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1 Otto Brunner, la aproximación histórico-conceptual y la pregunta por lo político

Introducción

Es un hecho posiblemente llamativo el de comenzar un abordaje sobre la historia conceptual con la figura de Otto Brunner. Decimos que puede ser llamativo en base a dos razones. La primera es que, para aquellos inscriptos en ese género de investigación, el referente e impulsor indiscutido de dicha corriente es Reinhart Koselleck. La segunda radica en que la obra de Brunner ha sido poco trabajada, tanto en la academia iberoamericana en general, cuanto en la argentina en particular, a lo que se suman las pocas traducciones al español que ha tenido[1].

Respondamos a dichas razones. La primera, completamente atendible, nos exige explicitar por qué ponderamos la obra y pensamiento de Brunner en primera instancia. Intentaremos demostrar en este capítulo que las consideraciones conceptuales y metodológicas de Brunner permiten individualizar un programa de investigación de idiosincrasia propia que, aunque asentado en preocupaciones historiográficas, resulta de interés y utilidad para la teoría política. Dicho programa brinda ciertas claves de inteligibilidad para comprender mejor el proyecto koselleckiano, pero a la vez permite desplegar ciertos contrapuntos críticos con él. La segunda razón, más que desalentar la exposición de este autor, nos anima a promoverla, buscando contribuir con nuevos elementos y desde otros puntos de vista a la reflexión histórico-conceptual. Es que en nuestra respuesta a esas plausibles objeciones subyace un gesto general, que por lo demás anima al presente capítulo, consistente en exponer y visibilizar un programa teórico de índole histórico-conceptual (el de Brunner) soslayado por las vicisitudes de las recepciones académicas posteriores, y sólo parcialmente revitalizado en acercamientos recientes que, como veremos, estuvieron vinculados a la recepción italiana de la historia conceptual, con la cual en los últimos años se han intensificado los diálogos y a través de cuya mediación la perspectiva de Brunner se nos ha hecho más próxima, incluyendo a quien escribe.

Todo esto concierne, hasta aquí, a una justificación del abordaje de Brunner de índole eminentemente contextual. Ahora bien, ¿qué es lo que diremos sobre él? Ello ya no atañe a cuestiones, digamos, histórico-intelectuales, o vinculadas a su recepción, sino a cuál va a ser nuestra clave de interpretación teórica del pensamiento del autor. Nuestra hipótesis sostiene que tras la perspectiva historiográfica de Brunner se halla una concepción específica de lo político; y que dicha concepción de lo político informa los alcances de la pregunta histórico-conceptual y configura (a la vez que delimita) su objeto propio. Si ello es así, al final del capítulo intentaremos condensar la enseñanza teórica y metodológica de Brunner, consistente a nuestro juicio en la idea de una historización de la forma política y en su configuración como objeto propio del acercamiento histórico-conceptual.

Tres secciones componen este capítulo. La primera busca contextualizar la reflexión historiográfica de Brunner en su ambiente académico de emergencia. La segunda se propone abordar su obra más significativa, Land und Herrschaft, con vistas a exponer dos tesis centrales de Brunner para nuestros propósitos: a) la distinción entre Estado y sociedad es un prisma teórico que obnubila el abordaje histórico; b) la ruptura fundamental entre la Modernidad y la Edad Media —cuyo carácter elucidaremos— tiene consecuencias sobre el instrumental teórico del investigador y sobre la propia concepción de la realidad política. La tercera presenta las reflexiones eminentemente metodológicas de Brunner, principalmente a través del análisis de sus textos de posguerra, y deduce de allí una conexión específica entre lo histórico y lo político que, proponemos, permite estabilizar su aporte teórico y metodológico.

1.1. De la Volksgeschichte a la Begriffsgeschichte: el lugar de Otto Brunner en los antecedentes y orígenes de la historia conceptual

A pesar de que la historia conceptual, en tanto perspectiva o género de investigación, adquiere contornos nítidos a fines de la década de 1950, cuando en el seno de la Universidad de Heidelberg madura el proyecto de un Diccionario histórico de conceptos políticos y sociales fundamentales[2], sus antecedentes y puntos de referencia teóricos permanecen menos explorados.

Se reconoce que esta corriente encuentra una anticipación decisiva en la obra y pensamiento de Carl Schmitt, quien en su obra Teología política [1922] planteaba la necesidad de una «sociología de los conceptos» que estableciera una vinculación entre la «imagen metafísica que determinada época tiene del mundo» con la «forma que le resulta más evidente para su organización política». De este modo, se establecía una relación entre la estructura conceptual y la estructura política de una época histórica. Schmitt, en un intento de comprensión del sentido de la Modernidad, buscaba visibilizar su hipótesis de una «estructura análoga» entre los conceptos teológicos del cristianismo y los conceptos jurídico-políticos de la moderna teoría del Estado (Schmitt, 2001: 48-9). La influencia schmittiana en la Begriffsgeschichte y, particularmente, en el pensamiento de Koselleck, ha sido certeramente indicada por varios estudios (Galindo Hervás, 2009; Orozco Pérez, 2017; Palti, 2001; Villacañas, 2003)[3].

Pero a esa constatación debe sumársele otro hecho, y es que dos de los fundadores de esa escuela, Werner Conze y Otto Brunner, tenían ya una consolidada trayectoria historiográfica en un campo que primero, desde la República de Weimar y hasta la Segunda Guerra Mundial, se denominó Volksgeschichte (historia del pueblo); y que posteriormente, con el escenario abierto desde la posguerra, cambiaría su denominación alternativamente por Sozialgeschichte (historia social) o Strukturgeschichte (historia estructural). Estos antecedentes dejarán su marca en varias de las preguntas y temáticas de la Begriffsgeschichte (BG), y no es menor indicar, en este sentido, que será principalmente Koselleck quien utilice esta última denominación, consolidando progresivamente la identidad distintiva de la corriente en relación a los otros dos directores del Diccionario.

Por ello, buscaremos ganar claridad sobre la conexión a la vez que la singularidad de la perspectiva de Brunner en su ensamble con los orígenes del programa de investigación en historia conceptual. Así, nuestro objetivo apunta a desmalezar un terreno puntual: se trata de aprehender la especificidad de las preocupaciones teóricas brunnerianas con vistas a ponderar de manera más íntegra las identidades y las diferencias que su enfoque histórico-conceptual supone, así como extraer cavilaciones teóricas y metodológicas que son de utilidad más allá de su autor y su contexto y que sirven, más bien, para nutrir una reflexión teórico-política situada en otro tiempo y en otro espacio.

En este sentido, es importante señalar desde el comienzo que existen diferencias ostensibles en la aproximación histórico-conceptual de Koselleck y de Brunner. Si, como mencionamos, Koselleck se ha constituido en el principal referente de la BG por haber utilizado de manera más explícita y recurrente tal denominación, Otto Brunner ha subrayado tangencialmente la necesidad de una aproximación crítica a los conceptos y ha tenido patente influencia en las recepciones posteriores de la historia conceptual, debido a que sus reflexiones refieren a problemas constitutivos de la propia BG.

Hay que decir que, por ello, el calificativo de aproximaciones «histórico-conceptuales» con el que agrupamos a estos autores no busca homogeneizar sus programas teóricos y metodológicos; por el contrario, reconoce que, partiendo desde un presente, tal denominación es retrospectiva: surge de las repercusiones y recepciones que su pensamiento ha tenido sobre la reflexión académica posterior, y no implica por ello afirmar que estos autores, en su contexto de producción, se hayan asumido desde el comienzo y de manera perenne como «historiadores conceptuales».

Entonces, ¿cómo caracterizar y contextualizar la producción académica de Brunner? Comentemos, brevemente, algunas coordenadas biográficas e intelectuales. Nacido en Mödling (Austria) el 21 de abril de 1898, Brunner comenzó sus estudios universitarios en la Universidad de Viena en 1918, tras dos años se servicio militar en la frontera con Italia. En 1922 completó su tesis doctoral, intitulada «Austria y Valaquia durante las Guerras Turcas de 1683-1699»[4], bajo la dirección de Oswald Redlich, recibiéndose con honores del Institut für österreichische Geschichstforschung (Instituto de Investigaciones Históricas de Austria) de dicha Universidad. En 1923 comenzó a trabajar en el Archivo del Estado de Viena, donde tenía la función de catalogar los archivos de las familias nobles de Austria. Allí, Brunner adquirió un detallado conocimiento sobre el estilo de vida y la mentalidad de la nobleza medieval. En esos años fue preparando su tesis de habilitación, que presentó en 1929 y que versó sobre las finanzas de Viena desde sus orígenes hasta el siglo XVI[5]. A partir de ese momento comenzó a ejercer como Privatdozent, y desde 1931 como außerordentlicher Professor («profesor extraordinario»).

Brunner, como otros pensadores alemanes del período, envuelve también un halo de polémica en relación a su rol durante el nacionalsocialismo, que en su caso estuvo vinculado al Anschluss (la anexión de Austria a la Alemania nacionalsocialista, en 1938).

Si bien su condescendencia con el nacionalsocialismo resulta desde ya cuestionable, es dable remarcar que la adhesión de Brunner al nuevo régimen era oportunista y adaptativa antes que ardiente o doctrinaria (Van Horn Melton, 2013; Sánchez Mandingorra, 2015). Así, se ha señalado que «[c]omo muchos que hicieron las paces con el nuevo régimen, consideraciones en relación a su carrera profesional definieron las elecciones políticas de Brunner» (Van Horn Melton, 2013, p. 267). Luego de haber demostrado su fidelidad política, Brunner fue promovido a ordentlicher Professor («profesor ordinario») y asumió también la dirección del Instituto de Investigaciones Históricas.

En 1939 publicó Land und Herrschaft («Tierra y señorío»), obra capital del autor que además tuvo una importante repercusión, no sólo por su erudición sino porque se insertaba en una atmósfera intelectual que cuestionaba los conceptos liberales y la terminología del siglo XIX. En este marco, el libro de Brunner proponía un fuerte desafío al modo en que la historiografía constitucional liberal se acercaba a la historia. Como se verá, incorpora además una serie de consideraciones metodológicas y teóricas acerca de la Modernidad que darán cuerpo a su perspectiva historiográfica de manera distintiva.

En 1945, con el proceso de «desnazificación», Brunner fue suspendido como profesor en la universidad y, en 1948, fue pasado a retiro. Sin embargo, su ausencia de la vida académica duraría poco, pues en 1949 publicó su libro Adeliges Landleben und europäischer Geist («Vida nobiliaria en el campo y espíritu europeo»). En 1952 reingresó en la docencia como profesor visitante de la Universidad de Colonia, y a partir de 1954 se reincorporó definitivamente a la vida académica al suceder a Hermann Aubin como profesor a tiempo completo en la Universidad de Hamburgo, lugar donde enseñaría hasta su retiro definitivo en 1973. En 1957 cofundó junto a Werner Conze el Grupo de Trabajo de Historia Social Moderna (Arbeitskreis für moderne Sozialgeschichte) en la Universidad de Heidelberg, lo que terminó de colocar a Brunner como un centro de referencia dentro de la historiografía alemana. Murió en 1982. Ese año y los siguientes se harían varias conferencias y escritos en su memoria.

Brunner inició y consolidó su desarrollo académico al calor de la denominada Volksgeschichte. Como indica Jürgen Kocka, esta perspectiva era minoritaria en su época, pero fue la que primeramente desplegó un vínculo con las ciencias sociales y planteó, en la historiografía, la necesidad de aproximaciones interdisciplinarias (Kocka, 1990, p. 131). La Volksgeschichte se puso en boga en Alemania y Austria durante la década de 1920, aunque sus raíces se remontan al siglo XIX. Esta perspectiva rechazaba «el foco en las personalidades, los acontecimientos y el Estado-nación que caracterizaban al historicismo neo-rankeano, tendencia dominante en aquella época» y, en su lugar, «buscaba una “historia total” que examinara estructuras históricas desde una perspectiva interdisciplinaria» (Van Horn Melton, 2013, p. 280; traducción propia).

Los orígenes intelectuales de esta perspectiva pueden hallarse en el trabajo de Wilhelm Heinrich Riehl (1823-1897). Su trabajo, escrito al calor de los acontecimientos de 1848, mostraría de manera nostálgica la disolución de las relaciones señoriales y la primacía del mundo agrario, configurando una imagen anti-urbana y anti-liberal que tendría repercusiones en el pensamiento alemán del período[6]. A partir de 1918 hubo un resurgimiento de las ideas de Riehl en el pensamiento conservador alemán: se destacan en este punto académicos como Hans Freyer, Gunther Ipsen, Adolf Hebock, y Hermann Aubin, quienes en la década de 1920 comenzarían a hablar en términos de una Volksgeschichte.

Estos autores desarrollarían un programa de investigación vinculado al pangermanismo, buscando romper con los límites del Estado-nación y analizando, más allá de él, los «rasgos sociales, económicos y culturales compartidos por las comunidades germanas», así como identificar aquellas regiones, sobre todo en el este, «cuya cultura, estructura social y carácter económico había sido moldeado por patrones germanos de asentamiento» (Van Horn Melton, 2013: 283). Las investigaciones del joven Werner Conze resultan un ejemplo de este proceder[7], así como la del propio Brunner en Land und Herrschaft.

En este punto, resulta relevante dar cuenta de cómo esta perspectiva fue consolidando un terreno donde el Volk se distinguía de manera crítica del Estado-nación decimonónico, incoándose en un contexto de época donde la terminología jurídica liberal y la propia realidad del Estado por ella conceptualizado, se ponían en cuestión. Brunner, impregnado de esta crítica hacia el Estado liberal cuanto de esta revitalización del Volk, llegó a sostener en 1937 que «de lo que se trata es de una revisión de los conceptos fundamentales (Grundbegriffe). Es intolerable que los conceptos que provienen de una realidad muerta aún determinen los estándares y las preguntas esenciales para nuestro propio y diferente tiempo» (Brunner, 1937, p. 422). Por «realidad muerta» Brunner se refería al léxico político burgués-liberal decimonónico.

Todo esto confluye en la afirmación de que el Volk era más que el Estado. La experiencia de vida de Brunner y de otros contemporáneos, crecidos al calor del Imperio Austro-húngaro, ayudó seguramente a ver que la no-coincidencia entre Estado y nación era un punto ciego de la teoría política del siglo XIX. Pues la intuición que la Volksgeschichte y la Landesgeschichte (historia regional)[8] ganaron con los ejemplos que hemos presentado, es que los límites del Estado no eran los límites del Volk. El lector podrá prever lo peligroso de estas conclusiones dado el desarrollo posterior de los acontecimientos en Alemania, pero estas intuiciones son las que, a nivel teórico y metodológico, permiten ver los orígenes heurísticos y las líneas de ruptura y continuidad en relación a la historiografía de la segunda posguerra que daría nacimiento a la historia conceptual[9].

Es que Brunner consuma o completa decisivas consideraciones hallables en las reflexiones teórico-políticas de la República de Weimar, llevándolas a un plano de claridad metodológica y conceptual. Por caso, la crítica a la distinción entre Estado y sociedad, como se verá, repone una crítica fundamental efectuada por Carl Schmitt. La nueva era se caracterizaba, por el contrario, por el advenimiento del «Estado total», por la interpenetración entre Estado y sociedad y, por ende, por la totalización de lo político, ya no reducido al ámbito del Estado, en términos del jurista nacido en Plettenberg[10]. Algo análogo puede percibirse en sus escritos de madurez: su intento de elucidar la especificidad occidental nos rememora las agudas observaciones de Max Weber y de Otto Hintze, con las que Brunner dialoga críticamente.

En este sentido, Kaminsky y Van Horn Melton sostienen que

[l]a orientación por fuera del Estado-nación y sus instituciones centrales, el rechazo a una historia política disyuntiva y la fragmentación disciplinaria que ella simbolizaba, así como la búsqueda general de integridades y “totalidades” en un amplio rango de disciplinas, puede ser visto en el contexto de la cultura occidental después de 1918. Estos elementos marcaron los estudios históricos de Otto Brunner pero también de Marc Bloch, la filosofía de Martin Heidegger pero también de Georg Lukács, la ciencia social de Carl Schmitt pero también de Max Horkheimer. Por consiguiente, el repudio Nazi del Rechtstaat burgués puede ser comprendido como un caso especial, la forma más cristalizada de lo que habría emergido de una manera u otra incluso si la República de Weimar hubiera sobrevivido (Kaminsky & Van Horn Melton, 1992, p. 27; traducción propia).

La clave para dar cuenta de la transición desde la Volksgeschichte a la Strukturgeschichte de posguerra la podemos encontrar en la propia obra capital de Brunner, Land und Herrschaft. Mientras que la primera edición, de 1939, planteaba que «la historia del pueblo es la necesidad de nuestro tiempo», la cuarta edición de 1959 sostenía que «se debe buscar una “historia de las estructuras” ajustada a la comprensión de la acción política» (Cf. Kaminsky & Van Horn Melton, 1992, pp. 23–24; Orozco Pérez, 2017, p. 82).

Asimismo, el final del segundo capítulo de Land und Herrschaft fue modificado en la cuarta edición (de 1959). En la primera edición, Brunner sostenía que «los estudios más recientes dedicados al territorio [Land] y al pueblo [Volk] están en proceso de superar la fragmentación de la historia en los campos especiales de historia económica, legal, constitucional y política, así como la mera yuxtaposición de estas esferas autónomas como Kulturgeschichte; en su lugar, ellos buscan describir el Land como un orden concreto [Ordnung]». Asimismo, Brunner también pedía aquí una «historia del pueblo» (Volksgeschichte) comprehensiva que reemplazara los conglomerados de subdisciplinas especiales definidas de manera estrecha por el pensamiento del siglo XIX. En la cuarta edición, para evitar “malentendidos”, cambió la denominación por “historia estructural” (Strukturgeschichte).

El término, acuñado por Werner Conze[11], buscaba sostener la idea de una historia integral, incorporando la idea de lo «estructural» de la perspectiva francesa de los Annales[12]. Lo que resulta relevante es que, con esto, Brunner «hacía explícitamente claro que el tipo de historia integral que originalmente denominó Volksgeschichte podía también e igualmente ser llamada historia estructural, historia social, sociología histórica, o incluso historia constitucional, lo que es decir que todas estas expresiones eran consideradas mutuamente sinónimos» (Kaminsky & Van Horn Melton, 1992, pp. 23-24).

El proceso abierto a partir de 1945 y la desnazificación no son menores para comprender la pluralidad de nombres que fue adquiriendo la práctica historiográfica de estos autores: Strukturgeschichte, Sozialgeschichte, Begriffsgeschichte. El punto decisivo radica aquí en ver la transición desde la Volksgeschichte hacia las otras denominaciones.

Las circunstancias históricas dieron paso a otra forma de historiografía fuertemente dependiente de la anterior [la Volksgeschichte] y que, dadas las exigencias del contexto, se presentará como una suerte de continuidad con discontinuidades o, si se quiere, como una continuidad heterogénea, al menos así lo era en apariencia, respecto a la corriente anterior de la cual se nutre. Se trata de la Strukturgeschichte. En su origen, esta corriente historiográfica fue una confrontación crítica, en ocasiones ambivalente, con la modernidad, de la cual fue especialmente deudora y de la que participaban historiadores de orientación conservadora en el marco de discusiones metodológicas construidas sobre la base de lo político (Orozco Pérez, 2017, p. 80).

En el nuevo contexto político-social, las universidades asistieron a una readaptación de ideas pero también a una pervivencia notable de los académicos de la época previa. En el propio Brunner pueden observarse, en este sentido, una serie de modificaciones en su pensamiento y en sus preguntas de investigación, pero sobre el trasfondo de innegables continuidades en lo que concierne al enfoque teórico y a las previsiones metodológicas. En estos años que van desde la segunda posguerra hasta su retiro definitivo, Brunner fue activo en promover los «nuevos caminos» de la historiografía alemana, que él mismo había explorado de forma pionera en Land und Herrschaft, pero que ahora, en función de un nuevo contexto, ampliaron su eje hacia la indagación por la especificidad europea y occidental —y no ya exclusivamente en Alemania y el Volk germano—. Esto implicó una matización de las rupturas fundamentales que Brunner veía entre lo moderno y lo medieval, buscando ahora las raíces y orígenes de Occidente en el pasado antiguo y medieval (en línea, si se quiere, con un gesto weberiano pero también con el de contemporáneos como Karl Löwith). En ese contexto se entienden las líneas de trabajo que identifican las llamadas historia estructural, historia social e historia conceptual.

Esta línea historiográfica, ahora múltiple en sus denominaciones, encontró un asiento institucional terso en 1957 con la creación del Arbeitskreis für moderne Sozialgeschichte (Grupo de Trabajo de Historia Social Moderna) en Heidelberg. Ése es el nudo que conecta a dos generaciones de historiadores y que permite contextualizar mejor el nacimiento de la BG. Varios de los historiadores referidos: Otto Brunner, Werner Conze, Gunther Ipsen, todos ellos formados en el marco de esta Volksgeschichte, continuarían con una línea de investigación ahora desligada de todos los componentes inoportunos de aquella vieja denominación (Capistegui, 2009, pp. 54-60).

Estas breves referencias buscaron amplificar las coordenadas intelectuales bajo las cuales la historia conceptual encuentra sus antecedentes inmediatos, así como orientarnos en el camino de elucidación de la especificidad brunneriana. Si estas líneas de trabajo historiográfico plantean de modo general una crítica profunda a la Modernidad y su realidad jurídico-política, en Brunner tales consideraciones tendrán una modulación teórica y metodológica singular. El autor identificará en la Modernidad una estructura conceptual y un ordenamiento constitucional de alcance histórico específico, y por ende no universal. Tal identificación conlleva una crítica histórica y conceptual, un movimiento en dos sentidos íntimamente ligados: por un lado, los conceptos jurídico-políticos de los que se sirve el investigador están atravesados por la estructura conceptual moderna, cuya manifestación y realización efectiva ubica Brunner en el siglo XIX con la forma política que distingue y opone Estado y sociedad; por otro lado, el reconocimiento de la condicionalidad histórica de nuestras propias categorías lleva al autor a afirmar que la realidad anterior a la Modernidad constituía una configuración conceptual distinta, por lo tanto irreductible a las categorías modernas. La mostración de aquél anacronismo y de esa alteridad histórica puede rastrearse de manera prominente en Land und Herrschaft, como veremos en el siguiente apartado.

1.2. Land und Herrschaft y la inconmensurabilidad entre los órdenes medieval y moderno

1.2.1. La Fehde y la elucidación del orden jurídico medieval

Uno de los denuedos metodológicos de Brunner fue el de buscar referir los conceptos a su situación histórica concreta. El historiador planteó la necesidad de hablar el lenguaje de las fuentes, de comprender una época en sus propios términos. Esto, sin embargo, no suponía caer en un mero factualismo o en la descripción casuística de los textos históricos; se trataba, en realidad, de poner empeño en asir el significado histórico-concreto de los conceptos, su contextualidad y su interrelación, con vistas a reconstruir una estructura político-conceptual integral, es decir, el lenguaje político disponible y el horizonte conceptual de una época.

La relevancia de este trabajo fue puesta de manifiesto por Brunner a través de la identificación de una ruptura fundamental de horizontes conceptuales, de modos bajo los cuales los seres humanos se comprenden a sí mismos y a su sociedad, que a ojos del autor tuvo lugar en el tránsito de la Edad Media a la Modernidad. Brunner en tanto historiador medieval buscó mostrar la alteridad, la radical diferencia, entre las estructuras político-conceptuales de la Modernidad y de la «Vieja Europa». Este movimiento va de la mano de otro igualmente relevante para el autor: la crítica a la primacía de la terminología del siglo XIX, nacida de una época histórica específica y por ende no universalizable.

Tal trabajo se vehiculiza en su obra capital, Land und Herrschaft, aparecida por primera vez en 1939. Brunner buscó dar cuenta de la constitución (Verfassung) y de la organización socio-política de los territorios de Austria durante la Edad Media hasta su disolución con el advenimiento del Estado moderno en el siglo XVIII. A lo largo de ese trabajo el autor ofrece una serie de importantes consideraciones conceptuales y metodológicas que permiten ilustrar el carácter crítico de su reflexión histórico-conceptual[13].

El oriundo de Mödling objeta el modo bajo el cual la teoría del Estado y la historiografía constitucional analizan la historia medieval, particularmente en relación a los conceptos y marcos teóricos que utilizan. El ejemplo concreto del mal procedimiento de estas aproximaciones, y punto de despegue de la argumentación de Brunner, se halla en la interpretación del concepto medieval de Fehde. La Fehde —que puede traducirse, de manera inevitablemente anacrónica, como «venganza privada», «guerra privada» o «querella particular»—, era la enemistad y consecuente combate con tropas que un noble declaraba a otro alegando una injusticia cometida[14]. Siendo este un fenómeno usual en la época, la historiografía concluía que la época preestatal era anárquica, caótica y carente de derecho. Brunner intenta demostrar que el concepto de Fehde era en realidad parte integrante de una estructura jurídico-política más amplia. En ese gesto evidenciará que la historiografía constitucional presupone el concepto de Estado moderno y su concepto espejo, el de sociedad civil, a la hora de acercarse a estos fenómenos. Tales conceptos, nacidos en la Modernidad, yerran a la hora de comprender la específica estructura constitucional de aquélla época. De lo que se trata, entonces, es de comprender la Fehde —pero no sólo ella— dentro del orden concreto medieval y al interior de su horizonte político-conceptual[15].

El advenimiento del Estado implicó una centralización del poder político y la consecuente aparición de un poder soberano, que se sobrepuso a todas las demás fuerzas políticas y sociales. Ello permitió que con acierto Max Weber pudiera definir al Estado en términos de su monopolio en el uso de la violencia legítima. A partir de los conceptos de Estado y de soberanía, la realidad jurídica distinguió entre el derecho público-estatal y el derecho privado, así como entre una instancia que monopolizaba lo político (el Estado) y una instancia despolitizada, circunscripta al intercambio económico y social: la sociedad. Pues gran parte del gesto teórico del autor pasa por mostrar cómo esa dualidad conceptual, la de Estado y sociedad, informa metodológica y conceptualmente los estudios histórico-constitucionales[16].

Así, Brunner va a identificar una discontinuidad jurídico-política decisiva entre la Modernidad y la época medieval. Lo que se halla por detrás del dualismo moderno entre Estado y sociedad civil, así como de otros igualmente importantes para la teoría del Estado y el constitucionalismo, como el de derecho público y derecho privado, y el de ley positiva y ley natural, es el moderno concepto de soberanía, que instauraba un poder unitario sobre un territorio unitario y un cuerpo de súbditos exclusivo. En la medida en que la Edad Media carecía de instancias soberanas en tal sentido moderno, se seguía la imposibilidad de imponer exitosamente leyes positivas a la sociedad. Por ello, «en ausencia de poderes soberanos, no podía haber distinción entre la idea de derecho y el derecho positivo» (Brunner, 1992, p. 123). En este punto debe destacarse la concepción jurídica medieval que Brunner singulariza: la identificación entre justicia, derecho y ley, a la vez que la consideración de que éstos son eternos en virtud de su surgimiento de un orden divino, eran la convicción que dominaba la mentalidad de las personas en esa época, y que guiaba la acción política[17]. Esta creencia común se daba sin que hubiera un intérprete unánimemente reconocido para establecer qué era justo o injusto en cada caso, es decir, qué se ajustaba o no a dicho orden superior: no había instancia soberana en sentido moderno. Cada uno, en el caso extremo, tenía que defender su derecho conculcado y restablecer la justicia. Ello da un sentido completamente distinto a la práctica de la Fehde, que a su vez y en tanto institución jurídica reconocida, requería de una justificación válida para ser declarada, a la vez que tenía límites y procedimientos en su aplicación, como Brunner ejemplifica en su texto[18]. Es por ello que, por ejemplo, no resulta adecuada la distinción entre guerra «externa» y guerra «interna» en el Medioevo: los actores de la política «interna» eran los mismos que los de la política «externa». Brunner plantea que las guerras no eran sólo entre unidades territoriales sino también al interior de ellas[19].

Para la concepción medieval, justicia y orden político eran magnitudes inseparables. De ello se deriva que la acción injusta del gobernante podía volverlo ilegítimo y por ende resistido y combatido. Es en este sentido y bajo estos presupuestos (la centralidad de la justicia y la existencia de la «guerra justa»), que el concepto de Fehde, y la propia narrativa medieval en sus fuentes, adquiere su sentido propio. Una concepción trascendente del derecho, que se hallaba por encima tanto del príncipe como de las comunidades, pero que sin embargo los mantenía unidos en un mismo orden, era lo que configuraba una lógica política distintiva, donde la Fehde podía tener lugar legítimo.

Lo que el análisis de la Fehde permite entonces revelar es que las «precondiciones» de la acción política eran radicalmente diferentes de las modernas. Brunner se pregunta, en referencia a la Fehde:

¿no estamos aquí ante un principio fundamental de la acción política medieval? ¿Puede escribirse aún historia política y constitucional medieval sin asignar una importancia decisiva al fenómeno de la Fehde? La Fehde nos servirá como nuestro punto de partida para descubrir los conceptos fundamentales sobre los que una historia constitucional de la Edad Media debe estar basada. Sólo captando estos conceptos podremos comprender las estructuras que informaban la acción política medieval (Brunner, 1992, p. 14).

Con base en lo dicho hasta aquí, resulta comprensible por qué Brunner sostiene que la «autodefensa» del derecho fue lo que «distinguió la política medieval del Estado moderno» (Brunner, 1992, p. 92). Como no había una instancia única que garantizara la realización del derecho, sino que primaba la autodefensa, quienes no podían garantizarse su propia seguridad debían ponerse bajo la protección de un señor, aquél que estaba en condiciones de portar armas y por tanto en capacidad de defenderse y proteger a quienes estuvieran bajo su cuidado. En sí mismo, tal arreglo contrasta con las modernas ideas de derecho puro (que presupone la separación entre “derecho” y “poder”), ley positiva (que carece de un vínculo directo con una idea de justicia) y de ciudadanía en sentido moderno (que presupone una figura política, el Estado, como garante del cumplimiento de ciertos derechos). También permite colegir una relación específica entre protección y derecho, trazable, como se verá en seguida, en el principio de señorío (Herrschaft)[20] sistematizado por Brunner. En el abordaje de tales relaciones de señorío se consumará la hipótesis brunneriana acerca de la especificidad de la constitución material (Verfassung) medieval. Se trata del dominio (Gewere) ejercido por el señor (Herr) sobre sus tierras y sobre las personas que las trabajan. El derecho al dominio y uso de la propiedad estaba unido a la obligación de proteger a todos aquellos que pertenecían a la «casa» (oikos). El señor debía, por ende, usar su fuerza y autoridad para mantener el orden tanto dentro del ámbito doméstico como proteger dicho ámbito y a sus personas de cualquier amenaza externa. La casa era así un «área de paz». Es que, como dirá Brunner, los valores centrales a los que se orientaba el orden medieval eran los de paz y amistad, y no el de hostilidad (Fehde): ésta buscaba en última instancia restablecer una situación de armonía y equilibrio que se consideraba perdida o quebrantada. Como veremos, Brunner identificará en la Herrschaft medieval un principio cognitivo integral, que permite explicar la Europa premoderna elucidando la red conceptual bajo la cual ella se comprendía a sí misma.

1.2.2. El Land y la relación de señorío

Es con estas premisas que el análisis del concepto de Land, central para Brunner, se nos hace más aprehensible y significativo. Cuando, en los capítulos tercero y quinto de su obra, el autor aborda la especificidad del Land («territorio» o «comunidad territorial»), sostiene que ésta era una «organización política de aquellos que cultivaban y dirigían la tierra» (Brunner, 1992, p. 158). El Land se diferenciaba de las ciudades y del «bosque» (este último entendido como tierra abierta, sin demarcación): pertenecía a un mundo abrumadoramente agrario. Era a su vez una «comunidad de derecho», específicamente una comunidad judicial constituida por nobles y señores. Constituía así una magnitud no sólo explicable desde «arriba» (por el dominio de un señor, el Landesherr) sino también desde «abajo», en cuanto había una comunidad de nobles que estatuía un derecho y constituía una «comunidad judicial capaz de acción política» (Brunner, 1992, p. 163). Por ello, «sólo se puede hablar de un Land una vez que su comunidad y un derecho unitario hayan tomado forma» (Brunner, 1992, p. 163).

Se identifica así en el Land un tipo político propio, una forma política distinguible, por ejemplo, del Estado moderno o de la polis antigua. En tanto realidad histórica concreta, la naturaleza del Land no podía ser explicada por un abordaje que compartimentara la realidad social en esferas (aspectos económicos, sociales, religiosos, políticos), sino por la totalidad de esos factores, por un abordaje integral. Brunner buscaba desmontar la idea que colocaba los Länder como unidades bajo el mando soberano de un príncipe territorial, esto es, como antecedentes o prototipos de las formas estatales modernas[21]. En realidad, aunque cada Land estaba dominado por un Landesherr, la relación era más compleja. No había supremacía territorial (Landeshoheit) sino una relación de colaboración y complementariedad entre el príncipe y los señores —quienes conformaban la comunidad del Land (Landsvolk)—, todo ello embebido por la relación de señorío, por la Herrschaft, que no era exclusiva del príncipe sino que se expresaba en todos los ámbitos: su naturaleza era la misma, lo que cambiaba en cada caso era su objeto, estableciendo una red de jerarquías, cada una de las cuales se ordenaba bajo el mismo principio[22].

La estructura política del Land era compleja por la superposición o coexistencia de jurisdicciones. Es que el príncipe, aunque era «señor» del Land, en realidad sólo ejercía un poder directo sobre las zonas que estaban bajo su «fisco», es decir, bajo su protección específica. Las demás zonas estaban bajo control de otros señores, aquellos que conformaban propiamente la comunidad del Land, el Landsvolk. En otras palabras, debe remarcarse que cada una de estas instancias, el Landesherr y el Landsvolk, ejercían su dominación sobre grupos de personas propios y tenían por ende recursos específicos: a) el Landsvolk primariamente estaba constituido por los señores y por la nobleza caballeresca; luego esto fue mutando hacia la configuración de estamentos más nítidos y con nuevos sectores sociales pasando a forma parte de esta instancia; b) aquellos bajo la protección directa del señor del Land (que constituían su fisco) eran quienes carecían de la capacidad de defenderse. Así, «[e]l príncipe medieval estaba obligado por un Derecho (Recht) que no procedía de sí mismo. (…) Solamente en la esfera más estrecha de su poder protector, con su “tutela” (Pflege), pudo él comenzar a hacer esfuerzos hacia una extensión de la actividad administrativa y una expansión de sus derechos principescos» (Brunner, 1992, p. 324). Por ello, y en suma, Brunner entenderá que «[l]a distinción crucial era aquella entre los estamentos (Landschaft) y el príncipe (Landesherr). La línea entre ellos en un momento dado determinaba quién era un miembro de los estamentos y quién pertenecía al fisco [del príncipe]. Este es el principio singular a través del cual toda la compleja variedad del Land puede ser comprendida (Brunner, 1992, p. 341).

El Land constituía así un orden legal medieval, vinculado a las premisas intelectuales de la época, consistentes en una idea trascendente del derecho asentada sobre un orden religioso y moral, y sobre un principio tradicional: la bondad de las leyes antiguas y las costumbres. No podía haber soberanía en este contexto porque el Derecho trascendía tanto al príncipe como al pueblo. Y es esta realidad la que permite establecer la conexión entre Land y Herrschaft: como no había una instancia única que garantizara el derecho (como el Estado moderno), sino que primaba la autodefensa, quienes no podían garantizarse su propia seguridad debían ponerse bajo la protección de un señor. Ello explica el estatuto y especial relevancia de la nobleza, que portaba armas y que, por ende, podía formar parte de la comunidad del Land; y la relación específica entre protección y derecho. Todo ello culmina entonces en la necesidad de dar cuenta de tal principio de protección, que a ojos de Brunner atravesaba todas las relaciones sociales, desde la «casa» hasta el Land, bajo una misma lógica: el principio de señorío, la Herrschaft en el sentido concreto que adquiere en la Edad Media.

Desde este punto de vista, el «señorío territorial» (Grundherrschaft) era primariamente dominio sobre la tierra; pero el concepto de dominio (Gewere, dominium) aquí implicado era amplio e integral. Lo central para Brunner es aquí la conexión entre dominio y derecho a portar armas: un señor debía estar en condiciones de defender su dominio con las armas frente a un ataque[23]. Pues el uso legítimo de la fuerza era lo que exigían y lo que estaba implicado en sus atribuciones de protección y salvaguardia para con su tierra.

Vemos aquí una estructura constitucional que reconocía el uso de la fuerza por parte de los miembros de la comunidad legal, los unos contra los otros, sin Estado en sentido moderno que pudiera reclamar el monopolio de la fuerza legítima (…). En esta clase de mundo, sin embargo, ser miembro de la comunidad legal, de la comunidad del Land, del pueblo del Land, significaba tener derecho completo a portar armas, por consiguiente ser de origen caballeresco, un señor. Tal hombre no era desde ya una persona privada en el sentido legal moderno. No era solamente un propietario de la tierra cuyos derechos estaban protegidos por el Estado, como hoy, sino un señor de la tierra capaz de usar la fuerza y de ejercer protección (Brunner, 1992, p. 210).

El señor gobernaba y decidía primariamente en la «casa»: esta se constituía en el núcleo básico de la relación de Herrschaft. La responsabilidad de protección que se asumía tenía una consecuencia directa: la «casa» en este sentido era «inmune»: era inaccesible judicialmente para instancias exteriores y magistrados.

Sin embargo, lo que articulaba la relación de Herrschaft no era, en el decir de Brunner, la pura coerción. Tampoco se trataba de un «contrato» en sentido moderno, sino de un vínculo de fidelidad o lealtad (Treue) que incluía al hombre en sentido íntegro y completo: no abarcaba un ámbito específico de obligación, sino que presuponía un compromiso en principio no acotado a esferas específicas. En consecuencia, el señor ejercía dominio y brindaba protección, mientras que quienes se encontraban a él sometidos brindaban consejo y auxilio. Esta mutualidad recibía el nombre de Treue, una relación de responsabilidad recíproca en la cual cada parte podía demandar a la otra un compromiso integral a su bienestar y seguridad. Estas relaciones de compromisos recíprocos definen el tipo de obligación política que informaba la Vieja Europa, cristalizada en el principio de Herrschaft, cuyo centro era la casa en su manifestación primaria y más profunda. Luego, aunque se aplicara a distintos objetos (no es lo mismo el gobierno de un señor sobre campesinos que el de un monarca sobre príncipes y funcionarios), expresaba siempre la misma lógica y principio: la obligación de proveer protección y salvaguardia (Schutz und Schirm) y el correspondiente deber de ofrecer «consejo» y «auxilio» (Rat und Hilfe)[24].

Por supuesto que estas relaciones no eran armónicas sino que se hallaban atravesadas por el conflicto, por la tensión y la negociación. Brunner reconoce que los principios que él reconstruye no se llevaban de manera plena a la práctica y que, aún más, eran recurrentemente contrariados. En relación con esto, Van Horn Melton sugiere que la dialéctica entre señor y campesinos «no eliminó el conflicto, pero proveyó el marco dentro del cual las disputas fueron llevadas a cabo» (Van Horn Melton, 2013, p. 277). De hecho, podría añadirse, estas relaciones coronadas por una idea trascendente de justicia, lejos de atenuar el conflicto, establecían un marco de referencia donde la resistencia podía aparecer de manera legítima.

Por ello, Brunner plantea que «[e]l señorío no era una unidad ni fundamentalmente económica ni fundamentalmente política, sino una combinación inseparable de ambas» (Brunner, 1992, p. 283). Por lo mismo, indica que, como la fluidez de estas relaciones variaba en cada caso, «[t]ampoco puede hablarse de la relación entre señor y campesino en la Edad Media tardía. Los conceptos modernos no son de ayuda. No era un asunto de “Gemeinschaft” o Gesellschaft”, tal como elaboraron los sociólogos alemanes a comienzos de este siglo, sino más bien de Herrschaft, señorío, el cual tenía sus propias reglas estructurales» (Brunner, 1992, p. 285)[25].

1.2.3. La Herrschaft como principio de inteligibilidad del orden político medieval

Como vimos, Brunner sostiene que un abordaje «integral» responde de manera más adecuada a la propia estructura del pensamiento medieval. Expliquemos en qué sentido entiende dicha «integralidad» el historiador austríaco. Para ello, es importante explicar cuál es su crítica al proceso de «especialización» que es propio del desarrollo de la ciencia moderna, incluyendo a las ciencias sociales y a la historia. Su trabajo intitulado «Das “ganze Haus” und die alteuropäische Ökonomik»[26] resulta clarificador aquí. Es que para Brunner la ruptura que trajo aparejada la Modernidad no sólo fue política sino también gnoseológica: el principio organizativo global que guio a la sociedad europea durante dos milenios, desde el mundo griego hasta la Ilustración, resulta incomprensible cuando se lo quiere abordar desde las modernas «ciencias especiales», puntualmente desde las historias especiales —historia económica, historia constitucional, historia del arte, etcétera— en la medida en que tal lógica de especialización es en sí misma un proceso moderno que diverge de la perspectiva global propia del paradigma premoderno. Para Brunner, no había una delimitación tal de ámbitos separados y autónomos, sino un modo de concebir al ser humano en su totalidad, en cuyos aspectos diferentes se hacía visible como elemento común la mencionada relación de Herrschaft, orientada por una idea de justicia o de virtud.

En el mencionado trabajo, Brunner muestra este principio global a través de la recuperación del sentido de la Oeconomica como ciencia del oikos, de la «casa», en oposición a la ciencia económica en sentido moderno. La Oeconomica «abarca la totalidad de las relaciones y actividades humanas en la casa, la relación de hombre y mujer, de padres e hijos, de señor de la casa y servidumbre (esclavos) y el cumplimiento de las tareas puestas en la economía doméstica y agraria» (Brunner, 1976b, p. 90). El comercio, la chrematistica, es admitido pero ocupa un lugar completamente secundario, a la vez que es reprobado cuando deviene un fin en sí mismo. El autor sostiene que

la Oeconomica es justamente una doctrina de la «casa grande» y no sólo de la actividad «económica» en sentido moderno. Ella no puede ser considerada aisladamente. Pues ella es sólo una esfera parcial en el sistema total de la «filosofía» en el sentido antiguo, medieval y de la Modernidad temprana. (…) La Ética [en sentido amplio] abarca todo el campo de las ciencias del hombre y de la comunidad y se divide en los tres campos de la Ética en sentido riguroso como teoría del hombre singular (en la Escolástica se la llamaba por eso monástica), en la Oeconomica como doctrina de la casa y finalmente en la Política como teoría de la polis. Ninguna de estas tres ciencias griegas tiene una correspondencia en una ciencia moderna especial (Brunner, 1976: 98).

Brunner indica que «debemos preguntar por el principio organizador que reúne las diversas doctrinas en una unidad interna. También en la Ética y en la Política [además de en la Oeconomica] aparece el principio de dominio [Herrschaft]». Tal principio se expresa como «dominio de la razón sobre los instintos en el individuo, dominio del gobernante en la polis», y dominio del señor de la casa en el oikos (Brunner, 1976: 98). Como vemos, Brunner es algo más amplio aquí: ahora la Herrschaft no sólo es una dimensión transversal del orden político medieval, sino también un principio de inteligibilidad de la tradición clásica y medieval, dado que establece la existencia de gobernantes y gobernados como elemento constitutivo de la convivencia humana en sus tres dimensiones, la Política, la Oeconomica y la Ética: los magistrados o señores en la comunidad política, el pater familias en la casa, y la razón sobre los instintos en el alma.

Tal principio, a ojos de Brunner,

se derrumba a partir del siglo XVIII. Esto encuentra su expresión en el nacimiento de nuevas ciencias y en el cambio completo de nuestro lenguaje científico conceptual. (…) Se trata aquí nada menos que del derrumbamiento de la imagen del hombre y del mundo, creada por los griegos, que había dominado hasta ese tiempo, del derrumbamiento del pensamiento cosmológico, tanto en el ámbito del macrocosmos como en el del microcosmo (…). [Pues] a la polis y a la Iglesia les es común el pensamiento cosmológico, el monoteísmo metafísico, la doctrina de las virtudes y el pensar sobre el hombre y la comunidad en el sistema de la «filosofía práctica» dividida en Ética, Oeconomica y Política (Brunner, 1976: 108).

Es por ello que la ciencia económica moderna no puede estudiar más que unilateralmente el mundo premoderno, en la medida en que no puede dar con su principio organizativo global. Para Brunner, la «“Historia económica” supone el concepto moderno de economía, la sociedad de intercambio separada del Estado y contrapuesta a él, y con ello los conceptos de las modernas ciencias de la economía. (…) De hecho, pura historia económica puede escribirse solamente sobre la moderna sociedad económica en el mundo industrial» (Brunner, 1976: 113-4).

Con estos elementos, podemos volver a ponderar y vincular nuestros dos ejes de indagación: la crítica a la terminología decimonónica y la alteridad de las formas políticas moderna y medieval. Como vimos, el ahínco de Brunner por dar cuenta de la limitación que la teoría del Estado y la historia constitucional tienen a la hora de explicar la realidad medieval se centra en demostrar que ellas presuponen la moderna división en esferas y particularmente la distinción entre Estado y sociedad, entre un ámbito público y político y otro privado y económico. En este sentido, Brunner sostiene que

la dicotomía de Estado y sociedad ha sido central para la ciencia política alemana desde que Hegel formuló de manera definitiva el concepto de «sociedad» como una esfera intermedia de asociación entre la familia y el Estado. Todo esto es importante para el historiador porque a pesar de que las ciencias sociales ahora reconocen que esta noción de sociedad fue el producto de una época particular, ella domina tanto nuestra terminología que los historiadores no pueden concebir otro modo de describir las estructuras de la asociación humana que en términos de «Estado» y «sociedad». Aunque consideran esta terminología simplemente como conveniente, en realidad ella determina sus concepciones sobre períodos previos (Brunner, 1992, p. 133).

El problema metodológico que se revela aquí, entonces, es el de presuponer para otros contextos políticos u otras épocas históricas una articulación político-conceptual semejante a la de nuestro presente situado. Esto ocurre cuando transferimos nuestras propias categorías a realidades políticas que no se corresponden con ellas. Ahora, hay que decir que esta previsión brunneriana presupone a la vez una dimensión histórico-política y otra gnoseológica. Porque la forma política que distingue y opone Estado y sociedad fue un acontecimiento político pero a la vez fue reconducida a principio de intelección teórica: su red conceptual es la que determina el presente de Brunner. El ejemplo presentado por Brunner sobre el anacronismo del concepto de Estado y sus conceptos aledaños inherentes —soberanía, sociedad, derecho público y privado, etcétera— permite reflejar este problema metodológico[27].

Pero a la vez, el propio señalamiento brunneriano respecto de la «integralidad» de la realidad política medieval, que no admite la moderna separación en esferas, implica una refracción crítica al proceso de especialización científica moderna: cuando organizamos la realidad en campos de investigación autónomos, que abordan el aspecto social, económico o religioso de un fenómeno, tenemos que preguntarnos si ello está en consonancia con la autocomprensión que una época tenía sobre sí misma, dado que ello permite ganar claridad sobre cómo varían los horizontes conceptuales y, también por ello, los marcos de la acción política. En este sentido, y en referencia a Brunner, Alonso Troncoso sostiene:

El problema surge, así pues, cuando presuponemos en nuestro análisis de las formaciones político-sociales anteriores al s. XVIII una articulación semejante a la del mundo contemporáneo, cuando transferimos a las mismas las categorías clasificatorias de las ciencias sociales y cuando prejuzgamos su desarrollo atendiendo a los valores consagrados por el Estado de derecho liberal-burgués. Ese sistema clasificatorio conduce al establecimiento de campos de investigación estancos y al surgimiento de disciplinas independientes las unas de las otras, como la historia económica y/o social, la historia política y la historia del derecho, con sus respectivos objetos de estudio, que se suponen inteligibles a partir de sus propias leyes y funcionamiento. (…) ¿[E]stá en consonancia esa inmanencia de lo político (el primado de la ambición de poder), de lo social (el primado de la libertad del individuo), de lo económico (el primado del mercado) y de lo jurídico (el primado de la norma legal) con la estructura interna de la comunidad antigua y medieval según ésta se desprende del lenguaje y la estimativa de las fuentes? (Víctor Antonio Alonso Troncoso, 1993, p. 22).

La disección de la realidad en esferas es entonces una constatación de la que parte Brunner en su abordaje. En el comienzo de su Land und Herrschaft el autor indicaba que «por un lado, tenemos un rango amplio de monografías sobre temas como el Estado, la constitución, la economía, la ley, el arte y la religión, así como manuales comprehensivos que resumen nuestro conocimiento sobre tal o cual esfera. Por otro lado, los historiadores políticos han sido incapaces de integrar todo este nuevo conocimiento» (Brunner, 1992, p. 1).

En consecuencia, la exigencia de un abordaje histórico «integral» aparece de manera más prístina. ¿Cuál es la pregunta que permite vehiculizar un abordaje de ese tipo? La pregunta decisiva a ojos de Brunner radica en intentar comprender qué es lo político para una época determinada; en otras palabras, comprender «cuáles eran las precondiciones estructurales bajo las que la acción política era posible» (Brunner, 1992, p. 2). Pareciera entonces que es la batuta de lo político la que debe orquestar a las ciencias especiales dentro de totalidades integrales: «[l]o que se requiere aquí no es una indagación sobre las “precondiciones” intelectuales, económicas, sociales o legales, sino una explicación de la estructura de complejos políticos en tanto totalidades» (Brunner, 1992, p. 3). Ahora, si lo político no es para Brunner un campo compartimentado más, una dimensión parcial y específica en que se divide el conocimiento moderno; es decir, si no es una «historia especial», entonces, ¿qué es y qué expresa? ¿Y cómo se relaciona con la historia tal como la concibe Brunner? Abordaremos esta cuestión en el siguiente apartado.

1.3. La pregunta por lo político tras la historia conceptual brunneriana

En sus múltiples denominaciones, la práctica historiográfica que propone Brunner se enfrenta al mismo desafío de la «especialización» que critica. En otras palabras, hablar de una historia ya sea «social», «política», «constitucional», «estructural» o «conceptual», ¿no implica en cualquier caso una compartimentalización del conocimiento? ¿No cae el autor en una disección de la realidad inherente a la propia práctica científica que él cuestiona? El autor parece haber distinguido este problema cuando en «Das Problem einer europäischen Sozialgeschichte» [1954] sostiene:

Un ensayo referente a la historia social europea presupone que se indique brevemente en qué sentido han de usarse aquí los términos «historia social» (Sozialgeschichte) y «europeo», ambos de múltiples acepciones. Entiendo por historia social no una disciplina determinada que pueda ser tema de una «cátedra» especializada, sino un aspecto, un modo de ver que enfoque a los hombres y grupos humanos en su convivencia, en su vida en sociedad. Pero deberemos tener presente que existe, al lado de este concepto general de sociedad, de cuya historia hablaremos aquí, un concepto más estricto de sociedad, de lo «social», el que vale particularmente para los últimos dos siglos. Partiendo de él, se desarrollaron originariamente el concepto de sociedad, la ciencia de la sociología y también la historia social. En consecuencia tendremos que tener en cuenta constantemente estos dos significados y sus relaciones históricas (Brunner, 1965, p. 1).

Claro que el hecho de que Brunner hable de historia «social» puede oscurecer la referencia a lo político que indicábamos recién. Pero enseguida el autor busca poner en relación ambos términos, mediante su identificación mutua:

Considero la historia social y la historia política (politischen Geschichte) como dos distintos modos de ver: en uno está en primer plano la construcción interna —la estructura— de las asociaciones humanas y en el otro su acción política, es decir su autoconservación. Pero en ambos casos el hombre sigue siendo el verdadero objeto, en ambos se trata de «política» [«Politik»], si es lícito usar una vez el término no sólo con el significado actual de lucha por el poder sino dándole un sentido más amplio, digamos «aristotélico». Ninguna de las dos concepciones puede prescindir de la otra. Ni se puede comprender la acción de las asociaciones sin conocer su estructura interna, ni las estructuras relativamente perdurables pueden ser comprendidas independientemente del acontecer político (Brunner, 1965, p. 3).

Queremos llamar la atención justamente sobre el sentido «más amplio» de «política» que para el autor embebe la aproximación histórica cualesquiera sean sus adjetivos («social» o «política» en este caso). Si el «hombre» en sus formas de convivencia humana y en su acción y autoconservación es el objeto de la aproximación histórica propuesta por Brunner, entonces debemos indagar en esta concepción de lo político[28].

Las alocuciones del autor que van desde la década de 1950 hasta fines de la década de 1960 refieren en diferentes momentos a este problema. Su discurso inaugural como rector de la Universidad de Hamburgo en 1959, titulado «Das Fach Geschichte und die historischen Wissenschaften», aborda esta cuestión en términos de la diferenciación entre las subdisciplinas históricas o «historias especiales» y la historia «en general»[29]: esta última es la que se centra en

los hombres y las asociaciones humanas, las familias, los pueblos, las ciudades, las clases, los Estados, las poblaciones, las razas, etcétera. Hombres y asociaciones humanas luchan por su existencia, se afirman a sí mismos; en este sentido, actúan «políticamente». Son configuraciones sociales en las que existen relaciones de dominación, relaciones de poder ordenadas jurídicamente. Pero esta lucha por el dominio y el poder sucede en estructuras de orden previamente dadas; es, pues, política también en el viejo, amplio sentido; política en la que se trata de la polis, la Res publica, la comunidad en su totalidad. Así, lo político tiene aquí su significación central (…). Pero el actuar político no puede entenderse sin el conocimiento de la estructura interna, de las estructuras sociales y de las actitudes espirituales (Brunner, 1976c, p. 22).

Algo similar plantea en su alocución de 1967, «Der Historiker und die Geschichte von Verfassung und Recht», al sostener:

Se plantea así la cuestión de cuál es el objeto del «historiador» en un sentido estricto, propio de la palabra. Al margen de que su interés se desborde hacia el campo de las diversas especialidades históricas, posee con todo, un objeto realmente propio. Se trata fundamentalmente de «lo político» (das Politische), entendido en un sentido muy amplio, de la autoafirmación (Selbstbehauptung) de los hombres y sus formas asociativas, y del orden interno de las mismas. Se trata del poder (Macht)[30], dicho en otras palabras. No tiene que ver con un ámbito acotado de conocimientos, como en el resto de las ciencias históricas, sino con una perspectiva trascendente que, como toda perspectiva, tiene también sus limitaciones. Y hay que ser consciente de esas limitaciones, si no se quiere correr el riesgo de caer en pretensiones, digamos, «totalitarias». (Brunner, 1987, p. 10).

Brunner indica entonces —en referencia al tema de su conferencia— que no se puede concebir «una historia constitucional y del derecho (Verfassungs— und Rechtsgeschichte) ajena a la historia política (politische Geschichte) entendida en este sentido» (Brunner, 1987, p. 11). De este modo, mediante múltiples denominaciones, el autor pareciera establecer una identidad entre la aproximación histórica «en sentido estricto» y la pregunta por «lo político». Toda historia en sentido auténtico es una historia «política» no en una acepción institucional, ni siquiera en términos de los grandes acontecimientos y personalidades de la historia, sino en un sentido más cercano a la «forma» política, a los órdenes concretos en que los seres humanos organizaron y organizan el problema decisivo de la convivencia en común:

[s]i tomamos como ámbito propio de lo político la autoafirmación de los hombres y sus formas asociativas, resulta apenas preciso advertir, que los aspectos a tratar no son las acciones puramente diplomáticas, los conflictos internos o las luchas por el poder, el acontecimiento histórico en sus formas más externas; no se trata en suma de los discutidos faits o evenements, tan caros a la historiografía francesa. La afirmación del poder (Machtbehauptung) y sus consiguientes relaciones nos introducen en una historia plena de estructuras diversificadas, sin cuyo exacto conocimiento no resulta factible escribir historia política (Brunner, 1987, p. 13).

Lo cierto es que, en esta concepción «ampliada» de lo político, vuelve a ponerse en movimiento la crítica a la ruptura político-conceptual que trajo aparejada la Modernidad. Quizá la historia conceptual brunneriana pueda pensarse, en la construcción de su objeto, eminentemente como una crítica del concepto moderno de lo político. Podría indicarse, al menos, que Brunner deja entrever esta posibilidad al enfatizar el cambio de significado que acaece al vocablo «política» en el pasaje a la Modernidad y contraponerlo con un concepto de «política» asentado en el paradigma clásico y medieval, que por lo demás es más amplio e «integral»:

La era de las ideologías comienza con la decadencia de la Vieja Europa, con la emergencia del mundo moderno. Pero no es esta conmoción, la ruptura revolucionaria, la que tuvo aquí operancia, sino ante todo un concepto de política, preparado desde hace tiempo —política no ya en el sentido de un actuar que abarca todas las cuestiones públicas, sino política como técnica de la adquisición y de la afirmación del poder, como un actuar por razón de Estado; política, tal como fue desarrollada en este sentido por primera vez por Maquiavelo. (…) No se puede evitar el aludir aquí brevemente al antiguo concepto de política, que fue formado por los griegos y que influyó hasta el siglo XVIII. La política, aquí por primera vez como ciencia, vista como una parte de la filosofía, constituye una amplia teoría de la polis junto a la Oeconomica como una teoría de la casa, y de la Ética como una teoría del individuo. Análogamente, la filosofía teórica está construida por la Physis; a todas las gradas de este pensamiento, de este pensamiento del cosmos, las determina un principio unitario de dominio, del nus en el cosmos, de la psyche en el organismo, de la razón por encima de los instintos, del señor de la casa en la casa, el hombre de Estado en la polis. Y este pensamiento está orientado según el agathon, el summum bonum, según lo que Dilthey ha llamado «el monoteísmo metafísico de la Antigüedad». Tiene su categoría central en el pensamiento sobre el hombre y la sociedad en los conceptos de areté, virtus, virtud (Brunner, 1976d, p. 71)[31].

Llegados a este punto, creemos posible remarcar la mirada sobre lo político que subyace a la aproximación de Brunner. El movimiento del autor es, claro está a esta altura, comprensible en su gesto: el intento de desligar lo político de lo estatal, esto es, de la política entendida como razón de Estado, de su asociación a la red conceptual de la soberanía moderna, lo lleva a rastrear una concepción «más amplia» e «integral» de lo político, la cual es vislumbrada en el pensamiento clásico y medieval. Se trata, a grandes rasgos y con las modificaciones con que se lo ha recibido, de la visión «aristotélica» de lo político. Por supuesto que Brunner englobará dentro de esta visión «premoderna» una multiplicidad de tradiciones: la filosofía griega, el cristianismo, las raíces germanas, para construir una explicación donde la Herrschaft expresa en todos los ámbitos de la vida humana un principio de jerarquía centrado por la virtud. Este desplazamiento de Brunner también debe ser explicado en términos de los giros que sus investigaciones tuvieron al calor de los acontecimientos históricos: es claro que la pregunta sobre los Länder austríacos de Land und Herrschaft ha sido a todas luces excedida con un abordaje que desde la década de 1950 se orientó a ver las raíces de Occidente en un largo camino que va de Carlomagno a Napoleón. Llama la atención sin embargo la continuidad, o al menos el intento de acomodar, al concepto de Herrschaft como un principio cognitivo que ahora tiene un alcance más amplio que la estricta relación señorial de su magnum opus.

La continuidad se halla, creemos, en un doble movimiento: una crítica al concepto moderno de lo político coextensiva a la apropiación de un concepto previo, «amplio e integral», con el que se debe baremar la aproximación histórica. La cuestión es honda porque se trata de una visión no contingente de lo político pero que busca abordar la historicidad de sus manifestaciones. Es que incluso la política moderna es una forma, aunque restrictiva, de esta politicidad «amplia», una forma política a fin de cuentas distinguible y específica. Tras la pregunta por los órdenes políticos concretos, tras la indagación de su estructura interna, se halla entonces una premisa antropológico-política, no histórica.

Brunner en todo caso podría intentar «salvar las papas» explicando que la máxima fundamental que estamos olvidando es que se debe ser lo más fiel posible al lenguaje de las fuentes. Para un historiador medieval o clásico, en consecuencia, el lenguaje de las fuentes implicaría remitirse sin más a esta concepción premoderna de lo político y a su integralidad, inaccesible desde la moderna lógica de la especialización en esferas, pero no «comprarla». Sin embargo, ello tampoco es finalmente una respuesta satisfactoria, a no ser que uno entienda la historia como una tarea de «anticuario», es decir, de mera reproducción de las fuentes: algo que Brunner rechaza explícitamente.

Es que la relación entre historia y «presente» permite completar esta problemática imagen que vincula lo histórico y lo político en el abordaje histórico-conceptual de Brunner. Esto es así porque

el historiador que pregunta por los presupuestos científico-lógicos de su trabajo, sabe que toda visión o perspectiva histórica está determinada por el presente, que toda auténtica historia es, en última instancia, como ha dicho Benedetto Croce, «historia del presente». Lo es también aun cuando es solamente colección anticuaria y revisión crítica del material, y cuando considera este trabajo previo indispensable como el sentido y la finalidad de la ciencia histórica, justamente como huida ante el presente y ante la historia determinada desde él (Brunner, 1976e, p. 34).

¿Cuál es, entonces, la finalidad de la ciencia histórica que concibe Brunner? Mientras las historias especiales tienen por ámbito propio las «obras» del ser humano, organizando su indagación con eje en ellas (por ejemplo, en la historia del «arte» es éste el objeto que define los alcances de la aproximación histórica, haciendo de ésta sólo un medio; lo mismo ocurre en la historia económica o constitucional), la «historia» como materia (Fach) «trata de los presupuestos históricos de nuestra propia existencia, de una “ubicación” de nuestra situación respectiva» (Brunner, 1976c, p. 27).

Esto lleva, a nivel metodológico, a una antinomia. Se trata de la constatación de que si bien «sólo la relación con el presente crea una historia que despierta vivo interés» al mismo tiempo tal relación «conduce no pocas veces a la traslación de categorías desde el presente al pasado, sin ser propias de éste» (Brunner, 1987, p. 15). Así, si bien toda historia se conecta con el presente, se debe evitar la traslación de categorías de nuestro presente al pasado, es decir, el anacronismo. El reconocimiento de la conexión historia-presente, así como la indicación de que, en esa misma conexión, se esconde un peligro, el del anacronismo, muestra la profundidad metodológica de la aproximación brunneriana, a la vez que nos permite ver el trasfondo teórico que constituye esa antinomia[32].

Si la historia concebida por Brunner busca elucidar los «presupuestos» históricos de nuestra propia existencia, por ende «nuestra situación respectiva» en el presente; y si, como vimos, entendemos que esa existencia es eminentemente la resolución perpetua de la cuestión de la convivencia humana, el problema antropológico de la vida en común, así como la organización de su respuesta en diferentes formas políticas; entonces, sostenemos, la historia conceptual brunneriana constituye una aproximación de cuño propio, poseedora de un concepto de lo político a cuyo través es posible indagar la historicidad de toda forma política. Tal indagación remite a un presente situado y busca mirarlo en perspectiva histórica, dando cuenta de su condicionalidad.

Conclusiones

A la hora de mostrar los lazos que ligaban a Brunner a la tradición historiográfica de la Volksgeschichte, James Van Horn Melton indicaba que

[l]a desconfianza a una autoridad central reflejada en su crítica a la historiografía estatalista, su antagonismo frente a un liberalismo corrosivo que disuelve la «totalidad» del pasado en categorías discretas de análisis, su evocación de un orden social en el cual los vínculos mutuos de dependencia y lealtad mantuvieron su primacía sobre las relaciones de mercado, su celebración de la vida rural —todo ello da cuenta de la afinidad de Brunner con las tendencias radical-conservadoras tan características de la historia del pueblo (Volksgeschichte) (Van Horn Melton, 2013: 285).

En efecto, estos elementos pueden encontrarse en la obra de Brunner y exhiben el contexto intelectual y académico en el que tanto sus preguntas como sus enfoques surgieron. Al mismo tiempo, como mostramos en el primer apartado, estos orígenes dan cuenta de las líneas de continuidad y de ruptura que informaron a la naciente historia conceptual respecto de sus antecedentes historiográficos más cercanos. Vimos, también, que Otto Brunner no estabilizó las denominaciones bajo las cuales acogió su perspectiva historiográfica. Su versatilidad ostensible no debe sin embargo hacernos perder de vista los puntos paradigmáticos que dan cuerpo a su mirada, aun con sus variaciones.

Por un lado, el propio Brunner dio cuenta del pasaje de su preocupación centrada primariamente en los territorios germanos y la especificidad del Land medieval hacia una pregunta más amplia, centrada en dilucidar la especificidad del desarrollo occidental, la especificidad europea, pero buscando tender un hilo de continuidad con sus estudios previos:

También entre nosotros se ha hablado de historia del pueblo, historia de la estructura del pueblo, con lo cual se apuntaba a lo mismo que entendemos aquí por historia social: la historia de la estructura interna de grupos humanos y ante todo de «pueblos» [«Völkern»]. Sin embargo, los conceptos de «pueblo» y «nación» no menos que los de «sociedad» y de lo «social» traen consigo todo el peso de la evolución moderna de sus respectivos significados, que deben ser aclarados antes de aplicarlos a siglos más remotos. Además, al hablar de Europa nos encontramos con una pluralidad de pueblos, de naciones y de Estados de modo que no se puede hablar aquí de estructura de un pueblo. (…) [E]llo no significa que queremos pasar por alto a los pueblos y Estados. Estos deben ser incluidos, más bien, en una historia social europea como uno de los elementos más esenciales de su estructura (Brunner, 1965, p. 2).

Aun en Land und Herrschaft, Brunner decía no buscar negar la estrecha «relación genética» entre la Edad Media y la Modernidad, sino «elucidar el carácter específico de la política medieval» (Brunner, 1992, p. 97). Al final de su obra el autor esbozaba algunos lineamientos que permitían explicar el pasaje de la situación política del Land medieval hacia la posterior y moderna dualidad de Estado y sociedad. Tal pasaje sería completado en sus obras posteriores a 1945, donde se da un giro de gesto weberiano que busca dar cuenta de la especificidad del desarrollo histórico occidental, pero con previsiones metodológicas más exigentes, vinculadas a consideraciones sobre la historicidad de los conceptos[33]. Así, Brunner va a preguntar por las condiciones que hicieron posible la ruptura moderna. Eso no implica, en el decir del autor, buscar en la realidad antigua y medieval «las semillas de lo posterior, que sólo necesitaban “desarrollarse”». Pues «combinándose, ellas se transforman en gran medida». Se trata, en realidad, de buscar las «condiciones», los «presupuestos», de una «situación histórica única» (Brunner, 1976e, p. 55).

La lectura brunneriana sobre la Modernidad terminará siendo entonces más compleja y acrisolada. El autor esbozará el pasaje que lleva de los estamentos medievales organizados bajo la lógica señorial a los acontecimientos revolucionarios del siglo XVIII, a través de una serie de progresivas modificaciones: del equilibrio y complementariedad entre príncipes territoriales y Länder, a la configuración de un dualismo entre monarca y estamentos donde el Estado absoluto irá afianzándose de manera paulatina. El ciclo culmina con la transformación sociopolítica y conceptual plasmada en las revoluciones del siglo XVIII, que lleva a término el referido dualismo, primero en la Ilustración y luego en la Revolución, y que terminará por articular de manera nítida la distinción de Estado y sociedad. Tal cuadro de conjunto constituye la mirada brunneriana más madurada acerca de la progresiva alteración que conecta a la vez que distingue la Modernidad de la Edad Media.

El caso de Brunner es paradigmático porque su reconstrucción del principio político medieval —el señorío, la Herrschaft— permite vislumbrar de forma clarividente su disolución moderna y, con ella, la desaparición de toda una red de relaciones políticas. Pues Brunner da cuenta de que, por caso, la Revolución Francesa viene a consumar una situación que era problemática hace ya mucho: que los «privilegios» de la nobleza ya no se correspondían con ninguna función política de protección, como habían tenido en la Edad Media (argumento central de su Land und Herrschaft), sino que esa función había sido absorbida por el Estado. Idéntico décalage presentaba el clero entre su situación estamental y la situación de la cristiandad (y del catolicismo en particular) desde la Modernidad[34]. El avance de los cuerpos de funcionarios de los príncipes

socavó desde dentro la vieja estructura social corporativa basada en las inmunidades. El ejemplo clásico para esto es la historia del tiers état en Francia. Éste —originariamente, como en otras partes, el grupo social de los municipios reales— se transforma a causa de la restricción de la autonomía urbana y el debilitamiento de los señoríos, lo que coloca directamente bajo la jurisdicción real un número cada vez mayor de campesinos. De esta manera la masa de burgueses y campesinos constituye el tercer estamento (…) (Brunner, 1965, p. 21).

La evolución del tiers état durante el Absolutismo fue la preparación, aun bajo una lógica estamental, de la posterior oposición entre Estado y sociedad. En esto, Brunner da completamente la razón al diagnóstico efectuado por Sièyes en Qu’est-ce que le Tiers-État?: la condición de «privilegio» de la nobleza y el clero ya no se correspondía con ninguna situación política. Pero esto se debe a que

los fundamentos para esta noción de la Nación como la totalidad de los que son iguales ante la ley, ya los había creado el Estado absolutista, es decir, el Estado del absolutismo ilustrado. Subyace ya a sus grandes codificaciones legales que están llenas del espíritu del moderno derecho natural y de su doctrina de los derechos irrenunciables del hombre (Brunner, 1976a, p. 131).

El Estado absolutista, en otras palabras, ayudó a construir el concepto unitario de ciudadano que la revolución reivindicaría y consumaría de manera plena.

Entonces, a la vez que hay un reconocimiento del cambio fundamental acaecido en la forma política, exhibiendo cómo las relaciones señoriales se van vaciando de contenido y «atrofiando», hay en ese mismo análisis un posicionamiento ante la historia. En esto, los tres directores de los Geschichtliche Grundbegriffe parecen coincidir en un gesto teórico común: la idea, condensada por Werner Conze, de que la revolución europea difundió en todo el mundo su estructura «industrial-democrática», que produjo un «cambio radical de todas las relaciones vitales» (Brunner, 1976c, pp. 13-14). Era esta la mirada que constituía la «condicionalidad histórica» común de su abordaje, el «presente respectivo» desde el cual partían sus preocupaciones teóricas.

Esto visibiliza la profundidad de una postura quizá común al pensamiento alemán de la época, pero que visiblemente envuelve a estos fundadores de la historia conceptual: la identificación de las revoluciones modernas como un problema —y, no casualmente, la inglesa y la francesa, la industrial y la democrática en términos de Conze—, afirmación que edifica estas miradas historiográficas sobre un cimiento conservador, crítico de la Modernidad y de su forma política típica (que vehiculiza el dualismo entre Estado y sociedad, Estado y mercado, lo público y lo privado).

Debemos remarcar que nuestra insistencia en la concepción de lo político de Brunner, además de buscar ganar claridad, y además de intentar mostrar una posibilidad metodológica, debe ahora señalar también lo que ese concepto de lo político oscurece. Es que la potencia teórica de la pregunta por las formas políticas asume en Brunner una limitación peculiar, consistente en su conservadurismo político y su mirada nostálgica, donde la imagen de la historia por él construida asocia la forma política con la armonía, la revolución con la caída de la forma, y la Modernidad con su vaciamiento. Son esos elementos los que, también deben tenerse en cuenta para dialogar críticamente con el enfoque brunneriano, ver sus agudezas, sus posibilidades teóricas, así como las reducciones que todo posicionamiento político de suyo implica.

Eso no oscurece la relevancia de las precauciones metodológicas de Brunner. En este capítulo, vimos que el autor identificó con la Modernidad una estructura conceptual y una forma política de alcance histórico específico, que no debe ser universalizada. El examen de esta idea conllevaba una doble consecuencia: la constatación de que los conceptos que usa el investigador estaban encuadrados dentro de la red conceptual de la Modernidad, cuya expresión paradigmática ubicaba Brunner en el siglo XIX con la distinción de Estado y sociedad, era concurrente con la comprobación de que la realidad premoderna constituía un ordenamiento concreto de cuño propio, irreductible a las categorías modernas. De esto se colegía no sólo el reconocimiento de nuestra condicionalidad histórica, sino la necesidad de mostrar bajo un examen crítico el riesgo del anacronismo así como la forma que adquiría esa alteridad. Pero debe añadirse ahora un riesgo análogo, de carácter especular, al que podemos ser arrastrados si seguimos a Brunner al pie de la letra: el de generalizar el principio político premoderno como baremo de indagación general, como criterio gnoseológico y metodológico que, desde una reivindicación nostálgica y sin un esfuerzo crítico de la razón, implicaría un anacronismo de orientación inversa, consistente en someter toda realidad al criterio de una «integralidad» propia de una estructura conceptual inexistente.

A la luz de estos riesgos, la previsión de ser fiel a las fuentes, de comprender y reconstruir una época en sus propios términos, era central. En el decir de Van Horn Melton, esto llevaba a colocar la historia de los conceptos en un plano de importancia epistemológica clave:

Brunner consideraba que lo que él denominaba historia de los conceptos (Begriffsgeschichte) era indispensable para rescatar al historicismo de los anacronismos liberales y nacionales que lo habían distorsionado. Para el estudio de cualquier época del pasado, argumentaba, era necesaria la reconstrucción de su universo conceptual. Los historiadores debían tomar sus conceptos de las propias fuentes tanto como les fuera posible. […] La historia de los conceptos era para Brunner no sólo un Hilfsmittel filológico, uno de los numerosos métodos que los historiadores eran libres de adoptar o descartar según su deseo, sino un imperativo epistemológico. En la visión de Brunner, la historia conceptual proveía un antídoto crítico frente a la historiografía liberal que había aceptado sus propias categorías como normativas y las había impuesto al pasado (Van Horn Melton, 2013, p. 278).

Esta necesidad de vincular nuestra terminología al lenguaje de las fuentes estaba orientada a poder reconstruir una red conceptual y una estructura política en su singularidad, en su concreta historicidad. En esta misma previsión, sin embargo, se va a colar la necesidad de una conexión con lo político y con el tiempo presente, como intentamos mostrar anteriormente. Podemos poner de manifiesto este pasaje de la previsión metodológica a la necesidad teórico-política sirviéndonos de un fragmento nodal de Land und Herrschaft, aquél que cierra su capítulo segundo:

Nuestros términos y conceptos deben, tanto como sea posible, ser tomados de las fuentes mismas (…). Las fuentes medievales, en otras palabras, no pueden ser interpretadas a través de conceptos modernos (…). Esto no quiere decir que los historiadores puedan prescindir de los conceptos modernos, sino solamente que deben reconocer que estos conceptos son ciertamente modernos, esto es, históricamente condicionados. Todo esto requiere que los historiadores procedan desde un punto de vista genuinamente político. (…) [Se] necesita la percepción que la historia ofrece sobre los agentes vivos de toda realidad histórica —el hombre y sus organizaciones—. Lo que se requiere no es una historia política que sea una pura historia del poder, así como tampoco el mero agrupamiento de las historias social, económica, legal, etc., dentro de algo llamado historia de la cultura (Kulturgeschichte), sino una «historia estructural» (Strukturgeschichte) dirigida hacia una genuina comprensión de la acción política (Brunner, 1992, p. 138).

Como habíamos indicado, aquí Strukturgeschichte es una corrección de Brunner ante lo inoportuno de seguir hablando de una Volksgeschichte. De todos modos, creemos haber demostrado que la multiplicidad de denominaciones terminó siendo una pura readaptación versátil antes que una modificación sustancial de las preocupaciones teóricas de fondo. Lo que nos parece pertinente de este fragmento es que permite recapitular aquella concepción de lo político que ubicamos como trasfondo de la aproximación brunneriana.

La idea de que los seres humanos organizan su vida en común bajo diferentes órdenes, que luchan por su existencia y se constituyen así en los «agentes vivos de toda realidad histórica», expresa una convicción antropológica de fondo. Hay una cuestión permanente sobre la cual reposa la historia, que no es otra cosa que el problema de la convivencia humana y de su organización. De algún modo, la preocupación por lo político, en una clave antropológica, aparece como trasfondo de estas reflexiones historiográficas de Brunner.

La historia conceptual brunneriana parece así tener una máxima: los seres humanos siempre se organizan políticamente, dan una determinada respuesta al problema de la vida en común. Dicha respuesta, sin embargo, es plural tanto histórica como espacialmente. La pregunta preparatoria para un abordaje histórico-conceptual, el punto de partida o motorizador de la indagación, sería, entonces: ¿cuáles son los presupuestos históricos de nuestra forma política presente? ¿Cuál es nuestra condicionalidad histórica en ese sentido? De ese interrogante se derivaría el requerimiento de un tratamiento más exigente de los conceptos y una atención especial a sus articulaciones, a la «estructura interna» político-social que ellos generan.

Entonces, puede decirse que, si la historia conceptual brunneriana es a nivel político una crítica de la forma política moderna de cuño nostálgico o conservador, es sin embargo a nivel teórico y metodológico una aproximación que brinda pautas para reconstruir críticamente un objeto, la forma política en su historicidad, y para vehiculizar la pregunta sobre la condicionalidad histórica de nuestro presente y, en consecuencia, por los presupuestos histórico-conceptuales de nuestro orden concreto.

Así, la perspectiva brunneriana puede constituirse en algo así como una historia conceptual de la forma política, denominación que pone de manifiesto de suyo un vínculo intrínseco entre teoría política e historia conceptual, y que, sostenemos, hace plausible abordar de forma crítica la historicidad de los ordenamientos humanos asumiendo al mismo tiempo y críticamente, los propios presupuestos de lo político que informan al concepto, en este caso, de forma política. Ahora bien, pensada desde un presente situado, esta concepción debería permitir evidenciar diferencias no sólo en el tiempo histórico sino en el espacio geográfico, en las diferentes latitudes que exceden el espacio europeo que, originariamente, se erigía en núcleo de estas reflexiones[35].


  1. Como siempre, debe tomarse nota de las excepciones. En el caso argentino, en 1976 se realizó una traducción de Neue Wege der Verfassungs- und Sozialgeschichte [1968], bajo el título de Nuevos caminos de la historia social y constitucional, publicado por Editorial Alfa; se trata de una traducción parcial efectuada por Ángel Francisco de Rodríguez. En 2010, la Revista Prismas publicó uno de los capítulos centrales de dicha compilación: «Dasganze Haus“ und die alteuropäische Ökonomik» («La “Casa Grande” y la Oeconomica de la Vieja Europa»), aunque reproduciendo sin cambios la traducción de 1976. Por su parte, en 2015 la revista Conceptos Históricos publicó otro capítulo importante de dicha obra, no aparecida en la traducción al español: se trata de «Bemerkungen zu den Begriff Herrschaft“ und Legitimität“» («Consideraciones acerca de los conceptos de “dominación” y “legitimidad”»), con traducción de Damián Rosanovich. A esto debe añadirse un antecedente interesante en el capítulo argentino de las traducciones de Brunner: en 1965 la revista Historia Social. Estudios monográficos, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, había publicado una versión castellana de «Das Problem einer europäischen Sozialgeschichte» («El problema de una historia social europea»), aparecido originalmente en 1954 en la revista Historische Zeitschrift. En España se destaca la publicación de Estructura interna de Occidente, en 1991, por Editorial Alianza (título original: Inneres Gefüge des Abendlandes), con traducción de Antonio Sáenz Arance y presentación de Julio Pardos; y la traducción de una conferencia dictada por Brunner en 1967, «Der Historiker und die Geschichte von Verfassung und Recht» («El historiador y la historia de la Constitución y el Derecho»), en la Revista de las Cortes Generales, con traducción de Antonio Sáenz Arance. Con ello se agotan las obras de Brunner disponibles en español, y en el caso de su obra capital Land und Herrschaft [1939], sólo se cuenta, por el momento, con traducciones al inglés y al italiano, lugar, éste último, donde Brunner sí ha tenido una importante recepción, como se hará notar en el capítulo 3.
  2. El Diccionario fue dirigido por Otto Brunner, Werner Conze y Reinhart Koselleck y se publicó en alemán bajo el título Geschichtliche Grundbegriffe. Historiches Lexikon zur Politischesozialen Sprache in Deutschland, Stuttgart, Klett-Cota, 1972-1990. Para una exposición del origen y las características de la BG, pueden consultarse los trabajos de Richter (1986), Tribe (1989), Chignola (2003, 2009), Villacañas y Oncina (1997), Palti (2001), entre otros.
  3. Otras influencias igualmente importantes, como la de Karl Löwith, Martin Heidegger y Hans-Georg Gadamer, han sido subrayadas por Palti (2001). La presencia de Max Weber ha sido marcada por Villacañas y Oncina (1997), Villacañas (1998), Duso (2009b, 2009a) y Chignola (2003); de ella hablaremos luego. Por lo demás, debe añadirse aquí que Max Weber y Carl Schmitt serán interlocutores particularmente importantes de Brunner en sus textos, como se hará notar en este capítulo.
  4. Österreich und die Walachei während des Türkenkrieges von 1683-1699. Véase Brunner (1930).
  5. Die Finanzen der Stadt Wien von den Anfängen bis ins 16. Jahrhundert (Brunner, 1929).
  6. En este sentido, debe indicarse que Brunner toma el concepto de la «casa como complejo» (das ganze Haus) directamente de Wilhelm Riehl (1854), quien tras las revoluciones de 1848 se lamentaba de la declinación de la «casa» en este sentido integral y comprehensivo, como conjunto de relaciones económicas, políticas, legales, religiosas y culturales que vinculaba a sus miembros bajo la autoridad y protección del Hausvater. Esta expresión de Riehl tomada por Brunner, se inscribe y se comprende en el contexto de la Volksgeschichte, heredera de las preocupaciones de Riehl, y el trabajo de Brunner está atravesado por el antiliberalismo y el antiurbanismo (con su correspondiente atractivo cuasi-romántico por las comunidades rurales) de esos días. La deuda de Brunner con Riehl en este sentido es explícita, cuando el primero expresa que «[l]a Oeconomica es literalmente la teoría del Oikos de la casa en el más amplio sentido de la “casa grande”, para hablar como Wilhelm Heinrich Riehl, quien ha descrito esta configuración social que en parte sigue viviendo en la vida campesina, en el momento de su decadencia o de su desaparición» (Brunner, 1976b, pp. 88-89).
  7. Conze desarrolló investigaciones sobre enclaves étnicos y lingüísticos germanos por fuera de Alemania. La tesis doctoral de Conze fue sobre Hirschenhof, una comunidad agraria alemana situada en Livonia (territorio de Europa nororiental donde actualmente se encuentran Estonia y Letonia). Se publicó en 1934 bajo el título Hirschenhof. Die Geschichte einer deutschen Sprachinsel in Livland. La línea de investigación se confirma más claramente con su tesis de Habilitación de 1940, bajo la dirección del ya mencionado Gunther Ipsen, presentada en la Universidad de Viena, en la que comparó la «constitución agraria» y la población en regiones de Lituania y Bielorrusia. Llevó por título Agrarverfassung und Bevölkerung in Litauen und Weißrußland (Conze, 1934, 1940). Esta atracción algo romántica hacia el estilo de vida rural como objeto de estudio está presente en todos los autores de la Volksgeschichte y será patente, también, en el trabajo de Otto Brunner.
  8. Irmline Veit-Brause (1979) ha marcado las conexiones entre la Landesgeschichte y la Volksgeschichte en el período de entreguerras, particularmente en la línea de trabajo seguida por Hermann Aubin.
  9. Sobre estos interrogantes histórico-conceptuales, que tomarían una forma más sistemática luego de la segunda posguerra, y sobre la influencia que estas ideas tuvieron en el joven Koselleck, véase Capistegui (2009).
  10. En relación con esto, es menester subrayar que Brunner cita repetidamente la obra de Carl Schmitt Der Hüter der Verfassung (El guardián de la Constitución, 1931). También hay referencias explícitas a Der Begriff des Politischen (1927) y Verfassunglehre (1928).
  11. (Conze, 1957). Brunner indicará a propósito de esto que «[e]l término “historia estructural”, recientemente acuñado por Conze, se me aparece como el más provechoso porque es el menos expuesto a los inevitables malentendidos atados a los términos “historia del pueblo” (Geschichte der Volkordnung), historia social, o historia constitucional (en sentido amplio), aunque yo mismo haya usado estos términos» (Brunner, 1992, p. 138, n. 146).
  12. La conexión entre los fundadores de la BG y la escuela de los Annales resulta estrecha. En este punto, resulta relevante indicar que Fernand Braudel dedica una reseña a la obra Neue Wege… de Brunner y que dialoga críticamente con ella (Braudel, 1959, 1970, 1972). Jocosamente, James Van Horn Melton sostiene que la reseña de Fernand Braudel al libro de Brunner es «valiosa como un espécimen casi inexistente en el género historiográfico: el reconocimiento académico francés de cuánto puede aprenderse de los modos de pensamiento alemán» (2013, p. 279). Por su parte, en una reflexión autobiográfica, Braudel reconoce estos nexos intelectuales preguntándose: «¿Es casualidad que Henri Berr, Lucien Febvre, Marc Bloch y yo provengamos del este de Francia? ¿Y que los Annales comenzaran en Estrasburgo, tan cerca de Alemania y del pensamiento histórico alemán?» (Braudel, 1972, p. 467). Asimismo, Brunner refiere expresamente a los trabajos de Braudel y de Marc Bloch (Brunner, 1965, p. 29, 1976a, p. 125).
  13. Todas las citas de Land und Herrschaft que aquí se presentarán son de traducción propia, efectuadas a partir de la edición inglesa. Véase Brunner (1992).
  14. Sobre esto, quizá puede resultar clarificadora la vinculación que Carl Schmitt efectúa entre el concepto de «enemigo» [Feind] y el de Fehde. En un texto de 1938 titulado «Sobre la relación entre los conceptos de guerra y enemigo», Schmitt destacaba esta conexión: «por su sentido lingüístico originario el Feind es aquél contra el cual se inicia una Fehde (disputa, querella, contienda). Fehde y Feind van juntos desde el principio. Según el Grundriβ des Germanischen Rechts de Karl von Amira (3ª ed., 1913, p. 238) Fehde designa “en principio únicamente el estado de quien queda expuesto a una enemistad a muerte”. Con el desarrollo de los diversos tipos y formas de la Fehde va cambiando también la idea del enemigo, esto es, del adversario en la Fehde. La distinción medieval entre contienda caballeresca y no caballeresca (cfr. Claudius Frhr. Von Schwertin, Grundüge der deutschen Rechtsgeschichte, 1934, p. 195) lo pone de relieve con la mayor claridad. La contienda caballeresca adopta formas fijas y conduce también a una aceptación agonal del adversario» (Schmitt, 2006a, pp. 133-134).
  15. La deuda schmittiana del concepto de constitución de Brunner es explícita: el autor busca «una descripción adecuada de la estructura o constitución de las formaciones políticas medievales (…) entendiendo “constitución” en el sentido de Carl Schmitt, como “la situación total de la unidad y el orden políticos”» (Brunner, 1992, p. 95). También lo es la asunción profunda del dualismo Estado-sociedad como diagnóstico de la terminología jurídica y como objeto de su crítica histórico-conceptual. Brunner refiere en nota al pie a Carl Schmitt cuando dice que «“Estado” es un concepto del mundo político moderno. Pero en el siglo XIX se volvió “el concepto normativo universal para las formas políticas de organización, para todos los pueblos y todos los períodos”, por consiguiente, el concepto central para todas las formas de vida ordenadas de manera duradera en una asociación política» (Brunner, 1992, p. 95). Véase Schmitt (2006a, 2009, 2011).
  16. Al punto que Van Horn Melton (2013) dice que «[e]l tema central de la obra de Brunner es cómo el orden social y político del siglo XIX ha distorsionado nuestro tratamiento del pasado» (Van Horn Melton, 2013, pp. 272-273). Un análisis en el mismo sentido también puede hallarse en Van Horn Melton (1996).
  17. Esta idea trascendente de derecho tiene, para Brunner, múltiples raíces, pero que se relacionan entre sí en el Medievo europeo: la cosmología griega, el cristianismo y el derecho germánico de las tribus. Al influirse mutuamente, sin embargo, «resultan modificados, dando forma así a algo nuevo e irreductible a sus términos originales, a una suerte de tejido, compuesto de hilos visiblemente polícromos» (Brunner, 1991, p. 32).
  18. El concepto estamental de «honor» es decisivo para comprender el impulso hacia la Fehde, pues la violación de un derecho (propio, de alguien del círculo familiar o de las amistades) no sólo legitimaba sino que obligaba a buscar una reparación. También por ello la Fehde es ante todo un recurso legal en manos de los privilegiados, de aquellos que tenían capacidad de portar armas y defenderse.
  19. La «unidad cristiana» o la respublica christiana (Schmitt) constituía un orden legal superior, que aglutinaba a las diferentes unidades territoriales bajo su común carácter cristiano. Por ello mismo, a su interior los enfrentamientos tomaban la forma de la Fehde, y las únicas «guerras» que no eran tales eran las cruzadas contra los enemigos de la cristiandad.
  20. El concepto de Herrschaft resulta importante para el pensamiento de Brunner así como para la historia conceptual. Este término ha sido popularizado por Max Weber, y en su versión castellana se lo traduce como «dominación». Otto Brunner y, posteriormente, la historia conceptual paduana, son críticas del formalismo y universalismo de este concepto en Weber, que es utilizado para acercarse a cualquier época histórica, planteando críticamente que la construcción conceptual weberiana está atravesada por la estructura conceptual moderna. Para Brunner, el vocablo Herrschaft tiene un significado moderno y uno antiguo: hay «un sentido antiguo [de Herrschaft] que no se limita a una relación de mando y obediencia comprensible aisladamente, sino que se refiere a la persona en su totalidad» (Brunner, 2015: 142). El concepto medieval de Herrschaft puede ser traducido como «señorío» y en ocasiones nos referiremos así a él; no obstante, dada la relevancia de este concepto y las dificultades de su traducción al español, aparecerá recurrentemente y al igual que otros conceptos (Fehde, Land, Treue) en su expresión original.
  21. A esta explicación, compleja de por sí, se suma la peculiaridad alemana de que la estatalidad no tomó cuerpo en la figura del Emperador, sino en la de los príncipes territoriales. Brunner dice: «En Alemania, como nos gusta decir, el Estado moderno se desarrolló a nivel de los territorios individuales, no a nivel del Imperio» (Brunner, 1992, p. 139).
  22. Esta relación de complementariedad y equilibrio es hallable para Brunner en los orígenes de los reinos germánicos, donde se da un vínculo de esas características entre «rey» y «tribu». El ahínco del autor por diferenciar el Land medieval de la soberanía moderna puede quedar más claro si vehiculizamos el siguiente pasaje de Inneres Gefüge des Abendlandes: «Rey y pueblo, rey y “tribu”, si se quiere, aparecían ligados el uno al otro, también y especialmente, porque la formación del pueblo o de la “tribu” y la fundación del reino presentan una estrecha correlación desde el punto de vista histórico, y los pueblos, conformados políticamente a partir de la autoridad del monarca, adquieren gradualmente la unidad interna, sobre todo jurídica, que los distingue» (Brunner, 1991, p. 31). Luego, en referencia a las relaciones comunitarias o estamentales generadas en el marco de la lógica señorial, el autor indica: «Se produce así la formación, también en el marco señorial, de formas consociativas (Genossenchaften), uniones de todos aquellos que gozan de los mismos derechos en un ámbito de poder determinado. Las consociaciones que alcanzan la posibilidad de autogobernarse, sin embargo, constituyen un frente articulado en sentido señorial, para ser operativas respecto a su propio señor. No es correcto considerar “señorío” y “consociación” como elementos antitéticos, separados el uno del otro, conforme al modelo moderno y su distinción entre soberanía del príncipe y soberanía popular; es preciso observarlos en una relación de constante influencia recíproca. Ambos a la vez, combinados o contrapuestos, caracterizan la estructura político-social de Occidente» (Brunner, 1991, p. 36).
  23. En este sentido Alonso Troncoso (1993) expresa que la Fehde era «un instrumento legal en manos de los privilegiados, ya que se inscribe en una sociedad estamental» (Víctor Antonio Alonso Troncoso, 1993, p. 17).
  24. La Herrschaft sobre ciudades tenía los mismos rasgos que el señorío en general. Ahora bien, como en este caso la dominación era sobre la comunidad burguesa como un todo, no sobre el ciudadano individual, éste era por tanto «libre» como miembro de la corporación de la ciudad (Bürgherschaft). Pero las obligaciones hacia ésta última eran similares a las que el campesino debía a su señor, esto es, estaban atravesadas por la fidelidad y lealtad características de la Treue. Así, el hombre burgués medieval no era para Brunner un homo oeconomicus, sino alguien profundamente inmiscuido en la actividad política y militar de la ciudad. (Brunner, 1992, pp. 287-291).
  25. Sobre esto, la inflexión semántica producida en el siglo XVIII es relevante para explicar esta crítica a la famosa oposición entre «comunidad» (Gemeinschaft) y «sociedad» (Gesellschaft) popularizada por el sociólogo alemán Ferdinand Tönnies (1855-1936). Brunner indica que en la «casa» en sentido premoderno no había una distinción entre lo comunitario y lo social, entre lo irracional y lo racional. «Tan sólo en el siglo XVIII penetra la palabra familia en el lenguaje corriente y adquiere ese peculiar tono sentimental que damos a ella. (…) En la “casa grande”, la ratio y el sentimiento se equilibraban en tensiones recurrentes, frecuentemente dolorosas. Con la separación de casa y taller, se contrapone a la “racionalidad” del taller la “sentimentalidad” de la familia. (…) De un modo hasta entonces desconocido se enfrentan corrientes “racionales” e “irracionales”. (…) En la contraposición conceptual que determina la sociología alemana desde Ferdinand Tönnies, es decir, “comunidad” y “sociedad”, el taller o la empresa corresponde a la “sociedad” y la familia a la “comunidad”. La “economía” campesina, la “casa grande” en general fue comunidad y sociedad al mismo tiempo» (Brunner, 1976b, p. 99). En línea con el abordaje de Brunner, la pregunta sobre la obligación política en la transición desde la «casa» antigua al Estado moderno también adquiere especial relevancia en el examen koselleckiano sobre la evolución histórica de Prusia en el siglo XIX. Koselleck (2010e) muestra cómo el Estado en su esfuerzo de codificación legal desestructuró el conjunto de relaciones jurídicas, sociales y económicas que estaban albergadas en la «casa» en sentido tradicional.
  26. Publicado como capítulo de su obra Neue Wege der Verfassungs- und Sozialgeschichte, cuya primera versión data de 1956 y la ampliada y definitiva, de 1968.
  27. En relación con esto, y para una reflexión que recupera el pensamiento de Brunner sobre la «otredad» de la Vieja Europa como modo de problematizar la vigencia de los «conceptos iuscivilistas» y de la economía política moderna hoy día en Europa —en tanto «verdades ahistóricas» y «categorías naturalizadas»—, véase Izquierdo Martín (2012).
  28. La alusión de Brunner a este sentido más amplio de «política», en un sentido «aristotélico», es subrayada por Giuseppe Duso y la historia conceptual paduana, quienes ven en el historiador austríaco elementos para efectuar una crítica del «horizonte moderno» de nuestros conceptos políticos fundamentales, y para quienes, también, la «lección de los griegos» es decisiva para pensar de otro modo la política y superar tal horizonte moderno. De la perspectiva paduana y su lectura de Brunner trataremos en el capítulo 3. La mención de Duso a este texto de Brunner puede hallarse en Duso (2018, pp. 84-85).
  29. Brunner registra la división curricular entre dos modos de aproximación histórica: «un área de conocimiento denominada “historia”», por un lado, y «junto a esta historia en sentido estricto existe de hecho un conjunto de “ciencias históricas”». «Se trata de ciencias que poseen por objeto ámbitos propios de interés. Y tal ámbito propio no viene a ser primariamente el de los hombres, sino el de sus “obras”: sus respectivos ordenamientos jurídicos; sus sistemas económicos, creencias y filosofías; los resultados de su vida literaria o artística, por mencionar sólo algunos. En esos objetos subsiste un interés inmediato; nos resultan aún “vivos”, o al menos nos lo pueden resultar. Su identificación histórica no es sino un mero instrumento para su conocimiento. Por ello, estas ciencias históricas de objeto propio se encuentran en contacto con el tratamiento teorético de ese objeto, en tanto son sólo, a menudo, un aspecto parcial de los ámbitos de conocimiento de esas ciencias» (Brunner, 1987, p. 8).
  30. La referencia a Weber es aquí explícita. Brunner indica que Weber «ha definido el poder (Macht) como la opción de mantener obediencia o sumisión respecto a determinados mandatos u órdenes y ha mantenido, además —lo cual es una reflexión muy importante para nosotros—, que el poder es preferentemente poder institucionalizado, esto es, lo que denominamos Herrschaft» (Brunner, 1987, p. 10). En esto se colige una deuda a la vez que una crítica a Weber, pues Brunner indica que es menester comprender los conceptos en su situación histórica concreta, y no de manera abstracta o universal: «los conceptos abstractos “poder” (Macht) o Herrschaft son inaplicables en la narración del acontecer histórico, fuera del contexto de un tratamiento puntual de las relaciones de poder (Machtverhältnisse) y de la conformación institucional de la Herrschaft o, lo que es lo mismo, si no se muestra qué pueden o pudieron significar en formas y situaciones concretas» (Brunner, 1987, p. 11).
  31. Esta valoración brunneriana del pensamiento de la Antigüedad como cimiento que perdura en la Vieja Europa, explícitamente visible a partir de sus textos de posguerra, es prolijamente analizada por Alonso Troncoso (1994).
  32. Esta relación entre historia y presente, entre las categorías de el/la investigador/a y el acercamiento al pasado, constituye un verdadero nudo epistemológico que será importante también para Koselleck. De hecho, una crítica de Koselleck a Brunner en relación a este punto puede verse en Koselleck (2006). Al mismo tiempo, esta cuestión será también relevante para la perspectiva paduana, como se verá en el capítulo 3.
  33. El diálogo crítico con Weber puede evidenciarse sobre todo en su historia del concepto de feudalismo (Brunner, 1976a) así como en el texto referido al concepto de Herrschaft (Brunner, 2015).
  34. Los levantamientos campesinos del siglo XVI se explican también por cambios profundos en la relación de señorío, según Brunner. Es que las exigencias de los señores se volvían opresivas máxime cuando los campesinos empezaban a encontrarlas innecesarias dado el avance de la estatalidad y su progresiva absorción de esas funciones de protección. Ese Estado demandaba a su vez servicios a los campesinos, de modo que había dos instituciones en pugna a la hora de ofrecer protección y exigir prestaciones a cambio.
  35. En un sentido similar, Chignola (2007; 2009) cuestiona la hegemonía que el modo moderno de pensar lo político ejerce no sólo en desmedro de la tradición del pensamiento antiguo (eje diacrónico) sino respecto de otras culturas y geografías en un tiempo presente (eje sincrónico).


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