Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Laura Taffetani[1]

Imagen en blanco y negro de persona sonriendo  Descripción generada automáticamente

Entrevistadoras: Julieta Grinberg, Carla Villalta y Soledad Rojas Novoa.

Nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, en 1963. A principios de la década de 1980 se mudó a La Plata y comenzó la carrera de Derecho en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Desde muy joven, trabajó en el equipo jurídico del Taller de la Amistad, una organización que asistió a las víctimas de la represión dictatorial. Desde 1988 hasta 1991, se desempeñó como coordinadora del Área de Educación No formal del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH) de la Regional La Plata, y posteriormente fue abogada del programa Chicos de la Calle de la Municipalidad de La Plata. En esa época conoció a Alberto Morlachetti, quien en 1982 había fundado La Casa de los Niños en Avellaneda, y desde entonces ha estado vinculada con la Fundación Pelota de Trapo. Entre abril de 1994 y agosto de 1997 fue coordinadora nacional del Movimiento Nacional Chicos del Pueblo. Y también durante esos años fue secretaria de la Red Nacional contra la Impunidad y por la Justicia. Desde diciembre de 1999 hasta abril de 2001 fue directora municipal de Infancia, Adolescencia y Familia de la Municipalidad de Lomas de Zamora.

Actualmente, es directora de la Escuela de Educadores y secretaria del Consejo de Administración de la Fundación Pelota de Trapo. También se desempeña como secretaria de la Comisión del Abogado del Niño del Colegio de Abogados de La Plata y coordinadora de la Mesa Legal y Fiscal para Organizaciones de la Sociedad Civil de la Asociación en Red.

El aprendizaje mayor fue conocer el verdadero poder que tiene el vínculo entre los niños y el mundo adulto

Llegué a trabajar en este campo por los organismos de derechos humanos, en particular con el trabajo con hijos de detenidos-desaparecidos, exiliados y presos políticos en el Taller de la Amistad, en La Plata. Entonces también existía el Taller Julio Cortázar, de Córdoba, el Había una vez, de Rosario, el Inti Huasi en Santiago del Estero, que fueron organizaciones que nacieron para dar respuesta a una situación que los organismos tradicionales no podían dar para los niños y niñas cuyas familias se encontraban atravesando los efectos de la represión estatal de la dictadura. Era 1981, yo era estudiante de Derecho y trabajaba en derechos humanos. En ese entonces al tema lo llamábamos “minoridad” y lo veíamos más ligado a la filantropía o caridad, por lo que no lo sentía conducente con mis ideas. Desde el derecho había una visión del tema como algo muy marginal y estábamos todos más en el ámbito de los derechos humanos por el momento que estábamos viviendo.

Es justamente en ese contexto de las situaciones que se presentaban con esos niños, niñas o adolescentes, que siempre tuve que resolver cuestiones de derecho que no estaban contempladas en las leyes vigentes o, incluso, para encontrar una salida era necesario ir contra ellas. Por dar un ejemplo, una de ellas fue la de las filiaciones en los niños y niñas que habían nacido en la clandestinidad de la militancia de sus padres y que se encontraban desaparecidos. No había ley que contemplara una situación semejante. Fue a partir del trabajo en el Taller de la Amistad que comenzamos a encontrar niños, niñas y jóvenes hijos de desaparecidos que estaban en institutos de menores y así comenzamos a conocer el circuito de la “minoridad”.

Cuando los pibes y pibas de ese mundo comenzaron a participar con los otros pibes y pibas que ya venían participando, pero que tenían otra realidad, no fue fácil. Ahí decidimos darles un ámbito propio a los primeros –aunque después lo ampliamos– y se creó la Defensoría Integral del Menor de La Plata, en relación con el MEDH. Recuerdo que nosotros llegamos a tener chicos y chicas viviendo en nuestra casa, porque en esos años era muy difícil arrancarle un pibe al juez. La paradoja fue que no muchos años después, frente al aumento exponencial de niños y niñas en el sistema, te los entregaban con moño y todo con tal de que te los llevaras. Pero en los ‘80 era difícil que le dieran el egreso a un pibe o piba que ya había ingresado en el sistema, y fue así que muchos de nosotros tuvimos en guarda a varios hijos e hijas de desaparecidos. Y no fui la única. No había otro modo que abrir nuestras casas para comenzar a hacer un camino con ellos y ellas. Fue un proceso complejo pero el aprendizaje mayor de esa vivencia fue conocer el verdadero poder que tiene el vínculo entre los niños y el mundo adulto para transformar y transformarnos la vida.

Fue esta experiencia la que me ingresó definitivamente en el mundo de los pibes. Uno de los adolescentes con el que quizás más vínculo tuve de todos ellos fue quien marcó mi viraje: me habían avisado que había un joven que sería hijo de desaparecidos preso en una comisaría y fui a verlo. Cuando me entrevisté ahí me enteré de que sus padres habían sido asesinados por la Triple A y había quedado en la calle, pasando de instituto en instituto. Así comenzó nuestra relación. Un día lo fui a ver y me preguntó por qué iba solo por los hijos de desaparecidos, qué pasaba con los pibes que estaban presos con él por otras razones. Creo que fue una de las lecciones políticas más importantes que recibí en mi vida, porque en realidad estos pibes por los que este joven me reclamaba (quizás él en ese momento ni siquiera era consciente de ello) eran parte de ese sector de población por el que tanta gente había militado y luchado junto a sus padres.

Fue en esa época cuando conocí a Alberto Morlachetti. Él era funcionario de Niñez en la provincia de Buenos Aires y una de las primeras medidas que había tomado, apenas asumió, fue la de cerrar el Instituto Estrada, que era un horror (hoy en ese edificio funciona la cárcel número 8 de mujeres). Estábamos asombrados por semejante medida, que obviamente los jueces resistieron y durante muchos años después seguían quejándose del cierre de ese establecimiento. Pero nosotros estábamos felices porque habían sucedido cosas muy graves en ese lugar y era absolutamente inadecuado para albergar jóvenes.

También Alberto Morlachetti vino a invitarnos al Taller de la Amistad, para convocarnos a ser fundadores del Movimiento Chicos del Pueblo. Ahí lo conocí. Poco tiempo después lo vuelvo a encontrar y me invitó a conocer Pelota de Trapo. Ahí, en ese pequeño territorio donde se asentaban los programas de Pelota de Trapo, fue que vi la diferencia concreta y palpable de lo que significaba llevar adelante actividades verdaderamente alternativas junto con los niños y niñas. Lugares bellos y con muchísima participación de los pibes en la vida diaria. En esa visita Alberto me ofreció ser abogada del Movimiento.

Yo me recibí en 1991. Trabajé mucho tiempo sin recibirme, tanto que los jueces de menores estaban convencidos de que era abogada. Si hubieran sabido jamás me hubieran dado un expediente. También conocí a Sara Cánepa, que estaba en Abuelas y que en especial trabajaba con Chicha Mariani, a quien yo quería mucho. A partir de allí fue mi compañera de actuación profesional permanente. Si bien somos muy diferentes en nuestra forma de abordar el ejercicio profesional, siempre nos complementamos muchísimo. Sara me abrió generosamente los espacios institucionales, como el Colegio de Abogados de La Plata donde compartí cargos en la Comisión de Infancia y Adolescencia donde ella trabajaba muchísimo y promovió una experiencia maravillosa como lo fue el programa de asistencia jurídica contra las razzias, poniendo a disposición de los chicos el Colegio de Abogados.

Como decía Alberto, para hacer algo diferente debemos partir de lo que no queremos

Recordemos que en esa época de renacimiento de una incipiente democracia que volvía a emerger, lo que primaba era la militancia. Alberto Morlachetti venía de la década del ‘70, por lo que de algún modo fue un puente generacional entre esa militancia y el trabajo con niños y niñas. Ese fue el principal aporte que hizo Alberto a los derechos de los niños: insertarlos en su contexto y mostrar su verdadero carácter político. Colocó a la infancia en clave política. Que te da un perfil determinado. Él trabajaba en un estudio jurídico, aunque no era abogado. El socio es detenido y desaparecido. Y él tuvo tiempos en que tuvo que viajar a Córdoba para preservarse. Se guardó un tiempo. Es decir, cuando él comienza con los primeros pasos, en particular con la Casa de los Niños, él viene con ese capital de militancia de la década del ‘70. Y comenzó con los partidos de fútbol del barrio y fue perfilando la organización.

Cuando nace Casa de los Niños, nace en contra de varias ideas: en primer lugar, romper la mirada adultocéntrica y construir un espacio que fuera propio de ellos y ellas. La segunda cuestión era no trabajar solo un aspecto, sino tener una visión integral de las necesidades de los niños y niñas. Por eso, desde sus inicios, Casa de los Niños tuvo consultorio médico, alimentación y educación. Esos tres componentes, de entrada. También partir de determinados valores que no se declaman sino que se llevan adelante en la práctica. Por ejemplo, Alberto no quiso sacar la personería jurídica hasta la democracia, que fue en el ‘83. Ahí, ‘83, clavado, una vez que asume el gobierno democrático, la personería jurídica. Aprender haciendo, aprender viviendo. Esos son los ejes principales que marcan las pulsaciones de Pelota de Trapo.

El Hogar se abre a fines de los ‘80 para algunos chicos que ya habían perdido vínculo con la familia. Siempre Alberto decía que para hacer algo diferente debemos partir necesariamente de lo que no queremos como primer punto de referencia. Dicho de otra manera: para hacer más de lo mismo, no vale la pena. Y lo que Alberto no quería para los niños era el modelo de instituto de menores.

En primer lugar, el turno rotativo de las personas que cuidaban a los niños. Porque, justamente, de ese modo el chico el único vínculo que hace es con la pared. Entonces era necesario que dentro del Hogar hubiera referentes viviendo. Independientemente de que vos tengas compañeros, compañeras, que puedan ayudar. Siempre el chico requiere de una referencia que asuma el compromiso de acobijarlo, de amarlo. En ese esquema Alberto y también Norma Basconi, que se sumaría a la organización tiempo después, tenían un encuadre respetando las funciones parentales tan necesarias como insumo de su crecimiento. Asumir estas funciones no significaba de ningún modo reemplazar a sus familias, a las que no se consideraba como obstáculo sino como parte de su historia y realidad también. Desde ya en el Hogar solo había niños y niñas que requerían este tipo de respuesta. Para aquellos cuya dificultad provenía de su situación de pobreza o para las situaciones transitorias, nosotros contábamos con Casa de los Niños. El Hogar era únicamente para los casos en que el vínculo con sus referentes familiares se encontraba absolutamente dañado, de modo tal que requirieran de un referente afectivo que los acompañe hasta poder autonomizarse.

El otro aspecto diferenciador era la libertad: que el chico pudiera ir y venir. Es el vínculo con sus educadores lo que propicia su permanencia, no las rejas. Por eso siempre nos reímos, porque en Pelota de Trapo históricamente estuvo roto el portón y nunca fue una prioridad arreglarlo.

Y finalmente, la otra cuestión principal era concebir al chico como protagonista, el chico como sujeto político, capaz de transformar su propia realidad y el mundo que lo rodea. Entonces, ello significaba ser parte de las decisiones del Hogar, pero sobre todo poder ponerse en pie y asumir el protagonismo para delinear su proyecto de vida.

Después nacieron la escuela gráfica y la escuela de panadería. Estos programas funcionan como un emprendimiento con maquinarias de mediana tecnología para que puedan los chicos realmente formarse en el oficio en forma especializada para competir en el mercado. El objetivo fue siempre que adquieran competencia profesional y por sobre todo que estén orgullosos de su trabajo, es decir, lograr que asuman la identidad del pueblo trabajador. Entonces, no es un “cómpreme esto porque soy un chico de la calle”. No. Le decimos que nos compre porque nosotros somos la mejor imprenta o panadería. Enseñarle la dignidad del trabajador. Así que desde ese lugar es que decimos que los programas en Pelota de Trapo fueron surgiendo como contrarios a las ideas imperantes de control.

Es cierto que en el contexto post dictatorial había un sentimiento muy optimista de lo que estaba por venir. Hay una anécdota que lo pinta de cuerpo entero. Cuando nació el Hogar en Pelota de Trapo Alberto creía que era una respuesta momentánea, que en el futuro no iba a ser necesario. Por cada niño o niña que ingresaba se plantaba un árbol porque se soñaba que en el futuro el lugar se convirtiera en un parque en vez de un Hogar.

Es ese el eje que el Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo no perdió y por eso siempre apuntamos a las políticas de Estado. Jamás peleó por becas, bolsas de comida o planes; nuestro objetivo fundamental era luchar por un modelo económico, social y político que les permitiera desarrollar una vida digna de ser vivida. Por eso sus principales consignas fueron: “Detrás de cada chico en la calle hay un padre desocupado” y “El hambre es un crimen”. Nuestro principal contendiente no era el operador de sistema ocasional que cumple un rol en cada época sino la Casa Rosada.

El artículo 12 fue central para nosotros… Pensábamos al niño como sujeto político desde ahí

Nuestra mirada hacia la Convención sobre los Derechos del Niño entonces fue siempre de un instrumento que en cierto modo nos daba la razón en la línea en la que veníamos trabajando. Su aprobación se vivió totalmente como una conquista porque el patronato de verdad que lo sufríamos. También éramos críticos del resultado final del texto. Las batallas que se habían perdido al momento de su discusión, en particular en relación a la necesidad de darle un lugar más pleno que el de ser sujetos de derecho para acotar su lugar de sujetos políticos (solo en los asuntos que les conciernen directamente) o la fórmula letal de establecer las obligaciones que emergen de los Estados en la medida de lo posible. Como sabemos, lo posible siempre es enemigo de lo necesario.

El proceso posterior a la Convención, en lo que hizo a su aplicación en nuestro país, no fue bueno. En primer lugar, la normativa estableció su foco en una de las consecuencias de las políticas de control por parte del patronato de menores que era la institucionalización. Fue una mirada sumamente miope y distorsionadora de la realidad. Se planteó que el problema del patronato eran los jueces y las medidas de institucionalización, sin ver el modelo de control en su conjunto y por sobre todo el fundamento ideológico que sustentaban dichas prácticas que no era sino el de sostener un Estado segregador y represivo para con la población más vulnerable de la infancia y adolescencia.

Es cierto que el Poder Judicial cumplió un rol en ese modelo, pero la base ideológica y finalidad que sustentaban no era ni más ni menos que la del control social, cuestión que al no abordarse y focalizar en el sistema injusto que la sostiene permaneció intacta a través de los tiempos, cambiando de actores o de instrumentos de sometimiento.

En realidad el problema fundamental era que la Convención nace en una de las etapas más duras de la humanidad, con un capitalismo voraz. Y esa es una contradicción difícil de zanjar. Entonces sí, fue una conquista, pero después vino la 26.061 y ahí ves cómo se cercena todo, la sesga. Está centrada en el tema de la institucionalización, pero el acceso a alimentación casi no aparece. Entonces la Convención siempre ha sido una herramienta pero no es fundamental. El cambio legislativo no garantizó el cambio que queríamos. De todas formas le hicimos honor. Por ejemplo, yo pude ser por primera vez abogada del niño con el artículo 12. El artículo 12 fue central para nosotros en varios sentidos, hacíamos nuestra propia interpretación y pensábamos al niño como sujeto político desde ahí. En las marchas, en el 2001, nos mataban con eso: que nosotros usábamos a los chicos para la política. Como que los chicos no piensan. Que si marchan es porque los estamos llevando, cuando nosotros hacíamos todo lo contrario: ningún chico podía marchar si no sabía por qué estaba ahí, este era el único requisito.

La forma de construir es con los pibes y las pibas

A mí lo que me asombra mucho es la persistencia del modelo de patronato a pesar de la Convención. Eso a mí me rompe la cabeza. Que se citen todos los derechos de la Convención aplicando el modelo anterior, que en realidad es un modelo de discriminación, es un modelo de control social. Le pusimos patronato, pero podría haber tenido otro nombre. Es de control social. Ese mismo modelo de “familias bien” en las que aplica un derecho y en otras familias otro, este modelo de no aceptar al niño o a la niña como protagonista de ese proceso está tan vigente como en la época del patronato, pero en nombre de la Convención. Bueno, fiel reflejo de eso es el actual proyecto del Ejecutivo del tema de responsabilidad penal juvenil. Nunca había visto un proyecto tan hecho con el lenguaje propio para sostener algo peor que la 22.278. Engaña muchísimo. Entonces la gente piensa: “Ah, bueno. Está adaptando la Convención”, y vos ves que es un absoluto retroceso de las ideas por las que se viene peleando. Porque lo que realmente se está peleando es el tipo de sociedad que queremos. El sistema construye sus mecanismos para sostener la feroz desigualdad con la que se tienen que enfrentar nuestros pibes y pibas y muchas veces perdemos esto de vista.

La experiencia me ha demostrado que la única forma de construir es con los pibes y las pibas. De hecho, el Hogar en realidad nace porque un grupo de pibes entró en la vida, en la casa, en el corazón de Alberto. Así nació nuestro compromiso, a partir y con ellos y ellas. Y eso la Convención lo reflejaba muy bien. Por eso la bronca, que se tome para llevar adelante políticas contrarias a su mirada. El derecho a ser oído y el interés superior era una dupla normativa sumamente valiosa para nuestro trabajo, para que las normas se adapten a los chicos y no al revés, para entender que cada uno y una de ellos es un camino diferente a recorrer, con sus pesares pero también con sus habilidades, con sus culturas, sus vivencias y su profunda vocación para convertir esa crisálida que vino malherida en una mariposa con sus alas desplegadas.

La 26.061 surge atacando la patología. Como toda ley que se genera para dar respuesta a una patología y no a los elementos que la promueven, perdió la dimensión global. Lo más claro de esa normativa es la poca importancia que se le otorga a las políticas sociales estatales. Porque uno de los aportes más valiosos de la Convención fue contemplar justamente una mirada integral de los derechos, reconocer que no hay derechos civiles que puedan ser garantizados si no están acompañados de las políticas públicas que ofrezcan las condiciones para su realización.

Este rol que la Convención plantea muy claramente entre familia, Estado y sociedad civil no existe

Otro fenómeno que fue muy doloroso es que la Convención fue apropiada por los Estados como si hubieran sido solo los Estados los promotores y no las organizaciones, toda esta resistencia hermosa del campo popular que luchó por esos derechos. La Convención le daba a la organización un rol que nunca el Estado reconoció. Esa es la gran deuda que hay. Este rol que la Convención plantea muy claramente entre familia, Estado y sociedad civil no existe. De hecho, con los niños y niñas es muy cruel porque las organizaciones no tenemos ni voz ni voto. Te tratan como una tercerizada y entonces te imponen reglas como si fueras una empresa, desvirtuando y desvalorizando el trabajo que venís desarrollando. No estoy hablando solo en hogares; estoy hablando en organizaciones, inclusive como centro de día y demás, donde hay un conflicto y vos vas a un Servicio Local y no tiene voz la organización. Sin embargo, es la que conoce al chico, la que puede dar estrategia. Se pierde toda esa riqueza. En ese sentido es otra deuda… O por lo menos no se ha querido aplicar. Que en esto nada ayudó la redacción de la ley 26.061. Esta normativa coloca a la organización como un efector a controlar y regular, no como actor privilegiado en políticas sociales. Y no se trataba de eso… Las organizaciones de los ‘80 no pretendíamos reemplazar el Estado. Nosotros queríamos mostrar en chiquito lo que debía ser para que el Estado pudiera replicarlo en escala. Nosotros decíamos: “Para hacer más de lo mismo, no lo hagas”. Preferible que lo haga el Estado, que ya lo hace y bastante mal. Decíamos: “Un hogar debe ser alternativo a un instituto de menores”. Si vos vas a ser igual que un instituto de menores, aunque sea con menos pibes, más respetuoso de los derechos humanos, pero tiene turnos rotativos, no se promueven los vínculos humanos con sus adultos, etcétera, o sea, todo lo que hace una institución, no es alternativo. Por eso nosotros decidimos no traer más chicos al Hogar hace diez años, porque jamás vamos a aceptar el esquema que han querido imponer de convertirnos en herramientas del Estado para su control social. Nosotros también en los ‘90 estábamos en contra de la institucionalización. Los hogares convivenciales presentaban un modelo alternativo que tenía que ser el último, recontra último recurso. Éramos así hace treinta años y seguimos siendo hoy así. Vos tenés que haber agotado todas las vías. La adopción y el hogar son medidas de último recurso. Si vos convertís en política de Estado una medida de último recurso, sea el instituto o sea la adopción, estás haciendo control social. No estás generando las distintas alternativas que la riqueza humana construye cuando piensa en comunidad.

Una de las cosas más bellas que recuerdo –que fue muy linda, además por los resultados que tuvo– es sobre uno de los pibes que estuvo viviendo en mi casa, que no paraba de afanar e iba de comisaría en comisaría. Le habían matado a los dos padres. Sus padres habían empezado militando con el cura Farinello en Quilmes. Después entraron en Montoneros. Son asesinados por la Triple A. Su casa en Ezpeleta había quedado vacía. En realidad se la había apropiado una tía, fue todo difícil. Bueno, recuperamos los bienes, pero la cuestión es que esa casa había quedado vacía. Y este pibe llevaba una vida de mucha exposición y confrontación con el mundo. La jueza que llevaba su causa era una tipa muy rígida. La historia es que ya íbamos por el sexto cuerpo de expediente. Me hizo conocer todas las comisarías de La Plata. Hasta que en un momento le planteé a la jueza: “El único deseo que tiene él es ir a vivir a la casa de Ezpeleta, ¿por qué no intentamos?” Porque es cierto, él siempre decía que él quería vivir ahí. El tema es que ni Farinello ni yo podíamos ir a vivir a Ezpeleta, entonces dijimos: “A ver, interés superior. ¿Por qué no aceptás el tema de que vaya él?” Él tenía en ese momento quince años. “Nosotros nos comprometemos a tener mucha presencia en su vida. Hay un compañero del padre, que es un compañero de militancia, que le va a enseñar su oficio”, que era el de arreglar máquinas de calcular. Fue cómico porque no había normativa que amparara lo que estábamos planteando. Todo era contrario a la ley. Y le presentamos la propuesta a la jueza: “Y bueno, si todo esto fracasó… Intentemos esta”. Y anduvo. Y hoy está re bien el joven, ya un hombre hecho y derecho. Entonces estoy hablando de esa flexibilidad que es el código humano. Hay tantas alternativas, puede haber tantas que solo la podés construir con el chico o con la chica, y eso es lo que dice la Convención. La Convención, justamente, lo que dice es que ningún enlatado funciona. Sin embargo, se ha hecho todo lo contrario. Se parte del concepto de familia burguesa, absolutamente conservadora, de sangre. Por eso el universo acotado que se propone para los chicos o chicas es la familia, de sangre o de adopción. No hay otra posibilidad. Esta herramienta de control está generando problemas muy graves. El plazo de ciento ochenta días que se estableció para las medidas de abrigo, de modo de trabajar distintas estrategias para la vulneración de derechos, en realidad se convirtió en un plazo de caducidad. Se espera a que se cumpla el plazo sin hacer nada y luego inevitablemente viene la sentencia que declara el estado de adoptabilidad. El que encaja en una familia adoptiva encaja; el que no, queda en el limbo doloroso que le otorga su situación no reconocida, porque no hay otro casillero donde ponerlo. Es más, en La Plata ya está habiendo situaciones con jueces que están interviniendo previo a los ciento ochenta días porque dicen “para qué vamos a perder tiempo”.

Costa Rica no queda en Entre Ríos

Nosotros somos organización popular o comunitaria, no somos organizaciones de la sociedad civil, no somos alternativas al Estado. Las organizaciones sociales lo que pueden es trabajar en forma particular con el Estado porque le brindan la frescura de quien está cerca en el territorio, del que encuentra estrategias de trabajo que no las va a encontrar nunca el Estado. En algunas cosas son mucho mejores que el Estado. Por ejemplo, un hogar realmente alternativo no puede estar en manos del Estado porque tu situación de empleado, por más buena que sea tu actitud, ya te coloca en otro lugar. Ahora, una organización no puede tener un hospital. Un centro de salud de atención primaria sí, como nosotros tenemos consultorio, pero no uno de alta complejidad. Digo, el tema de la escala y el tema de la complejidad. No es que estamos compitiendo con el Estado. No es la idea. Muchas de las ONG que nacen en los ‘90 se sienten remplazando al Estado. Nosotros somos muy cuidadosos. Es cierto que en la práctica muchas veces terminamos haciendo cosas que el Estado debería hacer, pero seguimos peleando por un Estado que lo haga. Nosotros somos denuncia de eso. El orgullo es encontrar caminos junto con los chicos y chicas. El orgullo mayor de Pelota de Trapo es que Casa de los Niños de Avellaneda haya sido el modelo por el cual se creó el programa Casa de los Niños de provincia de Buenos Aires. También fue doloroso cómo a través de los distintos gobiernos se han ocupado de destrozarlo. Pero no importa, nuestra fe obstinada en una sociedad mejor logrará los cambios necesarios para que se hagan realidad otro tipo de políticas de Estado. Aunque durara poco, llegó a convertirse en política de Estado. Eso lo logró Alberto. Este modelo funcionó. En ese sentido, yo creo que el gran desafío que nos queda es darle forma a esta Convención, que tome cuerpo en la realidad. Una colega decía que una vez un juez de la justicia entrerriana le había negado todo lo pedido a un preso que había invocado el Pacto de Costa Rica diciendo: “Dígale a su abogado que Costa Rica no queda en Entre Ríos”. Y es así, esa es la verdadera lucha de la Convención: llevarla a la vida real.

La Convención va a venir de la mano cuando realmente decidamos construir otro país. Yo creo firmemente en eso. Y creo que es posible. Voy a seguir pensando –aunque te miran con cara de utópica– que es posible. No podemos resignarnos a que esta sea la sociedad. Por honor a los pibes, las pibas. Por honor. Yo siempre les digo que uno tiene que imprimir en las generaciones que vienen la esperanza de otro mundo. Si no, son en vano los esfuerzos que hagamos.


  1. Fecha de realización: 12 de julio de 2019.


1 comentario

  1. paula28 19/05/2024 9:50 pm

    Hola, estoy buscando a Laura Tafferani, la abogada.Pueden ayudarme con algun contacto? por favor, gracias.

Deja un comentario