Graciela Castro
Y no soporto la resignación. ¡Ah, cómo devoro la rebelión con hambre y placer!
Clarice Lispector
Introducción
El descreimiento hacia la política y hacia las y los políticos se ha ido generalizando en amplios sectores de la sociedad. Adultxs y jóvenes enuncian su actitud cuando algún movilero les consulta en las calles de cualquier ciudad, como así también a través de las redes sociales. Esos comentarios podrían sintetizarse en unas pocas palabras: “corruptos”, “ladrones”, “insensibles”, etc. Otros pueden agregar que se los percibe alejados de las preocupaciones de las y los ciudadanos o también que carecen de sensibilidad social.
La reflexión que pretendemos realizar en este texto nos lleva a detenernos en dos puntos: a) la política como actividad de un Estado, y b) lxs actorxs de esa práctica. Dado que, en nuestra actividad investigativa en la universidad, el objeto de estudio son las juventudes, nos detendremos en este colectivo sociogeneracional. Para ello acudiremos a testimonios brindados por jóvenes universitarixs que participaron en focus y otrxs que respondieron a encuestas que les propusimos desde el proyecto[1].
Partimos de algunos interrogantes que estimulan el análisis: ¿la política está fuera de los intereses de las juventudes? Si así fuese, ¿cómo se construye esa actitud? ¿Qué muestra el actual contexto social para ese desinterés? ¿De qué manera influyen las instituciones donde esas juventudes construyen su vida cotidiana?
Nos atrevemos a postular una premisa que de ninguna manera es original, pero sí nos resulta apropiada para ir adentrándonos en el análisis. Parafraseando a Gramsci, lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer. Las sociedades cambiaron, también sus intereses y sus actores. Por consiguiente, los discursos y las prácticas de años anteriores hoy pueden asomarse distantes a las preocupaciones actuales de lxs ciudadanxs. Allí se centra el desafío en la reflexión que demanda superar opiniones y focalizarse en análisis científicos.
Por los pasillos universitarios
Thiago bajó del colectivo y subió la escalinata hasta ingresar por la puerta principal del edificio. Las primeras imágenes que observó fueron los carteles que anunciaban las elecciones para el centro de estudiantes. Por los años transcurridos en la facultad, no era la primera ocasión que se cruzaba con anuncios similares. Para ser sincero, nunca le habían entusiasmado esas actividades. Concurría a votar porque algún compañero le recordaba pues integraba una lista que prometía descuentos en algún boliche si ganaban. En la ocasión anterior, le resonaba que habían ganado “los verdes”, “Algo zurditos”, pensó, pero no le interesaban esos temas, él solo iba a la facultad a estudiar. Recordó lo sucedido el año anterior en medio de medidas de lucha en las universidades públicas. Ese día llegó al campus de la universidad y vio las rejas del portón de acceso cerradas y estudiantes de uno y otro lado que no se trataban de manera amistosa, por cierto. A él lo único que le interesaba era asistir a la consulta de derecho público. El profesor siempre estaba muy ocupado con su trabajo privado, entonces él no podía desaprovechar ese tiempo pues le había dicho que solo estaría una hora disponible. Esta situación ya era habitual en su carrera, pues la mayoría de lxs docentes tenían sus estudios o trabajaban en la Justicia e iban a la facultad solo para las clases y los exámenes. Desde hacía unos días, venía pensando en buscar un trabajo en estudios jurídicos; algunos compañeros le habían comentado sobre esa alternativa, aunque el salario era mínimo y en negro. Entonces, solo le preocupaba recibirse, por eso le enojó ver cerrado el portón de ingreso al campus.
A pocos meses del nuevo gobierno nacional en Argentina (diciembre de 2023), ante nuestra consulta con relación a las medidas de la gestión libertaria, ciertas respuestas de jóvenes señalaban: “Estoy de acuerdo con absolutamente todas las políticas impuestas, son necesarias, basta de corruptos y de vividores del Estado”.
Transcurrido un año desde la presidencia elegida, en 2024, desde el proyecto de investigación propusimos una nueva encuesta dirigida a las juventudes, en noviembre y diciembre de dicho año. A diferencia de la anterior, realizada en los primeros meses de ese año, la segunda la destinamos únicamente a estudiantes universitarios. Nos interesaba conocer si contar con ese nivel educativo influía en la representación y en las actitudes de las juventudes hacia la política y hacia sus actores. Entonces, nos surgieron preguntas tales como las siguientes: ¿la credencial educativa sería suficiente para inferir que contaban con conocimientos que los conducirían a una reflexión fundamentada más allá de simples comentarios?; ¿estaban interesados en involucrarse socialmente, o la meta era finalizar sus carreras e imaginar resuelto su futuro personal únicamente? Debido a la cantidad de estudiantes en la carrera de Abogacía, predominaron las respuestas de ese departamento por sobre el de Sociales, donde la matrícula es menor. Además, no seguíamos un muestreo estadístico. Por el perfil de la primera de las carreras, hallamos algunas respuestas que se acercan a su formación, ante la pregunta “¿Cómo definirías a la política?”:
- Herramienta para garantizar igualdad de oportunidades ante la ley.
- Inherente a prácticas de participación en las políticas públicas, uso y distribución del poder.
- Herramienta para organizar y exigir derechos.
- Institución que sirve para elegir a los representantes.
- Forma de regular la sociedad y administrar conflictos.
Sin embargo, mayoritariamente, otras respuestas –relativas a la misma pregunta– nos condujeron a inferir el predominio de componentes afectivos en sus actitudes:
- Estrategia de los políticos para lograr algún cargo.
- Fraudulenta, mentirosa y corrupta.
- Injusta, clasista y fraudulenta.
- Violenta, corrupta, protege a la clase dominante.
- Nido de parásitos, incompetentes e ignorantes.
Dado que en este texto no se pretende realizar un análisis desde la perspectiva de la ciencia política –la cual nos excede por nuestra formación–, partiremos de una definición clásica acerca del punto que nos interesa: la política. Así leemos en el Diccionario de la Real Academia Española la siguiente definición:
La política es el conjunto de actividades que se asocian con la toma de decisiones en grupo, u otras formas de relaciones de poder entre individuos, como la distribución de recursos o el estatus[2].
Entre las respuestas del primer grupo, podemos visualizar expresiones que se acercan –en términos generales– a la definición clásica. Tales maneras de definir a la política resultarían esperables si recordamos que –mayoritariamente– quienes respondieron a la encuesta son estudiantes de la carrera de Abogacía. Ahora bien, por nuestra formación académica, nos interesa detenernos en el segundo grupo de las respuestas. Desde esa perspectiva se comienza a abrir un abanico de ejes analíticos que pueden favorecer la reflexión. Solo para iniciarla, partiremos de dos categorías: las representaciones sociales y las actitudes.
Con relación a la primera de las categorías, apelamos a Moscovici, quien afirma que “toda representación es la representación de una cosa”, y más adelante agrega que “toda cosa es representación de algo”. Entonces, y continuando con el mismo autor, entendemos que
la representación social es un corpus organizado de conocimientos y una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad física y social, se integran en un grupo o en una relación cotidiana de intercambios (Moscovici, 1979, 18).
Podríamos preguntarnos acerca del papel que las representaciones sociales juegan en la manera de comportarse de las personas y cuál sería ese significado en su vida cotidiana. Regresamos a Moscovici y leemos:
Una representación social es una “preparación para la acción”, no lo es solo en la medida en que guía el comportamiento, sino sobre todo en la medida en que remodela y reconstituye los elementos del medio en el que el comportamiento debe tener lugar. Llegar a dar un sentido al comportamiento, a integrarlo en una red de relaciones donde está ligado a su objeto (Moscovici, 1979).
De la definición anterior, resaltamos que las representaciones sociales orientan el comportamiento, le otorgan sentido e integran al sujeto en las relaciones de su contexto. Cuando nos referimos a dar sentido a algo, implica entender las razones por las cuales sucede eso, comprender sus causas y sus consecuencias. Por consiguiente, la política no es una abstracción; ella orienta y organiza las actividades que las personas en sociedad realizan, no como sujetos individuales, sino colectivamente.
Regresamos a las respuestas de lxs estudiantes en el segundo grupo anterior: ¿por qué dirían que la política es corrupta, fraudulenta y que protege a corruptos?; ¿dónde formaron esas representaciones? Una primera aproximación nos conduce a imágenes. Si acudimos a Castoriadis, leemos que la sociedad se instituye imaginariamente. Continuamos con lo expresado por el filósofo griego y hallamos que “todo lo que se presenta a nosotros, en el mundo social-histórico, está indisolublemente tejido a lo simbólico” (1993, 201). Y en el párrafo siguiente, continúa:
Las instituciones no se reducen a lo simbólico, pero no pueden existir más que en lo simbólico […]. Consisten en ligar a símbolos (a significantes) unos significados […]. Y en hacer este vínculo más o menos forzado para la sociedad o grupo considerado (Castoriadis, 1993, 201).
Avanzamos un poco más con lo afirmado por el filósofo al incorporar otro concepto que es el “imaginario social”, que significa la creación de “significaciones imaginarias sociales y de la institución”. En ese camino hallamos que el imaginario crea y transforma la sociedad; por otro lado –y siempre apelando al autor que nos convoca–, el imaginario cuenta con dos aspectos: lo instituido (donde corresponden las instituciones cristalizadas) y, por otro lado, lo instituyente (acá es el colectivo que dinamiza las transformaciones sociales). En el primer aspecto, se hallan las normas, los valores y las estructuras sociales preexistentes; vale como ejemplo el sistema educativo, las leyes; mientras que en el segundo se impulsa la creación de nuevas estructuras. En este segundo aspecto, por ejemplo, las modificaciones que impulsaron los movimientos feministas en los últimos tiempos, logrando nuevos derechos para el colectivo.
Tal como expresamos en la introducción de este texto, en nuestras actividades procuramos –a la par de observar los modos de vincularse las juventudes– también escuchar acerca de sus vivencias y proyectos. De allí que, junto a apelar a encuestas virtuales, también incluyamos –como medio de contar con información centralizada en algunos temas– a grupos focales. Es importante señalar que lxs jóvenes que integraron el focus integran el centro de estudiantes de Ciencias Sociales e Ingeniería y, tras muchos años de predominio de la agrupación Franja Morada, a partir del año 2012, comenzaron a construir una alternativa que, además de tener participación en las actividades propias de la universidad, también desarrolla actividades barriales en las cuales colaboran con apoyo escolar en las infancias. En los inicios del grupo (década de 2010), integraron comisiones del centro de estudiantes hasta que desde 2024 ganaron la presidencia y cargos de relevancia en él, así como integrar los consejos directivos de ambas facultades. Un aspecto interesante del grupo es que –desde sus inicios– estuvo liderado por mujeres. En este grupo advertimos –con sus perfiles propios– la incidencia del entorno familiar en el modo de representarse la práctica política, tal como lo detallamos en otra etapa anterior del proyecto de investigación (Castro, 2018):
En mi casa siempre hubo consumo político, pero más pasivo era como otra época de la comunicación en la que todo se hacía en la tele. Entonces, las cenas familiares eran todas viendo noticieros, todas viendo programas de discusión política, quizás desde otro lado, otro tipo de otra óptica de la política. Entonces, desde muy chico empieza a sembrarte la duda, el qué es esto que estoy escuchando, es así, es cierto, qué es lo que está sucediendo, por qué pasan estas cosas (E, estudiante de Ingeniería).
Al principio pensaba que yo no había tenido a alguien que estuviera en la política y con el tiempo me di cuenta que mi papá toda la vida estuvo metido en política. Entonces, entendí por qué me gustaba tanto estar así en estos lugares. Y siempre me gustó pertenecer a algún lado (J, estudiante de Trabajo Social).
Yo vengo de una casa muy politizada, mucho. Mis papás son docentes, ambos, muy militantes también. Mi mamá es parte de un gremio docente. Yo tengo recuerdos de ver a mis papás yendo a marchas y se organizaban para cuidarnos a nosotras (R, estudiante de Trabajo Social).
Mi tío decía que sobre religión y sobre política no se habla en la mesa, porque termina la discusión (M, estudiante de Ingeniería).
Desde nuestro aporte analítico, en su momento (Castro, 2000), propusimos que la vida cotidiana es el centro de la historia donde se construyen la identidad social y la subjetividad social. Con esa perspectiva señalamos que, en la construcción del primer eje, tenían su influencia las que denominamos “instituciones dominantes”, las cuales transmiten a los sujetos valores, actitudes, modos de actuar que cada uno incorpora en sus prácticas y en consecuencia de ellos actúa. Avanzamos y planteamos que entre dichas instituciones dominantes se hallaban la familia, la educación, la religión, las leyes de la sociedad civil como las fundantes (Castro, 2007). Si nos detenemos un momento en nuestra reflexión, advertimos –muy gratamente– la influencia de Castoriadis en nuestra propuesta pues en dichas instituciones dominantes hallamos aquello que el filósofo griego designa como el instituido. Por consiguiente, regresamos una vez más a formularnos preguntas: en las representaciones de las juventudes acerca de la política, ¿cuánto han incidido esas instituciones dominantes? Y desandando la urdimbre de la vida cotidiana, podríamos decir que todos los caminos conducen al contexto social e histórico. Allí tenemos un punto nodal del análisis que nos interesa. ¿Cuál es la razón por la cual de manera recurrente en nuestros análisis incluimos como una categoría central a la vida cotidiana? En primer lugar, porque las evidencias empíricas han mostrado la necesidad de considerarla mucho más allá de un espacio banal, rutinario o doméstico. Si fuese por los últimos adjetivos, no podría comprenderse la influencia en los diversos espacios que la integran. Para las y los argentinos y argentinas que transitamos nuestra existencia en la segunda mitad del siglo XX, indudablemente ese tiempo y en especial los años de la dictadura dejaron huellas importantes y dolorosas. Pero las situaciones que continuaron tras la reapertura democrática no estuvieron exentas de conflictos, luces y sombras que influyeron en la construcción de la vida cotidiana de las personas. Allí fue quedando en evidencia la importancia de atender las circunstancias del contexto social y político. El acercamiento teórico a Ágnes Heller nos permitió profundizar en el análisis teórico de la categoría que nos ocupa y acordamos con lo afirmado por la filósofa húngara cuando aseveró que la vida cotidiana “es la verdadera ‘esencia’ de la sustancia social” y está en el “centro del acaecer histórico” (Heller, 1985, 42). Ello se fundamenta en que, como también lo afirma Heller, “toda gran hazaña histórica concreta se hace particular e histórica precisamente por su posterior efecto en la cotidianidad” (Heller, 1985, 42). Por consiguiente, lejos de interpretar la categoría con un sentido banal o doméstico, el aporte teórico de la filósofa, a la cual nos referimos, pone de relieve la importancia del espacio en la cimentación de la identidad social y la subjetividad social. Precisamente en la primera, son centrales las instituciones dominantes, tal como expresamos en párrafos anteriores, pero al mismo tiempo ello nos conduce a la propuesta teórica de Castoriadis, y nos hallamos frente a lo instituido: la educación entre ellas y la familia también. En los testimonios de lxs jóvenes que integran el centro de estudiantes, observamos que las historias familiares han tenido influencia en su acercamiento a espacios de militancia identificándolos apropiados para desarrollar actividades no solo propias de la vida universitaria, sino también otras vinculadas con los territorios que habitan.
Si retornamos a otro tema de nuestro interés investigativo, vemos algunas respuestas ante la pregunta “¿Cómo definirías a los/as políticos/as?”.
Antes, vale señalar aspectos de la encuesta: respondieron 115 estudiantes, de los cuales 63 % se identificaron como varones, 34 %, como mujeres, y 2 %, como no binarixs. Esto último tan solo se menciona por haber leído tales respuestas, pero, por el porcentaje tan pequeño, no lo consideramos significativo en la descripción, concentrándolas en un sentido binario únicamente.
Iniciamos por el grupo de estudiantes mujeres:
- Corrupción, desilusión, descreimiento, nefastos.
- Ocupan un cargo por su interés y beneficio personal.
- Autoritarios y poderosos.
- Injustos, avarientos y mezquinos.
- Oportunistas, manipuladores y clientelistas.
Reparemos en algunas respuestas de los estudiantes varones:
- Vasijas vacías que se llenan según el electorado.
- Astutos, cada uno utiliza diversos recursos para cumplir sus objetivos.
- Parásitos que viven robando a la gente honesta y trabajadora.
- Corruptos, populistas.
- En nuestro país los políticos, lejos de representar los intereses de los votantes, representan los suyos.
Podemos advertir rápidamente que las respuestas, más allá del género autopercibido, no difieren en su sentido. Ello nos permite detenernos en lo que –desde la psicología– se denominan “actitudes”. Por tales entendemos un conjunto organizado de conductas que los sujetos utilizamos para responder ante estímulos semejantes. Le agregamos algo más a esta definición: aunque vivimos en un mundo plagado de posibles objetos actitudinales, solo serán objeto de ellas aquellos que tienen una relevancia cognoscitiva para el sujeto y “que comprometen parcial o totalmente el yo de los mismos” (Rodríguez Kauth, 1987, 21). En la encuesta observamos que algunos estudiantes no respondieron a la pregunta que nos interesa, lo cual nos llevaría a inferir que el objeto carece de relevancia para esos jóvenes. Ahora bien, la mayoría que respondió –algunas de cuyas respuestas reproducimos en párrafos anteriores– muestra un sentido desfavorable hacia el objeto actitudinal. Ello nos orienta a inferir que dicho objeto estaría dentro de los intereses de cada sujeto, sea en sentido positivo o negativo, pues en ambas modalidades se muestra atención hacia el objeto y no indiferencia. Entonces, si consideramos que las actitudes son aprendidas a través de la propia experiencia, como así también por influencia de la cultura, implica que –aunque parezca una verdad de Perogrullo– pueden modificarse a través de tiempo.
De allí continuamos a otro aspecto de las actitudes, que es cómo están compuestas. Sus componentes son tres: a) afectivo; b) cognoscitivo y c) reaccional o volitivo. En los tres se conforma el modo en que cada persona responde al objeto actitudinal uniendo la ligazón afectiva, el conocimiento que de él se tenga y la consecuente reacción. De estos tres componentes, nos resulta de interés atender el cognoscitivo, pues –sin duda alguna– todos están influidos por el contexto en el cual cada sujeto se desenvuelve y en especial porque, en cada uno de ellos, está la influencia de aquello que denominamos “instituciones dominantes” que se emparenta con el instituido. En este componente vale detenernos en los medios por los cuales acceden a la información. Entonces, las actitudes de las y los estudiantes frente al objeto actitudinal “la política”, como así también hacia el otro objeto “las y los políticos”, ¿cómo se han construido si no es a través de las instituciones dominantes? Allí encontramos a la familia, la educación, la religión y –por la incidencia contemporánea– incluimos a los medios de comunicación, de manera especial, a las redes sociales.
Dado que en nuestra investigación procuramos no solo conocer la manera en que las juventudes representan la política, sino acercarnos también a la actitud frente a las prácticas políticas, entre ellas la que concierne a la militancia estudiantil, nos detuvimos en este tema en el focus, y expresaron lo siguiente:
Nosotros lo que intentamos es hacer que la universidad salga hacia el exterior, hacia la calle. Por eso siempre invitamos a las clases públicas, hacemos estas intervenciones de actividades universitarias o también los mismos estudiantes en el barrio (M, estudiante de Ingeniería).
Nosotros buscamos que los estudiantes que ingresen a la facultad puedan recibirse y que eso les sirva como un motor de ascenso social, de que puedan lograr mejores condiciones de vida (R, estudiante de Trabajo Social).
Regresamos una vez más –sin temor a la recurrencia– a lo que describimos en otros párrafos, y focalizamos la centralidad en la vida cotidiana. Tal como aseveró Heller, ella está en el centro de la historia y su devenir. La evidencia empírica contemporánea pone de manifiesto que todos los cambios históricos (sean políticos, sociales, económicos y culturales) han dejado su huella en la cotidianidad de las personas. La familia –en su mayor expresión– dejó la singularidad y la estereotipada imagen de libros infantiles de antaño para mostrarse plural, diversa y con nuevas imágenes de presentación que, tal vez, algunas y algunos pocos en la actualidad rechacen, pues ya no responden a imágenes de otras épocas; ahora hallamos familias ensambladas, monoparentales, de un mismo género. Tal vez coincidan en que ninguno de los formatos la aleja de conflictos, y eso es esperable, pues los vínculos son reales y no romantizados. En ese ámbito se desarrollan las juventudes. El otro corresponde a la educación y sus organizaciones instituidas: escuelas y universidades. A los requerimientos de los organismos decisores de políticas públicas, se suman las crisis presupuestarias, tan recurrentes en Argentina. Acerca de este tema, ya nos hemos dedicado en otro texto, por lo cual no abundaremos en ello por acá.
Cuando militar no es negativo
Julieta bajó presurosa del colectivo que estacionó a la vera de la ruta próxima al ingreso al campus. Regresaba de su casa tras haber ido a higienizarse y cambiarse de ropa luego de pasar la noche en la facultad por las actividades de la toma decidida el día anterior en la asamblea. Con la mochila, donde resaltaban stickers de su agrupación, colgada en su espalda, se encaminó para ingresar. Advirtió que, por delante del portón de ingreso cercano a la ruta, un grupo de jóvenes con voces altisonantes expresaban su repudio ante la toma acudiendo a insultos dirigidos hacia quienes se hallaban del lado interno del campus universitario. Caminó entre los externos cuidando de que no la empujaran, pues estaban muy exaltados, y además le interesaba escuchar lo que gritaban. Reconoció a Thiago entre ellos, quien solo la miró al pasar. Recordó que se habían conocido cuando ambos estaban aguardando para rendir una materia. Aunque cursaban distintas carreras, la semana de exámenes convocaba a todxs lxs estudiantes. Julieta se dio cuenta de que Thiago estaba muy nervioso y le acercó un mate. Mientras permanecían uno al lado del otro en el banco, él le comentó que necesitaba aprobar esa materia porque quería recibirse muy pronto, pero se le complicaba pues tenía que ayudar a su madre en el kiosco que atendían desde una ventana de su casa, que quedaba en un barrio bastante lejos de la facultad. En otros días volvieron a cruzarse en un pasillo, y alguna conversación intrascendente los detenía para luego cada uno continuar en lo suyo. Esa actitud de simpatía se modificó cuando Julieta un día le acercó un volante con las propuestas de su agrupación, en la cual era la candidata para presidir el centro de estudiantes. La respuesta del joven la molestó bastante: “Yo vengo a estudiar y no a perder el tiempo como los vagos del centro”. Su primer impulso fue responderle, pero ya había escuchado a otros con ese mismo comentario y en ese momento eligió ir al encuentro de otro compañero de su agrupación. Después, cada vez que se encontraban, el joven ya no la saludaba. Un año después, con motivo de las actividades de lucha por el desfinanciamiento universitario, volvían a cruzarse y no coincidían en sus reclamos. En ese momento vio a Luciano, su compañero de agrupación, quien le hacía señas para que entrara por una pequeña puerta que estaba al costado del portón principal.
Creo que se ha ido construyendo durante mucho tiempo una noción de que la gente del centro de estudiantes viene de afuera de la universidad y a meter ideas y política externa dentro de la universidad. A veces puede ser real o una imagen construida. Pero entonces a muchos estudiantes les queda eso y viene esa idea desde la familia (P, estudiante de Ingeniería).
Está mal visto hablar de política. Entonces, lo identifican como algo que no tiene cabida, menos en una facultad de ingeniería (M, estudiante de Ingeniería).
Tal como expresamos en el anterior apartado acerca de la influencia de las instituciones dominantes en la construcción de la vida cotidiana, mostramos –en otra etapa del proyecto de investigación– la incidencia de la familia en los involucramientos sociales y políticos. Sin embargo, a través de su recorrido social, las juventudes acceden a otros ámbitos, entre ellos los educativos. Quienes contamos con largos recorridos por aulas y pasillos universitarios tenemos incorporados movimientos de estudiantes previamente a los procesos electorales de ese claustro: afiches colgando de las paredes, volanteadas y las visitas de los integrantes de las agrupaciones en las aulas. Por esa misma experiencia, hemos observado diversos comportamientos por parte de docentes cuando lxs jóvenes solicitan ingresar a las aulas para difundir sus propuestas.
Algunos son mucho más receptivos, se toman el trabajo de decirle a los estudiantes: “Estos son los chicos del centro de estudiantes, vienen a comentarles algo, por favor presten atención” (R, estudiante de Trabajo Social).
He escuchado profes diciendo: “Chicos, ustedes tienen que involucrarse en las agrupaciones, porque, si quieren un cambio, métanse ahí, porque no es solamente esto de las extensiones, de las correlatividades, sino que tienen que ir un poco más allá” (M, estudiante de Ingeniería).
Otros profes dicen que a las agrupaciones las tienen los que no se reciben, los que están todo el día metidos en el centro tomando mate (J, estudiante de Trabajo Social).
Ya señalamos la centralidad teórica que ocupa en nuestras investigaciones la vida cotidiana. De ella, asimismo, propusimos considerar que allí en ese espacio se construyen la identidad social y la subjetividad social. En el apartado siguiente, nos detendremos en la última de las nombradas y cómo dicha categoría nos puede acercar a entender los comportamientos juveniles en relación con la política.
Subjetividades fragilizadas
En el reciente informe (2025) acerca de las juventudes realizado por investigadoras e investigadores de Latinoamérica y el Caribe, editado por la Fundación Ebert, leemos en sus primeras páginas que “América Latina y el Caribe es una de las regiones más jóvenes del mundo, con una edad promedio de 29 años” (2025, 10). Si continuamos con la lectura, hallamos en la página 19 del mismo informe el detalle del porcentaje de ese colectivo diferenciado por países. Así, en cuanto concierne a Argentina, con una población total de 45.808.747, el 31 %, es decir, 14.007.458, corresponde a juventudes (fuente: Datos Macro Expansión, 2023). Uruguay es el único país donde el porcentaje no supera el 30 %. Un dato que los propios investigadores señalan es la heterogeneidad de los contextos que habitan, lo cual permea las identidades y las posibilidades de construcción de sus vidas cotidianas. Entre los ejes del estudio –en los que por ahora nos interesa detenernos– se vincula “a valoraciones democráticas y tensiones institucionales”, y dentro de ellas hacemos foco en dos puntos (2025, 8):
- Crisis institucional: a pesar de la valoración sobre la democracia, en 11 de los 14 países, el nivel de satisfacción con su funcionamiento está por debajo del 30 % (con diferencia entre los países, como más adelante lo mencionaremos en este texto).
- Desconfianza en partidos políticos: en 10 de los 14 países encuestados, más de la mitad de las juventudes desconfía de los partidos políticos. En todos los países, las juventudes encuestadas afirmaron estar de acuerdo con la expresión “Un líder fuerte resuelve mejor los problemas que los partidos e instituciones”.
Si bien, en el recorrido del presente texto, sin dudas, iremos profundizando en el interés o desinterés de las juventudes en los involucramientos sociales, en este apartado nos interesa partir de considerar posibles condicionantes que provienen del contexto para aquellas actitudes.
Un primer elemento que nos interesa explicitar es que nuestras investigaciones se realizan en un espacio territorial que corresponde a la ciudad de Villa Mercedes, en la provincia de San Luis, y, según el censo 2022, la población total del municipio fue de 132.262 personas. Sin dudas, una ciudad que algunos caracterizarían como “pequeña” comparada con otras del país. No obstante, dado que nos interesa plantear investigaciones situadas, entendemos que los territorios no implican únicamente aspectos geográficos, demográficos o densidad poblacional, sino también aquellos que hacen a la cultura e historia de dichos espacios. De allí que en nuestras tareas investigativas nos interesara mostrar los modos de vida de las juventudes en una ciudad del interior del país, sus expectativas, dificultades y posibilidades de desarrollo, partiendo siempre desde análisis cualitativos.
En la provincia mencionada, tienen sus sedes tres universidades nacionales públicas, y en la ciudad referida se cuenta con dos de ellas junto a otras de administración privada.
Un aspecto que marca las características territoriales también concierne a lo socioeconómico y productivo de la región. En este sentido, entendemos que –en cuanto a la provincia de San Luis– es un hecho histórico que, luego de haber transcurrido muchas décadas del tema que lo ocasionó, durante la década de 1970 el gobierno nacional permitió que la provincia de San Luis, junto a las provincias de Catamarca y La Rioja, fuera favorecida con importantes medidas a través de lo que se denominó Acta de Reparación Histórica. El sentido de dicha acta era expresar el reconocimiento de la Nación a las provincias mencionadas por el aporte en la etapa de formación de la república durante la década de 1980 (Castro, 2021, 94). Aquel tiempo histórico había incidido en el aspecto socioeconómico de la provincia, postergando su desarrollo y colocándola en condiciones de desigualdades con respecto a otras que, a través de los años, habían adquirido otros perfiles productivos mientras la provincia de San Luis quedaba relegada a ser solo un camino de paso hacia otras ciudades más desarrolladas. En los hechos las medidas del gobierno nacional se tradujeron en la Ley de Promoción Industrial (Ley 22.072/82), que impulsó la instalación de plantas industriales en la provincia de San Luis. Durante la década de 1980, se inauguraron los parques industriales de Villa Mercedes y San Roque. La radicación industrial trajo como consecuencia un considerable aumento poblacional, en particular en las ciudades de Villa Mercedes y San Luis, y, con el paso de los años, la misma situación se extendió a otras ciudades más pequeñas de la provincia (Castro, 2012, 95). Apelar a la descripción anterior no implica un mero dato de melancolía provinciana, sino que, por el contrario, quienes residían en la provincia previamente a la implementación de la citada ley recuerdan los cambios sociales, económicos y culturales que sucedieron a ese tiempo. Muy cercano en la historia de entonces, también se inició la reapertura democrática, y una saga familiar –con características políticas diferentes en sus protagonistas y coincidencia en sus apellidos– marcó los siguientes años políticos hasta la actualidad en la provincia. Aquellas juventudes contemporáneas que nacieron en la provincia tras la década de 1980 lo hicieron en un territorio totalmente diferente, con los claroscuros inherentes a todo proceso histórico y político, pero con otras posibilidades para construir sus vidas. Así también sucede con las actuales juventudes descendientes de aquellos que nacieron tras la reapertura democrática.
El sentido de traer aquel tiempo en este texto responde simplemente a mostrar la incidencia que tienen los cambios sociales, económicos, políticos y culturales en la construcción de las identidades y las subjetividades. Las juventudes actuales en la provincia cuentan con posibilidades de continuar sus estudios universitarios en el propio territorio, como así también de incorporarse en espacios industriales, participar en actividades culturales diversas, entre otras acciones de la vida en sociedad. Sin embargo, la complejidad social, económica y política que acontece en todo el país y es acentuada en los últimos dos años también se refleja en los diversos territorios, y la provincia no es la excepción. Así, en la actualidad, con una administración provincial diferente a la de años anteriores y cercana a las políticas nacionales, hallamos informalidad y precarización laboral, salarios –cuando son formales– que no permiten cubrir los gastos de la vida familiar, dificultades en las prestaciones de salud, crecimiento de índices de inseguridad, paros en ámbitos educativos y fabriles, y todo ello afecta al pensar en proyectos personales y colectivos que permitan imaginar un futuro con mejores posibilidades. En medio de ese panorama, al que sería posible agregar otros sinsabores, emergen casi sin dudar como responsables la política y sus actores.
En la encuesta que realizamos a finales de 2024 desde el proyecto de investigación –y cuya información es la que venimos tomando como referencia en este texto–, les preguntamos a lxs jóvenes lo siguiente: “Para resolver los problemas nacionales, provinciales y municipales, ¿en quiénes confiás?”.
Si bien no fue intención de la encuesta arribar a un dato cuantitativo que permitiese generalizar los datos, sino exploratorio de la situación en la ciudad, hallamos que un 13 % de las respuestas colocaron su confianza en el presidente actual, un 10 % mencionó distintos actores (legisladores, la Justicia; Estado, peronismo e izquierda; derecha, trabajadores públicos, jóvenes), y el 77 % señaló que no confiaba en nadie o en el pueblo. Recordamos que quienes respondieron son estudiantes universitarios; reiteramos esta dimensión por cuanto inferíamos que esta les acercaría a contar con mayor información sobre temas puntuales de la sociedad, que es la que concierne a la política y su incidencia en la vida cotidiana de las personas. Tratamos de hallar algún otro elemento que nos ayudara a comprender las actitudes de lxs jóvenes en relación con la política. Entonces nos dirigimos a los datos respecto a la pregunta de si habían votado en las elecciones presidenciales de 2023. Las respuestas mostraron que el 83 % había concurrido a votar, el 15 % no lo había hecho y el 2 % no respondió. Con esa información, nuestra libreta de notas mostró el puzle que teníamos que organizar. Tal como procuramos desplegar en el apartado anterior, las respuestas nos habían indicado que la representación social de la política era negativa; en cuanto a la que correspondía a lxs políticxs, los ubicaban como corruptxs; el 77 % explicitó que no confiaba en lxs políticxs, pero, sin embargo, el 83 % había concurrido a votar. Casi emulando al juego de la oca, nos propusimos avanzar a otros casilleros. Tal vez esa cierta “búsqueda” respondiese a la otra faceta casi oculta –en otro ámbito personal– de caminar junto a las palabras intentando construir una urdimbre de historias mínimas, y continuamos observando otras respuestas. Fue así que, teniendo en cuenta los porcentajes que nos habían mostrado las respuestas ya señaladas, buscamos conocer si valoraban la democracia. Hallamos que el 88 % respondió afirmativamente. La mayoría de las respuestas se basaban en que dicho sistema permitía libertad de elección, de opinión, de expresión; participación; igualdad; derecho de decidir, pensar y actuar libremente dentro del marco de la ley, etc.
En este texto solo transcribimos dos respuestas que, extendiéndose más que en palabras sueltas, nos acercaron a actitudes sobre las cuales colocamos la lupa como investigadorxs con relación a la democracia:
- Pluralidad de voces, respeto por las diferencias y minorías. Derecho de todxs, separación de los poderes del Estado.
- La democracia es un sistema político capaz de ser la voz de los que no tienen voz, es el sueño de un país donde todos tengan acceso a la educación, la salud y el trabajo digno.
Desde ya que también hallamos respuestas que indicaron que no valoraban a la democracia: 5 %, y quienes no respondieron fueron el 6 %.
Aunque, tal como lo expresamos en párrafos anteriores, no fue intención del avance en nuestra investigación realizada en una ciudad del interior argentino con densidad de población media arribar a los porcentajes que se generalicen a otras ciudades, nos estimula continuar caminando junto a las juventudes y escucharlas. Regresamos nuevamente al Informe sobre Juventudes de la Fundación Ebert, al cual ya nos hemos referido anteriormente.
En el capítulo cuyo autor es Oscar Aguilera, leemos: “En general, las personas jóvenes encuestadas no están satisfechas con la democracia, pero existe una gran variabilidad entre los países” (2025, 44). A continuación, el antropólogo –partiendo de la encuesta en que se basa la totalidad del informe– agrega que, “exceptuando Uruguay, Argentina y Costa Rica, el nivel de satisfacción con la democracia no supera el 33 %”. En dicho informe leemos que, en el caso de Argentina, el 26 % no tiene satisfacción con ella, mientras que el 33 % expresa mucha, y el 41 %, con porcentajes intermedios entre los ya señalados. De modo que, si consideramos los dos últimos porcentajes del informe, la situación se acercaría, en parte, a lo que hallamos en nuestra encuesta: condicionado por las realidades del contexto, un importante porcentaje de las juventudes expresa satisfacción con la democracia. Este aspecto nos parece interesante para continuar con nuestras reflexiones, pues con sus particularidades nos permite ir abriendo otros senderos.
Detengámonos en nuestra investigación, y volvemos a insistir en un aspecto que ya señalamos: en nuestra encuesta no buscamos obtener resultados que posteriormente sean generalizables a otros espacios. Nos interesa acercarnos a las realidades de los territorios y afianzar nuestro interés en las investigaciones situadas; de allí bucear un poco más en elementos microsociales sin dejar de lado el rigor científico.
A riesgo de ser reiterativxs, pero solamente para organizar la información con la que contábamos, nos parece apropiado realizar un resumen de ella. El eje de nuestras investigaciones son las juventudes; sus edades cronológicas las ubicamos entre los 15 y los 35 años sin que tal ubicación se restrinja únicamente a lo cronológico, sino considerando la diversidad y pluralidad de la categoría en su descripción. La población incluida fueron estudiantes universitarios. No buscamos una muestra estadística, de allí que entendamos la encuesta como un estudio exploratorio. Hasta este punto de la reflexión, solo apelamos a las respuestas que se referían a conocer cuál era la representación social de la política, cuál la que correspondía a lxs políticxs, el nivel de confianza en lxs políticxs, la valoración de la democracia y si habían o no votado en las últimas elecciones presidenciales. Otro punto que también consideramos fue el uso de las redes sociales, sobre lo cual el 95 % respondió que las usaba en sus diferentes opciones. Con dicha información iniciamos el análisis que nos conduce por estas vías.
La representación social de la política era negativa, mientras que la correspondiente a lxs políticxs lxs identificaba como corruptxs y mentirosxs, y mayoritariamente se expresaba desconfianza hacia ellxs. Por otro lado, hallamos que la confianza en la democracia mostraba un porcentaje elevado y, junto a ello, otro punto que nos pareció apropiado vincular fue conocer que quienes habían votado en la última elección presidencial ascendían a un muy elevado porcentaje. En cuanto al uso de las redes sociales –que ya veníamos considerando en otros momentos de la investigación debido a que se acentuó su papel a partir de la pandemia–, tuvo la finalidad de continuar acercándonos a los medios a través de los cuales se informan. Este último punto lo tratamos en otro texto (Castro, 2024), y nos interesa mencionarlo en este tramo del análisis, pues una de las hipótesis que nos planteamos fue que, al ser estudiantes universitarios, podrían contar con un mayor caudal de información –política, económica, social– de la realidad actual en el país que excedía a las redes sociales. Con la información de que disponíamos hasta acá, propusimos la primera reflexión: tanto la política como la democracia son dos conceptos que se refieren a símbolos, por lo cual su representación social se construye a través de las interacciones sociales. Vinculado a ello, el acto de votar en las elecciones sería una consecuencia del significado que se otorgue a aquellos símbolos. Ahora bien, si la representación de la política es negativa, mientras que la de la democracia no, ¿por dónde transita esa diferencia? Por otro lado, si a lxs actorxs políticxs lxs consideramos elementos objetivados, entendiendo por tales aspectos de la realidad que pueden ser estudiados de manera independiente al sujeto sin que ello implique que no se advierta una percepción (con toda la amplitud que la categoría implica desde el punto de vista psicológico, esto es, la consecuente interpretación), estaríamos ingresando a otra posible línea de análisis. Por consiguiente, si a lxs actorxs políticxs se los representa como corruptxs y mentirosxs y luego se manifiesta que no son figuras confiables, el panorama que se nos presenta en el nuevo camino es atender a aspectos psicosociales. Entre esas categorías apelamos a dos: la confianza interpersonal y la subjetividad social.
En su texto clásico La construcción significativa del mundo social, Schütz plantea que el mundo de la vida cotidiana es compartido por otros, iniciándose así el mundo intersubjetivo. Más adelante en el mismo texto, el autor afirma: “… el significado que le doy a las vivencias de otro no puede ser exactamente el mismo que el significado que le da el otro cuando procede a interpretarlas” (Schütz, 1993, 129). Las herramientas cognoscitivas y simbólicas para realizar una interpretación son aprendidas desde las instituciones dominantes en las cuales se vinculan los sujetos. En este punto nos interesa recurrir a González Rey (2008), quien señala que, en la representación de la subjetividad, lo social y lo individual aparecen asociados en su nivel subjetivo. De allí que, para el investigador cubano, la
subjetividad social es un sistema de sentidos subjetivos y configuraciones subjetivas que se instala en los sistemas de relaciones sociales y que se actualiza en los patrones y sentidos subjetivos que caracterizan las relaciones entre personas que comparten un mismo espacio social (2008, 235).
En el mismo texto, González Rey explicita: “Las emociones son inseparables de toda producción subjetiva humana, en este sentido son constituyentes de las propias representaciones sociales” (2008, 238). Avanzamos y nos adentramos en el tema de las emociones. En este sentido, y a modo de abrir camino en nuestro análisis, retornamos a Ágnes Heller, quien expresaba que,
sin el sentimiento humano más ampliamente, las personas no podrían comprender el mundo y apropiárselo, no podrían hacer juicios sobre lo que tiene valor para sí mismas, para su preservación biológica y social y tampoco sobre lo que tiene valor para los otros (Heller, 2009, citada por Grajales Usuga, 2022).
Por lo tanto, si regresamos a los símbolos que nos ocupan (política y democracia), sus representaciones sociales están atravesadas por las emociones; lo mismo sucede con relación a lxs actorxs políticxs. De allí entonces que tanto las representaciones como las actitudes seguirán el sentido de la ligazón emocional que vincule a lxs sujetos con aquellos objetos que, por ser construcciones sociales, permiten que cada persona, a partir de su propio contexto, interprete ese vínculo y defina el tipo de relación que establecerá con cada uno de ellos. De modo reiterado, en momentos electorales, en los estudios dedicados al tema, suele ser tema de análisis averiguar si prevalece en la decisión de lxs electorxs un análisis racional o emocional. Desde la perspectiva psicosocial, ese análisis es de importancia a fin de poder hallar alguna explicación para esa actitud divergente entre los símbolos y lxs actorxs políticxs. En el origen de las emociones –que pueden transitar desde la aversión hasta el amor–, es preciso que se haya podido establecer una relación de confianza con el otro. Esto implica que, al mostrar dicho sentimiento ante el otro, se le están expresando aspectos y características personales o sociales que exponen características propias y constituyen una invitación a aguardar que el otro o sus manifestaciones se mantendrán inmodificables mientras dure esa relación. Ello permite que el nivel de incertidumbre y desconfianza no sea un obstáculo en la relación. Considerando el encuadre de cada interacción con sus intereses y demandas propios, el vínculo intersubjetivo que se vaya construyendo se irá tiñendo con esas particularidades, y el papel de las emociones ocupará un lugar para nada desdeñable.
Retornamos al eje de nuestra investigación: la relación entre las juventudes y la política. Acordamos con la afirmación de Chantal Mouffe cuando afirma: “La adhesión a la democracia es una cuestión de identificación con los valores democráticos, y esto constituye un proceso complejo donde los afectos juegan un rol crucial” (2023, 36). Dos puntos estimulan nuestra reflexión desde la perspectiva psicosocial. El primero se relaciona con los valores democráticos. Tal vez, para el ciudadano común, alguno de estos acuda en la formación de la representación social: libertad, justicia, solidaridad, igualdad, participación, transparencia, entre otros. Nos preguntamos si algunos de dichos valores perduran en la actual democracia o si al menos permanecen como una idea fuerza entre las juventudes. Si, en la encuesta de nuestro proyecto, el 88 % expresó que valora la democracia, es posible inferir que alguno de aquellos valores está presente en la construcción de la representación social. Entonces, volvemos al Informe sobre Juventudes de la Fundación Ebert y, tal como lo señalamos anteriormente, leemos en él que, tomando en cuenta la población joven de Latinoamérica, la satisfacción con la democracia en Argentina suma aproximadamente el 70 %. Esto nos lleva a inferir que, frente a discursos de algunos exponentes de la derecha que desacreditan la democracia, no ocurre lo mismo entre las juventudes, quienes aún continúan rescatando sus valores.
Avancemos en el segundo aspecto que nos interesa: los afectos. En ciertos momentos históricos, se interpretó que en los movimientos de izquierda debían prevalecer actitudes racionales alejadas de los sentimientos pues de esa manera se podría mostrar mayor rigurosidad en las acciones e ideas. En los últimos años, observamos que ya no resulta extraño ver a líderes y lideresas políticxs mostrarse públicamente a través de imágenes informales, más cerca de acciones de personas comunes; aunque también es preciso comentar que en algunos casos esas imágenes rayan en lo ridículo y banal. Surgen algunas preguntas frente a esos comportamientos: ¿qué buscan lxs politicxs apelando a ellos?; ¿son suficientes dichos comportamientos para construir identidades colectivas? Inferimos que tales conductas estarían dirigiéndose a estimular los sentimientos de lxs interlocutorxs como un modo de mostrarse más cercanxs a ellxs en sus maneras de actuar, hablar, apelar a modos más sencillos y similares al común de las personas. También podría implicar mostrarse cercanos reduciendo las asimetrías que determina el poder y, al mismo tiempo, proponiéndoles una invitación para conformar un nosotros y de allí una posible identidad colectiva. Aquí es donde emergen los afectos como aspectos de importancia en la práctica política. Sin embargo, acá no se aclara el tema pues se bifurca en dos conceptos: los ya mencionados afectos y la subjetividad.
Volvemos sobre el primero y su vinculación con las identidades políticas. Con relación a este punto, Mouffe (2023) explicita una diferencia entre “pasiones” y “emociones”, agregando a continuación que el primer concepto alude “a los afectos comunes que se ponen en juego en la constitución de las formas de identificación nosotros/ellos” (2023, 52), mientras que las emociones están ligadas a los individuos. La construcción de las identidades –continúa Mouffe– “se construye a través de una diversidad de identificaciones con objetos socialmente disponibles como imágenes y significantes” (2023, 53), y es a través de este mecanismo como se constituye la subjetivación. Con relación a este último concepto, recurrimos a Guattari (1998), quien afirma:
… en lugar de definir la subjetividad en términos de significante, como estuvo de moda en la época del lacanismo, para dar cuenta de estos fenómenos de subjetividad contemporánea me parece esencial cartografiar la subjetividad, no solo a través de flujos –flujos de lenguaje, flujos no-verbales, de cuerpo, de espacio, etc.–, sino también a través de territorios existenciales, cristalización de identidades a las cuales uno pertenece, porque de alguna manera uno se funde dentro de ellas (1998, 37).
Cuando hablamos de la vida política, ella demanda superar, aunque no dejar de lado, las identidades personales, por cuanto la praxis política requiere la pluralidad, un nosotros, pues es preciso el vínculo intersubjetivo que tienda a la construcción de una comunidad. Así, la politicidad de la vida cotidiana es una invitación a superar la individualidad y adentrarse en la preocupación por lo común. Desde ya que dicho interés e involucramiento está mediado por las propias historias y circunstancias personales de cada sujeto. Y en esas historias también los afectos ocupan sus espacios. Tomando en cuenta nuestra propuesta analítica acerca de la vida cotidiana, la identidad social y la subjetividad social están estrechamente vinculadas en su conformación, de manera tal que es preciso detenernos en el modo en que se forman las subjetividades políticas en las juventudes. Para ello acudimos al análisis de Alvarado cuando afirma:
La formación de subjetividades políticas de jóvenes implica la formación de su ciudadanía plena, el crear las oportunidades y condiciones para que los y las jóvenes puedan reconocerse como protagonistas de su propia historia, capaces de pensar, de interactuar con otros en la construcción de proyectos colectivos orientados al bien consensuado, con espíritu crítico y capacidad de autorreflexión para leer su propia historia y la de su realidad y con apoyo a su cultura de pertenencia y apropiación de los significados culturales de los colectivos a los que pertenece (su escuela, su familia, su grupo de pares, su cultura, su etnia, su país, su continente, etc.) (Alvarado et al., 2008, 30).
De la explicación anterior, ratificamos algunos puntos que entendemos relevantes en nuestra reflexión: reconocerse como protagonistas de su propia historia, interactuar con otros en pos de proyectos colectivos, espíritu crítico, desarrollo y apropiación de significados culturales de su contexto social. Cada una de las acciones mencionadas implica involucramiento con otros. De tal forma que podríamos remitirnos a Weber en su concepto de “acción social” definiéndola en estos términos: “… acción donde el sentido mentado por los sujetos está referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en su desarrollo” (1987, 5). Con esta definición no solo se considera la acción como un mero comportamiento, sino que se relaciona con las acciones del otro. Por consiguiente, en nuestras investigaciones acerca de las juventudes, y teniendo presente la información aportada por la encuesta a la cual recurrimos acá, nos preguntamos qué brinda el contexto social y político para que las juventudes puedan reconocerse como protagonistas de su propia historia.
Retornamos a otra encuesta realizada también desde el mismo proyecto de investigación en 2024, en la cual preguntamos por los temas que les preocupaban: la mayoría mencionaron la situación social, cultural, económica y política de Argentina (Castro, 2024). Para lograr la satisfacción de todas y cada una de las áreas mencionadas, es precisa la intervención de ámbitos ajenos a lo personal, y en uno de ellos se hallan la política y lxs actorxs políticxs. No vamos a reiterar los datos que corresponden a la encuesta a la que hasta acá apelamos, tan solo reafirmamos que ni la política ni sus actorxs tienen una representación social favorable para las juventudes. De modo tal que, con ese encuadre del contexto, pocas esperanzas quedan de que el colectivo social que nos ocupa pueda articular proyectos colectivos que, a su vez, afecten de manera favorable en su propia historia personal. Entonces, cuando nos referimos a las subjetividades políticas, se pone en juego una pluralidad de voces necesarias para articular proyectos colectivos. Ahora bien, cuando esos vínculos se obturan, prevalecen los intereses individuales que afectan aquella subjetividad política y predomina una subjetividad fragilizada, entendiendo por tal una construcción vulnerable, dañada, que refuerza centrarse en la singularidad por sobre las preocupaciones comunes, y se produce esa desconfianza hacia un ámbito donde la copresencia de otros es fundamental.
La otredad vuelve a nuestra reflexión. Esxs otrxs con quienes a diario nos cruzamos ¿obtienen nuestra confianza, es posible involucrarnos en proyectos comunes, o son adversarixs y solo merecen nuestro rechazo? Marta Lamas (2025), al analizar la incidencia del género en las relaciones humanas y cómo actúan en ellas las conductas agresivas –en particular en los casos denominados “transfóbicos”–, nos remite al papel de la otredad y afirma:
Un mecanismo básico con el cual se construye esta distinción entre lo propio y lo ajeno es aquel que clasifica a las personas en dos grupos –las que son iguales a mí y las que son diferentes–, lo que se traduce, en un primer momento, en antagonismo, rechazo y/o temor (2025, 75).
A continuación, la autora cita a Castoriadis (2001), quien alude a “las raíces psíquicas del odio”, las cuales subyacen a esas actitudes irracionales que se ponen de manifiesto en las maneras de interpretar la otredad frente a determinadas situaciones y personas que pueden conducir a prácticas discriminatorias o temor ante la presencia del otro, pudiendo en ciertas circunstancias hasta manifestar violencia en las reacciones. Esta preocupación por la otredad nos retrotrae a aquellos momentos– que hoy parecen lejanos, aunque en realidad no sean así– en que, como un modo de entender el desasosiego que implicaba atravesar la incertidumbre frente a la presencia del COVID-19, apelábamos a cuanta lectura nos brindara conocimientos para comprender cómo esa situación alteraba los habituales modos de comportamiento social y personal. En ese tiempo leíamos con ahínco cuanta lectura nos pudiera brindar algún modo de comprender la manera en que se alteraba la vida cotidiana. Judith Butler vino en nuestra ayuda y comprendimos que las desigualdades subyacen en comportamientos violentos.
Una razón por la que un enfoque igualitario del valor de la vida es importante es que proviene de los ideales de una democracia radical y al mismo tiempo reflexionamos acerca del modo más adecuado de practicar la no violencia (Butler, 2020, 74).
Ahora bien, las relaciones sociales plantean tener noción de la necesidad de la interdependencia pues ella está mostrando la igualdad entre las personas. La dependencia –como también lo asevera Butler– muestra la vulnerabilidad en una de las partes. Tal situación puede conducir a aquella expresión que también la filósofa –a la cual recurrimos acá– denomina como “vidas duelables”. “Decir que una vida es duelable es sostener que una vida, incluso antes de que se pierda, o debe ser, digna de lamentarse en ocasión de su pérdida” (Butler, 2020, 94). El interrogante al que nos conduce la afirmación de Butler podría ser qué hace que una vida tenga menos dignidad que otra. ¿Cómo se refleja tal situación en la vida en sociedad? Un concepto atraviesa el contraste entre aquellxs cuya pérdida se lamenta y esas vidas desoladas que pasan invisibilizadas, porque también en esa actitud se asoman los afectos, tanto por parte de lxs responsables de las políticas públicas, como de lxs ciudadanxs comunes que debiesen ser lxs destinatarixs de derechos. El concepto que nos abre otro camino son las desigualdades sociales.
¿Y mi derecho dónde está?
Si bien Latinoamérica no es la región más pobre, sí es la más desigual. Aunque es una expresión reiterada, continúa teniendo vigencia. Numerosos son los textos que se han escrito con relación al tema, pues no solo incluye las diferencias en los ingresos, sino que
se deriva de la discriminación de clase, de raza, de género, de origen geográfico, de distinta capacidad física, etc., que, practicadas de manera categórica (es decir, excluyendo a todos o casi todos los miembros de un grupo), la convierten en un fenómeno multidimensional y la hacen incompatible con nuestros ideales democráticos (Insulza, 2015, 15).
Si nos acercamos a Latinoamérica y el Caribe, leemos la siguiente descripción:
El 10 % más rico de la población capta 22 veces más de la renta nacional que el 10% más pobre. El 1% de los más ricos se lleva el 21% de los ingresos de toda la economía, el doble de la media del mundo industrializado […]. El género, la raza y la etnicidad, al igual que los ingresos, son poderosos determinantes del acceso a la atención de la salud, la educación, el empleo y el sistema legal (Busso y Messina, 2020).
Nos interesa detenernos en el final del anterior párrafo por cuanto las consecuencias de la desigualdad afectan el acceso a derechos sociales de lxs ciudadanxs, lo cual conduce a contar con disímiles oportunidades en el desarrollo de su vida. Como el tema de nuestra investigación se refiere a las juventudes, nos preguntamos por las desigualdades en ese colectivo sociogeneracional. Acudimos al informe sobre las Juventudes (FES), al cual ya nos hemos referido, y leemos: “… son las más educadas y conectadas de la historia reciente, pero también las más afectadas por la desigualdad, la precariedad laboral, la inseguridad y la desconfianza en las instituciones” (Licea y Rodríguez, 2025, 18).
Agregamos el informe de la OIT (2025), en el cual, tras considerar la incidencia de la pandemia por el COVID-19 en la vida de las juventudes, afirman que –con relación al mercado laboral–, si bien se pueden advertir algunas mejoras, se mantiene la brecha con relación al género y la informalidad.
Existen brechas de desocupación entre hombres y mujeres jóvenes, especialmente en el grupo de 15 a 24 años, en el que la desocupación femenina es más elevada […]. Las personas jóvenes en empleos informales ganan menos de la mitad que aquellos en empleos formales, y la diferencia es más notable en sectores como el trabajo doméstico remunerado y el trabajo por cuenta propia (OIT, 2025, IX).
Hacer referencia a la pandemia no deviene un tema banal, sino que, por el contrario, su presencia, aunque no fue la causa de las desigualdades –que preexistían a ese tiempo–, las agudizó. De aquel momento, como ya se ha mostrado en otras investigaciones a nivel nacional e internacional, en el mismo sentido también pudimos advertirlo en otros avances del proyecto de investigación durante los años 2020 y posteriores. En ellos las juventudes que respondían a nuestras encuestas referían que las situaciones de encierro planteadas por el gobierno nacional como un medio de cuidado ciudadano habían afectado su salud mental, y de allí las manifestaciones de ansiedad, miedos, depresión, entre otras.
Un reciente artículo periodístico –donde se apela a reuniones de especialistas en la Cámara de Diputados de la Nación– destaca:
En la Argentina actual las niñas, niños y adolescentes (NNyA) son las principales víctimas de una crisis silenciosa pero devastadora: el deterioro en las condiciones materiales de vida a la par del derrumbe de las políticas públicas de salud mental[3] (Solano, 2025).
Pero, en el mismo contexto de la pandemia, se afincó el protagonismo de las redes sociales. Esos espacios virtuales permitían mantener vínculos sociales y afectivos, pero también fueron ocupando otros sitios en los cuales la velocidad y el anonimato se transformaron en aliados de importancia para la interrelación social. En la encuesta que propusimos en 2024, reiteramos la pregunta por el uso de redes sociales, y el 95 % respondió que acudía a ellas para obtener información y vincularse con otros. Junto a la posibilidad de que velozmente se viralicen imágenes y opiniones más allá del ámbito personal o íntimo sin necesidad de justificar o demostrar la veracidad de ellas, se fue instalando el uso de las redes más allá de las edades, las ocupaciones o la formación.
Por consiguiente, el panorama que se presenta a las juventudes contemporáneas muestra dos elementos que podríamos considerar favorables: son los más educados y los más conectados. Ahora bien, la contracara de ello es vivir en un mundo donde el 1 % más rico se lleva porcentajes superiores al 20 %. El informe de OXFAM así lo señala: “La riqueza de los milmillonarios ha aumentado de forma drástica durante 2024, a un ritmo que triplica al del año anterior” (2025, 8). Mientras que las personas que viven en la pobreza se enfrentan a graves crisis. En este punto nos interesa acudir nuevamente al citado informe:
Un gran número de países se encuentran en riesgo de caer en la bancarrota. Lastrados por la deuda, no disponen de recursos públicos suficientes para financiar la lucha contra la desigualdad. Los países de renta media y baja destinan, en promedio, el 48 % de su presupuesto a devolver esta deuda, normalmente a ricos acreedores privados con sede en Nueva York y Londres (2025, 9).
La cita anterior nos resulta relevante pues Argentina es el país con mayor deuda con el FMI en la actualidad. Agregamos una cita más del informe: “Oxfam estima que un 6 % de los milmillonarios de todo el mundo han obtenido su riqueza a través del clientelismo y las conexiones de amiguismo” (2025, 10).
Por lo tanto, las consecuencias de ese mundo desigual llevan a que las juventudes se enfrenten a situaciones de precariedad laboral, apelando a empleos informales y con salarios en negro, inseguridad en las ciudades donde habitan y desconfianza hacia los actores políticos pues perciben que no les brindan las respuestas necesarias para resolver sus dificultades, mientras que, por otro lado, las noticias sobre corrupciones que involucran a aquellxs se acrecientan.
Un elemento nos interesa agregar a las dificultades mencionadas: la incidencia del género. En las mujeres se agudizan aquellos problemas: hay en esa población mayores índices de desocupación, y a ello deben sumarse las tareas de cuidado. En cuanto a la inseguridad, Argentina presenta cifras muy elevadas de feminicidio que ponen en evidencia la crueldad de los autores en las muertes de jóvenes en especial. A partir del gobierno libertario, se eliminó el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, y con ello se descontinuaron programas que brindaban contención y apoyo al colectivo de mujeres. Entonces, lxs ciudadanxs identifican a lxs actorxs políticxs como lxs responsables, y, sumando a ello, el peligroso desencanto con el papel del Estado como responsable de las políticas sociales. De allí a extender ese desencanto hacia la democracia, hay solo un paso.
Nos interesa retomar un eje al cual nos habíamos referido en otros apartados de este texto: las emociones. A todo lo que ya expresamos, nos interesa agregar otros aspectos que podrían ayudarnos a reflexionar en este análisis que vamos recorriendo, para lo cual retornamos a nuestra formación de base: la psicología. Y leemos: “Las emociones con frecuencia dependen de la conciencia que tiene el organismo de la importancia de una situación y de esa manera intervienen los procesos cognoscitivos de percepción y pensamiento” (Whittaker, 1971, 177).
Tras el triunfo del actual gobierno nacional, en Argentina circularon dos ideas que adquirieron centralidad en algunos análisis: por un lado, aquel que decía que la sociedad se había derechizado, y, por el otro, que en la elección de dicho gobierno habían predominado las emociones. Con relación al primer punto, es preciso detenernos unos momentos y volver la mirada a la primera década del siglo XXI. Durante ese tiempo observamos que en varios países de Latinoamérica se desarrolló lo que se conoce como “la marea rosa”. Bajo esta denominación se agrupaban gobiernos progresistas (Brasil, Argentina, Venezuela y Bolivia, entre ellos) que habían asumido los gobiernos de sus países tras la falta de respuestas ciudadanas por parte de modelos neoliberales. Entre sus aspectos centrales, se encontró otorgar mayor presencia al Estado, la redistribución del ingreso y una política exterior más autónoma de los clásicos poderes y, al mismo tiempo –en dicho aspecto exterior–, construir bloques uniendo los propios países, buscando implementar políticas comunes entre ellos. Sin embargo, tras esos años de medidas progresistas, condicionados por las circunstancias de cada país, Latinoamérica retornó a gobiernos neoliberales en algunos de ellos, y otros, a pesar de promesas de bienestar, concluyeron en fracasos. Vale analizar las razones por las cuales, tras aquellos años de gobierno progresista –entre cuyas características estuvieron la movilidad social, los logros de nuevos derechos sociales y la reafirmación de los que ya existían–, las sociedades eligieron otros modelos de gobierno. A fin de entender las razones para dejar de lado aquellos gobiernos de la ola rosa, acudimos a Álvaro García Linera (2016), quien plantea ciertas debilidades de tales gobiernos. En primer lugar, el que corresponde a la gestión económica. Al respecto afirma: “… el ideal, el discurso, la narrativa y la propuesta ya no son suficientes para mantener la adhesión social […] lo que cuenta es la mejora de la vida cotidiana del pueblo” (2016, 27). Un segundo aspecto tiene que ver con la batalla cultural. “No existe revolución verdadera ni consolidación de un proceso revolucionario, si no se tiene una profunda revolución cultural, ética y lógica” (2016, 37). La tercera debilidad tiene que ver con una débil reforma moral, y, en este sentido, la presencia de la corrupción en las prácticas políticas no se detuvo. La cuarta se refiere a “la continuidad de los liderazgos en los regímenes revolucionarios hechos en democracia”. Finalmente, la quinta debilidad corresponde a la débil integración económica continental.
Tras la finalización de los mandatos de esos gobiernos progresistas, en distintos tiempos y con sus particularidades, esos países regresaron a gobiernos de derecha con lógicas de funcionamiento diferentes a los anteriores y donde el papel del mercado y la intromisión de organismos financieros internacionales fueron los protagonistas. En Argentina, a poco de iniciar un nuevo gobierno que había logrado mayoría de votantes y que con profunda expectativa iniciaba una nueva etapa política, sobrevino la pandemia por COVID-19. Todo el planeta tuvo que enfrentar tiempos de incertidumbre hasta poder contar –algunos países– con la posibilidad de acceder a las vacunas. De tal modo que las desigualdades que preexistían a la crisis sanitaria se agudizaron, y el retorno a la presencialidad mostró dificultades económicas, en la salud mental, en los vínculos interpersonales, y las y los actores políticos se constituyeron en el centro de las críticas por parte de amplios sectores de la sociedad. Los discursos y comportamientos violentos fueron acrecentándose peligrosamente en las calles y los medios, hallando en las redes sociales el espacio propicio donde manifestar tales comportamientos. Hasta figuras consideradas outsiders encontraron en los medios y las redes sociales la posibilidad de instalarse públicamente apelando a conductas disruptivas y violentas. El gobierno que se había iniciado en el país en 2019 no logró dar respuestas que favorecieran el bienestar del pueblo, por lo que aumentaron las críticas hacia la gestión.
De manera que, en las elecciones de 2023, resultó elegido un candidato que se autoidentificó como “anarcolibertario” que “venía a destruir al Estado”. Es importante mencionar que, a nivel geopolítico, otros países habían precedido a Argentina teniendo en el poder gobiernos de derecha y un aumento de la ultraderecha. El nuevo presidente argentino se vanagloriaba de integrar esa nueva ola política. Retomamos dos puntos que se señalaron para entender el nuevo tiempo político: a) la derechización de la sociedad, y b) el predominio de las emociones. Intentamos describir el contexto nacional y global en esos años con la finalidad de mostrar algunos elementos que podían ir abriendo caminos para la instalación de las ultraderechas a nivel global. Por consiguiente, bien caben aquellas debilidades que García Linera describió con relación a los gobiernos progresistas de Latinoamérica. El punto nodal se puede ubicar en la gestión económica. Podremos recordar que, en los tramos finales del gobierno de Alberto Fernández, el nivel de desocupación –de acuerdo a datos del INDEC– era el más bajo en décadas, pero también se debe recordar que los salarios de lxs trabajadorxs se vieron seriamente afectados por la elevada inflación. El nuevo gobierno prometía bajarla y dolarizar la economía al mismo tiempo que dejar de lado la “casta política corrupta”, tal era su eslogan de campaña. Y allí sumamos otra de las debilidades que indicaba García Linera en su análisis: la corrupción. Con ese contexto social y político en el cual las juventudes fueron afectadas por la desocupación y el crecimiento de empleos informales y observaban actos de corrupción en algunxs políticxs, resultaba esperable que buscaran personajes con ideas disruptivas, pero que les prometían una mejor vida.
Cuando definimos las emociones, señalamos que estas están condicionadas por la importancia que cada persona le da a la situación que atraviesa, y allí están presentes elementos cognoscitivos. Si, a las circunstancias económicas, les sumamos las consecuencias de la alteración de la vida cotidiana por la pandemia de COVID-19, en la cual las juventudes fueron uno de los colectivos donde se advirtieron conflictos en su subjetividad, no debería resultar extraño que, al momento de elegir nuevo presidente, se decidieran –en un amplio porcentaje de votantes– por el candidato que se mostraba en la vereda opuesta de quienes habían gobernado hasta entonces sin darle respuestas a su bienestar, y, además, ese outsider exhibía sin tapujos comportamientos agresivos y denigraba con sus expresiones a todxs aquellxs actorxs políticxs que hasta ese momento habían ocupado espacios de poder. Al mismo tiempo ese personaje surgido de programas de televisión expresaba abiertamente sus ideas y maneras de reaccionar sin importarle que pudiese ser criticado por algunxs, pues se mostraba como el dueño de la propia criatura que había construido mediáticamente. He allí donde las emociones encuentran los elementos para su elaboración y una figura donde se proyectan la bronca, la desazón y, al mismo tiempo, la posibilidad de un nuevo actor con promesas favorables para su vida cotidiana. Ahora bien, un punto a considerar es que las emociones no solo pueden ser negativas, aunque en determinadas situaciones ellas prevalezcan. También pueden mostrarse a través de otras expresiones como la alegría, la esperanza, la gratitud, entre otras. Sin embargo, todas ellas tienen en común que están basadas en elementos cognoscitivos, esto es, la información que les permite a las personas analizar la situación que están viviendo. Dejamos por acá esta pregunta: ¿será tal vez que, más que volverse de derecha un amplio porcentaje del pueblo y las juventudes en especial, mostraban a través de sus emociones negativas el hartazgo ante la falta de políticas públicas que ayudaran al logro de una vida cotidiana con dignidad y pleno ejercicio de sus derechos sociales?
Para quienes llevamos algunas décadas en las mochilas personales, resulta ineludible regresar una y otra vez a aquella imagen de Mafalda sentada en su sillita y con su mano tomando la temperatura a un globo terráqueo rodeado de vendajes. Tal pareciera que ese es el mundo actual para las juventudes. Sin políticas sociales que den respuestas a sus necesidades y derechos, es esperable que las subjetividades se hallen fragilizadas y, por ende, la política y sus actores no cuenten con una representación social favorable pues ellos son identificados como los responsables de esa falta de atención hacia lxs ciudadanxs. En ese encuadre tampoco resulta posible construir proyectos colectivos. En la encuesta de 2024, consultamos a las juventudes de qué manera se imaginaban su vida en un lapso de cinco años hacia adelante. Así hallamos que casi la totalidad de las respuestas coincidían en ese imaginario: haber concluido sus carreras universitarias y dedicarse a sus intereses profesionales individuales. La apelación a actividades colectivas o sociales estaba ausente.
Bibliografía
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