Luego de la presentación de la investigación sobre diplomacia parlamentaria de Malvinas, quise reflexionar más profundamente sobre el objeto de estudio. Sentí que me había quedado material de la tesis doctoral y el tema estaba en creciente auge académico y político, al punto que muchas instituciones educativas comenzaron a confeccionar diplomaturas, materias, seminarios en las carreras y charlas que atrajeron la atención y el interés por la diplomacia parlamentaria en Argentina. El concepto ganaba terreno y se insertaba en la ciencia política y las relaciones internacionales, pero a la vez se corría el riesgo de ensanchar la connotación y la denotación de muchos conceptos y dimensiones, lo que puede traducirse en una disolución de este y una pérdida de su verdadera esencia y definición.
Muchas veces, debemos ser cuidadosos a la hora de ingresar en un campo poco explorado donde no se ha generado un conocimiento profundo aún, porque, al no contar con herramientas suficientes, puede hacernos pecar de improvisados abordar cuestiones con cierta liviandad que requieren un estudio más específico. Cada Congreso nacional tiene un conjunto de prácticas parlamentarias en materia de relaciones internacionales que lo definen como tal y que son parte de su “cultura política”. Por tal razón, debemos observar y registrar todo aquello que el Congreso realiza con prudencia a la hora de comparar casos y circunstancias, ya que tiene particularidades propias de su cultura, su historia y las prácticas. Solo por dar un ejemplo, en el caso de la diplomacia parlamentaria, la Honorable Cámara de Diputados de la Nación hace ya varios años que utiliza el término “diplomacia parlamentaria” y toma en cuenta técnicas o formas de esta que han perdurado pese al cambio de las autoridades. En el caso del Senado de la Nación, esto es diferente. El nombre surgió concretamente hacia el año 2016, pero ha sufrido transformaciones estructurales y modificaciones, e inclusive en nuestros días el término no aparece en la estructura del Senado como tal. En el caso de México, la Cámara de Diputados establece en su reglamento el concepto de “diplomacia parlamentaria” y sus técnicas. En el caso argentino, no se lo menciona en el reglamento de la Cámara, lo cual sería un gran paso en torno a aceptar cuáles son las técnicas o formas que gozan de consenso político y brindar mayor certidumbre al proceso parlamentario.
Todo conocimiento requiere de un proceso de madurez y asimilación; por tal razón, en Pensar las Relaciones Internacionales desde la Diplomacia Parlamentaria (2020), creí necesario encontrar una definición del concepto desde nuestra experiencia parlamentaria y dejar planteadas las técnicas o formas desde nuestras prácticas, lo cual sembraba un desafío distinto al anterior, requería de un cierto dominio del área y de una profundización del conocimiento adquirido. A pesar de estos avances, reflexionaba sobre la necesidad de ahondar, perfeccionando algunas ideas que pudiesen aportar elementos substanciales.
De esta manera, comencé nuevamente estudios posdoctorales en la Universidad Mediterránea de Reggio Calabria, con la idea de mejorar más la connotación del término y sus características. En estas últimas, desarrollé algunas particularidades propias del caso que pude analizar que me sorprendieron y pienso pueden ayudar a mejorar la diplomacia parlamentaria y sus estudios posteriores. Me refiero a la capacidad de adaptación (flexibilidad) y como instancia previa al Poder Ejecutivo. Sin lugar a dudas, elementos que proyectan al campo como una posible herramienta estratégica, en el actual contexto de inseguridad e incertidumbre. Así, luego de la estancia posdoctoral, logré publicar la investigación en la reconocida revista Relaciones Internacionales del IRI-UNLP, vol. 31, n.º 63, previa revisión por doble referato ciego, llamada “La contribución de la diplomacia parlamentaria al derecho internacional humanitario: el caso de los caídos en Malvinas” (2022). Fue un avance importante para las caracterizaciones, pero aún restaba potenciar el trabajo y difundirlo. De esta manera, me convocó el Honorable Congreso de Perú para escribir algo vinculado a la región. Pensé que era el momento acorde para difundir allí estos hallazgos, y pensar que, en el marco de la región sudamericana, donde la zona de paz se consolidó como un área estable en cuanto a las amenazas convencionales, aunque con una heterogeneidad importante de amenazas complejas que nos hace ser más cautos a la hora de hablar de conflictividad, la diplomacia parlamentaria puede ser una herramienta estratégica útil para el Poder Legislativo en la medida que pueda contribuir a la construcción de la paz. El artículo se publicó en la revista Cuadernos Parlamentarios n.º 29 con el título de “Diplomacia parlamentaria en América Latina: Una herramienta estratégica para el Poder Ejecutivo” (2023).
Un año más tarde, en un contexto de rivalidades crecientes en las relaciones internacionales, y de un multilateralismo que brillaba por su ausencia, desarrollé algunas de estas ideas en una columna de opinión del diario Perfil, llamada “Una nueva oportunidad para la Diplomacia Parlamentaria” (2024). Encaré el tema de la política exterior y caractericé el mundo de ese momento como heterogéneo, conflictivo, descentralizado, despiadado y peligroso, donde el ritmo está determinado en gran parte por la confrontación entre Estados Unidos y China. En este contexto, las actividades que lleva a cabo el Congreso Nacional se presentan como una herramienta estratégica útil, pudiendo elaborar una agenda propia en materia de política exterior, pero acompañando y complementando la inserción internacional del Poder Ejecutivo. Esto nos presenta la posibilidad de un Congreso activo en materia de política exterior capaz de acompañar la inserción internacional del Poder Ejecutivo, pero teniendo una agenda con cierta autonomía en materia de relaciones internacionales que incluye aspectos de cooperación entre parlamentos y parlamentarios y organismos internacionales. La construcción de la agenda posibilita el trazado de relaciones virtuosas internacionales con una multiplicidad de actores domésticos e internacionales, pero que no pueden sustituir los lineamientos establecidos por la diplomacia clásica bajo una forma de gobierno presidencial o ir en contra de ellos. El mundo se ha transformado profundamente, y los vínculos entre los actores estatales y no estatales se llevan a cabo en múltiples niveles y a través de una gran diversidad de canales.
Estos cambios conllevan una necesidad de flexibilidad en los procesos de negociación, permeabilidad a diversos contextos en sus vínculos con otros parlamentos y poderes, y como una instancia de acercamiento para el diálogo constructivo en un mundo cada vez más inseguro y complejo. Es aquí donde debemos animarnos a dar un paso más. Estamos ante nuevos desafíos y quizás nuevas amenazas, y proyecto el “quizás” porque muchos hablan de las nuevas viejas amenazas, y sostengo que el mundo las enfrentó ya en el pasado, pero que en las últimas décadas la creciente globalización, interdependencia y las redes internacionales nos condujeron hacia una convergencia de amenazas complejas que hoy están potenciadas por una incertidumbre que se alimenta por la falta de racionalidad en el comportamiento de los principales actores. De las llamadas “nuevas viejas amenazas”, la que es realmente nueva y propia del avance tecnológico que estamos viviendo es el dominio del ciberespacio, que, a diferencia del resto de las amenazas, no tiene fronteras físicas conocidas.
¿Cuál es la contribución que puede hacer la diplomacia parlamentaria en este contexto de inseguridad? ¿Realmente es una herramienta que puede aportar utilidad al Poder Ejecutivo? Creo, sin dudas, que la diplomacia parlamentaria puede coadyuvar como herramienta complementaria a la consecución de objetivos políticos y económicos esenciales para el interés nacional de los Estados. Pero aquí es donde debemos tomar la cuestión con seriedad y preguntarnos cuáles son esos intereses nacionales vitales de la política exterior argentina, impostergables para la nación en el contexto actual. Muchos no lo saben, o dudan de cuáles son. Otros no los comunican abiertamente, al punto que la sociedad no sabe cuáles son. Algunos partidos políticos definen algunos de ellos en una agenda, y otros permanecen fuera. Ningún país se volvió gravitante en las relaciones internacionales sin haber definido esto, por una cuestión básica. ¿Por qué? Simplemente porque un país es producto de su historia, su cultura, sus vínculos, y todo ello confecciona una identidad propia que surge de lo que nosotros pensamos que somos y de la interacción con los otros actores, de ahí que el otro tiene un rol clave en la confección de mi identidad. Es así como Argentina atravesó a lo largo de su historia maneras diferentes de vincularse con el mundo, teniendo vital importancia las percepciones que desarrollaron las elites políticas acerca de cómo y con quién debíamos vincularnos.
Hay una primera etapa que nace con la construcción de la reducción a la unidad y se extiende hasta la década del 30, con la crisis de la bolsa de Estados Unidos. La política exterior se asociaba a un modelo de desarrollo económico agroexportador, donde la mirada de inserción internacional pasaba por los mercados y no las fronteras[1], con un acercamiento al Reino Unido (principal actor hegemónico) y un cierto distanciamiento de la región latinoamericana. La crisis económica de 1929 representó una bisagra, ya que las transformaciones en el ámbito internacional marcaron límites a la política exterior y al modelo de desarrollo. Hubo debates entre las elites políticas acerca del rumbo por seguir, así como si estaban dadas las condiciones para un desarrollo a través de la sustitución de importaciones. La respuesta fue una acentuación de la dependencia, el pacto Roca-Runciman. Luego de la Segunda Guerra Mundial, nuevos cambios en el contexto internacional y doméstico condujeron a buscar un nuevo paradigma de política exterior. Esta vez la creciente confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética, sumada a las penalizaciones que Argentina sufrió por su actitud de rebeldía y tardía declaración de guerra, exigía una visión diferente. Diversificación de vínculos comerciales, no ingreso a los organismos económicos internacionales, acercamiento a la región, adopción de un modelo de sustitución de importaciones, equidistancia de las potencias hegemónicas, entre otras cuestiones. A este modelo se lo conoció con el nombre de “globalismo”[2].
Finalmente, y luego de la duración de este paradigma por más de cincuenta años, la caída del Muro de Berlín provocó una perspectiva renovada de la política exterior. El triunfo del capitalismo neoliberal (económico y político) y la formación de un mundo unipolar exigían la adopción de una visión que reflejase los cambios que acaecían en el ecosistema internacional. De esta manera, el plegamiento a Estados Unidos y al orden internacional, la construcción de regímenes económicos regionales como modelo de integración y desarrollo, y el alto perfil en foros internacionales y regionales diseñaron un nuevo modelo que se llamó “aquiescencia pragmática”[3], que supone poner en el centro de la escena un interés nacional definido en términos comerciales[4].
Fue en este último modelo donde la diplomacia parlamentaria, a raíz de la reforma constitucional de 1994, tuvo facultades específicas en relaciones internacionales a través del artículo 75 inciso 22 y 24. No es que antes el Parlamento no haya sido un lugar donde las figuras políticas de alto nivel discutían acaloradamente sobre la política exterior y los diversos cursos de acción. Pero, a partir de esta década, el Congreso desarrolló un interés mayor a razón de potestades específicas en la materia.
A mi entender, el Congreso es uno de los ámbitos para la discusión de estas cuestiones, en donde la pluralidad representativa del Parlamento y de la diplomacia parlamentaria como tal abre las puertas a los grandes acuerdos políticos que ayudan a brindar una imagen positiva del país en el exterior, ya que, a diferencia de lo que muchos pueden pensar, construir desde el consenso da la fortaleza necesaria para transmitir madurez política, algo indispensable para los vínculos con otros países en el concierto internacional. Esto es un valor que debería acercarnos a los grandes acuerdos. No pienso en mirar a Europa como la gran utopía, sino quizás en ser más humildes mirando a nuestros vecinos, que pasaron por procesos similares, pero que respondieron a esos desafíos desde un lugar distinto.
Sostengo de esta manera que, en un ambiente democrático, el Congreso es un lugar destacado para discutir políticas públicas de mediano y largo plazo, sabiendo que los tiempos de mediano y largo plazo en Argentina pueden llevarnos a connotaciones múltiples en comparación con otros países. Pero, si algo demostró el Congreso en los momentos analizados en la tesis y en los papers posteriores, fue el alto grado de cohesión interna, que se replicó en un accionar conjunto parte de una Gran Estrategia, que trajo entre sus grandes frutos llevar a todos los lugares posibles el conocimiento de la causa Malvinas. El Congreso debe recobrar el protagonismo como un actor clave de la política exterior. Allí reside la diversidad, y sobre ella deben construirse visiones de mediano y largo plazo, con un diálogo constructivo y maduro, que tenga como eje central un interés nacional claro y preciso que ayude a la consecución de grandes objetivos nacionales pospuestos como el desarrollo.
Los momentos que atraviesa el mundo hoy no son los mejores. Conflictividad creciente y un multilateralismo casi con certificado de defunción son características propias del sistema internacional actual. El choque de valores, principios y maneras diferentes de hacer política erosiona la estructura y potencia una heterogeneidad que origina conflictos. La diferencia en comparación con otras épocas reside en la búsqueda de un quiebre del sistema y la instauración de algo distinto con reglas nuevas. Sin embargo, un orden internacional, como decía Henry Kissinger en Orden Mundial, debe ser cultivado y no impuesto. ¿Cómo se puede alcanzar el consenso necesario a nivel mundial para que ello suceda? Respuestas simples a problemas complejos distinguen a los letrados de las relaciones internacionales de los charlatanes, nos decía Hans Morgenthau. El trabajo es arduo, y el camino, de ripio. El centro de la cuestión será cómo trazar puentes en la heterogeneidad. Sin embargo, hay cuestiones que no pueden esperar. La comunidad internacional continúa acarreando problemáticas comunes para los Estados, no resueltas y que requieren de acciones consensuadas.
En síntesis, la diplomacia parlamentaria puede ser esa instancia de diálogo previo al abordaje por el Poder Ejecutivo, en la cual se exponga una agenda con problemáticas comunes que provean de ayuda a la diplomacia tradicional. Para ello se requiere de la formación de un cuerpo personal altamente profesionalizado que sepa hablar idiomas, que conozca de cultura y relaciones internacionales, y que aporte a los legisladores un conocimiento técnico especializado en áreas indispensables. Debería ser un cuerpo permanente de asesoramiento y, si se pudiera, apolítico, ya que el interés nacional trasciende a las facciones políticas y le pertenece a la patria, y esta debe estar ante todo. Así lo decían los grandes fundadores de esta querida tierra y de los valores que nos definen como sociedad.
- Así lo sostenía José Paradiso en su libro Debates y trayectorias de la política exterior argentina (1993). ↵
- Roberto Russell y Juan Gabriel Tokatlian lo llaman en estos términos en su libro El lugar de Brasil en la Política Exterior Argentina. ↵
- Conocido en estos términos en el trabajo de Roberto Russell y Juan Gabriel Tokatlian, quienes lo llaman de esta manera en su libro El lugar de Brasil en la Política Exterior Argentina. ↵
- Definido en estos términos por Russell y Tokatlian en la misma obra. ↵







