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Introducción

Friedrich Adolf Kittler nació en un pequeño pueblo de Sajonia en junio de 1943 y murió en Berlín en octubre de 2011. A pesar de que su nombre parece guardar tributo siniestro al Führer, tal como describe en una entrevista (Rosenfelder, 2011) en realidad se trataba de un doble homenaje, por vía paterna, al linaje de los reyes de Suecia y a un tío caído en combate. Ahora bien, ello no quita que la familia Kittler haya pertenecido a una tradición conservadora y protestante. Sin embargo, como aclara en su diálogo con Armitage (2006), para nuestro autor hay que evitar la sinonimia entre conservadurismo y nazismo.

En definitiva, la familia Kittler no se encontrará a gusto en la República Democrática Alemana. Su padre, exdirector de un Gymnasium en Rochlitz, pasada la devastación de la guerra, tenía vedada la docencia y solo podía enseñar al joven Friedrich y a su hermano (Banz, 1996). Quizás por esta educación casi personalizada, Kittler recuerda que a los siete años recitaba de memoria las escenas de Fausto. Sin embargo, no pasaría mucho tiempo hasta que la familia decidiera mudarse a Alemania Occidental tanto por no tolerar la presión soviética como por, según nuestro autor, la decadente calidad académica de las casas de altos estudios del régimen socialista.

Hacia 1958 se trasladan a Lahr, en el corazón de la Selva Negra y cerca de Friburgo –destino elegido para que se forme el joven Friedrich en ciencias naturales y literatura–. Kittler comenzará en 1963 su grado en romanística, germanística y filosofía en la Universidad Alberto-Ludoviciana. El periplo familiar lo llevó a aprovechar al máximo la educación universitaria –que por esos tiempos consideraba un verdadero lujo– ya que se convertiría en una especie de rata de biblioteca, al dejar de lado las amistades y la vida social. Así, como señala Winthrop Young (2011a), en su narración autobiográfica Kittler parece forjar un carácter conservador en un escenario de efervescencia donde la juventud estudiantil comienza a idealizar al socialismo. De hecho, quizás en las peripecias familiares se explica la falta de compromiso político explícito y cierta desconfianza para con los ideales emancipatorios que sobredimensionaban las posibilidades del sujeto.

Una década más tarde, Kittler obtiene su doctorado con una investigación sobre el poeta suizo Conrad Ferdinand Meyer y comienza a trabajar como asistente académico en el departamento de germanística de la Universidad –cargo que ocupa hasta 1987–. Friburgo, además, será el escenario de su juvenil lectura de Martin Heidegger. No obstante, el pensador alemán –rehabilitado luego de haber dejado atrás, sin demasiadas explicaciones, sus años más oscuros– ya no integraba los cursos regulares durante la formación de Kittler. A pesar de ello, como veremos, la influencia de Heidegger en nuestro autor es notable, sobre todo su período conocido como die Kehre, en el cual el célebre pensador alemán abordará temas como el pensamiento sobre la técnica y la ciencia moderna y la apertura a cambios vertiginosos para nuestra época. De hecho, las últimas obras de Kittler expresamente buscarán otro punto de entrada a la historia del ser (Seinsgeschichte), atendiendo a las mutaciones fundamentales que advienen con el ascenso de la cibernética. Esta tendencia, que los comentaristas suelen llamar la dimensión ontológica de una supuesta tercera etapa del pensamiento de nuestro autor, en realidad comienza a partir de la década de los noventa[1], cuando Kittler (1991b, 2003c, 2009a) recupera aspectos de la técnica en relación con el acontecimiento (Ereignis).

Sin embargo, Kittler rechazará enfáticamente elevar a Heidegger al lugar de maestro y, de hecho, solía recordar que si tuvo algún encuentro personal solo fue en carácter de encargado de disponer de su “basura”. Esto es, catalogar los volúmenes que los profesores universitarios seguían dedicándole al pensador prohibido. Pero, quizás, esta influencia limitada tiene otra explicación. Pues, como el mismo Kittler narra, en varias oportunidades se privó de discutir sus ideas con Heidegger por temor a quedar –como les había sucedido a muchos pares– encantado por la astucia de su interlocutor y ver así comprometida su tesis doctoral en espirales interminables. A esto deberá sumarse que, en los primeros años de su obra, el influjo está controlado ya que Kittler siente un verdadero desprecio por la creciente replicación de la jerga heideggeriana. Quizás por ello nuestro autor es poseedor de un estilo propio construido a través de una distancia crítica hacia el pensador alemán.

De hecho, en un brevísimo texto, Kittler (2003c) recordará los dichos de Michel Foucault, quien –luego de haber sido interrogado por la influencia de Heidegger y Nietzsche– sostuvo que siempre es importante tener algunos autores con los que pensar y trabajar, pero sobre los que no hay que escribir. En todo caso, no es un secreto que muchos pensadores de la generación de Kittler se vieron compelidos a disfrazar en sus escritos la sombra del creador de Sein und Zeit. Esto podría explicar por qué las menciones a Heidegger antes de 1990 no son tan asiduas en nuestro autor, mientras que su última obra está pensada en discusión con el pensador alemán. Así, responderá enfáticamente en una entrevista: “No me harán decir una sola palabra contra Heidegger” (SC: 84), mientras que en otra recuerda que la peor pregunta que le hicieron fue: “¿Cuándo traicionaste a Adorno por Heidegger?” (Khayyat, 2012: 17).

Estas anticipaciones ya nos dicen algo sobre la evidente influencia que los estudiosos latinoamericanos de la comunicación esperarían encontrar en un joven alemán de sus tiempos. Nos referimos a la recepción de la Escuela de Frankfurt. Pero Kittler se destacará por sus continuos desaires y rechazos al pensamiento marxista y, en particular, a los frankfurtianos. De hecho, la pregunta que le formularon suponía, en sus propias palabras, que el coautor de Dialektik der Aufklärung era una suerte de leche materna para todo aquel que pretendiese formar parte de la reciente Medienwissenschaft.

Kittler recuerda con desagrado que si durante su adolescencia leyó a Heidegger por gusto, en su formación universitaria se vio “obligado” a leer a Adorno. En sus palabras, mientras el primero sabía un poco de tecnología, física y matemáticas, el autor de Minima Moralia no tenía idea de esos temas y tampoco se interesaba por ello, al tiempo que –según una (debatible) afirmación de nuestro autor– nunca había leído nada escrito antes de Kant de forma seria (Wegwerth, 2006). Además, Kittler, como recuerda Winthrop-Young, mostrará abiertamente su desdén hacia las interpretaciones de Adorno y Horkheimer de la Odisea, tratándolos de incompetentes (MM 1), pues, según su lectura, pretenderán agregar a la poética una reactualización del sujeto trascendental[2] que le sonaba ridícula. Si bien es cierto que son declaraciones altisonantes, creemos que deben comprenderse como un rechazo a una forma de pensamiento que para Kittler (1999i) pertenece a una época que nos ha abandonado y que no comprende los límites de sus interpretaciones. Sin embargo, esa forma de pensamiento es la que se ha institucionalizado y domina los regímenes de entrada a los estudios de los medios y de la comunicación.

En resumidas cuentas, como señala Peters en OM, Kittler parece desacreditar a la Escuela de Frankfurt por cegarnos de nuestra condición técnica y por cierto sentimentalismo respecto de las humanidades. Ciertamente sus temas y tratamientos confirman esta distancia rechazando, por ejemplo, nociones como ideología, razón instrumental o industria cultural. Sin embargo, solo siendo reduccionistas se puede decir que su relación con los frankfurtianos era lineal, pues existen citas de S. Kracauer en su historia del film y algunas caracterizaciones fugaces del famoso ensayo sobre la reproductibilidad técnica de W. Benjamin[3], así como ciertas menciones a los pasajes de las ciudades y una tematización libre de la industrialización cultural vinculada con la expansión del mercado editorial decimonónico (cfr. Kittler, 1994c; 1999i; VMT; KT). No obstante, se trata de fragmentos esporádicos y anecdóticamente trabajados que no permiten construir una clara genealogía de las ideas, ni un aparato crítico que efectivamente esté diseñado con el fin de polemizar con los frankfurtianos.

Por supuesto, en el mismo sentido irán las críticas para J. Habermas. De hecho, en una entrevista sostendrá que la idea de razón instrumental no tiene importancia, en tanto la escritura forma parte de la tecnología (Balkema y Slager, 2001). Prueba de ello es que si los lenguajes no tuviesen aspectos técnicos y performativos (comandos, operadores, etc.), no se hubieran dado los procesos de formalización de los que emergieron los códigos de programación. De allí que aconseje tirar por la borda cualquier oposición especulativa e infundada entre razón instrumental y razón comunicativa (Rickels, 1992). Pero, antes de apresurarse a hacer lo mismo con toda la obra de Habermas, en algunos momentos parece sugerir que eran buenas las intenciones de refundar en una pragmática universal aspectos éticos necesarios para nuestro tiempo, aunque no deja de reconocer que dichos intentos quedarían velados al establecerse sobre el lenguaje “natural” y obturar las prácticas de codificación y sus cálculos (Heidenreich y Schultz, 1993).

Pero, a decir verdad[4], el cúmulo de cuestionamientos al autor de El discurso filosófico de la modernidad vendrá de la alianza incómoda entre la teoría crítica y la hermenéutica o, como afirma Kittler, el momento en el que Habermas introduce a H. Gadamer en su lista de ganadores (Weinberger, 2012), dado que, a pesar de su cercanía a la obra de Heidegger, Kittler (1981a [1979]) ataca sin cuartel a la hermenéutica por su intento de refundación de las ciencias del espíritu. Para nuestro autor, Habermas y Gadamer omiten el hecho de que las máquinas son nuestro destino, al tiempo que prescinden de la materialidad de los sistemas de escritura (Geoghegan y Kassung, 2016). Así, de acuerdo con J. D. Peters, Kittler no encaja en el tándem entre frankfurtianos y hermeneutas, ya que no aparece en él una defensa del estatuto humano universalista tan característico del contexto intelectual y académico de la posguerra.

Como señalamos, si la influencia heideggeriana es cierta, hay otro mentor mucho más decisivo para el joven Kittler. Nos referimos al indogermanista Johannes Lohmann, que sería reincorporado como profesor en Friburgo hacia 1949 y a quien nuestro autor llamará su “más venerado maestro” (VMT: 291). Lohmann fue un reconocido filólogo y musicólogo al que Kittler gustaba presentar como contrincante digno de Heidegger, y de sus trabajos recuperará ideas fundamentales para construir los volúmenes de su último gran proyecto, Música y Matemáticas.

Concomitantemente, Kittler (2003), como si fuese un juego de palabras, también comparte algunos puntos en común con Niklas Luhmann y, de hecho, se servirá expresamente de la teoría sistémica para indagar en el progresivo remplazo de los sistemas de comunicación por los de información. Así, en una entrevista con Khayyat (2012) sostiene que en la sociología solo encontraría un interlocutor en Luhmann, por quien tenía un profundo respeto forjado en largas charlas, vinos mediante. Concretamente, Luhmann y Kittler, según Winthrop-Young (2000), coinciden en ver a las prácticas discusivas de los procesos de alfabetización y de la imprenta como trasfondo de la subjetividad moderna, al tiempo que abogan por una eliminación de la noción de comunicación como consenso, subrayan las discontinuidades históricas y se distancian de posiciones que comprenden a la teoría como instrumento de cambio social. Sin embargo, se trata de una influencia menos marcada[5], pues, como responde en uno de sus cursos en la European Graduate School (EGS), mientras Luhmann era una mente brillante, solo se interesaba por los sistemas de comunicación, pero nunca se dedicó a los sistemas de registro (Aufschreibesysteme).

Si Kittler se aproxima a Luhmann en nombre de las ciencias sociales no ahorrará críticas a la sociología de la literatura que, en su opinión, solo lee textos como reflejos de relaciones de producción, mientras que también deses­timará a los estudios culturales marxistas (aun si pueden encontrarse vías de diálogo con la obra de K. Marx). De hecho, parte de su empresa intenta –como lo declara abiertamente– romper con cierto “sentido común” en los estudios de los medios que los encierra en la autoevidencia de la vida cotidiana y en los análisis de la ideología y de las representaciones, ya que “[l]os estudios de los medios […] solo hacen sentido cuando los medios hacen sentidos” (Kittler, 2006b [2003]: 55). Por ello, llegará a afirmar que –en ciertos casos– las revistas de tirada masiva para aficionados hacen un trabajo arqueológico más profundo que las facultades de comunicación.

Para aseverar su rechazo de manera aún más polémica, no dudará en destacar que uno de los peores inconvenientes en el campo de la comunicación es que sociólogos desocupados [sic] se hayan interesado por los media studies (Weinberger, 2012). Pues, a diferencia de germanistas y filósofos, para nuestro autor los sociólogos no sienten la necesidad de utilizar a los estudios de los medios “para confrontar los defectos de su propia disciplina” y poner en jaque universales como los de “sociedad”. Sin embargo, procederíamos equivocadamente al creer que la sorna en estas declaraciones cierra cualquier contacto con la sociología; al contrario, encontraremos en su obra premisas e hipótesis que podrán ayudar a rejuvenecer los problemas de las ciencias sociales.

Si bien hasta aquí nos hemos limitado a las influencias alemanas, Kittler ha sido reconocido por ser uno de los primeros receptores y promotores del pensamiento estructuralista y posestructuralista francés. En ese cuadro –que calza a la perfección con la ubicación de Friburgo (como núcleo geográfico y capital académica)– Kittler se va a apoyar en los pensamientos de M. Foucault, J. Lacan y, en menor medida, de J. Derrida, G. Deleuze y F. Guattari. También hará alusiones pasajeras a C. Lévi-Strauss, G. Dumézil, R. Barthes, L. Althusser y J. Baudrillard. A muchos de estos pensadores les atribuye el dudoso mérito de revitalizar el pensamiento de Heidegger sin necesidad de copiarlo o citarlo expresamente, al tiempo que sus investigaciones configuran el instrumental para el programa que cifra su propio tenor intelectual y que se resume en el título de uno de sus libros compilados: Exorcizar el espíritu de las ciencias del espíritu (AGG).

Al padre del psicoanálisis francés lo conocerá de joven y se enamorará de su obra, pues prometía ser una salida del freudismo. Para nuestro autor Lacan podría funcionar como un ariete contra la hermenéutica, al tiempo que, en lo que no deja de percibir como un costado político, serviría para cuestionar la subjetividad y la autorreflexión (Armitage, 2006). Sin embargo, Kittler no es un lacaniano que siga a pie juntillas todas sus derivas, al contrario, utiliza los conceptos del francés como herramientas y no como verdades inmutables (OM).

Quizás entre estas categorías que Kittler (1977b) reelabora –sobre todo bajo su conceptualización del sistema de registro 1800 se puede leer el dictum lacaniano del inconsciente como discurso del Otro (Wellbery, 1990). Al mismo tiempo, como veremos, el filósofo alemán hará una versión libre de la imago materna y de la famosa tríada, ya que, fundamentalmente, para nuestro autor la teoría lacaniana es una suerte de antipsicología que está adaptada a los desarrollos tecnológicos y que expresa las transformaciones cualitativas de la época contemporánea, puesto que una de las tesis centrales de Kittler es que Lacan anticipa que lo simbólico –alguna vez reducto de la creación literaria– se ha vuelto parte del mundo de las máquinas de computación. De hecho, nuestro autor subraya que en Lacan lo más importantes son los estándares operativos y los medios técnicos que guían la reescritura de Freud (cfr. Johnston en LMS). Esa reelaboración se da bajo un intento de redefinir el aparato psíquico de acuerdo a las condiciones de la naciente cibernética (Rickels, 1992; Hartmann, 1997).

En especial, para Kittler, el fonógrafo, el film y la máquina de escribir se corresponden con los dominios de lo real, lo imaginario y lo simbólico. Así, los tres términos que constituyen el nudo borromeo de la estructura psíquica están directamente asociados con los medios técnicos. Pero también ello significa, paradójicamente, que lo real, lo simbólico y lo imaginario se inscriben en sistemas de información que devienen separables alrededor de 1900 y, con ello, desatan una suerte de psicosis generalizada. De hecho, para Kittler, Lacan es un pensador propio de los estudios comunicacionales, al punto de ser el único en el cual los títulos de sus obras señalan o describen posiciones en el sistema de medios –escritos, seminarios, radio, televisión (DV, GFT)–.

No obstante, a pesar de esta alta estima, parece que se trató de un amor no correspondido. Kittler recuerda que, en 1975, organizó una conferencia que debía tener a Lacan como estrella, pero el psicoanalista no se sintió motivado por la humilde posición del joven profesor que solía escucharlo en Estrasburgo (pues no veía en él la posibilidad de lograr un verdadero reconocimiento del otro lado de la frontera).

Un tiempo más tarde quien visitará Friburgo será Jacques Derrida y nuestro autor será el encargado de traducir su exposición (Schwerzmann, 2017). Sin embargo, Kittler no perdona la jerga heideggeriana del francés. Así, aunque reconoce que Derrida fue de gran ayuda, le profesaría cierta amistad y lo incluiría en varias compilaciones y traducciones, a menudo se encuentran críticas despiadadas al pensador de la deconstrucción (Krapp, 2011), ya que, a los ojos de nuestro autor, Derrida no entrega la suficiente atención a los contextos históricos y filosóficos de los pensadores que recorre (cfr. Sale y Salisbury, 2015). De hecho, en varias oportunidades, Kittler subraya que los procedimientos exegéticos de la Gramatología sobre grandes corpus de textos especulativos no son suficientes: “Nadie puede pensar o interpretar la secuencia de letras en el teclado de una máquina de escribir. Lo que debe ser presentado son los datos empíricos sobre el momento y el propósito de tal estandarización […]” (Kittler, 2012: 120). Así, aunque reconocerá que todo su proyecto estaba en deuda con la deconstrucción derridiana –en tanto fue esa perspectiva la que mantuvo con vida la pregunta por la técnica (Rickels, 1992)–, afirmaba que su análisis del discurso no sacrificaba la materialidad de las técnicas culturales en favor de los textos y reconocía efectos limitados –que no solo escapan a la circularidad hermenéutica, sino también a los efectos sin fin del deconstruccionismo franco-americano” (Kittler, 1985c: 411; cfr. Kittler y Turk, 1977)–. De ese modo, nuestro autor apunta más que a Derrida a los pálidos imitadores y copistas del pensador de la diferencia (Griffin y Herrmann, 1996).

Ese sentido de la historia que, según este crudo diagnóstico, falta en Derrida, Kittler se lo atribuye al pensador que más admiraba. Nos referimos a M. Foucault, quien, según sus palabras, le entregaba una metodología concreta mientras dejaba abierto un campo histórico donde aún restaba una gran cantidad de trabajo por realizar. De hecho, nuestro autor señala que, en la década de los ochenta, comienza una historia de los medios con base foucaultiana (Khayyat, 2012) y, como veremos más adelante, la primera obra sistemática del alemán estará inspirada en Las palabras y las cosas. Sin embargo, de acuerdo con Kittler, mientras que Foucault estudiaba sus propias experiencias con los saberes de la educación superior, su Aufschreibesysteme 1800/1900 (AS) intenta enfocarse en el nivel de la educación elemental y en la iniciación en la cultura, constituyendo un estudio más “meticuloso” y “modesto” (Weinberger, 2012).

Evidentemente, no será extraña esta influencia foucaultiana en tanto nuestro autor identifica rápidamente la similitud entre algunos aspectos del gran libro del francés y la Seinsgeschichte. Así, Kittler recupera de Foucault la discontinuidad en distintas epistemes o formaciones de saber y regímenes de verdad. Pero además de esta referencia, de acuerdo con Winthrop-Young, hay al menos dos decisiones epistemológicas que se parecen a las foucaultianas en los estudios históricos kittlerianos. Por un lado, el descentramiento del sujeto como núcleo de las explicaciones y, por otro, la búsqueda de describir transformaciones por la vía de la discontinuidad sin apelar a las figuras retóricas de la historia cultural y a las razones contextuales o sociales. Asimismo, en cuestión de estilo, tanto el francés como el alemán disparan sin miramientos a diestra y siniestra.

También se puede señalar preliminarmente que, mientras Foucault lleva adelante una arqueología de las ciencias humanas, Kittler (1985c) se decide por un análisis del discurso de textos académicos y literarios que ponen en acto los sistemas de registro en los que se concretan técnicas culturales de alfabetización. Con ello, busca estudiar no solo la producción de discursos, sino también sus fuentes, canales y receptores. Esta estrategia le permite recuperar, a un tiempo, los problemas del saber, del poder y de los modos de subjetivación. En ese sentido Kittler repite que Foucault nunca estudió sistemáticamente a los medios y solo se dedicaría a utilizar el medium de la biblioteca, su verdadero archivo y catálogo. Pues a diferencia de Heide­gger, más allá de las tecnologías del yo –a juicio de nuestro autor–, el filósofo francés tenía poco que decir sobre la cuestión de la técnica.

Al mismo tiempo, respecto del trato personal, supo confesar que solo llegó a intercambiar cartas con Foucault compuestas de múltiples invitaciones que el filósofo declinaría cordialmente (Griffin y Herrmann, 1996). De hecho, se cruzarían en una presentación de ópera wagneriana hacia mediados de la década de los setenta, pero, aparentemente, el tímido Kittler no se animaría a hablarle a un carismático Foucault rodeado de admiradores (Winthrop-Young, 2011).

No es raro que nuestro autor, siendo un fervoroso lacaniano y un tanto conservador, no haya tomado de buen grado El anti-Edipo de G. Deleuze y F. Guattari, puesto que rechazaba el mundo soñado de la libertad “a la vuelta de la esquina” que, según su lectura, proponían los franceses. A sus ojos, la tarea de los libros no era producir esperanzas innecesarias, sino, al contrario, hacer que las cosas parecieran peor de lo que son. Pero tampoco es extraño que alguien que favorecía la crudeza histórica haya sabido comprender prematuramente y, a contramano de la recepción mundial, el valor intelectual de Mil mesetas. Esta obra, mucho más de lo que sus comentaristas están dispuestos a referir, influye en algunos de sus conceptos, como puede verse en la compilación La verdad del mundo técnico (VMT) o en los fundamentos de sus ataques contra la hermenéutica y la teoría crítica.

No obstante, como sostienen Sutherland y Patsoura (2017), a diferencia de muchas de las recepciones del posestructuralismo, Kittler parece continuar la labor teórica quebrando categorías humanistas, pero para ello no juzga necesario preocuparse por las relaciones de poder implícitas en problemas de género, en dimensiones (pos)coloniales, en disputas clasistas o en los procesos minoritarios. En cambio, fijará su atención en las contingencias históricas en las que sistemas de registro particulares emergen y entre los cuales se produce, como veremos, la categoría del así-llamado-Hombre (sogenannte Mensch).

En términos biográficos, desde mediados de la década de los setenta, Kittler comenzaría sucesivas estancias en California y sería profesor invitado en Stanford, Berkeley y Columbia. En algunas entrevistas considera a estos viajes –sin dejar de desarrollar cierta ironía antiestadounidense– como una suerte de escape de la germanística (Barberi, 2000). Concretamente, será en Norteamérica donde comenzará a interesarse por los procesos informáticos y adquirirá un contacto más sistemático con la Escuela de Toronto.

Llegaría a Marshall McLuhan a través de las lecturas de las comunidades hippies frente a las cuales nuestro autor no dejaba de sentir sorpresa (Banz, 1996). Para Kittler, Understanding Media en la Alemania de 1970 era un libro rupturista, pero gracias al “culto” por la teoría crítica había sido catalogado como indigno. Concretamente, se podría argumentar –aunque solo de modo pasajero– que nuestro autor adopta de McLuhan la noción de medios como procesos de extensión del sensorium humano. No obstante, depurará de todo antropocentrismo esta conceptualización, pues en su núcleo ya no tendrá a los problemas de la percepción, sino a la reconstrucción de los procesos psíquicos y temporales por medios técnicos. Para ello, Kittler desatará toda la fuerza de esta hipótesis bajo la máxima nietzscheana de que los instrumentos de escritura trabajan o colaboran con nuestros pensamientos, mientras que reivindicará las ventajas de la postura materialista de McLuhan frente a los estudios que analizan la manipulación de audiencia, los caminos de la recepción o las condiciones económicas de los medios.

Sin embargo, Kittler comentará con desdén que el pensador canadiense entendía más sobre percepción que sobre electrónica y que, en sus libros, “cada cinco oraciones estaba equivocado y cada diez sonaba gracioso e ingenioso” (Weinberger, 2012). Aquí encontramos una curiosa paradoja: si se le ha imputado a nuestro autor cierto descuido de los temas que van a contramano del hombre blanco europeo, cierto es que identifica en los cuerpos no normativos uno de los motivos centrales de la invención técnica y, con ello, quizás, como veremos, explora la tesis protésica desde otro lugar. No obstante, será tajante en los límites de la teoría de los medios como extensiones, pues, si en algunos casos los medios se ajustan como andamiajes mecánicos o intelectuales, esta hipótesis es insostenible con las computadoras, que reorganizan nuestro construir, habitar y pensar.

Ciertamente, aunque en su estilo se parece más a McLuhan, la perspectiva materialista desde donde examinará la historia y su recurrencia a las fuentes griegas, como afirma Peters (OM), lo acercan mucho más a Harold Innis. De hecho, en una entrevista dirá que la historia de los medios técnicos solo comienza con Empire and Communications (Balkema y Slager, 2001). Quizás esta simpatía también se deba a la lectura del libro de Kroker (1984), quien retrataba a Innis como uno de los revolucionarios de la teoría de la tecnología y de la comunicación canadiense. Sin embargo, Kittler solía distanciarse de este último subrayando que nunca logró manejar los detalles técnicos.

Asimismo, es sabido que la asociación con el pensamiento de Toronto le valdrá a nuestro autor el título de determinista tecnológico, por su desconfianza en la agencia puramente humana (a pesar de que sus ideas tienen como blanco un pliego de mutaciones institucionales y técnicas), al tiempo que dará lugar para que algunos comentaristas encuentren en las transformaciones de los medios la respuesta a los cambios epistémicos, pues el a priori histórico –que Foucault comprendía como trasfondo de las formaciones de saber– parece quedar compuesto por mutaciones mediales con fundamento bélico.

A inicios de la década de los ochenta escribe su tesis de habilitación bajo el provocador título de Aufschreibesysteme 1800/1900 (AS). Al tratarse de un trabajo posdoctoral tuvo que contar con un proceso de evaluación, pero pasaría por las manos de trece jurados –entre 1982 y 1984– antes de ser calificada positivamente (Holl y Pias, 2012). Las razones de estos rechazos no solo se cifraban en la provocación de su título (que, como veremos, tiene origen en las palabras de un célebre esquizofrénico), sino también en las mañas de un estilo que, según algunos jurados, estaba a mitad de camino entre el bricolaje y la incoherencia. Asimismo, uno de los evaluadores le aseguraría que Alemania no necesitaba un segundo Foucault, afirmando la recepción esquiva del posestructuralismo en tierras teutonas (cfr. Wellbery, 1990; Weinberger, 2012; Winthrop-Young en GFT).

Cuando recordaba ese proceso de evaluación tan dilatado, nuestro autor sugería que el rechazo estuvo ligado a la provocación de poner de cabeza a la tradición germanista explorando sus condiciones de producción y no el valor de los genios creadores. Aunque, claro está, quizás bajo la estela de su padre, aún será legible en AS la clásica temática del paso entre el Romanticismo y el modernismo, al tiempo que, como reconstruye Winthrop-Young, los temas heideggerianos y nietzscheanos tenían un aura de irracionalidad que impediría su expansión. Lo cierto es que, como otras grandes obras, la academia tardaría en reconocer su valor.

La recepción masiva de Kittler llegaría luego de la publicación del libro en 1985 y tendrá eco en la importancia entregada, solo un año después, a Grammophon Film Type­writer (GFT). Entre AS y GFT, Kittler cambia sus métodos de investigación, de un análisis del discurso a la inauguración de una historia de los medios técnicos. En GFT las categorías de la literatura pasan progresivamente a segundo plano y las dimensiones socio-institucionales quedan supeditadas con más fuerza a la lógica técnica intrínseca (Gane y Hansen-Magnusson, 2006). De allí que el escenario de la investigación se da hacia finales del siglo XIX con un foco en las tecnologías mecánicas, electromecánicas y electrónicas de almacenamiento, procesamiento y transmisión de datos que comienzan a desafiar el estatus de la producción textual de la galaxia Gutenberg (e inauguran una arqueología[6] del pasaje de los medios analógicos a los digitales). En concreto, para nuestro autor su propuesta histórica surgirá de las experiencias cotidianas con las tecnologías modernas, como escuchar un LP, pasar de los manuscritos poéticos a la escritura a máquina o filmar en super-8 (Armitage, 2006; Weinberger, 2012).

En 1987 Kittler ocupa el cargo de profesor de germanística contemporánea en la Universidad del Ruhr de Bochum –un centro famoso por su temprana recepción de la obra de Foucault en el marco de los estudios literarios–. Allí, nuestro autor comenzará a ser reconocido como uno de los primeros representantes de la nueva teoría alemana de los medios. Será por esos años en los que la idea de una Medienwissenschaft empieza a reunir figuras como N. Bolz, J. Hörisch, B. Siegert, B. Dotzler, W. Hagen, H. Gumbrecht y W. Ernst, entre muchos otros (Schröter, Ruschmeyer y Walke, 2018; Winthrop-Young, 2002; Geoghegan, 2015; Roch, 2011; Ikoniadou y Wilson, 2015).

En particular, tanto GFT como Optische Medien (OM) explorarán aquellos sistemas de inscripción que no pertenecen al campo académico, sino a la historia de los medios técnicos. Pero para efectuar esta tarea dará un giro, en cierta tónica nietzscheana, hacia las historias de las guerras que afectará el tono de su exploración. Así, en plena década de los ochenta, justo en el momento en el que la crítica cultural se asienta en un antibelicismo que va a contramano de la admiración marcial decimonónica, nuestro autor recupera y reintegra el problema de pensar los conflictos armados en estrecha relación con la historia de los medios técnicos. Esta nueva perspectiva tendrá quizás una razón biográfica, ya que el mismo Kittler recordaba que su hermanastro mayor, recluta en la Unidad de Comunicaciones, armaba –a pesar de las prohibiciones soviéticas– radios en la cocina de su casa con componentes aeronáuticos (Banz, 1996). De allí que redacte una biogeografía poéticamente marcada por trincheras, minas, tanques y estaciones espaciales que podría entrar en relación con la tradición conservadora emergente en la República de Weimar[7] y con el conjunto de pensamientos forjados bajo el horizonte de los conflictos bélicos globales (Kittler, 1990f).

A ese anecdotario hay que sumar las profundas influencias temáticas que vendrán de su amistad con Paul Virilio. El pensador de Guerre et cinéma será un interlocutor privilegiado de las ideas kittlerianas. Sin embargo, a pesar del aprecio que tenía por el padre de la dromología francesa, nuestro autor le reprochaba hablar de la bomba informacional sin conocer en profundidad programación. De hecho, subrayará que –al mismo tiempo en que trababa amistad con Virilio– solía pasar día y noche escribiendo código (Enge y WernerKramski, 2017; Holl, 2017), una forma de escritura que su amigo no manejaba tan bien como él. Pero no se trata solo de un problema del autor de Vitesse et politique: Kittler será muy crítico con los teóricos de los medios que nunca programaron o que no saben cómo funcionan las computadoras, así como con los profesores de literatura que nunca escribieron poesías.

El caso es que, según evoca el crítico alemán, luego de haberse deleitado con libros y máquinas de escribir, entre la redacción de AS y de GFT afianzaría su gusto por jugar con componentes electrónicos. De hecho, recuerda que, ya desde finales de la década de los setenta, solía pasar noches en vela junto con su hermano Wolf construyendo un sintetizador analógico monofónico (de la serie Minimoog) a partir de capacitores y switches que soldaban para crear circuitos y, de paso, aprender electrónica (Kittler, 1986c; Griffin y Herrmann, 1996). Hacia mediados de 1980, el joven Friedrich compraría su primera computadora personal (CPU 8086, 16 bits) y se inicia en los límites de este nuevo medio más allá de su funcionalidad como procesador de texto, aprendiendo a manejar Ensamblador (Assembler) y lenguaje de máquina (Feigelfeld, 2015). Por ello es entendible que por esos años, además de libros y discos de vinilo, se haya dedicado a coleccionar obsesivamente componentes electrónicos, transistores y chips (Mackert, 1994), hasta que finalmente se decide a volcar todo su conocimiento como soldador en la programación de instrucciones de bajo nivel en una IBM AT 286 (Holl, 2017).

Esta comprensión profunda de la relación entre codificación y diseño de circuitos integrados es contemporánea a sus lecturas de El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon (1973). La voluminosa novela tiene como protagonistas a los misiles teledirigidos nazis y a las máquinas de información, y constituye el influjo más profundo del giro hacia la historia bélica que alimenta los estudios arqueológicos de Kittler (2008b [2003]). Tal es el amor que tendrá por las obras de Pynchon nuestro autor que no solo es un material de referencia obligada constante, sino que solía estructurar diversos seminarios académicos a partir de la investigación sistemática de los escritos del literato norteamericano.

Las huellas de este conocimiento forjado en la práctica de la electrónica y de la computación no solo se hacen visibles en AS y GFT, sino que decididamente abren una búsqueda sistemática por lo que define a nuestra era. Por ello también en la obra de Kittler se encuentran un conjunto de influencias que provienen explícitamente de las teorías algorítmicas de la información, de la cibernética y de las nacientes ciencias de la computación (Geoghegan, 2015; Hartmann, 1997); de allí que los conceptos de Claude Shannon y su teoría matemática de la comunicación tendrán un lugar central. Si la independencia respecto de cualquier sentido o contexto para entender la transmisión de mensajes ha sido vista como una grave pérdida, para Kittler este enfoque permite a la comunicación y a la información emanciparse de los lenguajes cotidianos (necesariamente contextuales) y alcanzar un estatuto global. Así, será el modelo de Shannon el que le posibilite a nuestro autor diagramar una aproximación materialista a los medios.

Pero, sobre todo, Kittler se nutre de constantes interpretaciones, traducciones y ediciones de la teoría sobre los números computables de Alan M. Turing (1936 [2004]) y de su resolución tanto especulativa –en la forma de la máquina discreta universal[8]– como en sus encarnaciones aplicadas en el medio que engullirá a todos los demás: la computadora. Como es sabido, para que esa concreción fuese posible tuvo que darse el diseño electrónico bajo la llamada arquitectura de John von Neumann (1948), que nuestro autor recupera de diversas formas desde AS a MM.

Tanto por el gusto de Kittler por diseñar circuitos como por su extenso conocimiento de las perspectivas comúnmente llamadas ingenieriles de la comunicación, no es casual que, a partir de la década de los noventa, una serie de ensayos polémicos lo pongan en el ojo de la tormenta. En ellos nuestro autor formula una crítica sin cuartel a la industria concentrada del software y declara, provocadoramente, que todos los procesos de programación se dirimen en diferencias de voltajes; ergo, como señala su texto más difundido, “no hay ningún software” (VMT).

Así, lejos de que el embate se estructure a partir de principios ideológicos, Kittler elabora una cuidadosa arma técnico-crítica cuyos blancos principales serán las corporaciones de Silicon Valley y, en especial, Microsoft –una de las tres “bestias negras” (además de la industria del entretenimiento y de la religión monoteísta) a las que se oponía (Parikka y Feigelfeld, 2015)–. Estos saberes y producciones, así como sus ideas de vanguardia para el campo le valdrán el reconocimiento de la escena hacker y de los defensores del software libre (Rosenfelder, 2011).

Por esos mismos años, luego de haber fundado un centro de estudios de Medienwissenschaft, en 1993 asume como Jefe de Estética de los Medios en la Universidad Humboldt de Berlín[9]. En su querida Sophienstraße mantendrá el cargo hasta jubilarse en 2008 (aunque dictará conferencias como profesor invitado hasta su muerte). Será en esa casa de altos estudios donde compondría las lecciones de OM, un estudio que, extendiendo el alcance de GFT, indaga en la historia de los medios ópticos hasta nuestros días y demuestra que las búsquedas de nuestro autor están configuradas por una serie de tesis filosóficas que alumbran los elementos históricos que recupera. Asimismo, en OM el materialismo de sus primeros ensayos se pone al servicio del procesamiento digital de imágenes y, como veremos en el quinto capítulo, ilustra facetas poco mencionadas de nuestro autor en lo que respecta al desarrollo de algoritmos de computación gráfica y acústica. Por ello, tanto en esas lecciones como en ensayos conexos se hará evidente el influjo del pensador checo-brasileño Vilém Flusser a la hora de comprender la cerodimensionalidad de las imágenes digitales.

Kittler también puede ser caracterizado como un melómano y, de hecho, el sintetizador electrónico no sería el único instrumento musical en su vida, pues solía improvisar con su saxofón y es conocido su gusto por las guitarras eléctricas y el jazz (como si faltasen diferencias con Adorno). Evidentemente, como intentaremos seguir, todo un conjunto de artículos de nuestro autor están dedicados a analizar la historia de la afinación moderna, así como la historia de los sistemas técnicos de grabación, transmisión y distribución de sonidos y, específicamente, de la radiodifusión.

Pero, en especial, habrá dos conjuntos de análisis que son recurrentes. Por un lado, nuestro autor encarará estudios sistemáticos sobre la música rock[10], a contramano de la ortodoxia académica alemana. Así, Kittler dedica escritos y pasajes a escudriñar las consecuencias que para la historia de los medios tienen Jimi Hendrix, The Beatles, The Rolling Stones, The Doors (y Jim Morrison) y, especialmente, Pink Floyd. Este último grupo le proveerá de las ejemplificaciones más agudas sobre los procesos de inscripción unidos a las experimentaciones musicales electrónicas de mediados del siglo XX cuando analice a la radiodifusión y a la industria del entretenimiento como abusos de la tecnología militar. Por otro lado, Kittler ofrece estudios sistemáticos sobre las obras de Richard Wagner, quien, junto con Nietzsche, parece atestiguar cómo la tecnología de los medios construye los fundamentos de nuestro tiempo abriendo el sistema de registro 1900.

No obstante, el amor de Kittler por la música se presenta claramente en lo que sería su gran obra inconclusa. Sus últimos años estuvieron signados por la enfermedad y por la diagramación de un trabajo monumental de cuatro volúmenes que se llamó Musik und Mathematik (MM), del que solo llegaron a publicarse mientras él vivía dos tomos del primer volumen (Hellas: Afrodita y Eros) y, post mortem, uno del segundo (Roma aeterna).

Para diversos comentaristas en esta etapa sucede un giro helénico (más hegeliano que foucaultiano, según Roch [2011]) porque nuestro autor toma como punto de partida la formación del alfabeto griego y la poesía homérica. Por supuesto, el mismo Kittler desmintió estos comentarios al sugerir que solo había comenzado a ocuparse del sistema de registro 300 a. C., donde el alfabeto encarna la técnica cultural por excelencia que permite no solo almacenar y transmitir cantos, sino también posibilita las notaciones musicales y es el soporte para operaciones matemáticas. Aparentemente, para el crítico alemán solo en nuestra época sostenida por el régimen digital –nuevo medio único tras todas las producciones culturales– seríamos capaces de comprender cabalmente el trasfondo de esta historia. Lo que sí es cierto es que con esta perspectiva los temas bélicos característicos de sus trabajos sobre historia de los medios son desplazados por sus contrarios: los amorosos.

De hecho, en algunas entrevistas Kittler solía bromear diciendo que, a diferencia de sus compañeros, dado que en el centro de sus preguntas estaba la relación entre teoría y amor, eligió tener como descendencia una vasta obra que se compusiera tanto de programas como de un centenar de artículos y más de una decena de libros –muchos de ellos editados con la colaboración y el cuidado de S. Holl–.

En la extensa obra de nuestro autor no han faltado intérpretes que apuntan las dificultades que acarrean su lectura y traducción. Así, por ejemplo, el filósofo norteamericano J. D. Peters sospecha, con fundamentos, que hace falta mucho tiempo para formar a las/os lectoras/es de Kittler, no solo por su carácter provocador y por cierta arrogancia, sino porque cuesta trabajo adaptarse a un pensamiento que busca quebrar la hiperespecialización académica reuniendo campos científicos y humanísticos a través de materias eruditas. Al mismo tiempo, el pensamiento de nuestro autor es inseparable de un estilo rico en movimientos literarios y en figuras oscuras, al punto de imputársele la inauguración de una nueva jerga: Kittlerdeutsch (Winthrop-Young, 2011a). De hecho, por momentos su prosa cobra la fuerza imponente del ritmo poético, que desafía la simplicidad académica, lo que para algunos va a contramano de la sistematicidad teórica (Champlin y Pfannkuchen, 2018). Pero también es verdad que tanto en sus cursos como en sus artículos de divulgación sus análisis suelen ser directos y claros.

Con algo de tino Sutherland y Patsoura (2017) sostendrán que, a veces, la pretensión desafiante de Kittler –sobre todo en los libros donde se hace evidente el bricolaje– no lo exime de manejar un corpus desordenado. En ese sentido, nuestro autor reconocerá que Aufschreibesysteme era un texto un tanto caótico. Quizás ello también obedece a que Kittler rechazaba la idea de que la tarea de un libro fuese sopesar todos los pros y contras de un material o depurar su estilo para evitar los extremos, al tiempo que, como se deja apreciar en GFT, era amante de las citas extensas y nutridas. Consecuentemente, muchas de las exageraciones cargadas de ironía y de cierta megalomanía le han ganado el título de determinista tecnológico y han fundamentado debates y reproches sobre sus concepciones de la guerra, lo helénico, lo cultural y lo femenino. De hecho, Weinberger (2012) se atrevió a preguntarle si era dado a la hipérbole y Kittler le contestó que no le gustaba aburrirse ni aburrir a los demás. Así, nuestro autor apela a engañar constantemente a lectoras y lectores, por ello en los pasajes en los que afirma que hay una verdad evidente en realidad se oculta una figura retórica y un campo de investigación ad hoc. Quizás una recuperación de aquella máxima que dice “no estoy allí donde me buscan, sino aquí desde donde los miro, sonriendo”.

En cualquier caso, un filólogo apasionado por la guerra y las matemáticas, por la música y el amor no es una lectura pasatista, pero no será nuestra intención reanimar sus giros estilísticos, aumentar su jerga o recuperar los insondables detalles históricos y técnicos que tanto le gustaban. Ello desmejorará abiertamente las tesis y pensamientos que podamos presentar en la desnudez cruda de la letra sin sombra ni musicalidad que solo quiere ser comentario.

Por otra parte, señalemos que el estilo de Kittler también evita que se lo estereotipe, como a menudo se ha intentado, en una secuencia lineal con tres etapas bien delimitadas. La dificultad de encasillarlo pasa por la recurrencia de sus problemas, que emergen de una teorización que es menos una recta que una espiral de profundización en la cual tópicos y problemas similares son trabajados de forma recursiva[11] (MM 2), en niveles más extensos y delicados con conclusiones y resultados diversos y cambiantes (copiando en algún punto los procedimientos de la programación estructurada).

En esa función recursiva se esconde la estructura que hemos decidido para nuestras páginas. Como habrá anticipado el/la lector/a, el título de nuestro libro se desprende del mismo movimiento propuesto por Kittler. Así como McLuhan emprendió una topografía de los cambios que los medios y tecnologías electrónicas comenzaban a deparar para La galaxia Gutenberg[12] (1962 [1972]), nuestro autor sabía que su viaje no terminaba sino en la fusión en el medio de la máquina discreta universal encarnada en las computadoras. De allí que el nombre del último volumen de MM iba a ser Turingzeit: el tiempo, pero también –como anticipa fugazmente en uno de sus cursos de EGS, en MM y en otros ensayos−, La galaxia Turing. En esta época el núcleo de los problemas está constituido por una escritura no antropocéntrica, sino algorítmica, que configura un procesamiento simbólico de lo real en los límites impuestos por la física del estado sólido. Como veremos, aunque no llegaría a redactar esa última parte, en la mayoría de sus producciones se acercará recursivamente al problema.

En esa empresa teórica y práctica, Kittler dará saltos cualitativos para aproximarse al pensamiento computacional de la era contemporánea. De hecho, se podría decir que, en un primer momento, las máquinas de Turing y los esquemas electrónicos de almacenamiento, procesamiento y transmisión le permitirán a nuestro autor trazar el diseño y el estilo de AS. Este esquema de investigación –como veremos en la parte I (capítulos I y II)– es legible en el orden a través del cual presenta a la pedagogía, a la literatura y a la filosofía alemana decimonónica, así como a sus quiebres. En ese sentido, detrás del análisis del discurso de nuestro autor aparece una suerte de juego de relés de saber/poder entre input, output, datos, direcciones y comandos que ordenan la división tripartita de los sistemas de registro 1800 y 1900.

En un segundo momento –que recorreremos en la parte II (capítulos III y IV)– las máquinas de Turing le entregan el contenido de sus obras en tanto la arquitectura informacional será el modelo de su definición de medios técnicos. Por ello, se entretiene desarmando y soldando explicaciones sobre los medios analógicos que funcionan almacenando, procesando y transmitiendo espectros acústicos, ópticos y escriturales que ponen en jaque la unidad de la alfabetización. En esta aproximación se deja ver el nacimiento de una indagación histórica de los medios técnicos que busca atender a los cambios fundamentales traídos por señales, códigos y frecuencias.

En un tercer momento –como veremos en la parte III (capítulos V y VI)– las máquinas discretas ya no conforman ni el plano de diseño ni el contenido de la investigación histórica, sino el objeto conceptual por construir. Primero a través de una indagación arqueológica del hardware, luego a través de una experimentación teórico-práctica o, quizás, genealógica del software y, por último, sistematizando una investigación sobre las matemáticas que hacen posible lo computable. De hecho, la forma más sutil del pensamiento matemático, pero también la más concreta, será para nuestro autor la música. De allí que proponga un análisis de las técnicas culturales en tanto indagación ontológica de nuestro presente para aproximarse al objeto conceptual de la galaxia Turing[13].

Si bien esta división esquemática no hace justicia a los múltiples pasajes donde los métodos y dimensiones del análisis se superponen, nos ayudará a explicar y recorrer el pensamiento espiralado de nuestro autor.


  1. Aunque ciertamente podría afirmarse que los problemas heideggerianos aparecen ya en un breve resumen sobre las conferencias que W. Marx y H. Gadamer dan en Friburgo a solo unos meses del fallecimiento del pensador (Kittler, 1976).
  2. Kittler (1995a) señala, por ejemplo, que los pasajes de la Dialéctica de la Ilustración que trabajan a Odiseo como el primer burgués son anacrónicos, pues olvidan la relación del héroe mítico con la producción de artificios y de astucias. Se trata de una noción diferente al vínculo moderno entre autocontrol y dominio de la naturaleza, así como a la explicación que encuentra a la postergación del placer como clave interpretativa del pasaje de las sirenas; mientras que el capítulo sobre la industria cultural, para nuestro autor, solo se detiene en el cine y en la radio a partir de los estrategas comerciales y de las estructuras de contenido como mercancía, olvidando a los ingenieros, a los amateurs y a las tecnologías electrónicas bélicas que fundan la historicidad de todas las industrias culturales. A decir verdad, para Kittler, el concepto de cultura debería haber vuelto a la técnica y a las matemáticas justo en el momento en el que la guerra dejaba atrás a la semántica para poner en funcionamiento a la máquina discreta universal. Sin embargo, el artículo al que hacemos mención, tanto por su fecha y su sugerente título como por sus palabras finales, parece ser menos un embate contra Adorno y Horkheimer que un ataque directo a un estilo de crítica que se perpetuó en los estudios de Comunicación. En una tónica similar, por el mismo período, nuestro autor recorre sucintamente algunas premisas estéticas de Adorno bajo temas heideggerianos que parecen recuperar el cuestionamiento sobre posiciones metafísicas para la evaluación del arte (Kittler, 1996g).
  3. Así, Kittler (1996d) parece comulgar con la tesis de la pérdida del aura de la obra de arte cuando los museos incorporan postales y fotografías. Aunque nuestro autor señalará que “[l]a pregunta [que debe formularse] no es qué será de las obras de arte en la época de su reproductibilidad técnica, sino a qué estándares de transmisión, almacenamiento y procesamiento de señales están sujetas” (KT: 29).
  4. De ese modo, si bien es clara la separación de las tesis de nuestro autor de las de Habermas, Kittler (1977a; DMK) no deja de alinear algunos de sus argumentos con Historia y crítica de la opinión pública, aunque disputará sus premisas y conclusiones, pues pondrá en el centro de las transformaciones a los procesos de alfabetización y de escolaridad obligatoria (cfr. Kittler, 1993a).
  5. Kittler (1999f) recuerda que en un viaje en taxi le planteó al sociólogo que su alma trastornada por las soldaduras de circuitos no podía concebir sistemas digitales sin input ni output (como era el caso de los sistemas sociales). A esto Luhmann respondió que ya los correos babilónicos podían pensarse como sistemas de mensajes semejantes a los digitales y, dice Kittler, que esa era exactamente la solución que necesitaba.
  6. De ella se desprenderá, por ejemplo, la llamada arqueología de los medios, cuya filiación con Kittler ha sido muchas veces trazada. No obstante, nuestro autor no ha dejado de distanciarse de estos proyectos.
  7. Para Sale (2010), en los temas klittlerianos se lee, por ejemplo, la influencia de autores reaccionarios como E. Jünger o C. Schmitt en el debate Technik y Kultur (cfr. Armitage, 2006; Geoghegan, 2013).
  8. En términos específicos, siguiendo a Hodges (2014), la máquina discreta de Turing, al ser abstracta, puede referir a un número irrestricto de concretizaciones diferentes. Dentro de estas, existen las máquinas universales, que refieren a aquellas que pueden imitar las instrucciones o configuraciones de cualquier otra máquina adoptando sus especificaciones formales. La obra de nuestro autor suele favorecer este carácter de la imitación como determinante para los procesos históricos que sistematiza.
  9. Holl (2017) y Krajewiski (2011) nos entregan una imagen del currículum kittleriano que, desde inicios de la década de los noventa, intentaba quebrar el analfabetismo computacional. Mientras que en la Universidad del Ruhr de Bochum ya impartía cursos conjuntos sobre literatura alemana y ciencias de la computación, en la de Berlín todos los años debía dar seminarios regulares entre los que repartía tópicos como historia de la radio, historia europea de las universidades y sobre filosofía, matemática y técnicas de los medios. De acuerdo con Krajewiski todos estos cursos (junto a otros especiales sobre la historia cultural de los estudios culturales) estaban siempre atestados de estudiantes. A estos se les sumaban dos seminarios, uno superior, llamado Historia de los Medios y de las Ciencias, que configuraba un espacio de encuentros al que solo asistían los que Kittler invitaba y contaba con algunos reconocidos colaboradores especiales (estudiantes de grado y posgrado y concurrentes internacionales). Al mismo tiempo, Kittler ofrecía otro tipo de cursos en los que abordaba la programación gráfica en UNIX y en sistemas operativos de 32 bits –también por la misma época, de acuerdo con S. Holl, comienza a dictar uno sobre computación acústica–. Como los estudiantes pensaban que eran clases magistrales se disponían rápidamente en los pasillos. A diferencia de Foucault, que colocaba sus cursos cada vez más temprano, la estrategia de Kittler para quedarse con los alumnos y practicantes especializados era solicitar como precondición el manejo del compilador de lenguaje C en Linux (GCC). Los que no habían abandonado aún dejaban la clase cuando Kittler dedicaba gran parte de ella a debatir sobre las distintas opciones de configuración del compilador. Será en esos espacios donde se hará evidente el Kittler programador práctico, sobre el que volveremos en la tercera parte de este volumen. Por último, señalemos que el cúmulo de los archivos de código fuente que codificó Kittler están siendo analizados como parte de su obra en el Deutsches Literaturarchiv Marbach (Enge y WernerKramski, 2017; Holl, 2017).
  10. De hecho, los textos de Kittler suelen incluir, en una misma dimensión analítica, tanto esquemas de mecanismos técnicos como partituras de rock (por ejemplo DMK y GFT).
  11. Como señala Winthrop-Young (en Sale y Salisbury, 2015) la recursión es una suerte de contraprocedimiento historiográfico que se basa en el aumento repetitivo de las dimensiones temporales sin que se traduzca en una narrativa continua. Es una forma particular de escribir historia porque se trata de un proceso en el que cada repetición se llama a sí misma permitiendo secuencias y conexiones a través del tiempo (Champlin y Pfannkuchen, 2018). Especialmente, nuestro autor recupera el término recursión de la programación estructurada, donde las funciones tienen la capacidad de invocarse a sí mismas durante su ejecución y actualizar los parámetros y valores. Pero, al mismo tiempo, como señalan Kernighan y Ritchie en su famoso manual de C (que Kittler conoce y evoca), la recursión puede verse como el ordenamiento de arreglos con algoritmos quicksort. Así, si tomamos los tópicos de nuestro autor su trabajo parece caracterizarse por una reorganización constante de temas desde diversos ángulos. Con ello queda claro hasta qué punto Kittler diagramaba sus ideas desde la codificación. Asimismo, esta técnica recursiva e iterativa obedece al rechazo foucaultiano y heideggeriano a las continuidades y a la teleología, mientras evita el dilema de exagerar las cisuras, actualizando y retroalimentando los temas y conceptos.
  12. Como es sabido, las tesis que McLuhan (1972) presentaba en formato de mosaico atribuirían una serie de transformaciones en las tradiciones orales (en línea con W. Ong) y en las culturas manuscritas al surgimiento de la imprenta de tipos móviles. Estos cambios socioculturales emergentes de la mecanización y estandarización de la escritura estaban cifrados en un mayor poder de la ciencia aplicada (y la respectiva atención a los procesos causales y a las reuniones enciclopédicas), un sentido de identidad individual (emergente de las prácticas de lecturas privadas evangélicas) y una revalorización de los lenguajes nacionales (en virtud del creciente mercado editorial), así como un desplazamiento de los modos propios de la oralidad (la pérdida del espacio acústico libera un poderoso óculocentrismo). Estas mutaciones se acompañarían de la preeminencia de la perspectiva en conjunto con el realismo representacional (literario y pictográfico) y la separación entre música y poesía. Sin embargo, el contexto del libro de McLuhan es justamente el de una nueva transformación en ciernes provocada por los medios y tecnologías electrónicas que pondrán entre paréntesis a la alfabetización característica de la era de la imprenta y abren un retorno de lo audiovisual. Aunque, como veremos, en Kittler no aplican los resabios antropológicos propios del canadiense cuando leía a la galaxia como una circunstancia o medioambiente que rodea al hombre.
  13. Muchos de los tópicos que trabajaremos serán incluidos en la obra reunida de Kittler que se encuentra en preparación, Gesammelte Werke: Schriften, Stimmen, Hard- und Software (cfr. Winthrop-Young en Champlin y Pfannkuchen, 2018).


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