuestro autor los mismos caracteres griegos –además del habla y de las letras– estaban pensados como tonos y notas musicales.
En el mismo sentido para Kittler el alfabeto griego está directamente ligado a los cantos de musas y diosas. De hecho, siguiendo viejas hipótesis (probablemente sexistas) de R. Bentley subraya que la Ilíada es un canto de guerra para los varones, mientras que la Odisea es el canto de las voces dulces como la miel (embriagadoras[18]) de las mujeres (MM 1). Prueba de ello es para nuestro autor que el regreso a casa de Odiseo esté delimitado por múltiples voces femeninas que revelan las melodías del viaje de aventuras en los antiguos dominios griegos. De allí que MM vaya de Circe a Calipso, se detenga en ninfas, princesas y diosas, recupere los pasajes de madres, esposas y huérfanas en el Hades y contemple la astucia de Penélope, al tiempo que los libros de nuestro autor son una constante evocación de las sirenas, que cantan para hechizar de amor[19]. Así, en las vocales entonadas por voces femeninas de la Odisea Kittler reconoce el nacimiento del canto y deduce la música como palabra derivada de musas.
Luego de una minuciosa inspección de Homero, el pensador alemán se detiene en los poemas líricos arcaicos y en las tragedias clásicas. En particular, dentro de la poesía lírica, Kittler vuelve una y otra vez a la compleja obra fragmentada de Safo. Conocida por pertenecer a un grupo de poemas denominados melos, según nuestro autor, es la métrica y musicalidad de esta lírica la que le permite a Safo escribir a Afrodita. Dice Kittler que “los dioses, simplemente por ser inmortales, solo pueden atestiguar el dolor humano, pero no sentirlo”. Por ello, Afrodita le hace la promesa explícita a la poetisa de recurrir nuevamente a sus llamados y Safo provoca un ruego desde el dolor para salvar la lejanía de amor. Safo invoca a Afrodita con un “ven a mí ahora”[20] y con ello para Kittler la poetisa cumple con un llamado a los dioses que excede el esperar su retorno, pues lo que hoy leemos en silencio fue originalmente una voz y una sonoridad que se realizaba en su ejecución (en la iteración). Las diosas –otra forma de llamar a la Naturaleza para nuestro autor– solo advienen porque son convocadas rítmica y melódicamente en la confluencia entre danza y lírica. Así, asiste Afrodita nuevamente como compañera de batalla en los amores de Safo, pero también adviene Dionisio a Tebas a partir del llamado del coro (“hazte visible”) en la Antígona de Sófocles. Por ello dirá Kittler que alétheia, el desocultamiento (el traer a presencia o lo abierto), es una potencia del alfabeto sin la cual no tendríamos ciencia (episteme) ni teoría musical. El ser se revela por los oídos, de la forma en que las musas se aproximan al alfabeto. Pero, además, allí se descubre un raro paralelismo, pues así como los lenguajes de programación ejecutan la realidad que escriben, la poesía lírica y algunos coros trágicos en su musicalidad también guardan esta cualidad de volver al lenguaje operacional y recursivo (Sale y Salisbury, 2015).
Sin embargo, para Kittler, la presencia del amor y del deseo en la cultura griega comienza a declinar progresivamente con la filosofía y la tragedia durante la época clásica y se acelera con el monoteísmo[21]. Independientemente de los intrincadísimos pasajes de MM, se entiende que para el crítico alemán en Grecia se aprende a escribir para cantar y hacer música. Así, un sistema único fue utilizado para letras y notas musicales, pues en tiempos presocráticos la poesía y la música no eran artes o disciplinas separadas, sino aspectos diferentes de la misma episteme soportada por un solo medio de escritura. Pero, además, para Kittler el alfabeto griego empieza a servir para otras notaciones: las letras representarán números y operaciones aritméticas.
Por ello también dirá que el olvido del ser desde Sócrates es el olvido de la unión entre pensamiento, escritura, tonos y números (Kittler y Ofak, 2007). Así, entonces, una primera intuición que guiaba el proyecto de MM era que la invención de la escritura aparecía como un regalo de las musas y servía para reunir (en sus respectivos sistemas de notación) los ritmos de la música y los del lenguaje prosódico. El ritmo y los tonos provocarían la emergencia de las matemáticas griegas, que eran vistas como fundacionales para la conexión cosmológica.
IV. Música y matemáticas
Ya a mediados de la década de los noventa Kittler declaraba su intención de escribir una historia de las matemáticas que pudiese seguir las consecuencias de la invención de los símbolos aritméticos y algebraicos en toda su complejidad y en su carácter de fuerza cultural (Banz, 1996). Sin embargo, para nuestro autor, se trataba de un tópico muy difícil de explicar. De hecho, señalará que si sus otros libros nacían del bricolaje y de las relativamente simples invenciones de Edison, poner en palabras la idea de la onda sinusoidal (el modelo matemático detrás del gramófono) es mucho más difícil. Por esta razón elige a la música y a los tonos como una suerte de matemáticas culturales e intuitivas, pues con las cítaras los griegos podían escuchar las matemáticas, al tiempo que la inversa era posible, pues las matemáticas griegas fueron inventadas para la música. De allí que la última parte del primer volumen de MM alude a la idea de que la música convoca, llama, invoca o hace venir (rufen) a las matemáticas.
Como señala J. Peters (en Sale y Salisbury, 2015), en MM Afrodita es quien parece dar vida a Harmoniké, una noción que comienza significando ligadura (en la construcción de barcos) o juntura de metal para luego derivar en proporción o armonía entre tonos. Con esta exploración, Kittler (2005c) sigue una tradición filológica germana al afirmar que los griegos comenzaron a darse cuenta de que se podía calcular (rechnen, berechnen, ‘computar’) con el alfabeto, al tiempo que desarrollaban la poética[22] (Berz, Bitsch y Siegert, 2003). Las letras griegas para los sonidos del lenguaje devinieron en signos numéricos o matemáticos (y, con ello, dieron fundamento a las ciencias).
En particular, si el alfabeto sirve para sostener un tipo de notación de los cantos, pronto se hará visible para Kittler la alianza de las matemáticas con la música en los sistemas de notación griegos. Así, alrededor del 500 a. C., según nuestro autor, como segunda innovación, los griegos hicieron evolucionar un sistema de números naturales a partir de su alfabeto. Con ello produjeron una invención en las técnicas culturales, ya que la escritura permitirá ahora nuevas operaciones de análisis que terminarán entregando una estructura medial compartida por la poesía, la filosofía presocrática y las matemáticas para el procesamiento, transmisión y almacenamiento de sus saberes (Kittler y Ofak, 2007). Pero también las artes de la canción y la danza –así como el dinero (Kittler, 1988b)– descansarán en la medida y en la métrica; en ello se hará evidente que la historia de nuestra existencia yace en los números.
Así, un par de siglos después de su introducción, la escritura vocálica será refuncionalizada para ser utilizada como signos matemáticos y musicales. Las primeras letras estarán en lugar del uno al nueve y las siguientes representarán a las decenas y a las centenas, mientras que kai comenzaría a ser utilizado como el operador de suma y paulatinamente, más allá de la posición numérica, los ordinales serán convertidos en cardinales. Sin embargo, para Kittler no había riesgo de confundir letras y numerales ya que cuando los griegos se encontraban con secuencias impronunciables deducían que se trataba de una combinación numérica.
Evidentemente, Kittler observa que por estas múltiples funciones el alfabeto griego será el primer alfabeto en la historia de la escritura a través del cual un conjunto de signos podrá codificar letras, tonos, imágenes y números (al tiempo que era concomitante con la invención de la moneda). Por ello, a nuestro autor no se le escapa que, por la misma época en que las letras se utilizarían para hacer anotaciones matemáticas, comienza a tener relevancia la figura de Pitágoras con sus discípulos y seguidores, entre los que Kittler incluye a Filolao, Hípaso y Arquitas de Tarento (presentándolos en contrapunto con los peripatéticos).
Como es sabido, los pitagóricos concebían una cosmología matemática. El universo estaba estructurado según un orden perfecto definido por números y el alma humana podía participar de esta perfección penetrando a través de ellos. Junto con esta cosmovisión, la invención de un conjunto de signos para múltiples notaciones no fue solo una empresa abstracta, sino que se desarrolló en constante retroalimentación con instrumentos o medios específicos, pues para los pitagóricos el sonido se definía como un fenómeno físico (Brunschwig y Lloyd, 2000).
La cítara, la lira, el phorminx o el monocordio serán instrumentos musicales que, para Kittler, configuran también herramientas matemáticamente diseñadas, extremadamente precisas y afinadas; maravillas técnicas que funcionan como “cosas mágicas” que producen y calculan belleza musical. Se trata de instrumentos que conectan a las matemáticas con los sentidos (MM 2; VMT), y permiten que el dominio simbólico sea traducido a sensualidad. A través de ellos, la audiencia es afectada por la interacción mutua de signos, cuerdas y experiencias sensuales. Así, lo más hermoso del mundo ya no es solamente el canto de los poetas, sino también la música instrumental que ahora puede registrarse en un sistema de notación (Winthrop-Young, 2011a).
De hecho, los pitagóricos complejizan la noción de armonía como juntura –el más antiguo de los conocimientos griegos (hija del amor y la guerra, como señala Lohmann)– y comienzan a comprenderla como razón o proporción entre dos tonos cuya consonancia es perceptible, y funda el concepto de música en Europa (Kittler, 2005c, 2000c; 2007c; MM 2). Como es sabido, esta noción comienza específicamente con el experimento de dividir una cuerda en dos mitades iguales y obtener así los tonos fundamentales, esto es, los intervalos musicales en alturas diferentes, como la octava, la cuarta y la quinta. Kittler, recuperando el recorrido de Innis (1986: 73-74), señala que para los pitagóricos los tonos podían ser descriptos como relaciones proporcionales –entre números pares e impares[23] (2:1, 3:2, 4:3)– que posibilitaban el más bello de todos los acontecimientos temporales y auditivos: la música representada en intervalos puros.
Así, nuestro autor parece afirmar que Filolao y sus seguidores pronto referirán a las proporciones o razones entre las alturas como lógoi (Verhältnisse [MM1]), lo que, a diferencia del lógos aristotélico[24], no significan argumentos abstractos, sino que expresan instrucciones o relaciones prácticas construidas para producir armonías agradables que manifiestan para los sentidos la constitución alfabética del ser y pueden ser probadas sin esfuerzo. Con ello, los símbolos secretos en la escala tonal servirían para iniciar en el canto y en la música, al tiempo que esta última deviene en vector primordial de las ciencias.
En este sistema de pensamiento la música forma parte de la física (Physis) como ciencia del orden que rige la totalidad del universo. Como consecuencia, melodía y armonía solo se pueden considerar bellas en tanto expresiones sensibles al oído de una perfección abstracta que las trasciende. Así, no es extraño que para Filolao y Arquitas la música sea hermana de las matemáticas y de la astronomía como ciencias de las relaciones numéricas que regulan los intervalos de los que son, a un tiempo, esencia y expresión (cfr. Brunschwig y Lloyd, 2000). De hecho, el mismo Kittler seguirá cómo de la comprensión matemática de la armonía se estructuran saberes como la aritmética, la geometría y la astronomía.
Ahora bien, para nuestro autor, MM está estrictamente ligado a su más venerado maestro: el lingüista, filólogo, musicólogo y políglota Johannes Lohmann, y a la compilación de artículos Musiké und Logos. Tan alta estima tiene Kittler por Lohmann que, en una entrevista con Wegwerth (2006) –inmediatamente después de publicar el primer volumen de su obra inconclusa–, señala que no ha quedado conforme con su escrito ya que no entendió las matemáticas tan acabadamente como su mentor y, en un homenaje a Heidegger, nos dice que Lohmann intentó darle a la historia del ser la positividad de una historia mundial de los lenguajes (Kittler, 2003c). Es que Lohmann planteaba una investigación sobre el trasfondo de la música griega, donde la armonía aparecería como relación matemática entre el alma y el universo. Pero, especialmente, en el ensayo llamado “Der Ursprung der Musik”, Lohmann (1959: 283) busca el origen del problema de la música en los pitagóricos y los cita al señalar que “Terpandro había sacado del Tetraktýs que la música […] se funda en relaciones racionales numéricas”.
Así, arriesgará Kittler (2001e, 2005c; MM) que si Heidegger conceptualizó a los pensadores jónicos como aquellos que concebían al ser como physis –naturaleza que puede entenderse como luz (Licht) en los estudios ópticos–, él se atrevería a pensar con Lohmann en el ser (incipiente) desde el pavor acústico, puesto que los ruidos horrorosos eran una fuerza estructural en el mundo griego que nuestro autor encuentra no solo en el toro de Falaris, sino también en el abismo de los gritos demoníacos del Tártaro o en el trueno amenazante que anuncia a los dioses. Serán los pitagóricos quienes harán surgir la esfera[25] musical del terror acústico.
Por ello, en esa contribución de su maestro también se cifra la obsesión de Kittler con el tetraktýs, que estará en la base de la operatoria de la división de las cuerdas y que se corresponde con la creencia pitagórica de un universo fundado en números y proporciones que, como vimos, por una parte tiene ribetes de simbolismo mitológico, pero, por otra, tiene aplicaciones observacionales concretas. Los pitagóricos consideraban que el uno era la fuente primaria de todas las cosas en el universo, mientras que los números dos y tres simbolizaban los principios femeninos y masculinos respectivamente, y el cuatro correspondía a los elementos (tierra, aire, fuego y agua). Por ello también el número diez guardaba trascendencia mística al ser la suma de los anteriores y la combinación en una unidad de todos los principios y elementos que eran mantenidos juntos por Afrodita. Así, de acuerdo con Kittler, Pitágoras registra con la figura del tetraktýs la unión entre Cadmo y Harmonía[26], la relación entre escritura vocálica y la música; una suerte de reunión estética que contiene la belleza y el orden matemático.
Según la lectura de nuestro autor, como había anticipado su maestro, el tetraktýs es el primer concepto de la ciencia europea y configura la raíz del devenir y de la physis como fundamento matemático de todo lo que es: la unidad de todos los números tal como aparecen geométrica y aritméticamente. Pero, particularmente, Kittler no solo analiza el lugar del triángulo de piedritas en la geometría (punto, línea, plano y cuerpo) o como una forma de mostrar la proporción entre tonos, sino que además destaca su operatoria singular. Pues, tal como Lohmann (1959) lo sugiere en la etimología del concepto, el triángulo llamado tetraktýs no solo cuenta, sino que también realiza o ejecuta la suma (1+2+3+4 = 10). Por ello, para nuestro autor,
Ponemos uno, dos, tres, cuatro. Pitágoras le dice a un discípulo: “¡Cuenta!”; él comienza muy lentamente, uno-dos-tres-cuatro. “Detente”, dice Pitágoras, y le pregunta: “¿Qué acabas de hacer?” “Contar hasta cuatro”. “No, has formado el número 10. Uno más dos más tres más cuatro: 10”. El número sagrado de los pitagóricos. Y cuando Pitágoras hizo esto probablemente pensó solo en la relación con el primer número, con la arjé, con el uno. Este es el primer algoritmo, el primero operacional, el primer significante sin significado. Con el tektraktýs uno puede hacer todo, aunque no puede decir qué es (VMT: 303).
Por ello, sin darle el estatuto de computadora avant la lettre, resume que la técnica cultural desprendida del tetraktýs pitagórico es una máquina algorítmica que haría cognoscible las relaciones o proporciones (lógoi) aritméticas, geométricas y armónicas. De allí que, aunque subraye las diferencias entre números naturales y reales –que deberán esperar tanto a la era moderna como al cómputo de Turing– Kittler pueda anticipar que
La matemática inicial de los griegos […] es una aritmética del lógoi y esto significa relaciones entre números enteros, lo que a su vez corresponde siempre a una geometría, ya sea como diagrama de piedras de calcular, ya sea como afinación de las cuerdas de una cítara griega. Por lo tanto, la matemática inicial se efectuaba precisamente como en una computadora moderna (VMT: 330).
V. Turingzeit
Si recapitulamos los argumentos de nuestro autor, podemos señalar que de la doble codificación del alfabeto (fonética y numérico-aritmética) emerge la posibilidad de una misma notación para técnicas culturales como contar, escribir y cantar. Así, como dice Werber (2011), con un solo sistema los griegos reunieron a las musas, pudieron capturar las épicas y tragedias, los números y los operadores, las melodías, las armonías, los tonos y las imágenes (podríamos decir: reunir mortales e inmortales, tierra y mundo). Por ello, en la explicación de Kittler el curso de la historia cultural aparece como un proceso derivado de la revelación del ser por recursiones cada vez más elevadas en el sistema alfabético de escritura (de allí que en su último proyecto configure un problema ontológico).
Sin embargo, pronto comienza un proceso de decadencia. Se trata de lo que califica, siguiendo a Heidegger, como el olvido del ser, cuyos orígenes se remontan a los tiempos socráticos y platónicos y se intensifican con el mundo romano y cristiano. En especial, para nuestro autor (1997c, 2009a), la causa de la declinación es el olvido del medio del ser o de la tecnología alfabética, que unía pensamiento, poética, matemática y música. Ahora bien, la hipótesis inconclusa de Kittler (1990g; 1999i, 2007b; 2000c; KT; MM 1) es que, luego de milenios[27], hemos vuelto a vivir en un único conjunto de símbolos (Zeichensatz) que puede registrar, procesar y enviar letras, tonos, números e imágenes. “[D]espués de tantos errores hemos desembarcado en la maravillosa galaxia Turing –donde escrituras, imágenes y tonos, etc, consisten solo en 0 y 1– y [por ello] solo nosotros podemos adivinar lo que eso significa” (MM 1: 207). En los días de Turing, Shannon y von Neumann retorna un alfabeto universal digital y los maquinismos algorítmicos que con él se desprenden integrarán nuevamente, por segunda vez en la historia, a todos los medios (Wegwerth, 2006; Winthrop-Young, 2011).
Así, mientras los medios analógicos operan mediante almacenamiento, procesamiento y transmisión de efectos físico-químicos (lo que complica la equivalencia de estándares), en las computadoras todo se reduce a dígitos binarios, así como a datos, direcciones y comandos[28]. La computadora digital es un tipo de mecanismo minimalista que reduce y purifica el código alfabético dando una nueva función al dominio simbólico: información. No solo porque podemos manejar y manipular los diferentes flujos de datos (letras, imágenes, tonos, líneas, ecuaciones, etc.), sino también porque podemos convertirlos entre sí, unos en otros, en una recursión que amenaza las distinciones de forma y contenido. Esto es, el sistema binario permite poner todo en elegantes líneas de programación y hacerlo algorítmicamente decodificable (desde los genes hasta la astrofísica). De hecho, como se lee en los pasajes anteriores, Kittler parece afirmar que solo en nuestros tiempos estamos en condiciones de comprender lo que significaba el alfabeto para los griegos porque –a diferencia de las generaciones que nos precedieron– volvemos a tener un medio universal que es capaz de codificar, transmitir y almacenar todo lo que sucede y dominar así toda la producción cultural.
Se trata para nuestro autor de la base del poder de simulación encarnado en la capacidad de la máquina de imitar[29] (mímesis) cualquier otra máquina, como demostró el gran matemático británico. Es a un tiempo el resultado y el recordatorio del poder del alfabeto griego, pero también la clarificación de lo que lógos significa en verdad, puesto que para Kittler las computadoras son implementaciones ingeniosas de un régimen de símbolos discretos que se concretan en el alfabeto, pero en una base numérica. En ese sentido, como dice Winthrop-Young (en Sale y Salisbury, 2015; 2011a: 115 ), Kittler concibe su “megaproyecto” sobre el alfabeto como una continuación de la historia del ser, “pero de una forma más informada tecnológica y matemáticamente”. Por ello, cuando se trata de la rehabilitación de un solo conjunto de símbolos por vía computacional, nuestro autor arguye, a través de Heidegger, que la filosofía ha llegado a su fin y que con ello se abre una nueva tarea del pensar.
En particular, de acuerdo con Kittler (VMT), Heidegger (2000) anticipa a mediados del siglo XX que con las máquinas informáticas llega a su fin la era moderna junto con todas las imágenes, sonidos y representaciones analógicas (de la época de la imagen del mundo). Pero, como hemos visto, el nuevo tiempo que emerge no se trata de la posmodernidad, sino de una “composición” o “estructura de emplazamiento” (Gestell) donde “ningún sujeto se imagina que representa las cosas” (VMT: 328), sino que quien calcula, hace memoria y transmite información “es el circuito digital”.
Como dijo Heidegger, temprana y humildemente: precisamente porque el núcleo de la episteme griega, la ontología o el lógos del Ser, se ha materializado en las máquinas de computación, la filosofía europea llega a su fin y el pensar puede comenzar nuevamente (Kittler, 2004a: 250).
En la lectura que hace nuestro autor, en el pensamiento posterior a Aristóteles physis y lógos, ciencias de la naturaleza y lógica, van por separado. No obstante, Heidegger anuncia que “la lógica que los filósofos estudian y enseñan ha sido reemplazada por una logística” que coincide con la cibernética de Wiener. En la ciencia del control y la comunicación, la logística booleana y el manejo de la información ya no son “efectuados por el hombre, sino que los lleva a cabo la más alta tecnología”: las máquinas ejecutan la lógica y con ello llega el fin de la filosofía, pues, como señala Kittler, la máquina discreta universal mina la diferencia que había fundamentado la metafísica entre lógos y physis, dado que ella misma reúne ambas en un solo mecanismo, al tiempo que integra energía e información.
La com-posición [Ge-stell], a diferencia de todas las épocas de la metafísica que ha habido, se apropia nuevamente, de forma oscura y amenazante, del pensar y del ser, como antiguamente lo hizo en la experiencia de los primeros griegos, pero no en su pensar (VMT: 328).
Kittler señala que cuando Heidegger advierte sobre el fin de la filosofía anticipa el triunfo científico-técnico que cifra el comienzo de una civilización mundial fundada en el pensamiento europeo occidental. Pero, a diferencia del momento heideggeriano, a inicios del siglo XXI, para Kittler, la miniaturización progresiva de los microprocesadores posibilita una ubicuidad computacional que configura un despliegue triunfal de gadgets y de infraestructura digital (al punto tal de que toda la ciudad puede ser pensada a través de la máquina de información[30]). Este es el momento donde la unidad implementada entre physis y lógos requiere evaluar la relación entre el pensar y el calcular de un modo diferente a como la fundaron los griegos. Para nuestro autor se ha llegado a esta ubicuidad gracias a un potente feedback loop entre poder computacional, por un lado, y la física del estado sólido, por otro. Bajo ese proceso, Kittler entendía el acoplamiento en espiral o recursión cifrada en la exploración computacional de la estructura (de metales y de elementos) que engendra el conocimiento profundo que se pondrá luego al servicio de la próxima generación de computadoras (por definición, más poderosa y con mayor penetración en la naturaleza). Por ello, para nuestro autor las computadoras han desarrollado una función de autoejecución: cada ciertos meses, el rendimiento se duplica porque la tecnología se retroalimenta a sí misma, ya que son las generaciones anteriores las que diseñan a las posteriores. En ello se cifra una acumulación que Kittler denomina técnica antes que económica, y que responde a la misma estructuración de los ensamblajes de cadenas de invenciones que reaccionan unos con otros sin que la agencia humana sea su centro (SC).
De allí que otra hipótesis recurrente del filósofo alemán sostenga que las computadoras comenzaron a cumplir la profecía de autodiseñarse, autorreproducirse y autooptimizarse, como anticipaba von Neumann (1951)[31], puesto que para Kittler (2001b) lo que hoy comprendemos como una era que produce innovaciones (o “nuevos medios”) –desde la línea de montaje matemática– está estrictamente ligada a la aceleración que conllevan las computadoras. En primer lugar, porque las máquinas de Turing pueden simular el hardware como software, al tiempo que el hardware actual excede la posibilidad de ser construido manualmente por ingenieros. Esto es, el hardware necesita, ya en la década de los noventa, del diseño de chips asistido por computadora (NS: 1993d; 1998a) que –de la mano de la manufactura automatizada– produce un encadenamiento de optimizaciones entre una generación de computadoras y su antecedente: una evolución que tiene lugar a espaldas de los hombres. Ese diseño se sostiene mediante imágenes computacionales e interfaces gráficas que ingresan en una simbiosis de las posibilidades entre el desarrollo de hardware y la investigación de materiales. Según nuestro autor, “[n]adie sabe a ciencia cierta qué hacen bien los chips y qué hacen mal” (Kittler, 1996f: 215). Así, por primera vez, en el diseño de computadoras se reúnen “recto y verso”, el plano de los diagramas y la litografía[32] electrónica; con ello, “el materialismo matemático de Pitágoras regresó triunfalmente” (Kittler, 2004b: 202).
En segundo lugar, la física del estado sólido va a disponer del cálculo de alto rendimiento, que permite la elaboración de imágenes de las estructuras de la materia. Imágenes que, a su vez, posibilitan el diseño de un hardware cada vez más eficiente: “[hoy] las computadoras se parecen a esa serpiente sagrada que, en las mitologías antiguas, devora su propia cola” (Kittler, 2008b: 116). Literalmente, la era de Turing es una recursión entre la invención material de hardware y la invención algorítmica de software, ya que la arquitectura computacional es autorreferencial y une la autoorganización del silicio y el cálculo de la autoorganización del medio ambiente (Umwelt). Aunque no por ello el crítico alemán concibe una influencia lineal de una generación computacional sobre la siguiente. De hecho, en la imposibilidad de que los procesos de optimización sean solo matemáticos veía la apertura de agujeros en las arquitecturas de chips que les permitían recibir la influencia del entorno (Umwelt) –no solo ligado a datos sociales y ambientales, sino estructurado desde las infraestructuras computacionales actuales y anteriores (Kittler, 1994a)–.
En esto también se anticipa la progresiva independencia de las máquinas de Turing para escribir y aprender de sus propios códigos, como queda claro en las tendencias de programación de machine learning e IA (MM 2). Así, en momentos donde algoritmos evolutivos, bayesianos y de redes neuronales han aprendido a programarse y reproducirse en función de grandes datasets y donde todas nuestras comunicaciones interestelares son maquínicas (Kittler, 1993a; 2006a [2003]; OM), las hipótesis materialistas de nuestro autor implican también que la misma exploración de los materiales hace previsible que el límite exterior de la potencia computacional se encuentre en las fronteras físicas de la miniaturización sobre el silicio (Kittler, 1994b; 1999g). Por ello, bajo las mismas imágenes computarizadas se diseña un cálculo inscripto a nivel de los fotones. De hecho, pronosticará en varios pasajes que cuando las computadoras cuánticas estén entre nosotros el ser destellará como el rayo.
Asimismo, en este escenario el rol de los humanos y el de las computadoras capaces de autoacción y autoorganización es igualmente difícil de asignar. Por ello, señala Kittler (2005a [1999]) que mientras las máquinas que mejor funcionan son las que se autoprograman, resurge un humanismo que –espejándose en la propiedad empresarial– reclama control y posesión sobre las computadoras; un humanismo que no es más que una estrategia para ocultar “nuestra vergüenza desnuda”, pues vivimos en una época que ya no necesita de nuestra representación. El tiempo del sujeto humano se ha ido para siempre y la representación del mundo en imágenes, sonidos y cuentas depende de un conjunto de símbolos que excede y desafía cualquier excepcionalidad antropocéntrica.
Como dice Winthrop-Young (2011a), en la historia que cuenta Kittler parece que el sujeto es la tecnología, entendida en el sentido amplio como procesamiento de la naturaleza (de allí, por ejemplo, su predilección para sacar como consecuencia bélica la existencia de una subjetividad maquinal –espejada en procesos cognitivos no humanos–). De hecho, para nuestro autor el silicio es naturaleza (physis) computándose a sí misma, y si bien durante mucho tiempo este proceso necesitó de intermediarios humanos, ahora, con la tecnología digital, está más cerca del autoprocesamiento natural, y deja a los humanos atrás. Así, en la larga historia de la intersección entre medios y cuerpos todavía había lugar para lo humano entre los estándares técnicos, pero ahora que las máquinas son capaces de leer y escribir sin nuestra dirección se pueden hacer cargo ellas mismas. En ese sentido Kittler recuperaba recurrentemente la herética proposición de Turing (2004: 475) cuando establecía las bases de la inteligencia artificial: “En algún punto, por lo tanto, deberíamos esperar que las máquinas tomen el control […]”. De allí que en sus cursos en EGS subraya, en una suerte de completa inversión del idealismo, que si la física del estado sólido especifica cómo hacer computadoras más pequeñas, rápidas y elegantes –a través de y en las computadoras–, la naturaleza se refleja a sí misma y es capaz de mirar abismalmente en nuestros ojos a los suyos propios.
En la misma tónica, Kittler (1994a; 1997d; 1999g; Heidenreich y Schultz, 1993) vuelve recurrentemente sobre la idea de que la exploración de la materia le permite a nuestra cultura vaticinar[33], por primera vez en la historia, con un bajo nivel de error, dónde brillará el sol este fin de semana y dónde estará nublado: “[a]sí que cada vez que sea verano, agradezcan a nuestras computadoras” (Kittler, 2006a [2003]: 69). Por supuesto, a nuestro autor, por su predilecto tono mitográfico (cfr. Gumbrecht en Kittler, 2013), no se le escapa que todas las demás culturas han consultado a los dioses para conocer los fenómenos meteorológicos, mientras que la cultura contemporánea –con las ambiciones probabilísticas de von Neumann, los sistemas complejos no lineales (de E. Lorenz) y los satélites– expone toda su potencia en la simulación climática a partir de datos ambientales (Umweltdaten). Allí, los fenómenos físicos y espirituales se reúnen nuevamente, pues “nunca podremos separar lo que es clima y lo que son los dioses” (MM 1: 79).
De hecho, en su conferencia “El rayo y las series”, Kittler (2006a [2003]) vuelve a Heidegger (desde Foucault) para marcar las rupturas entre el estudio, por un lado, del cosmos y de la música monocorde griega y, por otro, de las armas de fuego y la noción de frecuencia para la acústica y para la óptica en la modernidad. Para Kittler (p. 69) cuando medimos frecuencias –para controlar sismos y tsunamis en el lecho de lo inaudible– “estamos del otro lado de la muerte, en una inmortalidad que ha reemplazado a los viejos dioses” (Heidenreich y Schultz, 1993). Sin embargo, no somos nosotros, sino las computadoras, las que estructuran la primera cultura que puede predecir el clima (aunque tengamos que esperar para los terremotos) y devolver el rayo –junto con sus efectos catastróficos y genocidas– sobre la tierra.
Pero Kittler señala que para las máquinas de Turing es muy difícil trabajar con el principio de imprevisibilidad de los dioses griegos. La risa de Pan, el rayo de Zeus son totalmente impredecibles, son advenimientos apropiadores o acontecimientos[34] (Ereignis). Los acontecimientos son pulsos puros de tiempo y solo podemos describirlos de manera aproximada. Por ello, para nuestro autor el concepto de acontecimiento viene del relámpago, de su aparición súbita que nos enceguece (Lichtung) y nuestro concepto de esencia se espeja en la reverberación del trueno, que fue solo pasible de ser comprendida a partir de la regularidad y mensurabilidad de los fenómenos periódicos (series, frecuencias, vibraciones) (Kittler, 2001e).
Quizás si las simulaciones climáticas estándares nos han dado la seguridad de seguir la vía del trueno, otros cálculos (como los modelos computarizados de posibles erupciones volcánicas o de actividades sísmicas) permitirán advertir los saltos cualitativos (o, mejor dicho, cuánticos) necesarios para la paulatina entrada (relacional) de las máquinas en el acontecimiento (cfr. Kittler, 2007b; 2007c). Porque como la música, los terremotos y otros fenómenos naturales pueden ser pensados como acontecimientos temporales computables en frecuencias, pero quizás la naturaleza misma del cómputo debería cambiar. Crípticamente, para Kittler, si la metafísica encuentra su fin es porque la comprensión del ser por el Dasein que responde desde el advenimiento ha quedado desplazada desde el momento en el que las máquinas universales en Turingzeit comienzan a corresponder al advenimiento apropiador del clima y del tiempo. En este escenario parece que luego de dioses y hombres es el turno de las máquinas, que pueden responder a la manifestación (o diferenciación) del ser en acontecimientos.
Se podría decir que si en Heidegger la tesis de la excepcionalidad humana parece ser residual, nuestro autor intentará despojarse de ella advirtiendo que es la máquina discreta universal la que se relaciona con el Ereignis. Pero la naturaleza no es una máquina computable, por ello también se podría sugerir que para Kittler (1996b; Champlin y Pfannkuchen, 2018) la hipótesis deísta del dios calculador leibniziano –reconvertida por el más profundo ateísmo hereje y materialista de Turing– solo inyecta rasgos algorítmicos en el comportamiento de una realidad no binaria. Así, dirá nuestro autor que puede que las nubes no sean computadoras digitales que calculan cada gota y, a la inversa, puede que las computadoras no estén allí solo para recoger lluvia. Con ello, apunta una y otra vez a una formulación lacaniana de lo real como aquello imposible de ser procesado digitalmente (pero quizás pasible de ser computado cuánticamente).
Sin embargo, esta relación profunda entre máquinas de información y acontecimiento –que quizás hubiese sido el núcleo del cuarto volumen de MM– solo se trata, en sus ensayos anteriores, de un tópico recurrente que, al menos hasta donde sabemos, no terminaría de aparecer claramente tematizado. Probablemente se hubiese complementado con la idea de que hemos dejado de ser solo una cultura de humanos y habitamos una simbiosis entre personas (elementos de sistemas sociales), programas (elementos de sistemas mediáticos) y procesadores; entre carbono y silicio (Kittler, 1993b; 1998a). En ella, las piedritas del tetraktýs son activadas nuevamente y, por ello, no extraña que las últimas intervenciones de nuestro autor acompañen a un replanteo del problema de los algoritmos.
De hecho, para Kittler (2006c [1996]) la implementación concreta de las máquinas de Turing formaliza y matematiza, por primera vez, al lenguaje. Por ello, las computadoras no son herramientas ni tampoco simples máquinas de escribir, ya que los lenguajes maquínicos formalizados rompen con la distinción entre procesamiento, almacenamiento y transmisión de energía y de información. Son técnicas culturales y con ello –más allá de que sus efectos pueden leerse en transformaciones comerciales– afectan directamente a los problemas de las humanidades que no dependen de las intenciones individuales, sino de todos los medios que se vuelven posibles con base en lenguajes. De allí también que, para Kittler (2001d: 31), defender la cultura no es solo almacenar, procesar y transmitir datos y conocimientos, sino “desarrollar algoritmos tan eficientes y públicos como sea posible”.
Así, las tecnologías de los medios construidas sobre las bases de los lenguajes formales mueven los límites entre lo posible y lo imposible, entre lo pensable y lo impensable porque la codificación tiene efectos recursivos sobre los insights e intenciones de los mismos programadores. No se puede entender esta formalización como meras herramientas, de allí que la definición antropológico-instrumental de la técnica sea correcta, pero no verdadera, y que los lenguajes formales de programación –en tanto técnicas culturales– aparezcan como modos de responder a la revelación del ser. En ese punto nuestro autor parece anticipar que hay una relación profunda entre programación y poética.
Para Kittler la poesía es el arte[35] que, a diferencia de la música y de la pintura (acústica y óptica), resistiría a la matematización y que se presentó siempre como el emblema de una subjetividad que nuestro autor hace coincidir con la era de la representación. Sin embargo, Kittler anticipa que esto cambia en la actual centuria ya que hay una relación inherente entre poética y codificación: ejecutar cosas con palabras (a través de una recursividad que no dejó de ensayar). Así, quizás, la escritura de código ofrece el cumplimiento del viejo sueño de la poesía lírica, un lenguaje que hace que las cosas sucedan (como en el caso de Safo)[36]. De modo tal que el sueño poético posiblemente se vería cumplido con las líneas de comando, donde una persona puede “eliminar”, “transformar”, “hacer y deshacer” solo apretando enter. Con ello, el dominio de las frecuencias, para decirlo con Flusser, ahora está en la punta de los dedos; pero también quizás podríamos decir que en nuestra época justamente esos digitales ya no se restringen solo a lo humano.
Por otro lado, como vimos, en una época donde todo arte es transpuesto en binario parece que ha llegado el momento de pensar que todo lo bello puede ser codificado: “hoy la teoría del arte también está aprendiendo a computar con números reales” (KT: 27). De allí que el sentido poético de Kittler no dejaría de informar sus prácticas de programación, que buscaban construir, desde la estética, gráficas computacionales (fractales de Mandelbrot) y programas lingüísticos (cadenas de Márkov aplicadas a grandes escritoras/es) (Holl, 2017). Así, aun si no hemos aprendido que hay cosas que no tiene sentido codificar o que no todo arte medial está a la altura de la programación, para el filósofo alemán escribir código puede aspirar a más.
Como vimos, en su explicación de las gráficas de computación Kittler no deja de rozar algunos temas estéticos y artísticos (que ya había planteado en “Fiktion und Simulation” [1988a]), pues, para nuestro autor, la finitud, algo propio de nuestra existencia, es lo que separa a los algoritmos de las matemáticas en general. Los algoritmos son más viejos que las ciencias de computación y se pueden circunscribir a la determinación, a la secuencialidad y a su carácter conclusivo[37]. De estos tres criterios el que le parece más importante es el último, pues, luego de un número finito de pasos, se alcanza un estado final a través de una detención en la operación. Esta característica para Kittler (2017b) los relaciona con la función de obra finalizada y de completitud; es decir, hay vínculos inherentes entre algoritmos y arte. De hecho, para el filósofo alemán, la tarea del arte es revelar lo eterno y lo ilimitado por medio de lo finito, quizás por ello también algo de la captura de lo incomputable con un algoritmo finito esté relacionado con el arte y la estética.
Aunque desde el momento en que la subjetividad –del pintor, del músico– ya no está en el centro y las decisiones de control pueden ser legadas a los algoritmos, las computadoras hacen posible artes que ya no son obra humana. Pero esto no significa sacar a las personas del juego, al contrario, quedará por ver qué complejidad, “qué compromiso entre orden y ruido es apropiado para el delicado tráfico entre personas y máquinas” (KT: 32). Es justamente el hecho de que “arte” en griego fuese llamado “técnica” lo que sugiere nuevos pactos posibles que van más allá de la interpretación romántica. En particular, para nuestro autor, la tarea más alta del arte computacional debe ser practicar su mirada algorítmica, pues para Kittler bajo condiciones binarias quizás podemos decir no solo que todo lo bello puede ser codificado, sino también que el ser podría revelarse en las prácticas de algoritmos y programas.
¿Es acaso esta una forma de transformar todos los valores de una moralidad globalizada e imperial? ¿Estamos frente a lenguajes y prácticas de codificación que pueden nuevamente pensarse como florecimiento? No lo sabemos, nuestro autor nos deja aquí sin mayores respuestas, pero para que esa posibilidad sea factible, Kittler parece apuntar una y otra vez a la programación. De hecho, en una compacta historia de las sagradas escrituras (y de los comandos divinos de lectura), Kittler (1987e) sugiere que quizás algo sagrado (Heiligkeit) haya resurgido con los procesos maquinales de lecto-escritura de bits. “La codificación como tal adquiere una sacralidad, que es el otro exacto del ruido en el canal” (1987e: 160). Por ello –más allá de las obvias medidas contra la industria informática−, en varias oportunidades nuestro autor recorre la relación entre el lenguaje poético[38] y la escritura de códigos[39], teniendo como trasfondo el famoso cierre de La pregunta por la técnica, donde Heidegger anuncia, a través de Hölderlin, que en el peligro implícito de la nueva era de la técnica contemporánea (Gestell) también está cifrado lo que salva:
¿Cómo se puede superar la Gestell [estructura de emplazamiento] de Heidegger en 2007, aquí y ahora? Siguiendo a Hölderlin, ¿puede salvarnos el peligro? Sí y no. En tanto nosotros –devotos de consorcios como IBM y Microsoft– concibamos a las computadoras solo de arriba hacia abajo, desde los cálculos económicos de Bill Gates hacia abajo, hasta los múltiples componentes de cada una de ellas, practicamos simplemente la mimesis (hombres, siervos programadores, los estudiantes de Standford). En efecto, imitamos a ese mismo dios que sin mujeres ni amor cree arreglárselas como creador. No nos maravillemos entonces de que las computadoras se venguen con virus y mentiras. Si las proyectáramos cariñosamente de abajo hacia arriba, sería muy diferente. Ya no podríamos forrarnos con millardos de dólares con la mentira llamada software, pero HAL recibiría de nosotros, los programadores –siguiendo estrictamente a Turing–, uno tras otro, los sentidos, los músculos y un corazón. Las computadoras serían embriones que durante 10 largas lunas (para contar junto con Homero) crecen y florecen en un vientre materno. Luego las liberaríamos, como todos los vientres maternos a sus niños. Por amor a Penélope, Odiseo emprende el camino a casa. No sabemos si ella lo ama (VMT: 320).
No obstante, Kittler (2007b) no deja de asegurarnos que ningún oráculo ni ningún dios, ni siquiera el mismo Turing pudo haber previsto qué palabras o qué poética saldrá de su máquina. Pero también supo apuntar que las computadoras solo fallan a la hora de determinar su propósito. Por ello, algo sí es seguro para nuestro autor: no puede haber condiciones para el amor ni para la ética (ni siquiera para la democracia) en un futuro compuesto de analfabetos computacionales donde máquinas y seres humanos sean programables y su relación no cambie, quizás, hacia una serenidad que todavía no conocemos (Kittler, 2004d; Heidenreich y Schultz, 1993, NS; 2001b).
- A su manera, Kittler podría ser ingresado como autor del difuso campo en el que comunicación y educación se intersectan (Geoghegan y Kassung, 2016).↵
- Esta crítica kittleriana a la relación entre universidades y Estados no debe confundirse con argumentos neoliberales.↵
- Sin embargo, no alcanza solo con computarizar metodológicamente a las humanidades: “Obviamente, la instalación de computadoras personales en los escritorios de los humanistas –cuando les pregunto, casi todos mis colegas juran usarlas ‘solo como máquinas de escribir mejoradas’– no ha sanado la herida entre naturaleza y cultura; y presumiblemente aun el hecho de que hayan encontrado su lugar en los métodos y bases de datos de las humanidades no cambiará nada” (Kittler, 2006c [1996]: 47).↵
- Así, por ejemplo, Kittler analiza la digitalización de obras de artes y ruinas arqueológicas en museos virtuales, que son almacenadas en símbolos y algoritmos, y con ello cada elemento entra en una estructura objetiva que la hace dirigible según sus características (lo que técnicamente es una reconstrucción del conocimiento museístico). Pero, para nuestro autor, la digitalización suele hacer énfasis en las interfaces multimediales amigables antes que en las potencialidades de las bases de datos y en los archivos digitales para gestar arquitecturas de silicio que permitan descubrir las estructuras de sus catálogos. El museo digital debería ser parte de la batalla contra el analfabetismo computacional (Kittler, 1996d).↵
- Hay múltiples dimensiones de las discusiones de nuestro autor respecto de las operaciones de preservación cultural que no podremos agotar aquí. En ese contexto, por ejemplo, llega a señalar que la memoria colectiva (hardware) no es solo una función de la cultura, sino una precondición de esta y, para ello, se necesitan medios técnicos que permitan transmitir conocimiento de una generación a otra. Si bien las danzas, rituales y discursos pueden ser vistas como actividades que –como el software– permiten esta transmisión de conocimiento, las performances simbólicas –que no pueden superar la barrera de la muerte– necesitan siempre de memorias hechas de hardware (edificios, monumentos, pinturas, escritos, etc.) que han sido creadas para defender la cultura trasmitiendo datos a través del tiempo y del espacio.↵
- Para una discusión in extenso de la fundamentación de las ciencias de la cultura en la filosofía de los medios alemana y, especialmente kittleriana, referimos a G. Raulet (2011).↵
- Para Kittler la doctrina alemana que supone que las universidades son solo lugares para la razón comunicativa y no tendrían la menor necesidad de hardware es falsa, ya que la historia de las universidades europeas demuestra que el conocimiento no puede existir sin tecnología y que la tecnología no se reduce a instrumentos. Para las humanidades no hay nada “no técnico” para enseñar o investigar, por lo que se debe tirar por la borda la infame oposición entre razón instrumental y razón comunicativa (SC). De allí, por ejemplo, que los grupos de trabajo de nuestro autor hayan sido interdisciplinarios.↵
- La categoría de técnicas culturales tuvo múltiples repercusiones y ramificaciones en la nueva teoría alemana de los medios. Para un análisis detallado de su alcance e historia conceptual y de las polémicas dificultades con su traducción (así como sus deudas sospechosamente conservadoras) puede consultarse Siegert (2015) y Geoghegan (2013). En el caso específico de nuestro autor, ocasionalmente señala que las raíces del concepto pueden encontrarse en M. Mauss (Kittler, 1993b, 1997a; Ernst y Kittler, 2003; Berz, 2003).↵
- Bickenbach (2011) sostiene que el concepto y el tema de la cultura para Kittler se vuelven centrales en 2001 al publicar Eine Kulturgeschichte der Kulturwissenschaft, una serie de clases que van de Vico a Heidegger. Una versión de ese recorrido puede encontrarse en Kittler (2000a). Por otra parte nuestro autor define el concepto de cultura no como proceso social total o como vida cotidiana, sino solo en relación con aspectos bien definidos como la formalización de los sistemas simbólicos que permiten escribir, leer, dibujar (hacer imágenes), contar y computar (Kittler, 2001d).↵
- Algunos autores leen este retorno helénico como una respuesta a la profesionalización de los estudios de los medios que el mismo Kittler cuestionaba (Wegwerth, 2006).↵
- Se podría decir que para Kittler (2000c) el alfabeto vocálico era una técnica fundamental en la conservación de la belleza artística (escritos, tonos, números). Así, elementos contables y letras reunían ser y pensamiento. Para nuestro autor los jóvenes griegos libres aprendían (o eran introducidos en la cultura) a través de las artes del alfabeto (antes que las de la lucha). Esta alfabetización contemplaba la lectura y la escritura (grammatiké téchne), el cálculo (aritmética), el dibujo y las figuras (geometría) y finalmente el canto, el baile y el tocar la lira (armonía).↵
- Hay algunos ejes que permiten advertir conexiones y distanciamientos de los planteos de Kittler con los volúmenes de Historia de la sexualidad, de Foucault.↵
- Ciertas direcciones de análisis son legibles en artículos de VMT, donde Kittler estudia momentos claves de la literatura europea. De hecho, el tercer volumen de MM quizás tendría tres tomos: Minne (amor medieval, cortés o noble-siglo XVI, cfr. Kittler, 2015f [1980]), Liebe (amor romántico) y Sex (alguna forma de amor decimonónico moderno) y también prometía una discusión de la teoría musical de Leibniz y del comienzo del álgebra (cfr. Gumbrecht en Champlin y Pfannkuchen, 2018).↵
- Los debates sobre el canon de pensamiento y poesía que entran en esta categoría en el mismo Kittler (así como sobre los atenienses que quedan decididamente afuera) conforman un tópico áspero cuyos pasajes no podríamos cubrir con la suficiente destreza.↵
- Se podría argumentar que un precursor de esta idea de amor y deseo se encuentra en la misma obra temprana de Kittler (cfr. 2015f [1980]; AS, DMK), si es que volvemos al amor maternal construido a través de los métodos de alfabetización (cfr. Weber en Champlin y Pfannkuchen, 2018). Sin embargo, hay algo del orden de la bestialidad divina que no está incluido en el amor maternal romántico como vicario de la naturaleza. Al respecto puede consultarse un breve ensayo que propone recorrer las transformaciones del amor desde los medios técnicos (Kittler, 2004d).↵
- A Kittler no se le escapa la conocida historia del desciframiento de las tablas en Lineal B, así en “El alfabeto de los griegos” lo comparará con la decodificación de Enigma (VMT).↵
- Existe todo un conjunto de reparos en Kittler para hablar de literatura más allá del sistema de registro 1800, de hecho llegará a decir en DV (p. 56) que “bajo condiciones tecnológicas, la literatura desaparece en (como la metafísica según Heidegger) un muerto viviente de un morir sin fin”. Este problema está ligado en Kittler (1979) a Foucault, pues “los textos que se basan en la función de autoría son literatura en un sentido históricamente nuevo de la palabra” (p. 103). Evidentemente, nuestro autor vinculaba a la noción misma de literatura moderna con el desarrollo de la individualidad y a la formación del espíritu como diseño de Goethezeit, por lo que es comprensible que Kittler (1999i) no aplique el término más allá de esa época. En particular, porque la historia de la literatura es reabsorbida por la comprensión de técnicas culturales y su relación con la historia del ser (divisible por tres: las mnemotécnicas de los poetas, la imprenta de tipos móviles y el procesamiento digital). Otra explicación posible de estos reparos se encuentra en Kittler (2013), donde nuestro autor presenta una genealogía de la noción de grammatiké téchne o técnica/arte de las letras, haciendo alusión a que los griegos no tenían una palabra para “literatura”. Así, fundamentalmente, la tesis de Kittler (cfr. 2007a, 2007b) parece ser que con la separación entre poética y música se transforma la esencia de la primera, que se convierte en literatura (en tanto nombre que no diferencia entre poesía y prosa, y que aparecerá cabalmente con los romanos).↵
- En “Eros y Afrodita” [1995] (VMT), analizando El Banquete, de Platón, Kittler distingue entre la embriaguez de la diosa del deseo y la de Eros.↵
- A tal punto se estructura la arqueología textual de Kittler que hará un experimento (tratado en el audiolibro Musen, Nymphen und Sirenen, de 2005) en el cual lleva a dos cantantes a islas italianas (Li Galli) y les propone cantar los hexámetros “Llega acá, de los dánaos honor, gloriosísimo Ulises, de tu marcha refrena el ardor para oír nuestro canto”. Nuestro autor sostiene que en un bote a diez metros de la orilla solo logra escuchar las vocales y ya en tierra se hacen perceptibles las consonantes y su sentido. De allí deduce que Odiseo tuvo que haber atracado para entender la frase (Winthrop-Young, 2011). Otro pasaje de este trabajo delicado de nuestro autor pasa por las arqueologías textuales que propone en ensayos como “El alfabeto de los griegos” (VMT). En este, por ejemplo, formula una historia del hallazgo de la Copa de Néstor (de 1954) y sus fragmentos que refieren a una versión escrita de la Odisea.↵
- “Acúdeme también ahora, y líbrame ya / de mis terribles congojas, cúmpleme que logre / cuanto mi ánimo ansía, y sé en esta guerra / tú misma mi aliada”. Traducción de García Gual (1998: 66).↵
- No tenemos tiempo de resumirlo en estas páginas, pero para Kittler los atenienses prohíben a Afrodita y optan por la casta Atenea, y excluyen a las mujeres tanto de los ritos religiosos más sagrados como de las escuelas. En el mismo sentido dirá que la teoría de las ideas de Platón tiene como finalidad hacer buenos a los dioses, volverlos monógamos y convertir a los griegos al monoteísmo.↵
- Por ello, Kittler abre MM 1 con el poema “Música”, de Borges, al tiempo que “El Golem” sirve de proemio al giro hacia los pitagóricos en MM 2. El escritor argentino es la cita predilecta de nuestro autor en toda su obra.↵
- De acuerdo con Filolao cada armonía y número es una combinación de pares e impares, y para Kittler esto es el origen de las matemáticas como estructuras y ya no solo como cosas contables (Wegwerth, 2006).↵
- Para Kittler (2006b [2003]) fue allí donde conceptos fundamentales como lógoi fueron desarrollados por primera vez y subsecuentemente distorsionados de sus orígenes músico-técnicos por el aristotelismo. Por ello sostendrá la necesidad de concebir a los números como medio y escapar de esa forma a la concepción aristotélica de to metaxy.↵
- Señala Kittler (2000f; 1997b) que los pitagóricos que pensaron estas relaciones utilizaron las vocales para ordenar los siete valores diatónicos en una octava en relación con las esferas celestes (cinco planetas más la luna y el sol), que también constituían una esfera armónica musical que implicaba al cosmos. Estas relaciones se vuelven insonoras con el platonismo y pierden sus aspectos musicales, por ello dirá que la nueva doctrina confunde esta esfera con movimientos astrales inaudibles.↵
- Estas relaciones no dejarán de tener dimensiones literarias para Kittler; de allí, por ejemplo, que nuestro autor (en “Homero y la escritura”, en VMT) siga a Diels y Kranz para subrayar que las dos voces de la sirenas entran en armonía como las cuerdas en las liras de las musas. Por otra parte, Kittler (2005c) señalará que Pitágoras respondía a sus alumnos que tetraktýs era la armonía y que esta era la resonancia en el canto entre dos sirenas.↵
- Obviamente los volúmenes que nos faltan de Kittler hubiesen atacado muchos problemas propios de la génesis de las matemáticas, señalando, quizás, que desde la Edad Media ya no habrá una unidad entre letras, números y notas musicales, sino códigos diferenciados para distintas áreas. Por algunos escritos de nuestro autor, se podría anticipar que ese camino seguiría la enseñanza monacal de las matemáticas, la arquitectura y los cálculos en la mecánica. En particular, MM quizás hubiese incluido una exploración de los sistemas de notación y de signos medievales. De hecho, Kittler (1993a; 1995c; 1997d; 2005b; 2007b; 2000f), se detiene en el sistema de notación polifónico de G. de Arezzo, al tiempo que apunta algunas relaciones con Liber Abaci, de L. Fibonacci. Asimismo, probablemente hubiese recuperado problemas como los de la infinitud, la introducción del cero posicional, los operadores y el progresivo declive de las pruebas geométricas a favor del álgebra (de allí la figura repetida de F. Viète en sus escritos). Para la mayoría de estos desarrollos Kittler dialoga con la filósofa de la formalización de los sistemas lógicos y matemáticos S. Krämer (1988).↵
- Con todo, en una entrevista sobre la ontología de los medios con M. Hansen sostendrá que ver a lo digital como una recursión del alfabeto griego puede parecer demasiado optimista o, como mencionará en sus cursos de EGS, un poco exagerado. Sin embargo, encontraba claros fines didácticos para acentuar los quiebres. Es que mientras el alfabeto vocálico parece ser el prerrequisito para la emergencia de códigos, no es suficiente (2008). Necesita de una segunda condición compuesta por la escritura de toda codificación (algo que está en la base del desarrollo de las tecnologías de comunicaciones secretas). Esto es, por un lado, el amor que hace surgir el alfabeto griego y, por otro, la guerra que permite que surja el secreto y, así, se completaría el círculo que compone al código y la codificación.↵
- Kittler (2007c; MM 1: 126) parece distinguir entre dos nociones de mímesis; una que se corresponde a la idea de construcción matemática (y pitagórica) de imágenes y tonos (cuyas raíces pueden encontrarse en la fuerza divina de los disfraces y, como señala en 2015, parece ser el principio del amor) y otra de calco o imitación platónica entre un modelo y sus simulacros o copias inferiores.↵
- La ubicuidad de la computación lo lleva a Kittler (1988 [VMT]; 2014) a pensar una analogía entre la ciudad y el medio digital, ya que para nuestro autor la ciudad es uno de los más antiguos medios de almacenamiento, procesamiento y transmisión de conocimiento e información. De hecho, para Kittler la vieja metáfora de capitales y Estados como organismos queda en desuso ante las megalópolis que se transforman en redes implementadas técnicamente que transmiten información y energía (electricidad, agua, carreteras, teléfonos, radio, televisión, fibra óptica, etc.). Por ello a estas redes nuestro autor las analiza teniendo en cuenta distintas estructuras de datos (árboles, grafos) que emulan a las computadoras y, siguiendo a Mumford y a Virilio, va a comparar a las urbes con la arquitectura de Shannon y von Neumann: con sus unidades de cálculo, sus puertas lógicas y sus memorias. Así, los chips tienen cuadras: Miniaturstadt (Kittler, 2014; 2003). Por ello contrastará a los dispositivos disciplinarios (escuelas y barracas) con almacenes de datos y comandos (RAM y ROM), el formateo de datos binarios con semáforos (el sentido direccional del tránsito en autopistas y estaciones), pues en la actualidad fundar una ciudad es hacerlo en un flujo de redes de direcciones y transmisiones de datos. Finalmente, las instrucciones, comandos o algoritmos remplazan a las disposiciones disciplinarias de las relaciones de poder y a las viejas instituciones de los aparatos del Estado. Así, nos tienta a trocar la ideología por controles de arquitectura técnica, ya que el poder es ocupar los canales de procesamiento de datos en el momento preciso y su centralidad es una variable dependiente de las funciones de los medios. Estas infraestructuras de redes computacionales ubicuas ya son las ciudades mismas (Kittler, 2003).↵
- Von Neumann comenzó esta teoría lógica y general de los autómatas simultáneamente a sus proyectos de diseño de las computadoras electrónicas, pues las comprendía como parte de un mecanismo autorregulado y análogas al cerebro (como sostendrá en el simposio de Hixon).↵
- Para nuestro autor, la cámara oscura impulsa el desarrollo científico-técnico en tanto manuales y diagramas solo son posibles con la perspectiva.↵
- Para Kittler (1994a) las predicciones matemáticas del clima también transforman nuestra propia noción de lo que es el futuro (Zukunft).↵
- Se trata de la apertura que excede cualquier determinación metafísica del ser, pero que nos hace corresponder a alguna de tales determinaciones en concordancia con la Seinsgeschichte y a nuestra condición de Dasein (cfr. Heidegger, 1987: 235). Según algunos autores el acontecimiento o advenimiento apropiador (Ereignis) es la presentación de la presencia (el secreto o misterio del ser) y en la estructura conceptual del último Heidegger se trata de una reelaboración de lo que llamaba claro (Lichtung) del ser. Aquí se encuentra el rasgo fundamental del ser que es el retiro o la retirada, una suerte de resplandor o relámpago (bajo el mismo movimiento de alétheia). El acontecimiento desencadena un mundo cuatripartito haciendo aparecer e instalando a las cosas en su propio ser (Das Geviert).↵
- En diversos pasajes Kittler (1999i; 2007b; 2000c; 2005c, 2005b; KT) ensaya una historia del ser desde la relación entre arte y técnica (reformulando a Heidegger) en tres etapas. Primero, comprendida desde el alfabeto vocal y desde las mnemotécnicas poéticas (el ser como physis). Luego, desde la imprenta de tipos móviles y la masificación del mercado editorial (el ser como representación). Y, por último, desde la galaxia Turing y el procesamiento digital (el ser en el advenimiento de la técnica de cómputo).↵
- Como señala Kittler (2005b), las teclas de la computadora han desarrollado una ambigüedad que es inaudita respecto de las de Remington. Mientras que en las máquinas de escribir la tecla enter permitía correr el carro, en las computadoras esta tecla permite poner en ejecución programas, pero también los cierra deteniendo sus procesos, pues cada elemento de los lenguajes de programación tiene un significado matemático y lógico que configura una ortografía estricta (Wegwerth, 2005). Se trata de una tecla que redime el significado literal de “poesía” (el de ‘producir’, ‘hacer’ [poiesis]) a diferencia de la literatura.↵
- Además de detenerse en las famosas disputas etimológicas que sintetizan la idea de reglas prácticas de resolución matemática, Kittler señala que fue Leibniz quien introdujo el concepto moderno de algoritmos describiendo formalmente las reglas básicas del cálculo diferencial (y formalizando un concepto fundamental de la informática). En la lectura de Kittler se produce una suerte de cuello de botella en el momento en el que los algoritmos dejaron de ser creados con lápiz y papel y entraron en máquinas operables con sistemas operativos para resolver problemas (en algunos casos cientos de miles de veces más rápidos que los humanos). Con ello surgen las características que hemos señalado, pero nuestro autor no deja de subrayar que aunque tienen cualidad de determinados hay excepciones para algoritmos (como el modelado estocástico del cambio climático), mientras que la conclusión o finitud también tiene excepciones, como los controles embebidos en autos, los servidores que no se detienen y los sistemas operativos con constructos publicitarios y maliciosos.↵
- Relación difícil de construir porque deberá hacerse a la luz de la distinción entre poética y poesía; al menos eso parecen sugerir algunos textos de Kittler (1996f).↵
- Kittler señala que hay cierta retroalimentación entre los artistas de media art y los analistas de los medios, quienes a veces comprenden una mera programación en HTML como algo para celebrar. Contra esto, a menudo recuperaba experiencias de programación en C de guitarras que tocan blues autónomamente reviviendo el materialismo matemático-musical pitagórico. De allí que distinga entre arte computacional verdadero y mera electrónica de entretenimiento (Wegwerth, 2006). Asimismo, existen pasajes donde afirma que si las gráficas de computadora se caracterizan por una potencia de falsificación (como Matrix), también su abuso podría estar vaticinando una potencialidad. Así, en la película Titanic, el poder de la computación distribuida “generó sin fin imágenes virtuales de tormentas marinas que nadie ha filmado y que nunca existieron; fueron computadas. Esa es la mejor red informática de alto rendimiento” (Kittler, 2017b: 19). Por supuesto, llamar arte a una película taquillera no deja a la audiencia sin preguntas, pero nuestro autor inmediatamente sugiere que –más allá del carácter comercial– lo interesante es recuperar la potencialidad anónima del cómputo distribuido –excediendo el mito del genio creador individual y humano–, que puede encontrar una dimensión estética de la relación entre física y matemáticas. Confiamos en que investigadores del campo podrán indagar con mayor detalle en los argumentos del filósofo alemán.↵






