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2 Reinhart Koselleck, la historia conceptual y lo político

De la Modernidad como problema a las cuestiones políticas permanentes

Introducción

El capítulo presenta una lectura de la historia conceptual teorizada por Reinhart Koselleck con vistas a mostrar la concepción de lo político que la subyace. La mirada koselleckiana sobre lo político será vislumbrada a la luz de una serie de nudos teórico-políticos y epistemológicos, que serán nuestros indicios en el camino a recorrer. La exposición se organiza en tres apartados.

En el primero, presentaremos los objetivos e hipótesis generales que definen a la historia conceptual a la luz del proyecto académico del Diccionario histórico de conceptos políticos y sociales fundamentales, buscando subrayar de qué modo aquella interpreta el proceso histórico moderno y qué contribución pretende hacer a su comprensión. A partir del análisis de la hipótesis del Sattelzeit, se subraya la importancia que adquiere la orientación al futuro y la aceleración como problema teórico-político.

En el segundo apartado daremos cuenta del desafío teórico-político y epistemológico que halla la historia conceptual en el concepto moderno de historia [Geschichte]. Para eso, daremos cuenta de a) la configuración de tal concepto y de la filosofía de la historia como su expresión reveladora; b) el problema epistemológico que el cambio acaecido provoca a través de la cuestión del relativismo. Una respuesta inmanente a este problema puede hallarse en la consideración de la historia conceptual como crítica de las ideologías.

En el tercer apartado, analizaremos la propuesta koselleckiana de una Histórica a la luz de estos problemas. Veremos en ella un ejercicio de antropología política y una teoría del conflicto que se colocan a la base de su mirada sobre la historia y se engarzan con su perspectiva histórico-conceptual. Lo que buscamos subrayar, a través de una mirada de conjunto sobre esta doctrina, es cómo en la construcción koselleckiana de ciertas precondiciones irreductibles para toda vida en común, subyace una clara mirada antropológica sobre las posibilidades políticas de todo agrupamiento humano, que permite colegir una serie de trasfondos permanentes y recurrentes sobre el que todo acontecer histórico transcurre. El problema de la convivencia humana es irresoluble, pero en cada historia se busca canalizarlo, contenerlo o solucionarlo. La Histórica expresa las posibilidades últimas que ninguna historia concreta podrá jamás resolver o superar. Asimismo, se verá la presencia de la Histórica a nivel epistemológico, para mostrar, por un lado, la dislocación entre lo lingüístico y lo extralingüístico en la historia y, por otro lado, la relación entre el análisis diacrónico y el sincrónico. A partir de los indicios recogidos a lo largo del capítulo, sostenemos que la pregunta por lo político permite identificar en Koselleck una peculiar relación entre los problemas permanentes y los problemas modernos, habilitando a pensar su historia conceptual bajo una nueva luz.

2.1. La pregunta por nuestra condición moderna. La historia conceptual y el Diccionario histórico de conceptos políticos y sociales fundamentales

Como mencionamos en el capítulo anterior, aunque la historia conceptual en tanto perspectiva disciplinar se estructura de manera reconocible a mediados de los años 50, sus antecedentes, influencias y preguntas inspiradoras se vislumbran ya en el pensamiento alemán de entreguerras. En este sentido, un Reinhart Koselleck nacido en 1923 (que al finalizar la conflagración bélica contaba con 22 años) ocupará en términos generacionales una posición muy peculiar: si en su formación se verá fuertemente vinculado a figuras intelectuales consolidadas con anterioridad a 1945, será sin embargo él quien desde los años 60 y 70 lidere los lineamientos teóricos e institucionales de la historia conceptual, ante la progresiva desaparición de aquella generación.

Siendo más específicos en este punto, debe indicarse que a los académicos que tuvieron clara incidencia en la formación de Koselleck (puede mencionarse a Carl Schmitt, Karl Löwith, y Hans-Georg Gadamer, quienes estarían en el círculo del cual Koselleck se nutriría desde fines de los años 40)[1], debe sumársele el itinerario institucional que la historiografía alemana tuvo desde la posguerra. Como señaláramos anteriormente, hubo en general una continuidad de los académicos del período previo, tras una depuración que muchos de ellos efectuarían sobre sus propias obras en los años 50, con vistas a borrar los elementos más comprometedores que ataban sus teorías al reciente pasado nacionalsocialista. Pero tras el ineludible reacondicionamiento, las temáticas, las hipótesis y las preguntas de fondo no sufrieron grandes cambios. Y esto repercutió en que las nuevas generaciones de historiadores como Koselleck, y proyectos también nuevos como el del Diccionario[2], estuvieran en realidad atravesados por un entramado de continuidades y rupturas más complejo de lo que a primera vista parece. En este sentido, es menester destacar la relevancia que Brunner y Conze tuvieron para configurar las preguntas y las hipótesis del Diccionario, algo que puede evidenciarse en los homenajes que Koselleck haría post-mortem a sus maestros.

Otto Brunner expiró el 12 de junio de 1982. A finales de ese mismo mes se publicaba el tercer tomo del Diccionario (H-Me). En el Prefacio, Koselleck indicaba que

la noticia de la muerte de Otto Brunner nos llegó durante las últimas etapas editoriales de este volumen. Sin el trabajo de su vida, este diccionario habría sido impensable. Básicamente, fue él quien mostró cómo la historia de los conceptos y la historia social debían ser yuxtapuestas continuamente con vistas a lograr resultados verificables. A través de su sobrio y sabio consejo, Brunner ayudó a iniciar esta empresa común, por la que le debemos nuestra más profunda gratitud (Koselleck, 2011, pp. 27-28; traducción propia).

Por su parte, el 28 de abril de 1986 sucumbía Werner Conze. Cuando se publicó el volumen 6 del Diccionario (St-Vert), en el año 1989, Koselleck lo recordaba especialmente en su Prefacio:

fue Werner Conze quien, gracias a su magistral comprensión de la historia social moderna, dirigió la unión de esa disciplina con aquel tipo de historia conceptual que rastrea todos los conceptos hacia aquellas situaciones concretas, condiciones políticas, y posiciones sociales a las que originalmente referían (Koselleck, 2011, p. 28; traducción propia).

El reconocimiento post-mortem hacia estos dos historiadores marca su importancia para Koselleck a la vez que para el proyecto del Diccionario. De algún modo, las cavilaciones teóricas de Koselleck, publicadas en artículos académicos desde mediados de los años 60 —que posteriormente serían recopilados y publicados como libros[3]— se despliegan a la par del desarrollo institucional y editorial del Diccionario, una empresa de enorme envergadura que ocupó gran parte de la vida profesional de Koselleck —25 años para ser exactos, de 1972 a 1997—. En este sentido, las propias inquietudes teóricas del autor tuvieron desplazamientos y modificaciones, que sin embargo dejaron incólumes las trazas fundamentales de aquello que él moldearía de forma característica como «historia de los conceptos», como Begriffsgeschichte: es que, conforme pasaban los años, podía observarse una imagen cada vez más compleja de la historia conceptual, que con todo lograba unir sincrónicamente, y en complicado equilibrio, reflexiones de índole metahistórica con análisis histórico-sociales y debates en torno a las fuentes. Equilibrio que Koselleck desplegaba con su pluma y que se expresaba bajo la forma de progresivas revisiones y reactualizaciones sobre sus propias hipótesis de años anteriores. A lo largo del capítulo analizaremos estos desplazamientos marcando a su vez importantes continuidades, vinculadas a nuestro juicio con un concepto de lo político actuante como premisa de la historia conceptual así como del gesto teórico-político del propio Koselleck. Ahora bien, para poder dar cuenta de estos aspectos de un modo más claro, es menester indicar a modo expositivo las características fundamentales del proyecto histórico-conceptual del Diccionario, específicamente su diagnóstico teórico-político y su hipótesis interpretativa.

2.1.1. La Modernidad como problema y el Sattelzeit como hipótesis

La gestación del Diccionario se dio en el seno del Grupo de Trabajo de Historia Social Moderna (Arbeitskreis für moderne Sozialgeschichte), creado en 1957 por Werner Conze en Heidelberg y contando desde su inicio con la participación de Otto Brunner y del joven Koselleck. Éste último, quien era profesor asistente de Conze, propuso al poco tiempo —según nos relata Keith Tribe (1989, p. 180)— realizar un diccionario de conceptos históricos fundamentales. Si bien la idea original de Koselleck era hacer un abordaje que partiera desde la Antigüedad y se extendiera hasta el presente, Conze la circunscribió en dos sentidos. En primer lugar, lingüísticamente: los vocablos a incluir serían sólo de lengua germana. En segundo lugar, temporalmente: la obra habría de poner su foco en el período de emergencia de la Modernidad, especialmente en la centuria que va de 1750 a 1850, a la que posteriormente Koselleck denominaría como un «período bisagra» que daría forma característica a los conceptos políticos modernos, con repercusiones hasta el presente (Capistegui, 2009; Palti, 2004b; Richter, 1986; Tribe, 1989).

El objetivo primordial del Diccionario consistía en identificar el pasaje del mundo antiguo al mundo moderno, a través de la observación de una serie de cambios cardinales en los conceptos políticos. En palabras de Koselleck, «[e]l objeto principal de la investigación es la disolución del mundo antiguo y el surgimiento del moderno a través de la historia de su aprehensión conceptual» (Koselleck, 2009: 94). A tal objetivo le correspondía una hipótesis, de carácter emblemático para la historia conceptual y que, hoy día, sigue siendo objeto de debates y reinterpretaciones en sus diferentes recepciones internacionales: la identificación de un «período bisagra»[4], entre 1750 y 1850, dentro del cual acontece una transformación fundamental de los conceptos políticos, que indica un cambio fundamental en el plano de la experiencia y en el devenir histórico de las sociedades occidentales. La peculiaridad de tales «conceptos-guía» del acontecer histórico —y la razón que amerita su examen detallado— reside en que además de ser «índices» del cambio histórico, esto es, de expresarlo o dar cuenta de él, también son «factores» del mismo, es decir, coadyuvan a producirlo.

El enfoque heurístico del lexicón se basa en la suposición de que desde mediados del siglo XVIII se ha producido una profunda transformación de topoi clásicos, de que palabras antiguas han obtenido nuevos significados que, según nos acercamos a nuestro presente, ya no necesitan ninguna traducción. El enfoque heurístico introduce, por así decirlo, un «periodo bisagra» [Sattelzeit] en el que los significados originales se transforman en su avance hacia nuestro presente (Koselleck, 2009: 94-5).

La hipótesis del Sattelzeit dieciochesco tiene una fuerte conexión con la historia social y concomitantemente una profunda mirada política sobre la Modernidad, que considera que la Ilustración, en el plano intelectual, y la Revolución Francesa, en el plano sociopolítico, actuaron como detonadores de los profundos cambios que vivió Occidente desde ese momento[5]. De todos modos, tanto el espectro de experiencias como el arco temporal vehiculizado por los editores del Diccionario no se reduce a ese momento histórico, aunque sí se condense reveladoramente en él. Las sucesivas reflexiones de Koselleck acerca del cambio acaecido en la Modernidad toman un plano temporal más amplio y gradual, que parte del Renacimiento y la Reforma para llegar a las revoluciones dieciochescas[6]. Es que aquello que resulta catalizado y expresado histórico-socialmente en estas últimas responde en realidad a procesos de más largo aliento. Grosso modo, es posible señalar que los procesos que, a juicio de Koselleck, abren lugar a la Modernidad se vinculan con la caída progresiva del orden estamental, de la unidad cristiana y de la concepción tradicional del mundo que acaece en el arco temporal que va de 1500 a 1800 (Koselleck, 1993e, 1993c, 2003a, 2007).

Ganar mayor claridad sobre la hipótesis del Sattelzeit requiere comprender de qué modo y en qué sentido se produjo la mentada transformación histórico-conceptual. Para Koselleck, es posible distinguir analíticamente cuatro criterios que vehiculizan la experiencia moderna del mundo occidental y que, al plasmarse en los conceptos, persistirán como características inherentes a los mismos. Se trata de la democratización, la politización, la ideologización y la temporalización. Estos cuatro procesos dieron su forma característica a los conceptos fundamentales que el Diccionario aborda. Y, por añadidura, es dable decir que tales características distinguen a los conceptos en su sentido novedoso y propiamente moderno.

1. La «democratización» indica que cada vez más sectores sociales participan de la vida política, haciendo que el lenguaje político (otrora circunscripto a los estamentos letrados y cultos) amplíe su ámbito de incidencia y concomitantemente se vea afectado por nuevos actores. A tal ampliación cuantitativa debe sumársele una consecuencia cualitativa, que modificó el lenguaje político disponible. Es que, progresivamente, la democratización implicó que los conceptos vinculados a la realidad estamental perdieran fuerza o se vieran resignificados, al tiempo que aquellos que promovían una indistinción estamental —como pueblo o nación, para mencionar dos ejemplos reveladores— pasaran a primer plano. La carga semántica democrática que estos nuevos conceptos vehiculizaban se enfrentó a la realidad estamental y dio cobijo a una burguesía en ascenso.

2. La politización hace referencia a que cada vez más personas se ven interpeladas y movilizadas, y a que los conceptos articulan y vehiculizan nuevos antagonismos. En este punto, son los conceptos contrarios asimétricos[7] los que adquieren pleno protagonismo. Se trata de duplas conceptuales a través de las cuales se construye una identificación política propia (un «nosotros») diferenciada de un otro (un «ellos»). Por eso son conceptos contrarios o antinómicos. Su carácter «asimétrico» reside en que el «otro» (o sus creencias, posición política, etc.) son consideradas de menor valor o con menor estima que las propias. Revolucionarios vs. reaccionarios, progresistas vs. conservadores, proletariado vs. burguesía, lo decisivo de estos conceptos es que son atribuidos en cada situación por quien quiere afirmar la posición propia e invalidar la del otro[8].

3. La «ideologización» constituye una respuesta ante el desvanecimiento de los referentes de certeza propios del mundo premoderno. Las realidades sociales y las imágenes de ese mundo pierden en este nuevo período su evidencia inmediata. Tal crisis o vacío es llenado por vía de la ideologización, que subsume realidades inmediatas en conceptos abstractos. La ideologización implica el recurso a fórmulas cada vez más vacías, usadas para reforzar la posición propia en la lucha política, y cargadas de expectativas futuras de modo proporcional a su carencia de experiencias concretas.

4. La «temporalización» viene a dar cuenta de la centralidad política que adquiere propiamente el tiempo histórico. Este criterio adquiere sentido en relación con el proceso de secularización y a la correspondiente erección de un tiempo específicamente humano, con metas que no apuntan a un más allá sino a un futuro abierto e infinito inscripto en el propio mundo, esto es, un futuro intramundano. Tal mundanización lleva a una toma de conciencia de la distancia histórica y a una modificación de la relación con el pasado y el futuro. Sin un más allá al que consagrarse, las soluciones políticas pasan a ubicarse en este futuro intramundano y, más aún, están ahora al alcance de la mano: son realizables por el ser humano. La orientación constante al futuro pasa por ello a ser parte central de los conceptos políticos, haciéndolos factores del cambio histórico en dirección a un progreso en la historia. Como indica Koselleck, «[l]a relación del concepto con lo conceptualizado se invierte, se desplaza a favor de anticipaciones lingüísticas, que deben señalar el futuro. De este modo surgen conceptos cuya referencia va mucho más allá de lo empíricamente realizable sin por ello ver afectada su importancia política y social» (Koselleck, 2009: 98). Esto trae una consecuencia política: la temporalidad se convierte en eje determinante de la lucha política. La «historia» pasa a ser invocada y movilizada «como última instancia de fundamentación de los planes políticos y de la organización social» (Koselleck, 2003b, p. 47).

Estos cuatro criterios están estrechamente vinculados entre sí y sólo son distinguibles analíticamente. De las consideraciones precedentes, Koselleck extraerá la conclusión de que la experiencia decisiva y distintiva de la Modernidad se condensa en el fenómeno de la «aceleración» histórica. En otras palabras, la Modernidad va a expresar una forma nueva de experimentar la temporalidad, marcando una discontinuidad patente con la manera en que las épocas anteriores se relacionaban con la historia y el tiempo.

2.1.2. Espacio de experiencia y horizonte de expectativa, conceptos como índices y factores: las claves de inteligibilidad de la inflexión moderna

Para comprender la aceleración inherente al Sattelzeit, resulta primordial incorporar las categorías de «espacio de experiencia» y «horizonte de expectativas», y las dimensiones de «índice» y «factor» de los conceptos políticos, como parte del lenguaje koselleckiano. Tales duplas teóricas forman parte del abecé de la historia conceptual. Pero además contienen una especial pertinencia para dar cuenta de cómo la aceleración moderna es un tema decisivo de las cavilaciones de Koselleck. En otras palabras, si bien para el historiador alemán ambas duplas pueden ser explicativas de cualquier realidad histórica, resultan especialmente plásticas para esclarecer qué es lo que ha venido a cambiar con el Sattelzeit. Indiquemos brevemente cómo estas categorías entran a jugar como parte de la idiosincrasia del proyecto histórico-conceptual.

«Espacio de experiencia» y «horizonte de expectativa» constituyen dos categorías metahistóricas. Esto es decir que, aunque se refieran a la historia, ellas mismas escapan a la historización. Como veremos luego, apuntan a condiciones antropológicas que posibilitan la propia experiencia humana de la temporalidad. Por ahora, lo que interesa remarcar es que la noción de «espacio de experiencia» remite al acervo de memoria de una sociedad, a aquella totalidad de acontecimientos y reflexiones que están disponibles en un presente situado. El espacio de experiencia, por ello, puede ser pensado como un «pasado presente»: expresa la presencia del pasado en nuestro hoy día. Por su parte, la noción de «horizonte de expectativa» alude a nuestra relación con el porvenir: a las esperanzas, deseos, temores y previsiones que también condicionan nuestro hoy día. El horizonte de expectativa es por eso un «futuro presente»: alude a un «todavía-no», a lo posible, a algo inexperimentable pero, con todo, anticipable y con repercusiones sobre nuestra acción.

Experiencia y expectativa se remiten mutuamente pero no se identifican. «En la historia sucede siempre algo más o algo menos de lo que está contenido en los datos previos». Ésa es la razón por la que «el futuro histórico no se puede derivar por completo a partir del pasado histórico» (Koselleck, 1993b, p. 341). Por añadidura, lo inverso también sería cierto: no hay ningún futuro completamente nuevo que pueda estar desprendido de su pasado. En un correlato político, lo que ambas categorías permiten indicar es la relevancia que el pasado y el futuro, así como su relación mutua, tienen para los agrupamientos humanos y para definir los marcos de lo posible, es decir, aquello a lo que puede orientarse la acción política. No resulta lo mismo, por ejemplo, creer que el futuro será bastante similar al pasado, que creer por el contrario que el futuro es abierto y nuevo y por ende radicalmente distinto del pasado conocido. En ambos casos, los modos en que espacio de experiencia y horizonte de expectativa se conjugan para dar forma a la acción son completamente diferentes, y el carácter de estas acciones —de lo considerado posible y deseable—, también.

Con esto puede indicarse cuál es el cambio que acaece en Occidente con relación a la dupla experiencia-expectativa a juicio de Koselleck. «Mi tesis es que en la época moderna va aumentando progresivamente la diferencia entre experiencia y expectativa o, más exactamente, que sólo se puede concebir la Modernidad como un tiempo nuevo desde que las expectativas se han ido alejando cada vez más de las experiencias hechas» (Koselleck, 1993b, p. 343).

Dicho de manera un poco vaga, lo propio de la Modernidad sería que el futuro ocupa cada vez más lugar en la mesa y que el pasado ya no tiene donde sentarse. Como mencionamos, todo presente está, a nivel de la experiencia del tiempo, formado por un acervo de experiencias disponibles (el «pasado presente») así como por las expectativas sobre el porvenir (el «futuro presente»). Traducido en categorías formales, toda historia se posibilita sobre el trasfondo de un espacio de experiencias y con relación a un horizonte de expectativas. Lo que cambia con la Modernidad es la relación entre ambas dimensiones. La brecha entre las experiencias disponibles y las expectativas futuras se amplía cada vez más. El pasado y el futuro son cada vez más inconmensurables entre sí. Al mismo tiempo, la orientación al futuro empieza a ocupar cada vez más protagonismo a la hora de definir la acción presente, mientras que el pasado se aparece como algo extraño e incomparable con un hoy percibido, a cada momento, como crucial y único.

Creemos posible hallar una disposición análoga al considerar el carácter dual de los conceptos como «índices» y «factores» de la realidad, que permite dar cuenta de la especificidad moderna y de la centralidad que en ella juega la experiencia del tiempo como aceleración[9]. El carácter de índice de los conceptos remite a una dimensión de registro y transmisión de experiencias pasadas. En este sentido, la dimensión índice de los conceptos es también un «pasado presente». El carácter de factor de los conceptos remite a una dimensión eminentemente práctica o productiva: apunta a vehiculizar deseos o finalidades y a movilizar una acción. La dimensión factor de los conceptos, en un presente dado, puede pensarse también a la luz de las expectativas que generan, o, dicho de otro modo, como un «futuro presente».

La analogía que aquí queremos mentar reside en que el cambio moderno puede leerse también a la luz de un mayor protagonismo de la dimensión factor del concepto y una creciente brecha respecto de su carácter índice. Koselleck acuñará tipológicamente la presencia de estas dimensiones temporales en los conceptos políticos[10], hablando de «conceptos registradores de experiencia», de «conceptos productores de experiencia» y de «conceptos de expectativa»: la carga de experiencia y expectativa, de índice y factor, varía gradualmente en cada uno. Es en los conceptos de expectativa donde la conexión con la aceleración se da de forma más clara. Estos conceptos no registran en realidad ninguna experiencia, sino que apuntan a producirla. Son un factor de la realidad política en la medida en que apuntan a hacer realidad las expectativas que portan. Aunque Koselleck entienda que la distinción entre índice y factor, y entre experiencia y expectativa, no se reduce a la Modernidad, sí puede decirse que esta última se caracteriza por una modulación específica de tales duplas, en las que la dimensión factor sobrepasa a la dimensión índice y en la que la expectativa rebasa a la experiencia. De ello puede colegirse, a fin de cuentas, que la dimensión factor y el horizonte de expectativas, en tanto protagonistas innegables de la política moderna, son asimismo coeficientes de la fórmula de la aceleración.

Hasta aquí, entonces, pudimos dar cuenta de las claves interpretativas de la Modernidad que la historia conceptual vehiculiza en su proyecto del Diccionario. Un cambio profundo a nivel de la experiencia del tiempo moldeó de modo específico el carácter de la lucha política y el sentido de la acción. Tal inflexión se plasmó en los conceptos, pero concomitantemente fue producida por ellos. La inflexión en la experiencia del tiempo y su relación con la política se condensa en el fenómeno de la aceleración, que parece resumir el espíritu original del Sattelzeit como un tiempo encabalgado.

Ahora bien, el cambio en la experiencia del tiempo no sólo constituye un diagnóstico teórico-político, sino que se revelará también como un desafío epistemológico para la propia historia conceptual. Esto se deberá a una cuestión básica, que abordaremos en el siguiente apartado: en la medida en que la ciencia histórica reflexiona sobre el tiempo, no resulta neutral que la Modernidad haya consistido en un cambio fundamental de experimentar el mismo. Si a esto añadimos que la historización de las diferentes dimensiones de la vida resulta un proceso específicamente moderno, entonces la ciencia histórica sólo sería posible en la Modernidad[11]. Aunque suene como una obviedad, el hecho de que la ciencia histórica —y la propia historia conceptual— sean ciencias modernas se vincula con los propios cambios acaecidos en este período histórico, que pusieron en el centro de la escena la pregunta por el proceso histórico, y que constituyeron por eso una condición de posibilidad para el objeto y las preguntas que guían a las ciencias históricas.

La historia conceptual debe enfrentarse entonces a la pregunta sobre sus propios presupuestos y condiciones de posibilidad. La enunciación reflexiva que adquiere esta mirada en el espejo es la cuestión de la historicidad, y su problema epistemológico, el del relativismo. Como veremos, hay aquí un nudo que enlaza lo teórico-político y lo epistemológico de un modo peculiar.

En el siguiente apartado pensaremos esta cuestión, y buscaremos sostener que la historia conceptual efectúa una respuesta teórico-política y una ganancia de conciencia epistemológica sobre este problema. Para ello, abordaremos la reflexión koselleckiana sobre el concepto moderno de historia, la identificación que el autor efectúa entre éste y la filosofía de la historia dieciochesca, y el lugar del proyecto histórico-conceptual como una posible respuesta a la misma.

2.2. El desafío de nuestra condición moderna. La historia conceptual, el concepto moderno de historia y el problema del relativismo

Podríamos decir entonces que para Reinhart Koselleck la marca o atributo característico de la Modernidad consiste en una inflexión fundamental en el modo en que se experimenta el tiempo. La Modernidad se caracterizó en primera instancia por una nueva forma en la que las sociedades occidentales concibieron el tiempo y la historia, y tal viraje conllevó amplias repercusiones políticas y sociales[12]. Como mencionamos antes, debe abordarse ahora un problema que enfrenta a la historia conceptual con sus propias premisas, a saber, el hecho de que la «conciencia de la historicidad»[13] es un fenómeno específicamente moderno, y que el protagonismo de la indagación histórica en términos autorreflexivos (la pregunta sobre nuestro presente transitorio dentro de una totalidad histórica) es consecuencia de ella. En este sentido, la historia conceptual entabla una relación simbiótica con el concepto moderno de historia, pero puede pensarse como una respuesta teórico-política y epistemológica al mismo. De algún modo, como veremos: a) la concepción moderna de la historia es condición de posibilidad de la historia conceptual en tanto disciplina histórica; b) sin embargo, y concurrentemente, la historia conceptual preserva un potencial crítico inmanente que busca repercutir sobre las propias lógicas conceptuales de la Modernidad. Veremos en el abordaje de este tema cómo la historia conceptual identifica a la vez que intenta tramitar el desafío del relativismo. Para ello, organizaremos la exposición como sigue: en primer lugar, mostraremos la formación del concepto moderno de historia [Geschichte] y la crítica koselleckiana a la filosofía de la historia en tanto su condensación más elocuente. En segundo lugar, abordaremos el problema epistemológico que la nueva experiencia de la temporalidad y los efectos políticos del concepto moderno de historia expresan a través de la cuestión del relativismo. Al finalizar el apartado, veremos una primera respuesta posible a tales desafíos consistente en considerar a la historia conceptual como una crítica de las ideologías.

2.2.1. De la historia magistra vitae al concepto moderno de historia [Geschichte]

En el ámbito lingüístico alemán, la nueva forma de experimentar el tiempo histórico puede visibilizarse de modo expresivo a través del cambio semántico que condujo de la vieja Historie a la moderna Geschichte, o, para ser más precisos, a la subsunción semántica de la primera dentro de la segunda[14]. El pasaje al concepto moderno de historia [Geschichte] es coextensivo a la muerte progresiva de la locución latina historia magistra vitae, una expresión que Koselleck recupera para identificar, plásticamente, la forma tradicional de relacionarse con el tiempo y el rol que para los premodernos desempeñaba la vieja Historie.

Para dar cuenta de la relevancia de este cambio histórico-conceptual, es menester indicar a qué alude aquella locución latina para Koselleck. Como veremos, es sobre este trasfondo de una concepción tradicional del tiempo histórico que el fenómeno moderno de la aceleración histórica cobra nitidez. A su vez, su contraste mutuo permitirá ganar claridad sobre la propuesta koselleckiana de la prognosis como gesto teórico-político, algo que veremos al concluir este capítulo[15]. Vayamos, por el momento, por partes.

La expresión historia magistra vitae viene a indicar la fuerza de autoridad que la Historie poseía en tanto «maestra de la vida»: esto es, en tanto fuente de enseñanzas (surgidas de la tradición y de las narraciones del pasado) sobre cómo obrar correctamente ante determinadas situaciones, qué ejemplos imitar y qué cursos de acción evitar. El presupuesto de fondo para que tales enseñanzas mantuvieran su vigencia era, justamente, que las condiciones y eventuales situaciones que se aparecían en la vida de las personas fueran relativamente similares a lo largo de las distintas generaciones, es decir, que nada radicalmente nuevo, desconocido o inesperado se presentara. Dicho de otro modo, Koselleck entiende que la premisa para la perduración de este topos era que las sociedades tuvieran una concepción de la temporalidad vinculada a los ciclos de la naturaleza y de las generaciones. Gracias a ella, no había una experiencia de la distancia o de la discontinuidad histórica respecto de sociedades del pasado, lo que hacía plausible que acontecimientos o reflexiones acaecidos hace cientos o incluso miles de años pudieran ser vistos como útiles para aplicarse a situaciones similares del presente o, también, a anticipaciones respecto del futuro. El campo de posibilidades humanas era en consecuencia limitado y, por añadidura, también lo era el de la acción política. En este sentido, Koselleck indica que la historia magistra vitae

[r]emite a una precomprensión general de las posibilidades humanas en un continuo universal de la historia. La Historie puede enseñar a los contemporáneos o a las generaciones posteriores a ser más inteligentes o relativamente mejores, pero sólo si los presupuestos para ello son básicamente iguales, y mientras lo sean. Hasta el siglo XVIII el uso de nuestra expresión sigue siendo un indicio infalible para la admitida constancia de la naturaleza humana, cuyas historias son útiles como medios demostrativos repetibles en doctrinas morales, teológicas, jurídicas o políticas. Pero, igualmente, la transmisibilidad de nuestro topos se apoya sobre una constancia factual de aquellos datos previos que permitirían una similitud potencial entre acontecimientos terrenos. Y cuando se efectuaba una transformación social era tan lento y a tan largo plazo que seguía vigente la utilidad de los ejemplos pasados. La estructura temporal de la historia pasada limitaba un espacio continuo de lo que es posible experimentar (Koselleck, 1993d, p. 43).

Es por ello que el concepto moderno de historia puede también ser leído como la declinación progresiva y posterior expiración de la historia magistra vitae. Sucintamente, puede indicarse que la historia en sentido moderno surge como resultado de dos largos procesos que tienen lugar en el «arco temporal» que va de la temprana Modernidad a la época de las revoluciones —grosso modo, de 1500 a 1800 (Koselleck, 1993c, 2010c)—. En primer lugar, se pasó de una concepción de las historias «en plural», esto es, como acontecimientos concretos y puntuales, a una comprensión de la historia como un único y gran proceso sistemático, «en singular», que aglutinaba ahora dentro de sí la suma de todos los acontecimientos puntuales, de todas las historias concretas. Ésa es la deglución que se encuentra implicada en la denominación koselleckiana de este proceso: la formación de «la historia» [die Geschichte] como un «colectivo singular». Aunque antiintuitivo a la primera escucha (que algo sea colectivo y singular a la vez), la idea sería la siguiente: se trataría de un concepto colectivo porque reúne en sí la pluralidad de los acontecimientos, y de uno singular porque reduce dicha pluralidad a un proceso único que ella misma («la historia») encarna.

La «historia misma», o también «la historia en sí y para sí» (expresiones que sintetizan esta concentración lingüística, este pasaje del plural al singular) no sólo era una construcción teórica, sino que se la consideraba un agente autónomo que guiaba el destino humano. Con esto, la historia pasa novedosamente a ser sujeto de sí misma. Anteriormente y hasta entonces, la historia requería de un sujeto que actuaba (por ejemplo: Carlomagno, los franceses, etc.), pero ahora la historia se convierte ella misma en «agente del destino humano o del progreso social» (Koselleck, 2010c, p. 33). Lo que distingue al nuevo concepto de historia es que ya no es preciso remitirse a Dios: se abre un tiempo propio de la historia, y allí reside la clave de la secularización y temporalización que tiene lugar en este proceso y que venimos señalando.

En segundo lugar, se produjo la «fusión de Geschichte como conexión de acontecimientos y de Historie en el sentido de indagación histórica, ciencia o relato de la historia» (Koselleck, 2010c, p. 27). Esto es decir que en el nuevo concepto van a convivir dos facetas o aspectos: los acontecimientos históricos propiamente dichos, y la reflexión y conocimiento de los mismos. La consecuencia de esto es que la historia pasa a ser a la vez un concepto de «realidad» y un concepto de «reflexión».

La historia de los sucesos y el modo de investigarla y narrarla se plasmaron, por consiguiente, en un mismo concepto. Las condiciones en que se desarrollaba la acción y las condiciones de su conocimiento o, en otras palabras, las precondiciones extralingüísticas y las lingüísticas de toda historia se concibieron conceptualmente de forma conjunta (Koselleck, 2012a, p. 42).

En términos epistemológicos, el giro es decisivo: ahora «las condiciones de la realidad son simultáneamente las de su conocimiento» (Koselleck, 2012a, p. 42). Los planos otrora diferenciados se fusionan: «estado de cosas, exposición y ciencia de ello, se ponen ahora bajo un concepto común único como “historia”» (Koselleck, 2010c, p. 45). En ello radica, propiamente, la convergencia entre concepto de realidad y concepto de reflexión. Koselleck compila de este modo la transformación acaecida:

En primer lugar se realizó en el ámbito lingüístico alemán un deslizamiento de la palabra que vació de contenido al antiguo topos [historia magistra vitae] o, al menos, lo impulsó a vaciarse de sentido. La palabra Historie, extranjera y nacionalizada, que se refería preferiblemente al informe o narración de lo sucedido, especialmente las ciencias históricas, fue desplazada visiblemente en el curso del siglo XVIII por la palabra historia [Geschichte]. El desplazamiento de Historie y el giro hacia Geschichte se realizó, desde aproximadamente 1750, con una vehemencia medible estadísticamente. Ahora bien, Geschichte significa en primer lugar el acontecimiento o una secuencia de acciones efectuadas o sufridas; la expresión se refiere, más bien, al mismo acontecer que a su informe. […] Pero por este entrelazamiento mutuo […] se formó en alemán un centro de gravedad peculiar. La historia [Geschichte] se cargó con más contenido al rechazar la Historie del uso lingüístico corriente. Cuanto más convergieron la historia como acontecimiento y como representación más se preparó lingüísticamente el cambio trascendental que condujo a la filosofía de la historia del Idealismo. La «historia» como conexión de acciones se fusionó con su conocimiento. La afirmación de Droysen de que la historia sólo es el saber de ella es el resultado de esta evolución (Koselleck, 1993d, p. 50)[16].

La filosofía de la historia es exponente del nuevo modo de relacionarse con el tiempo histórico. Para Koselleck, el concepto moderno de historia es a la vez filosofía de la historia. Será esta última la que, enlazando a la historia como conjunto de acontecimientos y como conocimiento del mismo, vehiculizará la aceleración. Es que quien catalizó y llevó a término la ruptura en la concepción del tiempo histórico fue la filosofía de la historia. Como muestra en Crítica y crisis (Koselleck, 2007), esta mirada se formó a las sombras del Absolutismo y lo trastocaría desde dentro. Alterando la relación entre política y responsabilidad, la crítica ilustrada orientada por las expectativas de un progreso en la historia y una redención intramundana implicarían, en su correlato práctico, un debilitamiento de la política absolutista, produciendo su crisis. Con todo, tal crisis no sería asumida como tal, sino ocultada en función de la mirada utópica sobre el proceso histórico. En este punto, es dable decir que Koselleck critica a la filosofía de la historia de la Ilustración por erigirse por encima de las luchas concretas, por eludirlas por vía de una huida escatológica hacia el futuro, por un «reaseguro filosófico» que elude lo político. Lo político y lo utópico terminan siendo antónimos para Koselleck. Asumiendo un concepto de lo político deudor de Carl Schmitt, el oriundo de Görlitz sostiene en su opera prima que el componente utópico vehiculizado por la Ilustración impide que ésta comprenda que «la heterogonía de los fines es una determinación temporal de lo político que no puede ser superada por utopía alguna» (Koselleck, 2007, p. 21). Como veremos en un rato, el concepto koselleckiano de lo político es legible como respuesta anti-utópica; y se vehiculiza en la historia conceptual como crítica de las ideologías.

Tal certeza de salvación, que alimentaba la mirada de la filosofía del progreso sobre la historia, implicaba en su correlato político una oposición al Estado absolutista, percibido como un obstáculo katejóntico y retardatario frente a la aceleración, profética y racional a la vez, de la Ilustración. Por eso la formación del concepto moderno de historia y la filosofía de la historia son también y fundamentalmente legibles a la luz de la hipótesis de la aceleración.

Esta lectura de la Ilustración —y de la Revolución Francesa como su corolario político más intenso— se muestra reveladoramente similar a aquella efectuada por el historiador francés Augustin Cochin (1876-1916) en la década de 1910 (Cochin, 2018). Este historiador de la Revolución, durante largo tiempo olvidado por los círculos académicos de su propio país (Furet, 1986), centró su atención en las «sociedades de pensamiento» [sociétés de pensée] de la burguesía ilustrada, analizándolas como redes de sociabilidad que, además de articular una determinada manera de ver el mundo, actuarían como verdaderas «maquinas políticas» en los acelerados acontecimientos de 1789, cuyo protagonismo Cochin documentaría. El acento crítico del francés se posa en un punto similar al subrayado por Koselleck décadas después en Crítica y crisis: la ideologización y abstracción que caracterizó la mirada política de estas redes de sociabilidad. Para Cochin, en ellas se generó una «fe en la razón» de carácter análogo a la «fe en Cristo» de las sectas religiosas. El autor vislumbra en ellas verdaderas «sectas de fe» con rígidas reglas de organización y con profundos efectos sobre la acción de sus miembros; desde ellas se desplegaría una mirada abstracta e ideologizada de la realidad, que a la postre buscarían difundir y realizar. La paradoja observada por Cochin es que no había un principio concreto que doctrinariamente unificara a estas sociedades y a sus miembros; el aglutinamiento se daba en realidad por una dinámica de sociabilidad, con eje en la crítica negativa (hacia la teología, hacia la tiranía), la defensa abstracta de la razón, y la validación dada por «la opinión de los otros» como último juez de estos círculos sociales. Es por ello que para Cochin la Ilustración es ante todo explicable como «un fenómeno social, no moral ni intelectual» (Cochin, 1921, p. 14)[17].

La consecuencia de la nueva relación con el futuro abierta por la filosofía de la historia (propiamente, una orientación constante hacia el futuro) es que el presente se vuelve constantemente transitorio: el presente es a cada momento rebasado por un nuevo futuro abierto, y, en esta medida, pierde la posibilidad de ser experimentado como presente.

El tiempo que se acelera de esa forma priva al presente de la posibilidad de ser experimentado como presente y se escapa hacia un futuro en el que el presente, convertido en inexperimentable, ha de ser alcanzado mediante la filosofía de la historia. Con otras palabras, la aceleración del tiempo, en el pasado una categoría escatológica, se convierte en el siglo XVIII en una obligación de planificación temporal, aun antes de que la técnica abra completamente el espacio de experiencia adecuado a la aceleración (Koselleck, 1993c, p. 37).

La historización de la realidad, el pasar a percibirla y experimentarla como un proceso en continuo movimiento, condujo finalmente a la historización de la propia idea de historia magistra vitae. La historización del clásico topos suponía en términos prácticos su asesinato: las enseñanzas de la tradición pasaron a ser tan sólo ideas de un período histórico previo ya superado, y por eso incapaces de decirnos algo significativo en profundidad. Si el futuro va a ser completamente nuevo, no es posible, en el fondo, extraer enseñanzas útiles del pasado.

2.2.2. Conciencia de la historicidad, relativismo e historia conceptual

El hecho de que, con la Modernidad, la historia haya pasado a ser tanto un concepto de realidad como un concepto de reflexión, esto es, que sea a la vez acontecimiento y conocimiento, plantea una cuestión primordial para nuestra indagación que quisiéramos desplegar en lo que sigue. Aquí surge un problema epistemológico de amplio alcance. Básicamente, hay una relación indisociable entre el uso político de los conceptos y su uso teórico, reflexivo o investigativo[18]. El uno repercute sobre el otro, y a través de dicho vínculo se condicionan y transforman. Esto es decir que el partisanismo o partidismo (el uso de los conceptos para afirmar la posición política propia) y la objetividad (en tanto esfuerzo por una comprensión rigurosa de las cosas) conviven en su oposición, como dos caras de una misma moneda. La consecuencia de esto: uno ha de vérselas, de aquí en más, con el problema del relativismo. La historización como marca distintiva de la nueva experiencia de la realidad lleva a que la ciencia histórica (y cualquier reflexión que ponga en movimiento un juicio histórico) se halle enredada en el libre juego perspectivista, consistente en que toda afirmación histórica se hace desde un presente situado y transitorio. Toda historia, en consecuencia, está condenada a ser recurrentemente reescrita en cada presente sucesivo. Aunque uno quiera salir de este pantano relativista, indefectiblemente se hunde de nuevo en él. Es que, como el barón Munchausen, uno está tirando de sus propios cabellos.

Koselleck, además de encarar este problema a partir del examen del moderno concepto de historia, también lo hace desde la reflexión sobre el rol del historiador en la contemporaneidad, esto es, entendiéndolo como un desafío epistemológico y metodológico para la labor de la ciencia histórica en tanto disciplina. El dilema para el/la historiador/a es claro: todo enunciado se hace desde una posición y un punto de vista y por ende el partidismo parece resultar inevitable; al mismo tiempo, se exige que la labor de investigación sea objetiva. Así, «[l]a ciencia actual de la historia se encuentra entre dos exigencias que se excluyen mutuamente: formular enunciados verdaderos y admitir y tener en cuenta la relatividad de esos enunciados» (Koselleck, 1993a, p. 173). Así, una tensión peculiar termina configurándose: todo conocimiento está condicionado por la situación, y por ello es relativo. Sin embargo, la conciencia de tal fragilidad permite a la ciencia histórica desarrollar un arsenal crítico (en su teoría, en su método y en su técnica) con vistas a arribar a enunciados más rigurosos y objetivos. De este modo, el partidismo y la objetividad, si bien parecen excluirse mutuamente, terminan remitiendo el uno al otro.

Se puede expresar entonces la dualidad de este problema: la conciencia de la historicidad que caracteriza a la Modernidad es un proceso histórico-político, pero a la vez una premisa ineludible de la labor de investigación de considerable magnitud epistemológica. El tema ciertamente no es nuevo, pues remite a la clásica discusión sobre el historicismo y el relativismo en la historia. Sin embargo, la reconstrucción que de estos problemas efectúa Koselleck permite ganar claridad sobre la interrelación entre ambos planos; interrelación que será decisiva para el propio Koselleck, pues está a la base de las exigencias teóricas y metodológicas que introduce en su historia conceptual. En lo que sigue, entonces, veremos cómo de la formación del moderno concepto de historia se colige la conciencia de la relatividad de todos los juicios históricos; y cómo esto, consecuentemente, exige a la historia conceptual muñirse de un arsenal crítico en el plano teórico y epistemológico.

Al igual que en su alocución sobre la historia magistra vitae, Koselleck procede aquí mediante la contraposición: se exhibe la formulación clásica o tradicional del asunto a tratar, y luego la ruptura o discontinuidad que los modernos efectúan. En este caso, Koselleck indica que el modo clásico de la labor histórica estaba, desde Luciano y Cicerón, vinculado a la idea de representar fielmente los hechos, «tal como ellos fueron». Esto es, se apuntaba a una verdad pura, sin deformaciones o tergiversaciones por parte del historiador. Este ideal pictórico de la tarea historiográfica, que para cualquiera de nosotros/as hoy parece resultar insostenible (de hecho, Koselleck denominará a esta idea como un «realismo ingenuo») adquiere sentido si uno atiende a cuáles eran el objeto y el método de la vieja Historie. El centro neurálgico de la Historie era el testigo ocular[19], quien permitía dotar de autenticidad a la narración histórica. Desde ya, esta centralidad del testigo y de la narración testimonial conllevaba una importante consecuencia: imponía un fuerte límite a aquello que podía ser objeto de una investigación histórica en un presente dado. Es que solamente se podían reconstruir acontecimientos de los que hubiera testigos vivos. Lo representable en una narración histórica nueva eran solamente experiencias del presente o de un pasado cercano. Al mismo tiempo, los obstáculos epistemológicos también se veían reducidos: bastaba reconstruir la visión de todos los testigos posibles, que miraran lo acontecido desde distintos lugares o posiciones (por ejemplo, en el caso de una guerra), para arribar a una historia imparcial y verdadera.

Reconectando con lo dicho acerca de la historia magistra vitae, resulta importante reintroducir la cuestión de cuál era la experiencia de la temporalidad que estaba presente en esta concepción de la labor histórica. Para tratar de decirlo más claramente, la exigencia de imparcialidad y fidelidad con los hechos era asequible porque se experimentaban las historias bajo el trasfondo de un «presente continuado», esto es, de una constancia de la naturaleza y de las posibilidades humanas. La experiencia histórica «se refería al presente que progresivamente se acumulaba en el pasado sin poder modificarse en lo fundamental» (Koselleck, 1993a, p. 179). Se sigue de esto que el relativismo no podía ser siquiera concebido como un problema, porque las historias de la Historie no eran vistas como efecto de una realidad móvil y transitoria, sino como narraciones que, transcurrido cierto tiempo, pasaban a ser parte del acervo de la tradición y permanecían desde entonces idénticas a sí mismas.

Pero esto no podía seguir siendo cierto desde el momento en que la historia pasó a comprenderse como un gran proceso único, en continuo movimiento. Del mismo modo, el testigo ocular perdería su centralidad desde el momento en que el objeto de la indagación histórica no era ya un acontecimiento concreto (las historias, die Historien) sino la «historia misma» (die Geschichte), esto es, la totalidad de lo acontecido. Desde ese momento, finalmente, toda reflexión teórica se vería envuelta en la transitoriedad de algo en continuo movimiento, y superada por el torbellino imparable de una historia que avanzaba sin cesar.

Para Koselleck, ambos procesos van de la mano: «el surgimiento del relativismo histórico es idéntico al descubrimiento del mundo histórico» (Koselleck, 1993a, p. 175). Como se verá, el hecho de que se tome conciencia de la distancia histórica —y se conciba, así, un pasado lejano y discontinuo y, por añadidura, un futuro abierto y desconocido— habilita una ampliación del ámbito de la indagación histórica coextensivo ahora a la totalidad del continuum histórico: la historia del pasado, pero también la historia del futuro —aunque sea un oxímoron— se abren como una posibilidad para cada presente. Claro que esto otorga carta de ciudadanía al perspectivismo, porque cualquier indagación histórica ahora es «condicionada por los deseos y planes, así como por las cuestiones que se originan en la actualidad» (Koselleck, 1993a, p. 181). Así, el campo de experiencias de los contemporáneos se halla en el centro de todas las historias o, dicho de otro modo, «desde entonces la estructuración temporal de la historia depende de la posición que yo ocupo en ella» (Koselleck, 1993a, p. 182).

La transición de la vieja Historie al moderno relativismo fue, por supuesto, mucho más paulatina. Uno de los primeros pasos estuvo vinculado al surgimiento del perspectivismo en el contexto del Renacimiento, a partir del cual se inició una progresiva vuelta sobre los propios presupuestos epistemológicos de la historia narrable.

El primer derrame perspectivista surgió a partir de una problematización a todas luces básica: si el historiador debía presentar las visiones de diferentes testigos con vistas a obtener una imagen imparcial, «¿por qué no va a tener la propia posición del historiador ninguna influencia en su representación?» (Koselleck, 1993a, p. 180). De aquí surgiría el planteo, coherente aún con el punto de vista de la imparcialidad, de la dificultad del trabajo del historiador: «“sería muy difícil, casi imposible, ser un historiador perfecto. Quien quiera serlo no debería tener, cuando llegara el caso, ni una orden, ni un partido, ni compatriotas, ni religión” [Zedler]» (Koselleck, 2010c, p. 115); esto es, no debería tener perspectiva.

Para Koselleck, fue mérito de Johan Martin Chladenius (1710-1759) el haber demostrado que tal anhelo de imparcialidad era imposible. Toda historia está quebrada por la perspectiva que la narra: lo acontecido es una unicidad, pero su representación es diversa y múltiple. En este sentido, «[e]s absolutamente decisivo si un conjunto conectado de acontecimientos lo juzga alguien interesado o alguien ajeno a él, un “amigo” o un “enemigo”, un “erudito” o un “campesino”, un “agitador” o un “súbdito fiel”» (Koselleck, 2010c, pp. 115-116).

De esto se derivaba para Chladenius, en primer lugar, la «insuperable relatividad de todos los “juicios de intuición”, de toda experiencia» que se debe fundamentalmente a la existencia de diferentes puntos de vista sobre la misma cosa: «“[d]el concepto de punto de vista se sigue que las personas que miran una cosa desde diversos puntos de vista han de tener también diferentes representaciones de la cosa […]”» (Koselleck, 2010c, pp. 115-116). En segundo lugar, y aunque aún Chladenius se mantenía fiel a un realismo moderado y a la importancia de los testigos, se tomaba conciencia del perspectivismo que afectaba a toda exposición histórica. Lo efectivamente acontecido no podía reproducirse in toto por medio de ninguna exposición. El historiador no puede más que reproducir las historias en «cuadros rejuvenecidos»: «[t]iene que seleccionar, tiene que recortar y tiene que servirse de conceptos generales, pero con ello se expone a nuevas e ineludibles ambigüedades que precisan, a su vez, de interpretación» (Koselleck, 2010c, p. 116).

En el decir de Koselleck, Chladenius dio cuenta de una serie de tensiones teóricas que al día de hoy siguen vigentes. Esto se debe a que el historiador del siglo XVIII expone un dilema fundamental que afronta el trabajo de investigación histórica: por un lado, la inevitabilidad del perspectivismo; por otro lado, el esfuerzo de toda investigación por arribar a una comprensión genuina de las cosas y no quedar reducida a mera toma de partido. En otras palabras, el reconocimiento del perspectivismo no debería llevar automáticamente al partidismo. Para Chladenius, se trataba de lograr una conjunción particular: un relato imparcial, pero con perspectiva (pues ésta es ineliminable). «Un relato imparcial, pues, no puede significar lo mismo que relatar unas cosas sin ningún punto de vista, pues esto, simplemente, no es posible: y hacer un relato partidista tampoco puede ser lo mismo que relatar una cosa y una historia según el propio punto de vista, pues, entonces, todos los relatos serían siempre partidistas» (citado en Koselleck, 2010c, p. 118).

Así, por un lado, la relatividad y el perspectivismo son insuperables para el conocimiento histórico: la reconstrucción histórica se efectúa a través de perspectivas que tienen un sentido y lo fundan, y el historiador no puede evitar introducir sus propios puntos de vista y su posición en el análisis. Sin embargo, esto no debe conducir necesariamente a un «relato partidista». De algún modo, Koselleck parece indicar que el punto de vista del historiador no es ni neutral ni partidista, en línea con Chladenius. «Al constatar de este modo que la formación perspectivista del juicio no es idéntica con la toma de partido, Chladenius tensaba un espacio teórico que no ha sido rebasado hasta hoy» (Koselleck, 2010c, p. 118). La reflexión de Koselleck al vehiculizar a Chladenius parece querer habilitar un espacio para la indagación teórica e histórica que no equivalga a caer en el mito de la neutralidad o la objetividad, pero tampoco en el puro partidismo. Como veremos luego, Koselleck considera que la interpretación de las fuentes permite canalizar esta tensión: las fuentes no hablan por sí solas, por ende, requieren de la teoría y de la interpretación, habilitando diferentes perspectivas; al mismo tiempo, las fuentes conservan un «poder de veto», pues impiden hacer afirmaciones arbitrarias o descabelladas que no puedan argumentarse a partir de ellas (Koselleck, 2010d, 2010f). Dicho de otro modo: es posible decir múltiples y divergentes cosas, pero eso no implica que se pueda decir «cualquier» cosa.

2.2.3. La historia conceptual como crítica de las ideologías

Lo dicho hasta aquí, entonces, permite dar cuenta de cómo la temporalización paulatinamente condujo a que nuestro «estar situados» en un presente dado sea percibido como algo constitutivo de la propia experiencia y conocimiento históricos. De este modo, «la historia» pasó a ocupar un rol decisivo a la hora de estructurar la lucha política y, con esto, la temporalidad pasó a constituir una dimensión fundamental de la identidad política. En este sentido, Koselleck considera que

[d]esde el momento en que quedó sumergida en la perspectiva temporal de su desarrollo histórico, la verdad histórico-relativa pasó a ser una verdad superior. […] Desde entonces, la historia como tal cobró también una genuina cualidad temporal. […] [Se trataba de] una experiencia histórica que había crecido muy lentamente y que se había ido acopiando desde Chladenius: que el estar referido a la propia posición es constitutivo de la experiencia histórica y del conocimiento histórico. Con la temporalización de esta historia fragmentada en perspectivas se hacía preciso reflexionar también sobre la propia posición, dado que ésta cambia en el movimiento histórico, y con él. Finalmente, esta experiencia se vio confirmada por los arrolladores acontecimientos de la Revolución francesa: pues particularmente éstos forzaban de modo muy concreto a tomar partido (Koselleck, 2010c, p. 121).

La temporalización llevaba a que la lucha política se inscribiera dentro de una realidad tornadiza y cambiante. Por supuesto, cabe indicar que aquí cobra pleno sentido la afirmación koselleckiana de la centralidad que, a partir de esta época, adquieren los conceptos de movimiento, y de que la propia configuración del antagonismo político cobre rasgos temporales. Piénsese por ejemplo en la oposición entre «progresistas» y «conservadores», de hondo arraigo hoy en cualquier referencia política cotidiana. En su oposición mutua, estas categorías no hacen más que coincidir en un mismo criterio temporal: la premisa compartida de una dirección y aceleración de la historia, que unos buscan consumar y los otros, detener. La dinámica que Koselleck observa y que hace al concepto de historia «capaz de fundamentarlo todo» (Koselleck, 2010c, p. 83) es que los distintos grupos empiezan a invocarla para ponerla de su lado. De este modo, la historia permitía la autodeterminación política y social en un tiempo presente, vinculada a la lucha política y a la determinación del futuro. Se constata entonces que un cambio profundo se había consumado a nivel político-social. Lo que indica la dinámica política abierta a partir de la Revolución es que «el perspectivismo histórico se había transformado completamente, pasando de ser una categoría histórica a ser una determinación fundamental, procedente de la historia misma, para toda experiencia y toda expectativa» (Koselleck, 2010c, p. 125).

De lo antedicho puede indicarse que el concepto moderno de historia está atravesado por una ambigüedad; ambigüedad que él mismo habilita y hace posible: «la historia» es, por un lado, un elemento fundamental de la lucha política y del lenguaje político, y en consecuencia es apropiada ideológicamente por todos los grupos; a la vez, la reflexión histórica puede vehiculizar una crítica de tales usos del lenguaje y de las narraciones que cimentan y sustentan las identificaciones políticas. En ese péndulo debe habitar la historia conceptual, en la medida en que es una ciencia histórica moderna. Se trata, dicho de otra manera, del difícil lugar del proyecto histórico-conceptual en relación con una Modernidad caracterizada por la conciencia de la historicidad.

Koselleck plantea esta ambigüedad de la historia afirmando que dicho concepto se halla en una oscilación pendular entre la caída en la ideología y la crítica de las ideologías (Koselleck, 2010c, pp. 134-135). La «caída en la ideología» está vinculada a la dimensión política y social que adquiere el concepto, al ser usado como arma política para reivindicar la posición propia. Esta utilización ideológica puede presentar dos modalidades típicas: bien puede ser que se conciba la historia como un poder sobrehumano, esto es, un agente con vida propia tal como se desprende de su configuración como colectivo singular; bien puede, por el contrario, que se considere que la historia es producida e incluso planificada por la voluntad humana. Aunque aparentemente opuestos, tales usos de la historia se nutren mutuamente y confluyen en su común carácter ideológico. Ahora bien, «en el mismo hallazgo lingüístico se encuentran criterios para desenmascarar el carácter ideológico de esta utilización» (Koselleck, 2010c, p. 149).

Para Koselleck, esta situación no ha sido desmontada al día de hoy. En su decir, fue Friedrich Nietzsche quien, en su conocido texto «Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida» de 1874, efectuó una de las críticas más potentes del carácter ideológico del concepto moderno de historia. Desde entonces, otros han continuado este camino de crítica pero «sin que haya tenido éxito, por ahora, una deshistorización de la conciencia general, o al menos de las ciencias» (Koselleck, 2010c, p. 151)[20]. El pináculo de toma de conciencia sobre esta situación fue provisto por la filosofía del siglo XX con el concepto de historicidad. Para Koselleck,

[c]on el concepto de «historicidad», la filosofía de la existencia y la hermenéutica hacían suya una categoría apropiada para fundamentar metahistóricamente, por así decirlo, la relatividad de todo lo histórico, que constantemente se rebasa a sí misma […]. La «historicidad» expresa, en cierto modo, lo que en el siglo XVIII se quería decir con la «historia como tal», como condición de las historias posibles (Koselleck, 2010c, p. 151).

En virtud de lo hasta aquí dicho, puede sostenerse que la «conciencia de la historicidad» constituye una premisa insoslayable de la historia conceptual. De algún modo, la historia conceptual es posible en virtud de una transformación decisiva que afectó a Occidente y a sus conceptos políticos fundamentales, que conllevó una nueva temporalidad y una historización de los diferentes aspectos de la vida humana. Al mismo tiempo, la historia conceptual asume como objeto de su indagación ese proceso de cambio que fue también su condición de posibilidad. Se trata de un gesto de crítica inmanente que, dicho así, puede sonar obvio o ridículo, pero que, creemos, debe ser explícitamente visibilizado. Es que el gesto autorreflexivo de la historia conceptual lleva a problematizar sus propios presupuestos; y los alcances o limitaciones de este avance autocrítico por parte de Koselleck se hallan hoy en gran medida en el eje del debate de las recepciones contemporáneas de la historia conceptual, de manera explícita o implícita (es decir, se ha criticado a Koselleck por no ser lo suficientemente crítico respecto de los supuestos modernos que su proyecto histórico-conceptual hipostasiaría sin cuestionar)[21].

La ambigüedad que la Modernidad plantea a la posibilidad de la historia conceptual es entonces respondida por el camino de la crítica inmanente, que lleva a volver, en el plano teórico, sobre los propios presupuestos de la historia, y en el plano historiográfico, a un análisis crítico de los conceptos políticos que permite identificar y dar cuenta de sus usos ideológicos, con vistas a ganar claridad sobre ese carácter y esas prácticas. Sin embargo, este camino de crítica inmanente corre el riesgo de seguir encerrado en el torbellino de su propia historización y relativización. Para Koselleck, la respuesta hasta aquí dada no es suficiente.

La conciencia de la historicidad y el desafío que dejan planteadas las filosofías idealistas de la historia llevan a Koselleck a emprender un nuevo camino, que se suma (pero no invalida) los hasta aquí trazados. Se trata de preguntarse por las propias condiciones de posibilidad de la historia. Si la historización de la realidad es un fenómeno circunscripto a la Modernidad, pero con efectos totalizantes (pues atraviesa nuestra comprensión del mundo), la reflexión teórica debe salir del círculo abordando las premisas de toda historia posible, esto es, las condiciones antropológicas y no-históricas que permiten que haya acontecimientos históricos y narraciones sobre los mismos; y que den cuenta de que «la historia» (die Geschichte) propia de la Modernidad es un modo particular de organizar la experiencia del tiempo, pero no el único, en la medida en que reposa sobre determinantes más hondos. Se trata de recuperar, en otras palabras, la pregunta por lo permanente en la historia. En la pregunta por nuestra condición permanente intentaremos identificar un gesto teórico que permite mirar la historia más allá de sus implicancias modernas. Abordaremos esta cuestión en el siguiente apartado.

2.3. La pregunta por nuestra condición permanente. La «Histórica» y la historia conceptual

¿Cómo salir del corral relativista? ¿Cómo plantar cara, por lo demás, a la embestida de la aceleración? Parecen ser estas las preocupaciones centrales de Koselleck a la luz de la noción de historicidad. El esbozo de una Histórica, como doctrina de las condiciones de posibilidad de toda historia, se entiende en relación con ellas[22]. Como marcamos hacia el final del apartado anterior, la filosofía del siglo XX constituyó el punto más alto de toma de conciencia sobre la historicidad. Particularmente, las reflexiones hermenéuticas de Heidegger y Gadamer constituirían los desarrollos centrales que ganarían profundidad reflexiva sobre la historicidad del ser humano. Koselleck, partiendo de este estado de situación, despliega con su propuesta de una Histórica un diálogo crítico con Heidegger y Gadamer. En el decir de Koselleck (1997)[23], los análisis de Heidegger deben llevarse hacia «una dirección que este autor no tomó en consideración». Es que Heidegger «se contentó con la categoría de la historicidad», sin ir más allá. Tal categoría, a juicio de Koselleck, es útil en tanto «exponía la experiencia de la relatividad del historicismo, en una duración legible positivamente»; sin embargo, quedarse en ella impide dar cuenta de las «premisas» que hacen posible la(s) historia(s) (Koselleck, 1997, p. 85).

La conciencia de la historicidad constituye un aspecto decisivo de la reflexión teórica-histórica contemporánea, y contiene un potencial crítico prominente. Sin embargo, avanzando ahora un paso más, Koselleck pareciera decirnos que, si Heidegger se detuvo en el descubrimiento de la categoría de historicidad, debe buscarse el modo de saltar el alambrado relativista al que conduce. Como veremos, esta salida no quiere renunciar a la historia, como tampoco eliminar por arte de magia las aporías de todo pensamiento que se sabe situado, sino más bien efectuar una mirada alternativa sobre la misma y lo que está a su base: la acción humana inscripta en el tiempo. La Histórica será, por ello, un ejercicio de antropología política.

En su alocución de homenaje a Gadamer, Koselleck tematiza desde un inicio el marco bajo el cual vehiculizará su esbozo de una Histórica, poniéndola en relación con la hermenéutica. El aporte de una Histórica estaría dado porque, al poner de relieve las condiciones de posibilidad de las historias, permite «considerar las aporías de la finitud del hombre en su temporalidad» (Koselleck, 1997, p. 68).

A la hora de pensarse en su relación con la hermenéutica, es claro que la historia en tanto disciplina (al igual que, por ejemplo, la teología, la filosofía, la jurisprudencia o la poesía) es un «subcaso» del comprender existencial y, por tanto, se halla dentro del «cosmos hermenéutico» proyectado por Gadamer. Es que «[p]ara poder vivir, el hombre, orientado hacia la comprensión, no puede menos que transformar la experiencia de la historia en algo con sentido o, por así decirlo, asimilarla hermenéuticamente» (Koselleck, 1997, p. 68). Siendo esto cierto para la ciencia de la historia, no lo será sin embargo para la Histórica.

La Histórica no se sentirá tan cómoda bajo la cálida y abrigadora ala de la hermenéutica. Con vistas a darle vuelo propio, Koselleck afirmará que la Histórica no puede subsumirse a la hermenéutica. En tal afirmación se contiene uno de los ejes fundamentales para comprender el espíritu de esta empresa koselleckiana. Es que la Histórica ante todo busca, en un plano antropológico pero también epistemológico, dar cuenta de las premisas pre y extralingüísticas de las acciones humanas que estructuran toda convivencia común en el tiempo.

¿Se agotan las condiciones de posibilidad de una historia en el lenguaje y en los textos? ¿O hay condiciones extralingüísticas, prelingüísticas, aun cuando se busquen por vía lingüística? Si existen tales presupuestos de la historia que no se agotan en el lenguaje ni son remitidos a textos, entonces la Histórica debería tener, desde el punto de vista epistemológico, un status que le impida ser tratada como un subcaso de la hermenéutica» (Koselleck, 1997, p. 69).

Es menester remarcar el cambio de nivel de análisis que implica vehiculizar de modo sistemático una reflexión en torno a la Histórica. Es que, a diferencia de la historia como disciplina, la Histórica «no se ocupa de las historias (Geschichten) mismas, cuyas realidades pasadas, presentes y quizá futuras son tematizadas y estudiadas» por la primera, sino que en su lugar «[i]nquiere aquellas pretensiones, fundadas teóricamente, que deben hacer inteligible por qué acontecen historias, cómo pueden cumplimentarse y asimismo cómo y por qué se las debe estudiar, representar o narrar». De este modo, la Histórica pone de manifiesto un nudo fundamental para toda reflexión histórica: visibiliza «la bilateralidad propia de toda historia, entendiendo por tal tanto los nexos entre acontecimientos como su representación» (Koselleck, 1997, p. 70). En otras palabras, la dislocación constitutiva entre realidad y lenguaje, entre acontecimientos y su representación, entra en juego como tema de la Histórica. La afirmación koselleckiana de que la historia (en tanto lo acontecido) siempre es más o menos de lo que de ella se narra, encuentra su fundamento último en esta consideración metahistórica, y permite brindar una respuesta a la confluencia moderna entre ambas dimensiones.

Ahora bien, ¿qué tiene para decirnos la Histórica? En otras palabras, ¿cuáles son esas «premisas», esas «condiciones de posibilidad» sobre las que tanto insiste y promete Koselleck? En primer lugar, abordaremos sucintamente la antropología política que fundamenta la Histórica y veremos en ella un concepto de lo político que, creemos, puede ubicarse a la base del edificio teórico koselleckiano y como premisa de la historia conceptual. En segundo lugar, abordaremos el nudo epistemológico presente en la relación entre Histórica y hermenéutica, ganando claridad sobre esta cuestión a la luz de la postulación koselleckiana de una dislocación entre lo lingüístico y lo extralingüístico. En tercer lugar, identificaremos la pregunta por lo permanente en el interés del autor por las «estructuras de repetición», que se escalonan a distintos niveles de profundidad en la historia, y que muestran el modo en que la historia conceptual articula el plano sincrónico con el plano diacrónico. A través del abordaje de la «anticipación teórica» y del «arte de la prognosis», mostraremos que la práctica histórico-conceptual vehiculiza una concepción diferente de la temporalidad y, con ello, un posicionamiento teórico-político que embebe su práctica de investigación.

2.3.1. Más allá de la historicidad: las condiciones permanentes de la convivencia humana

Partiendo del pensamiento de Heidegger, aunque encaminándolo en lo fundamental hacia otros horizontes, Koselleck propone una serie de categorías formales, de determinaciones existenciales, que definen la experiencia de la finitud del ser humano así como la estructura temporal de las historias posibles. La relevancia del filósofo alemán reside en su analítica existencial del Dasein, a través de la cual tematizó de modo específico la temporalidad. Puntualmente, en el «precursar la muerte» como determinación existencial fundamental del Dasein, que permite identificar en la experiencia de la finitud la estructura fundamental de éste, Koselleck encontrará un punto de partida para tematizar antropológicamente su Histórica.

Koselleck busca «completar» a Heidegger, por así decir, incorporando otras categorías y determinaciones fundamentales. Para el oriundo de Görlitz, la cuestión reside en saber «si las determinaciones de Heidegger (…) bastan para desarrollar una Histórica que logre derivar condiciones de posibilidad de historias a partir de la determinación fundamental de la finitud y la historicidad» (Koselleck, 1997, p. 72). Así, Koselleck busca sumar nuevas categorías existenciales al catálogo, con el objeto de precisar mejor el horizonte temporal de la experiencia de la finitud. La oferta categorial de Koselleck se organiza, en su conferencia de 1985, en torno a cinco categorías.

1. «Tener que morir» y «poder matar». Todo agrupamiento humano se enfrenta a la cuestión permanente de la supervivencia, ante la conciencia de la finitud temporal. Esto implica, además de procurarse lo necesario para la vida y la reproducción, hallarse ante la amenaza de muerte a manos de otros pero también ante la potencialidad de proferirla[24].

2. Amigo-enemigo. Este par antitético, de proveniencia schmittiana, es elevado por Koselleck a categoría formal que habilita la diversidad de antagonismos políticos posibles[25].

3. Interior-exterior. Este par constituye propiamente la «espacialidad histórica». Todo agrupamiento humano se constituye a sí mismo delimitándose respecto de otras unidades políticas. Esto no es exclusivo de la estatalidad moderna, sino que abarca la pluralidad de formas posibles en que los seres humanos articulan políticamente el espacio.

4. Generatividad (diferencia entre generaciones). El antes y el después tienen como correlato antropológico la diferencia entre generaciones, y a nivel político el desajuste y los conflictos que en toda sociedad se da entre ellas. Tales rozamientos producen historias, a la vez que permiten dar cuenta de la permanencia y el cambio.

5. Arriba-abajo. Se trata de las relaciones de poder, de la cuestión irreductible de que siempre habrá dominadores y dominados, relaciones jerárquicas entre los seres humanos. Aun todo avance en la igualdad, aun toda revolución que trastoque profundamente las relaciones de producción y la élite política, producirá nuevas jerarquías, delimitaciones y exclusiones[26].

Desgraciadamente, no podemos aquí profundizar mucho más ni evaluar la pertinencia o acierto de estas categorías esbozadas por Koselleck. Lo que buscamos subrayar, a través de una mirada de conjunto sobre las mismas, es cómo en tal reconstrucción de ciertas precondiciones irreductibles para toda vida en común, subyace una clara mirada antropológica sobre las posibilidades políticas de todo agrupamiento humano, que permite colegir una serie de trasfondos permanentes y recurrentes sobre el que todo acontecer histórico transcurre. Frente a la historia como colectivo singular y proceso único, frente a una dirección y un progreso de la historia, Koselleck erige un entramado de cuestiones políticas permanentes, ante las que aquella no puede más que desdibujarse. La historia mentada por esta Historik no es la historia en su acepción moderna, sino los plurales aconteceres y las plurales posibilidades de acción humana, que pueden ser leídas en su singularidad, pero también en su repetición, a la luz de estas categorías permanentes. No hay «progreso» posible en la historia ante la insuperabilidad de tales cuestiones políticas permanentes.

El problema de la convivencia humana es irresoluble pero a la vez, en cada historia, se busca canalizarlo, contenerlo o solucionarlo. La Histórica expresa las posibilidades últimas que ninguna historia concreta podrá jamás resolver o superar. Ello explica por qué «son necesarias determinaciones antitéticas que expresen aquella finitud temporal en cuyo horizonte surgen tensiones, conflictos, fracturas, inconsistencias que, en su calidad de situaciones, siempre son insolubles, pero en cuya solución diacrónica deben participar y activarse todas las unidades de acción […]» (Koselleck, 1997, p. 85).

2.3.2. La dislocación entre lo lingüístico y lo extralingüístico como núcleo de la relación epistemológica entre Histórica y hermenéutica

Si hasta aquí la Histórica permite edificar una serie de constantes antropológicas para la organización política del ser humano, a nivel epistemológico subsiste una clara objeción que desde la hermenéutica puede dirigirse hacia la Histórica en su pretensión de preeminencia. Es que, a fin de cuentas, la Histórica sólo puede pensarse y expresarse a través del lenguaje: está formulada y es comprensible lingüísticamente. Aunque así dicho suene obvio, la relación resulta relevante en tanto remite a las condiciones de posibilidad de todo conocimiento histórico.

A nivel epistemológico, entonces, la lingüisticidad parece ser un determinante más fundamental que cualquier otro a la hora de posibilitar la historia en tanto acervo de experiencia comunes, en tanto registros y narraciones transmitidas lingüísticamente. Visto así, la hermenéutica constituye la condición de posibilidad inextricable no sólo de cualquier historia narrada, sino también de cualquier Histórica pensable.

En este punto, la hermenéutica vendría a poner de manifiesto, con Gadamer, que el mundo es aprehendido y constituido lingüísticamente en un mismo acto. Dicho de otro modo, toda experiencia humana del mundo remite coextensivamente a una interpretación del mismo, que se expresa como lenguaje. En este sentido, la hermenéutica explica la inserción existencial en un mundo, que en su dimensión temporal se articula como historia; una historia posibilitada y transmitida lingüísticamente.

En el decir de Koselleck, la hermenéutica así entendida «posee un rango histórico-ontológico, y la lingüisticidad constituye el modo de ejecución ínsito en ella que no se deja objetivar metódicamente» (Koselleck, 1997, p. 86). Así, el lenguaje y la lingüisticidad del ser humano ocupan una posición peculiar en todo el cuadro que quiere pintar Koselleck: son condición de posibilidad de toda experiencia y de toda historia posible, pero además y fundamentalmente son premisa de toda narración y conocimiento. En este sentido, el lenguaje no sólo ocupa un lugar clave a nivel antropológico, sino también a nivel epistemológico y metodológico.

La respuesta dada por Koselleck a este desafío es relativamente simple pero reveladora: la Histórica necesariamente se expresa lingüísticamente pero remite a algo que excede al lenguaje. Que el lenguaje no pueda abarcar y clausurar la realidad conduce al carácter abierto de la(s) historia(s), pero a la vez a un nudo epistemológico entre ambas instancias. En el reconocimiento de tal aporía, esto es, en que aquello que excede el lenguaje sólo puede ser pensado y aprehendido lingüísticamente, se halla la diferencia teórica fundamental con la que Koselleck se inscribe al tiempo que se diferencia de la hermenéutica gadameriana. Si a nivel antropológico la Histórica presenta las antítesis irreductibles que hacen posible el actuar y el narrar de los seres humanos en tanto seres temporales, a nivel epistemológico da cuenta del desequilibrio consistente en que, habiendo una dislocación constitutiva entre acontecimiento y elaboración lingüística[27], sólo contamos con el lenguaje para dar cuenta incluso de aquello que va más allá de él.

A nivel metodológico, esto conlleva la necesidad de pensar, como Koselleck reconocía en Otto Brunner, que toda historia conceptual debe al mismo tiempo ser historia social, o que el concepto nunca puede ser idéntico a sí mismo. Veamos brevemente cómo esta relación entre Histórica y hermenéutica se expresa en el plano epistemológico y metodológico en las reflexiones de Koselleck sobre la historia conceptual y su relación con la historia social.

La sociedad (o los agrupamientos humanos) y el lenguaje son dos requisitos metahistóricos de toda historia. Sin formaciones sociales y sin conceptos, no puede experimentarse ni interpretarse la historia. Ahora bien, como dijimos, la relación entre los acontecimientos sociales y su elaboración lingüística es la de un desencuentro, la de una dislocación. No puede haber plena identidad entre los hechos y el lenguaje. Por eso, es imposible arribar a una «historia total», o sea, una historia que todo lo cubra y todo lo explique: la historia permanece abierta e incompleta constitutivamente, en virtud de esta dislocación fundamental y antropológica. «El totum de una historia social y el totum de una historia lingüística nunca se corresponden exactamente» (Koselleck, 2012b, p. 12). La ausencia de completitud es una premisa tanto de la historia social como de la conceptual, y es su interacción mutua la que la confirma y la reproduce. Koselleck lo expresa del siguiente modo:

Ni la concepción lingüística alcanza a representar lo sucedido o lo que realmente fue ni nada sucede sin que su elaboración lingüística lo modifique. La historia social o historia de la sociedad y la historia conceptual se encuentran en una tensión condicionada por la materia histórica que hace que ambas remitan una a otra sin que esa reciprocidad pueda ser superada en algún momento. Lo que se hace no se plasma en palabras hasta el día siguiente, y lo que se dice se convierte en un hecho en el momento en que se libera de uno. Lo interpersonal, es decir, lo que acontece socialmente y lo que en esa circunstancia o sobre ello se dice, da lugar a una diferencia que opera constantemente impidiendo toda histoire totale. La histona se efectúa bajo la premisa de la ausencia de completitud, cualquier interpretación que se adecue a esta apreciación deberá prescindir de la totalidad (Koselleck, 2012b, p. 13).

Esta dislocación es la que hace posible el propio cambio histórico: «esta diferencia entre el concepto y el estado de cosas es la que una y otra vez provoca la transformación histórica y la que la regula» (Koselleck, 2012a, p. 38).

En el presente de cualquier acontecimiento, acción y discurso no pueden separarse in actu, sino sólo analíticamente. «Cuando alguien queda impresionado por una alocución, la experimenta no sólo lingüísticamente, sino también en todo su cuerpo» (Koselleck, 2012b, p. 15). Ahora bien, algo distinto ocurre cuando uno trata con las historias pasadas. En la historia acontecida, de la que se ocupa el/la investigador/a histórico/a, la relación inescindible entre acción y discurso se disuelve: pues sólo llegan hasta nosotros las palabras. Esto es decir que ahora es el lenguaje (hablado y escrito, pero sobre todo este último) el que adquiere primacía epistemológica. Sólo lingüísticamente, a través de las fuentes que han perdurado hasta nuestro presente, podremos reconstruir una historia y decidir (por paradójico que suene) qué parte de ella fue lo extralingüísticamente acontecido y qué parte estuvo condicionada por el lenguaje (o dicho más claramente, sólo mediante las fuentes lingüísticas se puede reconstruir cómo se relacionaban acción y discurso en el pasado). La paradoja consiste en que, si la realidad excede al concepto, sin embargo es sólo mediante el concepto que puede reconstruirse la realidad.

De lo antedicho se deduce que, si en el plano antropológico la Histórica se diferencia de la hermenéutica, en el plano epistemológico establece un lazo inescindible con ella. La dislocación entre lenguaje y acontecimientos reserva un espacio para la primera, aunque sólo pueda pensarse lingüísticamente. Finalmente, la historia conceptual debe asumir, en su trabajo con las fuentes, su carácter hermenéutico. Es hermenéuticamente como se define qué es lo que ha ocurrido en la historia.

2.3.3. Diacronía y sincronía. Las estructuras de repetición y los estratos del tiempo, ¿una respuesta a la aceleración?

En base a lo trazado hasta aquí, la Histórica de Koselleck, que se pregunta por los trasfondos permanentes que posibilitan cada historia concreta, puede pensarse como un esfuerzo por salir de la aceleración provocada por el moderno concepto de historia, así como del relativismo a que lleva su modo de experimentar el tiempo. Creemos posible indicar una presencia análoga de la Histórica mentada por Koselleck en un plano más específico, vinculado con la tarea de el/la historiador/a conceptual. Koselleck ha dedicado sendos trabajos a abordar el quehacer propio de la historia conceptual, la relación entre teoría y lenguaje de las fuentes, el vínculo entre diacronía y sincronía, y la conexión entre la investigación histórica y el tiempo presente (Koselleck, 1993a, 1993f, 2006, 2009, 2010f, 2010d, 2010a, 2010g, 2012a). Tales cuestiones, que remiten en primera instancia al método de la historia conceptual, expresan también, como intentaremos mostrar, una marcada mirada teórico-política del autor, que se vincula con lo planteado por nosotros hasta aquí. Desarrollaremos este aspecto en lo que sigue.

Frente a la concepción moderna del tiempo histórico, que construye un decurso lineal con una dirección y donde cada acontecimiento es único e irrepetible, la historia conceptual despliega en su propia práctica una mirada diferente del tiempo histórico, que se caracteriza por la «sedimentación» del pasado en el presente. Existen «estratos» de experiencias pasadas que se acumulan en diferente medida en el presente. Dar cuenta de esa «profundidad histórica» es tarea de la historia conceptual. Como se ve, Koselleck insistentemente se sirve aquí de metáforas espaciales para poder expresar su mirada sobre la temporalidad. Y ello se debe a una razón precisa: el autor busca subrayar la dimensión de la permanencia, de la repetibilidad, de las premisas y precondiciones que subyacen a cada acontecimiento concreto. De algún modo, las metáforas espaciales son necesarias porque Koselleck busca destemporalizar[28] la concepción de la historia. La dimensión espacial ayuda a subrayar aquello que permanece en el tiempo histórico. Las historias no son únicas e irrepetibles, no avanzan a pasos agigantados y sin mirar atrás. Cada acontecimiento expresa algo nuevo, pero también algo que se repite: cambio y permanencia se conjugan en distinta proporción en cada historia concreta. Dicho de otro modo, cada acontecimiento político o social es posible porque hay estructuras sedimentadas previas que los hacen posibles y en los cuales los primeros a su vez se inscriben[29]. Los acontecimientos, es cierto, modifican las estructuras, pueden incluso ponerlas en crisis o demolerlas: pero nunca in toto. Las estructuras cambian en la historia a una velocidad distinta, más lenta, que la de los acontecimientos sincrónicamente considerados. Lo mismo vale para una apreciación estrictamente conceptual: la introducción de un nuevo concepto político, por ejemplo, sólo es posible sobre el trasfondo de un lenguaje que en lo demás sigue igual, de una precomprensión social donde ese concepto debe necesariamente inscribirse para poder ser entendido. En palabras de Koselleck, «sólo con determinadas precondiciones hermenéuticas es posible la introducción de nuevos conceptos. Por consiguiente, solo puede comunicarse algo nuevo si se presupone que el oyente o el lector entienden todo o, al menos, casi todo». Por ello, la «estructura de repetición es la precondición de que pueda expresarse algo nuevo» (Koselleck, 2012a, p. 30).

La imbricación entre singularidad y repetibilidad se expresa, en el vocabulario metodológico de la historia conceptual, en la articulación entre sincronía y diacronía. Los puntos sincrónicos, en que tienen lugar acontecimientos y usos específicos de los conceptos, se articulan en planos diacrónicos, que expresan temporalidades de medio o largo plazo[30]. El estatuto de la relación entre lo sincrónico y lo diacrónico, que corresponde por analogía con aquella entre acontecimiento y estructura, y entre concepto y lenguaje, expresa un decisivo núcleo metodológico sobre el que Koselleck se dedicaría a reflexionar.

Ejemplifiquemos esta relación considerando cómo se manifiesta en el trabajo estrictamente historiográfico. La herramienta última y fundamental de el/la historiador/a son las fuentes históricas. Ellas, sin embargo, sólo expresan puntos sincrónicos del tiempo, aquellos en los cuales fueron hechas. Esto es, remiten a momentos concretos de la historia, a acontecimientos singulares, a actores específicamente situados en tiempo y espacio que usaron los conceptos con determinado sentido, etc. Es cierto que fuentes tales como series estadísticas, o reflexiones intelectuales que analizan retrospectivamente el pasado, vehiculizan una dimensión diacrónica. Con todo, aun en esos casos, lo característico de esas fuentes históricas es que ellas se encuentran situadas: su valor heurístico reside en que expresan la época en que fueron formuladas, permitiéndonos así conocerla.

En este sentido, la barrera que ninguna fuente puede franquear es el hecho de que pertenece al pasado y no al presente. Para ser comprendida en este último, requiere de interpretación y traducción, tarea que sólo puede desempeñar la teoría corporizada en el quehacer de un/a investigador/a. En otras palabras, toda fuente necesita una retraducción de su sentido al tiempo presente, y tal tarea es vehiculizada por el/la historiador/a. Si la relación entre las fuentes y la narración historiográfica fuera de 1:1, en verdad no tendría sentido la investigación histórica: las fuentes hablarían por sí mismas.

Esta subrepticia necesidad de la teoría permite comprender cómo entran a jugar las estructuras diacrónicas en esta consideración. Las estructuras y el plano diacrónico, en verdad, no existen como tales en ninguna fuente. Deben ser construidas teóricamente por el/la investigador/a, para ante todo dar un sentido y significado al modo en que el pasado afecta al presente. Hacer la historia de un concepto implica, además de trabajar de modo exhaustivo con fuentes, poder establecer conexiones sistemáticas que no están escritas en ninguna fuente, pero que permiten leerlas diacrónicamente en un proceso. Identificar las estructuras de repetición, dar cuenta de los estratos semánticos acumulados a diferente profundidad hasta el tiempo presente: todo eso sólo puede ser hecho por la teoría.

Tal quehacer de «anticipación teórica» [theoretische Vorgriff] no supone abrir la compuerta a la arbitrariedad y el relativismo. Es posible ofrecer una pluralidad de interpretaciones del pasado, pero no a piacere: las fuentes conservan un poder de veto respecto de la interpretación, al impedirnos hacer afirmaciones que entren en contradicción flagrante con ellas. Las fuentes no alcanzan para hacer una narración histórica, pero metodológicamente permiten limitar el margen especulativo de la interpretación vehiculizada. «Si bien las fuentes nunca nos dicen lo que debemos decir, sí nos impiden hacer afirmaciones arriesgadas que su contenido no permite, que sencillamente excluye como falsas» (Koselleck, 2012a, p. 39).

La conexión entre sincronía y diacronía puede leerse, como vimos hasta aquí, a partir del dilema estrictamente historiográfico orientado a reconstruir un «qué pasó»[31] y a dilucidar de qué modo el pasado afecta a nuestro presente. Allí, el lugar de la teoría deviene fundamental para reconstruir la «profundidad histórica» de los conceptos e identificar el cambio y la duración en la historia. Ahora bien, el examen de las experiencias del pasado también se vincula con otra veta, más marcadamente teórico-política, que apunta a extraer de ellas una enseñanza de cara al presente y al futuro. Se trata de lo que Koselleck denomina arte de la prognosis, o ciencia del pronóstico, orientada a esbozar un «qué va a pasar» condicional a partir de la consideración histórica. En ambos casos (y eso es lo que apuntamos a subrayar) hay una mirada común sobre la historia que implica a su vez una mirada sobre lo político. Como se verá, en la prognosis también entrarán en juego las estructuras de repetición y los estratos del tiempo. La posibilidad de prever el porvenir reside en la creencia de que hay dimensiones permanentes o del largo plazo que, condicionando acontecimientos del pasado, permiten también anticipar acontecimientos análogos del futuro. En la medida en que hay algo de permanente en la historia, es posible observar «la repetición continuada de condiciones similares en acontecimientos distintos» (Koselleck, 2012a, p. 30).

La anticipación del porvenir es una condición antropológica del ser humano. Como mencionamos rápidamente en relación con la categoría de horizonte de expectativa, el ser humano puede prever y planificar, organizarse en función de lo que cree que vendrá y actuar en consecuencia. Hay distintas modalidades del prever, y en él intervienen deseos, temores, creencias y la razón. Koselleck se pregunta, a efectos de mostrar estas múltiples posibilidades:

¿Está dirigida [la previsión] por la creencia en una profecía o asegurada por el recurso a una necesidad fundada en la filosofía de la historia o alimentada de crítica y escepticismo? ¿Está vinculada a presagios de carácter mántico o mágico o a un sistema sígnico de interpretaciones históricas o a ensayos de análisis científicos? (Koselleck, 2003c, p. 77).

El interés de Koselleck reside en aquellos pronósticos sobre el acontecer político o social efectuados a partir de la examinación racional del pasado. Pasando revista a pronósticos hechos por intelectuales o actores políticos en diferentes momentos de la historia (D’Argenson, Diderot y Wieland para el caso de la Revolución Francesa; Beneš, Hitler y Churchill para el de la Segunda Guerra Mundial), Koselleck (2003c) postula que la probabilidad de acierto del pronóstico se vincula decisivamente con la examinación de estratos profundos de la experiencia histórica, vinculados al largo plazo o a las condiciones metahistóricas de la acción, que nos permiten elucidar condiciones análogas en acontecimientos diferentes.

El punto decisivo es que, para tener posibilidades de éxito, un pronóstico debe apoyarse más en las condiciones a largo plazo o permanentes y menos en los elementos del corto plazo, esto es, aquellos dependientes de decisiones políticas o acciones individuales, en última instancia imprevisibles. Así, el arte de la prognosis «oscila entre las seguras y ciertas condiciones generales y aquellas que se modifican procesualmente (…) en el campo de las acciones políticas» (Koselleck, 2003c, p. 78). Por ello, la condición fundamental para la prognosis reside en las estructuras de repetición de la historia. Y esto porque su examen permite dar cuenta de las condiciones permanentes (por ejemplo, en términos naturales o antropológicos) o al menos duraderas (como la larga duración de las instituciones políticas o sociales) que se ponen en juego como circunstancias que hacen posibles futuros acontecimientos, y que permiten por ello ver en situaciones análogas del pasado elementos para la anticipación del porvenir. Estas condiciones a largo plazo, que no son estáticas e invariables, pero que cambian a una velocidad menor que la de los acontecimientos sincrónicos, están caracterizadas por la repetición, y por ello son de valor heurístico central para la elaboración de pronósticos. En este sentido, podemos indicar que el trabajo histórico-conceptual, en su importante aspecto de interrogación diacrónica, es una condición de posibilidad para la prognosis que propone Koselleck. La fecundidad de la predicción se basa en identificar los diferentes estratos históricos, la profundidad de la experiencia histórica que permite recuperar «experiencias formuladas en otro tiempo y sus elaboraciones teóricas» (Koselleck, 2003c, p. 84). Aquí se puede observar una configuración análoga entre la «anticipación teórica», que establece una lectura diacrónica con vistas a dar sentido a las fuentes, y la ciencia del pronóstico, que apunta a extraer una enseñanza del pasado desde la indagación teórica, con vistas a pensar el presente y el futuro. En ambos casos, la permanencia y el cambio, lo repetible y lo singular, entran en una relación específica que da su idiosincrasia a la mirada koselleckiana sobre la temporalidad histórica y la acción política en ella inscripta.

Para precisar mi tesis: los pronósticos son sólo posibles porque hay estructuras formales en la historia que se repiten, aun cuando su contenido concreto sea en cada caso único y sorprendente para los afectados. Sin constantes de diversa duración en el haz de factores de los acontecimientos duraderos sería imposible predecir en general algo. […] En otros términos, la historia transcurre no sólo con arreglo a una serie diacrónica única, sino que siempre contiene también repeticiones (…), que contienen cambio único y recurrencia de lo analógicamente igual o similar, o al menos de lo comparable (Koselleck, 2003c, pp. 80-81).

En este sentido, abandonar la idea de la historia como un curso único y lineal parece ser una precondición para poder efectuar pronósticos con chances de ser correctos, lo que en la práctica implica, también, relacionarse de un modo diferente con el futuro. En este gesto, Koselleck vuelve a otorgar carta de ciudadanía al espacio de experiencia, al «pasado presente», como prioritario y decisivo frente a la irrupción del horizonte de expectativa, o al menos a la de aquel marcado por el puro deseo[32].

En suma, y con base en lo dicho hasta aquí, puede indicarse que la pregunta por lo permanente se vehiculiza en la práctica histórico-conceptual koselleckiana a través del interés por las estructuras de repetición y su escalonamiento a distintos niveles de profundidad en la historia. Esto se refleja tanto en los estratos semánticos de nuestros conceptos políticos; como, más en general, en las condiciones antropológicas continuas y las estructuras sociales del largo y medio plazo. A distintos niveles de generalidad, en todos esos casos se apunta a dilucidar la duración y el cambio en la acción humana inscripta en el tiempo.

La identificación de estructuras de repetición tiene una consecuencia importante, que en relación a nuestro abordaje debe ser remarcada: implica una concepción diferente de la temporalidad, que se contrapone polémicamente a la que abre el moderno concepto de historia. La historia no es un curso único, irrepetible y con un sentido, sino que está atravesada por repeticiones y analogías, por permanencias que se sedimentan en el tiempo. En este punto, podemos indicar que la recuperación koselleckiana de la larga duración repone en lo esencial un gesto que hemos visto en la historia magistra vitae. Recordemos que, antes del moderno concepto de historia, se asumía que había cuestiones permanentes, invariables, sobre la que operaban los acontecimientos y que permitían encontrar una enseñanza en la tradición, básicamente porque se pensaba que las situaciones y desafíos que se podían presentar al ser humano eran más o menos similares a aquellos del pasado. El foco en las estructuras de repetición expresa un gesto análogo, que a efectos prácticos sirve para presentar una concepción diferente de la temporalidad, que escapa de la aceleración y transitoriedad que caracteriza a la Modernidad.

En el recorrido emprendido a lo largo del apartado pudimos dilucidar a nuestro juicio un gesto similar. El gesto reside en ponderar los conflictos, los desajustes, las dislocaciones (entre los pares antitéticos que posibilitan lo político, entre lo extralingüístico y lo lingüístico, entre acontecimiento y concepto), pero buscando sacarlos de su presentismo absolutizado, de su inmediatez, de su autopercibida crucialidad, para referirlos a constantes, permanencias o analogías identificadas teóricamente en la historia, y con vistas a extraer del acervo de experiencias una comprensión genuina de las posibilidades políticas. La práctica histórico-conceptual mentada por Koselleck es entonces también una apuesta teórico-política: frente al rebasamiento acelerado de la experiencia por las expectativas, el gesto de reajustar estas últimas a través de la recuperación de la permanencia, sedimentada, del pasado en el presente.

Conclusiones

A lo largo de este capítulo, efectuamos una interpretación de la historia conceptual koselleckiana orientada a ganar claridad sobre la concepción de lo político que informa su programa de investigación. Recuperaremos ahora las afirmaciones centrales de cada apartado a efectos de ofrecer una mirada de conjunto y perfilar una conclusión. El primer apartado buscó presentar una imagen de la historia conceptual en aquellos aspectos que le dan una identidad disciplinar propia. Centrándonos primero en su proyecto académico-institucional canónico, el Diccionario histórico de conceptos políticos y sociales fundamentales, desplegamos la hipótesis del Sattelzeit o Schwellenzeit como su marca emblemática de lectura de la Modernidad: la identificación de un «período bisagra», entre 1750 y 1850, que produjo una transformación profunda de nuestros conceptos políticos, haciendo de éstos índices y factores de los grandes cambios que las sociedades de Occidente atravesaron en este lapso. Tal hipótesis expresa ya un aspecto que habríamos de reforzar en momentos posteriores del capítulo: se vehiculiza allí una profunda mirada política sobre la Modernidad, que considera que la Ilustración, en el plano intelectual, y la Revolución Francesa, en el plano sociopolítico, actuaron como detonadores de los acelerados cambios que vivió Occidente desde entonces. Abordando luego los elementos que, en la pluma koselleckiana, hacen al abecé de su historia conceptual (los criterios de democratización, politización, ideologización y temporalización de los conceptos, así como los pares conceptuales de «espacio de experiencia/horizonte de expectativa» y de «índice/factor»), pudimos indicar que el autor se orienta a subrayar, quizá como su rúbrica de lectura más propia, que la marca singular de la Modernidad reside en un giro decisivo en el modo de experimentar el tiempo. Tal inflexión se plasmó en los conceptos, pero concomitantemente fue producida por ellos. El Sattelzeit expresa, desde este punto de vista, un cambio en la relación entre el pasado y el futuro. La brecha entre las experiencias disponibles y las expectativas sobre el porvenir se amplía cada vez más. La orientación al futuro empieza a ocupar cada vez más protagonismo a la hora de definir la acción presente, mientras que el pasado se aparece como algo extraño e incomparable con un hoy percibido, a cada momento, como crucial y único. Koselleck usará la noción de «aceleración» para referirse a la tendencia que ha signado a la Modernidad a partir de estos cambios, y que ha moldeado el carácter de la lucha política y el sentido de la acción.

En el segundo apartado, buscamos abordar más detenidamente este proceso a la luz de la reflexión koselleckiana sobre el concepto moderno de historia [Geschichte]. Intentamos mostrar que allí se aloja un verdadero desafío epistemológico para la historia conceptual. En la medida en que la ciencia histórica reflexiona sobre el tiempo, no resulta neutral que la Modernidad haya consistido en un cambio fundamental de experimentar el mismo. Los cambios acaecidos en este período histórico, que pusieron en el centro de la escena la interrogación sobre el proceso histórico mismo, obligan a la historia conceptual a preguntarse por sus propios presupuestos y condiciones de posibilidad. La enunciación reflexiva que adquiere esta mirada en el espejo es la cuestión de la historicidad, y su problema epistemológico, el del relativismo. En este sentido, la historia conceptual entabla una relación simbiótica con el concepto moderno de historia, pero puede pensarse a la vez como una respuesta teórico-política y epistemológica al mismo.

El nacimiento del moderno concepto de historia pudo ser visto a la luz de la muerte progresiva de la historia magistra vitae, expresión bajo la cual Koselleck estandarizó el modo tradicional de concebir el tiempo histórico. Su contraste mutuo permite mostrar la moderna orientación al futuro y su correlato de aceleración. Será la filosofía de la historia el exponente paradigmático de este nuevo modo de relacionarse con el tiempo histórico. El problema que en ellas Koselleck encuentra es su carácter utópico, que elude la crisis del tiempo presente a través de un «reaseguro filosófico» que confía al futuro la certeza de la salvación (intramundana); su correlato práctico es la acción política irresponsable, justificada por tal convicción profunda respecto del porvenir. En otras palabras, el presente es a cada momento rebasado por un futuro idealizado. Para Koselleck, esto implica un encubrimiento de lo político, pues la heteronomía de los fines, el conflicto inmanente a la convivencia humana, es una «determinación temporal de lo político que no puede ser superada por utopía alguna» (Koselleck, 2007, p. 21). Frente a este cuadro, el autor asume una postura marcadamente antiutópica, que en la práctica histórico-conceptual se vehiculizará como crítica de las ideologías.

De este modo, la nueva experiencia de la temporalidad y el carácter transitorio y tornadizo en que se concibe la realidad política —que calificamos, retomando una expresión de Fernández Sebastián (2014), como «conciencia de la historicidad»— coloca a la historia conceptual y a sus afirmaciones en el carácter situado y parcial de todo presente, y ante la pregunta por su propio carácter móvil y partisano. Sin embargo, el carácter reflexivo que habita al concepto de historia lleva a que, tomando conciencia de la historicidad de el/la investigador/a, la labor histórica pueda desplegar un carácter autorreflexivo más riguroso y una potencialidad crítica sobre los usos conceptuales. La respuesta inmanente que puede ofrecer la historia conceptual es la de efectuar un trabajo crítico sobre los usos de los conceptos y la sedimentación de diferentes estratos de significado que dan cuenta de la lucha política, del uso ideológico de los mismos, que es una marca característica de la Modernidad. En este punto, la historia conceptual se constituye en crítica de las ideologías o, dicho más exactamente, en exponente de la carga ideológica de los conceptos, de sus usos políticos, de su carácter índice-factor de la realidad histórica moderna. En esa ambivalencia, entre ser una consecuencia de la nueva conciencia de la historicidad y a la vez poder erigirse críticamente frente a ella, habita la historia conceptual.

En el tercer apartado, recuperamos la pregunta koselleckiana sobre las propias condiciones de posibilidad de la historia, por medio del abordaje de su Histórica. La historización de la realidad, aunque es un fenómeno típicamente moderno, presenta efectos totalizantes en tanto atraviesa nuestra manera de comprender el mundo. Para salir del círculo de relativización al que conduce, Koselleck busca pensar las premisas de toda historia posible, esto es, las condiciones antropológicas y no-históricas que permiten que haya acontecimientos históricos, así como narraciones sobre los mismos. Y vehiculiza, con esto, un modo alternativo de pensar la temporalidad, que hace hincapié en la pregunta por la duración y la repetición en la historia. La pregunta por nuestra condición permanente revela un gesto teórico-político, que permite mirar la historia más allá de sus implicancias modernas.

La reconstrucción de ciertas antinomias formales de carácter antropológico que encuadran el campo de posibilidades de la vida en común, no hace otra cosa que proponer un marco de desenvolvimiento de lo político: establece límites y posibilidades para la tramitación permanente del problema de la convivencia humana. En otras palabras, hay una serie de cuestiones políticas permanentes que cada historia concreta busca canalizar, contener o solucionar, sin llegar nunca a hacerlo del todo. La Histórica, desde este punto de vista, expresa las posibilidades últimas que ninguna historia concreta podrá jamás resolver o superar.

Abordamos luego el nudo epistemológico que surge entre Histórica y hermenéutica a partir de la dislocación entre lo extralingüístico y lo lingüístico. El lenguaje siempre expresa más o menos de lo que ha sucedido en la historia real; la historia real contiene siempre más o menos de lo que puede expresarse mediante el lenguaje. Que el lenguaje no pueda abarcar y clausurar la realidad conduce al carácter abierto de la(s) historia(s). Sin embargo, sólo contamos con el lenguaje para dar cuenta incluso de aquello que va más allá de él. Así, por un lado, Koselleck busca evitar la identificación ingenua entre concepto y mundo, entre texto y realidad. Por otro lado, el ejercicio de comprensión histórica, aunque busque ir más allá de los textos, sólo puede desplegarse hermenéuticamente y producir a su vez nuevos textos. Traducido a la práctica histórico-conceptual, ésta debe asumir su carácter hermenéutico: es hermenéuticamente como se define qué es lo que ha ocurrido en la historia.

Finalmente, examinamos la presencia de la Histórica en un plano metodológico, a través del interés koselleckiano por las estructuras de repetición y por la relación entre sincronía y diacronía. Deteniéndonos en primera instancia en la relación del trabajo historiográfico con las fuentes, a partir de la cual Koselleck plantea la inevitabilidad de la «anticipación teórica», y en segunda instancia en su recuperación del «arte de la prognosis», que extrae de la experiencia histórica enseñanzas para prever el porvenir, planteamos que la historia conceptual koselleckiana vehiculiza en su práctica una concepción diferente de la temporalidad, y que eso constituye en sí mismo un gesto teórico-político. La historia no es un curso único, irrepetible y con un sentido, sino que está atravesada por repeticiones y analogías, por permanencias que se sedimentan en el tiempo y que permiten pensar una relación distinta con el pasado y el futuro, que escape a la lógica de la aceleración moderna.

De este largo recorrido, extraemos ahora un comentario de cierre. Creemos que la mirada antropológica de la Histórica constituye un centro neurálgico desde el cual pudimos ganar claridad sobre la concepción de lo político de Koselleck, así como iluminar el conjunto de su aproximación histórico-conceptual identificando un gesto teórico-político común. Es que, si bien el programa de la Histórica parece dirigirse hacia horizontes más amplios que aquellos contenidos en la hipótesis del Sattelzeit y su foco en la Modernidad, consideramos que en el fondo lo que se sigue vehiculizando es una respuesta a esta Modernidad acelerada por vía de una postura antiutópica, que entiende que hay problemas políticos permanentes, que descree de la identidad entre lenguaje y mundo, y que considera que la historia tiene algo de repetible.

En el modo alternativo de considerar el tiempo histórico se configura un modo distinto de considerar lo político. Frente a la idea de un sentido y dirección en la historia, frente a un horizonte de expectativa marcado por la irrupción de utopías sobre un futuro reconciliado, Koselleck expone la insuperabilidad y, en el fondo, el sinsentido de los dilemas antropológicos del ser humano, cuyas respuestas frágiles y continuas buscan dar sentido a la existencia finita y configuran el escenario de lo político. Frente a la aceleración del tiempo histórico, que puede leerse como una secularización de las viejas profecías escatológicas, Koselleck parece oponer un gesto de retardación: un gesto katejóntico, que diluye esa experiencia moderna de la aceleración a la luz de lo que permanece. La profundidad histórica, que asoma en la pervivencia de las estructuras de repetición, permite construir una mirada diferente sobre la temporalidad que da a la historia conceptual koselleckiana una idiosincrasia propia y que es, ella misma, una postura teórico-política que embebe su práctica de investigación. En tal sentido, la pregunta por lo político permite iluminar aspectos que dan un sentido de fondo a las preocupaciones teóricas del autor y a su aproximación histórico-conceptual.


  1. Capistegui (2009) señala que Koselleck, tras salir de su cautiverio en Kazajstán (en el que había caído al final de la guerra), se instaló en Heidelberg, una de las pocas ciudades que no se vio afectada materialmente por el conflicto bélico. Fue allí que asistió «a los seminarios de filosofía de Hans-Georg Gadamer (1900-2002), que sustituyó a Jaspers en 1949, y de Karl Löwith, del que nuestro protagonista fue asistente; a los de sociología de Alfred Weber (1868-1958), hermano de Max y de tendencia liberal; a los de psicología de Willy Hellpach (1877-1955), y a los de antropología médica de Victor von Weizsäcker (1886-1957)» (Capistegui, 2009, p. 61). Por su parte, en esos años entabló un estrecho vínculo con Carl Schmitt, quien había sido expulsado de la enseñanza universitaria pero mantenía notable influencia en los círculos conservadores del ámbito académico. De hecho, Koselleck agradece a Carl Schmitt en su Crítica y crisis (originalmente su tesis doctoral, publicada en 1954) y seguiría una línea interpretativa schmittiana en su lectura de la Ilustración.
  2. De aquí en más, al hablar del Diccionario, estamos haciendo referencia a la obra colectiva editada por Brunner, Conze y Koselleck intitulada Geschichtliche Grundbegriffe: Historisches Lexikon zur politisch-sozialen Sprache in Deutschland, publicada en ocho tomos entre 1972 y 1997.
  3. Resulta interesante remarcar aquí que los libros publicados por Koselleck no constituyen obras pensadas de manera unitaria —a excepción de Kritik und Krise y Preußen zwischen Reform und Revolution, que, con todo, constituyen en realidad su tesis doctoral y su tesis de habilitación, respectivamente—, sino recopilaciones de artículos y conferencias elaboradas por el oriundo de Görlitz en diferentes momentos. Es el caso de Vergangene Zukunft [Futuro pasado, 1979], que recoge escritos de los años 60 y 70; Zeitschichten [Los estratos del tiempo, 2000], que recoge escritos de los años 70, 80 y 90; y Begriffsgeschichten [Historias de conceptos, 2006], que recoge escritos que van de 1976 a 2005.
  4. La denominación que en primera instancia usó Koselleck para referirse a esto fue Sattelzeit, que literalmente quiere decir «tiempo de montura» o «tiempo encabalgado». Posteriormente, trocaría esta expresión por la de Schwellenzeit, traducible como «época umbral» o «período bisagra». Véase (Chignola, 2003, p. 59; Koselleck, 1996, p. 69; Svampa, 2016, pp. 135-136).
  5. Este anclaje de la hipótesis del Sattelzeit en las revoluciones dieciochescas es quizá la marca que más fuertemente ata a Koselleck a sus maestros. Se debe remarcar que para Brunner es en el siglo XVIII cuando se consuma la disolución del orden estamental, cuya estocada final ubica, en Austria en su caso, en la ley del 7 de septiembre de 1848 que supuso la abolición de las relaciones de señorío (Grundherrschaft) (cf. Brunner, 1992, p. 218). Del mismo modo, para Conze es con la «revolución moderna» que se difunde de Europa hacia el mundo entero una estructura «industrial-democrática» que trastocó todas las relaciones vitales (cf. Conze, 1967). En este sentido, Koselleck parece seguir esta línea cuando sostiene que «se analizarán los conceptos que registran el proceso de transformación social como consecuencia de la revolución política e industrial, es decir, que se han visto afectados, transformados, expulsados o provocados por este proceso» (Koselleck, 2009, p. 94). Viendo esta misma situación pero apuntando desde el Sattelzeit hacia el pasado, Villacañas sostiene que «[e]s curioso que Reinhart Koselleck haya aceptado la propuesta tradicional de la ciencia histórica alemana para la caracterización del tiempo histórico anterior al Sattelzeit, tiempo que, desde las interpretaciones de O. von Gierke, de Hintze o de O. Brunner, se puede caracterizar como el primado del corporativismo y de la constitución específicamente señorial basada en la noción de casa. Sin ese antecedente temporal, la propia Sattelzeit no tenía posibilidad de organizarse con pleno sentido de su identidad» (Villacañas, 2003, p. 72).
  6. En relación con esto, aunque los autores del Diccionario no hayan hecho hincapié en las revoluciones hispanoamericanas, las recepciones posteriores de la historia conceptual en estas latitudes han hecho justamente de esos acontecimientos el eje de su indagación, trasladando la hipótesis del Sattelzeit hacia Iberoamérica con vistas a reflexionar sobre la «semántica histórica de los conceptos políticos fundamentales en los países de habla española y portuguesa a ambos lados del Atlántico» entre 1750 y 1850 (Goldman, 2008, p. 13). En este punto, la obra que se destaca es justamente la producción de otro diccionario: el Diccionario político y social del mundo iberoamericano. La era de las revoluciones, 1750-1850. Iberconceptos I, dirigido por Javier Fernández Sebastián (2009).
  7. Cf. Koselleck (1993g).
  8. Los conceptos contrarios asimétricos no son exclusivos de la Modernidad sino que expresan una condición permanente bajo la cual se identifican los agrupamientos humanos. El par amigo-enemigo constituye la categoría formal dentro de la cual se inscribe todo par contrario asimétrico concreto. Sobre esto hablaremos con mayor detalle en el apartado 3 sobre la Histórica.
  9. Buscando clarificar esta doble entidad de los conceptos en tanto índices y factores de la realidad política, Koselleck indica que «todos los conceptos tienen dos aspectos. Por un lado, ellos apuntan a algo externo a ellos, al contexto en el cual son usados. Por otro lado, esta realidad es percibida en términos de categorías provistas por el lenguaje. En consecuencia, los conceptos son a la vez indicadores y factores de la vida política y social. Dicho metafóricamente, los conceptos son como articulaciones que unen lenguaje y mundo extralingüístico. Negar esta distinción es hipnotizarse a sí mismo y, como Hitler, sucumbir a una ideología autoproducida» (Koselleck, 1996, p. 61). Esta explicación de índole general, aplicable a todas las situaciones concretas pasadas y presentes, adquiere en realidad una modulación específica para la Modernidad. Es allí donde la doble entidad de índice y factor deviene central para comprender la relevancia teórico-política de estos conceptos. Con la Modernidad, los conceptos fundamentales (Grundbegriffe) empiezan a cargarse cada vez más de expectativas, apuntando a generar ellos mismos realidad más que a meramente indicar un estado de cosas. Así, los conceptos vehiculizan la lucha política, se transforman en un arma fundamental de la misma y la catalizan. «Un concepto, en el sentido que aquí se está usando, no sólo indica unidades de acción: también las acuña y las crea. No es sólo un indicador, sino también un factor de grupos políticos o sociales» (Koselleck, 1993g, p. 206).
  10. El autor explicará cambios conceptuales a la luz de esta relación entre experiencia y expectativa, y entre índice y factor. La carga inversamente proporcional entre experiencia y expectativa vehiculizada por los conceptos puede verse en el pasaje que va de los «conceptos registradores de experiencias», pasa por los «conceptos productores de experiencias» y concluye en los «conceptos de expectativa». Los conceptos de expectativas son aquellos revestidos íntegramente de contenidos utópicos. Un ejemplo de un puro concepto de expectativas es el «comunismo». Tales conceptos tienen un punto problemático para Koselleck consistente en su «exceso de potencial utópico capaz de estimular acciones nuevas constantemente» (Koselleck, 2012a, p. 38).
  11. Sobre este aspecto ha hecho hincapié la perspectiva paduana a la hora de vehiculizar su crítica a la Begriffsgeschichte de Koselleck. Sobre ello hablaremos en el capítulo 3.
  12. Esta lectura no busca definir si primero se produjo el cambio conceptual o el cambio social; Koselleck considera que no hay primacía del plano lingüístico sobre el extralingüístico ni del extralingüístico sobre el lingüístico: ambos se hallan entrelazados sin identificarse o coincidir el uno con el otro. Esto es decir que, aunque Koselleck hace historias de conceptos, emprende tal quehacer caminando por un delicado puente a cuyos costados puede observarse, asomando la cabeza, dos posibles abismos hacia la unilateralidad que el/la investigador/a debe evitar: de un lado, la interpretación puramente textualista de la historia; del otro lado, su interpretación puramente materialista. Como indica Melvin Richter, tal advertencia ante estos dos posibles extremos tiene un correlato académico contextual: Koselleck buscaba marcar distancia tanto de la historia social en auge en los años 60 y 70, que consideraba los conceptos como meros epifenómenos de los hechos sociales; como del estructuralismo francés, que analizaba el discurso con independencia de cualquier dimensión extralingüística (Richter, 2001, p. 60).
  13. Retomamos aquí una expresión de Javier Fernández Sebastián (2014).
  14. Aquí es menester efectuar una aclaración terminológica importante. Lo que, en español, designamos bajo un solo vocablo («historia»), cuenta en alemán con dos términos: el latino Historie y el germánico Geschichte. Originalmente, Geschichte hacía referencia a los acontecimientos mismos, mientras que la Historie remitía a la narración de los acontecimientos. Sin embargo, estos términos entran en una progresiva indistinción en la Modernidad y, específicamente, la absorción semántica de Historie dentro de Geschichte (como concepto abarcador y desde ese entonces más utilizado) constituirá la hipótesis primordial de Koselleck para dar cuenta del cambio de concepción de la historia en la Modernidad y, puntualmente, de su relación intrínseca con la filosofía de la historia. Antonio Gómez Ramos, traductor al español de la entrada Geschichte/Historie del Diccionario, expresa la dificultad de trasladar al español el juego semántico que habilita esta dualidad del alemán. «El concepto protagonista del libro es materia de una imprecisa sinonimia en el original que, de hecho, articula toda la historia que aquí se investiga, pero que supone una dificultad añadida a la traducción. Pues “historia” conoce en alemán dos términos, el germánico Geschichte y el latino Historie. El primero corresponde a la historia acontecida (geschehen: acontecer, suceder), el segundo a la historia como relato, conocimiento e investigación, por lo que, a veces, se ha propuesto traducirla como “historiografía” o “ciencia histórica”. (…) En esta traducción, hemos optado por la convención de traducir Historie siempre como “Historia” y Geschichte como “historia”» (Gómez Ramos, 2010, p. 23). Este criterio ha sido mantenido en traducciones posteriores de Koselleck al español (Koselleck, 2010b, 2012c), y es el que se tendrá en cuenta aquí.
  15. Véase infra, apartado 3.3.
  16. Traducción levemente modificada.
  17. Tomé conocimiento de la obra de Augustin Cochin gracias a una recomendación del profesor Elías Palti, quien actuó como evaluador del plan de esta tesis. A él le agradezco especialmente esta referencia, que permite iluminar aspectos poco atendidos del pensamiento koselleckiano y, más aún, poner en diálogo la lectura que ambos hacen de la Revolución Francesa. Un desarrollo en profundidad de este nexo y de las potencialidades de esta comparación será detenidamente abordado en la tesis de doctorado.
  18. Este problema no se reduce solamente al concepto de historia, sino que se extiende a todos los conceptos históricos fundamentales (Grundbegriffe); y se relaciona con los procesos de democratización, politización, temporalización e ideologización anteriormente mencionados. La plurivocidad y la presencia de distintos estratos de significado en estos conceptos se vincula con sus usos en la lucha política, que los vuelve objeto predilecto de la historia conceptual. Sin embargo, la historización del mundo, vehiculizada a través del concepto moderno de historia, resulta decisiva por cuanto implicó un cambio en la experiencia social de la realidad. La «conciencia de la historicidad» como una marca distintiva de la Modernidad tiene consecuencias sobre el propio carácter del conocimiento, ahora siempre historizable. El problema epistemológico que aquí se quiere evocar se expresa de manera cristalina en el concepto de historia (Geschichte), pues enfrenta a las disciplinas históricas con su propio objeto y sus propias condiciones de posibilidad.
  19. Esto es, quien fue testigo visual de los hechos y puede narrarlos o rememorarlos. En esta idea también se incluyen, por añadidura, los testigos auriculares, aquellos que han oído relatos de testigos de primera mano o que perpetúan la memoria de relatos de generaciones anteriores (padres/madres, abuelos/as, etcétera). En todos los casos, lo común es la narración testimonial, que como tal da autenticidad a los hechos.
  20. En su elogio también entra Wilhelm Dilthey, quien con sus «Esbozos para una crítica de la razón histórica» (Dilthey, 2000), habría hecho aportes epistemológicos más hondos que los de los neokantianos a la hora de «asegurarle a la ciencia histórica un dominio genuino de conocimiento al lado de las ciencias de la naturaleza» (Koselleck, 2010c, p. 151).
  21. (Chignola, 2003; Duso, 2009b; Oncina Coves, 2003; Palti, 2004b, 2018).
  22. Es menester indicar, también por ello, que tal doctrina constituye una respuesta teórica a varios niveles, que el autor irá ampliando, corrigiendo o reinterpretando a lo largo de los años. Se trata de una reflexión epistemológica, pero también de una mirada antropológica. Puede pensarse como una teoría del objeto (qué es lo que hace posible que existan historias), del conocimiento (cómo es posible conocerlas), e incluso hasta cierto punto del método (cómo debe conducirse la investigación histórico-conceptual). En virtud de eso, elementos y reapropiaciones de Kant, Dilthey, Heidegger y Gadamer son vehiculizados en esta reflexión koselleckiana, inscribiéndose en sus distintos niveles.
  23. En 1985, con ocasión del 85º cumpleaños de Hans-Georg Gadamer, Koselleck pronunció la conferencia «Histórica y hermenéutica», a la que haremos ahora referencia.
  24. Aunque a nivel cotidiano esta idea resulte lejana en sociedades complejas, lo decisivo es que sigue siendo un dato permanente de todo agrupamiento político. «El verdadero riesgo de la supervivencia entraña la oportunidad de que los hombres organizados se maten mutuamente y que a veces incluso crean, por razones de supervivencia, que tienen que matarse entre sí» (Koselleck, 1997, p. 74).
  25. Sobre la reconfiguración koselleckiana de esta dupla schmittiana en categoría formal, véase Koselleck (1993g).
  26. Es menester indicar que Koselleck articulará de modo diverso sus categorías metahistóricas, organizándolas mutuamente de acuerdo a diferentes grados de formalidad. El punto máximo de formalidad al que arribará el autor llevará estas cinco categorías a tres, a saber: dentro-fuera, arriba-abajo, antes-después (Koselleck, 2013). Dentro de estas posibles determinaciones, entran otras con mayor nivel de concretud: por ejemplo, la distinción secreto-público es una categoría metahistórica que se inscribe dentro de la formulación interior-exterior (entendiendo, para decirlo más claramente, que toda forma de organización política genera espacios de interioridad y exclusión que habilitan un espacio de lo secreto, y que inversamente lo público como demanda es ante todo externalización, apertura de un espacio político cerrado que, sin embargo, presupone la diferenciación interno-externo). Del mismo modo, la coexisencia y sucesión de generaciones (generatividad) se inscribe, como categoría de menos formalidad, dentro del par antes-después.
  27. Esto no implica sostener que el lenguaje no participa constitutivamente de los acontecimientos mismos, ni que los acontecimientos no generan a su vez efectos de lenguaje: no se está sugiriendo aquí una «escisión», sino una dislocación, entre estas dos dimensiones analíticas. El punto decisivo a subrayar es que, en su imbricación mutua, lenguaje y realidad no coinciden plenamente, no caen en identidad plena.
  28. En el sentido acotado de buscar diferenciarse de la temporalización y aceleración identificadas en la Modernidad, con vistas a pensar de modo alternativo la relación entre pasado, presente y futuro.
  29. Koselleck se inspira, en este punto, en las ideas desarrolladas por Fernand Braudel y la perspectiva francesa de los Annales. «Con lo constante se alude a la estructura repetitiva de lo que Fernand Braudel denominó longue durée. En cuanto a su temporalidad, la longue durée no debe entenderse como un constante transcurso lineal de acontecimientos iguales, sino como la repetición continuada de condiciones similares en acontecimientos distintos» (Koselleck, 2012a, p. 30).
  30. Empíricamente, sincronía y diacronía no pueden separarse. Toda sincronía se inscribe en una diacronía, está condicionada por ella y a su vez la condiciona. El autor se sirve de la sincronía entendiéndola como el «presente del acontecimiento» y de la diacronía en referencia a la «profundidad temporal». Esta última implica entonces a las «condiciones previas» que influyen a largo o a medio plazo en la historia que está teniendo lugar, limitando «las posibilidades de acción en la medida en que sólo habilitan o permiten determinadas alternativas» (Koselleck, 2012b, p. 19).
  31. Si retomamos la anteriormente mencionada dislocación entre el plano lingüístico y el extralingüístico, también se comprenderá el gesto bajo el cual Koselleck evoca la tarea historiográfica. El lenguaje siempre expresa más o menos de lo que ha sucedido en la historia real; la historia real contiene siempre más o menos de lo que puede expresarse mediante el lenguaje. De modo análogo, las fuentes siempre expresan más o menos de lo que efectivamente ha acontecido. Es por eso que, desde esta conciencia, el/la investigador/a «se sirve básicamente de los textos sólo como testimonios para averiguar a partir de ellos una realidad existente allende los textos. Por consiguiente, tematiza (…) un estado de cosas que en cualquier caso es extratextual, aun cuando él constituya su realidad sólo con medios lingüísticos. (…) Sus textos, al ser transformados en fuentes mediante preguntas, poseen siempre sólo carácter indicativo de aquella historia en cuyo conocimiento está interesado» (Koselleck, 1997, pp. 91-92). Podría indicarse entonces que, con vistas a evitar la identificación ingenua entre concepto y mundo, entre texto y realidad, la práctica de investigación histórica mentada por Koselleck busca diferenciarse del textualismo, pero no excluyendo sino reforzando el lugar de la teoría. Ahora bien, aquí se reproduce la aporía que hemos indicado a propósito de la relación entre Histórica y hermenéutica y que el propio autor reconoce: el ejercicio de comprensión histórica, aunque busque ir más allá de los textos, sólo puede desplegarse hermenéuticamente y producir a su vez nuevos textos.
  32. A este respecto, indica Koselleck que «forma parte de toda predicción el hecho de que la propia actitud frente al futuro constituya un factor de la prognosis». El problema en los pronósticos inspirados por el deseo es que «las probabilidades de confirmación (…) aumentan sólo si el poder es lo suficientemente grande como para coadyuvar a su cumplimiento» (Koselleck, 2003c, p. 88).


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