Sofía Tiscornia[1]
Se puede celebrar los 30 años de un acontecimiento como lo es la aprobación de la Convención sobre los Derechos de la Infancia, de muchas formas. Pero creo que hacerlo volviendo la mirada hacia las mujeres y hombres que lo hicieron posible, en Argentina, es una de las mejores celebraciones.
Lo es porque le devuelve humanidad y memoria a procesos que fueron – y son – arduos, difíciles, y que en general se expresan en complejos debates afines al lenguaje jurídico y parlamentario y al lenguaje de la diplomacia transnacional. Sabemos bien que mucho se ha escrito – y se ha de escribir – sobre la Convención, sus antecedentes y su puesta en acto. Y está bien que así sea, porque en esos debates especializados se va compaginando, de forma ardua y no exenta de desencantos, el proceso de conversión de las normas en prácticas institucionales y sociales concretas.
Pero lo que este libro nos cuenta, son otras historias, otras memorias y lo que nos muestra son otros argumentos. Historias que mucho tienen que ver con aquellos procesos y debates, pero que a su vez los rebasan. Y los rebasan porque están narrados en primera persona por sus protagonistas, sus hacedores, por quienes los imaginaron desde diferentes lugares y lucharon sin tregua por ello.
Ocho mujeres y cuatro hombres son los protagonistas del libro. Todes atravesados – literalmente – por la dictadura, pero también comprometidos con la democracia. Por ello, que el libro comience con el relato de Estela de Carlotto y a continuación de Adolfo Pérez Esquivel, marca con fuerza el tono. Y además del tono, la firmeza de las convicciones, el valor de la justicia y, no menos importante, la fortaleza de la ternura y el compromiso amoroso sostenido.
Y es todo ello, a medida que la lectura avanza, lo que va tiñendo el proceso de elaboración, discusión y aprobación de la Convención, va tiñendo, digo, de un indiscutible color y clima local. Ya que da cuenta de la capacidad de les pioneros para que procesos globales de justicia internacional – normas y tratados internacionales- sean receptados localmente, comprometidos con la tradición y el contexto nacional.
Hay muchas historias en cada una de las trayectorias. Aconteceres en los que cada une nos va mostrando cómo han sido capaces y sabios para lidiar con el sentido común canónico, con viejas y patriarcales costumbres tribunalicias y administrativas para las que la niñez era efectivamente la población de aquellos a los que no se escucha, a los que se les niega la voz, la población de la tutela, de la brutal diferencia clasista que niega derechos y otorga supuestos beneficios adultocéntricos.
Y para lidiar también con la maraña de intereses corporativos, con la indiferencia de tantos hacedores de la política, y para ser capaces e inteligentes para el armado de alianzas, ese agudo sentido nacido de las íntimas convicciones que puede tejer los necesarios compromisos para que las políticas se amarren y concreten.
El relato de Eduardo Bustelo, acerca de cómo se aprobó la Convención es una lección magistral de la capacidad de actuar en los intersticios de la política cuando es necesario e imprescindible. Todas las trayectorias nos cuentan del armado de alianzas, del tejido de compromisos, de las concesiones hechas, de las trincheras construidas, de las peleas y broncas acumuladas. Porque son relatos apasionados y viscerales. Porque son relatos de vidas políticas comprometidas con el derecho de los derechos humanos.
Y también no dudo que hay que celebrar que estos relatos son el resultado de un hermoso y muy serio trabajo antropológico del Equipo Burocracias, derechos, parentesco e infancias del Instituto de Ciencias Antropológicas de la Facultad de Filosofía y Letras. Personalmente tengo un inmenso orgullo de ser parte también del Equipo de Antropología Política y Jurídica al que pertenecen estas antropólogas y, fundamentalmente, estas activistas de derechos humanos, capaces de armar esta obra colectiva, porque ¿qué es la antropología sino obras con otres, obras colectivas, obras de muchos y muchas? ¿Qué hacemos les antropologues sino adiestrar la escucha, la conversación, los argumentos de las personas con quienes nos hemos comprometido a trabajar y a pelear por más justicia y más derechos humanos?
En estos tiempos tan inciertos, en que todo se ha puesto en cuestión, celebrar este libro es sin duda celebrar las historias de las pioneras y los pioneros que hicieron posible la aprobación y los múltiples trabajos que hoy la Convención demanda, pero también celebrar a sus continuadoras y continuadores, que siguen la huella y la perfeccionan y mantienen las trincheras y abren nuevos caminos. Y son ellos la gente de UNICEF, los cientos y miles de activistas, las chicas y los chicos que defienden hoy ser destinatarios de la Convención y son, sin duda y otra vez, la buena antropología que el Equipo demuestra en este libro.
Diciembre 2020
- Docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires.↵






