Gonzalo Pérez Álvarez[1]
Introducción
En octubre de 1959 la plaza central de Trelew fue ocupada por un acto en defensa del proyecto de industrialización subsidiada para la Patagonia, que en esos días era atacado por la Unión Industrial Argentina y algunos sectores del gobierno nacional (Gutiérrez, 2019). En ese marco Luis Feldman Josín, director del diario Jornada e importante referente regional de las políticas desarrollistas, planteó en su discurso que “las obreras presentes en el acto no quieren volver al rancho dejado en Telsen, Paso de Indios, Las Plumas[2] o cualquier otro lugar; rancho que no ofrece sino miseria, abandono y una vida sin variantes” (Jornada, 5/10/1959: 4).
Ana de Ibarra, secretaria general del Sindicato Obrero Industria Textil y Confección de la Patagonia, afirmó que estaba dispuesta al mayor sacrificio por “sus legítimos derechos y el standard de vida logrado”, llamando “a las obreras a mantenerse unidas en demanda de sus legítimas aspiraciones” (Jornada, 5/10/1959: 4).
Juan de Díaz Otero, dirigente enviado a la región por parte de la CGT, alertó que de no poblarse la Patagonia se corría el riesgo de perder la soberanía sobre este territorio, como ya había ocurrido con las Islas Malvinas. En el palco también estuvieron el gobernador de Chubut, Jorge Galina, el vice Roberto Scocco y varios diputados nacionales.
Ahora bien… ¿quiénes eran esas mujeres que, según Feldman Josín, no querían volver a los “ranchos” de la meseta patagónica? ¿Cuáles eran sus historias? ¿Realmente no querían regresar a sus pueblos? ¿Cuáles eran las causas que explicaba esa, u otra, decisión?
Un contexto previo
El impacto de la política de promoción industrial para Patagonia (Scocco, 1969) se concentró en el noreste de Chubut. Se integran allí los departamentos administrativos de Gaiman, Rawson y Biedma, núcleo histórico de la colonización galesa (Jones, 1966) que arribó a este territorio en 1865 transformando su dinámica. Allí se ubican las ciudades de Trelew y Puerto Madryn, separadas entre sí por unos 60 kilómetros, que fueron los centros receptores de la inversión industrial. La gran extensión patagónica siguió sumida en la producción ganadera ovina, en decadencia desde la década del 50 (Beinstein, 1993).
En el período ‘56-58 se comenzó a conformar un nuevo colectivo obrero: el de las y los textiles de Patagonia. Aún no se registraba sindicalización, pero empezaron a expresarse indicios de actividad obrera, generalmente vinculada a defender los intereses de los empresarios con inversiones en la región. Son los años del inicio de la industrialización regional (Rougier, 2007), con la dinámica de oposición entre quienes radicaban fábricas en Patagonia al abrigo de los subsidios estatales y los que atacaban ese proyecto por considerar que generaba privilegios para una determinada porción del empresariado.
A fines de junio de 1956 se conoció el decreto-ley que otorgaba franquicias de importación al sur del paralelo 42, comenzando la instalación de plantas textiles en la región. Pocos días después se aprobó el estatuto que regiría en las nuevas provincias patagónicas (Perren y Pérez Álvarez, 2011), por el cual se convocaba la asamblea constituyente provincial (Gatica y Pérez Álvarez, 2012). Se trataba del intento del Estado de incorporar la Patagonia al nuevo ordenamiento nacional, en el marco de la retórica de soberanía, integración y desarrollo (Ruffini y Blacha, 2013). Es evidente el sesgo autoritario del proyecto, tanto por su origen dictatorial como por la escasa o nula participación de la población regional en las iniciativas formuladas (Bandieri, 2005).
La industrialización de Patagonia era parte de la política de seguridad nacional impuesta por las fuerzas armadas (Villegas, 1969): el diario regional informaba que se perseguiría el sabotaje fabril, al tiempo que el dictador Rojas anunció la instalación de una base aeronaval en Trelew (Fernández Picolo et al., 2014).
En 1957 se comenzó a expresar la interna empresarial entre quienes planteaban que las franquicias eran ilegales y aquellos que las defendían (Jornada, 18/2/1957: 1). A fines de junio se conformó la Comisión en Defensa de las Franquicias, emitiendo una solicitada titulada “Los patagónicos al pueblo de la Nación”, que hacía eje en “poblar el enorme desierto”, como medida que “asegura la soberanía sobre el suelo”, y pidiéndole “al pueblo de la Nación, que tenga paciencia y espere el fruto del experimento” (Jornada, 22/7/1957: 3), presidida por el ya nombrado Feldman Josín.
Referencias para pensar esta experiencia obrera
En trabajos previos (Pérez Álvarez, 2021) he reconstruido la formación de los primeros sindicatos textiles en Patagonia, que fueron conformados y dirigidos por mujeres, hasta que las estructuras nacionales impusieron autoritariamente su intervención. La fuente clave fue el registro del único diario por entonces existente en la región: el Jornada[3] (Binder, 2012), propiedad de Luis Feldman Josín. Era portavoz de la propuesta industrialista (Schvarzer, 1987) y estaba relacionado con la Unión Industrial Patagónica (UIP).
Además, he demostrado (en Pérez Álvarez, 2018) que parte de la dirigencia sindical y los investigadores que trabajaron estos temas (Salazar, 1992), vieron la masiva inscripción femenina en los colectivos obreros industriales como una amenaza, desde el supuesto de que su presencia debilitaba a esos agrupamientos. Mientras en Lobato (2007) se destacaba la visión de que las mujeres sólo trabajaban por vivenciar una situación de vulnerabilidad y hasta encontrar al ‘hombre proveedor’, en la experiencia aquí analizada en ocasiones se las señalaba como ‘culpables’ de proletarizarse con el objetivo de saciar sus ‘lujos’.[4]
Es sabido que las mujeres fueron parte clave del nuevo proletariado fabril que se conformó durante las décadas del ‘50 y ‘60, en el marco de los proyectos desarrollistas (Sáenz, 2019; Pérez Álvarez, 2020). Pero también lo habían sido en períodos previos, hasta en sectores supuestamente masculinizados como el petróleo (Andújar, 2016), o ya durante los años ‘70 en vialidad (Gatica, 2007). Aún más destacada fue su presencia en tareas textiles o de ensamblaje (Norando, 2013; Mitidieri, 2018).
La necesidad de visibilizar la agencia y el trabajo de las mujeres se hace aún más necesario en Patagonia, enfrentando otro sentido común: el que ubica a este territorio, difícil de habitar por su clima, distancias y carencias, como una “tierra de hombres” (Haurie, 2016). Es cierto que Patagonia es la región que tuvo los mayores índices de masculinidad en Argentina (Cuadra, 2004), pero ese dato de la realidad sirvió como una herramienta para ocultar el rol de las mujeres en el trabajo y la conflictividad social de esta región a lo largo de su historia ‘moderna’ (Andújar, 2014; Binder, 2014).
En los siguientes apartados trabajamos una serie de entrevistas a estas obreras que, proviniendo de pequeñas y medianas propiedades rurales de la meseta central patagónica, se trasladaron a las ciudades de la costa. A través de sus voces se buscará contestar algunas de las preguntas formuladas en la introducción, haciendo eje en tres instancias de sus recorridos: la vida en el campo, la vida en la ciudad y la vida en las fábricas.
La vida en el campo
Iris[5] vivía con sus padres en un pequeño paraje rural, conectado con la ciudad por lazos comerciales y administrativos: “nací en el campo, acá en la Sierra Chata[6], acá cerca y me asentaron en Trelew”. Su padre extraía piedra laja en esa pequeña propiedad rural, de la cual no recuerda si eran propietarios o simplemente la usufructuaban: “él trabajaba en la piedra, la piedra laja, en aquel entonces cuando la piedra laja se trabajaba a mano”.
Sus recuerdos del lugar son buenos: “¡Ah, re lindo! No sé, uno se cría en el campo y lindo, todo lindo […] No nos faltó la comida que es lo principal”. Todos cumplían tareas para la reproducción social, aunque Iris solo registra como trabajo el de su padre y sus hermanos: “mamá estaba en la casa, como era el tiempo de antes. Y nosotros cuidando la manada de chivos esa […] Mi papá trabajaba todo el día, estaba mi hermano, había tres primos, ellos trabajaban todos juntos”.[7]
Cristina[8] creció hasta sus 12 años en la pequeña propiedad del padre, en cercanías de Paso del Sapo.[9] Allí, “cuidábamos ovejas y chivas, la mayoría no eran nuestras sino de dueños de campos cercanos y a papá se le hacía difícil asegurar la comida”. La madre cumplía un rol fundamental en la supervivencia familiar “criando los animales, cuidándonos a nosotros cuando papá se iba, haciendo la comida, preparando siempre todo”.
El minifundio no aseguraba los recursos y el padre se empleaba en tareas en estancias vecinas, que le pagaban con carne: “papá por ahí se iba y tardaba dos, tres días en traerse un potro para la carne, así que lo traía despacito para que no pierda carne. Y nosotros comíamos el potro y después teníamos gallinas que cuidaba mamá”. Los tiempos más difíciles están asociados a “comer harina negra, creo que eran los tiempos de Perón[10] o de cuando lo echaron, no recuerdo bien”.[11]
Fernanda era hija de un peón rural, cerca de Gan Gan.[12] Los más grandes de los hermanos colaboraban en las tareas de cuidado, pero ella, por ser de las más pequeñas, no cumplía esas funciones: “los hermanos más grandes trabajaban también en el campo, como éramos las más chicas yo y mi hermana no lo hacíamos”.[13]
Ella rememora el campo como un ámbito casi sin restricciones ni imposiciones externas, “en el campo es libertad, únicamente te marca el horario, el almuerzo, la cena, pero después tenés la libertad de disfrutar todas las horas”.[14] Ese pasado rural hoy es recordado con cariño y hasta mitificado con remembranzas de la infancia, de la posibilidad de una libertad sin controles y del contacto con la naturaleza. Sin embargo, es también evidente que se vivía en una situación muy compleja, siempre amenazada por el peligro del hambre y con una absoluta escasez de servicios y de acceso a bienes culturales o de salud.
Este contexto, perpetuado y profundizado por una acción estatal que buscó (exitosamente) desalentar la permanencia de los minifundios (Pérez Álvarez, 2015) y fomentar la movilidad de las familias trabajadoras rurales hacia la ciudad, generó el abandono, la venta o la expropiación de esas pequeñas propiedades y el traslado de ellas a una nueva situación de vida urbana.
La vida en la ciudad
Los arribos de estas jóvenes a la vida urbanizada, guardan diversas claves. En ocasiones los recuerdos aparecen como muy positivos, cual una liberación o el conocer un mundo nuevo; en otras emergen vivencias más oscuras. El trabajo doméstico era, casi de modo unánime, la primera escala para estas mujeres que traían incorporada desde su niñez la supuesta obligatoriedad de las labores en el hogar como algo inherente a su femineidad. Es lo que Gatica (2009) definió como una “subproletarización”: empezaban su recorrido laboral realizando tareas que en muchos casos ni siquiera comprendían como un empleo formal y sus vínculos distaban de tener las condiciones establecidas legalmente.
Para Manuela[15] se trató de un caso con rasgos de reducción a la servidumbre y se pueden registrar historias similares en muchos otros recorridos: “Después me vine al pueblo, una señora maestra me trajo acá […] me trajo de sirvienta, a lavar, a limpiar, no me sacaba a ningún lado, todo el día, cuando salí no me pagó nada” (Troncoso, 2012: 173).
En ciertas situaciones el traslado a la ciudad obedecía a la posibilidad de que los hijos estudiasen, algo casi imposible en las áreas rurales (donde existían pocas escuelas, en general sin la calidad necesaria). Otros recorridos de lo rural a lo urbano se explican por razones económicas (las pequeñas propiedades no garantizaban el sustento y era necesario iniciar procesos de proletarización o subproletarización[16]). Y se registran otros marcos, por ejemplo, situaciones de salud (que responden, como la cuestión educativa, a la desigual distribución de bienes y servicios entre área rural y urbana).
Esas dinámicas fueron estimuladas por los proyectos desarrollistas que, como ya hemos trabajado, buscaron desterrar los minifundios de la meseta chubutense para construir “economías de escala” (Altimir, 1970). Se incentivaba la quiebra de esas pequeñas propiedades rurales y el traslado de esa población a las ciudades que estaban recibiendo la industrialización subsidiada como fuerza de trabajo disponible para los empleos más desvalorizados.
Para Iris su movilidad hacia la ciudad se inscribió en una problemática de salud familiar: “vinimos a Madryn porque mi mamá ya estaba enferma. Entonces sí o sí nos vinimos a Madryn, después mi mamá empeoró y mi papá se fue a Bahía Blanca con mi mamá”.[17] No se trataban de recorridos sin retorno: el regreso estaba siempre inscripto como alternativa. De hecho, así fue para Iris: “Yo después volví al campo un tiempo con otras hermanitas más chiquitas y mi hermano. Así que quedamos allá solos. Eso sería la parte más dura”[18]
Allí trabajaron la piedra para sobrevivir y conseguir el sustento familiar, en ese tiempo sin los padres en casa. Nuevamente Iris invisibiliza su propio desempeño laboral, aunque finalmente lo destaca de manera orgullosa: “ellos trabajaban duro con la piedra esa. Y a maza, digamos, a romper la piedra. Maza, barretas, martillos, yo me saqué la mano ayudándoles. Yo sé cortar la piedra cuadradita. Sí, sí, yo sé cortar la piedra cuadradita”[19]
Tras unos tres años, Iris volvió a la ciudad, ahora ya a trabajar: “Yo a los 18 años ya estaba en Madryn trabajando cama adentro, fue cuando falleció mi mamá. A los 18 años yo estaba en cama adentro, con una señora muy buena”.[20] Luego Iris trabajó con otra familia en Puerto Pirámide (“…tuve la mala suerte que empecé a trabajar con ese matrimonio y al papá de la señora le agarró un ACV o algo así. Así que me tuve que quedar ahí en Pirámide con los dos chicos y el marido”) y luego ya dejando de estar “cama adentro” y trabajando en varias casas de familia y hoteles, lo cual implicaba otro margen de libertad y el acceso a una relación laboral más formalizada.
Esos márgenes de libertad, de controlar sus propios tiempos y movilidades, es el gran cambio que registra Fernanda al llegar a la ciudad. Ella se traslada al pueblo de Gaiman, y allí detecta que “La gran diferencia era la libertad, es como que uno llega a una ciudad y ya se hace más estructurado todo […] en el campo es otra cosa… el horario te lo marca el sol por decirlo de alguna forma”.[21]
La decisión, evidente, fue adaptarse a ello. Se registra en los testimonios que las mujeres realizaban ese proceso de manera más decidida, sabiendo, quizás, que eso era imprescindible para ordenar a sus familias. Además, la ciudad daba nuevas posibilidades para ellas; era clave la escuela que generaba la posibilidad de descansar, al menos por unas horas, del trabajo de reproducción social que desarrollaban (Arruzza y Bhattacharya, 2020).
Así lo señala Cristina, recordando que “Mi papá […] no dejó en realidad el campo solo, él iba cada tanto […] se iba por temporadas”.[22] Eso es distinto, parece, para su madre que:
Hacía el cuidado de las chivas, las ovejas, los animales. Yo creo que ella no lo extrañó tanto eso, como que se adaptó más pronto a la ciudad, porque llegó y empezó a trabajar ahí en Gaiman en limpieza, ¿verdad? Pienso que a ella le costó menos adaptarse a la ciudad. A lo mejor era por el trabajo forzado que tenía allá, que se le había aliviado muchísimo. Y entonces, es más, ya te digo, mi papá se ausentaba y ella se quedaba con nosotros, mi papá se iba a trabajar y ella estaba con nosotros. A mí me da la impresión de que se adaptó más pronto a la ciudad, porque ya empezó a mandarnos a la escuela y eso ya te hace una estructura horaria que cumplimos. Imagínate que somos diez, nueve hermanos de parte de papá y mamá y uno de crianza.[23]
Ese sobre trabajo femenino, que existe tanto en el campo como en la ciudad, parece relajarse en este último ámbito. La escuela y la provisión de servicios de salud articulaban una red donde toda la tarea de reproducción social no recaía únicamente sobre sus hombros. Los varones, en cambio, viajaban y en muchos momentos no estaban en el hogar. Sus tareas y cultura seguían vinculadas, al menos en parte, al origen rural; ese marco parecía garantizar de manera más sólida sus privilegios masculinos. No parece extraño, por ello, que las mujeres no piensen en regresar a ese “trabajo forzado” sin salario (Federici, 2018) y vean a la ciudad como un territorio donde podían articular nuevas opciones y acceder, por ejemplo, a un empleo remunerado.
La(s) fábrica(s)
El paso a la ciudad de Iris no es recordado como traumático (“No, yo me adapto enseguida a todo, por eso no tuve problemas. Yo me adapto”,[24] aunque ya veremos que sí hay recuerdos dolorosos. En esa misma línea, el inicio del trabajo fabril fue vivenciado como una buena noticia: “Me ponía muy contenta, nunca había trabajado así, ni entrar en una fábrica. Ganaba más o menos bien, era quincenal y ganabas mejor que en los otros trabajos. Así que bien”. Además de la mejoría salarial operaba una idea de “ascenso social” con respecto a su empleo previo: “Porque yo digo, bueno, de estar de empleada doméstica, irte a una fábrica para mí ya era como un avance… Y respetaban casi todo, aguinaldo, sí, te respetaban todo”.[25]
Pero no todo era tan positivo. El dolor y la tristeza también operaban, especialmente ante el incremento de los niveles de explotación y exigencia laboral:
La fábrica de Soltex me hizo llorar ahí adentro, a mí me pusieron en revisado, […] con una tela que la máquina te la corrió así, entonces con una agujita especial tengo que corregirla toda, hacer todo el dibujito igual a la tela… Ayyyy, eso te mata, […] me hicieron llorar las telitas esas. Iba la jefa, que era la señora del dueño, creo que era de la fábrica y por ahí me retaba. Lloré mucho ahí.[26]
Para Fernanda se repite el mantra de la imposición del tiempo controlado, de la regulación de su tiempo vital. Eso, que ella ya había registrado como el gran cambio que vivenció al instalarse en la ciudad, se refuerza en la fábrica:
Acá es como que ya te estructuras más estando en el pueblo, digamos por decirlo así porque tenés un determinado horario. Y cuando entrás a la fábrica cambia muchísimo en el tema tiempo, el ordenamiento, porque ya dependes de a qué hora pasa el colectivo. A mí en mi caso particular que viví la época del tren, que fue una época lindísima, el horario que el tren viene a Trelew, el horario que llegas de Trelew a Gaiman, ya te digo, llegar a la ciudad es estructurarte. Y en la fábrica, ya es como que todo lo manda el reloj.[27]
Las reflexiones de Fernanda se vinculan con la mirada de Coriat (2003) acerca de la revolución que significó el ingreso del cronómetro al control productivo y cómo ello generó una ruptura total con la dinámica previamente existente en la generación de mercancías. El reloj pasa a controlar todo y la naturaleza deja de ser el regulador de los ciclos vitales. Los cuerpos obreros deben adaptarse, en ocasiones cruelmente, a esa tiranía. Ni siquiera en estas tierras patagónicas, de inviernos tan duros y veranos tan bellos, ya no será posible dormir más cuando las noches se estiran: ahora las alarmas imponen su propio ordenamiento, siempre igual, sin fisuras, como una locomotora enloquecida que avanza desbocada en búsqueda de la supuesta estación “progreso” (Benjamin, 2007).
Fernanda lo detecta y lamenta. Pero no parece rebelarse; estos son los nuevos tiempos y la libertad del campo siempre quedará como el recuerdo de otro orden, regido por la naturaleza. Ahora el reloj controlará su trabajo y ella lo acepta como parte de su adaptación a la vida urbana y fabril, algo que como mujer debía resolver y solucionar para que la familia lograse generar su nueva estructura.
Algunas respuestas indiciarias
Se han trabajado aquí unos testimonios que permiten encontrar “indicios” (Ginzburg, 2013) para reconstruir esos recorridos que, a su vez, son parte de la historia de un colectivo social: el de las obreras mujeres provenientes del ámbito rural en la Patagonia argentina. Esas señales deben rastrearse con la advertencia metodológica que hiciera el Subcomandante Marcos (1996), cuando señalaba que Ginzburg, “‘olvida’ el problema central: ¿cómo se “leen” los indicios?, ¿desde qué posición de clase?”.
Ese enfoque de clase es el que en este artículo se recupera para interpretar los testimonios. Vemos en estas mujeres un proceso de proletarización que no parece ser vivenciado como sufrimiento o caída. El tener que dejar sus pequeñas propiedades rurales no se destaca como una pérdida, al menos no en términos económicos: de hecho, el trasladarse a la ciudad y pasar a trabajar primero en tareas de limpieza y luego en alguna fábrica, es vivenciado como una clara mejoría en su condición social.
Aquí es donde el enfoque de género (lo que había olvidado Marcos) nos aporta una respuesta clave: esas mujeres nunca habían sido propietarias, ellas eran las que hacían el “trabajo forzado” en ese ámbito rural, al cual añoran por la naturaleza y/o por el sentimiento de libertad que el libre manejo del tiempo otorgaba (en una mirada que aparece vinculada a la vida infantil, no a las tareas que como mujeres jóvenes o adultas ya les eran impuestas), pero al que en ningún momento se plantean regresar. La ciudad permitía acceder a otros servicios, al cuidado de los niños y, especialmente, a un trabajo asalariado que las volvía menos dependientes de los varones.
Las mujeres parecían tener un único rol asignado en el modelo desarrollista que se proponía para Patagonia: el de ser reproductoras de nueva fuerza de trabajo, las que poblarían ese territorio, al que se consideraba en riesgo en clave de soberanía, con los hijos que nacerían de sus vientres. En ese contexto, su decisión de transformarse en trabajadoras se presenta como una acción de oposición o resistencia a ese destino unívoco que se les pretendía imponer.
Las palabras de Feldman Josín, así, parecen haber registrado una relevante porción de la dinámica social que se estaba generando en esos años. Esas mujeres no querían regresar ni a sus ranchos ni a una “vida sin variantes”. Eran capaces de resistir, de adaptarse, de conseguir distintos empleos, de capacitarse en ellos, de luchar y también de hablar por sí mismas (Spivak, 2003), como estos testimonios y la propia voz de Ana de Ibarra en aquel palco lo evidenciaban.
Es cierto que luego fueron excluidas de esos sindicatos que ellas habían construido y hasta de los palcos que se montaban en plazas que sus cuerpos obreros en lucha llenaban; pero también es verdad que eran ellas las que estaban escribiendo cada página de sus historias. Historias que aún están, en su enorme mayoría, por ser recuperadas.
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Fuentes orales
Cristina. Entrevista realizada por Gonzalo Pérez Álvarez en la ciudad de Trelew el 8 de febrero de 2023.
Fernanda. Entrevista realizada por Gonzalo Pérez Álvarez en la ciudad de Trelew el 10 de mayo de 2023.
Iris. Entrevista realizada por Gonzalo Pérez Álvarez en la ciudad de Trelew el 5 de octubre del 2019.
- INSHIS-UNP-CONICET (Instituto de Investigaciones Históricas y Sociales – Universidad Nacional de la Patagonia – Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas). Correo electrónico: gperezalvarez@gmail.com.↵
- Departamento de Mártires.↵
- Por esta razón, y en aras de economía de caracteres, cuando se cite una nota de dicho medio de prensa sólo se incluirá la fecha de publicación y la página, dando por sentado que se trata del Diario Jornada.↵
- A los pocos días de la movilización mencionada al inicio del artículo, se realizó una reunión entre referentes sindicales para formalizar la nueva integración de la CGT (Confederación General del Trabajo) local. Se decidió conformar una comisión, constituida por varones y sin incorporar al recientemente formado (y dirigido por mujeres) sindicato textil. El dirigente de La Fraternidad sostuvo que las trabajadoras textiles rompían la unidad porque “no trabajaban por necesidad, sobre todo las mujeres que eran las más, quienes sólo se ocupaban para obtener ingresos para sus lujos” (Jornada, 10/2/1959: 5-8).↵
- Iris. Entrevista realizada por Gonzalo Pérez Álvarez en la ciudad de Trelew el 5 de octubre del 2019.↵
- Departamento de Telsen.↵
- En otra parte de la entrevista reflexiona acerca de sus labores en el campo: “tenía que ir a ordeñar las chivas, que también es trabajo. Pero uno no lo toma como el trabajo, como la crianza nuestra. Claro, casi como un juego más” (Iris. Entrevista. Op. Cit.).↵
- Cristina. Entrevista realizada por Gonzalo Pérez Álvarez en la ciudad de Trelew el 8 de febrero de 2023.↵
- Departamento de Languiñeo.↵
- Juan Domingo Perón gobernó el país, en su primera etapa, de 1946 a 1955. En este caso se refiere a la fase de crisis, post 1952.↵
- Iris, nacida en 1950, también referencia a Perón, en este caso en clave positiva: “yo nací en el 50 y de bien chiquita tuve un carrito de Perón, un carrito de madera” (Iris. Entrevista Op. Cit.).↵
- Departamento de Telsen.↵
- Fernanda. Entrevista realizada por Gonzalo Pérez Álvarez en la ciudad de Trelew el 10 de mayo de 2023.↵
- Idem.↵
- Entrevista realizada por Ana María Troncoso, en el año 2009 (Troncoso, 2012).↵
- En este caso dicho concepto es utilizado en la clave de pequeños propietarios que deben vender parte de su fuerza de trabajo a otro propietario con mayores recursos. Esas dinámicas casi inevitablemente son procesos que finalizan en la proletarización, ya que implican la imposibilidad de atender en tiempo completo su propia producción (ver Iñigo Carrera y Podestá, 1997). ↵
- Iris. Entrevista Op. Cit.↵
- Idem.↵
- Idem.↵
- Iris. Entrevista Op. Cit.↵
- Fernanda. Entrevista Op. Cit.↵
- Cristina. Entrevista Op. Cit.↵
- Idem.↵
- Isis. Entrevista Op. Cit.↵
- Idem.↵
- Idem.↵
- Fernanda. Entrevista Op. Cit.↵






